Franco de Ricardo de La Cierva

RICARDO DE LA CIERVA Después de la venganza, la mentira, La calumnia y la incompetencia FRANCO LA HISTORIA Victoria cont

Views 188 Downloads 35 File size 2MB

Report DMCA / Copyright

DOWNLOAD FILE

Recommend stories

Citation preview

RICARDO DE LA CIERVA Después de la venganza, la mentira, La calumnia y la incompetencia FRANCO LA HISTORIA Victoria contra el comunismo hasta siete años después de su muerte (Santiago Carr illo). - Mantener a España en el Occidente libre (G. Fernández de la Mora). - Salvar una sociedad (Franco a don Juan). - Salvar a la Iglesia en la Cruzada (Pablo VI al embajador Garrigues). - Evitar la entrada en la guerra mundial (Scalfaro, Qu aroni). - Transformar una nación, modernización de la economía y la sociedad. Crear un a gran clase media (objetivo y logro básico). - Restaurar la Monarquía para reconcil iación ( El Rey tiene que venir como pacificador , 1937). - Erradicar el analfabetismo y decuplicar la educación. - Acabar con el paro. - Terminar con el hambre histórica . -Salvar a sesenta mil judíos de la muerte. - Prefiero a Franco (Negrín a Azaña en 1938 , ante las presiones separatistas, Memorias de Azaña IV, p. 701). - Toda Cataluña des eaba ya a Franco (Informe al general V. Rojo en 1939). - Las tres Provincias Vasc ongadas en cabeza de la economía y la renta. EDITORIAL FÉNIX SERIE MÁXIMA Índice Págs. Prólogo: La memoria histórica sobre Franco en el año 2000 CAPÍTULO 1. - UNA INFANCIA ENTRE DOS SIGLOS TRÁGICOS. 1892-1907 Una familia noble por los cuatro costados Los padres y la familia íntima de Franco La circunstancia infantil y adolescente de Franco; entre dos siglos trágicos de Es paña La articulación mundial del poder capitalista Las instituciones que condicionaron la vida de Franco La circunstancia galaica El hondo impacto del Desastre en la vida de Franco CAPÍTULO 2. - LA ACADEMIA DE TOLEDO Y EL DESTINO A ÁFRICA. 1907-1912 El ingreso en la Academia de Infantería La formación militar de Franco en Toledo La reanudación de la guerra de África CAPÍTULO 3. - LAS PRIMERAS CAMPAÑAS DE FRANCO EN ÁFRICA HASTA SU HERIDA MORTAL. 1912-1 916 El bautismo de fuego en el frente exterior de Melilla El teniente Franco en las campañas de Tetuán La guerra de Marruecos ante la Gran Guerra europea Una herida mortal ante las columnas de Hércules CAPÍTULO 4. - INTERMEDIO PENINSULAR EN OVIEDO: LA REVOLUCIÓN DE 1917. 1917-1920 La revolución soviética y la revolución española de 1917 Las tres convulsiones españolas de 1917 La auténtica intervención del comandante Franco en los sucesos de 1917 La única mujer de su vida El encuentro con Millán Astray en Valdemoro La creación del Tercio de Extranjeros CAPÍTULO 5. - FRANCO EN LA LEGIÓN: LA CAMPAÑA DE MELILLA. 1920-1922 Franco en la organización del Tercio Las operaciones de Xauen El Desastre de Annual y sus consecuencias

La Legión en la reconquista de Melilla CAPÍTULO 6. - FRANCO JEFE DE LA LEGIÓN: SUS GRANDES CAMPAÑAS, TIFARUIN, XAUEN Y ALHUCE MAS. 1923-1926 Jefatura de la Legión y regreso a África La Dictadura y su aceptación general La boda en Oviedo Franco rechaza a Abd el Krim en la línea exterior de Melilla El incidente de Ben Tieb Franco en la retirada de Xauen Franco en el desembarco de Alhucemas El general Franco Franco observa el final de África desde su mando en Madrid CAPÍTULO 7. - FRANCO Y LA ACADEMIA GENERAL MILITAR: DESDE LA DICTADURA A LA AGONÍA M ONÁRQUICA 1927-1931 Los problemas militares de la Dictadura Franco en Zaragoza: la Academia General Militar Franco valora la Dictadura desde Zaragoza Franco ante el final de la Dictadura La deserción de los monárquicos liberales Franco despliega a la Academia contra los rebeldes de Jaca Franco ante la proclamación de la segunda República CAPÍTULO 8. - FRANCO Y LA REPUBLICA: CHOQUE, COLABORACIÓN, CHOQUE. 1931-1936 Manuel Azaña suprime la Academia General Militar Franco no interviene en el pronunciamiento de Sanjurjo Franco en Mallorca el año de Hitler Franco ante la nueva situación de centro-derecha Franco contra la Revolución de Octubre Jefe de Estado Mayor Central de la República Franco ante las elecciones del Frente Popular Franco en la gran conspiración de 1936 La señal: el asesinato de José Calvo Sotelo El esperpento póstumo del propagandista feroz CAPÍTULO 9. - LA VICTORIA DE FRANCO EN LA GUERRA CIVIL. 1936-1939 Las fuentes para el estudio de la guerra civil Las fuerzas en presencia La sublevación de Franco en Canarias La contrafigura de Franco en el Alzamiento Las decisiones estratégicas de las primeras semanas La desaparición del general Sanjurjo El problema de la intervención extranjera Franco en la guerra de columnas: la columna Madrid La elección de Franco a la jefatura suprema El fracaso frontal y lateral de Franco sobre Madrid La triple campaña y la victoria estratégica de Franco en el Norte y en su propia retaguardia Teruel y las grandes maniobras de Levante La batalla del Ebro y el final de la guerra civil La guerra civil en la memoria y el archivo de Franco CAPÍTULO 10: FRANCO PRESERVA A ESPAÑA DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL. 1939-1945 El desfile de la Victoria La reconstrucción de la España destrozada Los cuatro pilares del régimen La gran sorpresa: el pacto germano-soviético El tercer pilar España ante la guerra civil de Europa

La doble baza de Franco para evitar la entrada de España en la guerra Alemania, dueña de Europa continental La tentación que no se consumo Hitler quiere la cesión de Gran Canaria La entrevista de Hendaya: los nuevos testimonios Hitler archiva la operación Félix El ultimátum final sobre Gibraltar Caudillo, nunca se le perdonará su victoria Las Reivindicaciones de España La gran crisis de mayo de 1941 El acuerdo con el Vaticano en 1941 Rusia es culpable Los primeros brotes de la oposición organizada Cambio de signo estratégico en 1941/1942 La División Azul entra en fuego España ante la guerra del Pacífico La segunda fase de la conspiración monárquica Hitler describe a la División Azul Un significativo viaje a Barcelona Franco cambia el rumbo en junio de 1942 Franco ante la Masonería universal y los judíos de Europa La solución final y las listas de Franco La caída de Ramón Serrano Suñer La carta de Roosevelt a Franco El gran testigo vuelve de la Historia Don Juan de Borbón y la ofensiva monárquica La invasión de Italia y la caída de Mussolini Cruce de telegramas con don Juan y escrito de los generales Los peores momentos de la guerra y la ruptura de Franco y don Juan I El final de la crisis, el nombramiento de Gil Robles y el homenaje a España de Win ston Churchill Invasión aliada de Europa, invasión comunista de España El manifiesto de Lausana en la órbita de Yalta España (no) pierde la segunda guerra mundial La Iglesia salva a Franco en 1945 CAPÍTULO 11: EL CERCO INTERNACIONAL Y LA SEGUNDA VICTORIA. 1945-1955 Don Juan llega a Estoril: Churchill habla en Missouri España responde en la calle a la condena de la ONU La estrategia americana prefiere a Franco y margina a la oposición Las intrigas de Philip Bonsal Nacimiento y consolidación del Opus Dei La guerra fría y la misión Carrero a Estoril El manifiesto de Estoril contra el proyecto de ley de Sucesión La modificación de la ley sucesoria en las Cortes La apoteosis de Evita El referéndum de julio La conjura de los tres titanes y el vital documento Keenan-Marshall La entrevista del Azor y el fin de la conspiración monárquica La retractación de la ONU y el comienzo de la prosperidad CAPÍTULO 12. - LA PLENITUD EN LA VIDA DE FRANCO: LA TRANSFORMACIÓN DE ESPAÑA Y LA SUCESIÓN MONÁRQUICA. 1956-1969 La rebelión de la Universidad La forzada independencia de Marruecos La crisis de febrero de 1957 El Plan de Estabilización fue mucho más El abrazo de Franco y Eisenhower

Un accidente de caza: el secreto de la salud de Franco La boda real en Atenas El contubernio de Munich Los XXV años de paz La Ley de prensa y la Ley Orgánica Los resultados del desarrollo La concertación del pacto dinástico Segundo apunte sobre la transformación de España La sucesión como cumbre histórica en la vida de Franco CAPÍTULO 13. - LA LARGA AGONÍA Y LA PROLONGADA MUERTE DE FRANCO. 1969-1975 El escándalo MATESA y sus consecuencias 1970: Franco ante el proceso de Burgos 1971: La Asamblea Conjunta El acoso del Pardo a la Zarzuela en 1972 Presidencia y asesinato del almirante Carrero El año regresivo e incierto, 1974 Amago mortal de Franco, traspaso de poderes y golpe de Estado de Franco El salvaje crimen de la calle del Correo El último año: tortura y entereza La primavera de Fraga El gobierno secreto de la transición La trágica muerte de Fernando Herrero Tejedor Una evocación de Cánovas en plena tormenta El último verano La ofensiva terrorista y la pretensión de impedir al Estado su defensa legítima El odio comunista contra Franco y el Príncipe Una peligrosa decisión del Príncipe La última manifestación El contexto estratégico para la agonía personal de Franco Un consejo de ministros vigilado por monitor Franco recurre a su hija para su despedida José Solís viaja a Marruecos La transmisión de poderes Una operación desesperada Los acuerdos de Madrid La hibernación El testamento EPÍLOGO: EL LEGADO DE FRANCO Prólogo LA MEMORIA HISTÓRICA SOBRE FRANCO EN EL AÑO 2000 Este libro no es, en mi intención, un libro para la polémica sino para la Histori a. Lo escribo profesionalmente como historiador, no como apología sino como fruto del análisis histórico. Pero no pretendo tampoco escribirlo de forma intemporal, des de fuera de mi tiempo. Nací en 1926, el año en que Franco fue ascendido a general po r méritos de guerra y guardo con todo respeto y afecto rasgos de memoria personal e histórica sobre mi tiempo desde 1929 en atisbo, desde 1931 de forma ordenada y c oherente. Oí hablar en mi familia del general Franco desde mi infancia y le conocí p ersonalmente a él, a su esposa y a su hija en Salamanca, a fines de noviembre de 193 6, a poco de cumplir los diez años. Luego he hablado varias veces con doña Carmen Po lo de Franco y con la duquesa de Franco. He visto personalmente a Franco muchas veces y le he tratado con cierta intensidad entre los años 1969 y 1974, con vistas a mi primer ensayo biográfico sobre su figura y su tiempo. He conocido y tratado a numerosos testigos primarios y secundarios de Franco y de su época. Esto signifi ca que no hablo solamente de oídas sino desde el conocimiento personal y directo d el personaje y su circunstancia.

He interpretado como un deber personal escribir este libro sobre Franco en el año 2000, por un motivo semejante al que me impulsó, desde 1966, a escribir sobre l a República y la guerra civil española. Me interesé cada vez más profundamente, desde la infancia, por la historia de lo que estábamos viviendo y mi biblioteca sobre la g uerra civil, que hoy es muy copiosa, se inició durante el primer año del conflicto, en San Sebastián, con dos libros: el que dedicó el padre Risco a la gesta del Alcázar de Toledo y el que escribió, en cuatro tomitos, el cronista portugués Mauricio de Ol iveira sobre la tragedia española en el mar. Andando los años fui leyendo cuanto caía en mis manos sobre la guerra de España. Hasta que en 1961 apareció, con resonancia m undial, el famoso libro de Hugh Thomas acompañado por otros tres que, como él, me im presionaron profundamente: el de Burnett Bolloten que en su primera versión se tit uló The Grand Camouflage, el gran engaño; el de monseñor Antonio Montero sobre la pers ecución religiosa en España; y algo más tarde, en 1965, el del hispanista Gabriel Jac son que trataba conjuntamente la República y la guerra civil como un bloque históric o inseparable. Me convencieron plenamente los libros de Bolloten sobre el verdade ro papel de los comunistas en la guerra civil y el de don Antonio Montero. Recono cí un serio intento de objetividad en el libro de Hugh Thomas, que luego fue mejor ando mucho en sucesivas ediciones; pero aquélla no era la guerra civil que yo había vivido. Acepté como una importante tesis la de Jac son sobre el tratamiento conjun to de la República y la guerra civil; pero me pareció sencillamente falsa la imagen típicamente izquierdista que ofrecía sobre todo el período. Simultáneamente se produjero n dos hechos que cambiaron mi vida. Accedí por oposición al Ministerio de Información y Turismo donde se me relegó, con escasas funciones, a un despacho repleto de libr os sobre la guerra civil; tenía poco que hacer y me los leí todos. Y en un consejo d e ministros del año últimamente citado, 1965, el de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella, presentó con alarma el libro de Jac son y preguntó si había algún especialis ta que pudiera contestarle. El ministro de Información, Manuel Fraga Iribarne, dij o que sí existía y dio mi nombre. Así empecé a escribir de Historia, para lo que creí muy conveniente, por motivos de credibilidad, ganar, por oposición, las cátedras de Hist oria de Instituto y luego de Universidad. Mi interés por la figura de Franco surgió de motivos semejantes. En 1971, cuando aún faltaban cuatro años para la muerte de Franco, habían aparecido ya varias biografías estimables sobre su trayectoria; las británicas de George Hills y Brian Crozier, las francesas de Claude Martín y el socialista Max Gallo, la alemana de Helmut Günth er Dahms. Inmerso ya en varios proyectos históricos se me ocurrió de pronto que si l a vida de Franco interesaba a respetables autores extranjeros de varias tendenci as, ¿no sería conveniente que algún historiador español lo intentase también, después de alg unos libros muy anteriores e inevitablemente desfasados? Es decir, que nadie me sugirió escribir sobre Franco; fue exclusivamente idea y responsabilidad mía. Hoy, en el año 2000, sucede exactamente lo mismo. En la misma portada de este l ibro lo explico. Recientemente se han publicado biografías breves, pero dignas de consideración, tanto en España (Juan Pablo Fusi) como fuera de España (Stanley G. Payn e, Bartolomé Bennasar). Pero por desgracia abundan más y han alcanzado mucha mayor r esonancia libros agresivos, no sobre Franco sino contra Franco que con toda sinc eridad me parecen escritos desde un profundo sentimiento de venganza, sea ésta de origen comunista (Vázquez Montalbán, Francisco Umbral) o de origen más o menos monárquic o-juanista (José Luis de Vilallonga, Luis María Anson) y por supuesto desde posicion es próximas al contexto de la Internacional Socialista (Paul Preston, Santos Juliá) que como he demostrado más de una vez coincide con lo que entendemos normalmente c omo Masonería. Han aparecido también, recientemente, algunos libros-bomba contra Fra nco, como el póstumo del líder mundial de la propaganda antifranquista y más que frust rado historiador Herbert Rutledge Southworth, El lavado de cerebro de Francisco Franco. Estos intentos biográficos, directos o indirectos, totales o parciales, se combinan con una auténtica oleada de escritos en forma de libro o de artículo para los medios de comunicación, que con alarmante frecuencia parecen provenir de la me ntira, la calumnia, la ignorancia o la incompetencia acerca de la figura de Fran co y su circunstancia. En posiciones antifranquistas que creo históricamente infun

dadas y superficiales se han distinguido historiadores como don Javier Tusell y por supuesto toda la escuela histórica creada en España desde los años sesenta por el historiador don Manuel Tuñón de Lara, de patente origen y ejecutoria comunista, atem perada por un cierto ropaje liberal. Claro que este tipo de expresión contra Franco, que no sobre Franco, no es única. El profesor Luis Suárez Fernández, como es bien sabido, ha escrito en ocho tomos pa ra la Fundación Francisco Franco una obra magna sobre Franco y su tiempo que me pa rece imprescindible, así como los cuatro tomos que ha publicado en la misma Fundac ión sobre documentos inéditos de Franco y los dos que han aparecido con su firma en la acreditada editorial Actas: Franco, crónica de su tiempo. En medio del ruido y la furia provocados por la antibiografía de Paul Preston tuvimos la satisfacción de compulsarla con los excelentes trabajos del profesor Stanley G. Payne y el ilust re escritor Ángel Palomino, Caudillo. Me han interesado también otras obras como la del coronel don Carlos de Meer. Sin embargo, los alardes del antifranquismo visceral consiguen, por desgracia , mayor resonancia en los desorientados medios de comunicación españoles y extranjer os frente a los trabajos que no se ciñen a lo políticamente correcto, definido por u n Gran Hermano eficaz aunque imbécil. Faltaba la guinda: ese libro escrito por un militar español, historiador y profesor de Historia militar, el coronel don Carlos Blanco Escolá, en que se trata de demostrar, como reza su título, La incompetencia militar de Franco. Menos mal que tuve el honor de editar recientemente, con much o más éxito, el excelente libro de otro gran militar y también profesor en altos centr os militares, el general don Rafael Casas de la Vega, Franco, militar (Ed. Fénix) Al cumplirse los veinticinco años de la muerte de Franco, el 20 de noviembre de este año, son de esperar publicaciones de todo género y me temo que las antibiografía s agresivas no hayan agotado aún su reserva de falsedades, calumnias, ignorancias y venganzas. Por eso me he decidido a escribir este libro. Insisto en que sin afanes polémicos aunque naturalmente sin ignorar la polémica. De muchos libros visceralmente antifranquistas y por lo tanto antihistóricos he da do ya buena cuenta recientemente en una obra de esta misma Editorial, El 18 de j ulio no fue un golpe militar fascista, no existía la legalidad republicana, a propós ito de un imperdonable desliz de la anterior Comisión de Asuntos Exteriores del Co ngreso, que por fortuna no se repetirá en los próximos cuatro años por haber variado s ustancialmente la composición de la Cámara. No volveré en este libro sobre esas polémica s que creo sustanciadas. Me referiré, no faltaba más, al libro del coronel Blanco Es colá, que es muy reciente, si bien le guardaré la misma consideración que él dedica a mi anterior biografía de Franco, por más que prescinda de un plumazo del resto de mis obras. Sólo le diré, por el momento, que de esas obras que él desprecia existen 160 títu los en la Biblioteca Nacional de Madrid y más de noventa en la Library of Congress de Washington como acabo de comprobar en Internet. Y creo sinceramente que el l ibro del coronel Blanco Escolá queda irremisiblemente calificado por la selección y la posición de su inefable prologuista, el conocido periodista don Miguel Ángel Agui lar. No es ésta mi primera biografía de Franco, sino la última y, por mi parte, definiti va. La primera apareció en 1973, (Editora Nacional) en vida de Franco. La segunda en 1981, (Ed. Planeta) mucho más amplia, cuando volví a mi actividad de historiador después de una breve pero intensa actuación en la vida pública democrática española. Poco después la propia Editorial Planeta publicaba mi tercera biografía, más abreviada, en 1985. Luego preparé una cuarta biografía que se publicó por entregas semanales en el d iario ABC, pero que hube de repudiar porque al llegar a los capítulos referentes a las relaciones entre Franco y don Juan ese diario manipuló contra mi voluntad los textos que yo enviaba; por tanto, esa biografía no la reconozco como mía. Apuntes b iográficos breves se han insertado en otros de mis libros. Pero ésta no es una reedición ni una adaptación. Es una biografía histórica enteramente nueva, que va a ceñirse a los problemas históricos fundamentales planteados por la

vida de Franco y su circunstancia. Muchas veces desde fuentes nuevas, en algunos casos descubiertas por mí. Insisto que sin ánimo polémico aunque, por supuesto, con e l mismo espíritu crítico que siempre me ha impulsado. Al presentarle mi primera vers ión biográfica en 1973 pronostiqué a Franco que cuando él faltase se levantaría contra él un a marea negra de fango histórico, que yo tenía decidido contrarrestar con mis escrit os ciñéndome al análisis histórico. Este libro es un nuevo y definitivo cumplimiento de ese compromiso. Cuando otras posiciones contrarias serían seguramente más convenient es y remuneradoras. Pero no he utilizado jamás a la Historia como traición y no lo h aré mientras viva. En un primer esquema pensé titular a este libro Las doce victorias de Franco. V oy a enumerarlas todas pero prefiero un título más escueto, bien centrado, además, en la marea negra que se retrasó más de lo esperado, pero que ha terminado por irrumpir de forma aparentemente incontenible. Sólo aparentemente porque con ese tipo de ma reas no se construye la auténtica Historia en que yo creo. Dejo para el final la motivación más profunda de todas cuantas me han impulsado a escribir este libro. Como español y sobre todo como historiador español yo no puedo aceptar que a Franco se le considere por algunos, según ha dicho un político vasco alienado, como un criminal de guerra ni como un secuaz servil de Adolfo Hitler n i como el gobernante español más nefasto de la Historia. Tampoco puedo tolerar sin u na fundada y documentada protesta que los cuarenta años de Franco se consideren, t omando la frase de los liberales exaltados que enjuiciaban a don Fernando VII; c omo los mal llamados años ni siquiera, como hoy parecen coincidir muchos, denomina rles simplistamente la dictadura de Franco. No voy a adelantar aquí las que serán co nclusiones de este estudio histórico en el que pretendo que la verdad resplandezca sobre el desnudo fundamento de los hechos comprobados. Por supuesto que no voy a exaltar a Franco como un demócrata, según intentaron los comunistas con Josif Stal in, cuyo régimen se denominó oficialmente La gran democracia socialista. Pero pese a la propaganda histórica dictada por la falsedad, la mentira y la venganza persist ente no voy a avergonzarme aquí por haber vivido en la época de Franco ni voy a pedi r perdón por ello. Soy uno de los millones de españoles que recibieron con todo resp eto el testamento de Franco y siguieron la dirección que en él se nos marcaba. Estoy completamente convencido de que al entregar a su hija ese testamento Franco lo había pensado y escrito con una sinceridad absoluta, totalmente conforme con lo qu e había sido la verdad de su vida. Seguí, por tanto, con millones de españoles el camino que nos proponía ese testamen to y trabajé en la medida de mis fuerzas para que España lograse el régimen democrático que por vez primera en su historia era ya posible, y al que nos convocaba quien sucedió a Franco a título de Rey. Jamás he aceptado la tesis de quienes han acusado al Rey de perjuro por indicar ese camino del que Franco era perfectamente conscien te, sobre lo que existen pruebas históricas. Luego han ocurrido muchas cosas que y a no pertenecen a la biografía de Franco sino a la historia, aún no escrita, de la l lamada transición. Creo estar muy seguro de lo que Franco fue y también de lo que Franco no fue. Y voy a exponerlo, con toda claridad y sencillez, en este libro. Hace casi veinte años que abandoné prácticamente la actividad política, por lo que at ribuir intenciones políticas a este libro me parece cansino y anacrónico. He desempeña do puestos de cierta importancia en la España democrática y participé en la elaboración constitucional. Actué lealmente con Franco y su régimen pero seguí, como tantos españole s, el testamento de Franco que nos animaba a secundar la alta política del Rey. Es te libro no es hagiográfico sino histórico, aunque por supuesto no participa de la a ctual moda de abominación unilateral contra Franco y su época. Este libro se escribe desde una posición personal de centro-derecha, no de extrema derecha entre otros motivos porque Franco no fue nunca de extrema derecha. No tengo sobre el franqui smo, por supuesto, las mismas ideas que farfulla el todavía presidente del PNV don Javier Arzalluz, ni las ideas enquistadas en el inmovilismo histórico de los enemi

gos profesionales de Franco. Estoy seguro de que muchos lectores lo van a compre nder así. En resolución, ratifico una vez más mi acatamiento a la Constitución de 1978 que mo destamente contribuí a redactar; seis de mis enmiendas personales están incluidas en su texto. No escribo desde la nostalgia; porque ya antes de la muerte de Franco dije y escribí varias veces que el franquismo, más que un sistema, era una época y qu e sería imposible su continuación después de Franco y, además, Franco lo sabía perfectamen te, como demuestran los testimonios de su interlocutor atlántico el general Vernon Walters y del propio Rey de España. Me asombra y me repele el descarriado ejemplo de una parte de la derecha española, la que he llamado derecha de Edipo, como la de una parte de la Iglesia española y de los medios de comunicación liberales o cons ervadores que abominan ritualmente de Franco. No voy a ocultar, como no oculté en vida de Franco, serias críticas sobre Franco y su régimen. Pero tampoco soy adicto a la historia-ficción que se nos quiere imponer. Escudo de armas de Francisco Franco Bahamonde, trazado sobre datos revisados en estos cuatro carteles: Franco (superior izquierda), Bahamonde (superior derec ha). Salgado-Araujo (inferior izquierda) y Pardo de Andrade (inferior derecha). Los motivos fundamentales de este último pasarían luego a la heráldica del jefe del Estado español y a la simbología nacional y del nuevo Ejército. ***Capítulo 1: Una infancia entre dos siglos trágicos (El Ferrol, 1892-1907) UNA FAMILIA NOBLE POR LOS CUATRO COSTADOS Francisco Franco Bahamonde nació en la ciudad naval-militar del Ferrol a las ce ro horas treinta minutos del 4 de diciembre de 1892. Su infancia y adolescencia transcurrieron en su ciudad natal, los primeros quince años de su vida hasta que s alió de allí para iniciar su carrera militar en la Academia de Infantería de Toledo. E n aquel año 1892 se celebraba el Cuarto Centenario del Descubrimiento de América; un siglo después, cuando España vivía los años desenfrenados y corruptos de la larga noche socialista, no se conmemoró oficialmente el Quinto Centenario del Descubrimiento porque oficialmente no hubo tal Descubrimiento sino un acontecimiento extraño deno minado Encuentro, no se sabe entre quiénes; y por supuesto se echó encima todo el si lencio y la basura posibles sobre el primer centenario del nacimiento de Franco, cuya figura se había proscrito al frente de los escalafones militares, donde ante s había brillado. Por tanto, ni centenario del Descubrimiento (ni menos de la Evan gelización, vivíamos en una España secularizada) ni centenario de Franco. Absurdos que parecían normales en esa España oficial, empeñada en despreciar cuanto ignoraba. El nacimiento tuvo lugar en una casa de la calle de María (hoy Frutos Saavedra 136) y el niño sería bautizado el día 17 en la parroquia castrense de San Francisco co n los nombres de Francisco (por su abuelo paterno) Paulino (por su tío y padrino) Hermenegildo (por su tía y madrina) y Teódulo (santo del día). Sus apellidos fueron Fr anco Bahamonde Salgado-Araujo y Pardo de Lama . Este 1 En las partidas de nacimiento y bautismo figura el apellido Pardo . Franco ind icó al autor en 1971 que el apellido completo es Pardo de Lama . Ver Luis Alfonso Vid al y de Bamola Genealogía de la Familia Franco Madrid, Editora Nacional, 1975, p. 42. Más datos en mi Franco de 1982, 1, 8, 28 último apellido había sido Lama-Andrade, luego reducido a Pardo de Andrade . El Andr ade era el apellido más noble de la genealogía y Franco le prefirió para su seudónimo Ja ime de Andrade con el que registró su relato Raza en la Sociedad de Autores. En la genealogía de Franco, que reproduzco en la ilustración de este capítulo y él ac eptó, y en el excelente estudio citado del genealogista Vidal de Barnola (miembro de la familia de Franco) puede comprobarse que aquel niño nacido en 1892 era de sa ngre hidalga por los cuatro costados. La hidalguía equivale en España a la nobleza m enor no titulada, muy extendida en la sociedad española y muy especialmente en las

regiones del Norte peninsular (Galicia, Asturias, Cantabria, Vascongadas, Navar ra, norte de Aragón y de Cataluña) donde la tradición familiar reconoce un origen entr e los llamados cristianos viejos y descendientes de los reconquistadores y pobla dores que bajaron hacia el sur, al expulsar a los islámicos, a partir del siglo VI II. Por supuesto que existen aun hoy numerosas familias de tradición hidalga fuera de esas regiones del Norte pero en éstas la hidalguía era casi consubstancial en bu ena parte de su población, aun la dedicada a trabajos humildes; por ejemplo vascos , cántabros y asturianos se consideraban casi automáticamente miembros de la nobleza menor. Franco comunicó al autor de este libro un documento familiar antiguo en qu e se señalaba el origen alto-medieval de los Franco en el reino de los francos his tóricos, nada menos, dos de los cuales se unieron a don Pelayo en el siglo VIII pe ro se trataba de una acariciada leyenda familiar, no de una prueba. Sí está demostra do en cambio que la ascendencia paterna de Franco proviene de la bahía gaditana (P uerto Real, Puerto de Santa María) con una tradición indefectible de servicio a la M arina y a la Administración naval por lo menos desde principios del siglo XVII; el más antiguo antecesor conocido de Franco es, en aquella época, don Juan Franco de R eyna y el primer Franco de esta familia se estableció en El Ferrol en 1730. Una tr adición parecida de administración naval se transmitió de padres a hijos en la familia materna de Franco, los Bahamonde (que al nacer Franco aún se escribía sin h interca lada y a veces con V). Para el servicio de la Marina y de la administración naval se requería por estrictos reglamentos de pureza de sangre un certificado de noblez a, que todos los antecesores de Franco, paternos y maternos, poseían. Esta condición , documentalmente demostrada, excluye una extraña obsesión de algunos biógrafos de Fra nco que le atribuyen un remoto origen judío. Como en tantas otras ocasiones de est e libro me bastaría ahora descartar sin más esa pretensión, por absoluta falta de prue bas; nunca una mentira repetida muchas veces puede convertirse en una verdad, pe se a los métodos del doctor Goebbels. Pero en este caso poseo, además, una prueba ne gativa que considero importante. Al regresar de un encuentro de historiadores or ganizado por la Universidad de Wisconsin en 1972 tuve la suerte de sentarme dura nte las largas horas de avión junto al eminente investigador y académico don Julio C aro Baroja a quien expresamente consulté sobre el presunto origen judío de Franco. M e respondió inmediata y tajantemente que no; que nunca podía deducirse en España ese o rigen por un apellido que algunos judíos habían llevado. El apellido Franco signific aba la pertenencia a una calle o villa franca, a una profesión u oficio libre, a u n origen remoto en Francia pero no necesariamente, ni mucho menos, a una ascende ncia judía. Por otra parte el eminente genealogista don Alfonso de Figueroa, duque de Tovar me dijo hace tiempo en la Gran Peña de Madrid: Franco hubiera podido cruz arse calatravo de haberlo pedido. Poseía todos los apellidos nobles necesarios, y más . Francisco Franco no pertenecía, por tanto, como se ha dicho absurdamente, a la c lase media-baja sino a la nobleza menor, que ostentaron y probaron todos los ante cesores varones y, por tanto, también femeninos, de su familia paterna y materna. Casi todos ellos fueron, además, longevos. Varios alcanzaron el grado equivalente al generalato en la administración naval-militar, empezando por su propio padre, d on Nicolás. LOS PADRES Y LA FAMILIA ÍNTIMA DE FRANCO Franco mostró muchísimo interés por mi difícil intento biográfico de 1971-1972 sobre el que no me impuso censura ni siquiera inserción alguna. Se limitaba a recibir el o riginal de cada capítulo, lo leía y repasaba con atención y cuando algo le extrañaba sub rayaba la frase y me pedía aclaración o prueba, aunque a veces me añadía un testimonio d irecto personal, sin imposición alguna. Además de mis encuentros personales el inter mediario para este proceso, que evidentemente enriquecía mis originales, era un pa riente suyo, el almirante Enrique Amador Franco, hijo de un oficial de la Legión m uerto en la guerra de África. Conservo esos originales subrayados y esas notas com o un valioso testimonio. Ya he indicado una primera observación sobre su propia ge nealogía, que él mismo había estudiado por su cuenta muy ampliamente; le encantó el libr o de su pariente el genealogista Vidal de Barnola así como el árbol genealógico que re

produzco en la primera ilustración de este libro. Pues bien, al hacerme yo eco de algunas críticas bastante duras al comportamiento familiar de su padre, del que ha sta la muerte de éste se mostró muy distanciado, no corrigió nada pero se limitó a comen tar: Sí, pero nunca le privaron de la patria potestad . Es decir, que reconocía lo inad ecuado de ese comportamiento pero sugería que se había exagerado la nota; que en térmi nos técnicos su padre no vivía con la familia en Ferrol cuando los hijos ya creciero n, pero que tampoco era verdad que la separación fuese absoluta, equivalente al ab andono. El padre y la madre de Franco ejercieron una influencia determinante en su in fancia y adolescencia, como por lo demás sucede en todas las familias. La influenc ia, en el caso paterno, fue contradictoria; positiva en algunos aspectos, negati va en otros. El tema era tan delicado, como comprenderá el lector, que me pareció co nveniente una consulta directa al propio Franco, a propósito de la opinión, muy crític a, que sobre su padre había vertido uno de sus biógrafos ingleses, George Hills, por lo demás muy respetuoso siempre con la figura de su personaje. Hills acusaba a do n Nicolás de calavera y de haber abandonado a su familia. Franco me pidió, de forma excepcional, que no incluyera esas dos descripciones. No le gusta decía a través del a lmirante Amador Franco que se diga así. En la forma que está dicho no es cierto. Me d ice el Caudillo que su padre, en tanto sus hijos fueron jóvenes, se ocupó totalmente de su educación y de sus estudios y su vida matrimonial fue normal. . Luego añadió la f rase ya citada sobre que no le privaron de la patria potestad. La separación del h ogar no ocurrió, según el testimonio del propio Franco, hasta el año 1907, cuando ya t odos los varones habían comenzado su formación profesional fuera del hogar, Don Nico lás Franco era un excéntrico, lo que su hijo, con motivo de la consulta anterior, in terpretaba como un rebelde, expresión que en labios de Franco casi nunca tenía senti do negativo. Nicolás Franco y Salgado-Araujo nació en 1865, ingresó en la Marina a los dieciocho años dentro de la escala de la administración naval, como varios de sus a ntecesores, y pasó a la reserva en 1924, tras cincuenta años de servicio activo y co n la graduación equivalente al generalato. Considero como fuentes directas e inmediatas muy importantes los dos libros d edicados a Franco por su pariente, futuro ayudante y secretario militar el tenie nte general Francisco Franco Salgado-Araujo, familiarmente conocido como Pacón . Los dos libros se titulan Mis conversaciones privadas con Franco y Mi vida junto a F ranco . En el segundo (p. 14 s) dice Franco Salgado, como se le solía llamar, y que por cierto no era primo, según se afirma siempre, sino tío de Franco: Nuestra tía Pilar (la madre de Franco, en realidad prima del testigo) era una verdadera madre par a nosotros. Sus consejos y enseñanzas y su arraigada religiosidad fueron de gran v alor en nuestra educación. No fue lo feliz que merecía ser por todos los conceptos, ni en su matrimonio ni tampoco con sus hijos, ya que para una madre tenerlos cas i siempre en peligro, como le ocurría con Paco y Ramón... Mi tutor (se refiere a Nic olás Franco padre, a quien encomendó sus hijos el padre de los Franco Salgado en 190 0 al morir) era un hombre de mucha inteligencia, pero excéntrico, como ocurre much as veces con personas de ese tipo. Tenía una gran personalidad propia que le invit aba a hacer lo que le parecía sin preocuparse del qué dirán. De carácter severísimo y muy austero, no gozaba de muchas simpatías entre sus compañeros. Con sus hijos fue siemp re excesivamente exigente y severo . A continuación confirma lo que hemos indicado s obre la preocupación constante de don Nicolás por los estudios de sus hijos y la com unicación continua que con ellos mantenía. El 24 de mayo de 1890 don Nicolás Franco y Salgado-Araujo, contador de navío a lo s treinta y cuatro años de edad (lo que demostraba una excelente carrera) se casab a en la iglesia ferrolana de San Francisco con una señorita de excelente familia y bastante más joven que él, doña Pilar Baamonde y Pardo de Andrade, hija de un intende nte general de la Armada, don Ladislao Baamonde Ortega de Castro-Montenegro, cas ado con doña María del Carmen Pardo de Andrade. Los abuelos paternos y los maternos de Franco habían nacido en El Ferrol y en la genealogía de las dos familias aparecen varios apellidos de rancio abolengo. Entre 1891 y 1898 el matrimonio Franco-Bah amonde tuvo cinco hijos: Nicolás (1 de julio de 1891) futuro marino e ingeniero na

val, futuro político y embajador y hombre de negocios en el régimen de su hermano, a quien divertían sus hazañas mundanas; Francisco, nuestro personaje; Pilar, bautizad a el 27 de febrero de 1894 la hermana extrovertida, simpática y parlanchina, admir adora de sus hermanos; Ramón (2 de febrero de 1896) el rebelde, aviador y héroe del Plus Ultra, anarquista y diputado republicano en 1931, tras participar en la con spiración militar contra la Monarquía, sumado luego al bando de su hermano en la gue rra civil, durante la cual murió en servicio de guerra; y María de la Paz, nacida en 1898 y muerta cuatro años más tarde. Todos los hermanos Franco Bahamonde, sin excep Barcelona, Planeta, 1976 y 1977, respectivamente. ción, fueron de carácter abierto, extrovertido y muy sociable. Esta descripción, co rroborada directamente por mí en los casos de Nicolás y Pilar, también se aplicó a Franc isco hasta su choque personal con la República en abril de 1931, como me aseguraro n testigos inmediatos que le conocieron antes y después de esa fecha, como su sobr ino el almirante Amador Franco, su pariente el almirante Jesús Fontán Lobé y su amigo hasta 1939, don Pedro Sainz Rodríguez. Aquel choque cambió el carácter de Franco, que se hizo receloso, reservado y desconfiado. En lo que también coinciden todos los testigos inmediatos y fiables es en la de scripción de doña Pilar Bahamonde y la influencia, beneficiosa y profunda, que ejerc ió sobre su hijo Francisco, que la adoraba. Era el tipo clásico y afortunadamente mu y frecuente incluso hoy de mujer española tradicional, hondamente religiosa sin be aterías pero con práctica muy consciente de la religión, callada pero simpática, muy her mosa en su juventud, capaz de perdonar a su esposo sus excentricidades y sus vel eidades, alma de la familia, consagrada al bien y la educación de sus hijos. Acudía cada tarde al rezo del rosario y participaba en una escuela nocturna para hijos de obreros. Nunca manifestó una queja por el posterior comportamiento de su esposo , que vivía amancebado en Madrid. Nadie influyó más que ella en la formación religiosa y moral de su hijo Francisco, que mientras vivió en El Ferrol la acompañaba con frecu encia en sus devociones y paseos. LA CIRCUNSTANCIA INFANTIL Y ADOLESCENTE DE FRANCO ENTRE DOS SIGLOS TRÁGICOS DE ESPAÑA No tengo la menor intención de insertar la infancia y adolescencia de Franco en El Ferrol dentro de un pretencioso ensayo sobre la circunstancia española de ese período; citaré únicamente los rasgos que más pudieron influir en su vivencia y en su fo rmación. El siglo XIX, pese a los desaforados optimismos de algunos historiadores de liberalismo exacerbado, había sido un siglo trágico; el siglo XX viviría España la ma yor tragedia de su historia desde la llamada pérdida de España a principios del siglo VIII, con la invasión islámica; me estoy refiriendo naturalmente a la guerra civil d e 1936-1939. La infancia y adolescencia de Franco se enmarca, por tanto, entre d os siglos trágicos. Hasta 1892 España había sufrido cuatro guerras civiles (la guerra de la Independencia fue también una guerra civil entre españoles); había sufrido la am putación de su horizonte americano, tres crueles guerras dinásticas, cuatro reinados caóticos (Carlos IV, Femando VII, Isabel II y Amadeo I de Saboya) una Primera República que no había s ido solamente caótica sino el mismo caos y la caída violenta desde el rango de las p rimeras potencias mundiales (que había ostentado hasta 1805) a la condición de poten cia marginal de tercer orden, atrasada en todos los aspectos de la vida pública, n acional e internacional. Esta trayectoria suicida pareció cambiar desde fines del año 1874, cuando advino, gracias a la magia de un gran estadista liberal-conservad or, Antonio Cánovas del Castillo, (en combinación con un joven Rey excelente, don Al fonso XII) el régimen de la Primera Restauración, que teóricamente continuaba en 1892, el año natal de Franco; desde 1875 se había cancelado la última guerra civil dinástica y España había entrado en un período de regeneración nacional, apertura política y progres o económico pero por desgracia el joven Rey murió por sus excesos personales y su en fermedad tísica en 1875 y la Reina Regente doña María Cristina de Austria, admirable p or tantos conceptos, hubo de enfrentarse con un período cada vez más enconado de luc has sociales internas y creciente peligro de agresión estratégica exterior por parte del reciente imperialismo de los Estados Unidos, que ambicionaban apoderase de

los restos de nuestro imperio en Cuba, Puerto Rico y las islas Filipinas y Maria nas. La economía española y el atraso social y cultural se iban enderezando lentamen te pero el régimen liberal que estableció la Constitución de 1876 no fue nunca democráti co, por la discordancia evidente entre las que llamaría José Ortega y Gasset en 1914 la España vital y la España oficial . En España eran demasiado tenues las clases medias y el analfabetismo afectaba a una porción intolerable de la sociedad. En el marco de la Primera Restauración pudo España, seguramente, desarrollarse al compás de Europa en los aspectos político, económico y social pero ese proceso de regeneración, presen tido y proclamado por núcleos intelectuales y una parte ilustrada de la clase políti ca, fue brutalmente truncado por la agresión imperialista exterior a fines del sig lo XIX, lo mismo que la agresión revolucionaria y napoleónica exterior de 1808 tras e l hundimiento de nuestra Escuadra y nuestro horizonte americano en Trafalgar, el año 1805 habían sumido a España en su trágico siglo XIX. El Desastre militar y nacional de 1898 marcó de forma decisiva, como vamos a comprobar, el alma infantil de Franc isco Franco, que entonces pasaba de la infancia a la adolescencia. Si sus años de infancia se habían desarrollado en una España que caminaba indefectiblemente al Desa stre de 1898, su adolescencia, a partir de ese año terrible, se desenvolvió entre lo s intentos de regeneración nacional que siguieron al Desastre y que naufragaron en una España aislada e invertebrada, mientras surgían o se enconaban problemas gravísim os que afectarían también directamente a la juventud y la madurez de Franco. La población de España en 1892 era muy inferior a la mitad de la actual y ascendía a unos dieciséis millones y medio de personas. La mortalidad infantil equivalía al d oble de la europea. Desde el advenimiento de la Restauración España empezó a regenerar se económicamente pero a un ritmo insuficiente que precisamente en 1892 se traducía en una recesión. Más de la mitad de la población española era analfabeta, un 56 por cien to. Más de la mitad de la población era rural; vivía en el campo y de la agricultura, que precisamente entonces entraba en aguda crisis por la invasión de un parásito de las vides, la filoxera, que arruinó la producción y exportación de vino, el renglón más im portante de las exportaciones. La industria no alcanzaba ni de lejos el nivel eu ropeo aunque había empezado un intenso desarrollo en Vizcaya y lo confirmaba en la producción textil de Cataluña. La renta por habitante en la España de 1892, calculada en pesetas de 1970, no alcanzaba las 15.000 por año, magnitud de partida muy inte resante para establecer comparaciones serias sobre el desarrollo económico y socia l de España a lo largo de los últimos años del siglo XIX y todo el siglo XX; porque du rante el reinado de don Alfonso XIII esa renta por habitante fue ascendiendo muy lentamente, al absorber apenas el incremento de la población hasta unas veinte mi l pesetas por habitante y año en 1931, comienzo de la segunda República; después se es tancó en la República y se despeñó en la guerra civil hasta quedar en unas 17.000 peseta s equivalentes para luego emprender un ascenso primero firme, luego vertiginoso, durante el régimen de Franco, como tendremos ocasión de comprobar . La deficiente estructura económica, social y cultural que define la circunstanc ia natal, infantil y adolescente de Franco era prueba palpable de un dramático pro ceso de decadencia desde fines del siglo XVIII, cuando con el reinado de Carlos III España figuraba en el plano de las grandes potencias mundiales por la amplitud de su imperio, la capacidad de su economía y el empuje de su cultura ilustrada, h asta fines del siglo XIX, en que esa decadencia histórica se despeñó en tres Desastres tan colosales que suelen escribirse a veces con mayúscula: el de 1898 (guerra de Ultramar) el de 1921 (catástrofe de Annual) y el de 1936 (guerra civil tras el fra caso de la República). El divorcio entre la España vital y la España real, la situación de angustia y penuria en que vivía una gran parte de la población española y el ejempl o de los movimientos obreros internacionales que habían surgido en Europa durante la segunda mitad del siglo XIX, con importantes ecos en España, fueron las causas de una tensión social insufrible y creciente que reventó en la segunda Repú1 Estadística s en mi Francisco Franco, de 1972-1973, coleccionable España 80 años, p. 1. blica y en la guerra civil. Esos movimientos obreros fueron principalmente tr es, que agruparon a partes significativas del que llamó uno de sus promotores, Ans elmo Lorenzo, El proletariado militante. El primero fue el movimiento anarquista y anarcosindicalista, promovido por la Primera Internacional (fundada, con el c oncurso de Carlos Marx en Londres y en 1864) que pronto se sacudió la impronta mar

