Reparando El Corazon Roto

Reparando el corazón roto P R IME R O S AU XIL IO S PA RA L A S HE RI DA S D EL AL MA Cary Palmón Publicado por Nacio

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Reparando el corazón roto P R IME R O S AU XIL IO S PA RA L A S HE RI DA S D EL AL MA

Cary Palmón

Publicado por Naciones Unidas en Cristo, Inc. Tulsa, Oklahoma © 2016 por Naciones Unidas en Cristo, Inc. Reservados todos los derechos. Todas las citas bíblicas de esta publicación han sido tomadas de la Reina Valera 1960 (RVR60). La excepción ha sido señalada. Utilizado con permiso. ISBN 13: 978-1530963010 ISBN 10: 153096301X

Índice Prólogo ..........................................................1 Un pasado trágico ..........................................5 Cómo ocurre la herida ................................ 17 La maleta dolorosa ...................................... 27 Relaciones dañinas ...................................... 41 El proceso para la sanidad ...........................61 Una relación transformadora ...................... 79 Acerca de la Autora .....................................85

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El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor. Lucas 4:18,19

Prólogo

Hace unos años atrás, durante uno de mis momentos de oración, repentinamente un pensamiento inusual vino a mi mente, alma y corazón. Fue una especie de viaje en el tiempo y en la historia. Recuerdo que me veía como en un mercado de esclavos, esperando a ser vendida al siguiente dueño, sabiendo que este me maltrataría y me haría sufrir mucho. Aquella mañana –en mi mente- me vi sucia, apestosa, con cadenas en mis tobillos. 1

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Mis muñecas tenían cicatrices provocadas por el hierro, y en otras partes del cuerpo tenía heridas nuevas y supurantes debido a las infecciones. Estaba aterrorizada, con mis emociones paralizadas, sabiendo que lo que me esperaba iba ser peor de lo que había estado pasando. No sabía qué hacer… Entonces, de pronto, en ese momento de agonía, un hombre con aspecto diferente se acercó, en medio del hedor del mercado, y pagó mi precio. ¡Me había comprado alguien diferente! ¿Quién era? Durante el camino a su casa, se mantuvo silencioso, sin decir nada. Yo seguí tras él. Cuando llegamos, me llevó a su habitación donde, con mucho cuidado y ternura, cortó las cadenas que me ataban, me despojó de mis ropas de esclava, me bañó derramando sobre mi cuerpo un delicioso perfume y

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procedió a curarme las heridas y cicatrices de mis tobillos y muñecas, aplicando un ungüento hasta que las mismas desaparecieron. Ordenó traerme un vestido que a mis ojos era muy hermoso, pues nunca había tenido uno así, y luego de un instante ya lo tenía puesto. Después, para mi mayor asombro, me llevó a la presencia de su padre quien, para mi gran sorpresa, era el Rey. Me lo presentó. Mi benefactor me hizo sentarme a su lado. Al mirar a mí alrededor, me di cuenta de que estaba en el asiento al lado del Príncipe… Y yo, en medio de un gran estupor, ¡no podía creer que había salido del mercado de esclavos para estar sentada al lado del Príncipe! Este tierno y amoroso príncipe se dirigió a mí y me dijo: “Desde este día puedes vivir y reinar conmigo. Ya no eres esclava ni jamás

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lo serás. Ahora te doy un encargo; y es que vayas al mercado de esclavos y busques a hombres y mujeres que, al igual que tú, están esperando un rescate; que los traigas a mi casa, donde sanarán sus heridas, y serán también príncipes y princesas como tú”. Ese pensamiento transformó mi vida desde aquel día hasta hoy. Mi querido lector; si tú eres uno de esos esclavos, este libro ha sido escrito para ti, porque Jesucristo –nuestro Príncipe– desea sanar las heridas y cicatrices de tu pasado; y te invita a que goces de un futuro donde puedas reinar en esta vida. Tienes el poder de reinar en este mundo gracias a Él, quien te amó al punto de que no dudó en pagar con su propia vida para comprar tu libertad.

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Un pasado trágico

Nací en el hogar de unos padres cariñosos. Crecí como hija mimada. Mis padres hablaban de mi futuro y los sueños que ellos tenían para mi vida. Estaba segura que algo maravilloso me esperaría cuando creciera. Cuando uno es niño, cree que todas las personas son como sus padres. Si ellos son buenos, entonces todos los hombres han de ser buenos también; y si son malos, pues todos han de ser malos también. Tuve yo la gran dicha de tener un buen padre y una 5

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buena madre pero, inocentemente, pensé que todas las personas eran como ellos. Hasta que un día... conocí la maldad, y puedo decirte sin titubear, que fue el inicio de mis días de amargura. Ese día fatal, vino a mi casa un supuesto amigo de mi padre haciendo terribles acusaciones contra él, y como resultado de los cargos que este hombre le atribuyera, mi padre fue cruelmente asesinado; apenas a los 37 años de edad. Aquel hombre, quien había sido muy favorecido por mi padre cuando éste vivía, desencadenó una terrible secuela de actos de crueldad contra mi padre, los cuales culminaron en la violencia que le robó su vida y destrozó el corazón de mí madre, el de mi hermana menor y el mío propio. Mi madre quedó destruida por completo emocionalmente, al punto que después de la muerte de mi padre, ella no podía incorporarse a la vida, y se entregó a la depresión,

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tomando pastillas para dormir, porque no podía confrontar lo que era la vida sin el hombre que amaba, hallándose viuda y con la responsabilidad de cuidar a sus dos hijas. Dentro de mi corazón había tanto rencor contra ese hombre, que a pesar de tener yo solamente 15 años de edad, lo odiaba como al peor de los seres humanos, y hubiese sido capaz de cualquier acción de violencia para vengar la muerte de mi padre. Estos sentimientos son tan destructivos, que hacen su nido en nosotros, albergando maldad y malos pensamientos, cuando no tenemos a Dios dentro de nuestro corazón. Es rara la forma como nos comportamos, cuando hablamos de Dios: Decimos que creemos en Él y nuestras vidas no muestran el fruto de una relación con Él, o aún siquiera algún rasgo de su misericordia… todo ello, a pesar de que con nuestras bocas profesa-

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mos conocerle. Eso me estaba sucediendo a mí, mientras crecía llena de rencor. Responsabilidades Prematuras ¡Si supieras en las condiciones que nosotras quedamos! No lo podrías imaginar. Por fuera, una jovencita como todas; y por dentro, una persona llena de odio, cólera y violencia. En los meses que siguieron a la muerte de mi padre, me vi obligada a madurar rápidamente, pues de pronto asumí el rol “del hombre de la casa”. La posición económica que gozábamos se esfumó. Sobre mis hombros cargué la responsabilidad de ganar el dinero para alimentar a mi hermana menor y a mi madre, quien estaba totalmente atrapada en el dolor por la muerte de mi padre y durmiendo constantemente a costa de las pastillas que consumía. Entonces obtuve un empleo; sin embargo apenas nos alcanzaba para sobrevivir. No

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puedo registrar todos los sacrificios sufridos durante esos años, pero recuerdo que me iba al amanecer a trabajar y llegaba tarde en las noches, pues al concluir la jornada laboral, me pasaba al colegio, para terminar mis estudios con la expectativa de “mejorar la entrada económica”. Mi corazón estaba partido en miles de pedazos, añoraba tanto a mi padre y peor aún, no podía decirle a mi mamá lo mucho que estaba sufriendo porque presentía que eso únicamente empeoraría las cosas. Mi hermana preguntaba y lloraba por papá y mi madre me había prohibido decirle que él había muerto. Me sentía tan indefensa sin él y sin embargo, tenía que obtener fuerzas de donde no había para seguir viviendo. El tiempo pasó y, como tú sabes, el tiempo ayuda a mitigar los dolores del corazón. Quizás lo que sucede es que uno se acostumbra al dolor, se amolda a este terrible sentimiento, y lo acepta como una parte más de su vida.

