La Cultura

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LA DIVERSIDAD CULTURAL Diversidad cultural es la convivencia e interacción que existe entre diferentes culturas dentro de un mismo espacio geográfico compartido por un grupo de personas o sociedad. A través de la diversidad cultural se pueden apreciar las diferentes expresiones culturales propias de un pueblo, país o región que, a su vez, han sido modificadas o afectadaspor las expresiones culturales provenientes de otros territorios gracias a diversos factores. Por ello, se puede afirmar que la diversidad cultural posee la cualidad de aceptar y compartir, de manera recíproca, características propias de una u otra cultura en un espacio geográfico en particular. Por tanto, el concepto de diversidad cultural está íntimamente relacionado con los significados de identidad cultural, interculturalidad y multiculturalidad, que implican el contacto entre diversas lenguas, etnias, religiones, expresiones artísticas, valores, gastronomías, cosmovisiones, entre otros. Estos contactos e intercambios de conocimientos y expresiones son los que enriquecen el capital cultural de un país o región. En este sentido, la diversidad cultural es considerada por la Unesco como un patrimonio cultural de gran valor y que dio origen a la Declaración Universal de la Unesco sobre la Diversidad Cultural, en el año 2001, la cual ha ampliado la posibilidad de crear diferentes políticas culturales nacionales e internacionales. Asimismo, tras dicha Declaración se estableció por la Unesco el día 21 de mayo como el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo. Por otra parte, cabe mencionar que la diversidad cultural es la consecuencia de diferentes procesos de tipo histórico, político, social, económico y tecnológico, que han contribuido de una u otra manera al encuentro de diferentes culturas e, incluso, a la desaparición de otras de menor envergadura. La diversidad cultural ha fomentado el reconocimiento de aquello que resulta ajeno, así como, el intercambio de conocimientos y de valores como, el respeto, la tolerancia, la comprensión y la convivencia entre los diferentes grupos de personas que viven en un mismo espacio. Sin embargo, entre las consecuencias negativas de la diversidad está el hecho de que se est é configurando una cultura común, en la que se pierden las identidades culturales de los grupos minoritarios sobre los dominantes.

CAUSAS DE LA DIVERSIDAD CULTURAL La diversidad cultural inicio como un proceso lento que con el pasar del tiempo y el desar rollo de las actividades humanas ha tomado una velocidad indetenible. Por ejemplo, la diversidad cultural existe desde los procesos de invasiones, batallas y conquistas de nuevos territorios en los que hubo encuentros de personas de distintas procedencias. En la actualidad, la diversidad cultural está en todas partes y ha permitido el desarrollo de nuevos conocimientos. Como ejemplos de países con gran diversidad cultural están Australia, China, Brasil, Estados Unidos, México, entre otros.

Por otro lado, las actividades económicas y políticas también han impulsado la diversidad cultural a través de diversos medios. Asimismo, el desarrollo industrial y tecnológico que ha sido motivo de las migraciones en busca de mejores empleos, intercambios académicos y demás oportunidades que permitan el crecimiento personal del individuo. Finalmente, el proceso de globalización es un factor de suma importancia en la diversidad cultural. Este fenómeno ha modificado las comunicaciones, las relaciones internacionales, los medios de transporte, el intercambio de información, los sistemas económicos y políticos y, la cultura.