xista, participó en la anárquica Comuna de Peris en 1871 (de carácter predominantement e anarquista y masónico) y se dividió en dos corrientes muy interpenetradas: el anar quismo violento y sanguinario que buscaba el poder social y político mediante la d estrucción de burguesía, aristocracia y sus instrumentos, pues como tales considerab an a la propiedad privada, la Iglesia, el Derecho y las fuerzas armadas; y el si ndicalismo menos extremista pero igualmente voluntarista y agresivo, que trataba de vertebrar a la clase obrera en sindicatos únicos muy infiltrados por la corrie nte anarquista. Este movimiento anarquista o libertario llegó a extinguirse práctica mente en Europa a lo largo de la primera década del siglo XX; pero se mantuvo puja nte en España, por el mucho mayor retraso relativo de la clase obrera en lo social y en lo cultural, y se articuló en el más numeroso de los sindicatos españoles, la Co nfederación Nacional del Trabajo CNT, cuyos mandos tomaron, contra los moderados, los grupos anarquistas violentos e implacables que en los años veinte del siglo XX se articularon en la Federación Anarquista Ibérica o FM. Pero los anarcosindicalist as no consiguieron el dominio exclusivo de la clase obrera. Se les opusieron pre cisamente los seguidores de Carlos Marx, que crearon poco después de la muerte del profeta revolucionario (ocurrida en 1883) la Segunda Internacional, evolucionad a luego hasta su forma actual de Internacional Socialista y muy relacionada, com o había sucedido en el caso de la Primera, con lo que llamamos Masonería y luego det allaremos. La Segunda Internacional era marxista pura y dura, autoritaria frente a los libertarios de la Primera Internacional, pero casi tan radical como ellos; preconizaba la lucha de clases, la dictadura del proletariado y toda la panoplia revolucionaria del marxismo. La Segunda Internacional inició muy pronto una evolu ción desde la exacerbación revolucionaria al reformismo que la condujo a una coopera ción con los sectores liberales y radicales, mientras centraba su principal objeti vo en evitar la guerra mundial (que ya se preveía desde principios del siglo XX) e ntre naciones europeas enfrentadas por sus intereses imperialistas y económicos; l a Segunda Internacional consideraba atinadamente ese enfrentamiento como el choq ue entre las burguesías nacionales y volcó toda su influencia en evitar esa guerra m ediante una actitud pacifista de todo el proletariado mundial. Como es notorio f racasó en ese empeño y los partidos socialistas de cada país se unieron a los respecti vos gobiernos burgueses en las llamadas uniones sagradas de matiz nacionalista y b elicista. Ante ese fracaso la Revolución comunista triunfante en Rusia por obra de Lenin en 1917 proclamó: La Segunda Internacional ha muerto. Viva la Tercera Intern acional . En efecto, la Segunda Internacional había fracasado en su principal empeño, la pa z mundial, y llevó una vida lánguida e ineficaz hasta que la estrategia de los Estad os Unidos tras la guerra mundial segunda (1939-1945) la resucitó con el nombre de Internacional Socialista, mucho más moderada que la versión anterior, compatible con la confesión religiosa y con la estructura capitalista de la sociedad, pero sin r enegar de sus orígenes marxistas. Es la Internacional Socialista de hoy, cada vez más identificada con la Masonería universal. La estrategia norteamericana articuló la nueva Internacional Socialista como un valladar de izquierdas contra la expansión mundial de la URSS, principal vencedora en la segunda guerra mundial, sobre todo para Europa y Asia. Dos años después de su victoria de 1917 en la Revolución bolchevi que Lenin creó la Internacional Comunista o Tercera Internacional, con el propósito de suplantar a la Segunda y asumir la dirección mundial de las agrupaciones política s proletarias. La Internacional Comunista fue siempre un instrumento dócil de la p olítica exterior soviética con claro objetivo de conseguir la hegemonía mundial. Disue lta oficialmente en 1943, para no asustar a los aliados capitalistas de la URSS, la Internacional Comunista pervivió con diversas apariencias hasta el hundimiento de la URSS en 1989-199 1 y desde entonces sus fuerzas dominantes trataron de in filtrarse en la Internacional Socialista para formar una Casa común de la izquierda como la definió el último presidente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov. Así continúa. LA ARTICULACIÓN MUNDIAL DEL PODER CAPITALISTA La trayectoria de Francisco Franco se vio profundamente afectada por esta art iculación del poder revolucionario desde la segunda mitad del siglo XIX y a lo lar

go de todo el siglo XX. Nadie negará esta tesis. Pero se conoce mucho menos otra a rticulación de poder mundial, la del mundo capitalista, en relación con el proceso q ue ha conducido a la hegemonía mundial única de una gran potencia, los Estados Unido s de América. El punto de partida puede resultar sorprendente. Durante el reinado de Carlos III España intervino a favor de los nacientes Estados Unidos contra Inglaterra en la guerra de la independencia norteamericana. Los primeros presidentes de los E stados Unidos soñaban en una frontera compartida con España que era nada menos que e l río Mississippi, al Este para la nueva gran nación y al oste, hasta el Pacífico, par a España, que ya estaba allí desde siglos antes. Muy poco después España entraba en su d esintegrador proceso de decadencia y a fines del siglo XIX trataba de salir de s u estado de postración como potencia de tercer orden mientras los Estados Unidos s e habían convertido, sin que Europa se enterase, en la primera potencia mundial. L a guerra de agresión contra España en el Caribe y en el Pacífico, durante el año 1898, f ue una de las primeras manifestaciones de la superioridad estratégica y del imperi alismo norteamericano, que tras la victoria aliada en las dos guerras mundiales del siglo XX convirtió a los Estados Unidos en potencia hegemónica, arrinconando par a ello al Imperio británico en descomposición, hasta que el mundo libre, bajo el lid erazgo indiscutible de los Estados Unidos, provocó el hundimiento del marxismo-len inismo y del poder soviético, que había competido con el norteamericano. En mi reciente libro Los signos del Anticristo he publicado una primera aprox imación a la articulación del poder capitalista mundial en nuestro tiempo. Esa artic ulación se denomina hoy mundialismo o bien globalización y afirma esa hegemonía mundia l única de los Estados Unidos, pero no sólo ejercida directamente sino a través de una s instituciones de poder mundial que se llaman Consejo de Relaciones Exteriores, Comisión de Bilderberg y Comisión Trilateral, que se van creando y configurando, mu y relacionadas entre sí, a lo largo del siglo XX. Esas tres instituciones son de d emostrada fundación masónica y representan uno de los dos frentes del mundialismo, m ientras que la Internacional Socialista resucitada por la estrategia norteameric ana en los años cincuenta del siglo XX y muy vinculada a la Masonería por práctica ide ntificación, equivale a un segundo frente muy implicado con el primero. He rechaza do siempre el demasiado famoso libro Los protocolos de los sabios de Sión, amañado a principios de siglo por la policía secreta de la Rusia zarista en pugna con las p rimeras manifestaciones de la Revolución bolchevique, pero el carácter apócrifo de ese libro no puede ocultar la realidad del auge del poder judío mundial, identificado también a lo largo del siglo XX con el movimiento sionista y claramente presente en las citadas instituciones mundialistas. Adelantemos que el general Franco, que jamás se comportó como un antisemita, cono cía profundamente, mucho más de lo que sus adversarios profesionales conceden, la Hi storia de España en el contexto de la Historia Universal. Y a la hipótesis mundialis ta que acabo de resumir solía referirse confusamente con dos términos: plutocracia ( etimológicamente, poder del capital) y conspiración judeomasónica. He investigado a fo ndo la entraña de esas dos ideas de Franco y estoy convencido de que aunque su for mulación es simplificadora e inadecuada tiene mucho que ver con la articulación del mundo capitalista contemporáneo en los dos frentes que acabo de resumir y que anal izo con más detalle en mi citado libro. Franco no fue nunca enemigo del mundo occi dental ni de la libertad de mercado y hasta la guerra civil se comportó siempre co mo un militar liberal-conservador, ya lo comprobaremos. Insisto en que no era an tisemita e incluso salvó a miles de judíos que trataban de escapar a la persecución na zi. Estos son hechos históricos comprobados pero en la mente de Franco eran compat ibles con esa visión, firme y confusa, sobre las articulaciones del poder capitali sta en el siglo XX que acabo de esbozar. Desde el principio de esta nueva biogra fía de Franco me parece fundamental resaltarlo. LAS INSTITUCIONES QUE CONDICIONARON LA VIDA DE FRANCO Pese a que el continuado desastre del siglo XIX había afectado seriamente a la Corona, la institución monárquica se mantenía muy firme a fines del siglo. Seguramente

el fracaso disgregador de la Primera República en 1873 había tenido mucho que ver c on ello, lo mismo que la regeneración política liberal que había florecido, aunque fue ra insuficientemente, con la primera Restauración. Ante la crisis del sistema de p artidos que era evidente en la última década del siglo XIX dos instituciones podían co nsiderarse como columnas de la nación española: la Iglesia y el Ejército. La Iglesia s e había recuperado de los traumas que la infligió el liberalismo radical y anticleri cal durante el régimen de 1868 a 1874; su influencia era dominante en los ámbitos ru rales y en grandes sectores urbanos; se habían fundado congregaciones religiosas n uevas, por lo general dedicadas a la enseñanza, sin excluir, ni mucho menos, a las clases humildes; los obispos resaltaban por su dedicación y tanto el clero secula r como el regular se afanaban en la cura de almas, en la enseñanza y en las obras de caridad. La práctica religiosa era muy mayoritaria y podía decirse sin la menor d uda que España era católica. Algunas órdenes religiosas, sobre todo la Compañía de Jesús, pa rticipaban intensa y selectivamente en el movimiento cultural de regeneración que alentaban grupos ilustrados de intelectuales a partir de los años sesenta. La Igle sia española se empezaba ya a preocupar seriamente por la situación y elevación de la clase obrera, aunque el catolicismo español distaba, por desgracia, de mostrar una preocupación social dominante. Al desencadenarse, en la década final del siglo, un movimiento de migración desde la miseria de grandes regiones agrícolas (Andalucía, Ext remadura, Castilla la Nueva) hacia centros donde se necesitaba mano de obra para la industria en expansión (Cataluña, franja cantábrica) las masas proletarias desarra igadas se sentían abandonadas por la Iglesia en los suburbios de las poblaciones g randes y llenaban ese vacío con las promesas que les brindaban las incipientes org anizaciones revolucionarias, es decir, los anarquistas y los socialistas. Estos grupos se mostraban rabiosamente anticlericales, lo mismo que las corrientes del liberalismo radical que se arrastraban a lo largo del siglo XIX y sólo en parte s e habían integrado en el marco político de la Restauración. La conjunción de estos dos f rentes del anticlericalismo, el obrero y el liberal-radical, impulsaron en la últi ma década del siglo XIX y en las cuatro primeras del XX unas oleadas de anticleric alismo virulento que llegó a degenerar, atizada por una propaganda tenaz, en verda deras mareas de odio a la Iglesia, identificándola, erróneamente, con las clases más a ltas y poderosas de la sociedad. Insisto en que esa tesis, base de la propaganda anticlerical, era completamente falsa; la Iglesia española estaba profundamente c onectada con las capas populares y con los marginados de la sociedad española. La relación de Francisco Franco con la Iglesia católica fue, durante todos los períodos d e su vida, sincera y honda, lo que se debió principalmente a la influencia de su m adre y de su educación primaria. Esta religiosidad de Franco se ha puesto en duda muchas veces por desconocimiento de los hechos. Toda su vida, aun en plena Repúbli ca, se mostró como católico creyente y practicante, incluso durante la etapa del Fre nte Popular en 1936. Perteneció a la Adoración Nocturna y, sin alardes de beatería, se comportó siempre como católico. A partir de 1936 sería la propia Iglesia Católica quien se identificara con él. La segunda institución fundamental de la sociedad y del Estado a fines del sigl o XIX era el conjunto de las Fuerzas Armadas, integradas entonces por el Ejercit o, la Armada y la Guardia Civil. Esta, fundada antes de mediar el siglo XIX, vivía inmersa en la realidad social española, estaba incondicionalmente con los Gobiern os y desempeñaba una función esencial y reconocida en el mantenimiento del orden públi co. El Ejército mantenía aún una irresistible tradición de pronunciamiento, es decir, de intervención política que se debía, como había afirmado Jaime Balmes no a su deseo de i ntervenir sino a la manifiesta debilidad de las instituciones políticas del Estado , como los propios partidos políticos que con mucha frecuencia buscaban un brazo f uerte un general que les mantuviese en el poder o desalojase de él a sus enemigos, e n vista del viciado sistema liberal que no imponía a los gobiernos a través de una p articipación electoral seria y digna, sino por la arbitrariedad de la Corona o los designios de los propios partidos. La misma Restauración de 1874, que brotó realmen te de un amplísimo movimiento de opinión contra el desgobierno vigente desde 1868, n ecesitó, en la mente de algunos militares influyentes, el pronunciamiento militar de Sagunto para imponerse, aunque Canovas del Castillo, que suscitó ese movimiento de opinión y lo encauzó, se mostró contrario al golpe militar. La primera República de

1873 había fenecido a principios de enero de 1874 por un pronunciamiento militar, a las órdenes del general Pavía, que por vez primera no representaba a una facción mil itar sino a todo el Ejército, aunque de forma negativa; porque ni él ni el Ejército qu isieron tomar el poder. Cánovas pactó luego con los generales la abstención política del Ejército a cambio de que los Gobiernos no intervinieran en la política militar. Aun así la España de la primera Restauración vivió bajo la amenaza de los pronunciamientos, que se concretaron varias veces en pequeñas intentonas del sector militar republi cano. La amenaza se mantuvo y luego se incrementó tras el Desastre de 1898, con dr amáticas consecuencias para el siglo XX. Las Fuerzas Armadas padecían una hipertrofia en sus grados superiores y un atra so considerable en su armamento y adiestramiento a finales del siglo XIX. Pese a ello el rendimiento de la institución militar a lo largo de ese siglo resulta tod o menos despreciable. La guerra de la Independencia contó como factor esencial con la contribución de las guerrillas populares, pero fue ganada, a fin de cuentas, p or el ejército regular español ayudado por sus aliados británicos. La batalla de Bailén, primera derrota de los napoleónicos en España, fue una notable victoria preparada p or el Estado Mayor del general Castaños y dirigida impecablemente por éste de poder a poder. La defensa de Cádiz, plaza vital para mantener el esfuerzo de guerra en l a España invadida, fue lograda por la Marina sutil española que cortó el paso al enemi go. La pérdida de América estuvo fatalmente condicionada por el desastre de Trafalga r en 1805 (tras las brillantes victorias de la Marina española bajo el reinado de Carlos III) y tanto militar como socialmente ofreció un altísimo ejemplo histórico que apenas se conoce ni hasta hoy se ha valorado en España; pese a que terminó con la e xtinción de la soberanía española en el continente americano, en el que surgieron vein te nuevas naciones de nuestra estirpe. Las guerras carlistas del siglo XIX despl egaron innumerables gestos de valor y acierto militar pero por desgracia tales g estos se derrocharon en una terrible lucha entre españoles. Las llamadas despectiv amente aventuras militares exteriores durante el reinado de Isabel II (anexión de Sa nto Domingo, expediciones a México y a Indochina, guerra del Pacífico) incluyeron re sonantes victorias navales y militares y demostraron el nuevo auge de la Marina y la competencia del Ejército. Lo mismo sucedió en el mismo reinado con la guerra de Marruecos (1859) provocada por un incidente fronterizo, popularísima en toda España y rematada en una señalada victoria con la conquista de Tetuán y el tratado de paz con Marruecos. Luego, en 1893, otro incidente en las proximidades de la ciudad d e Melilla causó un conflicto localizado que, no sin sensibles pérdidas, se saldó con o tra victoria militar española. Sin embargo, el Desastre ultramarino de 1898, que f ue militar y político igualmente, cubrió con su sombra negra a toda la historia del siglo XIX y alcanzó gravísimas consecuencias en las primeras décadas del siglo XX. No hay que subrayar la vinculación personal de Franco con las fuerzas armadas: la Mar ina fue su vocación y el Ejército toda su vida. La oleada anticlerical que se manifestó en España desde las quemas de conventos d e 1834 y fue característica del liberalismo radical, estuvo alentada en los siglos XIX y XX por una sociedad secreta que se conoce con el nombre genérico de Masonería y afectó muy profundamente a la vida de Francisco Franco. He propuesto varias vec es en otros libros una síntesis histórica de la Masonería española; la última vez en Los s ignos del Anticristo (Editorial Fénix 1999) . Creada en tiempos, todavía no aclarado s, de la Ilustración española en el siglo XVIII, la Masonería se identificó en el siglo XIX con el liberalismo radical para abrirse paso además durante el siglo XX en el socialismo. Los regímenes y partidos liberal-radicales de los siglos XIX y XX han llevado siempre la impronta masónica. Y la clave de la masonería, desde su refundación moderna a principios del siglo XVIII en Inglaterra hasta la actualidad ha sido la hostilidad y la oposición a la Iglesia católica en el campo de la influencia soci al. Las tormentas anticlericales que se recrudecieron en la última década del siglo XIX y las primeras del XX reconocen un impulso claramente masónico, lo mismo que l a actuación del liberalismo radical español en sintonía con el auge del imperio británic o en el siglo XIX y del imperio americano en el siglo XX. La Masonería ha intentad o enmascarar en vano su flagrante colaboración con la ruina del Imperio español en A mérica en el primer cuarto del siglo XIX y con el desastre de Ultramar en 1898. La

primera logia masónica española de la que se tiene noticia bien documentada se fundó dentro de la Marina de guerra a principios del siglo XIX. A lo largo de ese sigl o la Masonería se infiltró profundamente en el Ejército hasta suscitar en su oficialid ad un movimiento antimasónico, la Orden Militar Española. Los dos movimientos provoc aron serias divisiones en el seno de la familia militar durante los siglos XIX y XX hasta la guerra civil de 1936. Desde el final de la guerra de la Independencia la mayoría de la oficialidad de las fuerzas armadas estaba adscrita al liberalismo, radical o moderado, sobre t odo cuando los oficiales adictos al absolutismo y al Antiguo Régimen trataron de s umarse a la causa carlista. El liberalismo, muy templado ya por los militares mo derados, se hizo aún más conservador entre los militares tras el fracaso total de la Revolución liberal-radical y masónica de 1868; quedó tras 1874 una minoría militar repu blicana y generalmente masónica pero la mayoría de la oficialidad respondía a la descr ipción de liberal-conservadora. Francisco Franco pertenecía a este sector mayoritari o. Insisto en que Franco fue testigo del auge masónico en las fuerzas armadas, con oció mucho mejor de lo que se cree la historia masónica en relación con España y se enfr entó duramente con la secta, a la que sus adeptos llaman orden, durante toda su vi da miliar y política. La Masonería fue, por tanto, un factor muy importante en la división interna de l as Fuerzas Armadas y esta división alcanzó consecuencias aterradoras en la política y en la vida española de los siglos XIX y XX, hasta convertirse en un hecho decisivo para el planteamiento y desarrollo de la guerra civil de 1936. LA CIRCUNSTANCIA GALAICA Durante la infancia y la adolescencia de Franco su región natal, Galicia, vivía d e espaldas a España sobre todo por lo insuficiente y precario de sus comunicaciones y abierta a la emigración de sus hijos al resto de España y sobre todo a América español a. Una vez reconocida por España la independencia de las nuevas naciones de América las regiones españolas con menor capacidad de creación de trabajo y, por tanto, con mayor excedente de población Galicia, Andalucía, Canarias enviaron una intensa corrien te migratoria a las posesiones españolas del Caribe y a las naciones hispánicas del continente, y la cota máxima de esa emigración en todo el siglo XIX se alcanzó precisa mente en Galicia en el año natal de Franco, 1892; doce habitantes de cada millar. Desde entonces hasta hoy Galicia ha dado a la alta política española muchos de sus más ilustres hijos pero hasta los tiempos más recientes esos políticos gallegos no se e sforzaron demasiado en sacar a Galicia de su atraso secular. Hoy podemos llegar a Vigo en cinco horas de automóvil pero la comunicación principal de Galicia con el centro de España a fines del siglo XIX, el ferrocarril, adolecía de una intolerable lentitud e insuficiencia. Galicia tenía en 1892 grandes posibilidades de desarroll o agrícola e industrial capaces de absorber sus excedentes de población pero la agri cultura estaba agarrotada por el minifundio y la industria apenas empezaba a des puntar. Y dentro de Galicia la ciudad de El Ferrol, capital de uno de los tres d epartamentos marítimos en que se divide la costa española, mantenía su población estanca da desde dos siglos antes. Su principal activo era un puerto extraordinario, abr igado de todos los vientos y con aguas profundas para la navegación moderna. Esto significa que su condición principal era la de base naval, con astilleros y arsena les de primer orden; significa también que esta vinculación a la Marina de guerra al canzaba consecuencias muy favorables en épocas de auge naval y muy desfavorables c uando decaía la Marina, como inevitablemente sucedió tras el Desastre de Ultramar en 1898. En 1892 la población de El Ferrol apenas alcanzaba los veinte mil habitante s. En esta región atrasada y en esta ciudad estancada se desarrolló la infancia de F rancisco Franco. Sus biógrafos hostiles disertan profusamente sobre esa infancia qu e creen desgraciada y sobre el carácter retraído del niño, que atribuyen a una voz atipl ada que le ponía en ridículo ante los demás de su edad. La voz atiplada de Francisco y su carácter gallego son prácticamente los únicos datos a que pueden reducirse esas dis

ertaciones. Evidentemente que el niño era gallego y por los cuatro costados; pero ya hemos indicado que ello no significaba ni mucho menos, hasta 1931, aislamient o personal ni retraimiento. Uno de sus primeros antibiógrafos, Luis Ramírez , seudónimo d e un escritor extremadamente hostil, Luciano Rincón, expresa una gran verdad cuand o pretende menospreciar a Franco con esta frase: No era más que un niño cualquiera . La manía de la voz atiplada, que no era sino una voz infantil aguda, como tantas otra s, nunca provocó complejos a Franco ni extrañeza en los demás niños o mayores. Hoy dispo nemos de una explicación a esta circunstancia en el original estudio del doctor Ju lio González Iglesias, Los dientes de Franco, donde cita un testimonio del princip al dentista de Franco, el doctor José Iveas, a quien dijo su paciente muchos años de spués: A mi me nacieron los dientes en Ferrol, las muelas del juicio en la Academia de Toledo y empecé a perder dientes en África . Franco nació sin dientes, y la mayor af ección que padeció a lo largo de toda su vida, hasta las vísperas de su muerte, fue pr ecisamente dentaria, lo que hasta el citado autor nadie había advertido. Establece el doctor Iglesias que Franco respiraba mal por la nariz a causa de un tabi1 Lui s Ramírez : Francisco Franco, historia de un mesianismo, Paris, Ruedo Ibérico, 1940, p . 40 que nasal algo torcido y un paladar estrecho. De ahí la configuración de su voz q ue como concluye el citado especialista fue advertida por el propio Franco, que llegó a dominarla en lo esencial: Ha vencido la tenacidad, el esfuerzo, la firmeza y el espíritu, él solo ha conseguido superarse. No ha hecho falta el concurso de nin gún psiquiatra ni de ningún endocrinólogo . Aun admitiendo lo que no consta en parte algun a que la crueldad habitual de otros niños y otros adolescentes ridiculizasen en algún momento su dicción, tal dificultad quedó plenamente superada en la Academia de Tole do y no causó problema alguno de Franco ni en su relación social que fue muy intensa n i en su capacidad de mando, que ha sido unánimemente reconocida. Franco recibió el sacramento de la confirmación en la misma iglesia donde había sid o bautizado. Luego ingresó en un colegio católico de enseñanza primaria, el del Sagrad o Corazón, dirigido por un sacerdote, don Manuel Vázquez Leal y después por un profeso r seglar, don Manuel Comellas Coimbra. No conozco testimonio directo alguno de c arácter negativo sobre la infancia de Franco. En cambio existen varios muy positiv os. Un antiguo asistente de don Nicolás Franco, don José Ramón Rito, gallego de Becerr eá, acompañaba muchas veces a Francisco y su hermano Ramón al colegio del Sagrado Cora zón y refiere que Paquito se imponía al resto de sus amigos por su firmeza de carácter y por el incipiente sentido de justicia que denotaban algunos de sus actos2. Hi zo su primera comunión durante su estancia en el mismo colegio, en el que cursó tamb ién el ingreso y el primer año de bachillerato. A los doce años se trasladó al colegio f errolano de Nuestra Señora del Carmen, donde se preparaba el ingreso a las academi as del Ejército y la Marina, dirigido por el capitán de corbeta don Saturnino Suanze s y Carpegna, padre del futuro ministro de Franco y creador del INI. El colegio del capitán de corbeta Suanzes gozaba de gran crédito y conseguía el ingreso de casi t odos sus alumnos; allí también se preparó el pariente de Franco, Francisco Franco Salg ado, que al contar sus experiencias junto a Franco a lo largo de toda la vida nu nca tuvo pelos en la lengua y señala: Franco era el más joven de los alumnos de dicho colegio preparatorio, sólo contaba doce años. Se defendía muy bien en matemáticas y sob re todo en problemas. En la parte teórica, ayudado de su gran memoria, tampoco tenía dificultades. Por ello hacía un buen papel sin matarse a estudiar. Empezaba ya a acostumbrarse a tratar con muchachos de más edad que él, como hizo casi siempre y el lo le agradaba mucho . Uno de los condiscípulos 1 Madrid, Fénix, 1996, p. 25 y siguientes. 2 Ver mi Franco de 1982, Ed. Planeta, 1, p. 30-32 y amigos de Franco era Juan Fontán, lejano pariente suyo, a cuyo hermano Jesús Fo ntán, futuro ayudante de Franco, encargó éste la custodia de los archivos sobre la Mas onería reunidos en Salamanca; Franco Salgado añade que el interés de Franco por la Mas onería data precisamente de su época en la academia preparatoria del capitán de corbet a Suanzes . Para el ingreso en las Academias militares se requería la aprobación de va rias asignaturas del bachillerato, de las que Franco acudía, con sus compañeros, a e xaminarse por libre en el Instituto de La Coruña.

Varios testimonios reflejan la convivencia estrecha de Franco y sus hermanos con sus parientes próximos, los hermanos Franco Salgado y sus primos hermanos, los La Puente Bahamonde, hijos de una hermana de doña Pilar y de un capitán de corbeta. Juntos organizaban los juegos habituales de su edad, desde la pelota hasta los rudimentos de la navegación a vela y los juegos de piratas en balsas que botaban e n alguna playa próxima. El propio Franco, en su relato de claros trazos autobiográfic os con destino a la película Raza explicaba sus juegos infantiles con esos pariente s y amigos, que al escuchar a los mayores las noticias sobre las guerras ultrama rinas de España al acercarse el Desastre reproducían los combates en trincheras y ba lsas, divididos en dos bandos; los españoles y los enemigos a los que llamaban mamb ises, insurrectos y masones Las guerras de Ultramar y el desastre en que terminar on se inscribieron, por tanto, con singular viveza en los recuerdos infantiles d e Francisco Franco2. EL HONDO IMPACTO DEL DESASTRE EN LA VIDA DE FRANCO La guerra de Ultramar entre los Estados Unidos y España está hoy históricamente acl arada en sus aspectos esenciales, aunque algunos escritores y periodistas parece n no haberse enterado. En vísperas del Desastre las fuerzas militares y navales es pañolas tanto en Cuba como en Puerto Rico y Filipinas habían derrotado, total o virt ualmente, a los insurrectos que promovían la independencia de aquellas islas, cons ideradas por España no como colonias sino como provincias de Ultramar e integrante s del territorio nacional. Una parte decisiva de la opinión Franco Salgado, op. cit. Mi vida... p. 16. 21~T~ J. de Andrade Raza. Anecdotario para el guión Ode una película. Madrid, Edi ciones Numancia, 1942. en todas ellas respaldaba la posición de España. Pero esta posición chocó frontal-men te con los intereses estratégicos de los Estados Unidos, guiados entonces por el r esonante libro del marino Alfred Mahan El poder naval en la Historia que a fines del siglo imperialista por excelencia, el XIX, marcaba a los Estados Unidos el camino acelerado hacia su configuración como potencia naval con el fin de asegurar sus crecientes comunicaciones comerciales con todo el mundo. De acuerdo con esa directriz estratégica, a la que se unieron con fuerza ensordecedora los intereses económicos y políticos de los Estados Unidos en el Caribe y en Extremo Oriente y la prensa amarilla o sensacionalista de enormes tiradas, que se erigió en portavoz d e esos intereses, los Estados Unidos habían construido una gran escuadra de guerra , modernísima en blindaje y artillería, que podría barrer sin dificultad alguna a la M arina de guerra española, como acreditan varios importantes estudios de historia n aval. Las islas Filipinas y sobre todo las islas españolas del Caribe caían, sin más q ue mirar al mapa, dentro del ámbito estratégico norteamericano y resultarían de casi i mposible defensa en caso de conflicto. Sin embargo durante la Primera Restauración , una vez pacificado el país tras la última de las guerras carlistas, los Gobiernos intentaron dotar a España de una fuerza naval importante, lo cual ya había ocurrido en la época de Isabel II aunque en la última década del siglo los navíos españoles de guer ra, varios de ellos de construcción moderna, no podían competir ni de lejos, en blin daje y artillería, con las unidades de la escuadra norteamericana, que se distribu yeron en dos grandes formaciones; una fondeada en la base británica de Hong Kong y destinada a las Filipinas, otra en los puertos del Atlántico contra Cuba. La prensa sensacionalista o amarilla de los Estados Unidos (cadenas Pulitzer y Hearst, el ciudadano Kane de la famosa película de Orson Welles) había contribuido ya a resucitar por estímulo exterior la insurrección cubana contra España y sólo espera ba un pretexto para incitar a la opinión pública, al presidente MacKinley y al Congr eso para declarar la guerra de agresión a España. El pretexto fue, el 15 de febrero de 1898, la voladura del crucero protegido Maine fondeado en el puerto de La Hab ana con la excusa de proteger los intereses norteamericanos en la isla. Una publ icación reciente de la misma Marina norteamericana, debida al prestigioso almirant e Hyman Ric over, creador de los submarinos nucleares, ha demostrado de forma pa

lmaria que la explosión del navío no fue obra de un torpedo, como declararon oficial mente los Estados Unidos, sino resultado de una combustión interna de la que fue r esponsable la desidia de su comandante Sigsbee. Pero en 1898 esa explosión provocó l a guerra, o mejor el chispazo para la guerra. El 20 de abril los Estados Unidos dirigieron un humillante ultimátum a España para que abandonase Cuba al que la Reina Regente doña Maria Cristina respondió negativamente con toda dignidad. A poco las d os Cámaras del Congreso declararon la guerra a España aduciendo falsedades evidentes en esa declaración. La escuadra americana del Pacífico, a las órdenes del comodoro De wey, penetró en la bahía de Manila, hundió como en un ejercicio de tiro a los barcos d e guerra españoles, algunos de madera, y aca116 a las baterías de costa que opusiero n una enconada y desigual resistencia. Al desembarco americano se unieron los in surrectos filipinos (que habían firmado con España un acuerdo de paz en 1897) y la c apital del archipiélago hubo de rendirse poco después. La escuadra española del Atlántic o, muy superior en blindaje y artillería a la de Filipinas, pero aun así muy insufic iente, consiguió eludir el bloqueo de la escuadra americana y refugiarse en el pue rto de Santiago de Cuba, lo que no fue pequeña hazaña; pero allí quedó embotellada, y el almirante enemigo Sampson la consideró presa segura. España había acumulado en Cuba un importante ejército de unos doscientos mil hombre s, aunque las enfermedades tropicales habían hecho estragos en sus filas. La mayor parte de esas fuerzas estaban destinadas a la defensa de La Habana y no rebasab an los 1700 los encargados de defender la plaza de Santiago de Cuba, en cuyo pue rto se había refugiado la escuadra de Cervera. Contra la ciudad y sobre todo contr a la escuadra los Estados Unidos enviaron a Santiago un cuerpo de ejercito abrum adoramente superior, más de quince mil hombres perfectamente pertrechados. La resi stencia de los soldados españoles en las defensas exteriores de Santiago de Cuba El Caney y las colinas de San Juan fue de extremo valor y eficacia en el combate co ntra las tropas de los Estados Unidos el 1 de julio. Tanto que el general Shafte r, jefe del cuerpo expedicionario, propuso al presidente y al almirante de la fl ota la retirada ante las terribles pérdidas sufridas a causa de la enconada defens a española. Muchos años más tarde el general Franco, que había estudiado detenidamente la guerr a de Cuba y Filipinas, se asombraba de que el grueso del ejército español no intenta se una marcha desde La Habana para socorrer a los sitiados de Santiago. Sospecho samente los norteamericanos dejaron intacto el cable submarino que comunicaba a La Habana con España, por el que el gobierno liberal, presidido por el conspicuo m asón don Práxedes Mateo Sagasta, comunicó al capitán general de La Habana, Blanco, la or den de que la escuadra del almirante Cervera saliese de su refugio para evitar l a captura. Así se hizo y el 4 de julio, fiesta nacional de los Estados Unidos, los barcos de Cervera salieron uno a uno, conscientes de que iban al sacrificio por salvar el honor de la nación. Todos fueron hundidos o quedaron varados al intenta r lo imposible. Santiago de Cuba se rindió y España pidió la paz, que le fue concedida a precio de perder las islas de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Marianas. El imp acto en toda España, que alucinada por lo que entonces mismo se llamó una prensa infa me fue demoledor; el país, como sentenció el gran político Francisco Silvela, quedó sin p ulso y sumido en una desmoralización absoluta. El más duro impacto de toda España lo recibió la ciudad naval-militar de El Ferrol, que lloró a muchas víctimas navales del Desastre. El enfrentamiento entre las fuerz as armadas y la clase política, que se hacían mutuamente responsables del Desastre s e gestó y se enconó inmediatamente. El horizonte español de Ultramar, como se decía ento nces, se volvió a hundir y la desaparición de lo que había sido nuestro Imperio en Améri ca y Extremo Oriente abrumó a la opinión española y a todo el pueblo español. El intenso esfuerzo regeneracionista de la Restauración y la Regencia quedó, por el momento, e n suspenso, aunque no es fácil que una nación como España sufra de abatimiento absolut o y permanente y muy pronto surgieron nuevos brotes de regeneración tanto en al ámbi to cultural (los titanes de la llamada generación del 98 como Baroja, Azorín, Ramiro de Maeztu, Ramón del Valle Inclán, Antonio Machado y sus epígonos Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset y en al ámbito político (Francisco Silvela, Camilo García Polavieja

, Antonio Maura, José Canalejas) mientras la Regencia de María Cristina trataba de d ar paso en 1902 a una nueva Monarquía encabezada por un Rey de dieciséis años, don Alf onso XIII. Pero en El Ferrol el alma de la ciudad parecía entrar en eclipse. La Ma rina, señalada por todos como símbolo del Desastre (en realidad había sido su víctima pr incipal) vio que un real decreto de 28 de marzo de 1901 suprimía los ingresos en l a Escuela Naval, en vista de la pérdida de barcos ocurrida en el Desastre. Año y med io más tarde se anuló la medida; pero pronto se cerró finalmente en 1906 la Escuela Na val Flotante, sita en la fragata Princesa de Asturias en Ferrol desde 1903, y no se reabrió en Cádiz hasta 1912. Nicolás Franco Bahamonde pudo incorporarse a la Marin a hasta convertirse en ingeniero naval militar, pero su hermano Francisco, cuand o terminaba su preparación premilitar en 1907, se encontró con la Escuela Naval clau surada. Entonces, con toda decisión, optó por el ingreso en la Academia de Infantería, según el mismo confesó después contra la voluntad de mi padre . El Desastre de 1898 marcó para siempre a Francisco Franco. Como demuestra hasta el recuerdo novelado de sus juegos infantiles, atribuyó siempre las principales r esponsabilidades a la Masonería, en lo que sin duda no le faltaba razón; el historia dor militar Carlos Martínez de Campos atestigua los increíbles fallos en la munición d e la artillería naval española durante el conflicto y todo el ámbito liberal-conservad or atribuyó a la secta masónica gran parte de la culpa del Desastre, aunque no sea, añadamos hoy, la única culpable. Pero es que, además, el Desastre, que convulsionó a tod a la vida pública española, provocó también un recrudecimiento del nacionalismo separati sta centrífugo en Cataluña y en el País Vasco. El nacionalismo catalán había surgido en la segunda mitad del siglo XIX entre la burguesía de Cataluña, que con el Desastre vio perderse los mercados para sus productos textiles en Ultramar; el nacionalismo vasco, que hunde sus raíces en la supresión de los Fueros como represalia de Madrid tras la última guerra carlista, se exacerbó al contacto de su fundador, don Sabino A rana, con el nacionalismo catalán durante su estancia para estudios en Barcelona. Arana llegó hasta el extremo de enviar un telegrama al presidente de los Estados U nidos por su victoria en la guerra contra España. Las Fuerzas Armadas se mostraron excepcionalmente sensibles a esta progresión de los nacionalismos separatistas (p orque su horizonte era claramente separatista, como se demostró andando las décadas) y Franco reaccionó con suma energía y dureza ante el peligro de desintegración que es as tendencias representaban. Las Fuerzas Armadas, que habían sufrido más que nadie l os traumas del Desastre, se identificaron cada vez más con la unidad de España y no fue un gobierno conservador, sino liberal, el que hizo aprobar en 1906 la famosa Ley de Jurisdicciones que atribuía a la jurisdicción militar los delitos contra la P atria y el Ejército . Así se sentaban las bases de una peligrosísima división y enfrentami ento entre lo que se llamaron, a lo largo del siglo XX, poder civil y poder mili tar. El aspirante naval Nicolás Franco Bahamonde junto a su hermano Francisco, cadet e en Toledo, en 1908. La primera imagen de Franco militar, con sable y ros. Capítulo 2: La Academia de Toledo y el destino a África EL INGRESO EN LA ACADEMIA DE INFANTERÍA A primeros de junio de 1907 Francisco Franco, todavía con catorce años de edad, v iaja a Toledo para presentarse al examen de ingreso en la Academia de Infantería, instalada en el Alcázar desde que unos años antes se hubiera cancelado la primera époc a de la Academia General Militar, centro de formación común para los aspirantes a to das las Armas y Cuerpos del Ejército. Le acompañaba otro joven ferrolano amigo suyo, Camilo Alonso Vega, cuyo destino se uniría al de Franco. El examen de ingreso se celebró a fines de junio. Los aspirantes a ingreso en aquella convocatoria eran un os mil quinientos de toda España y Franco se examinó en una de las últimas sesiones, l a número 31, con el número 1354 de la lista. El número final de aprobados fue de 352. Su amigo Alonso Vega aprobó a la primera con Franco, cuyo número de orden según la cal ificación fue el 251, que no debe valorarse sólo en relación con los primeros de esa l ista sino en comparación con el número total de aspirantes, de los que la gran mayoría resultaron excluidos, entre ellos su pariente Francisco Franco Salgado-Araujo, quien hubo de esperar a la siguiente convocatoria por fallar en el dibujo, en el

que Franco descollaba, lo mismo que en matemáticas. El ilustre cronista de la ciu dad, Luis Moreno Nieto, informa que la filiación de los aprobados y comienzo del c urso tuvo lugar el 20 de agosto, con estreno de un nuevo modelo de uniforme cuell o y bocamangas de paño encarnado y las hombreras doradas; se sustituyó la gorra tere siana por la inglesa de paño azul con vivos encarnados y emblema y corona real dor ados. Para diario y polainas tenían los alumnos el traje gris de estambre formado por la polaca y pantalón breac , llevando para campamento y marchas el ros de corc ho con fondo de hule gris y las polainas de cuero avellana con calzado de igual color . Los veteranos entregan a los novatos los sables reglamentarios y los aspir antes se someten a una dura instrucción durante mes y medio hasta que el 13 de oct ubre juran bandera en el patio del Alcázar, junto a la estatua erguida de Carlos V . Todos responden con firmeza al juramento que les propone el capellán de la Acade mia, tras la arenga del coronel director, San Pedro Cea: ¿Juráis a Dios y prometéis al Rey seguir constantemente sus banderas, defenderlas hasta verter la última gota de vuestra sangre y no abandonar al que os estuviere mandando en función de guerra o preparación para ella? A continuación la que ya es XIV promoción de Infantería marcha en fila de uno en uno para besar, descubiertos, la bandera de España y el acto se ci erra con el desfile de los caballeros alumnos. La mayoría porta el fusil reglament ario que habían utilizado durante la instrucción. Algunos, aunque no sólo Franco, como él mismo puntualizó muchos años después, disponían, por su menor estatura y fortaleza, de un mosquetón, bastante más pequeño . LA FORMACIÓN MILITAR DE FRANCO EN TOLEDO Es lamentable costumbre de los antibiógrafos de Franco, poseídos de antimilitaris mo ritual, abominar de la enseñanza y formación que recibió Franco en Toledo lo mismo que en su momento abominarán de la organización y dirección, por el mismo Franco, de l a Academia General Militar de Zaragoza entre 1927 y 1931. Acierta mucho más un mil itar profesional, el artillero británico George Hills, cuando analiza objetivament e la enseñanza militar impartida en uno y otro centro. Por designio certero de Can ovas del Castillo los Reyes de la primera Restauración se vincularon profesionalme nte a las Fuerzas Armadas. Cánovas quiso presentar a don Alfonso XII como un Rey m ilitar y de hecho participó, no sin graves riesgos, en la última guerra carlista jun to a las fuerzas de vanguardia. La Reina Regente, satisfecha con los resultados de ese ejemplo, se preocupó de la formación militar de su hijo don Alfonso XIII, que contó con militares ilustrados entre sus profesores y convivió con una promoción de I nfantería en la Academia de Toledo, todavía no instalada en el Alcázar por reparacione s tras un grave incendio. El joven Rey, que había comenzado su reinado efectivo en 1902 y se había casado con la princesa de Gran Bretaña e Irlanda doña Victoria Eugeni a de Battenberg en 1906, volvió frecuentemente a Toledo para visitar a los caballe ros alumnos y participar en sus actos solemnes y maniobras militares. Alfonso XI II se sentía un Rey militar, consideraba como compañeros a los militares y se mantuv o durante toda su vida en estrecho contacto con el Ejército, cuyas campañas africana s siguió con apasionado interés y serio Para todo lo que se refiere a la relación de toda una vida entre Franco y la ciu dad de Toledo ver Luis Moreno Nieto, Franco y Toledo, Toledo, Servicios Cultural es de la Diputación, 1972. conocimiento. George Hills apunta que a la vez que Franco ingresaba en la Aca demia de Toledo el futuro mariscal Bernard Law Montgomeiy, futuro héroe de la segu nda guerra mundial y acreditado historiador del arte de la guerra, entraba en la Academia militar de Sandhurst, donde había cursado por algún tiempo el rey don Alfo nso XII después de recibir una intensa formación premilitar en el colegio Theresianu m de Viena. Los excelentes resultados de esta identificación regia con las Fuerzas Armadas animaron a don Alfonso XIII a que sus dos sucesivos herederos, don Alfo nso y don Juan de Borbón, cursaran estudios militares, que se frustraron por la en fermedad incurable del primero y llevaron al segundo a conseguir su ingreso en l a Marina española y luego a continuar su formación naval militar en la Marina británic a. Posteriormente don Juan y Franco convinieron en que el hijo de don Juan, el p ríncipe don Juan Carlos de Borbón, se formase militarmente todavía más a fondo, y el act