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Una nueva dosis de dolor Pasaron los años, ¡me casé!, tuve hijos, pero las cosas tampoco resultaron favorables, y terminé en el divorcio. Nuevamente mi vida estaba truncada, y mis sueños hechos polvo. No comprendía como podía ser posible que ello me estuviese sucediendo, y que aquel sombrío sentimiento de odio, tan familiar, hubiera regresado una vez más a acompañarme en la vida. Simplemente no podía superarlo, parecía estar encadenada a él. Por las noches, cuando todo estaba tranquilo, meditaba y percibía algo mal en mí. Sabía que ese profundo rencor era pecado y que merecía ser castigada. Tal vez, mi final sería un infierno sin esperanzas y no tenía la menor idea de cómo evitar ese terrible destino. ¿Alguna vez sentiste que necesitabas ser rescatado? Tal vez eres una de las tantas per-

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sonas que se casó con alguien que finalmente te defraudó, o quizás seas un adicto o adicta sin ilusiones; o a lo mejor estás pensando que el suicidio es la mejor forma de terminar con todo. Déjame contarte lo que me sucedió y como Dios cambió la situación de fracaso en la que me encontraba, ya que lo que me pasó a mí, también te puede suceder a ti. Una invitación casi desperdiciada En aquellos momentos tan difíciles, cuando no alcanzaba el dinero para todas las necesidades que teníamos, cuando trabajaba día y noche para sostener a mis hijos, y la amargura reinaba en mi corazón, una señora me invitó a asistir a una reunión en la iglesia. La verdad es que no tenía ningún deseo de ir, pues ya tenía suficiente trabajo y, dedicar unas dos horas adicionales a algo que no me interesaba, ciertamente no estaba en mis planes. Pero esta señora fue tan insistente,

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que no aceptó mi negativa como respuesta, así que accedí a ir con ella. Cuando llegamos al lugar indicado, sentí algo muy diferente, que antes no había percibido, percibí que Dios estaba presente. ¡Dios en toda su magnitud, en todo su esplendor, estaba en ese lugar!, y oí sus palabras dentro de mi corazón que me decían: “Cary, Cary… no me has amado, no me has dejado ser el número uno de tu vida, no me has amado, no me has amado”. Ese momento fue concluyente. Incliné mi rostro pues no quería que nadie viese que mis ojos se estaban llenando de lágrimas…. con mi corazón tan compungido de dolor… sentía que Dios estaba presente, de una forma que nunca antes lo había descubierto, en toda su Santidad. Y allí estaba yo, ante Él, llena de egoísmo… de altivez… sin entender aún, que Él, era el Alfarero y yo simplemente su creación. En aquellos momentos, con mi

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corazón desolado, reconocí que era pecadora, que nunca le había ofrecido mi amor. Comencé a llorar con gran dolor en mi alma… Fui a tomar un pañuelo de mi cartera y cuando mis ojos descansaron sobre las páginas abiertas de una Biblia que tenía la señora que me había invitado, de repente, leí lo siguiente: “Acéptame como tu Salvador y Rey, y tú y tu casa serán salvos”. Una experiencia inexplicable Cuando leí estas palabras, mi corazón saltó dentro de mí, e inmediatamente repetí lo que había leído y le pedí a Dios que fuera mi Salvador y Rey. De pronto me di cuenta que las lágrimas que seguían saliendo de mis ojos ya no eran de dolor, pues se habían convertido en lágrimas de alegría. Algo grande había sucedido dentro de mí ser, ahora Dios no estaba distante, entonces entendí sin ninguna duda que Él me amaba y que me había perdo-

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nado de todo mi pasado. Supe que mi vida sería diferente desde entonces, que ya no estaba sola, que su amor y su protección me harían compañía el resto de mi vida Me faltan palabras para describir la gran felicidad que este evento trajo a mi ser; la vida era distinta. Supe que tenía un nuevo comienzo. Liberando el corazón Sin embargo había una parte de mi corazón que no había sanado, y aún dolía. Era la parte donde yo albergaba ese terrible odio contra el hombre que fue el causante de la muerte de mi padre. Recuerdo que a veces sentía que Dios me quería hablar acerca de perdonar a esa persona, y yo le decía: “no me pidas esto, me duele mucho abrir esta área de mi vida, por favor, dejémoslo para otra ocasión”. Pero quiero decirte que llegó el día en que le dije a Dios: “hablemos de este hom-

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bre”, y entonces pude perdonar a esa persona, y no sólo él fue absuelto, pues yo también quedé libre de esta amargura. Con la ayuda de Dios pude liberar mi corazón. Él sanó mi corazón y el dolor de haber perdido a mi padre. Dios ha sido muy bueno conmigo. Mi vida cambió desde ese día. Los años han pasado y he conocido miles de hombres y mujeres que se encontraban atrapados, con almas heridas tal como yo en mi pasado y he podido ayudarlos a transformar sus vidas de la misma manera que Dios ha transformado mi vida. ¡Tú también puedes dejar atrás las heridas de tu pasado, los vacíos de tu ser y experimentar una vida victoriosa llena de bendiciones! Esa sensación de vacío y de frustración que produce el fracaso en tu vida no es algo que deba ser natural ni aceptado por ti.

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A través de las siguientes páginas descubrirás como cambiar tu vida de adentro hacia afuera. No te acostumbres al fracaso. No hagas de la derrota tu pan diario. Tú no tienes que vivir “aguantando la vida”, “jugando a la supervivencia”. Al contrario: has sido diseñado para vivir mucho mejor, de una manera distinta, sin soledad ni vacío, sin sequía de sueños ni ilusiones marchitas, disfrutando del triunfo, viendo que tus anhelos más sublimes se realizan día a día.

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Cómo ocurre la herida

Todos nosotros vivimos en un mundo inhóspito, lleno de caos y de situaciones fuera de nuestro control. Algunos hemos crecido en un bello hogar; mientras que para otros el hogar ha sido un campo de batalla. Sé de muchos hombres y mujeres que han sufrido bajo las garras de abusadores, quienes han dejado una huella de dolor muy profunda en sus almas. El lamento de este dolor se escucha en el corazón de una gran multitud de personas que han vivido 17

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situaciones trágicas por las cuales han quedado traumatizadas. Todas estas experiencias negativas dañan el alma, la dejan herida y, como consecuencia, estas personas son incapaces de recuperarse de los efectos de las heridas emocionales sufridas. Sus vidas quedan marcadas por el dolor y la ansiedad. Desesperadamente buscan ayuda en drogas y el alcohol para continuar viviendo; pensando que esto les traerá alivio y así podrán adormecer su dolor emocional. Estas heridas son invisibles y muy difíciles de percibir y sanar. ¿Dónde se encuentran estas heridas en nuestro ser? Para comprender dónde se ubica ese dolor, primero tenemos que comprender la composición del ser humano. Nosotros, los seres humanos, hemos sido hechos por Dios y a su imagen. Dios, que es tripartito -–Padre, Hijo y Espíritu Santo–

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hizo al hombre también compuesto de tres partes: cuerpo, alma y espíritu. A través del espíritu hacemos contacto con el mundo espiritual. Nuestro espíritu es la parte eterna del hombre. Este es el verdadero ser interior, invisible, que Dios pone en nosotros al momento de la concepción, y mediante él es que nos relacionamos con el mundo espiritual, el cual incluye a Dios. En nuestra alma residen nuestra voluntad, nuestras emociones, nuestra personalidad, nuestro razonamiento, nuestros pensamientos –en otras palabras, la mente del hombre. Aquí es donde se encuentran acumulados los recuerdos de todas nuestras experiencias de vida. Estas experiencias, tanto buenas como malas, dan forma a nuestra personalidad y determinan la forma en que nos vinculamos con los demás.