EL PERÚ Y LA INTERCULTURALIDAD En América Latina, en general, y en la región andina, en particular, hay una nueva atención a la diversidad cultural que parte de reconocimientos jurídicos y una necesidad cada vez mayor, de promover relaciones positivas entre distintos grupos culturales, de confrontar la discriminación, el racismo y la exclusión, de formar ciudadanos conscientes de las diferencias y capaces de trabajar conjuntamente en el desarrollo del país y en la construcción de una democracia justa, igualitaria y plural. La interculturalidad parte de esas metas. Como concepto y práctica, la interculturalidad significa “entre culturas”, pero no simplemente un contacto entre culturas, sino un intercambio que se establece en términos equitativos, en condiciones de igualdad. Además de ser una meta por alcanzar, la interculturalidad debería ser entendida como un proceso permanente de relación, comunicación y aprendizaje entre personas, grupos, conocimientos, valores y tradiciones distintas, orientada a generar, construir y propiciar un respeto mutuo, y a un desarrollo pleno de las capacidades de los individuos, por encima de sus diferencias culturales y sociales. En sí, la interculturalidad intenta romper con la historia hegemónica de una cultura dominante y otras subordinadas y, de esa manera, reforzar las identidades tradicionalmente excluidas para construir, en la vida cotidiana, una convivencia de respeto y de legitimidad entre todos los grupos de la sociedad (Walsh, 1998). La interculturalidad no es una descripción de una realidad dada o lograda, ni un atributo casi “natural” de las sociedades y culturas (Guerrero, 1999), sino un proceso y actividad continua; debiera, pues, ser pensada menos como sustantivo y más como verbo de acción, tarea de toda la sociedad (Godenzzi, 1996) y no solamente de sectores campesinos/indígenas. En sí, la interculturalidad tiene el rol crítico, central y prospectivo - no sólo en la educación, sino en todas las instituciones de la sociedad de reconstruir, paso a paso, sociedades, sistemas y procesos educativos, sociales, políticos y jurídicos; y de accionar entre todos los peruanos indígenas, blancos, mestizos, cholos, negros, mulatos, asiáticos, árabes, etc. - relaciones, actitudes, valores, prácticas, saberes y conocimientos fundamentados en el respeto e igualdad, el reconocimiento de las diferencias y la convivencia democrática.

La diferencia entre multi-, pluri- e interculturalidad

La multi-, pluri- e interculturalidad se refieren a la diversidad cultural; sin embargo, apuntan a distintas maneras de conceptualizar esa diversidad y a desarrollar prácticas relacionadas con la diversidad en la sociedad y sus instituciones sociales, incluyendo la educación. La multiculturalidad es un término principalmente descriptivo. Típicamente se refiere a la multiplicidad de culturas que existen dentro de un determinado espacio, sea local, regional, nacional o internacional, sin que necesariamente tengan una relación entre ellas. Su uso mayor se da en el contexto de países occidentales como los Estados Unidos, donde las minorías nacionales (negros e indígenas) coexisten con varios grupos de inmigrantes, minorías involuntarias como los puertorriqueños y chicanos, y los blancos, todos descendientes de otros países principalmente europeos; o como en Europa donde la inmigración se ha ampliado recientemente. En esos contextos, el multiculturalismo se entiende como un relativismo cultural; es decir, una separación o segregación entre culturas sin aspecto relacional. Esta concepción de la multiculturalidad se construye dentro de dos contextos políticos muy distintos. Uno se dirige a las demandas de grupos culturales subordinados dentro de la sociedad nacional, por programas, tratos y derechos especiales como respuestas a la exclusión: un multiculturalismo fundamentado en la búsqueda de algo propio bajo el lema de justicia e igualdad El otro contexto político parte de las bases conceptuales del Estado liberal, en el que todos supuestamente comparten los mismos derechos. En este contexto, la tolerancia del otro genera un cambio sólo en el nivel de las actitudes, es considerado como suficiente para permitir que la sociedad nacional (y monocultural) funcione sin mayor conflicto, problema o resistencia. Pero, además de obviar la dimensión relacional, esta atención a la tolerancia como eje del problema multicultural, oculta la permanencia de las desigualdades e iniquidades sociales que no permiten a todos los grupos relacionarse equitativamente y participar activamente en la sociedad, dejando así intactas las estructuras e instituciones que privilegian a unos sobre otros. La pluriculturalidad es el referente más utilizado en América Latina, reflejo de la necesidad de un concepto que represente la particularidad de la región donde pueblos indígenas y pueblos negros han convivido por siglos con blancos-mestizos y donde el mestizaje ha sido parte de la realidad, como también la resistencia cultural y, recientemente, la revitalización de las diferencias. A diferencia de la multiculturalidad, la pluriculturalidad sugiere una pluralidad histórica y actual, en la cual varias culturas conviven en un espacio territorial y, juntas, hacen una totalidad nacional. Aunque la distinción entre lo multi- y lo pluri- es sutil y mínima, lo importante es que el primero apunta a una colección de culturas singulares con formas de organización social muchas veces yuxtapuestas (Touraine, 1998), mientras que el segundo señala la pluralidad entre y dentro de las culturas mismas. Es decir, la multiculturalidad normalmente se refiere, en forma descriptiva, a la existencia de distintos grupos culturales que, en la práctica social y política, permanecen separados, divididos y opuestos, mientras que la pluriculturalidad indica una convivencia de culturas en el mismo espacio territorial, aunque sin una profunda interrelación equitativa.