ual Rey de España siguió el mismo ejemplo con su hijo el actual Príncipe de Asturias d on Felipe. La idea de Cánovas ha cuajado, por tanto, en una constante de la Corona española durante los tres últimos reinados. La enseñanza y formación militar que recibían los alumnos de la Academia de Infante ría de Toledo era excelente en los planos teórico y práctico. El profesorado y los ori entadores de los estudios atendían preferentemente, como ejemplo, a los éxitos del e jército alemán en la guerra de 1870, último conflicto europeo. En el Reglamento provis ional para la instrucción táctica de las tropas de Infantería, publicado precisamente por la Academia de Toledo durante la estancia de Franco, se exaltaba, naturalmen te, la primacía de esta Arma para las operaciones militares. Naturalmente que a fi nes de la primera década del siglo XX no podían incorporarse aún a los estudios milita res las nuevas orientaciones para el empleo de unidades terrestres motorizadas y blindadas Pero las Fuerzas Armadas del reinado de Alfonso XIII demostraron sobr adamente que estaban al día en cuanto a innovaciones en armamento y táctica. Las mis mas lanchas de desembarco tipo K que habían fracasado en Gallipoli durante la Gran Guerra triunfaron para España en Alhucemas. El Ejército español de África fue el primer o del mundo en utilizar, para acciones de guerra, los carros de combate y la novís ima Arma aérea. No es verdad que la enseñanza militar en la Academia de Toledo estuv iera atrasada en teoría y sobre todo en práctica. Consta que, durante la estancia de Franco como alumno, la biblioteca de la Academia experimentó un incremento notabl e con tal aceptación que hubo de ampliarse el horario de consulta. En el mismo perío do se mejoraron los gabinetes de armas, topográfico, de física y telegrafía y se insta ló el fotográfico. Menudearon los viajes de estudio al extranjero por parte de los p rofesores. El tercer director de la Academia en la época de Franco como alumno, co ronel José Villalba Riquelme, instaló dos juegos de guerra para las pequeñas unidades y para el manejo de una división. Las prácticas de marcha y ejercicios tácticos eran c ontinuos. Los resultados confirman lo excelente de la formación militar toledana; cuando los alumnos de la Academia de Toledo alcanzaron los grados militares supe riores supieron terminar con la guerra de África que se arrastraba de manera crónica y aparentemente insoluble desde 1893 y se recrudeció virulentamente en 1909. Grac ias a la preparación de su oficialidad el Ejército español, muy bien combinado con la Marina, consiguió terminar victoriosamente en 1927 la interminable guerra de Marru ecos, lo que no sucedió con otros ejércitos europeos en sus campañas africanas, como e n el caso de Francia ante la insurrección argelina. Por cierto que gracias al impu so del gobierno Maura de 1907 se articuló un plan naval que devolvió su poder y su p restigio a la Armada española, dotada de unidades modernas construidas preferentem ente en los astilleros españoles. Un rasgo muy importante de la enseñanza militar en la Academia de Toledo era la insistencia en los valores morales y patrióticos tan propios de la tradición militar española. Por significativa coincidencia seria prec isamente la defensa del Alcázar de Toledo contra fuerzas diez veces superiores en la guerra civil de 1936 la prueba suprema de que esos altos valores morales habían florecido con nuevo vigor entre las fuerzas armadas de España . La vocación militar de Franco se afianzó con carácter definitivo durante sus tres c ursos en la Academia de Infantería. Entró en ella como un adolescente y salió como un hombre, pese a su juventud. Empezaba a ser verdad lo que me comunicó en 1972: Siemp re tuve responsabilidades muy superiores a mi edad . La vida en la Academia, bajo una estricta disciplina, resultaba tan dura que setenta de los 382 admitidos fue ron abandonando el centro. La talla que dio al ser registrado como aspirante era baja: 1,645 metros. Fue víctima de las tradicionales novatadas que le afectaron v ivamente porque las consideraba crueles y absurdas hasta el punto que durante su vida, y señaladamente al dirigir la Academia General Militar en Zaragoza, se empeñó e n erradicarlas. Es sintomático que la primera consistió en que le escondieron sus li bros bajo la cama. Sus asignaturas favoritas, además del dibujo, eran la topografía y la historia política y militar, universal y sobre todo de España. El odio a las no vatadas se justifica porque una de ellas, muy arriesgada, provocó la muerte de uno de los alumnos. Precisamente al día siguiente de tan triste suceso se Para la vida y los estudios de Franco en la Academia de Toledo es importante l

a consulta al citado libro de L. Moreno Nieto y a la biografía de George Hills Fra nco, Madrid, San Martín, 1968. interpretó por primera vez el Himno de la Infantería (1908) debido a uno de los c ompañeros de promoción de Franco, el futuro maestro Fernando Díaz Giles. Es cierto que los profesores de la Academia de Infantería no solían analizar lo que hubiera sido conveniente la guerra de Ultramar contra los Estrados Unidos; que durante más de u na década era tema candente y muy enconado en España: pero consta que fueron llamado s a la Academia expertos e instructores militares japoneses para comunicar las i ncidencias de la guerra ruso-japonesa (más reciente aún que la de Ultramar) y no sólo estudiarlas sino aplicarlas en un supuesto táctico al que asistió el propio Rey don Alfonso XIII en marzo de 1908. En mayo de 1909 el joven Rey de España mandó personal mente la fuerza atacante, compuesta por un regimiento que tras una larga marcha nocturna desde su desembarco en la estación de Algodor se presentó por sorpresa ante el campamento de los Alijares, situado en las proximidades de Toledo frente por frente al Alcázar y defendido con éxito por la Academia desplegada como un regimien to. En la siguiente visita del Rey a la Academia para entregar los despachos a l os nuevos oficiales de la promoción anterior a Franco, ese mismo año, uno de ellos e ra el infante don Alfonso de Orleáns, que luego pasaría a Aviación (integrada hasta la República en el Ejército de Tierra) y primo del Rey, que se distinguiría al mando de la Brigada Aérea Hispana durante la guerra civil de 1936. Los jóvenes militares que iniciaban sus carreras en la primera década del siglo X X sentían, casi sin excepción, un profundo resentimiento contra los políticos a quiene s atribuían las responsabilidades del Desastre de 1898 y en ese sentido se interes aban vivamente por la evolución de la política, por las repercusiones que desde ella podrían afectar a las Fuerzas Armadas. Estaban encantados con la Ley de Jurisdicc iones promulgada en 1906 por un gobierno liberal, por la que se afectaban a la j urisdicción militar los delitos contra la Patria es decir, contra la bandera y la u nidad de España y contra las propias fuerzas armadas. No eran políticos aunque simpat izaban con la tradición liberal del Ejército cristalizada a lo largo del siglo XIX y se sentían más a gusto con gobiernos liberal-conservadores que con los liberal-radi cales aunque desde la incorporación de varios generales prestigiosos de la Restaur ación al partido liberal-progresista de Sagasta, el liberalismo radical tenía un gra n número de adeptos en el Ejército y también en la Marina. Aceptaban el pacto de Cánovas con los generales que favorecieron a la Restauración y daban por terminada la era de los pronunciamientos pero bajo ningún pretexto se mostraban dispuestos a conse ntir en un desmembramiento dex la Patria por los separatismos ni en agravios, ex teriores o interiores, a la bandera que habían jurado. Eran, por lo general, monárqu icos aunque algunos se inclinaban al republicanismo, que tenía detrás una importante , aunque minoritaria, tradición militar. Se interesaban por la política social como demuestra el libro publicado en 1907 por un capitán de ideas liberal-conservadoras , don Joaquín Fanjul Goñi, que colaboraría durante la República, como Franco, con el gob ierno católico de centro-derecha. El libro se titulaba Misión social del Ejército y en él expresaba su convicción, compartida por muchos militares, de que el Ejército no de bería ser nunca un instrumento del capital sino mantener su identificación con el pu eblo, del que en gran parte procedía. Durante los años 1907 y 1908 el nuevo líder libe ral-conservador, don Antonio Maura Montaner, dirigió un gobierno de singular capac idad y eficacia, que desarrolló una importante labor regeneracionista, aseguró el or den público y trató de frenar los brotes separatistas con una inteligente política aut onómica, mientras desplegaba una interesante política social que sintonizaba con las tesis de Fanjul. Este gobierno largo aprobó e inició el plan de reconstrucción naval qu e ya hemos citado y obtuvo la aceptación general de las Fuerzas Armadas por su equ ilibrada concepción democrática y sentido de la autoridad que consiguió también el apoyo de lo que Maura llamaba ciudadanía . Franco habló al autor de este libro en 1972 con m uy alta estima sobre este gobierno, que, sin embargo, desde el verano de 1909 su frió un acoso implacable de los liberales y las izquierdas coligadas con motivo de su decidida actitud ante el brote revolucionario de julio, denominado Semana Trág ica de Barcelona. LA REANUDACIÓN DE LA GUERRA DE ÁFRICA

El Ejército español había conseguido la pacificación de las cabilas próximas a la plaza de soberanía de Melilla (española antes que Navarra y antes que existiera el reino de Marruecos) después de los chispazos fronterizos que habían estallado en 1893. En 1909 el reino de Marruecos estaba regido por un Rey (llamado muchas veces Sultán e n aquella época) cuya autoridad no reconocían muchas veces las arriscadas cabilas (t ribus con circunscripción territorial) situadas al norte del reino, en las regione s del Rif (al oriente) Gomara y Yebala (en el centro-norte) y sobre la costa atlán tica. A primeros de julio de 1909 se habían producido cerca de Melilla graves inci dentes fronterizos entre las cabilas vecinas y fuerzas españolas encargadas de pro teger las comunicaciones de Melilla con las minas del Rif, que se iban a explota r en la comarca montuosa situada al sur de la ciudad española, sobre cuyas riqueza s minerales corrían toda suerte de informaciones sin excluir las leyendas disparat adas. La Compañía Española de Minas del Rif se había creado en 1908. Al margen de la aut oridad del Sultán un caudillo local, El Roghi, se imponía en la zona y había concedido autorizaciones de explotación minera a una compañía española y otra francesa. El norte de Marruecos, situado al sur del Estrecho de Gibraltar, era una zona estratégica m uy sensible por su posición geográfica y por la posible explotación de esas minas que realmente eran importantes, sobre todo de hierro. En aquella época de exacerbado i mperialismo, las potencias europeas consideraban la posibilidad de intervenir ec onómica e incluso militarmente en Marruecos, como harían bien pronto; entre ellas Es paña, por vecindad geográfica, Francia, por la proximidad de sus territorios de Arge lia, Inglaterra, porque la región cerraba el estrecho de Gibraltar y el Imperio al emán, que había llegado tarde al reparto de África y quería completar su presencia en es e continente. Todo este conjunto, muy complicado, de intereses económicos y estratég icos debe tenerse en cuenta para comprender el contexto exterior en que se desen volvía el norte de África desde principios de siglo hasta el fin de la segunda guerr a mundial, cuando el factor estratégico varió radicalmente. Los sucesivos gobiernos españoles desde principios de siglo miraban con crecien te aprensión que esos problemas norteafricanos podrían refluir sobre España, porque te mían nada menos que un nuevo Desastre que por desgracia al fin se produjo en 1921. Por eso el gobierno Maura ordenó al gobernador militar de Melilla, general Marina , que se opusiera por la fuerza a los desmanes citados, los cuales degeneraron p ronto en un alzamiento general -contra España y al margen de la autoridad del Sultán de las cabilas vecinas a Melilla, una vez desaparecido el mando del Roghi sobre la región minera. El general Marina pidió al gobierno el envío de veinte mil hombres p ara sofocar la rebelión y asegurar las concesiones mineras españolas. El gobierno Ma ura se mostró muy sensible a esa petición: la ciudad de Melilla jamás había sido tomada por enemigo alguno en cuatro siglos. El ministro de la Guerra, general Linares, el defensor de Santiago de Cuba en la guerra de 1898, ordenó la inmediata moviliza ción de reservistas en Madrid, Campo de Gibraltar y Cataluña, donde las unidades de intervención rápida. Tipo brigada, se encontraban mejor preparadas. En los dos prime ros acantonamientos no se registraron problemas; pero sí surgieron con fuerza en B arcelona, con intensa oposición al embarque de los reservistas (que con frecuencia eran hombres casados) que se incorporaron a esas unidades; y se organizaron en el puerto graves protestas e incidentes, con la participación, luego demostrada, d e agitadores revolucionarios pertenecientes a los grupos anarquistas y los parti dos republica no-radical y socialista. El capitán general de Cataluña, Santiago, tuv o que rechazar algunas veces sable en mano las violentas manifestaciones, coread as por plañideras que nada tenían que ver frecuentemente con los expedicionarios. Esta fecha de julio 1909 alcanza suma importancia en la historia de España y es clave para la trayectoria de Franco, que entonces terminaba su segundo curso en la Academia de Infantería de Toledo. Se iniciaba la última fase de la guerra de Esp aña en el norte de África, tras las dos fases anteriores de 1859 y 1893; la definiti va, que se mantendría viva, sangrienta y costosísima hasta su final feliz en 1927. P ara Francisco Franco la guerra de África significó, de pronto, aquello que más estimab a en la vida: su carrera militar. Y como consecuencia de la guerra de África estal ló también la Semana Trágica de Barcelona.

El general Marina, que ya había efectuado una operación positiva el 9 de julio, u na vez recibidos por mar los primeros refuerzos, desencadenó la contraofensiva con tra las cabilas rebeldes el 25 de julio de 1909. Su objetivo era tomar el monte Gurugú, que se yergue como una amenaza permanente sobre la ciudad de Melilla. Dos días después la brigada del general Pintos sufrió graves pérdidas frente al enemigo en e l barranco del Lobo, con muerte de su jefe, varios oficiales y muchos soldados. La brigada logró retirarse con orden pero aun así aquella primera derrota, grave per o muy exagerada, alarmó al gobierno y a la opinión española. El general Marina, ascend ido a teniente general, reorganizó su frente, distribuyó los cuantiosos refuerzos qu e el gobierno Maura le había enviado y reanudó con éxito notable su contraofensiva el 20 de septiembre. Aseguró el flanco derecho del frente y consiguió en el centro que la columna mandada por el coronel Miguel Primo de Rivera ocupase las crestas del Gurugú el 29 de septiembre. La campaña continuó hasta el 25 de noviembre de 1909 cuan do se logró la sumisión de las dos principales cabilas rebeldes, las de Beni Bu Ifru r (donde estaban las minas del Rif) y la de Beni Sidel. La ocupación de la zona de influencia de Melilla resultaba incompleta pero las cabilas se habían sometido, l a bandera española ondeaba en el Gurugú y la explotación y transporte del mineral qued aban aseguradas. Por el flanco derecho las tropas españolas controlaban las tarrez as situadas sobre la orilla derecha del río Kert, que discurre (cuando lleva agua) de sur a norte; en las proximidades de Melilla se había tomado la población de Nado r, sobre la Mar Chica y se había protegido la línea del ferrocarril minero con la oc upación de Zeluán (ver nuestra figura). Sin embargo, en los comentarios de los milit ares españoles esta primera campaña de Melilla, con resultar satisfactoria, no parecía suficiente. Hubiera sido necesario, según explicó el propio Franco muchos años después, asegurar mejor ya entonces el dom inio del foso natural para la defensa eficaz de Melilla, el curso del río Kert. Lo s militares españoles y por supuesto los cadetes de la Academia de Infantería adivin aron fácilmente que a la vista de las circunstancias de Marruecos y la situación est ratégica serían necesarias en un próximo futuro otras campañas. No se equivocaban. Pero cuando el teniente general Marina conseguía su objetivo primordial, el gob ierno de Antonio Maura había sido arrojado del poder como consecuencia de la Seman a Trágica de Barcelona. El período revolucionario se extendió entre el 25 y el 30 de j ulio de ese año 1909. Formaban el comité revolucionario representantes del republica nismo radical cuyo jefe (ausente) era el demagogo Alejandro Lerroux, que poco an tes había animado a los que llamaba sus jóvenes bárbaros a toda clase de desmanes, ent re ellos alzar el velo de las novicias para perpetuar la especie ; los socialistas y los anarquistas, que pronto fundarían la más importante central sindical española, l a Confederación Nacional del Trabajo CNT. Entre éstos había destacado por su adoctrina miento violento y su capacidad de agitación un maestro perteneciente a la Masonería, Francisco Ferrer Guardia, que ya había sido cómplice en el atentado de su correligi onario Mateo Morral que ensangrentó con su bomba en la calle Mayor de Madrid en 19 06 el cortejo nupcial de don Alfonso XIII y doña Victoria Eugenia. Ante la graveda d de la revuelta de Barcelona, donde la furia revolucionaria principal se dirigió contra la Iglesia y sus templos, el gobierno ordenó al capitán general la declaración del estado de guerra, que bastó para que la fuerza militar acabase con la rebelión. Los delitos relacionados con ella cayeron, por tanto, según la ley, bajo jurisdicc ión militar, que juzgó y condenó a muerte a cinco de los encausados entre los cuales e l más famoso fue Francisco Ferrer, fundador de la Escuela Moderna que no era tal e scuela sino un nido de anarquismo violento. La historiadora norteamericana Joan Connelly Ullmann, en un estudio sobre la Semana Trágica importante, pero muy compr ensivo con la revuelta, concluye que los sacerdotes y religiosos muertos fueron cuatro pero no menciona ni las bajas militares ni las civiles provocadas por la rebelión, que se concentró significativamente en las iglesias, residencias y prefere ntemente obras católicas de asistencia y educación que fueron incendiadas y llegaron a ochenta . El gobierno decidió no interferir en la actuación de la justicia militar y tras el consejo de guerra Ferrer y sus compañeros revolucionarios fueron fusilad os. No se presentó protesta alguna en Cataluña, aterrada por la explosión

J. C. Ullmann, La Semana Trágica. Barcelona, Ariel, 1972. revolucionaria. El profesor Miguel de Unamuno resumió el sentir de la opinión públi ca española al calificar a Ferrer como mezcla de tonto, loco y criminal cobarde y cr iticar acerbamente la terrible campaña que desencadenaron contra el gobierno de Es paña todos los malnacidos de Europa , se refería a todas las izquierdas revolucionarias y a toda la Masonería europea. El ruido y la furia resultaron tan ensordecedores que el joven rey Alfonso XIII, aconsejado por otras Cortes de Europa señaladamente la británica, tan vinculada a la Masonería, se asustó, cedió a la oleada de fango y ace ptó de Antonio Maura en octubre de 1909, una dimisión que el prócer liberal-conservado r nunca le había presentado. Maura quedó hundido por dentro y ya nuca se recuperó de a quella rotura del muelle real según su propia expresión. El Rey otorgó su confianza al p artido liberal, enemigo de Maura y concretamente a don Segismundo Moret, conocid o político miembro de la Masonería. Los dos grandes sucesos de 1909, la campaña de Mel illa y la crisis política por la Semana Trágica, afectaron vivísimamente a Francisco F ranco, que acababa de iniciar su tercer curso en la Academia de Toledo. Un compe tente militar profesional, el coronel José Villalba Riquelme, miembro de una impor tante dinastía castrense, fue director de la Academia de Toledo en este tercer cur so de Franco, después de haber desempeñado la jefatura de estudios en el primero. El coronel Villalba incrementó para este curso los ejercicios prácticos; los supuestos tácticos se organizaban diariamente y los alumnos de tercer curso actuaban en ell os con mando de fuerzas. En este tercer curso, especialmente duro, tuvo lugar la visita a la Academia del rey don Alfonso XIII en compañía del rey de Portugal don M anuel II. La marcha final del curso tuvo lugar en abril hasta El Escorial. Los 3 12 segundos tenientes de la XIV promoción de Infantería recibieron sus despachos en el patio del Alcázar después de la misa celebrada por el cardenal Aguirre, primado d e España. Franco no alcanzó un número muy lucido; el 251 de su promoción. Noventa y seis de sus compañeros encontrarían la muerte en la guerra de África y en la guerra civil española. Entre los compañeros de promoción de Franco que con él ingresaron aquel día en l a oficialidad del Ejército figuran su futuro ministro y capitán general Camilo Alons o Vega; José Asensio Torrado, importante general de la República en la guerra civil, asesor del primer ministro socialista Largo Caballero; el comandante de la Guar dia Civil Lisardo Doval, encargado por Franco de la represión en Asturias tras la revolución de octubre de 1934; el futuro jefe de la División Azul, Emilio Esteban In fantes; el futuro ayudante del general Mola, Fernández Cordón; uno de los primeros s ublevados de Melilla el 17 de julio de 1936, Darío Gazapo; Tomás Peire, diputado mil itar republicano y hombre de confianza de Juan March; los generales de la guerra civil en el bando de Franco Sáenz de Buruaga, Heli Rolando de Tella, Juan Yagüe Bla nco. En su cuadro de honor de 1950 la XIV promoción contaba con cuatro Laureadas y doce Medallas militares. Muchos miembros de la promoción, entre ellos Franco habían seguido el ejemplo de su coronel director y solicitaron un destino en África, don de volvían a recrudecerse las hostilidades. Pero de momento Franco recibió su primer destino en el regimiento de Zamora número 8, de guarnición en su ciudad natal del F errol. El 22 de agosto de 1910 se incorporó a su puesto en el cuartel de los Dolor es. Varios de sus compañeros de promoción habían caído ya en África durante el año 1911. El exdirector de la Academia de Toledo coronel José Villalba Riquelme había obtenido un importante destino en Melilla ese año, la jefatura del regimiento África 68, encarg ado de encuadrar y adiestrar a las nuevas unidades de Regulares Indígenas creadas por un brillante jefe de Caballería, el comandante Dámaso Berenguer Fusté. Varios de l os anteriores alumnos del coronel Villalba le escribieron para que les consiguie ra un destino en Melilla entre ellos Franco, su pariente Franco Salgado (de la s iguiente promoción de Infantería) y su amigo Camilo Alonso Vega. El coronel Villalba reclamó a los tres a principios de 1912, cuando otros cinco compañeros de promoción d e Franco habían muerto también en las operaciones del Kert. La orden les llegó a princ ipios de febrero de 1912; se les destina a Melilla en situación de excedentes, es decir, en espera de cubrir las bajas de oficial que se produjesen en el Regimien to África 68. El 14 de febrero Franco se despide de su madre y embarca con sus dos amigos en el mercante Paulina, que bajo un temporal les deja en La Coruña tras se is horas de travesía. Salen por tren hacia Madrid y trasbordan para Málaga. El 17 de febrero se presentan en la capitanía general de Melilla donde pronto les comunica n su destino inmediato; Franco y Alonso Vega al regimiento del coronel Villalba,

Franco Salgado al de Melilla número 59. El momento es trascendental en la vida de Franco. En África iba a comenzar, cua ndo acababa de cumplir diecinueve años, su carrera militar. Y esa carrera sería toda su vida.

Pero debemos esbozar la situación de las fuerzas españolas en África que encuentra el segundo teniente Francisco Franco cuando se incorpora a ellas en 1912. Tras e l fracaso del gobierno Moret, don Alfonso encarga la formación de un nuevo gobiern o liberal a un político ilustrado y eminente: don José Canalejas, que, por ser liber al, se siente obligado a proponer a las Cortes y forzar la aprobación (marzo de 19 10) de la famosa Ley del Candado, por la que los liberales, cuya bandera política principal era el anticlericalismo, pretendían restringir la intensa expansión de las órdenes y congregaciones religiosas en España. No era la primera vez, ni sería la últim a, que los liberales españoles atentaban flagrante-mente contra una de las liberta des más importantes, la de asociación y, además, la de enseñanza. La ley del Candado no funcionó hasta que la resucitó, muy empeorada, la segunda República; pero enconó las rel aciones del liberalismo radical español con la Iglesia católica, que por entonces cr eó contra ella una agrupación que alcanzaría gran importancia: la Asociación Católica Naci onal de Propagandistas, inspirada por el jesuita Ángel Ayala y dirigida por el jov en abogado del Estado don Ángel Herrera Oria, creador de instituciones católicas y f uturo cardenal de la Iglesia. Esta Asociación ha sido una de las dos grandes plata formas católicas para la vida pública creadas en el siglo XX (la otra es el Opus Dei ) y alcanzó una gran importancia durante la República, durante el régimen de Franco y para la transición a la democracia actual. Pero Canalejas no se quedó en la ley del Candado. Era sincero católico, con oratorio en su propia casa; planteó con acierto t odos los grandes problemas de España en un segundo gran bienio regeneracionista tr as el de Antonio Maura. Por desgracia su firme actitud contra una huelga ferrovi aria salvaje le acarreó el odio de los anarquistas que segaron su vida el 12 de no viembre de 1912, ante el escaparate de la librería de San Martín en la Puerta del So l. Él lo era todo en aquellos momentos dice un gran historiador . Todo desapareció con él . Entre ese todo figuraba el encauzamiento de la acción de España en África. Hoy, tra s el vuelco descolonizador que se produjo al término de la segunda guerra mundial, resulta muy fácil pontificar sobre los inconvenientes de que España se embarcase en una guerra colonial a fines de la primera década del siglo XX, cuando precisament e llegaban al paroxismo las ambiciones imperialistas, a las que se acababan de i ncorporar en 1898 los Estados Unidos a costa de España. Como potencia europea, aun que no de primer orden, y según la mentalidad de la época, España poseía indudables inte reses estratégicos en Marruecos y si ella no se encargaba de establecer un protect orado al otro lado del Estrecho, donde existían desde siglos antes dos plazas de s oberanía española, otras potencias, como estuvieron a punto de hacer Francia y Alema nia, se hubieran instalado allí sin duda, lo que ningún gobierno español de la época podía tolerar. El interés de España por ampliar su presencia en el norte de África se susci tó desde principios de siglo y se trazaron con Francia varios bosquejos para el re parto del territorio de Marruecos -donde reinaba algo semejante a la anarquía que p oco a poco fueron reduciendo la zona prevista para España, que al principio compre ndía buena parte del río Sebú con la ciudad de Fez. En la conferencia de Algeciras (en ero-marzo de 1906) se confirmó la entente cordiale entre Francia e Inglaterra y se esbozó de nuevo el reparto de influencias en Marruecos entre Francia (la región del sur, mucho más extensa y fértil) y España (la zona norte, el Rif, inhóspita y bravía). Tr as la primera campaña de Melilla concluida por el general Marina en 1909 Canalejas inicia una activa política militar en la prevista zona de influencia española y enc omienda al Ejército la ampliación de las zonas de seguridad de Ceuta (la plaza de so beranía frente al Estrecho) y Alcazarquivir (sobre la vertiente atlántica). Canaleja s había acompañado a los Reyes en su visita a la zona pacificada de Melilla. Allí conf irma a un relevante oficial adicto a su partido liberal, don Dámaso Berenguer, el mando de la nueva fuerza de Regulares indígenas. Por encargo de Canalejas un desta cado miembro del partido liberal, don Manuel García Prieto, negocia el tratado his pano-marroquí firmado en Paris el 12 de febrero de 1911 que le vale el título de mar

qués de Alhucemas y establece los límites de los protectorados de España y Francia sob re el reino norteafricano, con clara ventaja para Francia. Canalejas se anticipa al intento expansionista francés que trataba de asegurarse la comunicación del vall e del Sebú, eje de su protectorado, con la ciudad de Tánger desplazando así al protect orado español de la zona del Atlántico. Para evitarlo Canalejas ordena a la Marina u n desembarco en Larache que tiene lugar con éxito los días 8 y 9 de junio de 1911. D esigna jefe militar del nuevo territorio del protectorado a otro jefe de Caballe ría perteneciente a la misma promoción que Berenguer, el teniente coronel Manuel Fer nández Silvestre, que establece firmemente el dominio de España en esa zona gracias a su colaboración con el pintoresco bajá de Arcila, El Raisuni, protagonista de unas tormentosas relaciones con España durante la época siguiente, en la que actuó como el jefe marroquí más conocido del Protectorado, una vez eliminado el Roghi al comenzar la campaña española de Melilla en 1909. Impresionado por el alarde militar de España en el desembarco de Larache, el Imperio alemán se llama a la parte y envía a aquella costa al cañonero Panther para realizar una demostración frente al puerto vecino de Agadir. Con ello Alemania manifestaba sus intereses estratégicos en el norte de Áfr ica y acrecentaba la ya notable tensión internacional sobre la zona. Para rebajar esa tensión, que se considera como uno de los antecedentes estratégicos de la primer a guerra mundial, Francia accede a la ampliación de las colonias alemanas en África ecuatorial pero es España quien paga las consecuencias al reducirse su zona del pr otectorado de Marruecos al territorio cuya franja marítima corre desde el río Lucus al Muluya más una franja estéril al sur del río Draa. El 1 de octubre de 1910 el general Marina fue relevado al frente de la Capita nía General de Melilla por el general José García Aldave quien comprobó inmediatamente q ue la línea de cobertura de la ciudad española y las minas del Rif resultaba insufic iente para una defensa eficaz. El 24 de agosto de 1911 una agresión irregular sorp rendió a un destacamento militar topográfico español que trabajaba en Ras Medua, el su roeste de Melilla. Como respuesta, el general García Aldave preparó una nueva campaña para asegurar la pacificación del territorio, la denominada campaña del Kert. Esta e ra, a grandes rasgos, la situación militar de España en África cuando apenas se había in iciado la ocupación militar del territorio del protectorado asignado a España por lo s tratados internacionales. A la agresión contra la brigada topográfica siguió un períod o de alarmante excitación de las cabilas movido con toda probabilidad por los refer idos intereses estratégicos contrapuestos por lo que el general García Aldave decidió s ustituir la hasta entonces penetración pacífica en la zona por una campaña militar a l a que se incorporaría, una semana después de su llegada a Melilla, el segundo tenien te Francisco Franco. La bara a de Franco como personaje de comic: una anécdota de su vida como tenie nte de Regulares recogida por Editorial Rollán en 1963. La vida de Franco en sus mapas fundamentales; primer mapa, el territorio del protectorado español en Marruecos durante la estancia de Franco en África. El recorrido del avión de Franco de Londres a Tetuán en julio de 1936. Las dos zonas de la guerra civil después del Alzamiento de 1936. Capítulo 3: Las primeras campañas de Franco como oficial en África hasta su herida mortal 1912-1916 EL BAUTISMO DE FUEGO EN EL FRENTE EXTERIOR DE MELILLA Dividiremos, por claridad metodológica, la carrera militar de Franco, centrada en África, en tres capítulos. Dedicamos este primero a sus campañas como oficial desde 1912 hasta 1916 (segundo teniente, teniente y capitán) hasta su herida mortal en El Biutz y en 1916. El capítulo siguiente enmarcará su breve intermedio peninsular e ntre 1917 y 1920. El tercer capítulo (quinto de esta obra) reconstruye las actuaci ones y campañas africanas de Franco como jefe (comandante a coronel) entre 1920 y 1926, cuando fue ascendido a general y destinado a la Península. Esta distinción ent re las campañas de Franco como oficial y aquellas en las que actuó como jefe me pare

ce fundamental, por los motivos que explicaré en su momento. Así puede enjuiciarse c on mayor claridad el comportamiento militar de Franco durante la guerra de África, y lo que realmente puede exigirse del, desde la Historia, en cuanto a méritos y r endimientos estrictamente militares. Para completar cuanto hemos indicado ya sobre la situación militar en torno a M elilla en febrero de 1912 debemos añadir que la agresión contra el destacamento topo gráfico había marcado el comienzo de una hostilidad peligrosa dirigida por el cherif y caíd de la cabila de Beni bu Ifrur donde se enclavaban las minas del Rif y por l a que discurría el tramo final del ferrocarril minero a Melilla llamado Mohamed el Mizzian, cuya actitud soliviantó a su cabila y a las próximas con grave amenaza para las minas y para la propia seguridad de la plaza española de Melilla. Animado por el gobierno Canalejas, el general García Aldave pide nuevos refuerzos, entre los que llegan dos jefes muy distinguidos: el coronel Miguel Primo de Rivera, vetera no de África, y el comandante José Sanjurjo Sacanell que iniciaba pronto una carrera fulgurante en la zona del Protectorado que así empezaba a establecerse mediante l a ocupación militar, ya que la penetración pacífica había resultado imposible. Ahora, en el otoño-invierno de 1911, la harca irregular, pero muy aguerrida del Mizzian ata có constantemente a toda la línea española desde las terrazas del Kert hasta su centro en Zeluán. El regimiento África 68, con los Regulares a vanguardia, llevó el peso de la defensa en Ras Media, base de la posición española sobre la orilla derecha del Ke rt, y la artillería de la Escuadra española intervino con eficacia en los combates. Para sus nuevas operaciones en enero de 1912 el general García Aldave contaba y a con un nuevo jefe de Estado Mayor muy prestigioso, el general Francisco Gómez Jo rdana. En la zona central del frente defensivo y sobre la misma línea del ferrocar ril las fuerzas españolas ocuparon y fortificaron el zoco de Monte Arruit, desde d onde se abren al sur los llanos del Garet, escenario de la inmediata campaña contr a el Mizzian. El regimiento África 68 acampaba entonces en Tifasor, sobre las terr azas de la orilla derecha del Kert, en el extremo derecho de la línea defensiva es pañola. El 24 de febrero de 1912 el segundo teniente Francisco Franco se incorpora a ese campamento donde vivaquea durante la noche La táctica militar española en la guerra de África no se aprendía fácilmente en los lib ros; venía impuesta por la naturaleza y comportamiento del enemigo. Los combatient es del Rif eran irregulares pero dotados de un alto valor personal, certeros en el tiro, muy bien dotados para la infiltración y la guerrilla. El ejército español pos eía una notable tradición guerrillera desde la guerra de Sucesión a principios del sig lo XVIII y la guerra de la Independencia a principios del XIX. En esta fase de l a guerra de África la línea española se establecía mediante posiciones avanzadas o bloca os, no de forma continua, lo que facilitaba las penetraciones del enemigo. Hasta después de la retirada de Xauen en 1924 no se adoptó la norma de mantener un frente continuo y no ceder un palmo de terreno ocupado. Naturalmente que a Francisco F ranco, como oficial y como jefe que, además, siempre actuó en unidades de combate y nunca en el Estado Mayor, no cabía exigirle capacidad estratégica ni cualidades de o rganización táctica general que rebasaran el ámbito propio del mando de unidades. A mediados de marzo de 1912 Francia está ya iniciando la ocupación y control mili tar de su zona de protectorado en Maruecos, con posibilidad, según consideraban el gobierno y el mando militar español, de rebasar los límites de la zona adjudicada a España. El 19 de marzo la harca del Mizzian, muy reforzada y pertrechada, según se creía en Melilla, por los intereses mineros competidores de España, desencadena un d uro ataque en el sector central de la línea defensiva española defendido por las fue rzas del general Navarro. Para el segundo teniente Franco esa fecha reviste un c arácter muy especial. Al frente de una sección integrada en una pequeña columna interv iene en un reconocimiento a vanguardia sobre la orilla derecha del Kert. La colu mna debe sostener un fuego nutrido contra una agrupación irregular del enemigo. La acción carece de importancia y nadie la reseña públicamente. Pero para Franco constit uye un recuerdo imborrable; es su bautismo de fuego.

El 23 de marzo el general García Aldave pone en marcha el plan diseñado por el ge neral Jordana para rematar la campaña. Dispone de seis columnas, con once mil homb res, dos mil trescientos caballos, veinte cañones y dieciséis ametralladoras. El obj etivo era destruir la harca del Mizzian pero no se logró; la resistencia enemiga r esultó enconadísima y los irregulares rifeños se concentraban sobre un punto para reti rarse después a quebradas o barrancos que conocían como la palma de la mano. Las baj as españolas, muy cuantiosas, provocaron una dura reacción de la prensa contraria a la guerra, que se permitía dar lecciones al Ejército y pronosticar que el dominio mi litar de la prevista zona española sería imposible. Los gobiernos, sobre todo los li berales, solían mostrarse muy sensibles a este tipo de comentarios y el general Al dave recibió la orden de suspender su empeño ofensivo. Así se hizo mientras la harca e nemiga cantaba victoria. El regimiento África 68, en el que Franco mandaba una sección, había participado en las frustradas operaciones ahora canceladas y regresó luego a su acantonamiento e n Ras Medua, donde mantiene su actividad frente a un enemigo que recrudece sus a gresiones. A mediados de mayo el gobierno vuelve de su acuerdo y autoriza de nue vo al general García Aldave a reemprender su ofensiva contra la harca enemiga. El 30 de marzo el sultán Muley Hafid se había visto obligado a legalizar el protectorad o francés, regido pronto por un residente de gran prestigio, el general Lyautey. E spaña deseaba negociar un acuerdo semejante desde una posición de fuerza y para ello emprenden de nuevo la marcha contra el enemigo las columnas de Melilla, el 11 d e mayo. El 14 de ese mes, bajo la dirección personal de García Aldave, las columnas se empeñan en una batalla de envergadura contra la harca del Mizzian. Es la primer a vez que los Regulares de Melilla participan en una operación importante y lo hac en a satisfacción del mando. Varias figuras militares que alcanzarían importancia en el futuro intervienen en esta acción. El teniente coronel Berenguer dirige la acc ión de los Regulares, cuyo mando directo ostenta, para sus tres escuadrones de cab allería, el comandante Miguel Cabanellas Ferrer; una de sus secciones está a las órden es del teniente Núñez de Prado. Dirige las compañías de Regulares de a pie el comandante José Sanjurjo Sacanell y entre sus oficiales combate el teniente Emilio Mola Vida l. El regimiento África 68 forma dentro de la columna del general Navarro y cumple su misión de apoyar a los Regulares. El teniente Samaniego carga con su sección de caballería indígena contra el grueso de la harca enemiga incluso cuando ha recibido un balazo en la cabeza. El capitán Fernández Pérez se hace con el mando de la fuerza q ue ha perdido a dos oficiales y uno de sus hombres consigue terminar con la vida del jefe enemigo, que resulta ser el temido Mohamed El Mizzian. Con su desapari ción la harca se desbanda, termina la batalla y la campaña y salvo algunos encuentro s menores reinará la paz en la nueva línea alcanzada por las tropas de Melilla hasta que acabe la primera guerra mundial. El escenario de los combates se va a trasl adar a otras zonas del Protectorado. Mientras tanto el 13 de junio de 1912 el se gundo teniente Francisco Franco recibe el primero y único de sus ascensos por anti güedad, al grado de teniente, con el que continúa adscrito a su regimiento África 68. Cuando comprendió que en la nueva comandancia general de Melilla le esperaban poca s oportunidades de acción pidió y obtuvo el traslado a la zona central del protector ado. EL TENIENTE FRANCO EN LAS CAMPAÑAS DE TETUÁN Poco después de terminarse la pacificación de la zona de influencia española en tor no a Melilla se producía la trágica desaparición del jefe del gobierno liberal y regen eracionista, José Canalejas, el 12 de noviembre de 1912. El mejor historiador españo l que estudia esta época, profesor Jesús Pabón, concluye con acierto indudable al resu mir los meses siguientes: Estos meses, muchas veces historiados como una sucesión d e días sin importancia, constituyen, a mi ver, una hora histórica de la máxima signifi cación... porque en torno al primer gobierno Romanones... se liquida la Restauración : Este gravísimo suceso ocurre por la El contexto histórico en que se enmarca la guerra de África está magistralmente expu esto por J. Pabón en Cambó, Barcelona, Alpha, 1952. Para las campañas de Marruecos es

recomendable C. Martínez de Campos España bélica, siglo XX. Marruecos Madrid, Aguilar, 1972. desintegración de los dos grandes partidos, liberal y conservador, en diversas familias desunidas sin jefatura reconocida por todas ellas. La crisis de la Rest auración desembocaría fatalmente en la dictadura del general Primo de Rivera en sept iembre de 1923. Esto no significa desdeñar los indudables méritos del conde de Roman ones en su primer gobierno, que dura hasta octubre de 1913; la creación de la dire cción general de Seguridad, el acercamiento de don Alfonso XIII al mundo de la cul tura, la conclusión el 27 de noviembre de 1912 del acuerdo definitivo con Francia sobre la delimitación de las zonas de protectorado en Marruecos. El Reino Unido ap rueba esta presencia-recortada de España para que no fuera Francia la única potencia dominante en el Magreb, del que quedaba excluida Alemania. Pero esta fijación defi nitiva de las zonas del protectorado exigía que España, como empezaba a hacer Franci a, asegurase su control sobre la suya, mediante la penetración pacífica si era posib le y en caso contrario, más que probable, a través de la ocupación militar. Se trataba de intereses estratégicos mucho más que simplemente económicos; en aquella época y en t al contexto España, con su gran tradición africana, tenía que hacer lo que hizo, aunqu e desde cómodos observatorios del siglo XXI se intente proponer una historia-ficción más o menos amañada. El 15 de abril de 1913 el teniente Francisco Franco recibe la orden de incorp orarse, como había solicitado, a las fuerzas de Regulares indígenas de Melilla. A lo s pocos días toma el mando de una sección de estas tropas en el campamento de Sebt y empieza a aprender la convivencia, no siempre fácil, con estos soldados valerosos , pero de idiosincrasia tan diferente a los españoles de la Península, si bien no po cos de ellos eran de nacionalidad española. El 19 de febrero anterior el gobernado r de Ceuta, general Felipe Alfau, consigue un objetivo muy esperanzador; ocupa c on sus fuerzas, pero pacíficamente, la ciudad de Tetuán, que sería la capital del prot ectorado español. El Ejército de doña Isabel II al mando del general O Donnell, había conq uistado esta ciudad tras una campaña admirable en la que se habían distinguido los v oluntarios del País Vasco y de Cataluña, pero Inglaterra no había permitido la permane ncia de España en ella, que ahora toleraba. El 2 de abril el general Alfau era nom brado primer alto comisario de España con sede en Tetuán, donde el 20 del mismo mes recibió solemnemente al nuevo jalifa representante del Sultán en la zona, Muley el Meh dí, designado a propuesta de España por el nuevo sultán Yusuf, hermano del anterior Mu ley Hafid que se había visto obligado a renunciar por su aceptación forzosa del prot ectorado de Francia y España. El nombramiento de jalifa sentó muy mal al hasta enton ces aliado de España, abreviadamente llamado El Raisuni, bajá de Arcila y señor de Ben i Arós, trapisondista insigne que controlaba las cabilas en torno a Tetuán y a Ceuta con lo que se veían bajo permanente amenaza las comunicaciones entre ellas y con Tánger, Larache y la zona francesa. La penetración económica del Imperio alemán era inte nsa en aquellos años precedentes a la Gran Guerra tanto en el norte de África como e n Oriente Medio y el Raisuni incrementó su ya cuantiosa fortuna con el oro alemán, l o que le permitió crear serias dificultades a España en torno a esas comunicaciones. En consecuencia la Alta Comisaría de España en la zona norte de Marruecos se vio ob ligada a organizar varias campañas para salvaguardar las comunicaciones de Tetuán, c uya fase más virulenta tuvo lugar entre los años 1913 y 1915, pero que después continu aron de forma intermitente hasta la insurrección general del Rif durante los años ve inte. Dentro de la política general española para la penetración en la zona de protectora do, el teniente coronel Manuel Fernández Silvestre, comandante en jefe del sector occidental y atlántico Larache-Alcazarquivir, afianza allí el dominio español y trata de ampliarlo tierra adentro, por lo que ya en 1913, ascendido a coronel, choca i nevitablemente con su antiguo aliado El Raisuni, cada vez mas entregado al servi cio de los intereses alemanes. Los dos celebraron una tormentosa entrevista de l a que salieron decididos a luchar a muerte; allí pronunció el Raisuni su famosa inve ctiva a su rival sobre el mar y el viento; Tú eres el viento que todo lo agita, yo soy el mar que se alza con él pero permanece siempre en su sitio . Ni uno ni otro po dían sospechar entonces que terminarían trágicamente a manos de un mismo enemigo en es