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Nuestro cuerpo físico nos permite relacionarnos con nuestro entorno, a través de los cinco sentidos: el gusto, la vista, el olfato, el oído y el tacto. El cuerpo es nuestra naturaleza física, la parte de nosotros que se refiere a la persona que es "vista" por otros. Como resultado de la caída del hombre, el cuerpo es temporal, imperfecto y está sujeto a un mal funcionamiento, a la degeneración y a la enfermedad. Se trata del recipiente temporal donde brevemente habitan nuestro espíritu y nuestra alma, en esta tierra. “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo”, 1 Tesalonicenses 5:23. Estos aspectos invisibles –el espíritu, el alma, el corazón, la conciencia, la mente y las emociones– componen toda la personalidad del individuo.

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Rescatados de la esclavitud Antes de nuestra salvación, estábamos fuera del reino de Dios y en el dominio de Satanás. Fuimos sus esclavos. Aprendimos de él y de su naturaleza pecaminosa. En un mundo lleno de individuos moldeados a su imagen y un entorno inhóspito, sufrimos todo tipo de heridas emocionales. Estas heridas acumuladas dejaron cicatrices profundas en nuestra personalidad, las cuales causarán dolor y esclavitud para toda la vida. Cuanto más tiempo vivamos en el reino de Satanás, mayores serán las heridas y daños acumulados en nuestra personalidad. Un gran cambio tiene lugar en nuestro ser el día en que por fe en el sacrificio de Jesucristo en la cruz venimos a Él. Recibimos una nueva naturaleza y ahora somos Hijos de Dios.

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“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;” Juan 1:12 Cuando nos convertimos en hijos de Dios, nuestro espíritu inmediatamente pasa a ser propiedad de Dios y entramos en su reino. A partir de ese momento comenzamos a tener una relación con Dios, y el Espíritu Santo comienza el proceso de transformarnos en la imagen de Jesucristo. Una vez en el reino de Dios, nuestro cuerpo no suele cambiar mucho. Si eres rubio o moreno, seguirás siéndolo. Si antes utilizabas espejuelos para ver, por lo general tendrás que continuar usándolos. El cuerpo aún está sujeto a las consecuencias de la Caída, lo que significa que aún está sujeto a la enfermedad y al mal funcionamiento. Ahora tenemos el privilegio de orar por la sanidad divina.

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El proceso de renovación Nuestras almas necesitan pasar por el proceso de renovación. Tenemos almas que estaban acostumbradas al mundo secular, con ideas permisivas que iban en contra de la Palabra de Dios. Es posible, entonces, entregar la vida a Cristo, ser un cristiano nuevo y todavía estar atado por los hábitos y actitudes pecaminosas, por relaciones disfuncionales, con cicatrices profundas en la personalidad, adicciones y compulsiones. En consecuencia, este pasado causará estragos en su vida, aunque el espíritu ahora pertenezca a Dios. Nuestra vieja naturaleza es, en realidad, parte de nuestra alma; pero vamos a igualarla a una maleta donde –antes de la salvación– se acumulaban el dolor y las cicatrices que Satanás iba poniendo para moldearnos a su imagen.

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Después de la salvación seguimos cargando la maleta, ya que es una parte de nuestra antigua naturaleza. Durante nuestra antigua vida aprendimos cómo reprimir los sucesos dolorosos –tales como abandono, rechazos, traición, desilusiones– y guardarlos en esta maleta, la cual sigue doliendo y nos paraliza en el desarrollo de nuestra nueva vida. Por lo tanto, necesitamos que el Espíritu Santo sane los dolores que están contenidos en ella para así cortar la cadena que nos mantiene sujetos a la maleta de nuestra vieja naturaleza. Es el deseo de Dios que estemos libres de la maleta de dolor. Él quiere vaciarla, curar todas esas heridas y cicatrices y liberarnos de nuestros hábitos pecaminosos y patrones de pensamiento dañinos. Dios quiere que nuestra nueva naturaleza en Cristo controle nuestra alma y nuestra personalidad, de modo que la vieja naturaleza pecaminosa sea vencida y eliminada.

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Muchos pasan toda una vida acordándose de los dolores de su pasado, sin cortar la cadena que sujeta esta terrible y dolorosa maleta. Yo misma tuve esa experiencia, porque después de recibir a Cristo todavía albergaba rencor y gran dolor en mi ser cada vez que me acordaba del culpable de la muerte de mi padre. Muchos creyentes piensan que, cuando vienen a Cristo, todo en sus vidas quedará en perfecto orden. Y se preguntan: ¿Si mi pasado fue perdonado, por qué sigue doliendo mi ser? Es cierto. Ha sido perdonado pero no ha sido sanado. Las heridas emocionales tienen serias ramificaciones y, tristemente, la persona levanta paredes de protección para evitar más daños a su ser. Como resultado, la persona termina desarrollando grandes y poderosas barreras de pensamientos negativos que pueden generar toda una estructura de

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creencias erróneas, procedente del área donde se encuentra el dolor. No tenemos que aceptar este dolor en nuestro ser, ya que el propósito de Dios es que seamos sanos en todas las áreas que componen nuestro ser. “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma”, 1 Juan 1:2.

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La maleta dolorosa

Durante el transcurso de nuestras vidas aprendemos a vivir con este dolor interno; y en muchas ocasiones hasta negamos su existencia porque de tan solo recordarlo, volvemos a sentir ese gran dolor. Por lo tanto, de la forma en que lo manejamos es ignorándolo y olvidándonos de él. Pero no admitir que tenemos heridas emocionales nos lleva a lugares donde albergamos obscuridad en nuestras vidas y, por lo tanto, hace que estemos fuera del alcance de la mano de Dios para sanarnos. 27

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Lo más importante en este proceso de sanidad es comprender que el poder de Satanás sobre nuestras vidas ha sido destruido, y Él solo puede tener entrada en nuestras vidas de acuerdo a la oportunidad que nosotros le demos. La forma en que el enemigo funciona es bombardeándonos constantemente con mentiras y engaños, para que nosotros los recibamos y los apliquemos a nuestras vidas, como si fueran una verdad que no se puede cambiar. Este ciclo de dolor puede romperse en cuanto estemos dispuestos a traer a la luz todo aquello que nos ha atrapado. Pero tenemos que estar dispuestos a tratar con los asuntos que nos han llevado a este punto. Todos aquellos que tienen heridas emocionales normalmente responden de tres formas: La primera es que sienten que son víctimas, y por lo tanto se entregan al dolor. Este dolor aumentará hasta el punto de sentir

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depresión y –según se siga desarrollando el dolor–, llegará al punto de tener pensamientos suicidas. Una segunda forma de responder es que la persona se convierte en un luchador y pelea contra la herida a través de pensamientos negativos y resentimientos, lo cual abrigará el odio en su corazón. Desgraciadamente, muchas de estas personas terminan convirtiéndose en abusadores. La tercera forma en que puede reaccionar la persona es defendiéndose contra la persona o la circunstancia que le ocasionó este dolor. La herida ha causado una agonía interna muy profunda y se vuelve indiferente a la misma. Cuando logra superar las crisis en su propia vida, busca y desea la alabanza de otros.