La interculturalidad es distinta, en cuanto se refiere a complejas relaciones, negociaciones e intercambios culturales, y busca desarrollar una interacción entre personas, conocimientos y prácticas culturalmente diferentes; una interacción que reconoce y que parte de las asimetrías sociales, económicas, políticas y de poder y de las condiciones institucionales que limitan la posibilidad que el “otro” pueda ser considerado como sujeto con identidad, diferencia y agencia la capacidad de actuar. No se trata simplemente de reconocer, descubrir o tolerar al otro, o la diferencia en sí, tal como algunas perspectivas basadas en el marco de liberalismo democrático y multicultural lo sugieren. Tampoco se trata de esencializar identidades o entenderlas como adscripciones étnicas inamovibles. Más bien, se trata de impulsar activamente procesos de intercambio que, por medio de mediaciones sociales, políticas y comunicativas, permitan construir espacios de encuentro, diálogo y asociación entre seres y saberes, sentidos y prácticas distintas. A diferencia de la pluriculturalidad, que es un hecho constatable, la interculturalidad aún no existe, se trata de un proceso por alcanzar por medio de prácticas y acciones sociales concretas y conscientes (Guerrero, 1999a)

Las relaciones de interculturalidad e identidad, unidad y diversidad La interculturalidad es inseparable de la cuestión de la identidad. El hecho de relacionarse de manera simétrica con personas, saberes, sentidos y prácticas culturales distintas, requiere un autoconocimiento de quién es uno, de las identidades propias que se forman y destacan tanto lo propio como las diferencias. La identidad propia no es algo que podemos elegir, sino algo que se tiene que negociar socialmente con todos los otros significados e imágenes construidos como conocimientos que nuestro propio uso de la identidad activan (Hall, 1997). Es decir, identificarnos dentro del entorno familiar y cultural requiere, al mismo tiempo, diferenciarnos de otros distintos y diferentes procesos de identificación, muchas veces inconscientes. Pero hacer estos procesos evidentes, es parte de construir la interculturalidad, de reconocer que hay una dialéctica entre la identidad y la alteridad, la mismidad y la otredad, la pertenencia y la diferencia (Guerrero, 1999a). Lo inter es lo que Homi Bhaba (1994; 1998) refiere como el espacio intermedio o el “tercer espacio” donde dos o más culturas se encuentran, un espacio de traducción y negociación en el cual cada una mantiene algo de sí, sin asimilarse a la otra. Esta noción del tercer espacio es útil para entender las relaciones entre interculturalidad e identidad, y unidad y diversidad, porque permite una forma de conceptualizar y visualizar la relación entre culturas como algo fluido, movible y dialéctico, como también ambivalente, contradictorio y conflictivo; sugiere, igualmente, que no hay fronteras rígidas entre culturas o entre personas que pertenecen a distintos grupos culturales como que tampoco hay culturas puras o estáticas, sino divisiones dinámicas y flexibles en las cuales siempre hay huellas o vestigios de los “otros” en nosotros mismos. Con los contactos cada vez más grandes entre culturas, impulsados por la migración del campo a la ciudad y por los nuevos flujos de imágenes e información de los medios de comunicación, las identidades culturales ya son “fronterizas” y cambiantes; es decir, en el contacto y encuentro cultural, hay elementos que no son ni lo uno ni lo otro, sino algo más que responde a los términos y territorios de ambos. Sin embargo, y a pesar del contacto y relación cultural y su naturaleza cambiante, los grupos culturales siguen construyendo,