cenarios diferentes. El Raisuni desencadena la insurrección de las cabilas situada s entre Ceuta, Tetuán y Larache lo que obliga a los españoles a realizar un extraord inario esfuerzo de guerra y mantener en el norte de África más de ochenta mil hombre s con gastos que superaban con trescientos millones de pesetas la tercera parte del presupuesto nacional. El coronel Fernández Silvestre conseguía remontar poco a p oco la cuenca del río Lucus con lo que obligaba al Raisuni a retirarse sobre la zo na montañosa del interior, donde sería muy difícil perseguirle. Entre esta zona occide ntal y la central, situada entre Tetuán y Ceuta, no existía comunicación posible como no fuera por mar. Sin embargo, el alto comisario, general Alfau, creía más urgente a segurar las comunicaciones de Tetuán con Tánger, ya virtualmente internacionalizada, y Ceuta. La primera debía hacerse a través del escabroso puerto de montaña dominado p or el Fonda de Am Yedida (posada de la Fuente Nueva) para llegar a la cual era necesario tomar la posición clave de Laucien, como había conseguido el general O Donne ll durante la guerra de África de 1859. La comunicación con Ceuta debía asegurarse por el curso del río Martín, desde cuya desembocadura discurría junto al mar la carretera que conducía a Ceuta por Los Castillejos. Esta era la ruta seguida por las fuerza s del general Prim durante aquella guerra africana del siglo XIX. La táctica española consistía en el establecimiento de posiciones aisladas los famos os blocaos que marcaban los puntos mejor defendibles junto a los caminos y se enl azaban por columnas de aprovisionamiento. Un sistema costoso pero acreditado, qu e ya había utilizado Inglaterra en su guerra surafricana contra los boers y ahora empleaba también Francia para penetrar en los sectores más difíciles de su protectorad o. El 11 de junio de 1913 dos columnas españolas convergían con éxito y se apoderaban de la posición clave de Laucien, camino del Fonda y de Tánger, a las órdenes del coro nel José García Moreno y el general Miguel Primo de Rivera. El ya general Dámaso Beren guer, más moderno que Silvestre y rival suyo en las campañas africanas y en el favor del Rey, llama a sus Regulares de Melilla en previsión de las duras campañas que ya se habían iniciado. Con ellos llega el teniente Francisco Franco, que embarca par a Ceuta el 17 de junio y se incorpora con su sección al campamento de Laucien el día 21. Su tabor de Regulares-unidad tipo batallón actúa en varias columnas con centros en Laucien y Tetuán. La actividad de los Regulares se hace cada vez más intensa y se adaptan cada vez mejor al tipo de guerra irregular que el enemigo plantea. Sin embargo, la acción más importante de la guerra en la primera quincena de julio tiene un escenario diferente; el día 7 un harca del Raisuni, que no perdonaba a Silvest re su rechazo, ataca de frente y por sorpresa la ciudad de Alcazarquivir, centro del sector occidental del protectorado. La sorpresa está próxima a alcanzar el éxito cuando la harca se ve frenada y derrotada por una carga suicida de setenta y tre s jinetes españoles a las órdenes de un alto y arrojado comandante de tumultuosa his toria: don Gonzalo Queipo de Llano. Venía desde las filas de tropa: un año antes del nacimiento de Franco era educando de trompeta precisamente en El Ferrol y luego obtuvo dos ascensos por méritos de guerra en Cuba. Los personajes que años más tarde serán claves en la vida de Franco multiplican su presencia en las campañas de África. Poco después de la hazaña de Queipo el creador de la Aviación militar española, general Vives, llega a Tetuán donde instala la primera base aérea española en Sania Ramel, aeród romo que sería vital para la trayectoria posterior de Franco. El Servicio de Aeronáu tica del Ejército se había creado por decreto de 28 de enero de aquel mismo año; el 18 de octubre el capitán Alfredo Kindelán Duanuy recibe orden de formar la primera esc uadrilla de apoyo al ejército de África y el 2 de noviembre despega el teniente Alon so, miembro de esa escuadrilla, para realizar el primer servicio de guerra de un a unidad aérea en la historia de España y del mundo. El primer bombardeo de esa hist oria, con bombas arrojadas a mano desde el avión, tiene lugar el 8 de noviembre so bre posiciones enemigas en el sector de Laucien. El teniente Franco participaba en continuas acciones de guerra precisamente e n ese sector desde su llegada. El 13 de agosto se encontraba en Tetuán, donde unos días antes el gobierno había llamado al general Alfau para sustituirle por el anter ior jefe de la campaña de Melilla, general Marina, como Alto Comisario y general e n jefe; A la llegada de refuerzos Marina consigue reorganizar la campaña con 22.00 0 hombres a sus órdenes. El 27 de septiembre Franco participó con su sección de Regula

res en los durísimos combates que se riñeron en torno a la llamada posición Izarduy, e n honor del jefe que la tomó y quedó después tendido en tierra de nadie. Los Regulares hicieron cuestión de honor recuperar su cadáver lo que consiguieron. Ello valió la pr imera mención expresa al teniente Francisco Franco en un parte del mando superior. Pero el Raisuni incrementaba su agresividad, incitado por sus patrocinadores ge rmánicos, desde que el presidente de Francia, Poincaré, se entrevistaba en términos ex tremadamente cordiales con el rey Alfonso XIII en Madrid entre los días 7 y 8 de o ctubre. Cuatro días después el general Marina inauguraba el ferrocarril estratégico de Tetuán a la desembocadura del Río Martín. El teniente Franco continúa hasta fin de año su s servicios en primera línea, sin preocuparse por los avatares de la alta política e spañola, evidentemente condicionada por la situación internacional que cada vez se c omplicaba más. El 25 de octubre de 1913 caía el gobierno liberal del conde de Romano nes y todo el mundo esperaba que el Rey llamase a don Antonio Maura. No fue así. D esde algún tiempo antes se había configurado en el partido liberal-conservador de Ma ura una disidencia encabezada por otro notable político, don Eduardo Dato Iradier, denominada de los idóneos porque, ante la incompatibilidad reiterada de los liber ales y las izquierdas contra Maura, ellos se consideraban, de acuerdo con el Rey , como idóneos para turnar con el partido liberal. Dato era un político dotado de gr an sentido, que combinaba su condición de palatino con la de abogado de grandes em presas y también con un profundo y demostrado sentido social. Sin embargo, su abie rta disidencia enconó todavía más la crisis interna de los partidos y del propio régimen . En cuanto a su política africana Dato aprobó el plan general de incursiones trazado por Marina sobre las mismas pautas de Alfau, y que consistía básicamente en mantener abiertas las comunicaciones de Tetuán con Ceuta y con Tánger e incluso, cuando se p udiera, con Larache, mientras la zona de Melilla se mantenía en paz. Así se entró en el nuevo año 1914, que contemplaría la preparación y el estallido de lo que hoy llamamos Primera Guerra Mundial y entonces se conoció como Gran Guerra. L as consecuencias para el mundo y también para España resultarían más decisivas que lo qu e nadie entonces podía prever. Para el teniente Franco el primer día importante de e se nuevo año fue el 1 de febrero, cuando dos columnas, al mando de los generales B erenguer y Torres, bajo la órdenes del general Aguilera, salen de Tetuán para rechaz ar a una fuerza enemiga que se había aproximado peligrosamente a la ciudad. Se pro duce un encarnizado combate en Beni Salem, considerado por el general Breneguer, jefe de la columna en que marchaba el teniente Franco, como la consagración defin itiva de los Regulares. El comandante Sanjurjo recibe la Laureada por su heroico comportamiento en este encuentro y al ascender por méritos de guerra a teniente c oronel su carrera sale del estancamiento de muchos años hasta apuntar a las cumbre s. El capitán Emilio Mola había participado en esta acción a las órdenes directas de San jurjo. El general Dámaso Berenguer se fijó expresamente en la actuación del teniente F ranco y le propuso para el ascenso a capitán, que se le concedió un año más tarde pero c on antigüedad del 1 de febrero de 1913, fecha de la acción de Beni Salem. LA GUERRA DE MARRUECOS ANTE LA GRAN GUERRA EUROPEA Durante los meses siguientes la actuación del teniente Franco con su sección de R egulares consistió en una monótona y peligrosa sucesión de marchas y misiones diversas de aprovisionamiento y enlace entre las diversas posiciones que jalonaban la co municación desde Tetuán a Laucien y Río Martín. Sólo llegaban a Tetuán ecos lejanos de la ac tividad política española pero se seguían con interés y alarma las cada vez más graves not icias sobre el próximo enfrentamiento de las naciones europeas que, pese a los pre visibles horrores de una guerra general, gozaba de un apoyo en la opinión pública de los países que iban a dirimir con las armas sus diferencias económicas y estratégicas . Menos resonancia tuvo en el modesto escenario de la pequeña guerra que España sost enía en África la conferencia pronunciada en el teatro de la Comedia de Madrid por e l joven profesor de filosofía don José Ortega y Gasset con el título Vieja y nueva polít ica donde se apuntaba el abismo creciente entre la España vital y la España oficial . D e allí surgió la Liga de Educación política española, que agrupaba a nombres luego famosos como Américo Castro, Salvador de Madariaga, Manuel Azaña, Ramón Pérez de Ayala y Fernan do de los Ríos. Sin embargo, Ortega, que preconizaba la regeneración de España a través de la acción cultural y la autentificación de la política, se mantenía en línea monárquica p

or una razón convincente: Somos monárquicos porque España lo es . Un observador inmediato , el historiador Melchor Fernández Almagro, comentará escéptico: El designio paró en metáfora y como quedó sin llenar el perfil de los propósitos...la gente no llegó a saber el modo de lograr la España vertebrada y en pie que postuló Ort ega en colaboración con muchachos de claro porvenir La guerra de Marruecos parece sumirse en una extraña inactividad cuando el 28 d e junio cae asesinado en Sarajevo el archiduque de Austria Francisco Fernando co n su esposa, abatidos por el activista serbio Prncip. La chispa balcánica prende l a Gran Guerra, que habían hecho inevitable las tensiones del imperialismo económico y político de Inglaterra enfrentado al de Alemania, la exacerbación nacionalista de los pueblos europeos y la ineficacia de la Segunda Internacional socialista, cuy o propósito fundamental era evitar que los trabajadores de Europa se enzarzasen un os contra otros encuadrados por sus propios gobiernos burgueses. Pero los social istas se alinearon en todas partes menos en el Imperio ruso, excepción que no suele subrayarse con sus gobiernos belicistas y las movilizaciones generales anunciaba n la inminencia de la guerra general entre los Imperios centrales europeos Aleman ia y Austria contra las naciones occidentales, Francia e Inglaterra, a las que se unió el Imperio zarista de Rusia. A primeros de agosto de 1914 la que primero fue guerra europea y luego Primera Guerra mundial estaba en marcha. Italia entró en l a alianza occidental, como Japón, tradicional enemigo de Rusia. Turquía intervino co mo aliada del Imperio alemán. Los Estados Unidos simpatizaban generalmente con los aliados pero de momento quedaron al margen de la guerra por sus intensas presio nes internas de signo aislacionista. España, aislada también internacionalmente según venía ocurriendo desde principios del siglo XIX, quedó al margen de la Gran Guerra q ue proyectó su sombra sobre la pequeña guerra de España en el norte de África. Los suces ivos gobiernos españoles mantuvieron lúcidamente una neutralidad muy beneficiosa par a la nación y exigieron a los altos mandos del protectorado que se limitasen a peq ueñas operaciones militares defensivas que no provocasen conexión alguna con la guer ra general de Europa. En cuanto a la opinión pública española se dividió en dos bandos e nfrentados con singular encono. La familia real estaba naturalmente dividida ent re el Rey y su esposa inglesa, favorables a los aliados, y la Reina María Cristina de Austria, partidaria de los Imperios centrales pero la resultante fue una exq uisita neutralidad que patrocinó iniciativas humanitarias y benéficas a favor de los heridos, prisioneros y necesitados de uno y otro bando, como fue expresamente r econocido por todo el mundo dentro y fuera de España. El partido liberal en pleno, más los republicanos y socialistas se mostraban como aliadófilos, lo mismo que un s ector importante del partido conservador como Juan de la Cierva y Peñafiel; otros conservadores se inclinaban a favor de Alemania, como el partido carlista y los tradicionalistas cuyo verbo era el tribuno don Juan Vázquez de Mella. El problema principal para la zona española del protectorado de Marruecos, e in cluso para la francesa, se encontraba en la ciudad internacionalizada de Tánger, p róxima al Estrecho de Gibraltar y convertida en auténtico nido de espías alemanes, sus aliados turcos, sus enemigos franco-británicos a lo largo de la Gran Guerra. El obj etivo principal de los alemanes consistía en indisponer contra España y contra Franc ia a las cabilas de la región occidental de uno y otro protectorado, lo que realzó n aturalmente el poder del Raisuni dedicado a favorecer los intereses germánicos. Un grupo comercial y capitalista alemán, dirigido por los hemanos Mannesmann, se había permitido pedir negociaciones con el gobierno español en nombre del Raisuni para conseguir la retirada de España a sus plazas de soberanía mientras ellos convertían al protectorado español en una especie de protectorado económico alemán. El gobierno Dat o rechazó airadamente tales pretensiones pero tomó buena nota de ellas, que le hicie ron comprender muchas de las dificultades sufridas por España a manos de la acción d el Raisuni en la zona occidental del protectorado. En medio de toda esta sucesión de intrigas secretas y acciones de agitación el teniente Francisco Franco recibe e l ascenso efectivo a capitán el 15 de marzo de 1915 tras nuevas intervenciones ace rtadas en misiones dentro de la columna Berenguer. Sólo tiene que esperar una sema na para que se le asigne un nuevo destino en Tetuán: el mando de la tercera compañía d el tercer tábor perteneciente al grupo de Regulares de Melilla número 1. En la zona

occidental del protectorado la campaña parece haberse convertido en una guerra par ticular entre el Raisuni y el comandante general español, general Manuel Fernández S ilvestre. Como éste no hace caso de las instrucciones del alto comisario Marina, q ue deseaba llegar a un acuerdo con el rebelde líder marroquí para asegurar la pacifi cación de la zona central, Silvestre es destituido de su mando aunque el Rey, para suavizar esta decisión, le llama a Madrid como ayudante suyo. Marina deja también l a Alta Comisaría para la que se nombra al general Gómez Jordana, quien intentará pacta r con el Raisuni, convertido así en árbitro de la zona central y occidental española. Las gestiones de Jordana tienen éxito y después de una visita del alto comisario esp añol al residente francés Lyautey en la zona fran francesa el nuevo jefe del sector occidental español, general Villalba, se entr evista con el Raisuni y le convierte nuevamente en aliado de España. Con ello cesa (aunque no para siempre) el enconamiento de las cabilas hasta entonces agitadas por el rebelde y las tropas españolas pueden establecer nuevos jalones en su camp aña para la protección de las comunicaciones internas del protectorado. El 29 de nov iembre de 1915 el tábor donde se encuadra la compañía de Franco pasa a integrarse, con el numero 2, en el segundo grupo de Regulares de Melilla. La junta de oficiales del tábor designa a Franco como cajero de campaña. Comenzaba con ello la experienci a administrativa de Franco en África. Poco después, el 8 de diciembre de 1915 cae el gobierno idóneo de Dato ante la dura obstrucción de la izquierda y le sustituye el al iadófilo conde de Romanones en su segunda etapa de gobierno. En España la neutralida d ante la Gran Guerra ha reportado beneficios muy considerables en la fabricación y comercio de suministros a los beligerantes; pero el incremento de los salarios y la bonanza económica provocan una considerable inflación que eleva el precio de l os artículos de primera necesidad y afecta cada vez con mayor intensidad a las cla ses más humildes y a la clase media, entre ella a los funcionarios civiles y milit ares. Son las primeras manifestaciones de la llamada crisis de las subsistencias q ue alcanzará graves efectos a partir de entonces hasta el estallido de 1917. Las r eformas planteadas por el ministro de la Guerra general Echagüe a fines de 1915 so n también causa de serias controversias en el interior del Ejercito mientras una b reve estadística publicada por entonces expresa mejor que cualquier comentario el riesgo que sufrían los oficiales destinados en África: de los primeros 42 jefes y of iciales encuadrados como voluntarios en las Fuerzas Regulares indígenas de Melilla en los años 1911 y 1912 sólo quedan siete ilesos a fines de 1915, es decir, la sext a parte. Uno de ellos es el capitán Francisco Franco. UNA HERIDA MORTAL ANTE LAS COLUMNAS DE HÉRCULES Una vez conseguido el acuerdo con el Raisuni, que resistió satisfactoriamente l as pruebas a que le sometió el mando español, el general Jordana decidió asegurar el d ominio de los caminos de Tetuán a Tánger y de Tánger a Larache, para completar la cobe rtura de las comunicaciones de la capital del protectorado. Planteó con este objet ivo la campaña del año 1916, un año en que para la Gran Guerra tiene un nombre: la ter rible batalla de Verdun. El Ejército imperial alemán, frenado tras su inicial avance fulgurante en la campaña del Mame, decidió superar la forzada inactividad impuesta por la guerra de trincheras y concentró frente a la plaza de Verdun al mayor conju nto artillero de la Historia hasta entonces, dos mil piezas que desde el 21 de f ebrero de 1916 vomitaron un infierno de fuego contra la ciudad que desde unos días después fue defendida con una inverosímil pero eficacísima línea de fortificaciones por el general Philippe Pétain. La ciudad resistió y en el mes de octubre el Ejército fra ncés recuperó la iniciativa y la batalla terminó con el año, a costa de medio millón de ba jas aliadas y trescientas cincuenta mil alemanas. Desde entonces el prestigio de l Ejército francés creció ante los observadores del Ejército español y entre el estamento intelectual, que ya era mayoritariamente aliadófilo. A la sombra lejana de Verdun, España y Francia procuraron reforzar su posición en sus respectivos protectorados d e Marruecos durante aquel año 1916. La actitud favorable del Raisuni se comprueba cuando a mediados de abril la c omandancia de Larache consigue reabrir la carretera desde esa ciudad a Tánger, obs taculizada por algunas bandas irregulares subvencionadas por los agentes alemane

s. El alto comisario y general en jefe, Jordana, ordena al general Villalba la o cupación de una serie de posiciones que dominan los accesos a la ciudad internacio nal; el objetivo se cumple el 1 de mayo. Entonces Jordana prepara con su Estado Mayor una operación de mayor envergadura contra la cabila rebelde de Anyera, que h abita en el vértice superior de la zona española desde las afueras de Ceuta hasta la playa de El Ksar Seghir (Alcazarseguer) por la costa. Estos belicosos cabileños, que ya opusieron furiosamente a la dominación romana, vivían en una región encrespada de barrancas y lomas de altura desigual (llamadas cudias) desde la que se domina ban tanto el camino de Ceuta a Río Martín y Tetuán como el de Ceuta a Tánger. El mando e spañol ordenó la ocupación total del territorio adverso, cuyo principal núcleo defensivo se alzaba entre los poblados de El Biutz y Am Yir, separados por dos lomas, una de ellas conocida como Loma de las Trincheras, bien defendida. Este núcleo está sit uado hacia el centro del entrante norte de África que da al Estrecho y separa, por tanto, el Atlántico del Mediterráneo. Desde él pueden dominarse los dos caminos de Ce uta a Tánger y a Tetuán. Estuve en este sector durante una detenida visita al antiguo protectorado esp añol de Marruecos en 1971. A media altura en la Loma de las Trincheras se alzaba u n pequeño monolito en el lugar exacto donde Franco cayó mortalmente herido. Desde es e punto, en días muy claros como el que yo disfruté allí, se puede comprender lo que l os antiguos querían significar con su denominación de Columnas de Hércules a los dos a ltos promontorios que se alzan en la orilla sur el Monte de Muza, Yebel Musa y en la española, el monte de Tári , Gibraltar. Asegurado el dominio de los accesos a Tánge r, el mando español dispuso la ofensiva contra este reducto de Anyera. El 12 de ma yo de 1916 el Raisuni acampó en el Fonda de Am Yedida, punto más elevado del camino Tetuán-Tánger, seguido por una fuerza española al mando del coronel Barrera que cruza por primera vez por aquel camino de principio a fin. En la campaña europea simultán ea el ejército austriaco desciende por el Isonzo y amenaza con aniquilar al italia no mientras el ejército de Rusia avanza sobre los Imperios centrales cuya fuerza c onjunta se pone al mando del general Hindenburg, que le derrotará por completo. En el modesto, pero para España vital escenario del Fonda la columna de Larache (ge neral Villalba) enlaza con las de Tetuán y Ceuta, al mando del general Miláns del Bo sch. Son tres mil hombres que desfilan ante el Alto Comisario Jordana y su nuevo aliado el Raisuni, cuyo concurso facilita en gran medida las operaciones. La of ensiva principal contra la cabila de Anyera se desarrolla durante el mes siguien te. Las fuerzas de Larache, a las órdenes del ya general Barrera, avanzan desde la s posiciones recientemente conquistadas en torno a Tánger. Una división de la escuad ra apoya junto al entrante de Alcázarseguer las operaciones de tierra. El 27 de ju nio el tábor de Regulares al mando del comandante Muñoz Güi, en el que figuraba la ter cera compañía mandada por el capitán Franco, sale de Tetuán hacia Ceuta y dos días después, acantonado desde las cinco de la mañana en Cudia Federico, se dispone a entrar en fuego dentro de la columna del coronel Génova. La operación contra el reducto princi pal de Anyera está dirigida por el general Miláns del Bosch y la columna Génova, que e s la del centro, está flanqueada a la derecha por la del general Martínez Anido y a la izquierda por la del general Sánchez Manjón. El conjunto español suma algo menos de los efectivos de una división, con 9.500 hombres de ellos 2.000 de Caballería. La v anguardia de Caballería intenta tomar por asalto la Loma de las Trincheras pero no lo consigue. Entonces entra en acción la primera compañía del tábor de Regulares a las ór denes del comandante Muñoz Güi; el capitán Palacios, jefe de la compañía cae gravemente he rido y el comandante jefe del tábor muerto. El jefe accidental del tábor ordena el a vance a la tercera compañía dirigida por Franco que se lanza al ataque al frente de sus hombres hasta que cae con una gravísima herida en el abdomen. Uno de los Regul ares, de complexión hercúlea, carga con el capitán y le saca del fuego. Poco después se le puede trasladar al campamento de Cudia Federico. El resto de la tercera compañía, junto con el batallón de Barbastro que combatía al lado de ella, consiguen coronar la Loma de las Trincheras mientras otras fuerzas dominan también la contigua de Am Yir. Caído el núcleo defensivo principal los españoles toman los dos poblados situado s monte abajo El Bituz y Am Yir con lo que el objetivo queda conseguido. En mis intentos biográficos anteriores he relatado este combate apoyándome en la descripción del escritor y diplomático don Salvador García de Pruneda, que es, además, u

n fiel cronista de varios acontecimientos históricos y por quien supe, tras hablar largo y tendido con él, que para esta descripción se había documentado cabalmente. Así lo creí entonces y lo sigo creyendo; pero he preferido apoyarme en la reconstrucción de dos ilustres militares e historiadores, el general Casas de la Vega y el gene ral Martínez de Campos para descalificar con más sobria energía el relato que estimo sen cillamente sórdido de otro militar historiador, el coronel Blanco Escolá. Pocas veces he visto en mi vida una reconstrucción de un hecho de armas escrito con tanto enc ono y con tan negativa parcialidad. El coronel Blanco Escolá, en un libro en que d emuestra su incompetencia como historiador, culmina con el relato de la acción de El Biutz una serie de consideraciones flojísimas sobre la primera fase de las camp añas de Franco en África, las que corresponden a su época de oficial. Pensé que lo mejor sería ni mencionarle; pero lo hago por la difusión, aunque escasa, que ha alcanzado su libro entre algunos lectores y algunos comentaristas que tienen aún menos idea que él sobre la guerra de África. El contexto africano de España en aquella época que n os describe el coronel Blanco Escolá parece referirse a una guerra de otro planeta . No veo en sus páginas el menor estudio militar, ni el trasfondo económico, ni el a nálisis táctico ni mucho menos la verdadera trama estratégica de este conflicto. Se em peña en señalar la condición de africanistas a los oficiales que habían marchado volunta rios a la guerra de África cuando faltaban muchos años para que se les aplicase tal término, ya después de la crisis de las Juntas de Defensa. Se atreve a referirse a F ranco durante su época de oficial durante la que se jugó la vida muchas veces y estuv o a punto de perderla en 1916 con el grosero y zafio título Un arribista en su salsa por lo que pienso que si yo perteneciera a la familia de Franco interpondría contr a el osado una demanda judicial. La exposición que hace sobre la acción de El Biutz no tiene pies ni cabeza. Cuando un testimonio en favor del heroísmo de Franco tan i mportante como el que emitió el propio jefe accidental del tábor no le conviene, lo n iega sin más o lo atribuye a favoritismo y corrupción . La exposición de Blanco Escolá me p arece un atentado a la realidad de España, del Ejército y del propio Franco. Para premiar el comportamiento militar de Franco en la Loma de las Trincheras la autoridad competente le propuso para la Laureada de San Fernando, máxima conde coración militar española. Es verdad que en el juicio contradictorio para la concesión algunos prestigiosos militares depusieron en contra de Franco y que se le denegó; pero en la negativa se incluía un expreso reconocimiento de su valor y su brillan tez en la acción. Sin embargo, el coronel Blanco Escolá, al enjuiciar el propio test imonio de Franco se atreve incuso a acusarle de falsedad en documento oficial, e s decir, de un delito. Y omite toda mención a importantísimos testimonios favorables a la Laureada de Franco, como el del propio jefe de las operaciones de aquella jornada, general Miláns del Bosch, el jefe de la columna en la que operaba, corone l Génova y otros militares que depusieron en favor del joven capitán. No comprendo cóm o un historiador militar puede incurrir en este comportamiento. No comprendo cómo, al relatar la vida militar de Franco en Melilla como oficial, dedique un espaci o excesivo al informarnos sobre un presunto fracaso amoroso del joven teniente, que fue rechazado por una señorita que allí vivía. Lo hemos sabido muchísimos años después, sin que conozcamos los motivos de la revelación; tal vez la señorita en cuestión se se ntía molesta por haber dejado escapar al que a la larga no sería mal partido. Pero e n todo caso no sé qué rayos tiene que ver el asunto con un estudio sobre el comporta miento militar de Franco. En resolución, estos capítulos del corone Blanco Escolá sobr e los comienzos de la vida y de la carrera militar de Franco me parecen no solam ente vacíos sino sórdidos. Lo lamento. El hecho de que la compañía de Regulares mandada por Franco tuviera en el combate del Biutz el máximo número de bajas de todas las un idades de ese tipo que participaron en la batalla (cincuenta y ocho compañías) es de cir, 56 bajas de 113 hombres requeriría, por parte de todos los que nos referimos a este hecho, un respeto elemental. No ha sido así, por desgracia. Ya en el plano de la seriedad debo indicar que muchos años más tarde el propio Fr anco dio testimonio de cómo fue sacado del campo de batalla, tras caer herido, por el soldado de Regulares. Que aun mortalmente herido se preocupó de entregar la ca rtera con las pagas de sus hombres, que llevaba consigo, al oficial de Regulares más antiguo que estaba por allí. Que el capitán médico del batallón de Cazadores de Barba

stro, doctor Mallou, fue el primero que practicó a Franco una cura de urgencia en Cudia Federico, con lo que probablemente le salvó la vida. Que, sin embargo, por s u estado no pudo sufrir el traslado al hospital Doc er en Ceuta hasta un mes des pués, donde pudieron visitarle sus padres Nicolás y Pilar quienes al principio habían temido perderle. Que todavía en el puesto de socorro la herida de Franco parecía tan grave que pidió confesión al capellán castrense padre Carlos Quirós Rodríguez. Y que el 3 de agosto salió de Ceuta para El Ferrol con dos meses de licencia por herido grav e, licencia luego prolongada hasta que en 1 de noviembre se reincorpora a su tábor en Tetuán. El último día de febrero de 1917, otro año trascendental en la historia del mundo y en la de España, el capitán Francisco Franco asciende por méritos de guerra y con la a ntigüedad del combate del Biutz a comandante. No existe vacante para esa graduación e n Regulares y con fecha 2 de marzo se le destina a la Península, al regimiento del Príncipe número 3, de guarnición en Oviedo. Terminaba así la primera fase de la carrera militar de Franco en África, la que siguió como oficial1. ¡ Para el combate del Biutz y todo este período africano de Franco he tenido pres ente el excelente estudio del general R. Casas de la Vega Franco militar Madrid, Fénix, 1995, así como el citado estudio del general C. Martínez de Campos España bélica, Marruecos. Muchas fuentes se detallan en mi Francisco Franco de 1982, vol. 1. El libro del coronel Carlos Blanco Escolá La incompetencia militar de Franco está edit ado por Alianza Editorial, Madrid 2000. El comandante Franco y su novia Carmen Polo Martínez Valdés en Oviedo, 1917, a po co de conocerse. Capítulo 4: Intermedio peninsular en Oviedo: la Revolución de 1917 (1917-1920) LA REVOLUCIÓN SOVIÉTICA Y LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA DE 1917 El 4 de marzo de 1917 el recién ascendido comandante Franco se despide de los R egulares en Tetuán y se dirige a Ceuta para viajar por mar a Algeciras y luego por tren a Madrid. Allí sufre un nuevo reconocimiento en el Hospital Militar y los médi cos le exigen otro mes de reposo antes de incorporarse a su destino en Oviedo. P or entonces un suceso en la lejana capital del Imperio ruso conmovió al mundo. El 8 de marzo según el calendario occidental había estallado en San Petersburgo la que según el calendario ortodoxo se conoce como la Revolución de Febrero, y los historia dores marxistas etiquetarán como fase burguesa previa a la auténtica Revolución bolche vique de Octubre. Hoy hemos adquirido, sin más méritos que vivir en nuestro tiempo, la perspectiva suficiente para calificar ese proceso revolucionario como una catás trofe impulsada por un grupo de intelectuales revolucionarios alucinados cuya fi gura descollante era Vladimir Ilich Lenin, que articuló políticamente los efectos de la Revolución de febrero para formar una coalición revolucionaria -el Soviet, conju nción de soldados y obreros para que se aliase con los políticos burgueses y liberale s avanzados de la Duma o Parlamento ruso con el fin de conquistar el poder. Este grupo burgués y liberal, pronto dirigido por Kerens i, estaba penetrado por la Ma sonería, como hemos sabido mucho después por los mismos investigadores rusos, y se m ostró incapaz de oponerse al empuje arrollador de la Revolución bolchevique cuando K erens i trataba de sustituir a la autocracia zarista por un régimen democrático de c orte occidental1. Una formidable marea de propaganda marxista-leninista, cuyos e stragos son todavía muy visibles en los libros de Historia, nos ha presentado a Le nin como uno de los héroes de la Humanidad cuando su verdadero lugar está en su ¡ He estudiado con perspectiva actual el desarrollo de la Revolución en Rusia en mi libro Las puertas del infierno, publicado por Fénix en 1995. condición de máximo criminal de la Historia, si bien superado por su sucesor Stal in, y como el intelectual revolucionario que sumió a la Humanidad en un abismo de crímenes, desviaciones y atrasos de los que en gran parte todavía es víctima nuestro t iempo y por supuesto la gran nación que le sirvió de escenario para su aventura trágic a. Pero a lo largo de 1917 y los años siguientes las noticias sobre la Revolución ru sa, sobrepuestas a las que marcaban en final de la Gran Guerra, se difundían más o m enos distorsionadas por todo el mundo y concitaban una creciente movilización de l

as clases trabajadoras junto a un miedo invencible entre las clases más elevadas. El triunfo bolchevique se fue preparando entre febrero y octubre de 1917 y se co nsumó por fin en la llamada Revolución de Octubre (nuestro noviembre) de ese mismo año , cuando Lenin impuso la dictadura soviética en Rusia, forzó una paz humillante de R usia frente a los Imperios centrales y acabó por consolidar el régimen comunista en la inmensa nación euroasiática. La nueva doctrina nació con carácter expansivo hacia la conquista revolucionaria de todo el mundo, como se demostró en la creación de la Ter cera Internacional comunita en 1919, con expresa invitación a que el proletariado y sus organizaciones se transformaran en partidos comunistas de ámbito nacional pa ra seguir las férreas directrices de la Internacional comunista. El comandante Fra nco prestó atención muy viva a la Revolución soviética, contra cuyas consecuencias iba a luchar durante toda su vida, incluso, como veremos, después de su muerte. Por otr a parte estos años 1917 a 1919 en que se configura con toda su carga de peligro mu ndial la Revolución soviética son también los años en que el comandante Franco entra en contacto directo con la realidad social española en un campo tan sensible como el de las cuencas mineras asturianas. Durante esos años la vida política y social española vive una profunda crisis, que afecta también incluso profesionalmente al propio Franco. Para España esos años fueron también revolucionarios, si se quiere en tono menor y local, pero de suma importa ncia en el ámbito nacional. La crisis política que se venía manifestando desde 1913, c omo hemos visto, adquiría en 1917 caracteres de peligrosa crisis social provocada por las consecuencias de la Gran Guerra. Ya veíamos cómo la neutralidad española, estr ictamente tutelada por los gobiernos de la época y por el mismo Palacio Real había a carreado notables beneficios a la economía española. Los productos agrícolas, los indu striales y los mineros se vendían a precios muy remuneradores a los beligerantes a unque por desgracia esos rendimientos se invirtieron más en la especulación que en e l saneamiento nacional y en la inversión. Esto provocó, además, un tirón inflacionario q ue afectó a los salarios de las clases trabajadoras y a los ingresos de las clases medias, entre las que figuraban los funcionarios del Estado y los militares. El hecho se conoció como crisis de las subsistencias y se agravó cuando a lo largo de 1917 empezó a preverse el final de la guerra mundial sobre todo desde que los Esta dos Unidos entraron activamente en el conflicto y enviaron a Francia un cuerpo e xpedicionario. Los Estados Unidos eran ya la primera potencia mundial y su parti cipación, respaldada por la poderosa industria americana, resultó decisiva para dese quilibrar la balanza estratégica a favor del bando aliado. Las previsiones sobre l a retracción de la demanda de productos españoles venían ya afectando a las modestas e conomías familiares desde principios se 1917 y se agudizaban cada vez más a lo largo de ese año y los siguientes. Desde octubre de 1917 el impacto y la esperanza irra cional que generó, sobre todo entre los obreros organizados, la Revolución soviética c omplicaron y agudizaron la crisis social española a la que el sistema político no da ba respuesta visible. El divorcio de las que José Ortega y Gasset había definido con tanto acierto como España vital y España oficial resultaba cada vez más alarmante. Así el proceso critico y revolucionario español de 1917 se desencadenó en tres fases inm ediatamente sucesivas; la militar, la parlamentaria y la obrera. Tuvo el acierto de detectarlo en aquel mismo año un observador intelectual que después actuó al servi cio del comunismo y luego, al palpar la realidad del comunismo en España, se volvió ferviente anticomunista. Se llamaba Luis Araquistáin. Reproduzco ese diagnóstico por que tiene el mérito singular de haber sido públicamente formulado dentro de aquel mi smo año 19171: Unos días después del mitin de las izquierdas (que había tenido lugar el 27 de mayo de 1917, n. del A.) estalló el incendio de la cuestión militar, como si necesitase a l cabo de tantos meses de acción oculta un viento fuerte para salir a la superfici e. El mitin de las izquierdas fue también el soplo que produjo la llama del manifi esto del 1 de junio. La agitación militar originó la agitación de las izquierdas parla mentarias. El 19 de julio de la Asamblea de Parlamentarios de Barcelona fue hijo del 1 de junio de las Juntas de Defensa militares. El pensamiento político buscab a el enlace con el brazo armado en un común anhelo de renovación. A su vez la Asambl ea de Barcelona fue el impulso que de un modo directo e inmediato contribuyó a pon

er en pie a la clase obrera. Silos militares fueron el brazo armado de la renova ción y los parlamentarios de izquierdas el pensamiento crítico y reconstituyente, lo s obreros organizados querían ser las piernas del movimiento. De este modo se comp letaba el cuerpo de la nueva política. Así se hizo 1 L. Araquistáin: Entre la guerra y la revolución, Madrid, 1917. carne la idea de la huelga general, nacida allá en el mes de marzo. Como se ve, no era ningún fenómeno caído imprevisiblemente de la luna sino un momento más en un lar go y profundo proceso acelerado por causa de la guerra de 1914, aunque sus orígene s había que buscarlos mucho más lejos, tal vez en el desastre colonial de 1898 . Por lo tanto la revolución española, o renovación como la designa Araquistáin, tuvo lug ar entre la primavera y el verano de 1917 en tres fases sucesivas: militar, parlamentaria y obrera. Desde las tres se intentaron conexiones con las demás. Pero por su propia debilidad y falta de horizonte y rumbo las tres dese mbocaron en el fracaso de una amarga frustración. LAS TRES CONVULSIONES ESPAÑOLAS DE 1917 El movimiento militar conocido como las Juntas de Defensa fue el primero en man ifestarse dentro de la crisis general española de 1917 y respondía a dos orígenes: el socio-económico y el profesional. El origen económico correspondía a la repercusión sobr e los jefes y oficiales del Ejercito de la llamada crisis de las subsistencias; es decir, las crecientes dificultades provocadas por unos sueldos prácticamente co ngelados ante la fuerte subida de los precios con motivo de la repercusión de la g uerra mundial en España. El movimiento de las Juntas de Defensa afectó directamente al comandante Franco, que precisamente el 31 de mayo de 1917 se incorporaba a su destino en el regimiento del Príncipe, de guarnición en Oviedo, para desempeñar el ma ndo del tercer batallón. Los historiadores antifranquistas insisten obsesivamente en la deficiente formación cultural y profesional de Franco, frente a todas las pr uebas que abundan en contrario. Por ejemplo, según reza su hoja de servicios, el c ometido que se le atribuyó en Oviedo además de su mando de batallón: la función de inspe ctor de las academias regimentales y profesor de la encargada de formar a los of iciales de complemento, entre los que figuraban frecuentemente hombres de carrer a. El comandante Franco se aloja en el hotel París. El movimiento militar había tomado forma a lo largo del año 1916, para organizar la protesta de la Infantería contra una disposición del ministerio de la Guerra por la que se establecían unas pruebas físicas que comprobasen la aptitud de mando de ge nerales, jefes y oficiales, quienes las consideraban vejatorias por permitirse e n ellas la presencia del público y porque en ellas se ponía en duda la capacidad mil itar de los examinandos. Como esta imprudencia del ministerio se combinaba con l a insatisfacción general del cuerpo de oficiales ante sus condiciones de vida cada vez más difíciles las Juntas de Defensa, con participación de todas las Armas y Cuerp os, se extendieron en 1916 y primeros meses de 1917 a todas las guarniciones. En un interesantísimo testimonio publicado durante la República el general Emilio Mola , profundo conocedor de la realidad militar, estima que el capitán general de Barc elona, general Alfau, dispuso las pruebas de aptitud de forma vejatoria, mientra s la prensa barcelonesa de izquierdas emprendía una campaña de ataques contra el Ejérc ito y especialmente contra los jefes y oficiales que habían servido en Marruecos. Al subir al poder el gobierno liberal de García Prieto a mediados de abril de 1917 el ministro de la Guerra, general Aguilera, ordenó al capitán general de Barcelona que disolviese sin más a la Junta del Arma de Infantería que, con aquiescencia del g eneral Alfau se había formado en Barcelona bajo la presidencia del coronel Beito Már quez, jefe del regimiento Vergara de guarnición allí. Durante el año anterior, y con p ermiso del capitán general, el coronel había recorrido muchas guarniciones para prom over la creación de Juntas de Defensa. Pero ante las tajantes instrucciones del nu evo ministro de la Guerra el capitán general convocó a su despacho al coronel Márquez y sus compañeros de Junta en la mañana del 26 de mayo y les ordenó que en un plazo de veinticuatro horas las Juntas de Defensa quedaran disueltas en toda España. La Jun

ta de Barcelona, replicó al capitán general con su tajante negativa en otro ultimátum, en que daba al Gobierno un plazo de doce horas para atender a sus reivindicacio nes. El capitán general considera tal actitud como rebelión y mete en la prisión milit ar de Montjuich a la Junta en pleno, con el coronel Márquez al frente. Las Juntas de toda España secundan a sus compañeros de Barcelona y el movimiento adquiere tal g ravedad que el Rey don Alfonso XIII, como jefe supremo del Ejército, interviene en la crisis y ordena al gobierno la destitución del capitán general de Barcelona, sus tituido por otro veterano de África, el general Marina, cuya primera decisión consis te en poner en libertad a la Junta encarcelada. Es, evidentemente, una claudicac ión del Estado ante la imposición de las Juntas y durante cierto tiempo el coronel Már quez, victorioso, se considera por mucha gente como el árbitro de España. Uno de sus aduladores se atreve a proponerle que ciña la corona, nada menos. Naturalmente qu e el gobierno liberal de García Prieto cae inmediatamente y el Rey designa para su stituirle a un gobierno conservador idóneo bajo la presidencia de Eduardo Dato quien , de acuerdo con el Rey, pacta inmediatamente con las Juntas de Defensa. La debi lidad del poder político ha cedido de nuevo ante lo que Balmes llamaba en el siglo XIX la preponderancia militar . Al movimiento militar sigue inmediatamente la Asamblea de Parlamentarios. En ella van a reunirse en Barcelona, es decir, fuera de la sede institucional de la s Cortes, un grupo selecto de diputados y senadores no sólo de izquierdas, como de cía Araquistáin, sino de centro-derecha catalanista y liberal, izquierda republicana y socialista, que intentaban abrir un proceso constituyente, democratizar al régi men (sin pronunciarse abiertamente contra la Monarquía) y romper el ya maltrecho t urno de los dos grandes partidos liberal y conservador. Los protagonistas fueron el dirigente de la Lliga catalanista don Francisco Cambó, el líder del partido repu blicano radical don Alejandro Lerroux, el creador y jefe del Partido reformista don Melquíades Álvarez, notable político asturiano que se mantenía en posiciones de cent ro-derecha, y el líder socialista don Pablo Iglesias. Los promotores de la Asamble a trataron de tender puentes a las Juntas militares de Defensa, que no cuajaron. El gobierno prohibió la reunión, que pese a todo se celebraba en Barcelona cuando e l gobernador civil, don Leopoldo Matos, la disolvió sin violencia tras dar unos go lpecitos en la espalda al presidente de los reunidos, señor Rodés. El proyecto, que luego trató de resucitar en Madrid, no alcanzó mayores consecuencias. La Asamblea de parlamentarios y menos aún las Juntas de Defensa no era un movimie nto revolucionario y no intentó establecer conexión alguna con el tercer movimiento de 1917, la huelga general de las organizaciones obreras, que como señala Araquistái n se preparaba desde meses antes. Las dos grandes centrales sindicales la UGT soc ialista y la CNT anarcosindicalista trataban de combinar fuerzas para esa huelga que debía tener carácter revolucionario. La UGT socialista llevó la iniciativa y desig nó un comité de huelga formado por el profesor Julián Besteiro, el activita obrero Fra ncisco Largo Caballero, el futuro comunista Daniel Anguiano y el experto en políti ca municipal Andrés Saborit. Este comité fijó la fecha para la huelga revolucionaria: el 13 de agosto de 1917. La huelga resultó un fracaso en toda España, con una excepción: Asturias. Escarment ado por el recuerdo de la Semana Trágica en Barcelona el gobierno ordenó que se decl arase allí el estado de guerra por lo que las fuerzas militares salieron a la call e para reprimir enérgicamente el intento, en lo que se distinguió Análisis del general Mola en El pasado, Azaña y el porvenir Obras completas, Valla dolid, Santarén, 1940, p. 997 s. precisamente el regimiento que mandaba el coronel Benito Márquez. Hubo agitacio nes en Yecla, en Bilbao con un joven coordinador llamado Indalecio Prieto y Madrid , con centro en la glorieta de los Cuatro Caminos. El resultado, escaso para los organizadores, fue sangriento: 93 muertos, de ellos 37 en Barcelona, 14 en Madr id, 24 en Bilbao. Pero el gobierno logró la detención inmediata del comité de huelga, que dejó de ser un problema nacional aunque se mantuvo precisamente en Asturias