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Identificando la herida Una persona herida también crea heridas en otros, causando un círculo vicioso de dolor. Los que han crecido en hogares abusivos, serán abusivos en sus propios hogares; porque este patrón de vida ha hecho que se identifiquen con él y se sientan cómodos en este elemento. Y el triste resultado será que continuarán este mismo patrón en sus hogares, los cuales estarán plagados de abusos. Cuando la herida no se aborda, ésta desarrolla barreras mentales y –por último– puede desarrollar un ámbito ideal para que la persona sea controlada u obstruida en su desarrollo espiritual y social. En muchas ocasiones, el patrón de pensamiento negativo causa dolor y heridas en aquellos que ellos aman. Cuando uno va al doctor con algún tipo de malestar físico, el médico comienza a hacer una serie de preguntas esenciales para

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reconocer –a través del síntoma– de dónde proviene el malestar y traer la cura necesaria para el cuerpo. De esta misma manera, nosotros tenemos que abrir nuestro corazón al Gran Médico y dejar que nos examine para obtener la sanidad de nuestras almas. Es importantísimo identificar las áreas en las cuales necesitamos sanidad, para que el día de mañana, cuando tengamos que hablar del hecho sufrido, podamos hacerlo sin dolor y sea evidente que hemos sido sanados. Dios utilizará esta victoria para convertir todo evento trágico y doloroso en uno que traerá sanidad a otros que la necesitan. Existen muchos tipos de heridas emocionales que residen en nuestras almas. Examinemos con más profundidad algunas de las consecuencias que ellas traen a la vida de la persona.

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La Amargura Mi abuelita quedó viuda a la edad de 40 años. Yo la amaba muchísimo, pero ella nunca sonreía. Sabía que ella me amaba, pero su comportamiento era triste y retirado de la familia; ella era como una sombra que nos acompañaba y desde lejos participaba en los eventos familiares. Yo recuerdo que una y otra vez deseaba que se riese y fuese feliz. Su comentario más frecuente era: “¡Ojalá que me caiga un cáncer y muera!”. Sus deseos se hicieron realidad. Murió de cáncer, relativamente joven. ¿Qué fue lo que le sucedió a mi abuela? La muerte de su esposo, a una joven edad, le robó sus esperanzas; sueños y posición económica. Se entregó a la amargura y hasta su cara demostraba una triste apariencia. Esta amargura consumió su ser. Yo vine a Cristo al final de su vida y pude presentarle a nuestro amado Salvador. Sé que ahora es

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sana de este dolor que le llevó la vida y se encuentra feliz en la presencia de Dios. La Biblia nos explica que la amargura es una raíz. “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados”, Hebreos 12:15. ¿Cómo es que funciona una raíz? Las raíces normalmente están bajo la superficie y no se ven, pero son la fuente de alimento de la planta. Su trabajo se concentra bajo la superficie, alimentando todo lo que se encuentra arriba. Lo mismo es cierto cuando la amargura invade el alma de la persona. Cuando brota, su producto es enojo, emociones dañinas contra otros y destrucción. Estuve leyendo un libro escrito por profesionales que se dedican a ayudar a niños víc-

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timas de abuso sexual por hombres mayores. Ellos hicieron un estudio interesante de las vidas de estos muchachos; y observaron que aquellos que pudieron perdonar al abusador lograron reanudar sus vidas normalmente, pero aquellos que permitieron que el trauma sufrido los marcara con amargura se convirtieron en homosexuales. Un sinnúmero de mujeres han sido violadas, y este trauma ha causado que también tengan una raíz de amargura en su ser. Cada persona reacciona de una forma diferente cuando está expuesta a un trauma, pero la raíz de amargura es algo que destruye a la persona desde adentro. Todos sabemos que la gente amargada tiene una memoria increíble para acordarse del más mínimo detalle e involucrarse profundamente en el resentimiento. Normalmente, están listos para mostrar a los demás

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lo mucho que han sido lastimados en sus vidas. El Rechazo El rechazo puede comenzar desde el embarazo, donde la criatura no fue deseada y por lo tanto, desde ese momento, el sentimiento de rechazo seguirá a la persona. Al igual, podemos decir que todos hemos sido rechazados por una razón u otra en el transcursos de nuestras vidas, tal vez por amigos en el colegio o en el empleo. El rechazo en un matrimonio es un dolor muy profundo que muchos no pueden superar. El rechazo es tan común, que normalmente no nos detenemos a considerarlo. Nos hemos acostumbrado a él. Pero existen muchos individuos que –debido a experiencias dolorosas donde han sido rechazados en el pasado–, se convierten en personas altamente sensibles y parecen tener antenas listas

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para reaccionar a la primera señal de rechazo. A veces se describen como amigos de "alto mantenimiento", ya que son muy difíciles de tranquilizar. Muchos de ellos dan la impresión que todo está bien en sus vidas, pero por dentro están a punto de estallar debido al dolor y los terribles sentimientos de inferioridad. A menudo se defienden constantemente y sienten que han sido afectados muy profundamente, impidiéndoseles vivir una vida normal y sana. El dolor del rechazo es real y destruye la autoestima de la persona. “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, Con todo, Jehová me recogerá.” Salmos 27:10 La Decepción o Desilusión La decepción trae una pérdida de esperanza y es el resultado de promesas que no se llegaron a manifestar. Debido a esta herida,

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muchos caen en depresión o amargura porque no pueden superar la decepción o la desilusión que han tenido en su vida. Tal vez ha sido debido a un noviazgo que no se realizó, estudios que no pudieron llevarse a cabo, un matrimonio que terminó en divorcio. En fin, existen muchos motivos por los cuales la persona queda herida emocionalmente debido al dolor de una desilusión. “La esperanza que se demora es tormento del corazón; Pero árbol de vida es el deseo cumplido.”, (Proverbios 13:12). Los Eventos Traumáticos Un evento traumático crea una herida que sobrepasa la capacidad del individuo para hacerle frente a la situación. Estas son experiencias desagradables y extremadamente dolorosas que acontecen debido a causas ajenas, que están fuera del control del individuo. Por lo general, la persona desarrolla

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depresión; temor a la muerte y otros grandes problemas. La persona puede sentirse abrumada emocionalmente y físicamente. La definición de un evento traumático es bastante amplia; pero siempre incluye incidentes tales como accidentes, desastres naturales, guerras, crímenes y otros hechos violentos. También incluye experiencias tales como el abuso infantil y el abuso sexual. Mi propia madre fue traumatizada grandemente por el evento de la trágica muerte de mi padre. Ella estuvo consumiendo pastillas para dormir por un lapso de dos años, porque no podía superar este doloroso y trágico acontecimiento y reanudar su vida. Otras Heridas El engaño, la ignorancia y el pecado causan heridas en el alma y le permiten al enemigo de nuestras almas tener acceso legal

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a ellas, en su misión de "robar, matar y destruir" (Juan 10: 7). Existe una diferencia entre el engaño y la ignorancia. Cuando la persona no tiene el conocimiento de que está siendo engañado, es ignorancia. Esta es la razón por la cual el conocimiento o comprensión sobre asuntos claves en la vida es tan importante. La ignorancia, o la falta de conocimiento en el asunto, hace que la persona sea una víctima propensa a todo tipo de engaños por parte de Satanás: a través de engañarse a sí misma o del engaño por parte de otras personas. Desgraciadamente, la ignorancia es una puerta abierta para el engaño, y es una forma de esclavitud mental que hace que la persona sea vulnerable. La falta de conocimiento acerca de cierto tema puede ser una puerta abierta para aceptar todo tipo de creencias

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peligrosas, falsas doctrinas y enseñanzas, con la suposición de que son bíblicos. "Mi pueblo fue destruido por falta de conocimiento", Oseas 4: 6. El pecado tiene las mismas consecuencias, ya sea cometido a sabiendas o por ignorancia. La solución para los pecados cometidos por ignorancia es saber la verdad necesaria para combatir la tentación. Una vez que la persona sabe la verdad, la única manera en que puede caer es dándole la espalda a la verdad. Cuando esto ocurre, se dice que la persona ha caído en el engaño. Ciertos pecados que ocasionan una herida incluyen: la participación en prácticas ocultas, pecados sexuales, la falta de perdón, los conflictos graves entre un padre y un hijo y muchos otros.