reinventando y manteniendo algo propio que los distinguen de otros grupos y desafían nociones de una mezcla generalizada y homogeneizante. Por eso, en el contexto peruano tiene sentido hablar sobre la identidad y la diversidad como también sobre la necesidad de promover espacios de encuentro intercultural, de construir una unidad que responda a la diversidad existente. A diferencia del multiculturalismo, en el que la diversidad se expresa en su forma más radical, por separatismos y etnocentrismos y, en su forma liberal, por actitudes de aceptación y tolerancia, este tercer espacio de la interculturalidad construye un puente de relación, una articulación social entre personas y grupos culturales diferentes. Esta articulación no busca sobrevalorizar o erradicar las diferencias culturales, ni tampoco formar identidades mezcladas o mestizas, sino propiciar una interacción dialógica entre pertenencia y diferencia, pasado y presente, inclusión y exclusión, y control y resistencia, siempre reconociendo la hegemonía, el poder y la autoridad cultural que intenta imponerse social y políticamente. Es decir, que en los encuentros entre personas, elementos o prácticas culturales, las iniquidades sociales, étnicas, económicas y políticas de la sociedad no desaparecen. Sin embargo, es en este espacio fronterizo de relación y negociación que también se construyen y emergen nuevas estrategias, expresiones, iniciativas, sentidos y prácticas [inter] culturales que desafían la homogeneidad, el control cultural, y la hegemonía de la cultura dominante. A veces la interculturalidad es percibida como algo innato a la realidad latinoamericana, parte de los procesos históricos de mestizaje colonial, transculturación, cholificación, y de los procesos de globalización e hibridación más reciente, intercambios unidireccionales por ejemplo, de los indígenas hacia la sociedad dominante blanco-mestiza y no viceversa. Estas percepciones no explican la confluencia de prácticas, estrategias, resistencias y sobrevivencias mucho más dinámicas y complejas, ni apuntan a procesos “civilizatorios” en los que el colonialismo, la homogeneización y las posturas excluyentes, prejuiciadas y racistas, siguen vigentes. Guerrero (1999a) hace claro el problema: “Este imaginario de la cultura, construido desde el poder, tiene un claro contenido ideológico, pues por un lado esa perspectiva homogeneizante niega la diversidad y pluralidad de saberes y racionalidades, o si reconoce su existencia lo hace deformándola, pues toda la riqueza de la diversidad cultural, se la encasilla en una visión idílica, paternalista y folclórica de los pueblos indios, como si nuestra diversidad se redujera únicamente a la existencia de [ellos], [negando]… otras diversidades…como las culturas afro, las diversidades regionales, de género, de clase, generacionales, las de las culturas populares urbanas, la migración, entre otros”. La interculturalidad no puede ser reducida a una simple mezcla, fusión o combinación híbrida de elementos, tradiciones, características o prácticas culturalmente distintas. Más bien, la interculturalidad representa procesos (no productos o fines) dinámicos y de doble o múltiple dirección, repletos de creación y de tensión y siempre en construcción; procesos enraizados en las brechas culturales reales y actuales, brechas caracterizadas por asuntos de poder y por las grandes