LA AUTENTICA INTERVENCIÓN DEL COMANDANTE FRANCO EN LOS SUCESOS DE 1917 Los antibiógrafos de Franco suelen entrar en trance histérico cuando comentan su actuación en los sucesos de 1917. Como en tantas ocasiones me limitaré a describir l os hechos desde las fuentes existentes y desecharé las mentiras por simple falta d e prueba alguna. Pero el más contumaz de los antibiógrafos, que por desgracia es un militar, el coronel Blanco Escolá, en su capítulo 2, cuando precisamente trata del d estino de Franco en Oviedo, se ensaña contra la que cree incultura crónica del joven comandante pero no dice una palabra ni sobre la actuación del joven comandante en las cuencas mineras, ni sobre el contexto histórico mundial y español de 1917, ni s obre la relación de Franco con las Juntas de Defensa y con la huelga general astur iana de ese año; y deja entender la falsedad de que Franco nunca tuvo mando de fue rzas en aquel destino ni por supuesto menciona la experiencia social, muy intens a, que debió a aquel destino. Eso sí, manifiesta su desprecio por las actividades de enseñanza que Franco desempeñó en el regimiento del Príncipe, además de sus mandos. Una a ctitud de acrisolada inclinación cultural en el antibiógrafo. Por razones obvias Franco no tuvo intervención alguna en el movimiento político d e los parlamentarios renovadores y luego nunca se refirió a él en el resto de su vid a. Inicialmente sí que dio su nombre a la Junta de Infantería que se formó en su regim iento por motivos profesionales y luego fue elegido para formar parte de la corr espondiente Comisión Mixta, autorizada por el gobierno, pero en cuanto advirtió ya vu elto a África el rumbo que tomaban las Juntas de Defensa al manifestarse decididame nte en contra de los intereses profesionales legítimos de los oficiales destinados en África no sólo se dio de baja en las Juntas sino que se opuso abiertamente a ell as. La controversia principal, sin embargo, se suscita al describir la participa ción de Franco en su destino de Oviedo ante la huelga revolucionaria que se declaró en Asturias. La controversia carece de fundamento alguno ante la claridad de los hechos. Vamos a verlo. En la Asturias de 1917 existían algunos brotes anarcosindicalistas de la CNT pe ro la organización obrera principal era la socialista UGT, con dos sindicatos rele vantes: el Sindicato de Obreros Mineros de Asturias, SOMA, creado en Mieres en e l año 1910 por el líder obrero Manuel Llaneza Zapico y el Sindicato Ferroviario cuyo jefe era Teodomiro Menéndez. Hablé largamente con éste cuando regresó a España después de l a guerra civil y pude comprender algo que ya conocía por la Historia: el sindicali smo socialista asturiano no era de carácter anárquico ni salvaje sino moderno, civil izado, dispuesto a la negociación cuando los patronos no se cerraban en banda. Los socialistas asturianos habían colaborado a principios de siglo en un admirable pl an de extensión universitaria y cultural para trabajadores con profesores de la Un iversidad de Oviedo y mantenían buenas relaciones con políticos moderados como Melquía des Álvarez. Sin embargo, al incorporarse a la huelga revolucionaria convocada por fin para el verano de 1917 lo hicieron con todas sus consecuencias y persistier on en su actitud de protesta tras el fracaso de la huelga en el resto de España. L o mismo sucedería en octubre de 1934. Desde el comienzo de la huelga y de acuerdo con el gobierno el comandante mil itar de Asturias, general Ricardo Burguete, de clara filiación liberal, declaró el e stado de guerra, ordenó reforzar con destacamentos militares a los puestos de la G uardia Civil enclavados en las cuencas mineras y se hizo famoso cuando en un ban do manifestó que los rebeldes serían cazados como alimañas . El comandante Francisco Fran co emprendió la marcha desde Oviedo con una pequeña columna de unos cien hombres en la que figuraban una compañía del Regimiento del Rey y una sección de ametralladoras d el regimiento del Príncipe. El destino era un lugar conocido como Falla de los Lob os y la columna se fue incrementando con los efectivos de tres puestos de la Gua rdia Civil hasta contar con unos ciento cincuenta hombres. Pero en todo el traye cto de la columna no se registró acción alguna de carácter represivo, contra lo que af irma algún antibiógrafo adicto a la historia-ficción y por ello el comandante Franco d evolvió sus guardias civiles a los puestos de procedencia y estaba de vuelta en Ov iedo el 29 de agosto. Tres días antes de que estallase en la provincia la fase más v

iolenta de la huelga, en cuya represión, por tanto, no participó. El profesor de la Universidad de Oviedo David Ruiz, afecto a las izquierdas y especialista en la h istoria social asturiana, señala, en efecto, que esa nueva fase no se declaró hasta el 1 de septiembre de 1917, cuando fracasaron las negociaciones entre los sindic atos y la organización patronal que se mostró intransigente al declarar un cierre pa tronal cuando los sindicatos se negaron a aceptar una reducción de salarios. El ge neral Burguete instaló entonces su cuartel general en la Fábrica de Mieres y desde a llí dirigió la represión, en la que el líder socialista Andrés Saborit, cuando se refirió a ella en sus intervenciones parlamentarias de 1918, no citó a una sola victima mort al en las filas obreras, pero añadió un rasgo que nos interesa: el general Burguete ordenó el arresto del coronel jefe del regimiento del Príncipe por sus opiniones ace rca de la huelga y la represión . En las obras de este investigador y de este testig o no se cita una sola vez el nombre de Franco en relación con la represión de 1917. Ya en 1920, poco antes de finalizar su período de destino en Oviedo, se recrudece la agitación sindical en la cuenca minera de Asturias y el comandante Franco recib e la misión de acudir por segunda vez a ella como comandante militar de Sama de La ngreo, al frente de una compañía del primer batallón de su regimiento. Allí permaneció has ta el 30 de mayo sin que tampoco ahora se registraran incidentes dignos de mención . Los antibiógrafos de Franco se niegan sistemáticamente a reconocer la verdad que cr eo profunda porque conozco al personaje y su circunstancia de una revelación pública de Franco ante un público de mineros y otros trabajadores asturianos el 19 de mayo de 1946 durante uno de sus viajes a Asturias. Franco atribuye a sus contactos c on la realidad de la cuenca minera asturiana en 1917 la aparición de su sentido so cial íntimo, que ya no le abandonó en toda su vida. Recuerda su marcha hasta la Fall a de los Lobos, con una orden de operaciones en la que se recomendaba batir a lo s obreros como alimañas; alusión evidente al bando del general Burguete. Telegrafié al mando recuerda poniendo en su conocimiento que allí no ocurría nada . Recuerda su reacción interior ante las graves injusticias que sufrían los obreros: LEs que no eran igua les que mis soldados?. El espíritu se rebelaba . Y se refiere a su experiencia poste rior en 1920: Otras veces volví a la zona minera nuevamente; iba a depurar denuncia s y a actuar como juez y entonces conocí a fondo la zona minera y sus casas y la v ida de aquellos hombres, y el abandono triste en que un país tenía a sus clases trab ajadoras 2. David Ruiz Asturias contemporánea, Madrid, Siglo XXI, 1975, p. 43. A. Saborit, A sturias y sus hombres, Toulouse, 1954 p. 165 a 171. 2lexto completo del testimonio de Franco en mi Francisco Franco de 1982,1., p. 141 s. Quienes se obstinan en negar a Franco todo su cultura, su capacidad militar, s us dotes de análisis social niegan igualmente el hondo sentido social que nació en su interior durante su experiencia asturiana. Lamento que algunos escriban la Hist oria con renglones tan retorcidos o con vacíos tan lamentables. Por supuesto casi siempre estos antibiógrafos tratan también de tergiversar el que para Franco fue el episodio fundamental de su estancia en Asturias: su encuentro con Carmen Polo Ma rtínez Valdés. LA ÚNICA MUJER DE SU VIDA En estos tiempos de promiscuidad y cambio de parejas seguramente resultará choc ante que el comandante Franco permaneciera durante toda su vida perfectamente fi el a la mujer que conoció en Asturias y con la que casó después de dos interrupciones cuando su deber militar le llamó de nuevo a la guerra de África. Pero no me interesa ahora la victoria de la permisividad sobre el sentido tradicional de la familia , que es una de las tragedias del siglo XX, sino el hecho de que Franco, cuya su erte se había presentado ya como una característica biográfica, la reconoció una vez más e n ese encuentro asturiano con la mujer de su vida y precisamente en el año 1917. Ya he subrayado varias veces que Franco no era ni un tímido ni menos un retraído en sus relaciones sociales durante toda su carrera militar, hasta que le cambió es ta condición por su choque con la República en 1931. Puede que a esa novia frustrada

(no sé a quién se refiere la frustración) que un antibiógrafo describe casi morbosament e en Melilla el joven Franco le resultase aburrido pero no sería ese el efecto que causaba entre la buena sociedad e incluso la opinión pública de Oviedo, cuando su f igura llegó a rodearse de una auténtica popularidad. Franco, además, cultivaba la vida social en Asturias, como lo había hecho en África durante sus breves y espaciados día s de permiso. Alcanzaba ya una cierta fama por su comportamiento militar en África , que había acelerado más que notablemente su carrera y se relacionaba con la aristo cracia asturiana por ejemplo los marqueses de la Rodriga y de la Vega de Anzo hast a conseguir el ingreso en el Real Automóvil Club de Oviedo y participar en los act os del Círculo Mercantil. Desde 1919 trabó amistad con un recién llegado catedrático de Literatura en la Universidad de Oviedo, el profesor Pedro Sainz Rodríguez, dotado de un sexto sentido para detectar y cultivar a los personajes más influyentes de s u entorno; precisamente éste es el calificativo que utiliza don Pedro, cuando ya e ra un ferviente enemigo de Franco, para justificar que por las cenas que organiz aba el marqués de la Rodriga pasaban todos los personajes que venían a la ciudad. Esa era la razón de la invitación a Franco cada vez que iba . Uno de sus antibiógrafos repr ocha a Franco esta dedicación a la vida social que, según afirma arbitrariamente, no le dejaba tiempo para leer, peregrina acusación si las hay . Por cierto que en su t estimonio don Pedro indica que hablaba en Oviedo con Franco casi exclusivamente sobre la guerra de África, porque era el asunto que Franco dominaba completamente. No lo cree así algún antibiógrafo que trata inútilmente de retorcer la idea de Pedro Sa inz Rodríguez sobre Franco. En esas conversaciones Franco se quejaba de la resistencia que la familia de Carmen Polo ponía a su boda con él. Y era verdad. En las curiosas e ilustrativas dec laraciones que, ya casados, hicieron a una difundida revista ilustrada, Carmen y Franco recordaban que se conocieron en una romería cerca de Oviedo durante el ver ano de 1917. Ella, una joven de 17 años dotada de singular distinción y belleza, est aba en vacaciones de verano (estudiaba en el colegio de las Salesas) y reconoce que me fue muy simpático y que ese encuentro se convirtió para los dos en un auténtico f lechazo. El comandante tenía veinticuatro años y desde ese momento trató de organizar un asedio en regla, pronto correspondido por la interesada pero rechazado insist entemente por su familia, especialmente por su padre, don Felipe Polo Flores, cu ya principal objeción no era una diferencia de condición social, que no existía, sino el riesgo de que su hija, casi una niña, se comprometiese con un militar cuya voca ción africana suponía un riesgo para su vida semejante decía al de un torero. Es Sainz R odríguez quien recuerda la objeción taurómaca, que le confiaba, muy dolido, el propio Franco; desde entonces han cambiado mucho las cosas en España y hoy un torero impo rtante resulta uno de los mejores partidos hasta para las jovencitas de más alta c una. Pero Franco no cejaba. El comandantín como se le conocía entre las chicas casader as de la ciudad, empezó a presentase, nada más comenzar el curso, en la misa de las siete y media de la mañana que se celebraba en el colegio de Carmen, con lo que se ganó la alianza de las monjas. La familia PoloMartínez Valdés no era exactamente aris tocrática pero sí pertenecía a la clase más distinguida de Oviedo. El antibiógrafo más encon ado contra la presunta incultura de Franco no atribuye, creo, la menor veracidad al testimonio de su propia esposa no mucho después de su boda cuando preguntada p or el barón de Mora en la entrevis Pedro Sainz Rodríguez: Testimonio y recuerdos Barcelona, Planeta, 1978. ta que acabo de citar sobre cuales eran los mayores defectos que encontraba e n su esposo respondió: Que le gusta demasiado África y estudia unos libros que no com prendo . Creo conocer bien a Franco y a su esposa y sé que no mentía ella cuando descr ibía la afición de Franco por los libros de interés profesional militar, aunque no excl usivamente y que tampoco mentía Franco cuando en la misma entrevista afirmó que su au tor preferido era don Ramón del Valle Inclán . En 1928 el ya general Franco gozaba de una ancha celebridad por su carrera en África pero ni él ni su esposa tenían la menor necesidad de mentir sobre sus aficiones. EL ENCUENTRO CON MILLÁN ASTRAY EN VALDEMORO Sofocada la huelga revolucionaria del verano de 1917

sin que la agitación sindic

al quedase eliminada, ni mucho menos el movimiento renovador de la Asamblea de Pa rlamentarios quedó desactivado a la vuelta del verano cuando su figura más represent ativa, el líder catalanista don Francisco Cambó, no quiso entrar en un gobierno pero ofreció al nuevo gobierno de concentración liberal-conservadora que por fin logró for mar el Rey dos de sus mejores hombres de la Lliga como ministros. Presidía el nuev o gobierno un político liberal bien dotado para la negociación y el compromiso, don Manuel García Prieto, marqués de Alhucemas y su hombre fuerte era el conservador Jua n de la Cierva y Peñafiel, muy bien visto en los medios militares por su energía y s u comprensión de los problemas castrenses. En aquel momento histórico los movimiento s obreros españoles y todos los demás observadores analizaban con interés creciente el e stallido de la Revolución soviética de Octubre (principios de noviembre según el calen dario occidental) que suscitó en las organizaciones del proletariado un instintivo reflejo de aproximación y en el resto del conjunto político-social un auténtico acces o de miedo. Durante decenios, desde el último tercio del siglo XIX, los medios lib erales y conservadores, así como un sector importante de las clases medias, habían e xpresado de muchas formas su temor al comunismo pero era ahora, en Octubre de 19 17, cuando aparecía el verdadero comunismo que triunfaba en la revolución rusa e inm ediatamente mostraría su carácter ejemplar y expansivo para conseguir la revolución mu ndial y la aniquilación de su enemigo histórico, el capitalismo burgués. El ejemplo so viético y el aborto de la huelga del verano anterior desencadenaron en España una se rie de agitaciones que se hicie Entrevista del barón de Mora en Estampa, mayo de 192 8. ron notar en el campo andaluz y sobre todo en una verdadera guerra social pla nteada en Barcelona entre los sindicatos revolucionarios de la CNT y la organiza ción patronal, decidida a hacer la guerra por su cuenta. Sin embargo, el problema que más preocupaba al Rey y a los gobiernos era la preponderancia militar , el nuevo protagonismo de los militares manifestado en el movimiento de las Juntas de Defe nsa. De octubre de 1917 a fin de enero de 1918 el comandante Franco desempeña en s u regimiento de Oviedo el cargo de mayor, equivalente al de jefe de administración para todo el regimiento. El general Casas de la Vega, que conoce con detalle la estructura y la actividad del Ejército, atribuye notable importancia a este cargo cuyo desempeño era muy conveniente para los jefes que así podían incluir la actividad administrativa en su experiencia militar. Tras este intermedio Franco vuelve al mando de tropa como segundo jefe del primer batallón. El nuevo ministro de la Guerra, que lo deja bien claro en sus memorias, actuó c on decisión ante el problema que planteaban las Juntas de Defensa. Cortó sin contemp laciones el brote de juntas entre suboficiales y clases de tropa y trató de desact ivar las desviaciones de las Juntas de Defensa transformándolas en comisiones ases oras e informativas, que después adquirieron carácter de comisiones mixtas porque en ellas tenían representación las diversas armas y cuerpos. El comandante Franco fue elegido por sus compañeros para formar parte de la comisión mixta que se formó en Astu rias y ya en 1919 fue designado por el mando como oficial mayor de ella. Sin embargo, el contexto histórico del período 1916-1918 estaba configurado por l a inclinación cada vez más patente de la Gran Guerra hacia la victoria final de los aliados occidentales. En el año de la herida mortal de Franco la batalla de Verdun , ganada por el ejército francés, señalaba ya en esa dirección, seguida por la iniciativ a aliada en la batalla del Somme, donde intervinieron por vez primera los carros de combate. En el Oriente Medio la gesta del coronel Lawrence conseguía alinear a los árabes, hasta entonces sometidos al Imperio turco, a favor de los aliados, qu e flanqueados por ellos avanzaron desde sus bases en Egipto hacia Palestina y Si ria. Sin embargo, el factor más decisivo fue la intervención abierta de los Estados Unidos a quienes la agresión submarina del Imperio alemán hizo superar la voluntad a islacionista y declarar la guerra a Alemania el 2 de abril de 1917. Alemania no estaba vencida pero la intervención norteamericana suponía inevitablemente la victor ia final de los aliados que se produciría en 1918. El 8 de enero el presidente Woo drow Wilson propuso sus célebres Catorce Puntos para el establecimiento de la paz en Europa. Terminada con éxito completo su campaña contra Rusia el Ejército alemán pudo lanzar sucesivamente sus cuatro ofensivas en el frente occidental pero el frente

aliado se mostró capaz de resistir y desde mediados de julio el mariscal Foch, co n el ejército francés y los cuerpos expedicionarios británico y norteamericano, dirigió de forma muy eficaz la contraofensiva general que reconquistó todo el territorio f rancés. La vigorosa operación de los aliados sobre los Balcanes afectó gravemente al f rente austriaco y la ofensiva anglo-árabe del general Allenby, facilitada por la i ntervención del coronel Lawrence, culminó en la conquista de Damasco tras dominar to da Palestina. Los ejércitos de los Imperios centrales se sintieron peligrosamente amenazados desde sus retaguardias por los brotes revolucionarios comunistas que se produjeron a imitación de la revolución soviética y este hecho provocó el desmoronami ento de los frentes ante el empuje de los aliados. El 11 de noviembre de 1918 te rminaba la primera guerra mundial. En los medios militares españoles la victoria a liada se atribuyó en gran medida a la capacidad del ejército francés, que se convirtió e n el nuevo modelo a seguir. Mientras tanto en España caía el 21 de marzo de 1918 el gobierno García Prieto y do n Alfonso XIII, cada vez más abrumado por las dificultades y la evidente incapacid ad de la vida política consiguió tras ímprobos esfuerzos la formación del que se llamó Gob ierno nacional presidido por don Antonio Maura, que tras años de alejamiento del p oder desde la crisis de 1909 volvía a presidir un gobierno formado por casi todos los jefes de fila de los grupos liberales y conservadores. España entera recibió con fervorosa expectación casi mesiánica la formación de este gobierno, al que su propio presidente denominó en la intimidad como una monserga Maura tuvo razón y las grandes esperanzas puestas en ese gobierno no cuajaron. El comandante Franco participó, entre el 28 de septiembre de 1918 y el 16 de no viembre, en un curso de perfeccionamiento de tiro destinado a jefes del Ejército q ue se celebró en el acuartelamiento de Valdemoro, próximo a Madrid. Para este curso algunos jefes distinguidos fueron designados interventores, entre ellos Franco y un comandante antiguo, don José Millán Astray, que ya entonces acariciaba el proyec to de crear en el Ejército español una nueva fuerza selecta de choque inspirada en l a Legión francesa. Hablaron de ese proyecto durante el curso y al terminarlo Franc o fue encargado de recopilar en un informe las diversas memorias redactadas por los participantes. Realizó el encargo durante una semana que pasó en Madrid y regresó a su destino en Oviedo. LA CREACIÓN DEL TERCIO DE EXTRANJEROS Ya hemos dicho que una vez conseguido por España el dominio de los caminos de T etuán en la campaña de 1916 la pequeña guerra de África entró en una especie de hibernación, como los gobiernos deseaban. Pero una vez privado de las subvenciones alemanas el Raisuni trató de compensarlas con una serie de chantajes a España, bien asentado en sus reductos de Yebala, en la zona centro-sur del protectorado. Por ello el a lto comisario, general Jordana, llegó a hartarse y estaba precisamente el 18 de no viembre de 1918 redactando un informe al gobierno donde proponía una acción enérgica c ontra el veleidoso personaje cuando falleció repentinamente sobre su mesa de traba jo. Por sus méritos y por recomendación de don Alfonso XIII fue designado para suced erle el general Dámaso Berenguer el 2 de febrero de 1919. El nuevo alto comisario, que desempeña también el cargo de general en jefe de todas las fuerzas españolas en Áfr ica, propone en Madrid al Rey y al gobierno un plan para la ocupación total del pr otectorado que implica la eliminación del Raisuni como árbitro de la zona centro-occ idental mediante dos campañas: una para la ocupación total de la cabila de Anyera, o tra para afirmar el dominio de España para toda la región de Yebala, desde Tetuán hast a el límite con la zona francesa. Una tercera gran campaña tendría como escenario el R if, donde las fuerzas españolas de Melilla deberían converger con las de Ceuta y Tet uán sobre la bahía de Alhucemas. Para resumir los tres objetivos en tres puntos geog ráficos, las tres campañas terminarían con la toma definitiva de Alcazarseguer, el pue rto de Anyera; Xauen, la ciudad misteriosa del centro-sur, próxima ya a la zona fr ancesa; y Axdir, centro de la cabila de Beni Urriaguel frente a la bahía de Alhuce mas. El primer objetivo se fijó para la campaña de 1919; el segundo para la de 1920; el tercero para la de 1921. Berenguer era un general en jefe muy competente y p erfecto conocedor de la situación en el protectorado. Su plan era viable y se apli

có con toda energía a realizarlo. El primer objetivo se consiguió inmediatamente. El 21 de marzo de 1919 varias c olumnas españolas convergentes, con apoyo naval, ocupan sin graves dificultades el poblado y la ensenada de Alcazatseguer, por donde entraba casi todo el tráfico de armas destinado a las cabilas insumisas del interior. Como era de esperar el Ra isuni llevó muy mal la iniciativa militar española y sus harcas empezaron a hostigar a los destacamentos que enlazaban a las distintas columnas, lo que consiguió fácilm ente por su ocupación del Fonda de Am Yedida, clave de todas las comunicaciones d e Tetuán con Tánger y Larache. El general Berenguer acepta el reto del Raisuni y cue nta para ello con el concurso de un experimentado jefe, el teniente coronel Albe rto Castro Girona, que combina con suma habilidad la táctica militar con la capaci dad de negociación y penetración política en las diversas cabilas del territorio. Así se muestra un digno y eficaz rival del propio Raisuni en la pacificación del macizo central de Beni Hosmar, al sur de Tetuán. Caído en el otoño de 1918 el gobierno nacional de Maura, don Alfonso XIII se most raba cada vez más harto del juego político y tuvo que resignarse también al fracaso y la rápida sucesión de los gobiernos siguientes, liberales, conservadores o concentra dos. La España vital se mostraba cada vez más alejada de la España oficial y en vista de que las Juntas de Defensa intervenían cada vez más en este desconcierto algunas v oces empezaban a sugerir una peligrosa tesis que al fin fue formulada nada menos que por don Antonio Maura, la primera figura política de toda la época: Que gobierne n los que no dejan gobernar . Así el 14 de abril de 1919 cayó el gobierno liberal del conde de Romanones, que había fracasado también ante la desquiciada situación social d e Barcelona, donde desde febrero a abril la huelga salvaje de la Canadiense había co ndicionado la vida de la ciudad. Los dirigentes sindicalistas de Barcelona, Ángel Pestaña y Salvador Seguí, pertenecían al ala moderada del movimiento, apoyados por los políticos catalanistas de izquierda Francisco Layret y Luis Companys. La guerra s ocial ensangrentaba las calles de Barcelona y casi nada conseguía para apaciguarla un nuevo gobierno de don Antonio Maura reducido, según su expresión, al papel de bom bero de la Monarquía . No contento con su pertenencia al partido liberal un general prestigioso, don Francisco Aguilera, lo abandonó para emprender un camino que cond ujese a una dictadura militar; en vista de que el sistema constitucional resulta ba cada vez más ineficaz; no pocos españoles, dentro y fuera de las fuerzas armadas, empezaban a acariciar el proyecto de dictadura que sólo podría ser ejercida por el Ejército. El propio Rey don Alfonso XIII cedía ante semejante tentación. El 30 de mayo de 1919 el gobierno de Maura acompañó al Rey en un acto religioso s olemne, la consagración de España al Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, próximo a Madrid, acto que levantó tremendas protestas en el mundo liberal y en las izquierd as. Desde su relativamente tranquila vida de guarnición el comandante Franco sigue con puntual atención las destacadas intervenciones de varios militares españoles en las operaciones contra el Raisuni, entre ellos Sanjurjo. El 15 de junio de 1919 cae el gobierno de Antonio Maura y le sucede, entre la general indiferencia, ot ro presidido por el conservador moderado don Joaquín Sánchez de Toca. El general en jefe, Dámaso Berenguer, combina la actuación de los más destacados jefes de columna gen erales Silvestre, Vallejo, Barrera y Navarro- además del teniente coronel Castro G irona. Con ellos recupera a viva fuerza la posición clave del Fonda el 5 de octub re con lo que queda libre el camino para completar el acoso contra el Raisuni en las montañas de Yebala. Dos días después el recién ascendido teniente coronel José Millán Astray sale de Melill a en comisión de servicio para estudiar los acuartelamientos y la organización de la Legión Extranjera francesa en Argelia. El agravamiento de la guerra social en Bar celona y las nuevas imposiciones abusivas de las Juntas de Defensa, que actúan ya casi abiertamente como un sindicato militar de intervención política, fuerzan la caída del gobierno Sánchez de Toca a quien sucedió don Manuel Allendesalazar con un gabin ete de concentración monárquica . El teniente coronel Millán Astray lucha bravamente por la aprobación de su proyecto de Legión Extranjera española entre los vaivenes de tanto

s cambios de gobierno, que impiden una política coherente en todos los aspectos, i ncluido el militar. Vistos desde nuestra ya lejana perspectiva, los protagonistas de la tragedia inminente de 1921 se van acercando a sus puestos. El 11 de febrero de 1920 el ge neral Fernández Silvestre deja la comandancia general de Ceuta para encargarse de la de Melilla, desde la que participará en la que Berenguer cree la fase definitiv a de su proyecto pacificador. Cuando el comandante Franco regresa a Oviedo después de su segunda misión en la cuenca minera como comandante militar en Sama de Langr eo el político conservador don Eduardo Dato accede a la jefatura del que será su últim o gobierno. El 6 de junio y debido a su cargo en la comisión militar mixta de Ovie do el comandante Franco tiene que viajar a Madrid para presenciar, como represen tante de las guarniciones asturianas, la jura de bandera del príncipe de Asturias don Alfonso, afectado ya irreversiblemente por la hemofilia. Durante sus dos sem anas de estancia en la capital Franco queda comprometido con Milán Astray para inc orporarse a la organización del Tercio de Extranjeros cuando el ministro de la Gue rra apruebe por fin su creación. Ya ha regresado a Oviedo cuando unos días más tarde e l alto comisario Berenguer emprende la segunda fase de su plan, con objetivo en la ciudad interior de Xauen. Las operaciones se desarrollan en dos intentos simu ltáneos de penetración; uno desde Tetuán a través del macizo de Beni Hosmar con las colu mnas Castro Girona, Saliquet y Orgaz, otro por la cuenca alta del río Lucus en la comandancia de Larache. Dos oficiales de Regulares se distinguen, junto a otros muchos, en esta campaña: el capitán Agustín Muñoz Grandes y el teniente José Varela Iglesias, quien tras un co mbate de vanguardia a la bayoneta gana la primera de sus Laureadas. Por su parte el general Fernández Silvestre atraviesa en la comandancia de Melilla el foso del Kert y establece su base de partida sobre Alhucemas con la toma de Taferisit y Bu Hafora. Para la campaña de pacificación que se prevé extraordinariamente dura, el mando de Áf rica apoya ante el gobierno la creación de la Legión como nueva fuerza de choque que pueda combinarse con los ya experimentados Regulares. Encargado Millán Astray por real orden de organizar la fuerza, la constitución formal se realiza mediante las disposiciones del 2 y el 4 de septiembre de 1929. Aunque muchos la conocerán como la Legión el nombre oficial de la unidad es Tercio de Extranjeros, conforme a la gr an tradición militar española de los Tercios Viejos que dominaron las campañas europea s en el siglo XVI y se mantuvieron vigentes hasta la reorganización de tipo regime ntal impuesta por la nueva dinastía borbónica al comenzar el siglo XVIII. Al princip io el Tercio estaba compuesto por tres banderas, unidades tipo batallón, autónomas y móviles; cada bandera estaba formada por dos compañías de fusiles y una de ametrallad oras, además de servicios completos de zapadores, minadores y cuerpo de tren. Al t erminar el verano el comandante Franco conoce en Asturias dos noticias decisivas para su vida. Por fin el padre de su novia accede, en vista de la decisión de Car men, a su boda con Franco; pero una orden comunicada del 27 de septiembre destin a a Franco al Tercio de Extranjeros con base provisional en Ceuta. Millán Astray l e urge la incorporación inmediata. Y como le cantarán en coplas sus primeros legiona rios, el comandante Franco aplazó su boda por primera vez para acudir a la llamada de África y de la Legión. El comandante Franco con su recién estrenado uniforme del Tercio al que dirigió e n la campaña para la reconquista de Melilla después del desastre de Annual en 1921. Capítulo 5: Franco en la Legión: la campaña de Melilla 1920-1922 FRANCO EN LA ORGANIZACIÓN DEL TERCIO Los banderines de enganche para el Tercio que se establecen en varias ciudade s con éxito superior al esperado en aquella época de profunda crisis social. El teni ente coronel Millán Astray ha llegado a Ceuta a primeros de octubre del año fundacio nal, 1920, para recibirles. ¡Qué extraordinaria figura la de don José Millán Astray Terr

eros, militar original, idealista y excéntrico, a quien tuve el honor de conocer e n Madrid, poco después de la guerra civil! Ofrecía, desde luego, algunos aspectos po co comunes pero no merece la insultante descripción que le dedica el coronel Blanc o Escolá, que trata de ridiculizarle un tanto obsesivamente en uno de los capítulos más desafortunados, si cabe, de su antibiografía contra Franco militar. Me parece es pecialmente bochornosa la descripción peyorativa de sus heridas de guerra, que había recibido en acción de combate o junto a la línea de fuego y que merecen todo menos el sarcasmo. Atribuirle, además, la responsabilidad principal en la gestación de la mitología de Franco durante la guerra civil demuestra muy poca idea sobre la auténti ca fabricación de tal mitología, como en su momento veremos. Lo que ya resulta casi divertido si cabe hablar así en medio del bochorno que tal libro provoca es que desp ués de poner verde al fundador de la Legión el coronel Blanco, muy a su pesar, tiene que reconocer que Millán aprovechó bien su experiencia en el contacto con la Legión F rancesa, que su invento funcionó y que el teniente coronel poseía dotes de mando y de convicción para sus legionarios. Podía haberse quedado en ese reconocimiento, que r esponde a la verdad. José Millán Astray Terreros había nacido en 1879. Fue destinado como oficial a la c ampaña de Filipinas en 1896. Luego actuó como profesor y en 1912 obtuvo un destino e n África, donde en 1914 fue ascendido a comandante por méritos de guerra. Poseía dotes sobresalientes para la comunicación y la propaganda, además de valor acreditado. Su idealismo era muy sincero y por eso supo comunicarlo a sus legionarios. Por su estancia en Extremo Oriente conoció el código de honor de los samuráis, japoneses, el Bushido, que trató de adaptar a los soldados del Tercio. Es muy fácil, y muy injusto , ridiculizarle a estas alturas por su culto a la muerte pero el soldado de una fuerza de choque ha de convivir con la muerte y las canciones que él inspiró para el Tercio el himno de la Legión y la canción Nadie en el Tercio sabía no pueden escucharse hoy, con toda la historia legionaria delante, sin sobrecogimiento; la segunda po see, además, un alto valor musical y poético. Millán Astray estaba en 1920 creando una fuerza de choque para una guerra implacable contra un enemigo de altas cualidad es militares, no un noviciado de ursulinas. Sus voluntarios procedían de las capas marginadas de aquella sociedad en crisis, muchos reclutas provenían de la guerra social que rugía en Barcelona. Eran aventureros, fracasados en la vida familiar o en el trabajo, personas que buscaban desesperadamente un ideal, un horizonte en que redimirse. Me parece absurdo y ridículo despreciarles, y muy necesario compren derles. Millán Astray supo hacerlo. Les ofreció un ideal, dar su vida por España, una nación cargada de gloria. Les presentó la lucha, el combate y la muerte como una red ención. Nunca les consideró como unos vulgares mercenarios, descripción que parece men tira cómo un coronel del Ejército puede aplicarla también a los oficiales seleccionado s para el Tercio, donde muchos sabían que iban a encontrar la muerte. (El insulto se ha repetido hasta la saciedad; olvidando por ejemplo que los legionarios, los mercenarios de Franco en la guerra civil, ganaban exactamente tres veces menos qu e los milicianos rojos, cuya retribución era de diez pesetas diarias). Creo que ha perjudicado mucho a Millán Astray su famoso grito de Viva la muerte ante don Miguel de Unamuno en el acto del 12 de octubre de 1936 en Salamanca. Era un grito de g uerra, poco apto para un acto académico, desde luego. Pero como grito de guerra en una guerra a muerte es algo que puede y debe comprenderse. En intención de Millán A stray se trataba de una confesión patriótica, de un ofrecimiento de la vida, no de u n atentado contra la vida, aunque esta vida, en muchos casos, hubiera sido hasta entonces despreciable. En fin, no me importa que en estas líneas se me note mi co ndición de Legionario de honor, que considero un honor muy alto, ni me olvidaré nunc a de la arenga que tuve el honor de dirigir en 1980 a la Legión formada en Fuertev entura en que les animé a defender nuestra Constitución, que es la forma actual de l uchar por España. Desde este momento disponemos de un importantísimo documento autobiográfico del c omandante Franco, el Diario de una bandera que se publicó en 1922 y relata la expe riencia de Franco en la creación, adiestramiento y primera campaña de la Primera Ban dera del Tercio, que él mandó. La aparición de este libro fue recibida en España y en el Ejército de África con general estima, sin que se produjese, entre las fuentes que conozco, una sola crítica peyorativa ni al fondo, ni a la forma (que es sumamente

correcta y atractiva) ni por supuesto a la verdad del relato. Ensañarse a estas al turas con ese importante testimonio de Franco sólo puede nacer del encono y de la obsesión, que cada vez me parece más inexplicable1. El comandante Franco llegó justo a tiempo a su nuevo destino en Ceuta. El 10 de octubre de 1920 cruzaba el Estrecho a bordo del barco de la Transmediterránea Man uel Fernández Silvestre (lo que cambian los héroes, hace unos días vi en el muelle de Denia el barco de la misma compañía Manuel Azaña) y pudo advertir que lo habían tomado t ambién en Algeciras los doscientos primeros voluntarios de la Legión, que habían llega do la noche anterior tras un viaje en tren. Franco destaca en sus memorias este primer contacto con aquella agrupación de marginados a quienes debería convertir inm ediatamente en eficaz fuerza de choque pero, como le había sucedido en su experien cia de las cuencas mineras, reconoce que aquellos desechos de la sociedad (la ma yor parte eran españoles) procedían del corazón del pueblo español, que él había aprendido y a a respetar. Cuando bajaron a tierra africana de España los voluntarios se encont raron con un alto y delgado teniente coronel de ojos iluminados que les ordenó for mar como pudieron y empezó su breve saludo con una palabra que muchos de ellos no habían oído nunca referida a sus personas: ~Caballeros! . En el prólogo a la primera edición del Diario de una bandera Millán Astray explica por qué ofreció a Franco el primer puesto en el Tercio después del propio fundador. De seo advertir que estas palabras se publicaron en 1922, cuando Franco era todavía u n comandante que no alcanzaba, ni de lejos, la fama mucho más extendida que pronto iba a conseguir a mando de los legionarios. Decía así el jefe del Tercio: 1 F. Franco: Diario de una bendera Madrid, Pueyo, 1922. Otra edición (con próogo de Manuel Aznar) en Madrid, Afrodidio Aguado, 1956. El comandante Franco es conocido en España y en el mundo entero por sus propios méritos y las características que ha de reunir todo buen militar que son: valor, inteligencia, espíritu militar, entusiasmo, amor al trabajo, espíritu de s acrificio y vida virtuosa, las reúne por completo el comandante Franco . En 1922 Mil lán Astray nada tenía que esperar de Franco. Escribía desde su propia experiencia y co nocimiento personal. Exageraba un poco al afirmar que el joven comandante era ya conocido en el mundo entero, si bien tales palabras se publicaron después de la i ntervención de Franco en la campaña de Melilla, que dio amplia resonancia a su figur a. Naturalmente que al referir la actuación de Franco al frente de la Primera Band era del Tercio voy e tener delante sus propios recuerdos. Que al publicarse uno o do años después, cuando vivían innumerables testigos, no suscitaron una sola palabra de protesta o desmentido. Llegados a su pnmer acuartelamiento en la ciudad, los primeros legionarios fu eron filándose, sin que para ello se les exigiera documento alguno. Cada uno será lo que quiera, nada importa mi vida anterior rezaría su himno. Daban algunos nombres p eregrinos: Rodrigo Díaz de Vivar, Pedro Calderón de la Barca. En las ausencias oblig adas del teniente coronel Milán Astray para activar el reclutamiento en los bander ines de enganche y otros asuntos, Franco asume el mando de toda la Legión naciente , aunque su destino durante los próximos meses será la jefatura de la Primera Bander a. Franco empieza sus trabajos de instrucción inmediatamente, la misma tarde de la llegada de los primeros voluntarios, en la posición A a tres ilómetros de Ceuta. Allí se entera, con explicable envidia, el 14 de octubre, que las tres columnas organ izadas por el general Berenguer han conseguido el gran objetivo fijado para la s egunda fase del plan pacificador, la conquista de Xauen, gracias a la suprema ha bilidad del teniente coronel Castro Girona, quien con una reducida escolta se ha adelantado a las puertas de la ciudad y ha podido convencer a sus habitantes qu e se entreguen pacíficamente a las columnas españolas. Pero Franco se concentra en s u obligación y el 24 de octubre conduce a la Primera Bandera, ya uniformada, al nu evo campamento del Tercio, situado en la vecina localidad de Dar Riffien, donde aún seguían las edificaciones que luego se construyeron bajo la dirección de Franco cu ando la visité en 1971. Un general británico pasa revista por primera vez a la Prime ra Bandera y expresa su asombro por el grado de instrucción que Franco ha consegui

do en dos semanas. El 31 de octubre las tres primeras banderas del Tercio juran la bandera de España. Franco asume, además de la instrucción, la administración del Tercio. Encarga a su amigo Camilo Alonso Vega, que le ha acompañado a la Legión, el montaje de una granja ganadera que suministra un interesante complemento de alimentación y consigue una rentabilidad más que conveniente dados los cuantiosos gastos de la guerra african a. Muchos años después, el 30 de noviembre de 1946, Franco se refiere a su experienc ia en el Tercio ante un congreso de trabajadores: Yo, que viví intensamente la vida de la verdad, que nunca aparece más clara que en los campos de batalla, fui voluntario a mandar unos hombres marcados, señalados y estigmatizados por la sociedad, aquellas cabezas duras que de Barcelona y tanto s puntos de España venían a nuestra Legión, nosotros los convertimos en los mejores so ldados para la patria, en camaradas formidables, y aquellos hombres, ayer al mar gen de la sociedad, dieron con su vigor prez y gloria al glorioso Tercio de españo les que constituyendo el nervio de nuestra Legión Extranjera demostraron la verdad y el valor de aquel impulso . Dos días después de la jura de bandera en el Tarajal la Primera Bandera del Terci o recibe órdenes de marchar a un campamento de fuerzas indígenas situado junto a la desembocadura del Uad Lau, a 85 ilómetros al sur de Ceuta . Franco dirige la marc ha al frente de sus hombres, a través del Rincón del Medi , cruzando las afueras de Tetuán. Releva a los Regulares en el campamento de Uad Lau, donde los primeros leg ionarios continuarán su instrucción, que inevitablemente resulta durísima. Franco y su s legionarios pasan seis meses en aquel campamento avanzado, desde el que con ci erta frecuencia deben hacer alguna descubierta frente a movimientos sospechosos. Pronto la segunda bandera se reúne con la primera y Franco se ve obligado, por el ementales motivos de supervivencia de la Legión, a aplicar una estricta disciplina . El mismo lo explica en las conversacioes con su secretario militar: En las dos banderas que estaban en Uad Lau al organizarse la Legión hubo muchos casos de indisciplina y de deserción; la gente se escapaba en botes y desertaba, h abía que poner fin a tal estado de cosas y escribí entonces al teniente coronel Millán Astray pidiéndole que autorizase la aplicación de la pena de muerte a los legioinar ios que, frente al enemigo, cometieran delitos de gravedad. Milán me contestó que ha bía consultado a las autoridades y que de ninguna manera podía autorizar la aplicación de dicha pena sin las garantías que marca el Código de Justicia Militar. Le manifes té que salía de Uad Lau para reunirme con él. A los pocos días de esto me doy cuenta de que un legionario se negaba a que le sirviesen el plato con la comida. El oficia l, que era el hoy coronel laureado 1 Arriba, 1 de diciembre de 1946. señor Montero, dijo al legionario que la comida había que servírsela; pero que si n o quería comérsela que no lo hiciera. Se sirvió la comida al legionario y éste arrojó el p lato con su contenido a este oficial. Me di cuenta de esto y ordené tocar a formar , comprobando la veracidad de lo ocurrido por las declaraciones de los testigos. Entonces ordené que un pelotón de legionarios fusilase al compañero rebelde y desfiló l a Legión delante del cadáver. A continuación informé de lo ocurrido al teniente coronel Millán, diciéndole que lo había hecho bajo mi responsabilidad y pensando en la existen cia de la Legión, que necesitaba aplicar un castigo ejemplar para restablecer la d isciplina. Millán lo aprobó y en lo sucesivo no hubo ningún acto de indisciplina . Esta dramática escena debe encuadrarse en su contexto. El comandante Franco est aba formando una fuerza de choque a partir de un conjunto de hombres marginados y anárquicos. El mando le apremiaba para que terminase cuanto antes la preparación. La clave interna de la Legión era una disciplina férrea. El campamento se hallaba mu y cerca del enemigo y en permanente estado de alerta dentro de una guerra. Franc o vio con toda claridad que sin un acto de energía convincente la unidad legionari a se le iba de las manos. Tomó su decisión y la comunicó inmediatamente al mando, asum iendo la responsabilidad. El mando no tomó medida alguna en su contra sino que apr