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Relaciones dañinas

En el lapso de los últimos años he recibido miles de cartas de personas que me cuentan acerca de situaciones precarias en sus hogares. Muchos de los que me han escrito hablan de abusos en el hogar; tales como el dolor de vivir una situación donde un hijo es preferido ante otro. Otras cartas narran el obscuro y trágico abuso sexual. También hay otras personas que me escriben y comparten acerca del abuso verbal y físico que sufren.

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Todas estas cartas me han impactado grandemente, porque comprendo el sufrimiento de las personas que se encuentran viviendo bajo este abuso. Me he dado cuenta de que muchos tienen ideas erróneas como tratar este tema. Muchos casos son tan delicados que no se atreven a compartir la situación con aquellos que tal vez los puedan ayudar. “Jehová prueba al justo; Pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece”, Salmos 11:5. Las relaciones dañinas tienden a tener raíces profundas y dejan cicatrices que solo Dios puede sanar; los involucrados generalmente reflejan incapacidad para entender y trabajar dentro de los límites apropiados de la relación. Podemos definir los abusos en tres categorías: abuso emocional, abuso verbal y abu-

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so físico. Todas las formas de abuso –ya sea emocional, verbal o físico– dañan, quitándole a la persona su sentido de dignidad y el valor que Dios le ha dado como persona. Todas las formas de abuso hieren el espíritu de la persona y, tristemente, la persona termina traumatizada; no solo con miedo del abusador sino de toda otra persona que se encuentre en un lugar de autoridad similar al del abusador. “El corazón alegre constituye buen remedio; Mas el espíritu triste seca los huesos”, Proverbios 17:22. ¿Por qué las personas que están siendo abusadas permanecen en una relación abusiva? Una de las razones primordiales es el miedo. Ésta es un arma poderosa utilizada para controlar a las personas; es una estrategia efectiva para manipular a las víctimas con

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amenazas verbales de infligir daño físico o consecuencias nefastas. El resultado es que la víctima tiene miedo de quedarse sin el apoyo emocional que le ofrece el abusador. Pero, en realidad, lo que opera es el temor de no tener cubiertas las tres necesidades básicas del ser humano que son amor, seguridad y compañerismo. Muchas de las víctimas creen que son responsables de la manera en que otros los tratan. Por lo general, tienen un auto estima muy baja y creen que merecen ser maltratadas. Su mismo núcleo familiar les hace entender que son personas inadecuadas y que por lo tanto merecen ser abusadas. Abuso emocional El abuso emocional es cualquier comportamiento negativo utilizado para controlar o herir a otra persona. La persona abusadora puede atacar a la otra con insultos, con pala-

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bras despectivas acerca de su futuro, etcétera. El resultado es que la víctima comienza a construir una imagen mental errónea de sí misma, convencida de que no sirve y, en consecuencia, no aspirará a mucho en su vida. La víctima del abuso emocional a menudo no reconoce el maltrato como abuso porque desarrolla mecanismos donde niega y disminuye la confrontación para poder lidiar, de esa manera, con el estrés que la situación le produce. Sin embargo, los efectos del abuso emocional, a largo plazo, pueden causar un trauma emocional grave en la víctima, incluyendo depresión y ansiedad. El abuso emocional daña los sentimientos de la persona por medio de palabras insultantes, y a menudo busca dañar la reputación de otros usando tácticas tales como la calumnia y la difamación. El abuso emocional incluye la separación emocional de la persona.

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Las víctimas de abuso pueden experimentar un aumento de temor, ansiedad, confusión, inseguridad y desesperación, entre otros síntomas. “La lengua apacible es árbol de vida; Más la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu.” Proverbios 15:4 Abuso verbal Este tipo de abuso es más severo que el anterior. En este caso la persona está constantemente acusando a la víctima, echándole la culpa, controlando su conversación, menospreciándola ante otros, burlándose de ella, ridiculizándola e hiriéndola en lo más profundo de su ser, intencionalmente. Por lo general, el abusador o abusadora culpa; acusa; insulta; y la víctima se encuentra defendiéndose constantemente y dando explicaciones.

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Muchos de los abusadores emocionales utilizan cierto tipo de métodos tales como negar lo que hizo o dijo; minimizar su acción declarando que lo que la víctima dijo era exagerado; contrarrestar la evidencia para echarle la culpa al otro, alegando que han entendido todo mal; o rebajar a la persona diciendo que se está dando demasiado crédito. La carencia de cicatrices físicas hace que sea difícil identificar el abuso verbal, pero es es muy importante reconocerlo a tiempo debido a su potencial de escalar hacia el abuso físico. “Agravios maquina tu lengua; Como navaja afilada hace engaño”, Salmos 52:2. Abuso físico y sexual El abuso físico y sexual implica el abuso por parte de una persona de mayor tamaño

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físico; o de mayor fuerza; o de posición superior, donde puede controlar; imponerse y dañar a otro. El primer acto de violencia hace que sea más fácil que el abuso se repita y que la próxima vez sea más violento, si no hay ninguna repercusión inmediata. Trágicamente, la mayoría de las personas que han sufrido abusos perdonan al agresor y no buscan la ayuda que el mismo agresor también necesita. El asunto de la violencia en el hogar es algo muy delicado. En la mayoría de los casos de violencia doméstica, aproximadamente el 95% de las víctimas son mujeres. En muchos países se aprueba el uso de la fuerza física contra la esposa bajo ciertas circunstancias, haciendo que ellas sufran porque reciben muy poca ayuda por parte de los que las rodean. Sin embargo, en otros países, el abusador puede ser encarcelado por esta conducta.