desigualdades sociales, políticas y económicas que no nos permiten relacionarnos equitativamente, y procesos que pretenden desarrollar solidaridades y responsabilidades compartidas. Y eso es el reto más grande de la interculturalidad: no ocultar las desigualdades, contradicciones y los conflictos de la sociedad o de los saberes y conocimientos (algo que el manejo político muchas veces trata de hacer), sino trabajar con, e intervenir en ellos. Al hacer distinciones sobre las diversas formas en que se llevan a cabo las relaciones interculturales en la vida cotidiana, Albó (1999) argumenta que el principio intercultural busca establecer una manera de “relacionarse de manera positiva y creativa”, un enriquecimiento entre todos sin perder por ello la identidad cultural de los interlocutores. Esta relación positiva implica un elemento personal y otro social que se complementan y se exigen mutuamente. Es decir, mientras que los procesos de la interculturalidad, a nivel personal, se enfocan en la necesidad de construir relaciones entre iguales, a nivel social se enfocan en la necesidad de transformar las estructuras de la sociedad y las instituciones que las soportan, haciéndolas sensibles a las diferencias culturales y a la diversidad de prácticas culturales (educativas, jurídicas, de medicina y salud, etc.) que están en pleno ejercicio * Unicef y Ministerio de Educación (2005)

La Cultura Hablar de cultura siempre será un tema difícil, porque a ciencia cierta cada cual tiene su propia definición y también, su propia cultura. A veces la discusión roza los límites de lo abstracto, sin embargo, ella, constituye la especificidad del ser humano, de hecho, no existe persona alguna sin cultura. El término cultura designa el conjunto total de las prácticas humanas, de manera que incluye las prácticas: económicas, políticas, científicas, jurídicas, religiosas, discursivas, comunicativas, sociales en general. No sería redundante decir entonces que es algo que tiene que ver mucho con los modos de vida, nuestra manera de pensar y actuar y la demostración más legítima de lo que fuimos, somos y seremos. Qué conozco, qué me enseñaron y para qué me sirve y utilizo, conforman las dimensiones del asunto en cuestión; de hecho, la cultura ha de asumirse como un recurso valioso de futuro, de desarrollo humano y que contribuye al alcance de una mayor calidad de vida, individual y social. No por casualidad, la cultura como componente del género humano es creadora de valores y de ética. No sólo puede concebirse como una creación artística y literaria, sino como todo lo que tiene que ver con la espiritualidad humana; es a la vez, uno de los modos en los que se expresa el desarrollo y constituye un instrumento de cohesión social.

La cultura del Perú, es la cultura creada a partir de costumbres, prácticas, códigos, normas, formas de vida y tradiciones existentes en la sociedad peruana. Es lo que le da una identidad nacional al Perú. La cultura peruana es una gran mezcla de componentes de distintas etnias que habitaron y habitan lo que actualmente es el territorio del Perú, las más importantes son el bloque aborigen y criollo o español, seguido por los bloques afroperuano y asiático y en menor medida el italoperuano, todo esto es potenciado por las tres principales regiones naturales, es decir la costa, la selva y la sierra. Es por eso que la cultura peruana se la considera una cultura mestiza y eso queda ampliamente demostrado en su gastronomía que es reconocida por su variedad de platos, bebidas y postres, en las danzas como la marinera, el festejo, el tondero, el huayno, el huaylas, el wititi, la diablada, los huayruros etc.

Características Dentro del contexto mundial, la cultura peruana siempre ha presentado características especiales, entre las que se pueden mencionar las siguientes:1 

Se ha desarrollado en un medio geográfico difícil, por lo que el hombre ha tenido que esforzarse y hacer uso de su creatividad para dominar ese espacio, formando sociedades y culturas regionales.



Es un proceso que ha venido dándose a través de los milenios, desde los albores de la civilización andina, y aunque ha sufrido la irrupción violenta de la civilización occidental en el siglo XVI, ha continuado desarrollándose de manera continua, sin paréntesis, intentando mantener una unidad.



Contiene valores y legados culturales que se mantienen a través del tiempo. De la civilización andina podemos mencionar: el dominio de la naturaleza, la unidad política, la misión civilizadora, el espíritu de justicia social y la dignidad imperial. De la herencia española destaca: la idea de la persona humana, el cabildo, el estado de derecho, el idioma, la concepción cristiana de la vida. De la etapa republicana: la independencia, la libertad política, la soberanía, la concepción democrática del Estado, la idea de una vida más digna, por obra de la educación y la técnica al servicio del bien común, la idea de una distribución más equitativa de la riqueza, etc.