obó el procedimiento. Calificar este acto como el comienzo de una etapa de terror es ignorar la realidad de sus circunstancias. Aunque se llenen páginas con retórica ba rata para ensuciar ochenta años después la decisión de Franco en 1920. Mientras tanto para atajar la guerra social en Barcelona el gobierno designa gobernador civil con plenos poderes a un militar distinguido por su energía y deci sión, el general Severiano Martínez Anido y jefe superior de policía en Barcelona al g eneral de la Guardia Civil Arlegui. El nuevo equipo actúa inmediatamente con el em pleo de la fuerza pública, el concurso de los Sindicatos Libres de base católica y e l aplauso de todas las gentes de orden de Barcelona, según el testimonio de Franci sco Cambó. A un grave precio, como el asesinato del exdiputado Francisco Layret el 20 de noviembre de 1920 y el confinamiento en Mallorca de Salvador Seguí y Luis C ompanys. Contra las medidas de autoridad los llamados Sindicatos Unicos de la CN T endurecen su resistencia, articulados por la estructura grupista así llamada porqu e se basa en grupos anarquistas de acción directa y salvaje. Como un reflejo de la guerra social de Barcelona en Madrid un grupo anarco-comunista, formado por 1 F. Franco Salgado Mi vida..., op. cit., p. 184s. Pedro Matéu, Ramón Casanellas y Leopoldo Nicolau acribillan desde una moto con si decar al jefe del gobierno Eduardo Dato en la plaza de la Independencia de Madri d. Tras Cánovas y Canalejas es el tercer jefe de gobierno de la Restauración que cae víctima de un crimen anarquista, cuando estaba a punto de conseguir con Maura una reconciliación conservadora. El 12 de marzo de 1921 un gobierno de concentración co nservadora bajo la presidencia de don Manuel Allendesalazar sustituye al desapar ecido Dato. Creo que no se valora lo suficiente este hecho gravísimo: la regenerac ión política española en el siglo XX se hace imposible ante la pérdida de los estadistas más valiosos a manos de los revolucionarios sin ley. Me parece clarísimo que esos c riminales no actuaban aisladamente ni sólo por su cuenta. En África el alto comisario, general Berenguer, aprueba una vez más los planes de l comandante general de Melilla, general Fernández Silvestre, que avanza escalonad amente entre las barrancas próximas a la costa con dirección a la bahía de Alhucemas y el 15 de enero de 1921 ocupa la importante posición de Annual. Por su parte las o rganizaciones obreras españolas han considerado seriamente el ofrecimiento que les hace la Internacional Comunista, la Tercera Internacional creada por Lenin en 1 919 y envían emisarios a Rusia para informarse sobre el terreno de las posibilidad es de adhesión. Por parte de la CNT Andrés Nin recomienda la adhesión pero su compañero Án gel Pestaña, que viaja también a Rusia, la descarta y convence a la organización para que no se confirme su anterior propósito de adhesión. Pestaña reprocha a Lenin, valero samente, la discordancia entre los ideales comunistas y la vida que llevan los d irigentes de la Internacional. El comportamiento del emisario socialista, profes or Fernando de los Rios, es semejante. En su conversación con Lenin le pregunta cómo se puede conciliar el internacionalismo comunista con la libertad. Y recibe del dictador soviético la respuesta famosa: Libertad, ¿para qué? El PSOE convoca un congres o extraordinario para decidir sobre la adhesión en vista del informe de Fernando d e los Ríos. La plana mayor del partido Iglesias, Besteiro, Largo Caballero, Prieto, Saborit, el propio De los Rios obtienen casi nueve mil votos contra la adhesión so cialista a la Internacional, aunque los partidarios de la adhesión consiguen algo más de seis mil. Con este motivo el PSOE sufre una escisión y con una parte de los p artidarios de la adhesión a la Comintern se crea el Partido Comunista de España en e se año 1921. El PCE, sometido a una tutela servil por los delegados soviéticos, care cerá de todo influjo social y político hasta 1934 . 1 Recientemente Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo han estudiado las relacion es de la Internacional Comunista con el PCE en un importante trabajo, Queridos c amaradas, Barcelona, Planeta, Franco prestaría suma atención al desarrollo del movimiento comunista pero no con sta que lo hiciese en África sino cuando, ya ascendido a general, recibió importante s destinos en la Península. Por el momento se concentra en el adiestramiento de su s legionarios de Uad Lau, y en abril de 1921 tanto él como el mando consideran que

la primera bandera está preparada para entrar en acción. La primera bandera del Ter cio, con el comandante Franco al frente, se incorpora el 17 de abril de 1921 a l a columna del coronel Castro Girona, que por la mañana de ese día desembarca en Uad Lau y recibe el homenaje de muchos moros notables de Gomara, la región situada al sur de Yebala por donde discurre el río Lau, que la columna se dispone a remontar para abrir al camino de la costa a Xauen. LAS OPERACIONES DE XAUEN Al frente de sus hombres el comandante Franco va a abandonar el campamento de Uad Lau. El haber diario de la tropa, incluido el plus por servicio en África, se había fijado en cuatro pesetas con diez céntimos, una cantidad considerable para el año 1920. Las primas de enganche eran de 500 pesetas para tres años, 700 para cinco ; la primera cantidad equivalía al sueldo mensual de un ingeniero joven. Por idea de Franco los primeros legionarios se tocaban con unos vistosos chambergos que s uscitaron no pocas chanzas en las demás unidades de África; y la primera bandera del Tercio salía a actuar en operaciones con su nuevo guión, diseñado por Franco e inspir ado en su escudo familiar, los jabalíes mordiendo el roble de Borgoña sobre fondo ne gro. De mayor importancia fue la decisión que Franco había tomado durante su estanci a en Uad Lau, cuando se publicó la protesta del teniente coronel González Carrasco c ontra las Juntas de Defensa. Este sindicato político-militar había caído en manos de l os burócratas militares que preferían la vida de guarnición o destinos peninsulares al peligroso voluntariado en África, pero simultáneamente se oponían a la política de asce nsos por méritos de guerra y recompensas que la oficialidad voluntaria en África juz gaba como un estímulo justo e imprescindible. Las Juntas pretendían ahora confinar p ara siempre en África a los jefes y oficiales que servían allí, para cerrarles el paso 1999. La absoluta dependencia soviética del comunismo español queda corroborada d e forma definitiva. a solicitar destinos en la Península cuando les conviniese. Trescientos jefes y oficiales de la Legión y de los Regulares entre otros Mola y Franco se adhirieron a la protesta de González Carrasco y se dieron inmediatamente de baja en las Juntas de Defensa. Con ello se creaba una nueva y peligrosa división en el Ejército, entre los que después se llamaron africanistas y los que pronto se designaron como junt eros, sí bien creo que las dos denominaciones, si no me equivoco, se deben a la re flexión de algunos hispanistas más bien que a expresiones nacidas en el seno de la f amilia militar. Desde aquel momento Franco se mostró adversario implacable de las Juntas de Defensa . La columna del coronel Castro Girona estaba compuesta por los tábores de Regula res de Tetuán y Ceuta, la mehal-la jerifiana, tropas de Cazadores y la primera ban dera legionaria. La columna consigue la ocupación de sus dos primeros objetivos, T arga y Tiguisas. Desde el 30 de abril la primera bandera reanuda el avance junto a las demás fuerzas remontando el valle del Lau con las que toman Coba Darsa . Al frente de sus hombres el coronel Castro Girona se presenta ante Xauen donde, ba jo el mando del teniente coronel Millán Astray se reúnen por vez primera las tres ba nderas del Tercio; la segunda y tercera han llegado dentro de la columna de Lara che, que se une a la de Uad Lau dentro del plan previsto. La Legión ha tenido, pue s, su bautismo de fuego y ha respondido como de ella se esperaba. Conseguida la comunicación de Xauen con Uad Lau y Larache, las columnas de la z ona centro-sur al mando directo del general Berenguer se disponen a eliminar el nido montañoso del rebelde Raisuni en Tazarut, situada al sur de los montes de Yeb ala y a unos treinta ilómetros al nordeste de Xauen. Mientras tanto en la línea ext erior de la comandancia de Melilla y en el sector próximo a la costa, el general F ernández Silvestre proseguía su avance escalonado entre Annual en el interior (tomad a el 15 de enero) y Sidi Dris en la costa, que ocupó el 15 de marzo. Silvestre cre e bien asegurada su línea de avance y viaja a la Península en mayo de 1921 donde con ferenció con el Rey y fue recibido como un héroe en la Academia de su arma, la Cabal lería, en Valladolid. Nunca se ha demostrado que el experimentado general recibier

a impulsos para que avanzase imprudentemente, aunque se han supuesto sin base al guna todo género de maquinaciones. Silvestre contaba 1 Cfr. E. Mola, Obras completas, op. cit. págs 998, 1018. en su Estado Mayor con un competente teniente coronel jefe de operaciones, do n Fidel Dávila Arrondo, partidario de la penetración pacífica en el territorio asignad o a la Comandancia de Melilla. En 1920 Dávila aconsejaba a su comandante general: Ahora ni un paso más, mi general: tenemos que consolidar y colonizar . Por desgrac ia Dávila, contra cuyo consejo Silvestre había ocupado Annual, regresó a España en julio de 1921 .En resumen, el teniente coronel Dávila proponía a Silvestre un método semeja nte al que utilizaba en la zona central el coronel Castro Girona y que tan excel entes resultados había producido en las operaciones de Berenguer sobre Xauen .

Mientras el comandante Franco aguarda en Xauen la orden de reanudación de las o peraciones sobre Tazarut escribe un artículo titulado El mérito en campaña y lo envía a la revista profesional Memorial de Infantería que, controlada por las Juntas de De fensa, decide no publicarlo. En él Franco calificaba los planes de las Juntas como proyectos ideológicos , no simplemente militares. Por entonces el 23 de mayo de 1921 en un banquete que le ofrecen los olivareros de Córdoba el rey don Alfonso XIII d eja traslucir imprudentemente su pensamiento íntimo y promete trabajar por el prog reso de España dentro o fuera de la Constitución . El ministro de jornada, Juan de la C ierva, entrega a la prensa una versión del discurso en que se omite ese desliz per o no puede evitar que las auténticas palabras del Rey se filtren a la opinión. Unos días después, el 1 de junio, el general Silvestre ordena la ocupación de un punto avan zado y elevado sobre una cresta en la cabila de Tensaman, a cinco ilómetros al su roeste de Annual y muy cerca ya de la costa. En la posición se emplaza una batería y se encargan de la defensa algunos soldados españoles junto a un tabor de Regulare s. Silvestre, que ha vuelto a Melilla, tiene que regresar urgentemente cuando le llega la noticia de que la posición de Abarrán se ha perdido, el tábor de Regulares h a desertado, los defensores españoles han muerto y los cañones han caído en poder del enemigo cuyo jefe es un marroquí de la cabila de Beni Urnaguel, llamado Abd el Kri m el Jatabi, que se había distinguido al servicio de España en Melilla, había obtenido una condecoración y luego había asumido una actitud rebelde por motivos de supuesta s ofensas inferidas a su familia. La moral de Fernández Silvestre sufrió grave quebr anto por haber sido el primer general que perdía cañones en África. Aun así defendió con ef cacia durante una larga batalla la posición costera de Sidi Dris, atacada por el m ismo enemigo. El profesor Jesús Pabón, con su maestría habitual, capta bien la importa ncia del episodio: Abarrán 1 Testimonio que creo fidedigno de don Valentín Dávila Jalón, hijo del entonces tenie nte coronel Dávila, en entrevista personal con el autor el 2 de julio de 1973. lo había cambiado todo . En un estudio militar que compuso después de la guerra civ il, titulado ABC de la batalla defensiva el ya general Franco se refiere al asun to: La posición de Abarrán es uno de los casos más típicos en este orden. Hombres valiosos y tropas aguerridas que supieron morir en sus puestos fueron vencidos con toda facilidad ante el primer azar favorable para los atacantes. La posición de Abarrán e ncerraba todos los defectos que tratamos de corregir. La concentración de elemento s entremezclados de infantería y artillería en un pequeño espacio, circundado de un pa rapeto débil en terreno accidentado con ángulos muertos colocó a los defensores en las peores condiciones, desde el punto de vista de las características psicológicas par a la defensa ante los efectos morales de las bombas de mano y fuegos del enemigo . El error de Abarrán tuvo funestas consecuencias para la suerte del territorio . Cuando Abd el Krim se retira de Sidi Dris los generales Berenguer y Silvestre se entrevistan frente al poblado a bordo del crucero Princesa de Asturias . Sil vestre convence al general en jefe que pese al contratiempo de Abarrán la situación no es alarmante por lo que Berenguer vuelve al sector central para emprender las operaciones de Yebala contra el Raisuni. A partir del 12 de junio Franco, con l

a primera bandera del Tercio, a la que luego se agregan las otras dos, marcha en el centro de la columna dirigida por el general Sanjurjo en la zona del zoco el Arbaa, una elevación sobre el camino de Xauen a Tetuán. En su frente sobre Tensaman , Silvestre ocupa una nueva posición cerca de Annual, en dirección a la perdida Mont e Abarrán; la de Igueriben. Berenguer y Silvestre pretenden, o así lo parece, conseg uir sus dos grandes objetivos Tazarut y Alhucemas antes de terminar el mes de juli o. Luego se generó un rumor persistente sobre cierto telegrama enviado por don Alf onso XIII a Silvestre emplazándole a tomar ese objetivo para el día de Santiago. Nun ca se han encontrado rastros de telegrama semejante pero media España lo creyó a pie s juntillas, según la intención de los enemigos del Rey para culpar después al Rey del desastre. Sin la menor prueba. En su nuevo campamento de Robba el Gozal Franco espera la orden de avanzar so bre Tazarut. Nunca llegó esa orden sino otra muy distinta. En la madrugada del 22 de julio Millán Astray llama al comandante Franco que se despierta bruscamente, se viste con celeridad y escucha la orden del jefe de la Legión, que pide una bander a F. Franco: ABC de la batalla defensiva Madrid, imp. Del Servicio Geográfico del Ejército, 1944. para acudir urgentemente hacia el Fonda . En el sorteo corresponde la misión a la primera, que parte inmediatamente con Franco. Nadie, ni quien había dado la ord en, sabía nada. Lo que había sucedido era nada menos que el Desastre de Annual. EL DESASTRE DE ANNUAL Y SUS CONSECUENCIAS El 18 de julio de ese año 1921 las fuerzas de Abd el Krim atacan con tanta furi a al convoy de aprovisionamiento enviado desde Annual a Igueriben que no puede l legar a su objetivo. El 17 pueden llegar los suministros, pero no regresar el co nvoy. Los días sucesivos no llega una gota de agua a Igueriben, ni siquiera cuando el valeroso general dirige personalmente el socorro, por lo que ordena el repli egue a los defensores de la posición. Sólo 25 de ellos consiguen llegar vivos al cam pamento de Annual, donde cunde la desmoralización por el gravísimo percance. El enem igo, que opera con la precisión de un ejército regular y probablemente con instructo res alemanes, bombardea el campamento español con artillería que en parte había sido e spañola. Pasada la media noche, ya es 22 de julio, en un consejo de guerra se deci de la retirada sobre Monte Arruit y ya de día otra reunión de jefes y oficiales rati fica esa decisión. El general Silvestre ha perdido la confianza de sus hombres y a unque su trágico fin sigue siendo un misterio parece muy probable que al anunciars e el ataque del enemigo, distribuido en tres columnas, Fernández Silvestre salió a c uerpo limpio para buscar la muerte y la encontró. Los efectivos de Abd el Krim, qu e procedían en gran parte de su aguerrida cabila de Beni Urriaguel, eran de infant ería y caballería pero no rebasaban los dos mil hombres. La fuerza española según Leguin eche sería de unos cuatro mil, pero el mismo autor cifra en unos tres mil los supe rvivientes que llegaron a Monte Arruit o a Melilla; por lo que deduzco que los d efensores de Annual pasarían tal vez de ocho mil. El frente español de Annual contab a con diecisiete posiciones y se perdieron todas. Ante la desaparición de su jefe y la escasez de bastimentos y municiones los soldados fueron presa del pánico, lo que ha sucedido en la Historia muchas veces; y para ceñirnos a los tiempos moderno s se han visto ejemplos semejantes desde la derrota británica de Yor town en Norte américa a la del mismo país en Jartum dentro ya del siglo XX. La retirada de la división española fue espantosa. Abundaron los actos de heroísmo pero el camino hasta la posición de Monte Arruit quedó sembrado de cadáveres. La revis ta profesional La Correspondencia Militar cifra los muertos de esa retirada en n ueve mil hombres. El periodista Manuel Leguineche, que ha estudiado seriamente l a campaña de Annual, cree probable la cifra de más de trece mil, que se citó en el Con greso de los Diputados. Las diversas cargas del regimiento de Caballeria Alcántara , a las ordenes del teniente coronel Fernando Primo de Rivera, que había llegado d e Melilla para cubrir la retirada, se lanzaron contra el enemigo pero la última hu

bo de realizarse al paso ante el agotamiento de jinetes y caballos; murió el ochen ta por ciento de los efectivos del regimiento. En Monte Arruit el general Navarr o, que había acudido con una corta columna de socorro desde Melilla, recoge a much os supervivientes y trata de resistir, pero en aquel terrible sol africano tiene que rendirse el 9 de agosto. El enemigo incumple las condiciones de capitulación y asesina a la mayoría de los defensores. Ya han caído los poblados intermedios de Z eluán y Nador. Los hombres de Abd el Krim coronan las crestas del Gurugú y sólo quedan mil ochocientos hombres desmoralizados para la defensa de Melilla. El general Martínez de Campos, a quien se debe, seguramente, la mejor descripción del Desastre afirma que sólo en Monte Arruit se recuperaron, después de la reconqui sta, tres mil cadáveres españoles. La cifra total próxima a los diez mil muertos parec e más que probable . Las consecuencias inmediatas del desastre de Annual, además de la s gravísimas pérdidas humanas que afectaron profundamente a España entera, fueron la c aída en poder del enemigo de todo el territorio correspondiente a la Comandancia d e Melilla y el gravísimo peligro que sufrió la ciudad española. Las cabilas del Rif se alzaron contra España y todo el protectorado se vio surcado por aires de rebelión. LA LEGIÓN EN LA RECONQUISTA DE MELILLA El general Berenguer, alto comisario y general en jefe, fue inmediatamente ac usado por muchas voces como máximo responsable del Desastre. Muchos años después Franc o lo creía así; en cambio el futuro general Dávila estaba seguro de que no. Por supues to que las izquierdas, parlamentarias o no, dirigidas de forma vibrante por el s ocialista Indalecio Prieto, tiraron inmediatamente por elevación contra don Alfons o XIII declarándole responsable supremo de la catástrofe. Cayó inmediatamente el gobie rno Allendesalazar y el Rey designó de nuevo a don Carlos M. de Campos: España bélica..., op. cit.; Manuel Leguineche, Annual, Madrid , Alfaguara, 1996. Antonio Maura como presidente del Consejo, al frente de su segundo Gobierno n acional, quien a su vez designó a Juan de la Cierva y Peñafiel como ministro de la G uerra. Tanto el nuevo gobierno como el alto comisario se dispusieron sin perder un segundo a asegurar la defensa de Melilla y a reconquistar todo el territorio perdido en el Desastre. El general Berenguer suspendió inmediatamente las operaciones de la zona centra l contra Tazarut lo que salvó por el momento al Raisuni de la amenaza que se cernía sobre él. El general Berenguer se ha presentado en Melilla amenazada en la noche d el 23 de julio. Con la primera bandera del Tercio el comandante Franco ha recorr ido desde su posición avanzada hasta el Fonda y de allí a Tetuán, cien ilómetros en día y medio. Siguen llegando a Melilla soldados heridos, medio desnudos y destrozado s que han sobrevivido al Desastre cuando arriba al puerto el vapor Ciudad de Cádiz con la primera bandera del Tercio, el comandante Franco y el general José Sanjurj o, que ha sido designado como jefe de la columna de socorro. En su diario de cam paña y ante la situación moral de Melilla Franco anota: Todas las fantasías serían pocas . El general Sanjurjo y el teniente coronel Millán Astray, que también viene con la ex pedición, eran personajes pintiparados para levantar el ánimo de la ciudad. Sanjurjo desciende por la pasarela del barco vestido con su célebre pijama a rayas y monta en un automóvil para salir de Melilla y hablar con los jefes indecisos de las inm ediaciones. Millán Astray dirige por las esquinas de la ciudad numerosas arengas a las gentes que se agolpan para escucharle. Y Franco, al frente de la primera ba ndera, desfila por las calles cantando La Madelon . Era exactamente lo que había que hacer. Como la población ha recibido con hostilidad a los Regulares que manda Gonzál ez Tablas, Sanjurjo ordena que desfilen junto a los legionarios en columna de a ocho. Al terminar el alarde las dos tropas de choque marchan a Lavaderos para fo rmar una primera línea de defensa ante la ciudad. Los legionarios protestan ruidos amente cuando el mando no les permite volar desde sus posiciones avanzadas en so corro de Nador, cuya guarnición cae frente a Abd el Krim ante sus ojos pero Bereng uer y Sanjurjo no permiten aventuras y preparan una reconquista escalonada y seg

ura. El ministro de la Guerra Juan de la Cierva, conocido por su eficacia a lo l argo de toda su carrera política, viajó a Melilla (Franco todavía le recordaba cuando hablé con él en 1971) y además de inspeccionar las defensas de la ciudad consiguió reuni r en poco tiempo un ejército de 160.000 hombres bien equipados la mayor fuerza que se había visto en Marruecos para emprender la reconquista del territorio. Adquirió lo s carros de la primera unidad blindada que entró en combate dentro del Ejército, com pró también las gabarras autónomas de desembarco que habían fracasado con los ingleses e n Gallípoli pero que pensaba utilizar con mejor fortuna en el desembarco de Alhuce mas. Y para atajar el clamor de la izquierda antimonárquica y antimilitarista cont ra la Corona una de sus primeras disposiciones fue confirmar como alto comisario y general en jefe al general Berenguer. En sustitución del desaparecido Silvestre fue designado otro prestigioso general de Caballería, don José Cavalcanti de Alburq uerque. El 8 de septiembre la primera Bandera del Tercio marcha en vanguardia de la columna Sanjurjo, que consigue en Casabona la primera victoria contra Abd el Krim. En vista de la eficacia demostrada por el Tercio se forman en el campamen to de Dar Riffien dos nuevas banderas, la cuarta y la quinta. Los corresponsales del diario monárquico ABC y del diario liberal El Sol comunican continuas noticia s sobre la eficaz actividad del Tercio y del comandante Franco. Al término de las campañas de Marruecos en 1928 la Legión se había convertido en una pequeña división táctica con ocho banderas. El 17 de septiembre el comandante Franco, que sigue en vangua rdia frente a Nador, debe hacerse cargo de la tercera bandera además de la suya po rque el teniente coronel Millán Astray ha caído nuevamente herido. Con los Regulares del teniente coronel González Tablas combate muy cerca de la legión el segundo jefe de las fuerzas indígenas, comandante Emilio Mola. Para el autor de este libro est a campaña reviste una especial emoción; mi padre Ricardo de la Cierva Codorníu, alférez de complemente de Caballería, entró en Nador con la columna Cabanellas. La Legión perm anece en Nador como campamento avanzado y el 8 de octubre flanquea desde el sur a las columnas de Melilla que coronan de nuevo las crestas del Gurugú tras apodera rse del nido del viejo Mizzian, el poblado de Segangan. (La maniobra de Franco e s decisiva para la recuperación del temible monte). El 23 de octubre las dos bande ras de Franco, como siempre en vanguardia de la columna Sanjurjo, colaboran en l a reconquista de Zeluán que consigue la brigada del general Miguel Cabanellas Ferr er. Los legionarios ayudan a los soldados de Cabanellas a enterrar los cadáveres i nsepultos de numerosos soldados españoles que son presa de buitres y alimañas. Desde allí, junto con numerosos oficiales de África, Franco se adhiere a la durísima carta en que el general Cabanellas dirige a las Juntas de Defensa, a quienes culpa de la deficiente política militar que había provocado el Desastre. La carta, escrita tr as haber dado sepultura a quinientos soldados españoles, causa una impresión profundís ima en toda España. Pero aunque la opinión pública española veía generalmente con buenos o jos las operaciones militares de reconquista toda la prensa parecía un hervidero e n torno a la exigencia de responsabilidades. A los dos días de la reconquista de M onte Arruit, el 27 de octubre de 1921, el diputado socialista Indalecio Prieto i mplicó por vez primera a don Alfonso XIII a quien odiaba desde la infancia, según con fesaría más tarde en las responsabilidades del Desastre. En los escasos días que le que daron de vida tras la catástrofe el mismo gobierno del Desastre había designado al l aureado general don Juan Picasso González como instructor de un famoso expediente que lleva su nombre, para depurar esas responsabilidades. Pero las fuerzas de Me lilla obligan a las de Abd el Krim a principios de noviembre a repasar el foso d el Kert. Desde la posición de Tifasor, donde había tomado contacto por vez primera c on la guerra de África en 1912, el comandante Franco al frente de sus dos banderas maniobró por sorpresa en marcha nocturna y se apoderó del macizo de Uixan. Su nombr e aparece en numerosas citaciones de la campaña. Los corresponsales y observadores de la prensa española y extranjera hablan continuamente de Franco y sus legionari os. Entre los más entusiastas figuran Gregorio Corrochano de ABC, Manuel Aznar, pr imer director de El Sol y, quién lo dijera, Indalecio Prieto para El Liberal de Bi lbao. Muchos años después, en la primavera trágica de 1936, Prieto lo recordará expresam ente en su resonante discurso de Cuenca, poco antes de la guerra civil, cuando h abla de Franco en la campaña de Melilla: Es la fórmula suprema del valor, hombre sere no en la lucha . Parece mentira como algunos antibiógrafos de hoy menosprecian esta fama de Franco, ganada a pulso a fuerza de aciertos al mando de los legionarios.

El 21 de noviembre la Legión ocupa Ras Mediua y el 10 de enero de 1922, cuando en tra en el que va a ser su nuevo campamento avanzado en Dar Drius, Franco no pued e evitar un comentario que me repitió con mucha fuerza en 1971: Aquí es donde hubo qu e detener a Abd el Krim tras la retirada de Annual . La entrada en Dar Drius supon e prácticamente la recuperación de la línea de partida de Silvestre en su campaña de 192 0, es decir la reconquista del territorio perdido en el Desastre. No había llegado aún el momento de seguir el avance hacia Alhucemas, que Franco ya consideraba, co mo demuestra su libro de 1922, como el objetivo principal de España en África. Franc o estaba tan convencido de que el desembarco en Alhucemas supondría el virtual fin de la guerra en Marruecos que, según mi impresión, llegó a persuadirse que era idea s uya. Pero no es verdad. La idea provenía de varios informes del Estado Mayor y era compartida por muchos militares en África. Tanto que el gobierno Maura, en su reu nión celebrada en Pizarra ese mismo año 1922, la aprobó aunque no pudo realizarla porq ue las disensiones internas de ese gobierno forzaron su caída y el abandono del pl an sobre Alhucemas. Después, en 1924, el general Primo de Rivera lo reconsideró y al año siguiente lo realizó. Pero estamos aún en 1922, cuando la polémica sobre las responsabilidades ruge en las instituciones y la opinión pública española. Generales veteranos de África participa n en los debates que se organizan en el Senado sobre el asunto: entre ellos los generales Marina y Alfau. Otro miliitar con gran experiencia africana, avalada p or una Laureada, don Miguel Primo de Rivera, había sugerido abandonar el protector ado en 1917, para evitar tantos gastos y pérdidas humanas, por lo que fue destitui do de su cargo como gobernador militar de Cádiz. Ahora, en diciembre de 1921, sien do ya capitán general de Madrid, reiteró su tesis abandonista apoyándose en la prueba del Desastre de Annual por lo que sufrió una nueva destitución. Pero Primo de Rivera tenía demasiado prestigio para quedar privado de mando y poco después el gobierno l e designó capitán general de Barcelona, donde supo congraciarse no sólo con la guarnic ión sino con las que entonces se llamaban fuerzas vivas de Cataluña. A fines de 1921 a nte el éxito de su campaña para la reconquista del territorio el general Sanjurjo fu e nombrado comandante general de Melilla. Mientras tanto Franco mantiene a sus d os banderas de la Legión en el campamento avanzado de Dar Drius desde el que dirig e varias descubiertas y tanteos frente al enemigo. En una de ellas, reflejada po r el corresponsal de ABC Gregorio Corrochano en su crónica del 31, el general Sanj urjo, que está presente, dice a Franco cuando regresa al campamento: No va a ir ust ed al hospital del tiro de un moro, sino de una pedrada que le voy a dar yo cuan do vaya a caballo en las guerrillas . Este tipo de anécdotas que reflejan testimonios recogidos en primera línea cimentan la fama del comandante Franco, aunque como es natural producen el consiguiente pavor en su novia Carmen Polo cuando puede leer las en Oviedo. La fama de Franco se justifica en dos datos comprobados: primero, su valor personal y eficaz en el mando táctico de sus fuerzas, que son dos bander as del Tercio; segundo, el extremo cuidado que siempre pone para ahorrar vidas d e sus hombres en las operaciones. Que estas cualidades, comprobadas continuament e en la campaña de Melilla, reconocidas por el mando en sus menciones y por la pre nsa en sus crónicas, puedan provocar ochenta años después, sin motivo ni prueba alguna , el desprecio de algún antibiógrafo es un misterio que seguramente carece de explic ación racional. Encauzada la campaña de Melilla el general Berenguer ordena a su jefe más valioso , el general Castro Girona, que reanude las operaciones contra Tazarut en la zon a centro-sur para desalojar al Raisuni de la región. El viejo rebelde sueña con repe tir en su territorio la hazaña de Abd el Krim en Annual pero no lo conseguirá nunca. A principios de 1922 las fuerzas de Castro Girona inician sus movimientos y el 12 de mayo consiguen la ocupación de Tazarut. Sanjurjo, nombrado jefe de a comanda ncia de Larache, colabora con el general Marzo, comandante general de Ceuta y el general Castro Girona en estas operaciones que cuestan la vida al laureado jefe de los Regulares, teniente coronel González Tablas. Tazarut cae en poder del Ejérci to y el Raisuni consigue escapar; aunque pronto los vaivenes de la política española buscan de nuevo un pacto con el rebelde vencido. Por entonces se había desintegra do ya el segundo gobierno nacional de Maura, por las irreductibles diferencias e

ntre sus ministros, el 7 de marzo de 1922; es el final de la vida política del gra n estadista desaprovechado. A partir de entonces la vida política española se debate entre la incompetencia y la desorientación. Los gobiernos se suceden sin rumbo y la guerra de África se resiente vivamente por ello. El primero de esos gobiernos, dirigido por el político liberal-conservador don José Sánchez Guerra, famoso por sus ar ranques destituye del gobierno civil de Barcelona al general Martínez Anido, disuel ve por decreto (sobre el papel) a las Juntas de Defensa y, con mayor gravedad, d ecide el 18 de julio de 1922 dar estado parlamentario al expediente Picasso sobr e las responsabilidades del Desastre. Unos días antes, el 10 de julio, el Consejo Supremo de Guerra y Marina, presidido por el general Aguilera, acuerda el proces amiento del general Berenguer, a quien Sánchez Guerra sustituye como alto comisari o por el general Ricardo Burguete, el mismo que había dictado en 1917 el bando con tra los revolucionarios de Asturias calificándoles como alimañas y que después había pedid o, sin ser aceptado, el ingreso en el Partido Socialista. Burguete intenta la pa cificación del protectorado desde una posición de fuerza y ordena varias importantes rectificaciones a vanguardia en la línea avanzada de la comandancia de Melilla. E l general Burguete trataba de repetir, con mejor dispositivo táctico, la ofensiva de Silvestre sobre Alhucemas pero Sánchez Guerra le ordenó que la operación se realice por vía pacífica, no por la fuerza militar. Pero el 5 de diciembre de 1922 cayó el go bierno conservador de Sánchez Guerra, a quien reemplazó el gobierno liberal de don M anuel García Prieto, quien designó por vez primera un alto comisario civil para regi r el Protectorado. Fue nombrado para ello un político liberal, don Miguel Villanue va, con grave disgusto del ejército de África; pero no se designó un general en jefe p ara todo el territorio. Ello comportaba una completa falta de coordinación. El comandante Franco sigue naturalmente con el máximo interés estas evoluciones d esorientadas de la política general española, sobre todo en relación con el norte de Áfr ica, pero se concentra en su vida profesional, que le depara a fines de junio de 1922 una satisfacción importante: una orden general de la Alta Comisaría por la que se le concede la Medalla Militar individual primera condecoración después de la Laur eada por la perseverante labor desarrollada durante la campaña de Melilla al frente de las dos banderas del Tercio, siempre en primera línea . Poco después la recompensa se extiende, de forma colectiva, a toda la Legión que había participado en esa campaña . Perfectamente adiestrada en Riffien la cuarta bandera del Tercio se incorpora al campamento de Dar Drius. A fines de octubre, al frente de la primera bandera, Franco colabora en la toma de Tafersit y Bu Hafora. El 28 de octubre Franco con sigue con sus hombres desalojar a las fuerzas de Abd el Krim de la posición de Tiz zi Azza donde el comandante consigue evitar los errores de Abarrán asegurando el s uministro de agua con la construcción de pozos y disponiendo las fortificaciones a decuadas. Los continuos ataques de Abd el Krim contra Tizzi Azza se estrellan du rante los tres años siguientes; es la posición que más aparece en las noticias de África . Por la oposición de las Juntas de Defensa, que siguen actuando en la clandestini dad, el teniente coronel Millán Astray sufre el 13 de noviembre de 1922 la destitu ción como jefe del Tercio y causa baja en sus filas, quedando como disponible forz oso en Madrid. El impulsivo militar pide la baja en el Ejército y publica un manif iesto a la nación nada menos en que se niega a seguir en una institución gobernada por dos poderes, uno legal y otro ilegal. Los amigos de Millán consiguen convencerle de que retire su solicitud de baja pero no pueden ahogar su resentimiento contra las Juntas, que muchos oficiales de África comparten. Franco, que ya estaba propu esto para el ascenso a teniente coronel, espera fundadamente sustituir al Millán A stray como jefe del Tercio pero el ascenso se retrasa por motivos oscuros y se d esigna para el mando de la Legión a un teniente coronel de valor reconocido, don R afael de Valenzuela, caballero de Santiago. Franco, en plena frustración, pide inm ediatamente el traslado a un puesto en la Península y envía desde África al comenzar e l año 1923 un telegrama durísimo a la autoridad competente en nombre de toda la ofic ialidad del Tercio en que expresa la solidaridad de todos respecto a Millán Astray y repudia la actuación subrepticia de las Juntas de Defensa, cuya disolución efecti va reclama. El general Casas de la Vega, en su admirable estudio sobre la reconquista del

territorio de Melilla, analiza con precisión las actuaciones del comandante Fran1 La campaña de Melilla en 192 1-1922 está admirablemente descrita por C. Martínez de C ampos en su citada obra España bélica, siglo XX, Marruecos, p. 228s. Es esencial el libro de Franco, ya citado, Diario de una bandera publicado en 1922. Para el tra sfondo político deben consultarse las obras de Juan de la Cierva y Peñafiel, Notas d e mi vida, Madrid, Reus, 1955 y J. Pabón, Cambó , ya citado, tomo 11-1 p. 344. Cfr.e l interesante libro de Francisco Gómez Jordana La tramoya de nuestra actuación en Ma ruecos, Madrid, Editora nacional, 1976. El telegrama de Franco contra las Juntas consta en la Historia de la Cruzada española vol 1 p. 121 que contó con el testimon io directo de Franco y de Millán Astray. Sigue siendo fundamental el Franco milita r, ya citado, del general Casas de la Vega, cuyo relato de esta campaña de Melilla me parece sencillamente perfecto. co en las operaciones. Y demuestra, prueba tras prueba, que esas actuaciones fueron relevantes, tanto en el ataque frontal, cuando era preciso, como en la ma niobra que tantas veces emprendió al frente de sus dos bandera de la Legión. A una d e estas maniobras atribuye el general Casas la caída del Gurugó en manos del Ejército español. La orden por la que se le concede la Medalla Militar individual y la que decide poco después, ya en 1923, su ascenso a teniente coronel, reconocen de maner a oficial y expresa esos méritos militares de la acción de Franco en la campaña. Poner en duda esos méritos, en cuyo elogio coincidieron entonces todas las instancias y todos los observadores, me parece encono y temeridad, si no simple ignorancia v oluntaria, que es la peor de todas por los oscuros motivos que puede ocultar. La boda del teniente coronel Franco y Carmina Polo en Oviedo, entre dos grand es campañas africanas. Capítulo 6: Franco jefe de la Legión: sus grandes campañas de Tifaruín, Xauen y Alhuc emas JEFATURA DE LA LEGION Y REGRESO A ÁFRICA El árbitro intelectual de España, profesor José Ortega y Gasset, publicaba por foll etones en el diario liberal El Sol, durante el año 1920, el más famoso de sus ensayo s políticos, España invertebrada, que se editó luego en forma de libro en 1921 y causó u na impresión demoledora en todo el país. Ortega señala que el defecto fundamental de l a historia y la realidad española es el de los particularismos; y cita entre ellos el particularismo separatista, el particularismo clasista y el particularismo m ilitar. En su ensayo Ortega denuncia la insolidarídad de las clases como fermento p ara la revolución y la posibilidad de las dictaduras, pero también la crisis de las d emocracias. En el Ejército agradó el rechazo de Ortega a los separatismos y su recon ocimiento de que la unidad de España fue la clave de su grandeza; pero no gustó la i nterpretación del Ejército como puño cerrado contra la nación ni la ausencia de un análisi s sobre la división interna del Ejercito como grave causa de tantos males. Las dis putas políticas degeneraban en escándalos parlamentarios mientras las izquierdas arr eciaban en la exigencia de las responsabilidades hasta lo más alto. El comandante Franco consideró que ante la desorientación de los gobiernos no le quedaba mucho que hacer en África y aceptó el destino que le devolvía a su querido reg imiento de Oviedo. Permanece las primeras semanas del año 1923 en África, donde el 1 1 de enero el nuevo comandante general de Melilla le impone en el campamento de Dar Drius, ante las tres banderas de la Legión ya al mando de su nuevo jefe, el te niente coronel Valenzuela, su Medalla miliar individual. El día 17 emprende su reg reso a la Península. El 23 y 24 de enero el empresario vasco Horacio Echevarrieta, cuyo agente es el socialista Indalecio Prieto, consigue que Abd el Krim devuelv a, a cambio de un sustancioso rescate, al general Navarro y los demás prisioneros de Annual y Monte Arruit que había ret enido en su feudo de Axdir desde su captura en el Desastre. El mismo día 23 es la fecha del real decreto por el que don Alfonso XIII concede al comandante Franco una excepcional distinción: el nombramiento de gentilhombre de cámara con ejercicio y servidumbre. Franco siempre fue monárquico aunque nunca palatino ni cortesano; l

a distinción revela que el Rey participaba del aprecio general que envolvía al joven jefe tras su campaña de Melilla. A su paso por Madrid sus ya numerosos amigos y a dmiradores le ofrecen un banquete de homenaje, tras el cual un periodista muy af ecto, Juan Ferragut, publica una interesante entrevista con el ya famoso jefe a quien llama abiertamente joven héroe de la campaña marroquí . Insiste en que Franco deja la guerra como Sanjurjo y como Millán Astray por los manejos de una burocracia estér il. Por primera vez se le incluye en un conjunto selecto: los mejores, los caudil los, los que cuando el pánico de la derrota vergonzosa supieron ser fuertes, héroes y españoles . Franco explica al periodista que ha dejado África porque ahora no se hace más que vegetar . Y define las dos épocas del militar: Yo creo que el militar tiene do s épocas, una la de la guerra y otra la del estudio. Yo ya he hecho la primera y a hora quiero estudiar. La guerra era antes más sencilla: se resolvía con un poco de c orazón. Pero hoy se ha hecho más complicada, es quizá la ciencia más dificil de todas . Re conoce que no puede quejarse de su carrera militar, a sus treinta años; Recuerda v arios hechos de armas en los que ha participado; el de Casabona, donde se consag ró el Tercio; el de su despedida, cuando abrazó a sus hombres. No lleva puesta más que la Medalla Militar recientemente concedida. Y cambia de tema: Ahora voy a Oviedo a casarme . No era esta revista ilustrada el único medio que se hacía eco de la fama militar de Franco entonces. El Debate, órgano de la Asociación de Propagandistas y uno de los primeros diarios españoles, conocido por su objetivid ad, afirmaba el 26 de enero de 1923 que la carrera militar de Franco, aun siendo brillante, resultaba demasiado lenta; en otros tiempos el jefe de la Legión duran te la campaña de Melilla no sería un simple comandante sino general en jefe. Franco pasa unos días en El Ferrol y se incorpora a su destino en Oviedo el 31 de enero. Su hermano mayor Nicolás pide oficialmente la mano de Carmina Polo a sus padres. 1 Nuevo Mundo, nçu,ero 1514, con foto de Franco en portada junto a otros geneal es y jefes distinguidos en África. La entrevista se reprodujo en La Nueva España de Oviedo el 14 de octubre de 1973. Por lo visto los antibiógrafos de Franco creen fatuo su propósito de dedicar al e studio buena parte de su nueva época militar. Yo prefiero creer al testimonio dire cto de Franco que se publicó en 1923 y me fue confirmado personalmente en 1971. Ha bía hecho acopio de libros de Historia, publicaciones sobre experiencias militares de la Gran Guerra y por supuesto informaciones sobre la guerra de África y la polít ica militar que aparecían en la prensa y en revistas profesionales. Por el momento el nuevo alto comisario civil, don Luis Silvela, encargaba al hábil general Castr o Girona negociar con el Raisuni en la región central del protectorado y con Abd e l Krim en la oriental. Pero Abd el Krim, respaldado por la gloria de Annual, se acababa de declarar Emir del Rif y ambicionaba crear allí una república independient e. Sintonizaba indudablemente con las fuerzas nacientes del panarabismo, suscita das por la creación de nuevos reinos árabes después de la victoria aliada en 1918. Org anizó un gobierno y creó una estructura administrativa y un ejército regular. Pero Cas tro Girona aconseja al alto comisario que se refuerce la autoridad del jalifa de Tetuán como delegado del sultán en la zona española, lo que equivale a una plena desa utorización de las pretensiones de Abd el Krim, quien durante ese año 1923 y el sigu iente va a desencadenar durísimas campañas con la esperanza de provocar un segundo D esastre. En vista de que el geñeral Castro Girona no ha contado con él para sus nego ciaciones dimite irrevocablemente el ministro de la Guerra don Niceto Alcalá Zamor a, ilustre letrado y ya célebre orador que inicia desde entonces una evolución que l e llevará ocho años más tarde nada menos que a la presidencia de la República tras haber sido dos veces ministro de la Corona. Ha sido nombrado comandante general de Me lilla el general Severiano Martínez Anido, cuyo proyecto militar pretende resucita r la conquista de Alhucemas, que el gobierno desaprueba; el general Sanjurjo, qu e también se ha sentido obligado a dejar la guerra de África, pasa a desempeñar la cap itanía general de Zaragoza. Pero Abd el Krim, por la razón indicada, trata de conseg uir una nueva gran derrota española y monta en la primavera y verano de 1923 dos o peraciones sucesivas en la zona oriental, una contra la posición de Tizzi Azza, ot ra contra la de Tifaruirn. El ataque en tromba del rebelde contra Tizzi Azza tie ne lugar en el mes de junio. El Tercio logra el 5 de junio su propósito de socorre r a la posición cercada pero a costa de una gravísima pérdida: la de su jefe, el tenie

nte coronel Valenzuela, que cae muerto al frente de sus banderas. Don Alfonso XI II le concederá con toda justicia el marquesado de Valenzuela Tahuarda pero es urg entísimo cubrir su vacante como jefe de la Legión. La opinión es unánime; el puesto ha d e ser para el comandante Franco, que por ello es ascendido a teniente coronel co n antigüedad de 31 de enero y con la misma fecha de 8 de junio se le nombra nuevo jefe del Tercio de Extranjeros con orden de incorporarse inmediatamente. Es el p rimer ascenso por meritos de guerra que se concede después del Desastre. Sus conso cios en el Automóvil Club de Oviedo le ofrecen un homenaje y el diario La Voz de A sturias le publica una nueva entrevista en su número del 10 de junio. El periodist a vuelve a llamarle Caudillo, ahora con mayúscula. Recorre Franco brevemente su ca rrera militar; rehuye todo halago y se lamenta de que por la nueva llamada de la Patria se vea obligado a aplazar su boda por segunda vez. En efecto, sale para Madrid el 12 de junio y en su breve paso por la capital asiste a un homenaje que le brindan numerosos amigos, militares, políticos, escritores, científicos, artista s.... entre ellos el famoso cura político gallego Basilio Alvarez, quien, para esp anto de Franco pide, como gallego, que si Franco muere en combate, sea enterrado en Santiago junto al sepulcro del Apóstol, lo mismo que su predecesor, Valenzuela , acaba de recibir sepultura en el templo del Pilar. Ante el abucheo el orador s e defiende: hablar de la muerte de un legionario no debía provocar tales reaccione s. Pero Franco prepara su nueva campaña con detalladas instrucciones que recibe en Madrid, llega a Ceuta el 18 de junio y toma inmediatamente el mando del Tercio. Que ya cuenta con seis banderas, dotadas con una compañía de fusileros más que las or iginarias. Sabe perfectamentre que el enemigo que le espera tiene un nombre conc reto y temible: Abd el Krim, el Emir del Rif. En este momento, cuando acude a hacerse cargo de las banderas desplegadas en la zona central y sobre el frente exterior de Melilla, me parece necesario recod ar dos testimonios de esa misma época sobre Franco. Uno ya lo he insinuado: el del líder socialista Indalecio Prieto en 1936, pero referido a la campaña de Franco en Melilla como comandante. Otro, que se refiere exactamente el instante en que Fra nco llega de nuevo a la guerra en 1923 se debe al novelista -cronista, mejor repu blicano Arturo Barea, que estaba allí y en un momento cumbre de su trilogía célebre, L aforja de un rebelde, dice: Yo sé habla un personaje cuántos oficiales del Tercio se han ganado un tiro en la nu ca en un ataque. Hay muchos que quisieran pegarle un tiro por la espalda a Franc o, pero ninguno de ellos tiene el coraje de hacerlo. Les da miedo que pueda volv er la cabeza precisamente cuando están tomándole puntería. Franco se pone a la cabeza y bueno, es alguien que tiene riñones, hay que admiti rlo. Yo le he visto marchar a la cabeza de todos, completamente derecho, cuando ninguno de nosotros nos atrevíamos a despegar los morros del suelo, de e spesas que pasaban las balas. Yo he visto a asesinos ponerse lívidos sólo porque Franco les ha mirado una vez de reojo. ~Pasa algo en Melilla, no, mi comandante? Sí. Parece que los moros han rodeado Tizzi Azza y silo toman va a haber un segun do Annual. Se organizó una enorme columna de socorro y se rompió el cerco de Tizzi A zza, pero durante el ataque el nuevo comandante del Tercio, el teniente coronel Valenzuela, fue muerto. Ahora Franco es el nuevo jefe de la Legión. Pero todavía no le han hecho teniente coronel

le repliqué.