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Normalmente, en este tipo de casos, los hombres acusan a la mujer como causante de la ira y del abuso. Con comentarios tales como “Si tú no me hubieses provocado, yo no te habría pegado”, o “Fue tu culpa que perdiera el control”. De esa manera le echan la culpa a la mujer; y llega a un punto en que la mujer acepta esta mentira y cree ser la culpable. Desdichadamente, en el caso de abuso sexual, el abusador acusa a la víctima de ser la culpable de incitarlo, agregando sentimientos de culpabilidad al terrible dolor que la víctima ya tiene en su alma. En una relación abusiva existe un patrón que normalmente se lleva a cabo. El abusador comienza a enojarse con la víctima. Ella, a su vez, trata de aplacarlo. Pero el abusador no quiere calmarse, él desea volcar todo su enojo y todas sus frustraciones en la víctima. El miedo y el terror llenan la atmósfera hasta

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que, de repente, el abusador comienza a pegarle brutalmente y da rienda suelta a sus emociones violentas. En este punto, tal vez la policía, los vecinos o la misma familia tendrán que intervenir. La víctima queda toda mutilada; no sola por fuera sino también por dentro. Después de que el abusador ha descargado su furia en la víctima se siente avergonzado o apenado, y comienza el proceso de endulzarla y prometerle que no lo va a volver a hacer. Ella, temerosa y ansiosa, acepta sus palabras como si hubiese ocurrido en él una verdadera transformación, con la esperanza de conquistar su amor y de que él no vuelva a herirla. Este es el patrón de la mayoría de los abusadores. Se arrepienten, se lamentan y prometen que no van a hacerlo nuevamente. Pero como el abusador no ha tenido que

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sufrir ninguna consecuencia por su conducta, volverá a ocurrir el terrible ataque. “El hombre de gran ira llevará el castigo, porque si tú lo rescatas, tendrás que hacerlo de nuevo.” (Proverbios 19:19) LBLA Razones que evitan el rescate Muchos se preguntan: ¿por qué no se va la víctima de este hogar infestado con tanto dolor? En el caso de la esposa, hay muchas razones por las cuales se queda. Algunas mujeres se basan en sus creencias religiosas; creen que no tienen derecho a abandonar el hogar y que el estar sujetas al esposo es parte de su convenio matrimonial, no importa lo que venga con este. Otras razones pueden ser: creer que el abuso físico es algo normal en un matrimonio, que su responsabilidad es la de mantener a su familia intacta, que no puede sostener a sus hijos

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económicamente y tal vez tenga miedo a perder sus hijos en una separación. En fin, existen muchas razones por las cuales la esposa escoge vivir bajo este terrible yugo de opresión, y la mayoría de ellas procede del miedo ya inculcado por el abusador. Cuando la víctima es menor de edad, entonces la responsabilidad debe descansar en el padre o en la madre, y su deber es proteger a este niño o niña. Cuando el abuso contra el niño es evidente y no hay nadie que lo pueda ayudar, entonces las personas a su alrededor deben reportar este abuso a las autoridades para preservar la vida del niño o niña, y rescatarlo de esa terrible y dolorosa vida. La Biblia habla del abuso Yo me he dado cuenta de que muchas personas no tienen el concepto correcto de lo que nos enseña la Biblia en cuanto al abuso.

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Primeramente, debemos establecer que no es la voluntad de Dios que abusen de ti. Cuando Jesucristo nos enseñó a dar la otra mejilla no fue para darles permiso a otros para que continuamente abusaran de ti. (Mateo 5:38,39). A lo que Él se refería era a abstenerse de tomar represalias cuando uno ha sido atacado o insultado, pero entregarle a Dios el derecho de la venganza personal. Tenemos que entender que la venganza no es nuestra, sino del Señor. “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”, (Romanos 12:19). Otra idea equivocada es que de la misma manera en que Jesucristo se sometió a ser abusado cuando fue llevado a la cruz, nosotros debemos imitarlo y someternos al abuso. Los enemigos de Jesucristo trataron de ha-

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cerle daño; pero siempre los eludió, hasta que llegó el momento en que fue a la cruz voluntariamente para pagar por nuestros pecados. ¡Cuántos de nosotros hemos escuchado a la mujer que es abusada el decir que lleva una cruz! Nuevamente explico: este es otro concepto erróneo. En ninguna parte de la Biblia se indica que debemos recibir abusos físicos como señal de la cruz que se lleva. Jesucristo nos estaba hablando del costo de servirlo como un verdadero discípulo, incluyendo la muerte de nuestra naturaleza pecadora con sus malos hábitos. Uno de los argumentos más fuertes es el que se encuentra en Efesios 5, donde se indica que la mujer debe estar sujeta a su marido en todo; pero no incluye el abuso, porque a continuación les explica a los maridos cómo es que deben de tratar a sus esposas. Este texto contiene la relación de Jesucristo con la

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Iglesia, y determina que el hombre debe de honrar a su esposa. En ninguna parte de la Biblia se lee que Jesucristo le pega a la Iglesia o que la abusa, solo leemos que Él dio su vida por ella. “Someteos unos a otros en el temor de Dios. Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”, Efesios 5:21 al 25. He recibido muchísimas cartas donde me preguntan acerca de si la mujer debe de obedecer al marido cuando él le obliga hacer algo que está en contra de los preceptos de Dios, y mi respuesta es ¡NO! Cuando la ley le

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prohibió a los discípulos predicar el Evangelio, ellos respondieron que tenían que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos 5:29). La solución al abuso ¿Cómo se resuelve la situación de una mujer que vive en un hogar donde sufre de abusos físicos? Si el abusador no se ha arrepentido sinceramente y no ha demostrado un cambio en su conducta, entonces la víctima necesita tomar la decisión de protegerse físicamente, retirándose del alcance de esta persona. Tal vez tenga que irse de donde vive y, en ciertos casos, utilizar métodos legales para estar fuera del alcance del abusador. Recuerdo una carta que recibí de una señora que había visto uno de los programas de Minuto Final, donde yo le decía a la audiencia que Dios no deseaba que las mujeres

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fuesen golpeadas físicamente. La señora contaba que ella vivía en un gran tormento. Su esposo le pegaba muy frecuentemente. Poco tiempo después, el esposo llegó a la casa y comenzó nuevamente a pegarle, y en ese momento ella explicaba que escuchó mi voz diciéndole que Dios no deseaba semejante sufrimiento para ella y llamó a la policía, la cual procedió a arrestar al esposo que estuvo encarcelado por más de dos años. Mientras él se encontraba en la cárcel, tuvo un encuentro con Jesucristo como su Salvador y un verdadero arrepentimiento por su comportamiento. Su matrimonio fue restaurado, y ahora ambos sirven en la Iglesia, con un gran testimonio de gratitud a Dios. Muchas mujeres no quieren abandonar el hogar, con tal de conservar el matrimonio. La esposa se puede separar sin tener que divorciarse. El esposo es el culpable de que ella se tenga que separar de él, y él fue quien

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abrió esa puerta por la cual ella tiene que huir para mantenerse libre de peligro. Miles y miles de personas mueren anualmente bajo los golpes infligidos por sus parejas. Este es un tema muy serio que se debe enfocar con mucha cautela. Si la esposa decide abandonar el hogar, debe tener establecidas ciertas medidas de precaución para su protección física y la de sus hijos. Si este es tu caso: ¡sé prudente! Obtén ayuda legal y por parte de la ley. Haz lo necesario para garantizar la seguridad física tuya y de tus hijos. “El hombre prudente ve el mal y se esconde, los simples siguen adelante y pagan las consecuencias.”, (Proverbios 27;12) LBLA Viviendo con el abuso verbal o emocional Un abuso es siempre un abuso. No se puede disfrazar. En este caso, se debe advertir al abusador que no se va a continuar reci-

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biendo sus represalias. Las víctimas del abuso verbal o emocional se sienten incapaces e impotentes para corregir las relaciones abusivas. Muchos tratan de hacer caso omiso del abuso, tratan de no confrontar al abusador; pero todas estas tácticas son incorrectas. El asistir a consejeros profesionales para resolver este tipo de conflictos trae, en muchos casos, un resultado positivo. Se debe considerar esta alternativa. Generalmente, la persona que está en este tipo de relación debe de informarle al abusador lo que le va a permitir y lo que no le va a permitir. Cuando el abusador ignore la petición y proceda con el abuso, entonces se debe proceder a imponer la consecuencia ya avisada. Por ejemplo: ”Si me das el tratamiento silencioso, buscaré a alguien que quiera hablar conmigo”.