Hay una constante fusión de las realidades culturales existentes, así como las que continúan llegando de fuera, y tiende así siempre hacia el mestizaje cultural.

Cultura prehispánica Artículo principal: Imperio incaico

Potencial turístico: Pirámides de 5000 años en Caral. Patrimonio Común de la Humanidad. La civilización andina, que se desarrolló en el actual territorio peruano, se fue forjando desde hacía quince mil años, con la llegada de los primeros hombres a esta parte del mundo. Estos se hallaban en la etapa del paleolítico superior y fue exclusivamente a su esfuerzo, sin influencia foránea, que pudieron escalar paulatinamente hacia la alta cultura. Los restos culturales de los

primeros cazadores-recolectores han sido hallados en Guitarrero I, Piquimachay, Chivateros (taller lítico), Toquepala (pinturas rupestres), Paiján (puntas líticas). Los primeros vestigios de cultivos agrícolas se hallan en Nanchoc (calabaza y zapallo loche) y Guitarrero I (frijoles y pallares), de hace 6000 a. C. Otras plantas que se empiezan a cultivar son el camote, el achiote, la quinua. La papa y el maíz son cultivos más tardíos. Los restos de la primera aldea de pescadores se hallaron en Santo Domingo de Paracas; de los primeros camélidos domesticados, en Telarmachay; y de los primeros cuyes domesticados, en Piquimachay. El primer textil se halló en Huaca Prieta. La civilización o alta cultura propiamente dicha surge hacia el 3200 a. C. con la aparición de la civilización caral en el Norte Chico peruano y cuyo centro fue la ciudad sagrada de Caral y su ciudad pesquera, El Áspero. Caral fue contemporánea de otras grandes civilizaciones como las de China, Egipto, India y Mesopotamia. Se trata, pues, de uno de los pocos centros irradiadores de civilización en el mundo por su antigüedad (al menos 5000 años); así como el único en el hemisferio austral. Caral floreció durante más de mil años; entre sus ruinas se han hallado el primer quipu, instrumentos musicales, estatuillas de arcilla, entre otros restos culturales. Contemporánea a ella fueron otros centros como Bandurria, Kotosh (templo de las manos cruzadas), Sechín Bajo, Cerro Sechín, La Galgada, Las Haldas y El Paraíso.2 Caral desapareció hacia 1800 a. C. pero su legado cultural se mantuvo, continuando así el proceso de la civilización andina. Surgieron otros centros culturales en el actual Perú, como Cupisnique, Pacopampa, Kuntur Wasi, Garagay y Chavín de Huántar. Hacia el 900 a. C. la cultura chavín prevaleció sobre las demás, hasta que hacia 200 a. C. decayó su influencia y se incentivó el desarrollo de Estados más amplios en la base de nuevas culturas locales como Mochica, Lima, Nazca, Wari y Tiahuanaco. Los Wari formaron el primer imperio panandino del que se tiene certeza, con centro en la ciudad de Wari, cerca de la actual Ayacucho. Con la decadencia de Wari y Tiahuanaco hacia fines del siglo IX se reactivó la producción cultural regionalista, como Chimú, Lambayeque, Cajamarca, Chachapoyas, Chincha, Chanca, Huanca, Chancay y los quechuas o incas del Cuzco. Estos últimos, tras pasar sucesivamente por las etapas de señorío local y confederación quechua, en el siglo XV formaron el Imperio inca, que se anexó todos los pueblos andinos entre los ríos Maule y Ancasmayo, alcanzando un área cercana a los 3.000.000 km², hoy ubicada en los territorios de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile. La civilización incaica fue la cúspide de la cultura andina, la síntesis de todas las culturas preincas. Lo que los incas hicieron fue asimilar y desarrollar todas las influencias culturales del territorio que dominaron. Su mérito principal fue crear un Estado imperial cuyo fin era la unificación del mundo andino, pero cuya consolidación definitiva se vio truncada por la invasión española. Sin embargo, la cultura andina ha seguido su propio curso y ha llegado hasta la actualidad; prueba de ello están las comunidades indígenas, las modalidades alimenticias, los idiomas (quechua, aymara), etc. Música popular Música del Perú y Danzas del Perú. La música del Perú es producto de la fusión a través de muchos siglos. Existen muchos géneros de música peruana: andina, criolla y amazónica. Estas se puede clasificar en música y danzas de la costa