Le harán ahora. Aunque no quiera Millán Astray. ¿A quien otro van a poner ahí? De todo s los oficiales que hay, no hay uno que coja el sitio, aunque se lo ofrezcan en

una bandeja. Les da miedo. Hay muchos más testimonios. Pero creo que los dos citados, correspondientes a e nemigos declarados de Franco, alcanzan un valor especial. A fines de junio de 1923 Franco, desde Tetuán, inspecciona a las banderas del T ercio en la zona central del Protectorado, la sexta en el zobo el Jemis de Beni Arós, la quinta en el zoco el Arbaa de Beni Hassan Utiliza para sus desplazamiento s rápidos una avioneta. El 1 de julio un guardacostas le lleva a su antiguo campam ento de Uad Lau, donde toma el mando de la tercera bandera e interviene en vario s combates dentro del sector de Cobba Darsa hasta el día 9. De vuelta en Tetuán le a lcanza una real orden del día 2 en la que se le concede la preceptiva licencia par a contraer matrimonio. El 13 de julio toma un hidro en la base de Ceuta con rumb o a Melilla. En la zona oriental inspecciona a la primera bandera, la suya, en e l campamento de Dar Quebdani, el 16 a la cuarta en Tafersit y permanece en la co mandancia de Melilla hasta el 14 de agosto, cuando también por 1 A. Barea: La ruta, (segunda parte de Laforja de un rebelde). Buenos Aires, Losada, 1958. vía aérea regresa a Ceuta. Como resultado de esta inspección teórica y práctica redacta tres normas de organización y actuación publicadas de forma reservada por la Legión e n ese mismo año. Las Prevenciones a las banderas y las Instrucciones generales con stituyen un auténtico autorretrato de su autor. Hay en ellas una expresión de tan al to valor humano como militar: Muertos o heridos, todos deben volver . Por su parte Abd el Krim, fracasado su tenaz y repetido ataque contra Tizzi Azza, reúne los efe ctivos rifeños más poderosos que nunca se vieron en África, una división de nueve mil ho mbres con infantería, arillería y caballería, contra la posición de Tifaruin. La batalla se desencadena bajo el sol de agosto. Pero el recuerdo de Annual que estimula a l Emir del Rif le impulsa a cometer dos errores graves. Primero monta su ofensiv a al alcance de las piezas de la Escuadra española, que se emplea a fondo; segundo , subestima al enemigo al que cree fácil presa del pánico bajo el espantoso calor de la estación. La Escuadra bate con eficacia creciente las concentraciones y campam entos rifeños, acosados también por una fuerza aérea considerable para la época y formad a por treinta y seis aviones de varios tipos. El capitán Boy, observador de aeropl ano, deja caer un mensaje sobre la defensa, cuyos efectivos son diez veces infer iores a los del ataque: y les conforta con el anuncio de que el teniente coronel Franco viene ya en su socorro. Desde Ceuta, donde acaba de llegar, vuelve Franco inmediatamente el 19 de ago sto en el mismo hidroavión y toma un avión ligero que le deja en la pista construida junto al campamento avanzado de Dar Quebdani al día siguiente. Toma el mando de l as banderas primera y segunda, las más veteranas del Tercio, y el día 22 marcha a va nguardia de la columna de socorro a las órdenes del general Fernández Pérez hasta Sidi Messaud. Avanza hacia el norte para socorrer a Tifaruin, junto a una fuerza de Regulares. El ataque frontal tropieza con una resistencia extrema y Franco decid e maniobrar por la derecha mientras los Regulares resisten. La maniobra amenaza por el flanco y por la espalda a los sitiadores que se repliegan para evitar el copo. Los primeros Regulares de la vanguardia libertadora tienen abierto en cami no a la posición en la que son recibidos con entusiasmo indescriptible el mismo día 22 de agosto; el comandante Beorlegui, que les manda, se ha molestado en llegar con una sandía que abre y ofrece a los hasta hace un momento acosados por los rifeño s. La Infantería de Marina acaba de desconcertar al enemigo mediante un desembarco en Afrau. El apoyo aéreo ha resultado de suma importancia. El ministro de la Guer ra anima al alto comisario civil y al mando de Melilla para que aproveche el éxito defensivo con un avance sobre Alhucemas pero don Luis Silvela, para quien la pe netración militar va contra sus principios, dimite cuando en Barcelona y en Madrid se preparan gravísimos proyectos político-militares. Franco ha contribuido al éxito d e Tifaruin con una actuación sobresaliente y permanecerá al frente de sus banderas h asta el siguiente 6 de octubre. Pero cuando una tarde de septiembre regresa al c ampamento avanzado tras dirigir una marcha demostrativa por el sector un oficial

le sale al encuentro con la inesperada noticia de que acaba de proclamarse en E spaña la dictadura militar. LA DICTADURA Y SU ACEPTACION GENERAL El capitán general de Cataluña, don Miguel Primo de Rivera, había proclamado la dic tadura militar en Barcelona el 13 de septiembre de 1923, movido por la situación a larmante de los principales problemas de España, que los gobiernos constitucionale s de la Monarquía no acertaban a resolver. El gobierno había perdido el control del orden publico, había seguido en la guerra de África una sucesión de vaivenes contradic torios, no acertaba a encauzar el movimiento político-militar de las Juntas de Def ensa, se desentendía de los problemas económicos y sociales. El primer intelectual d el momento, Ortega, había definido a España con una sola palabra: invertebrada y ter minaba uno de sus artículos más famosos con una invitación a la dictadura: Que venga Hérc ules a limpiar los establos de Augias . La opinión española no estaba fuerte en mitolo gía pero todo el mundo entendió que Ortega postulaba que se entregase el poder a los militares en vista del desconcierto de la política. El mismo Rey había sentido la t entación de intervenir directamente en la política, con aquel famoso propósito, expres ado poco antes en Córdoba, de que manejaría la situación dentro o fuera de la Constituc ión . La preponderancia militar expresada sordamente, sin objetivos claros y concretos a parecía ante muchas gentes como el único remedio posible, hasta el punto que don Ant onio Maura, primer político de la época, no ocultaba su diagnóstico: Que gobiernen los que no dejan gobernar . Como también había insinuado Ortega, el democratismo , es decir e l sentido profundo de la democracia, no había arraigado en España y además se encontra ba en crisis en otras partes; el año anterior la Marcha sobre Roma había entregado e n Italia el poder a Benito Mussolini, fundador del fascismo, que un año después pare cía contribuir a que las cosas marchasen mejor en aquel país tras un evidente fracas o democrático. El profesor Seco Serrano ha estudiado con precisión el enfrentamiento histórico d e poder civil y poder militar en la España contemporánea y al analizar el advenimien to de la dictadura de 1923 muestra con claridad la tesis de que don Alfonso XIII no estaba informado de los preparativos para el golpe militar de 1923 ni menos colaboró en ellos pero que, al encontrarse con el hecho consumado de la proclamación de Barcelona lo aceptó y dio el poder al general pronunciado . Creo que esa tesis s igue siendo válida. El deterioro de la situación general española era evidente. El 10 de marzo de 1923, en la recrudecida guerra social de Barcelona, había caído asesinad o el líder sindical moderado Salvador Seguí y poco después uno de los más sanguinarios g rupos anarquistas catalanes el de Durruti abatía al cardenal Soldevila, arzobispo de Zaragoza. Un grave suceso ocurrió ese mismo verano en Madrid y parecía todo un síntom a. Con motivo de las discusiones en el Senado para conceder el suplicatorio prev io al procesamiento del general Berenguer, miembro de la Alta Cámara, el senador y expresidente del Consejo señor Sánchez de Toca recibió una carta en términos sumamente duros que le escribía el general Francisco Aguilera, a quien la opinión pública señalaba entonces como aspirante a la dictadura militar. Sánchez de Toca leyó la carta ante el Senado y el general recibió numerosas adhesiones que iban desde la guarnición de Madrid a la socialista Casa del Pueblo. Al día siguiente los dos contendientes se dirigieron al Senado con ostentoso acompañamiento de amigos militares el general y c iviles el político. El general Aguilera entra en el despacho del presidente de la A lta Cámara, conde de Romanones, donde topa con Sánchez Guerra, de quien por lo demás e ra buen amigo. Los dos se enzarzan en una discusión sobre poder militar y poder ci vil que degenera en una comparación entre la epidermis de los civiles y los milita res. Famoso por sus arranques, Sánchez Guerra pasa a vías de hecho y propina una son ora bofetada al general, a quien deja fuera de combate. Tras el correspondiente tumulto las pretensiones del general Aguilera a dictador militar quedan cancelad as y ahora es el capitán general de Barcelona quien mueve su candidatura, que obti ene inmediatamente el respaldo de los generales con mando en la guarnición de Madr id, todo ello, naturalmente, bajo el más estricto secreto. El duque de Maura, hijo mayor de don Antonio, resume con acierto la situación: Enfrentados lo que se llama ba el poder civil y el Ejército casi unánime... . El gobierno García Prieto sufre serias tensiones internas a propósito de la política que debe seguirse en África. Ahora prec

isamente es el 1 C. Seco Serrano: Militarismo y civilismo en la España contemporánea, Madrid, In stituto de Estudios Económicos, 1984 p. 303s. momento en que don Alfonso XIII consulta a don Antonio Maura sobre la solución de tomar personalmente el poder, apoyándose en la Junta de Defensa del reino, form ada por los expresidentes del Consejo. Maura se lo desaconseja, pero deja abiert a su ya conocida propuesta de que gobiernen los que no dejan gobernar . Durante la pausa veraniega el capitán general de Barcelona viaja a Madrid, se asegura la cola boración del capitán general de Zaragoza, Sanjurjo, que es el general con mayor pres tigio en el Ejército y se concierta con los cuatro generales que están al mando de l as principales unidades en Madrid, mientras otros dos, el capitán general Muñoz Cobo y el ministro de la Guerra, Aizpuru, aprueban la solución sin denunciarla. En la madrugada del 13 de septiembre don Alfonso XIII está en su residencia de verano, e l palacio de Miramar en San Sebastián, donde le acompaña don Santiago Alba, como min istro de Jornada. El Rey decide volver inmediatamente a Madrid, donde el gobiern o no puede ofrecerle solución alguna; el ministro Alba, aludido dura e injustament e en el manifiesto de Primo de Rivera, se pone a salvo en Francia y jamás le perdo nará a don Alfonso su condescendencia con la dictadura. Al llegar a Madrid el Rey, una vez consultado el jefe del gobierno, reúne inmediatamente indicios suficiente s como para saber que todas las Fuerzas Armadas secundan el gesto del capitán gene ral de Barcelona; entonces le llama y le confirma. El golpe militar ha triunfado de manera incruenta, entre una expectación enorme y casi siempre favorable, sin q ue se manifieste en contra oposición alguna. La gran coartada de Primo de Rivera d urante todo su régimen será ésta: Vuestra Majestad sancionó este hecho . Era verdad. Si se examinan seriamente las circunstancias, don Alfonso XIII no tenía otro remedio. El descrédito del gobierno, del sistema y de la clase política en general parecía a brumador. Ni una sola voz se alzó para defenderles. Sería inútil acumular aquí los testi monios. Me contentaré con tres.. El diario liberal El Sol, inspirado por don José Or tega y Gasset, se mostraba muy satisfecho en estas palabras: Apoyamos leal y resueltamente a esta situación, primero, porque era la única posib le y segundo, porque empieza a cumplir nuestro programa. No encontramos lícito que se les apremie con plazos perentorios, porque su misión no es tan breve ni tan fáci l. Y no podemos desconfiar del general Primo de Rivera.... . Pero el propio Ortega y Gasset fue todavía más explícito: Si el movimiento militar ha querido identificarse con la opinión pública y ser plenamente popular, justo es decir que lo ha conseguido por entero. Calcúlese la gratitud que la gran masa nacional sentiría ante esos magnán imos generales que generosamente, desinteresadamente, han realizado la aspiración semisecular de veinte millones de españoles, sin que a ellos les cueste esfuerzo a lguno . El político y jurista don Manuel Azaña, hasta entonces miembro del partido ref ormista y candidato frustrado en dos elecciones generales, sería andando el tiempo enemigo jurado de la Dictadura pero a raíz de su proclamación reconocía que una parte del país le apoya (a Primo de Rivera) y otra mucho mayor espera de él pasivamente gr andes cosas; nada menos que la felicidad de la nación... La razón es que el país no po día más, y estando paralítico, siendo incapaz de moverse por sí mismo, espera que los mi litares realicen el prodigio de la salvación nacional. La expulsión del personal gob ernante y de los partidos ha parecido muy bien. Gobernaban por la corrupción y la camaradería; ninguna ley se aplicaba, ninguna institución funcionaba a derechas; se encumbraban las clientelas familiares, el país estaba presidido por la impotencia y la imbecilidad. Bien barridos están, se dice la gente. Y los partidos, por su co nducta anterior, se han hecho acreedores al desprecio general . Hasta el Partido S ocialista, que al principio fue la excepción y se opuso, sin alborotos, al nuevo rég imen, entró muy pronto por el aro y sus personajes más representativos no sólo aceptar on a ese régimen sino, como en el caso de Largo Caballero, colaboraron con él . El general Primo de Rivera designó un Directorio militar de urgencia sustituido pronto por otro, formado por generales de brigada encargados cada uno de un dep artamento pero sin título de ministros. El propio Primo de Rivera actuaba de jefe del gobierno y secretario de despacho universal, como signo de que concentraba e

n su persona todos los poderes del Estado. Suspendió, sin suprimirla, la Constituc ión de 1876 vigente y las garantías constitucionales. El general Aizpuru, que desde el anterior ministerio de la Guerra había contemporizado con el golpe, fue designa do Alto Comisario en Tetuán. Se encarga al general Martínez Anido la subsecretaría de Gobernación y a su colaborador, general Arlegui, la dirección general de Seguridad. Quedan disueltos el Congreso y el Senado. Quedan suprimidos los partidos políticos pero se tolera al socialista, que antes de acabar el mes de septiembre inicia s u colaboración con la Dictadura, aunque mantenga un núcleo irreductible; Indaecio Pr ieto es el principal adversario, pero sin manifestaciones públicas. Las Fuerzas Ar madas no solamente ocupan el poder central sino que penetran, a través de delegado s militares, en el poder provincial y municipal. Las Fuerzas Armadas aceptaron c on práctica unanimidad la 1 Conjunto de opiniones sobre la llegada de la Dictadura en mi Franco de 1981 ,1, p. 218s. Con indicación de fuentes para cada caso. Dictadura, que sin embargo tuvo mucho más de poder personal que de poder milita r . Primo de Rivera dijo mucho después Franco dijo que gobernaba en nombre del Ejército pero la verdad es que jamás contó con el Ejército para ello . Luego aparecería una oposic ión militar contra Primo de Rivera pero al principio no. Las Juntas de Defensa est aban satisfechas porque el Dictador había nombrado al coronel Nouvilas, principal dirigente de las Juntas, como secretario del Directorio; y además no tardó mucho en manifestar su proyecto abandonista para el Norte de África, como las Juntas deseab an. Los militares de África tampoco se opusieron al principio; el principal de ell os, general Sanjurjo, había apoyado sin vacilar al pronunciamiento de Barcelona. L uego, en 1924, surgiría y de forma aguda la crisis entre el Dictador y los oficial es de África, que después se solucionó cuando él varió de estrategia. Pero insisto en que el descrédito del régimen de partidos había alcanzado tal fuerza que la actitud favora ble hacia el advenimiento de la Dictadura era, mientras la nación esperaba sus act uaciones, práticamente unánime. LA BODA EN OVIEDO Tras el fracaso de Abd el Krim frenre a Tizzi Azza y Tifaruin las líneas española s en África se mantienen en relativa calma y no se prevén graves sorpresas del enemi go. Franco aprovecha esta calma y solicita permiso para su boda, que al fin se v a a poder celebrar al tercer intento. A mediados de octubre de 1923 ha llegado a Madrid, donde tiene solicitada una audiencia con el Rey. Muchos años después recuer da vivamente su conversación con don Alfonso, en sus revelaciones del 2 de marzo d e 1963.

Don Alfonso XIII fue un gran rey, de los mejores que hemos tenido y no fue res ponsable de la dictadura de Primo de Rivera. En aquella época la dictadura la pedía el pueblo español, que fue su mayor entusiasta. Si no se hubiera sublevado Primo d e Rivera, lo hubiera hecho el general Aguilera que estaba dispuesto a ello y tenía condiciones bastante inferiores al marqués de Estella. Recuerdo la entrevista que tuve con don Alfonso con motivo de mi boda. El Rey me confió todo lo que había hech o para comprobar que Primo de Rivera tenía detrás al Ejército y contaba con la opinión n acional. En Barcelona, Zaragoza y Madrid estaban las guarniciones completamente al lado del dictador. Aquí contaba con el general Nouvilas, le dije a Su Majestad que representaba a las Juntas militares de defensa. ~,Tú crees me dice el Rey que el Ejército de África estaba en contra del general Primo de Rivera? Le dije que no era entusiasta de la dictadura y que por patriotismo no se había opuesto una vez Su Majestad había entregado el poder al dictador. El Ejército de Áfric a estaba seguro de que la influencia del espíritu juntero, aún no desvanecido, había d e hacer mella en el ánimo del dictador, en contra del sentir de la oficialidad de Marruecos, decidida a que se ocupase toda la zona del protectorado y se terminas e de una vez con la pérdida de vidas en una campaña lenta y con objetivos muy limita dos.

Tras valorar el cansancio político de la dictadura, Franco continúa: Había una realidad que no debían olvidar el Rey y sus asesores, que era la respons abilidad que tenía Berenguer en la derrota de Annual como general en jefe del Ejérci to de África y por eso el general Silvestre, subordinado suyo, en condiciones espe ciales, pero que no le excluían de responde ante el gobierno de todas las operacio nes poco meditadas que el ejército de Silvestre venía realizando. Por tanto, ante la opinión popular, recaía responsabilidad sobre Berenguer por la derrota de Annual, a unque militarmente su conducta fuese irreprochable. Esta opinión pública no se hubie ra debido olvidar en momentos tan difíciles para la Corona como eran los finales d el gobierno de Primo de Rivera. En otra cita Franco refleja el recelo del Ejército de África frente al advenimien to del dictador: Primo de Rivera dice el 23 de agosto de 1955 como otros generales, no sentía el pr oblema de Marruecos, y por ello miraba con recelo a los compañeros que allí se disti nguían, alcanzaban prestigio y tenían buena carrera. El año anterior, 31 de diciembre de 1954, Franco refiere los datos esenciales d e las dos entrevistas que mantuvo con el Rey en ese año 1923, antes y después de su boda: Su Majestad me dijo: ese problema de Marruecos no tiene solución y por ello esto y muy preocupado . Y entonces Franco le respondió: Yo no opino lo mismo y estoy convencido de que la solución existe; es lo mismo q ue si hubiera un foco rebelde en la provincia de Badajoz y dijera el gobierno qu e no había que tocar el tema, pues carecemos de medios para resolverlo. En Marruec os tenemos de nuestra parte a casi todas las cabilas menos la de Beni Urriaguel. Si nos apoderamos de ésta mediante un desembarco en Alhucemas, lo que está de acuer do con nuestros medios y posibilidades, el problema quedaría resuelto . Según el testimonio de Franco el Rey quedó impresionado por la convicción del jefe de la Legión y le pidió que hablase con Primo de Rivera sobre el problema. Así lo hizo Franco pero sin éxito; el dictador estaba decidido a una estrategia muy diferente , de signo abandonista. Por ello Franco decidió aplazar toda gestión sobre África hast a después de su boda, que se celebró por fin en la iglesia de San Juan el Real el 22 de octubre de 1923. Franco tenía treinta años y la novia veintitrés. Al cumplirse sus bodas de oro los dos tuvieron una discusión sobre la fecha exacta de su boda, que tuve el honor de resolver con una fotografía de la lápida que la conmemora. El enla ce fue un acontecimiento en Oviedo y noticia en toda España. Las fotografías del mom ento muestran a los dos radiantes y aclamados por el público a la salida del templ o. Fueron padrinos los Reyes de España, don Alfonso y doña Victoria Eugenia, por la condición de gentilhombre de cámara que el novio ostentaba les representaron el gene ral Antonio Losada, gobernador militar de Asturias y la tía de Carmina, doña María Pil ar Martínez Valdés. La novia vestía de crespón blanco con cola forrada de tisú, con velo y una diadema de azahar. Franco vestía el uniforme de la Legión, con la Medalla milit ar, la cruz del mérito militar, la placa de María Cristina y la llave de gentilhombr e, que le fue ofrecida por suscripción popular en Oviedo. La revista de Madrid Mun do Gráfico titula la noticia: La boda de un caudillo heroico.

En la entrevista que no mucho después hace al matrimonio el barón de Mora Franco confiesa su dedicación, aunque esporádica, a la pintura y su esposa registra su inte rés continuo por los estudios profesionales y por la literatura; le gusta el teatr o de Benavente y las novelas de Pedro Antonio de Alarcón aunque su autor preferido es don Ramón María del Valle Inclán. ¿Por qué algún antibiógrafo se empeña a estas alturas e oner en duda recuerdos familiares tan sencillos? Quizás por el mismo motivo que, d espués de advertirnos que no tiene intención de poner en duda los méritos militares de Franco en la campaña de Melilla intenta vanamente demolerlos y arremete contra el

universal prestigio que esa campaña valió a Franco dentro y fuera del Ejército, como si hubiera sido fruto de una conspiración. Un comandante del Ejército no tuvo, ni en tonces ni nunca, medios para organizar una campaña así, algo que debe incluirse en l as antologías del disparate. Lo primero que se notó en toda España como efecto de la Dictadura fue el restable cimiento prácticamente absoluto del orden público. Primo de Rivera había iniciado su g obierno con la aceptación de todo el Ejército y la aquiescencia de la opinión. El 12 d e noviembre los presidentes del suspendido Congreso, don Melquíades Alvarez y del suspendido Senado, conde de Romanones, acudieron a Palacio para pedir al Rey que habiendo transcurrido tres meses de la proclamación dictatorial debería restablecer se la normalidad constitucional. Con la esperada unanimidad la prensa puso a los dos en ridículo. España estaba en paz, el Ejército estaba en paz y hasta la guerra de África atravesaba por un período tranquilo. Franco y su esposa pasaron una breve lu na de miel en la finca familiar de la Piniella y cuando termina su mes de permis o viaja a Madrid para acudir con ella a una audiencia que había concedido el Rey a l matrimonio, que se celebra el 26 de noviembre, cuando el Rey ha regresado de s u viaje a Italia acompañado por Primo de Rivera donde se le escapa una confesión discu tible, hablando del dictador: Este es mi Mussolini . Se equivocaba don Alfonso. El régimen y la personalidad del general jerezano nada tenían que ver con el fascismo n i con Benito Mussolini. Franco, acompañado de su esposa, sale el 30 de noviembre p ara Ceuta donde vuelve a tomar el mando de la Legión. Le esperan, para el año siguie nte, pruebas de singular dureza . FRANCO RECHAZA A ABD EL KRIM EN LA LINEA EXTERIOR DE MELILLA El propio Franco se encargó de poner título al captítulo de su biogafía correspondien re a un año clave, 1924, al titular los recuerdos que me comunicó en 1972 de esta fo rma: Mi rebeldía frente a Primo de Rivera . La rebeldía se originó en 1 Testimonios de Franco sobre la dictadura en Franco Salgado, Mis conversacio nes.... p. 377, 136, 62. Documentos sobre la boda de Oviedo en mi Franco de 1981 ,1, p. 197s. los criterios, completamente dispares, entre el dictador y muchos oficiales d e África, de los que Franco, en un momento dado, se hizo personalmente portavoz. E l testimonio del propio Franco es directo e indudable. Al empezar el año 1924 el general Primo de Rivera, llevado de su temperamento i ntuitivo e impulsivo, cometía ya sus primeros errores graves, que alternaban con l a sucesión de sus aciertos. Primo de Rivera actuaba con suma imprudencia cuando, p ara mantener un contacto directo con la opinión pública, daba cuenta de sus decision es, aun cuando no estuvieran suficientemente meditadas, por medio de notas ofici osas que enviaba a la prensa y formaron, a la larga, su autorretrato político. Alg unas veces sus actuaciones, explicables por su espontaneidad, sonaban como intro misiones indebidas en campos que debían ser respetados y trataban de explicar algu nas decisiones que saltaban de lo personal a lo general, en forma de auténticas ag resiones institucionales de las que apareció pronto un primer ejemplo, el asunto d e La Caoba. Era ésta una damisela de vida alegre, conocida por su relación con algún f amoso general; la cual se metió en cierto lío que le valió la detención ordenada por un juez. El dictador envió una nota al juez y cuando el presidente del Tribunal Supre mo intervino a favor del juez fue inmediatamente destituido. Protestaron dos per sonajes famosos, el diputado Rodrigo Soriano y el vicerrector de la Universidad de Salamanca don Miguel de Unamuno, a quienes el dictador envió inmediatamente a u n destierro en la isla de Fuerteventura. Por el momento este tipo de decisiones no suscitaban protestas generalizadas pero causaban la desazón previa a tales prot estas, que no tardarían en llegar. Consultado por sus fieles, el prócer liberal-cons ervador don Antonio Maura les manifestó un juicio muy negativo sobre la dictadura, a la que consideraba como identificada con las Juntas militares de Defensa. Rea lmente no era así pero la impresión de Maura se justificaba cuando desde finales del año 1923 Primo de Rivera empezó a comunicar algunas notas en las que se traslucía un

propósito abandonista en su política africana, lo que animó vivamente al Emir del Rif Abd el Krim quien había constituido ya una estructura de Estado, una instancia de gobierno y sobre todo un poderoso y bien armado ejército de ochenta mil hombres co n que buscaba expresamente no sólo un segundo desastre español sino el mayor desastr e colonial de la Historia a costa de España. Para conseguir un respaldo articulado de la opinión pública favorable que seguía siendo muy importante el general Primo de Ri vera hizo público su propósito de constituir un gran movimiento no quiso llamarle par tido que se llamaría la Unión Patriótica. Descartó enérgicamente su inicial apoyo al catala nismo moderado que había recibido con esperanza su pronunciamiento de septiembre a nterior y suprimió todas las diputaciones provinciales excepto la del País Vasco y N avarra. Cuando corrió la noticia de que el Rey pensaba dirigir personalmente el pr oblema de África con la Junta de Defensa del Reino suprimió la Junta de Defensa. El 23 de junio de 1924 el Consejo Supremo de Guerra y Marina, presidido por e l capitán general don Valeriano Weyler, dictó sentencia en el proceso por las respon sabilidades de Annual; absolvió al general Navarro pero separó del servicio es decir, hizo perder la carrera al general Dámaso Berenguer. Primo de Rivera había tratado de evitar este fallo con algunos nombramientos en el Consejo pero no fue suficient e. Pronto el Rey le sugirió un indulto, del que se benefició Berenguer, a quien asce ndió a teniente general. El rey, muy amigo de Berenguer, le nombró jefe de su Cuarto Militar y accedió a la petición pública de Primo de Rivera, que solicitó para él el conda do de Xauen pese a lo cual Berenguer mantuvo una hostilidad permanente contra el dictador, y se convirtió en una especie de jefe de la oposición palatina liberal co ntra Primo de Rivera, seguido por no pocos aristócratas y personalidades de la alt a finanza, a quienes disgustaban los proyectos de reforma económica que el dictado r preparaba. Pero cuando se acercaba el verano de 1924 llegaron al gobierno info rmaciones sobre la renovada agresividad de Abd el Krim y sobre la inquietud que sentía cada vez más ostensiblemente la oficialidad del Ejército de África ante los proye ctos abandonistas que dejaba filtrar el dictador. En vista de ello don Miguel Pr imo de Rivera, con su valor característico, decidió coger al toro por los cuernos y presentarse en el territorio del Protectorado, lo que hizo a primeros del mes de julio. Desde enero de 1924 el jefe de la Legión, teniente coronel Franco, inspeccionó lo s acuartelamientos situados en la zona central del protectorado desde Ceura y el 30 de ese mes embarca para Melilla con su esposa, que participa desde muy pront o en la vida social de la alta oficialidad con residencia en la ciudad. Todo el mes de febrero lo pasa Franco en el campamento avanzado de la Legión en BenTieb, a unos quince ilómetros al norte de Dar Dius y Tafersit, donde la Legión ha instalad o una excelente base para penetrar, cuando el mando lo dispusiera, en el territo rio enemigo camino de Alhucemas. Allí Franco toma el mando de las cuatro primeras banderas del Tercio y a fin de mes inspecciona de nuevo el sector de Tizzi Azza, nuevamente amenazado, como todo el frente, por el ejército de Abd el Krim. Bajo e l mando de Franco la tercera bandera del Tercio corta dos intentos de asedio a T izzi Azza dirigidos personalmente por el Emir del Rif. Franco permanece nuevamen te en Ben Tieb durante casi todo el mes de abril, desde donde sale para frenar u na nueva amenaza de Abd el Krim sobre la posición española de Sidi Messaud, que se e strella contra la Legión después de una enconada batalla de tres días. Al comenzar el mes de junio y en vista de sus fracasos ante la línea exterior d e Melilla el emir del Rif concentra sus esfuerzos políticos y militares en la zona central, donde observa con acierto que la defensa de la ciudad interior de Xaue n depende de una larga línea de pequeñas posiciones españolas, nada menos que cuatroci entas, a las que considera como muy probablemente incapaces ante la ofensiva de un ejército numeroso como el suyo. Hace que la acción política preceda a la militar co n éxito inmediato: al empezar junio las cabilas de Beni Said, Beni Hosmar y Beni H assan le rinden sumisión. Destaca a las zonas de Yebala y Gomara como delegados su yos a su propio hermano Mohamed y a su lugarteniente Jeriro, que ocupan importan tes puestos en la nueva jerarquía rifeña. Ante este gravísimo peligro Franco recibe la orden de trasladarse a Ceuta, lo que hace el 4 de junio; Durante todo el mes op

era con la Legión por la costa entre Río Martín y Uad Lau, su antiguo campamento, a la s órdenes del ya general Serrano Orive quien el 12 de julio le comunica que el pre sidente del Directorio acaba de llegar a Marruecos y reclama la urgente presenci a de Franco. EL INCIDENTE DE BEN TIEB Para oponerse abiertamente a la política abandonista de los anteriores gobierno s constitucionales y después a la de Primo de Rivera, un grupo de jefes del ejército de África los generales Queipo de Llano y Cabanellas, el teniente coronel Franco cr earon en el verano de 1923 un interesante órgano profesional, la Revista de Tropas coloniales de la que Franco fue miembro del consejo de redacción, colaborador y l uego director. En esa revista Franco publicó 29 artículos firmados y algunos editori ales. En el número de abril de 1924 Franco dio a conocer allí el quizá más famoso de sus artículos, significativamente titulado Pasividad e inacción con una forma vibrante y una tesis clara: la política de pacificación resulta inútil si antes no son reducido s militarmente los focos rebeldes. El dictador y el Rey leyeron el artículo de Fra nco, como todo el Ejército de África. El sábado 1 de julio de 1972 Franco leyó detenidamente los capítulos 5 al 10 del bo rrador de mi primera biografía, en que se trataban los hechos de 1924. El tema le interesó extraordinariamente y dictó bastantes notas de puntualización, basadas en hec hos concretos. Cuando yo calificaba los hechos como gravísimo incidente político puso una cruz señal de atención pero aceptó esa calificación. Citaba yo a Arturo Barea y a Rafa el García Serrano que coinciden en que los legionarios, para la comida que ofrecie ron a Primo de Rivera en Ben Tieb, le sirvieron varios platos pero todos confecc ionados con huevos. Réplica de Franco: No hubo tal menú a base de huevos . Negó Franco otras difundidas versiones del suces o y entonces dejó a un lado las notas y dictó, de arriba abajo su versión personal de los sucesos. Dos autores famosos la han aceptado, aunque de forma diversa. El céle bre periodista y académico Luis María Anson me ha dicho muchas veces que se trata de uno de los momentos más importantes de la historia de España en este siglo. El igua lmente célebre escritor comunista Manuel Vázquez Montalbán estimó tanto esta versión perso nal de Franco que la incluyó íntegramente en su libro Autobiografía del general Franco , pero sin la mínima atención de citarme como fuente. He aquí la versión íntegra de Franco : En el año 1924 el general Primo de Rivera, que a mi pregunta sobre el desembarco en Alhucemas había contestado que los tiros no iban por ahí y que posiblemente había hecho unas manifestaciones abandonistas, dio orden o instrucciones al alto comis ario sobre un repliegue de posiciones en toda la zona. De ello tuve noticia por un oficial de Estado Mayor que había intervenido, lo que dio motivo a una conversa ción mía con el alto comisario: solamente que esa orden o pensamiento se hiciese pub lico conduciría a un alzamiento en toda la zona contra nosotros y la gravedad de l a situación que crearía a todo el ejército de operaciones que se comprometería en un seg undo Annual. Le dije al alto comisario (general Aizpuru, n. del A.) que pensase que ante un a orden tal y ante el convencimiento de que su cumplimiento produjese un desastr e pensase en su incumplimiento. El alto comisario me respondió que él había llegado a donde había llegado porque en toda su vida militar solamente había aprendido a obede cer (Franco añadió luego: se me echó a llorar, n. del A.). Esta conversación dio lugar a que en la visita del día de Reyes a la comandancia general de Ceuta, el comandant e general, Montero, nos pidiese que empeñásemos nuestra palabra de honor de cumplir las órdenes del gobierno, fuesen las que fuesen. Empezando a continuación a interrog ar a los jefes de Cuerpo de mayor a menor antigüedad. Todos fueron prometiendo la obediencia hasta llegar a mí, que contesté que era norma de toda mi conducta la de o bedecer a mis superiores pero por la calidad de la pregunta fuesen las que fuesen las órdenes de los superiores me atenía a la respuesta de las Ordenanzas de que en l os casos de duda haría lo que me dictase mi honor, que el Código de Justicia Militar asimismo me amparaba en el caso de que se ordenase una rendición que castigan los

códigos. Entonces todos los jefes cambiaron de opinión para manifestar que estaban conformes con mi exposición e incluso el auditor de la región apostilló Y el que se su mase a una rebelión por otro planteada yo me encargaría de meterle en la cárcel con lo cual se disolvió enseguida la región, pretendiendo el general restarle importancia a la pregunta. El alto comisario lo comunicó al gobierno lo que dio lugar al viaje de Primo de Rivera a Marruecos . El viaje del dictador se retrasó hasta el mes de julio como hemos dicho y nada más llegar a Ceuta se trasladó al sector amenazado de Uad Lau y revistó cerca de la po sición recién liberada de Cobba Darsa a las fuerzas de la columna Serrano, entre las que figuraba Franco al frente de la quinta bandera del Tercio. Reclama Primo de Rivera la presencia continua de Franco en su séquito. El dictador designa al gene ral Castro Girona como asesor del alto comisario y se embarca para Melilla acomp añado, entre otros jefes militares, por los tenientes coroneles Franco, jefe de la Legión, y Luis Pareja joven jefe del grupo de Regulares de Lara-che, que había segui do una brillante carrera semejante a la de Franco. Los dos se habían comprometido secretamente poco antes a que si el dictador persistía en la retirada general desp ués de su visita, pedirían el traslado a la Península. El 5 de julio de ese año 1954 Fra nco enviaba a Pareja una carta en la que persistía en su compromiso, pero pide cau tela para que ese traslado no ponga en peligro más grave la situación militar de Esp aña en África. El 19 de julio, a bordo del crucero Reina Victoria Primo de Rivera, con los t enientes coroneles Franco y Pareja entre sus acompañantes, realiza su travesía de Ce uta a Melilla. Al día siguiente, 20 de julio, Franco (con Pareja) le acompaña en su inspección al campamento legionario de primera línea en Ben Tieb, donde el dictador pasa revista a tres banderas del Tercio, la segunda, tercera y cuarta, y a los táb ores del grupo de Regulares de Melilla. Los oficiales de la Legión y Regulares adm iran el valor de Primo de Rivera, que sin la menor vacilación se ha presentado en el mismo núcleo adversario de su política abandonista. Acepta después el banquete que le ofrece el teniente coronel Franco en el acuartelamiento de la Legión. El comand ante general de Melilla, Sanjurjo, que está perfectamente informado de lo que pien san el dictador y los oficiales de la Legión y los Regulares que se sientan con él a la mesa, ocupa su lugar a la derecha de don Miguel. Casi medio siglo después Fran co recordaba con suma viveza lo sucedido: La verdad es que Sanjurjo y Aizpuru se inhibieron. El almuerzo en Ben Tieb fue por orden de Sanjurjo, quien me ordenó también en él: Franco, ofrezca usted la comida . Esta tenía lugar en un barracón que era dormitorio de la tropa y que se había prepar ado al efecto. Las paredes estaban llenas de inscripciones tomadas del credo de la Legión y las mandé quitar en la revista que pasé oportunamente, pero quedó una, más difíc il de quitar, que estaba sobre una ventana que se refería al espíritu de fiera y cie ga acometividad de la Legión. Este letrero que quedó le sirvió a Primo de Rivera después para decir en sus palabras que él lo cambiaría por otro que aludiese a la disciplin a como virtud fundamental. En mis palabras de ofrecimiento de la comida le dije que estas comidas se cara cterizaban siempre por una especial alegría y un ambiente de sana camaradería; pero que suponía que no se le había escapado que en esta ocasión no sucedía así porque pesaba s obre la oficialidad el temor de que se llevasen a cabo los planes de abandono. Q ue si estábamos allí no era por nuestro capricho sino porque así lo habían ordenado los planes del gobierno y los de nuestros superiores. Y que lo mismo que cuando el g eneral (Primo de Rivera) mandaba la brigada de cazadores escuchaba a sus oficial es y les tranquilizaba, yo esperaba que el contacto con las inquietudes de todos los generales,jefes y oficiales tuviera la reacción que siempre había tenido y que los tranquilizaría también. Y que en esa idea sólo podía condensar mis pensamientos en u n grito de ¡Viva España! ¡Viva España! ¡Viva España! que continuaron hasta que se quedaron r oncos .