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El abuso verbal, emocional o físico puede escalar a una dimensión en la cual será necesario alejarse del abusador para vivir en paz. “Esforzaos y cobrad ánimo; no temáis, ni tengáis miedo de ellos, porque Jehová tu Dios es el que va contigo; no te dejará, ni te desamparará.” (Deuteronomio 31:6)

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El proceso para la sanidad

Las heridas del alma, a pesar de no ser vistas, son muy reales y necesitan ser sanadas. Y aquí es donde las instrucciones dadas por nuestro Señor Jesucristo nos ayudan en este proceso que, si bien es doloroso, a la larga tiene una gran recompensa. A nadie le gusta tener una intervención quirúrgica, pero en tanto puede ser necesaria para la recuperación, el paciente se somete gustosamente pensando en el alivio que recibirá después de la operación. Pues bien, te61

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nemos que ver este proceso de la misma manera. He conocido miles de hombres y mujeres que se encontraban atrapados en medio de los dolores de sus almas, al igual que yo en mi pasado, y he podido ayudarlos a transformar sus vidas de la misma manera en que Dios ha transformado mi vida. La primera persona que vi transformada fue ¡yo misma! Después que Dios me ayudó a perdonar al asesino de mi padre, me pidió que orara por él. Él me llenó de su Gracia para que yo pudiera hacerlo. Sinceramente, no deseaba hacerlo, pero deseaba obedecer a Dios y le pedí su ayuda para realizarlo. ¡Él siempre socorre! Y después de ese día, cuando este hombre venía a mi mente, decía dentro de mí “ya está perdonado”. Siempre pensaba: “Jesucristo me ha perdonado de mucho y yo también debo perdonar”.

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“El sana a los quebrantados de corazón, Y venda sus heridas” (Salmos 147:3) La prueba de mi sanidad Los años pasaron y fui a la ciudad de Miami en Florida, donde tuve una entrevista radial en una de las estaciones más populares. Ellos habían escuchado acerca de mi testimonio, de cómo yo pude perdonar al asesino de mi padre. Durante la entrevista radial, el productor me informó que el asesino de mi padre estaba escuchándome por radio y quería que me dirigiera a él, en ese momento. ¡Nunca me olvidaré de ese instante! Todo desapareció de mí alrededor. En ese momento llegué a la realización de que el hombre que tanto había odiado en un pasado, me estaba escuchando. Me sentí transportada a otro sitio que, para decir la verdad, ni sé cuál era. De repente, escuché mis pro-

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pias palabras, en las que le decía que lo había perdonado y le pedía que se perdonara por lo que él había hecho. Ese día marcó mi vida. Ya no había dolor, solo había compasión hacia este hombre encarcelado en los recuerdos de su terrible acción. Le pude presentar al único que puede restaurar las vidas rotas: Jesucristo. Con el tiempo llegué a comprender que la verdadera clave para las heridas del alma es el perdón. La definición del perdón Cuando la persona ha sufrido en las manos de otro es muy difícil perdonar; sin embargo Dios nos ayuda para llevarlo a cabo. El perdón no es una emoción sino es una decisión. El perdonar no significa olvidar o tolerar la ofensa, y no depende de una reunión cara a cara. En realidad, es llevar a cabo un acto

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de tu propia voluntad para no tomar en cuenta la ofensa y dejar de odiar al culpable. El perdón nos libera de todas las ataduras del pasado y nos ayuda a superar todos los obstáculos. Cura al que perdona y a los perdonados. Cuando perdonamos a alguien que – debido a un error o a un acto deliberado– nos ha hecho daño, todavía reconocemos la acción como tal; pero en lugar de reprimirla o tomar acción contra la persona, tratamos de ver más allá de lo sucedido con el fin de restablecer nuestra relación con quien ha sido responsable de la misma. El acto del perdón nos ayuda a luchar contra la tentación de descargar nuestra ira o dolor y hacerle daño a la otra persona.

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Las instrucciones de Jesucristo Jesucristo habló extensamente del perdón. A continuación leeremos lo que Jesucristo dijo, en sus propias palabras: “Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete. Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame

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lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.”, (Mateo 18:21 al 35). Jesucristo nos ha dado suficientes instrucciones de cómo debemos reaccionar cuando alguien nos hiere. Fíjate que las instrucciones no solo son perdonar, pero agrega el tener misericordia hacia el que comete la acción

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“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.”, (Mateo 6:12). “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas”, (Mateo 6:14,15). “Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.”, (Lucas 6:27,28). “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.”, (Lucas 6:37).

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“Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.”, (Marcos 11:25). Ahora Jesucristo no solo nos indica que perdonemos, pero también nos instruye a orar por ellos. Él nos extiende la promesa de que cuando perdonamos, nosotros también somos perdonados.; Él nos demostró el perdón en acción cuando lo estaban crucificando, al interceder por aquellos que lo estaban matando. En esos momentos dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, (Lucas 23:34). Barreras que obstruyen la libertad He conocido a personas que por años exigen una disculpa, y esperan y esperan, pero la disculpa nunca llega. Siguen con heridas sangrantes, de tal manera que les afecta toda su vida. Estas personas jamás llegan a perdo-

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nar y, en consecuencia, sus vidas continuarán traumatizadas. La falta de perdón aleja a las personas de la sanidad que Dios les quiere dar y permite que la raíz de amargura continúe su crecimiento, manteniendo a las personas en esa terrible prisión de dolor y maldad. En muchos casos, la persona recibe sanidad para su cuerpo cuando perdona. Su estado físico es, sin duda alguna, afectado por su estado emocional y espiritual. Eso no quiere decir que cada dolencia física esté relacionada directamente con problemas emocionales o espirituales. Sin embargo, existe una conexión. Recuerdo una vez en que estaba ministrando y un señor vino a recibir su sanidad. Tenía una diabetes muy avanzada y estaba a punto de perder la vista. Mientras conversamos, surgió el tema de que le habían robado unos terrenos y él tenía gran odio contra

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la persona que le hizo semejante robo. Pero, gracias a Dios, él pudo perdonar de todo corazón al malhechor. Al otro día regresó a la iglesia declarando que estaba totalmente sano de la diabetes, sin necesidad de seguir inyectándose insulina. Según pasó el tiempo, el hombre mantuvo su sanidad y Dios lo ha bendecido grandemente. Uno puede optar por perdonar y ser liberado de las cadenas del dolor, para poder seguir adelante y reconstruir su vida. En definitiva, uno es el que se beneficia cuando perdona. Lo que hace el perdón es desechar la deuda, sin tener en cuenta la falta de arrepentimiento por parte del culpable. Es la libertad total del resentimiento contra el delincuente. Al igual que Dios está dispuesto a perdonarnos, nosotros también hemos sido llamados a perdonar a otros. Hay muchos que viven en situaciones muy difíciles, tales como los que viven con

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personas abusadoras. El perdonar a esos abusadores es necesario, pero no es un permiso para que sigan abusando e hiriendo a la víctima; y si se da este caso, la única alternativa es alejarse físicamente del agresor. Dios no nos ha llamado para ser un mártir en las garras de un abusador. El perdón no es permitir que el culpable eluda la justicia de Dios ni exonerarlo de las consecuencias de su acción. Los pasos hacia la libertad del dolor Existen varios elementos importantísimos en el proceso de perdonar: •

El primero, tomar la decisión de perdonar y llevarla a cabo.