peruana, sierra peruana y amazonía peruana. Popularmente se conocen a estas manifestaciones como música folclórica. Música andina[editar] La música andina o vernacular proviene de tiempos inmemoriales y aunque ha recibido el influjo hispánico, se ha perpetuado en huainos, mulizas, etc. Suele interpretarse especialmente en las fiestas de concurrencia masiva y como acompañamiento de las danzas. Nos limitaremos a hacer una ligera relación de los más altos exponentes de la música folclórica peruana: Por Áncash sobresalen Ernesto Sánchez, el Jilguero del Huascarán; María Alvarado, la Pastorita Huaracina; y Angélica Harada, la Princesita de Yungay; en tanto que en la región central resaltan los intérpretes Víctor Alberto Gil, el Picaflor de los Andes; Juan Bolívar, El Zorzal Jaujino; y Amanda Portales, la Novia del Perú. Como ejecutores sobresalen Jaime Guardia en el charango, Raúl García Zárate, en la guitarra, Florencio Coronado Gutiérrez y Tony Medina en el arpa; Alejandro Vivanco en la quena y la flauta; y Máximo Damián, en el violín.

Música criolla y afroperuana Más reciente es la música criolla y afroperuana. Se utilizan guitarras, castañuelas, cajón peruano y muchos otros instrumentos modernos. El vals, la polca, la marinera y otros expresan los sentimientos del pueblo. Con ellos se amenizan las “jaranas” y las fiestas populares. Destacan en este género Felipe Pinglo, Manuel Acosta Ojeda, Chabuca Granda, Augusto Polo Campos, Jesús Vásquez, Arturo "Zambo" Cavero, Óscar Avilés y tantos otros intérpretes y compositores.

Felipe Pinglo Alva. Chabuca Granda.

Arturo "Zambo" Cavero

Otros géneros musicales

Augusto Polo Campos

La cumbia peruana, popularmente conocida como chicha desde su consolidación, es producto de la fusión de la cumbia colombiana, el rock y ritmos nativos de los Andes y Amazonía del Perú, así como la presencia en menor escala de la música criolla y afroperuana. En los ochentas, se comenzó a denominarla Chicha debido a que poseía diversas características que la diferenciaban de la cumbia colombiana. Cabe señalar, sin embargo, que la cumbia peruana no es un género totalmente unificado desde el punto de vista del estilo. Posee muchas variantes, tanto geográficas como temporales y continuamente se va fusionando con géneros internacionales. Se distingue la cumbia norteña y la cumbia sureña.

Danzas y bailes Puno es el departamento que sobresale por su variedad de danzas, tales como la Diablada puneña, la Llamerada, la Pandilla Puneña, los Arayachis, los negritos, en tanto que en la región central sobresalen el Huaylarsh, la Chonguinada, la Huaconada, la Tunantada, los Avelinos, la Majtada. En la sierra sur destaca la Danza de tijeras (Ayacucho, Huancavelica y Apurímac); y el Wititi (Arequipa). La Danza de Tijeras, la Huaconada y el Wititi han sido declarados Patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad por la Unesco.21 Hay bailes de ascendencia negroide. El festejo, la zamacueca, el alcatraz, etc., tienen todo el sabor africano de la gente morena del Perú, como se conocen a los afroperuanos. Estas canciones y danzas no aparecen solo en las fiestas; algunas son propias del trabajo; así, los cantos de zafra, en los cañaverales norteños, cantos de cosecha en la sierra, cantos de pesca en la costa, etc. También son característicos los trajes y las formas de vestir y los objetos de adorno.