El segundo, tomar la decisión de orar por esa persona y llevarla a cabo.



El tercero, tomar la decisión de que cuando esa persona venga a tu recuerdo, no la maldecirás ni volverás a

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hablar del incidente, sino que escogerás ese momento para orar por ella. •

Y por último, tomar la decisión de olvidar el incidente y decidir vivir el resto de tu vida libre de este dolor.

Existe una fuerza muy poderosa capaz de derrumbar el odio y el dolor en el corazón de una persona, y esa fuerza se llama amor. Lejos de dejarnos débiles y vulnerables, el amor nos permite dejar a un lado la retribución y la necesidad de que la justicia humana se lleve a cabo, experimentando la paz de Dios en un corazón antes herido. El amor pone en marcha un cambio positivo que pasa más allá de nuestro propio perdón. Cuando Jesucristo nos indicó amar a nuestros enemigos, muchos sintieron que era imposible hacerlo. ¿Cómo amar a alguien que te ha causado tanto dolor? Él no nos diría que hiciésemos algo que no podemos hacer, por lo tanto, es lógico esperar que nos

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de lo que es necesario para llevar a cabo su mandamiento. El amor sana y expulsa el odio. Solo el amor puede hacer que ese virus malvado muera dentro de nuestro ser, y es la única fuerza que destruye la naturaleza del odio con su poder redentor. La fuerza del amor disipa la obscuridad que inunda al ser herido. Procede hacia tu libertad El desobedecer a Dios y negarse a perdonar es un pecado del cual nos tenemos que arrepentir. Tenemos que aprender a vivir nuestras vidas extendiendo el perdón a otros cuando sea necesario, porque diariamente podemos ser heridos, y a menudo la causa de las heridas proviene de aquellos que amamos. No nos podemos negar a perdonar a otros. Si tú esperas que Dios te perdone, entonces, necesitas perdonar a aquellos que

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te hirieron. Nosotros también hemos herido a Dios y no solo Él nos perdona, pero no recuerda nuestras malas acciones. Cuando nosotros no perdonamos, creamos una barrera entre nosotros y Dios que impide que nuestras oraciones reciban la ansiada respuesta. Deseo ayudarte a hacer la oración que traerá la sanidad que tu alma necesita para cerrar las heridas que has recibido en tu pasado.

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Padre Celestial, Vengo a tu presencia en el nombre de tu hijo Jesús, presentándote mi corazón herido y deseando recibir la sanidad que ya Cristo compró para mí en la cruz. Te pido perdón por haber sentido odio y resentimiento contra esta persona que me ha hecho sufrir. Sé que he pecado contra ti y contra esta persona. Tú sabes el dolor que he sentido porque he sido abusada/o por _____________. En este momento, como un acto de mi voluntad, decido perdonarlo y entrego todo este dolor en tus manos. Pido por _______________, que envíes obreros a su camino que le compartan el Evangelio, y es mi deseo que te conozca como su Salvador y Rey. Bendícelo con tu Salvación y tu Perdón. Hago un compromiso contigo. Desde este punto rechazaré todos los pensamientos negativos y las oportunidades de venganza contra esta persona.

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Gracias por obsequiarme tu poder para perdonar y en este momento recibo la sanidad para las heridas de mi alma. Amén.

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Una relación transformadora

Dios desea transforma tu vida y darte paz, gozo y éxito en todo lo que emprendas. Sí, Jesucristo te conoce y quiere que le des la oportunidad de trabajar en tu vida y hacerla de nuevo. No importa cuál ha sido tu pasado, no tienes que seguir viviendo así, Él tiene una vida diferente y plena para ofrecerte.

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Nunca te ha perdido de vista. Hay cosas difíciles que has vivido que no puedes explicarte y tal vez te han llenado de dudas e interrogantes que nadie puede responder, pero puedo asegurarte que en Jesucristo encontrarás la posibilidad de una vida diferente y de triunfo. No puedes culpar a Dios por las heridas sufridas. Si le entregas tu vida a Jesús, Él se hará responsable de todo lo que deposites bajo su administración. Él se hará cargo de tus sueños, de tus ilusiones, de tus recursos, de tus relaciones, de tu futuro, de borrar tu pasado, de hacer que las circunstancias no te agobien. Su propósito no es el afiliarte a una religión, Él desea tener ser tu amigo, acompañarte el resto de tu vida y al final de ella, darte vida eterna. La relación que existía entre Dios y el hombre fue destruida cuando Adán pecó

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contra Él. Alguien tenía que pagar por este pecado. Dios envió a su Hijo único, Jesucristo, a pagar por nuestras deudas. Fue un precio muy caro que tuvo que pagar antes de morir crucificado en la cruz. Sin embargo, en este arrebato de amor hacia nosotros, Él entregó su vida por ti y por mí. Jesucristo dijo: “Yo soy la luz del mundo”. Él puede iluminar tu vida y tu camino y hacerte ver todo con claridad. No tienes que ser una persona perfecta o estar en una condición espiritual especial para recibir este bello regalo de su presencia. Te estoy hablando de un Dios vivo que desea ayudarte y sanarte de todas tus heridas. ¿Por qué no aprovechas este momento y le entregas tu corazón? Pídele que sea tu Salvador y Rey. Esta es una oración que Él siempre contesta. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;” Juan 1:12

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No hay requisitos, no hay formularios que llenar, solamente preséntale tu corazón con todas las heridas, con todos tus pecados y Él se encargará del resto. Él te perdonará, borrará tus pecados, te dará vida eterna y serás su hijo por la eternidad. Por eso, si hay algo bueno que te puedo desear, es que lo conozcas a Él, a Jesucristo, el Hijo de Dios, en una forma íntima y personal, que Él se te revele y que tu corazón sea sanado. Permíteme ayudarte a hacer esta oración. Padre Celestial, Reconozco que soy un pecador. Te pido que me perdones. Creo con todo mi corazón que Tú enviaste a Jesucristo a morir en la cruz por mí y por fe en su sacrificio, acepto mi perdón. Te entrego mi corazón, mi vida y mi ser y te doy gracias por hacerme un Hijo de Dios. Amen

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¡Dios te bendiga!

Acerca de la Autora

Cary Palmón nació en La Habana, Cuba. Años después, su familia se trasladó a Tulsa, Oklahoma, después del trágico asesinato de su padre. Este horrible evento causó un terrible daño en su ser, pero en el año 1973 Cary tuvo un encuentro sobrenatural con Jesucristo, el cual transformó su vida y sanó las heridas de su corazón. Los años pasaron y en el 1982 comenzó su trayectoria ministerial como Pastora, siendo fundadora de la Iglesia Naciones Uni85

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das en Cristo. Su labor se ha expandido a la televisión y la radio, trayendo la respuesta y solución bíblica a los problemas de la vida. Cary es conferencista internacional y también es la autora de varios libros. Ella es una voz de esperanza que llega al herido, al menospreciado, al alcohólico, al indefenso, al adicto, y en fin, a todo aquel que sufre y necesita consuelo. Te invitamos a visitar nuestra página web www.carypalmon.org y si deseas comunicarte con la autora, puedes escribirle a la siguiente dirección: Cary Palmón P.O. Box 54723 Tulsa, Ok 74155

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Otros libros publicados por Cary Palmón: •

Del Fracaso al Triunfo.



Conflictos del Corazón.



Evidencia y Veredicto.



Principios para una Vida Victoriosa.



Obsesión o Posesión.



Seeds of Destiny.

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