Primo de Rivera agradeció las palabras amables dando las gracias por la confianz a que le merecía y que aquel letrero que había allí lo cambiaría por otro que aludiese a la férrea disciplina . En el martillo de la mesa había unos coroneles y tenientes coro neles del séquito de Primo de Rivera y cuando estaba diciendo eso, uno de ellos, a nte el silencio sepulcral, dijo con voz fuerte ¡bien, muy bien! Y Varela, que esta ba enfrente, lo agarró a través de la mesa y chilló: ¡Mal, muy mal! Diciendo entonces Pr imo de Rivera: ¡Ese señor, que se calle! Acabó entonces el discurso y al sentarse no h ubo ni un solo aplauso. Se levantó entonces violentamente, volcando un poco el café, y nos dijo: Para eso no debiera usted haberme invitado. A lo que contesté: Yo no le he invitado a usted, a mí me lo ha ordenado el comanda nte general. Si no es agradable para usted, menos lo es para mi. A pesar de todo he de considerar que es una oficialidad (iba a decir buena pe ro rectificó) mala. Mi general, yo la he recibido buena. Si la oficialidad ahora es mala, la he h echo mala yo. Al salir el general les dije a los oficiales que podían dormir tranquilos por el incidente, pues yo lo había provocado y yo respondía de él. Poco después me citó Primo de Rivera en la comandancia general a la una de la noche, pues iba al teatro después de cenar. Cuando yo estaba esperando en el antedespacho entró con el general Aizp uru quien con evidente pelotilla al general me dijo: Lo que ha hecho usted con e l general no tiene nombre a lo que le contesté: Lo que no tiene nombre es que me d iga usted eso. Primo de Rivera intervino entonces diciéndome: No se preocupe usted . Ha hecho usted bien. Pasé inmediatamente al despacho donde tuve una conversación c on él de dos horas, en la que hablé yo casi todo el tiempo. Poco después, o días después, invitó Primo de Rivera a los oficiales a un acto y dijo que en la visita a Marruec os había aprendido muchas cosas. Que no se haría nada sin consultar a los mandos car acterizados . El propio Franco, al ser preguntado tras dictar este testimonio si Primo de R ivera le había guardado algún resentimiento por el banquete legionario respondió: No, e ra un caballero . Por lo que después sucedió parece claro que Primo de Rivera y Franco se entendieron durante su larga conversación. El dictador se comprometió a defender la línea exterior de Melilla, que había demostrado sobradamente su capacidad de res istencia ante los embates rifeños, pero persistió en ordenar la retirada de Xauen po rque las largas líneas defensivas intermitentes que garantizaban los accesos a la ciudad interior le parecían indefendibles ante un ejército numeroso, bien armado y b ien dirigido como ya era el de Abd el Krim. Los dos interlocutores consiguieron, pues, sus objetivos tras su accidentado encuentro. Quien quedó frustrado fue el t eniente coronel Pareja, que regresó a la zona central y tomó de nuevo el mando de su Grupo de Regulares de Larache, encargado de defender la importante posición de Da r Acoba, un cerro desde el que se dominaban los accesos a Xauen, a Uad Lau y el camino de Tetuán. Pareja pidió destino a la Península y cuando le fue concedido en ago sto entregó su mando en Dar Acoba al teniente coronel Emilio Mola Vidal. Franco, t ras su satisfactorio contacto con Primo de Rivera, dejó en la estacada a su compañer o. El jefe de la Legión actuaba por primera vez no sólo como militar sino como polític o. FRANCO EN LA RETIRADA DE XAUEN El general Primo de Rivera regresó a Madrid a fines de julio. Como la situación e n la comandancia de Melilla parecía estabilizada, las banderas de la Legión segunda, tercera y cuarta siguen a su jefe hasta la región central, donde se esperan grave s acontecimientos. En efecto, las Intervenciones Militares, que continuaban con

eficacia la diftcil labor de la Policía Indígena desmantelada por el desastre de Ann ual, comunicaban al alto comisario informaciones cada vez más alarmantes sobre una inminente ofensiva de Abd el Krim con el fin de aislar a la ciudad de Xauen. A mediados de agosto, desde Madrid, el general Primo de Rivera informaba al país que tanto en la zona española como en la francesa se advertían síntomas de un levantamien to general de las cabilas. Era verdad; en sus sueños de grandeza Abd el Krim empez aba a hostilizar a las posiciones más difícilmente defendibles tanto de España como de Francia. A mediados de agosto el general Primo de Rivera tiene ya a punto un pl an de retirada escalonada para el abandono de Xauen y el establecimiento de una fuerte línea defensiva la llamada línea Primo de Rivera al sur de Tetuán, que pueda prese var la defensa de las comunicaciones entre la capital del protectorado, la ciuda d internacional de Tánger, la plaza de soberanía de Ceuta y la comandancia general d e Larache. Militarmente la decisión de Primo de Rivera era adecuada y factible. Se lograría con pleno éxito, aunque algunos historiadores poco amigos de estudiar los mapas correspondientes lo siguen poniendo en duda. Más aún la retirada de Xauen alca nzó una consecuencia que seguramente el intuitivo Primo de Rivera anticipó: el jefe rifeño se estrellaría contra el territorio del protectorado francés y al año siguiente s u poder quedaría definitivamente quebrantado por España. La retirada española comprendería en realidad tres repliegues: desde la línea del U ad Lau, desde las montañas de Beni Arós y sobre todo desde Xauen. El objetivo de las tres era abandonar la Gomara y el sur de Yebala, prescindir de la línea intermite nte de los cuatrocientos blocaos y concentrar toda la defensa en la línea continua que se iniciaba al sur de Tetuán en la posición fuerte de Ben Karrich. La clave de toda la operación era mantener en todo momento la iniciativa militar española, sin q ue los previsibles embates del enemigo envalentonado convirtiesen la retirada or denada en una desbandada como la de Annual. Este objetivo se consiguió plenamente. La primera fase de la retirada se inicia el 18 de agosto de 1924 en el sector del Lau. La vanguardia de la columna del general Serrano está a cargo del tenient e coronel Franco. Un error del teniente de la Legión Fermín Galán, que dirige una patr ulla de exploradores y anuncia equivocadamente la presencia de un manantial, está a punto de provocar un gravísimo contratiempo pero Franco y Mola que pasa unos días e n el Estado Mayor del jefe de la columna le defienden y le evitan el procesamient o. Los delegados de Abd el K.rim en Yebala y Gomara deciden realizar un esfuerzo supremo en el sector del Lau y el 25 de agosto el teniente coronel Mola recibe el mando de la fuerza que guarnece la posición más importante de la zona, Dar Acoba, con unos novecientos hombres entre los que destacan dos tabores de Regulares de Larache. El 30 de agosto Franco, que sigue en vanguardia de la columna que remo nta el valle del Lau, sufre una experiencia terrible; no puede socorrer a la pos ición aislada de Solano sobre el cauce del río y ha de retirase ante el peligro de e nvolvimiento por una fuerza enemiga. Esa guarnición, como la de Tazza, caen en pod er del enemigo a principios de septiembre. Ante las graves noticias de la retira da el general Primo de Rivera sale para Marruecos el 5 de septiembre acompañado po r varios generales del Directorio. Justo desde ese día el teniente coronel Franco se encuentra en Tetuán al frente de la Legión; ha encomendado el mando de la vanguar dia del Lau al comandante Agustín Muñoz Grandes,jefe de la harca de Larache, que con sigue el embarque a bordo de la Escuadra de varias guarniciones costeras sin aba ndonar su misión pese a caer herido. Cuando Franco acampa en Ben Karrich con las b anderas legionarias segunda, tercera y cuarta los delegados de Abd el Krim, una vez lograda la sumisión de la cabila de Beni Hosmar y sus vecinas al Emir del Rif, se atreven a intentar una sorpresa sobre la misma capital del Protectorado a la que acaba de llegar Primo de Rivera. Franco, con esa fuerza legionaria, forma l a vanguardia de la columna dirigida por el general Queipo de Llano que opera en el sector de Laucien para mantener abierto el camino del Fonda . Ante la serieda d de la ofensiva rifeña el presidente del Directorio asume personalmente el mando en jefe de las fuerzas de África para hacer frente a su propia responsabilidad en el establecimiento de la línea defensiva que lleva su nombre. Desde Tetuán el genera l en jefe elogia ante la opinión española la victoria defensiva del teniente coronel Mola que en Dar Acoba ha derrotado al hermano de Abd el Krim que atacaba la pos

ición. Unos días después Primo de Rivera, con información de primera mano, destituye ful minantemente de su mando al general Queipo de Llano y le envía fuera del territori o. El propio afectado explica lo sucedido en un libro publicado en 1930: Este (Franco) con mayor decisión, después de expresarme el disgusto que reinaba en trre la oficialidad, me habló sin ambages, diciéndome que se habían reunido los jefes de las fuerzas de choque y los de algunos batallones de soldados peninsulares qu e se hallaban en Tetuán, acordando encerrar en el Acho al general Primo de Rivera y a los generales del Directorio que se encontraban en aquella zona y que con ob jeto de que hubiese un jefe de superior categoría que unificase el movimiento, iba a rogarme que aceptase la jefatura de todos para ejecutar el plan convenido. Añadía que tenía una bandera dispuesta y que iría a detener a los generales en el momento que lo ordenase 1. Queipo fecha sus conversaciones con Franco y otros jefes en el día 21 de septiembre de 1924. Cuando en 1972 Franco revisó detenidamente mi borrador para este capítulo marcó este pasaje con dos signos de atención pero no formuló comenta rio alguno, es decir no quiso desmentir a Queipo. La conversación fue tal vez autént ica pero seguramente en otra fecha y tal vez no pasara de un estallido de mal hu mor y no se concretase en un plan factible. Primo de Rivera supo que Queipo esta ba implicado como figura principal y le destituyó pero no quiso tomar represalias contra los jóvenes jefes que hablaron con él por lo delicado de las circunstancias f rente al enemigo próximo. Queipo se había mostrado muy adicto a la Dictadura con mot ivo de su proclamación. Pronto regresó a Marruecos donde tras varios incidentes perd ió definitivamente el mando, protestó ante el Rey y recibió otros dos meses de arresto . Desde entonces se enemistó con el Rey y con el dictador. Por otra parte en la fe cha señalada por Queipo para su conversación subversiva con los jefes descontentos F ranco se hallaba en plena operación contra el enemigo que ocupaba el Gorgues. Con este dato la presunta conversación no parece suficientemente probada. En efecto, Franco había salido de Tetuán el 18 de septiembre con las banderas cua rta y quinta de la Legión en la columna Castro Girona; prosiguió los combates el día 1 9 y en la madrugada del 20 volvió a Tetuán para conducir al frente a las banderas pr imera y tercera. Estas operaciones tenían como objetivo dominar G. Queipo de Llano: El general Queipo de Llano perseguido por la Dictadura Ma drid 1930. el macizo del Gorgues, desde donde algunas piezas rifeñas bombardeaban la ciuda d de Tetuán. El 23 de septiembre el objetivo se había logrado y en estos combates ga nó la Laureada el capitán de Regulares Heli Rolando de Tella Campos, en vanguardia d e una columna que mandaba el teniente coronel José Miaja Menant, muy distinguido e n toda esta campaña. Esa misma jornada Franco inicia la marcha sobre Xauen para pr eparar desde allí la retirada sobre la línea Primo de Rivera, a vanguardia de la col umna Castro Girona. El propio general Primo de Rivera dirige personalmente la salida de las tres columnas encargadas de abrir el camino de Tetuán a Xauen. El general Julián Serrano manda la columna de la derecha, el general Castro Girona la de la izquierda, con tra la que pretende ensañarse el grueso del ejército enemigo desde las montañas que fl anquean el camino a Xauen, y por el centro una pequeña columna del coronel Ovilo, jefe de Intervenciones, enlaza el avance de las dos principales. Primo de Rivera ordena que salga una columna de la comandancia de Larache, a las órdenes del coro nel González Carrasco, para confluir con las de Tetuán en el zoco el Arbaa, una posi ción intermedia en la margen derecha del camino Tetuán-Xauen que es el eje de la mar cha. Esta columna de Larache no consigue la confluencia porque un enemigo muy fu erte se lo impide. Franco dirige la vanguardia de la columna Castro Girona con l as banderas del Tercio primera y tercera. Las dos columnas llegan a la vez al zo co el Arbaa pero entonces se adelanta la de Serrano que consigue socorrer a lo d efensores asediados en dos posiciones, la de Xeruta y la de Dar Acoba. El castig o que la fuerza española inflige al enemigo es severísimo. Mola deja el mando de Dar Acoba, posición vital para asegurar el regreso de Xauen, al teniente coronel Miaj a. Franco siente otra nueva y grave frustración cuando no puede socorrer a la guar

nición del blocar de Abada. Entonces la columna del general Serrano se adelanta de nuevo y es la primera que consigue entrar en Xauen el 30 de septiembre, donde s e le reúne el 2 de octubre la columna Castro Girona con las banderas de Franco en vanguardia. Cuatro días después de la entada de Franco en Xauen, el teniente coronel Mola se reunía para comer con Primo de Rivera en Tetuán. El general en jefe subrayó s u oposición a la táctica de las posiciones aisladas y dispersas utilizada hasta ento nces y abogó abiertamente por su tesis abandonista. Gibraltar para España resumía y lo de más abajo para quien lo quisiera . Pronto el viraje de la guerra de África le convenc ería de lo contrario; pero hasta ese momento pensaba así. Franco, por su parte, en u na de sus conversaciones con Primo de Rivera le había convencido para que recompen sase a Millán Astray, en aquellos momentos marginado en un mando de provincias, co n el ascenso a coronel. El dictador así lo hizo. La marcha de las columnas de Tetuán sobre Xauen había constituido un éxito. Ahora q uedaba lo peor, el retorno a Tetuán por el mismo camino, batido por un enemigo imp lacable que se dejaría matar antes que abandonar una presa que creía segura. La reti rada de Xauen es uno de los hechos de armas más importantes y positivos de toda la guerra de África pero ha sido envuelta, inexplicablemente, en un torbellino de me ntiras que la equiparan nada menos que con el desastre de Annual. No hubo tal si no todo lo contrario; y muy pronto se comprobaría el resultado. La retirada de Xauen, a la que no me arrepiento de haber llamado alguna vez la retirada de los diez mil en la guerra de Marruecos tuvo lugar después de siete sem anas angustiosas entre el 30 de septiembre y el 17 de noviembre, durante las cua les el ejército de operaciones, concentrado y semicercado en Xauen, fue reuniendo en la plaza a un centenar de puestos dispersos por los caminos defendidos hasta entonces por la imposible línea de blocaos. En medio de la arriesgada operación el g eneral Primo de Rivera asumió, además de su cargo de general en jefe, el de alto com isario para que quedase más claro aún que asumía toda la responsabilidad en la retirad a. El general Francisco Gómez Jordana y Souza, autor del plan para las operaciones , actúa como jefe de Estado Mayor. Durante el mes de octubre prácticamente todas las pequeñas posiciones en el secto r de Beni Arós habían podido replegarse sobre la comandancia de Larache y todas las de la costa de Gomara se habían reembarcado junto a Uad Lau. Sólo quedaba el núcleo pr incipal, ya concentrado en Xauen a principios de noviembre. Desde un aeródromo de fortuna, junto a Xauen, Franco pudo volar a Ceuta donde permaneció cinco días junto a su esposa; muchos vieron en este breve permiso el presagio de una despedida de finitiva. Aprovechó el viaje para pedir al general Primo de Rivera el máximo apoyo aér eo a la gran retirada que se iba a iniciar a su regreso. El 10 de noviembre, por el mismo medio, Franco ha vuelto a Xauen y ordena la fabricación de numerosos muñec os uniformados con el ya famoso verde del Tercio. Con este ardid elemental conse guiría ganar unas horas vitales. El 15 de noviembre de 1924 la vanguardia española sale de Xauen para iniciar la retirada. El enemigo, armado hasta los dientes, la espera y hostigará durante todo el camino a la larga columna contra la que se lanzan las harcas que h abían vencido en Annual, los numerosos voluntarios de todo Marruecos que seguían la bandera del Emir del Rif, encuadrados por las tropas regulares de Beni Urriaguel y cubiertos por una potente artillería. La distancia que ha de recorrer la column a se extiende a través de setenta ilómetros por un camino muy difícil, prácticamente un barranco cuya margen derecha está formada por el escarpado macizo de Beni Hosmar y la izquierda, más suave, por una sucesión de lomas capaces de ocultar entre sus re pliegues cualquier sorpresa del enemigo. El mando español ordena que la fuerza reg rese con la misma disposición de su marcha a Xauen, las dos columnas del general S errano ahora por la izquierda y Castro Girona, ahora a la derecha, pero en muchos trayectos marchan las dos prácticamente fundidas. Con una modificación sustancial. E l general Castro Girona, gran conocedor del terreno y sus cabilas, marcha ahora a vanguardia mientras el teniente coronel Franco, con sus cinco banderas de la L egión, ocupa la retaguardia mediante sus unidades coordinadas y escalonadas. No es

taría de más recordar que en las grandes retiradas de la Historia de la de Roncesvall es a la del ejército de José Bonaparte en Vitoria el lugar más expuesto y comprometido es precisamente la retaguardia, contra la que suelen dirigirse los más virulentos ataques del enemigo, sobre todo cuando éste ataca animado por una alta moral de vi ctoria. He recorrido muy despacio el camino de Xauen a Tetuán y creo haber sentido en mi interior, ante los partes escuetos de aquella operación, toda la angustia d e la retirada de Xauen. Franco permanece todo el día 15 de noviembre en Xauen y al saberlo el ejército de l Rif trata de cortarle el contacto con el resto de la columna. Franco ordena sa lir a sus banderas en la madrugada del 17 pero el enemigo, engañado por los muñecos, piensa que aún siguen dentro los legionarios. La escena de la Legión a retaguardia de la columna ha pasado, por relato de testigos directos, a la literatura univer sal en esta descripción de un enemigo de Franco, Arturo Barea: Ahora escucha cuenta el aún aterrado sargento Córcoles yo no puedo tragar a esos ful anos del Tercio. El que no ha matado a su padre o ha hecho algo peor está para que le encierren en un manicomio. Pero la verdad es que sin ellos el resto de nosot ros no hubiéramos salido vivos, y el tal Franco está más loco que todos ellos juntos. Lo he visto en el maldito barranco más fresco que una lechuga dando gritos: ¡Agacha la cabeza, idiota! ¡Dos hombres detrás de aquella piedra, a la derecha!. Levantaba l a nariz un soldado y le tumbaban patas arriba; un oficial se acercó a él y le mandar on a hacerle compañía. Pues bien, Franco salió sin un rasguño; a mí me gustaba más verle que las balas . En la primera jornada Franco ha conseguido llegar a tiempo para vivaquear fre nte a Dar Acoba; el 18 de noviembre sale con sus hombres del viejo blocao donde Emilio Mola, ante el acoso enemigo, había pensado en suicidarse dos meses antes y tras los combates agotadores del día pernocta en la posición-etapa ~ siguiente, Xeruta. Allí, durante un combate cuerpo a cuerpo que dura horas, m uere el amigo y jefe de Franco, general Serrano Orive, junto al jefe del Grupo d e Regulares, coronel Temprano. Castro Girona toma el mando de las dos columnas y las unifica. Al atardecer del 19 la fuerza acampa en el zoco el Arbaa, a media altura sobre la orilla izquierda del barranco donde aun hoy pude ver las huellas de la antigua posición española. Aquel es el lugar elegido por el hermano de Abd el Krim para aniquilar a la columna española pero los defensores han aprendido la le cción de Annual y ni por un momento cunde el pánico. Franco, que pese a un fracaso a nterior mantiene su creencia en la eficacia de los carros blindados, ha perdido los tres que acompañan a su retaguardia cuyas tripulaciones, catorce hombres, resi sten más allá del límite durante tres días. El 10 de diciembre, en vista de que la colum na de Larache no puede llegar, Castro Girona aprovecha la nutrida presencia de l a aviación de Tetuán que hostiga a las fuerzas enemigas y ordena la salida de la col umna en dirección a Taranes. El jefe de exploradores de la Legión, teniente Fermín Galán , se enfrenta a una fuerza enemiga superior con éxito y trata de promover la conce sión de la Laureada pero es Franco quien se opone; en 1972 me comunicó el motivo: Había cumplido las instrucciones exactamente al revés . Las ocasiones para el ejército rifeño habían quedado atrás, definitivamente. El 12 de diciembre las banderas que forman l a retaguardia evacuan ordenadamente Taranes y al día siguiente el ejército de Xauen penetra en las líneas de Ben Karrich. La retirada había terminado con éxito más que nota ble, aunque las fuerzas llegasen exhaustas. Las escenas del camino de Xauen a Te tuán habían inspirado al liberal Emilio Mola páginas de acendrado fervor religioso y n o es de extrañar que Franco, una vez más incólume, atribuyese la preservación de su vida a determinada protección de lo alto. Su esposa Carmen, con la que fue inmediatame nte a reunirse en Ceuta, estaba completamente segura de ello. Años más tarde, en 192 8, le llegó la más que merecida recompensa por su actuación al frente de la retaguardi a de la gran retirada; su segunda medalla Militar individual. Pero por 1 Arturo Barea, La ruta, op. cit. entonces las noticias más graves de la Península registraban la sorda formación de una creciente oposición contra Primo de Rivera en dos frentes; el militar, con los

generales Queipo de Llano y López Ochoa; el intelectual, con la hostilidad implac able de Miguel de Unamuno, nuevamente desterrado, y del escritor valenciano Vice nte Blasco Ibáñez que tiraba ya por elevación en su escrito Por España y contra el rey. Una extraña concentración de mentiras atribuye a la retirada de Xauen casi las mi smas pérdidas en hombres y material que la desbandada de Annual. Es absoluta y rel ativamente falso. La mayor parte del ejército de Xauen logró salvarse. Las pérdidas de la retirada de Xauen no rebasan seguramente la novena o décima parte de las que h emos atribuido al desastre de Annual. En ningún momento se produjo un brote de pánic o ni se rompió el ritmo de la retirada. El objetivo táctico de Primo de Rivera, el e stablecimiento de una línea continua y sólida contra el Emir del Rif, se había logrado punto por punto. Inmediatamente se comprobarían las consecuencias estratégicas extr emadamente favorables para España que se iban a derivar de ese éxito . Para cerrar est e epígrafe sólo me queda expresar mi extrañeza porque el antibiógrafo militar de Franco, coronel Blanco Escolá, apenas menciona el incidente de Ben-Tieb ni la actuación de Franco en la retirada de Xauen. Son dos omisiones sorprendentes. En cuanto a los datos reales sobre bajas españolas en la retirada de Xauen el úni co análisis serio que conozco se debe a una tesis del doctor Shannon Fleming, cons ultada y citada por el profesor Stanley G. Payne en su importante libro Ejército y sociedad en la España liberal2 1500 muertos, 500 desaparecidos, y unos 6.000 heri dos. Cifras elevadísimas, pero enormemente inferiores a las que hemos registrado p ara el desastre de Annual. 1 La retirada de Xauen está magistralmente expuesta en las obras citadas del ge neral Martinez de Campos España bélica y el general Casas de la Vega Franco militar. Hay datos importantes en el estudio de Emilio Mola sobre Dar Acoba contenido en sus citadas Obras, p. 40s. 2Madridi\J(al 1977, p. 298. Debo citar también al desigual ,pero imprescindib le libro de David S. Woolman Rebels in the Rif, London Univ. Press, 1968, que ap orta datos interesantes pero no valora suficientemente las fuentes militares y c iviles españolas. FRANCO EN EL DESEMBARCO DE ALHUCEMAS La levantisca cabila de Anyera, aislada del territorio rebelde constituido en la zona central del protectorado, se había sumado también a la causa de Abd el Krim . Los cabileños se habían apoderado del puerto de Alcázarseguer y el mando español decid ió enviar dos columnas para someterles. El teniente coronel Franco mandaba la colu mna enviada desde Ceuta y el general Saro la que salió de Tetuán. Para Franco resultó muy emocionante volver al campo de batalla donde había sufrido su grave herida de 1916 . Esta vez no tuvo problema alguno cuando fijó la línea defensiva española en el sector de Am Yir, inmediato a aquella Loma de las Trincheras muy cerca de la cua l estableció su campamento. Para la recuperación de Alcazarseguer el mando español dec idió preparar una operación anfibia, encomendada también al teniente coronel Franco, q ue reconoció la costa a principios de enero de 1925 a bordo de los cañoneros Almiran te Bonzfaz y Canalejas. La fecha para el desembarco quedó fijada para el 14 de ene ro. En esa madrugada zarpa de Ceuta el convoy de desembarco, formado por un cañoner o, un guardacostas y tres remolcadores que cuando llegan cerca de la playa de Al cazaseguer sueltan a los seis lanchones tipo K que había comprado el gobierno españo l en 1921. Eran barcazas semiautónomas dotadas de un motor potente para breves rec orridos y capaces de transportar trescientos hombres con todo su equipo. Ahora s e agolpaban en ellas dos banderas de la Legión, un grupo de Regulares, una batería d e montaña y los correspondientes servicios. Pero se levantó una marejada creciente q ue impidió la operación y el convoy regresó con algunos apuros a puerto. La operación qu eda aplazada hasta que el tiempo mejo-rase pero entretanto Franco recibe un nuev o ascenso por méritos de guerra el 7 de febrero (con antigüedad de un año antes) por l a actuación del jefe de la Legión en la anterior campaña de Melilla durante el año 1923, con expresa mención de su comportamiento en los enconados combates en torno a Tif

aruin. El ascenso no se refiere aún a la actuación de Franco durante las operaciones para la retirada de Xauen, que serán objeto de otra propuesta. En aquel momento l os ascensos se concedían por el gobierno previo juicio contradictorio. En este cas o declararon a favor de Franco varios generales y jefes de prestigio entre ellos dos tenientes coroneles que lucharían contra él en la guerra civil: don José Miaja y don Sebastián Pozas Perea. Simultáneamente, se eleva la categoría en el mando de la Le gión para que el ya coronel Franco pueda seguir desempeñándolo. Ya con su nueva gradua ción Franco establece nuevos puntos defensivos en la línea exterior de Ceuta y entre el 20 y 23 de enero gira una visita de inspección al territorio de a comandancia de Larache. Por entonces el general Primo de Rivera regresa a Madrid una vez log rado con éxito su primer objetivo en Marruecos, la retirada de Xauen. El segundo intento de desembarco en Alcázarseguer cuaja por fin a partir de la una de la madrugada del 30 de marzo de 1925. La operación se realiza al mando del general Federico de Sousa Regoyos y el coronel Franco manda la vanguardia. Poco antes del desembarco mantiene una conversación a bordo del guardacostas Arcila con un joven marino, el alférez de navío Luis Carrero Blanco, que ya había intervenido en la guerra de África en 1921 a bordo del acorazado Alfonso XIII durante las operac iones para la reconquista del territorio de Melilla. Yo no era nadie pero Franco era ya una figura famosa , recordaba Carrero ante el autor de este libro . El oficia l de Marina ofreció al coronel de la Legión unas sopas de ajo como desayuno. Franco le explicó su negativa; desde su herida de 1916 y antes nunca entraba en combate c on alimento en el cuerpo, y a esta costumbre atribuía haber salvado la vida en 191 6. La columna de desembarco constaba de unos tres batallones; formaban la vangua rdia dos banderas de la Legión y un grupo de Regulares de Ceuta. Esta vez el desem barco se desarrolla sin problema alguno. Lograda la sorpresa, la vanguardia de F ranco, al frente de la columna, salta a la playa y cuando ya menudea el fuego en emigo consigue ocupar las lomas costeras. Franco se queda todo el día en el poblad o, dirige la construcción de las fortificaciones en la cabeza de puente y regresa a Ceuta a bordo del cañonero Canalejas. El desembarco de Alcazarseguer no tiene so lamente un interés táctico local; Franco sabe que el general en jefe que continúa siend o el propio presidente del Directorio lo ha concebido como un ensayo general para otra operación semejante aunque de mucha mayor importancia, el desembarco en Alhu cemas. El viraje de Primo de Rivera que él mismo se encargó de explicar nada menos qu e en la Revista de Tropas coloniales había sido espectacular; ahora mismo comprende remos los motivos. Franco era entonces director de la publicación, en la que, por cierto, en el número correspondiente a marzo de 1935 le dedica un artículo lleno de elogios el ex ministro de la Monarquía don Antonio Goicoechea, en el que dice de F ranco: El soldado audaz se ha convertido en un caudillo . 1 Conversación con el almirante Carrero, 8 de octubre de 1971. Mientras Franco intentaba primero y conseguía después el desembarco en Alcazarseg uer un personaje legendario del protectorado español terminaba de mala manera a ma nos de Abd el Krim. Hablamos del Raisuni, a quien los gobiernos españoles (incluid o el de Primo de Rivera) habían devuelto su palacio de Arcila y su fortaleza de Ta zarut para mantener sus favores. Pero ante el auge imparable de Abd el Krim el v iejo Raisuni resultaba nada más que un anacronismo. Su agitada trayectoria iba a d espeñarse con un acto final de lealtad, inspirado por los celos que sentía ante el a scenso del jefe rifeño. Y se atrevió a declararse nada menos que amigo de España, con lo que Abd el Krim decidió apresarle y dejarle fuera de juego. El 23 de enero de 1 925 un batallón de los regulares de Beni Urriaguel con el apoyo de dos mil volunta rios de Gomara y sin que otros dos mil de Yebala se decidan a impedirlo, asalta, al mando de Ahmed Jeriro, antiguo lugarteniente del Raisuni que ya es fiel cola borador del Emir del Rif, el refugio de Tazarut donde capturan al veterano guerr ero y político y se lo llevan preso a Uad Lau, de ahí le trasladan en una lancha a m otor capturada a los españoles hasta la costa de Bocoya, desde la que le conducen al interior del territorio rifeño. Allí murió poco después, el 19 de abril del mismo año, por enfermedad según sus captores, cuyos métodos expeditivos contra sus enemigos son

, sin embargo, bien conocidos. En el plan de Primo de Rivera para el abandono de Xauen y por tanto de la reg ión fronteriza con el protectorado francés se insinuaba ya una posibilidad muy conve niente: que el Emir del Rif, impotente contra las nuevas líneas defensivas españolas en torno a Tetuán, Melilla y Larache, habría de enfrentarse probablemente con los f ranceses . El general Jordana, autor de ese plan, actuaba como jefe de Estado Mayo r de Primo de Rivera para las operaciones de África y por tanto cabe suponer que e l dictador albergase la misma esperanza. Hasta ese momento las relaciones de Fra ncia y España con respecto a Marruecos eran nulas, debido a la prepotencia frances a que, tras la victoria del mariscal Foch en 1918, menospreciaba al Ejército español , especialmente al de Marruecos y prácticamente no colaboraba con él. El residente g eneral de Francia en su zona, Lyautey, era uno de los portavoces de tal menospre cio y desde el propio gobierno de París se había anticipado que Abd el Krim no se at revería a un enfrentamiento con Francia. Por eso la sorpresa fue universal cuando se cumplieron las previsiones de Jordana y el emir del Rif atacó con 1 El plan Jordana en su importante libro La tramoya de nuestra actuación en Mar ruecos, Madrid, Editora Nacional, 1976, p. 72s. furia, desde mediados de abril de 1925, las posiciones francesas en el valle del Uarga, con captura de numerosas provisiones y aniquilación de varios puestos d efensivos. Francia mantenía en su zona de Marruecos una poderosa fuerza militar co n cerca de setenta mil hombres bien armados pero había juzgado suficientes para de fender el sector ahora atacado una cadena de blocaos semejante a la que los españo les acababan de eliminar en torno a los caminos de Xauen. Con su victoria Abd el Krim amenazaba ya a las ciudades situadas en el próspero valle del Sebu, sobre to do, por el momento, la de Taza y Fez. Se supo que dirigentes comunistas francese s habían visitado la zona francesa de Marruecos y ya entonces se conocía la doctrina de Lenin a favor de las rebeliones coloniales contra las metrópolis capitalistas. En sus confesiones Abd el Krim señala los objetivos de su ofensiva: Yo necesitaba llanuras fértiles como las del valle del Sebú, ya próximas a recoger sus cosechas. Ebri o por sus victorias contra España la auténtica de Annual y la ficticia de Xauen Abd el Krim soñaba con asumir en Fez el sultanato de todo Marruecos y sus numerosos part idarios en la zona francesa le animaban a ello. El ataque de cinco harcas rifeñas se desencadenó el 9 de abril de 1925 contra dos objetivos bien definidos: la cabil a de Beni Zerual, favorable a los españoles y la cadena de puestos franceses que d efendían el valle del Uarga. Los dos objetivos se cumplen; Abd el Krim domina la c abila adversa y ocupa las posiciones de Francia. Los generales Chambrun y Hoech defienden la línea de Fez a Taza y el residente francés convence al sultán legítimo Mule y Yusuf para que celebre en Fez la fiesta islámica del Cordero, con lo que se aseg ura la fidelidad de las cabilas más importantes. El ministro francés Briand vuelve d e su anterior desprecio, llama al embajador de España Quiñones de León y le transmite una petición al Directorio para entablar conversaciones militares con España. El 5 d e junio la fortaleza de Biban, la más importante de la línea Lyautey sucumbe ante el e mpuje de Abd el Krim pese a la defensa heroica de la Legión francesa . El balance de la victoria rifeña en el mes de junio es sobrecogedor; de 66 puestos avanzados a lo largo de la frontera 43 están en manos de Abd el Krim, que se ha apoderado de 51 cañones, 200 ametralladoras, 5000 fusiles, 35 morteros y millones de cartuchos . El número de muertos y desaparecidos del ejército francés supera los tres mil, más cen tenares de prisioneros. Francia destituye al residente Lyautey y nombra para sus tituirle, con todo el poder político y militar en la zona, al héroe de Verdun, maris cal Philippe Pétain. Abd el Krim se ha convertido en un problema que sólo puede solucionarse con la franca y abierta cooperación de Francia y España. Inicia las conversaciones el ex mi nistro Malvy que visita en Madrid al general Primo de Rivera. Su interlocutor técn ico en España es el general Francisco Gómez Jordana, en conversaciones celebradas en Madrid durante los meses de junio y julio de ese mismo año 1925. A sus órdenes se n ombra una delegación española formada por el diplomático Aguirre de Cárcer, el secretari o de embajada Sangróniz, y varios técnicos militares y navales. Preside la delegación

francesa el embajador en Madrid, conde Peretti della Roca, que cuenta con varios asesores. La serie de acuerdos abarca todos los problemas de la cooperación, que es completa. Esa serie se cierra el 25 de julio y entre ellos se incluye una coo peración militar y naval con varios objetivos en torno a la frontera común y sobre t odo en el gran proyecto para efectuar, por el ejército español pero con la colaborac ión de las dos Marinas de guerra, el desembarco en Alhucemas que se cree decisivo. En el citado libro del general Jordana se detallan y documentan estos acuerdos, sobre los que algunos expertos, sin conocerlos, se han permitido expresar algun as dudas. La conclusión está clara: el ataque de Abd el Krim a Francia, suscitado po r la retirada española de Xauen, provoca un vuelco en el anterior abandonismo del dictador, que ahora compromete a España en la ocupación total del territorio de su z ona, el mismo objetivo que Francia en la suya. Todo va a cambiar inmediatamente. A fines de julio el mariscal Pétain, tras rec onocer detenidamente el territorio, recibe el mando en jefe del ejército francés, al que pide y obtiene reforzar con cien mil hombres. A mediados del mismo mes la a menaza de Abd el Krim contra el valle del Sebú puede considerarse conjurada, tras algunos encuentros en los que se distinguen jefes jóvenes como el coronel Giraud. El Estado Mayor de Primo de Rivera, dirigido por el general Despujol y con parti cipación de los coroneles Fanjul, Goded y el capitán de fragata Carlos Boado, junto a los más jóvenes Antonio Aranda y Antonio Barroso, elabora un plan de desembarco co n todo detalle. Primo de Rivera les comunica personalmente sus estudios sobre de sembarcos, especialmente el fracasado de Gallípoli durante la primera guerra mundi al. A mediados de agosto el mariscal Pétain ha situado en línea a cien batallones de infantería y el día 10 ya se había logrado la conjunción de los ejércitos de Francia y Es paña en el territorio de Larache, sin problema alguno. El día 20 Abd el Krim trata d e silenciar a la artillería española del peñón de Alhucemas con un feroz bombardeo de ci ncuenta piezas, pero una vez caído el comandante de la plaza le sustituye el capitán Joaquín Planell, que logra resistir a costa de graves heridas y ganará por ello la La ureada. Primo de Rivera ordena que se aceleren los planes y preparativos para el desembarco, que correrá a cargo de dos brigadas, a las órdenes conjuntas del genera l Sanjurjo; la de Ceuta al mando del general Saro y la de Melilla a las del gene ral Fernández Pérez. La escuadra española se pone a punto en la base de Cartagena y to da la aviación disponible se concentra en los aeródromos de Melilla. El general Prim o de Rivera y el mariscal Pétain se entrevistan extensamente por tres veces, una e n Ceuta, otra en Tetuán y la tercera en Algeciras el 21 de agosto. Desde Algeciras el dictador anuncia un importante cambio político en su régimen; la constitución de u n nuevo gobierno que llama de hombres civiles sin excluir a varios militares cuya la bor tendrá que ser cultural, económica y social. El general Jordana nos revela el gr avísimo contenido de una reunión del Directorio todavía el militar presidida por el Rey, donde don Alfonso XIII, convencido tal vez por alguno de los generales del gobi erno, intentó convencerles sobre la posibilidad de cancelar a última hora el proyect o de desembarco en Alhucemas. El general Jordana, asistente a la reunión, cree que de no haberlo evitado la censura de prensa esa oposición regia al desembarco hubi era suscitado un movimiento de opinión arrollador que sin duda hubiera dado al tra ste con la operación. Primo de Rivera se jugaba todo a la carta de Alhucemas y con siguió que el Directorio aprobase el compromiso que acababa de confirmar con el ma riscal Pétain. El 28 de agosto el ejército francés lanza una ofensiva en el valle del Uarga sin progresos importantes. Al día siguiente Abd el Krim, que conoce a grandes rasgos e l proyecto de desembarco español, celebra un consejo de guerra en Xauen en el que comunica su decisión de asumir directamente en mando en el frente marítimo de Alhuce mas mientras su hermano y Jeriro lanzan una ofensiva contra Tetuán. El último día de a gosto Primo de Rivera publica en la Revista de Tropas coloniales el artículo firma do que ya anticipamos en el que denuncia una participación comunista en la rebelión rifeña y un cambio total de rumbo en la estrategia española. Justifica su viraje: en asuntos de interés patrio no hay que dejarse guiar por el amor propio y negarse a las rectificaciones . En la mañana de ese día 31 de agosto Primo de Rivera llega a Alg eciras en el expreso de Madrid. Al día siguiente, 1 de septiembre, se celebra en A

lgeciras un consejo de guerra hispanofrancés sobre la ejecución del desembarco. Junt o a Primo de Rivera asisten el jefe de la Escuadra, vicealmirante Yolif; el cont raalmirante jefe de las fuerzas navales de Marruecos, Guerra; el general Despujo l, jefe del Estado Mayor; el general Sanjurjo,jefe de la división de desembarco; y el general Saro, jefe de la brigada de Ceuta. Encabeza la delegación francesa el almirante Hallier, jefe del destacamento naval que va a cooperar con la escuadra española. Los franceses aprueban la precisión de los preparativos españoles pero se s uscita un debate sobre la probabilidad de que, ante los estudios y previsiones m eteorológicas, el desembarco, previsto para fines de la primera decena de septiemb re, puede obstaculizarse con el fuerte viento de levante, que perjudicaría graveme nte a la operación. Si se permite una experiencia personal de modesto navegante, e n esa zona del Mediterráneo occidental debo recordar resultaría peligroso por su ine stabilidad el mes de agosto; pero septiembre suele resultar bonancible por lo ge neral. Primo de Rivera carecía sin duda de tal experien/cia pero zanjó el debate con dos palabras: No soplará . Acto seguido termina la reunión, embarca en el crucero Extr emadura que le lleva a Ceuta donde firma dos proclamas, una para las fuerzas esp añolas y otra para los rebeldes a quienes exige la entrega en tres días. Desde Ceuta volará muy pronto a Melilla, para inspeccionar los preparativos de la columna que allí se forma. Pese a la censura la prensa española anuncia con notoria imprudencia la coopera ción militar y naval franco-española. El día 2 el gobierno francés confirma definitivame nte al mariscal Pétain como general en jefe de la zona francesa y ruega a Lyautey que no regrese a ella. El 3 la ofensiva de los adjuntos de Abd el Krim contra la s posiciones españolas alzadas al sur de Tetuán responde a la pro-dama de entrega di fundida sobre territorio enemigo por la aviación española. Primo de Rivera ordena a las guarniciones de Tetuán que resistan con sus propios medios y se niega, por el momento, a distraer fuerzas de las destinadas al desembarco. En un comunicado su mamente objetivo el presidente del Directorio comunica oficiosamente a la nación q ue España se dispone a acometer una empresa de la máxima importancia, contra un enem igo perfectamente armado con sesenta mil fusiles, centenares de armas automáticas y una potente masa artillera. La Legión va a intervenir en vanguardia de las dos columnas ya preparadas para el desembarco. La de Ceuta embarcará con las banderas legionarias sexta y séptima; a l atardecer del 5 de septiembre en uno de los mercantes de la Trasmediterránea a l os que subieron los efectivos de la brigada Saro. Poco después el rey don Alfonso XIII tomaba el tren en San Sebastián para esperar noticias de la operación en el Pal acio de Oriente. Cada una de las brigadas de desembarco contaba con unos nueve m il hombres. La de Ceuta, a las órdenes del general Leopoldo Saro, dividía sus efecti vos en dos; el grueso, con el coronel Martín, Franco al frente de la vanguardia. L a columna del general Fernández Pérez, que zarpará de Melilla, lleva al coronel Manuel Goded en la vanguardia y al coronel Vera con el grueso. Para formar su vanguard ia Franco ha dispuesto diez carros de combate, las banderas sexta y séptima del Te rcio al mando directo del teniente coronel Juan Limers Muguiro, la mehal-la de L arache (comandante Villalba) y la harca rifeña del primo y rival de Abd el Krim, S olimán el Jatabi, cuyo jefe europeo era el comandante Agustín Muñoz Grandes. Completaban la vanguar dia de Franco el batallón peninsular de África número 3, una batería de montaña y servicio s auxiliares. El contraalmirante Guerra, a bordo del crucero insignia Reina Victoria ordena zarpar a los barcos que transportan y custodian a la columna de Ceuta el 5 de s eptiembre a la hora que Franco recuda exactamente : las nueve y dieciocho minuto s de la noche. Con luces de situación, tope y alcance ostensiblemente encendidas, ponen rumbo a Río Martín los cruceros Reina Victoria y Extremadura, tres cañoneros tip o Cánovas, otros tres tipo Recalde, once guardacostas de la serie Uad, seis torped eros de designación numeral y siete guardapescas; en el centro del convoy avanzan con relativa lentitud las tres flotillas mercantes requisados por el gobierno pa ra la operación, trece en total. Las 25 barcazas de desembarco tipo K son arrastra

das por cuatro remolcadores de guerra y algunos barcos más. Completan la columna n aval dos aljibes de la Armada. Pronto deben trasbordar Franco y parte de sus hom bres del mercante averiado Segarra al buque de la Trasmediterránea Jaime II que na vega como reserva. Cuando la escuadra de Marruecos llega a las proximidades de Río Martín se le une la escuadra de instrucción, al mando del jefe de la Flota española, vicealmirante Yolif, con los acorazados Alfonso XIII y Jaime 1, los cruceros Ménde z Núñez y Blas de Lezo, los destructores Alsedo y Velasco. El Alfonso XIII es el nue vo navío insignia, en el que ha embarcado el general Primo de Rivera. La escuadra española mostraba el notabilísimo progreso que había logrado tras el Desastre de 1898 gracias al plan naval del gobierno Maura. En el puerto de Melilla la escuadra fr ancesa de apoyo, que había llegado de Tolón, aguardaba el momento de salir al encuen tro de la española. Frente a la desembocadura del Lau la Escuadra destaca a alguna s gabarras de desembarco con el fin de desorientar al enemigo, pero pronto vuelv en a la formación que prosigue la marcha hacia su verdadero objetivo cerca de Alhu cemas. Son las cuatro de la tarde cuando se reanuda esa marcha. En ese mismo día, domingo 6 de septiembre, la columna de Melilla zarpaba bajo l a protección de la escuadra francesa del almirante Hallier hacia la cita frente a Alhucemas. Desde su buque insignia, el acorazado Paris el almirante dirigía a sus dos cruceros Metz, Strasbourg dos torpederos, dos monitores, diversos barcos menor es y un remolcador que portaba un globo cautivo para observación. Las fuerzas de d esembarco exclusivamente españolas nevegaban a bordo de otras tres flotillas mercant es con un total de doce barcos, más un aljibe. La Legión de Melilla formaba parte de la vanguardia del coronel Goded, con las banderas segunda y tercera, ésta al mand o del comandante Francisco García Escámez. A las cinco de la tarde la escuadra franc esa de escolta efectúa un bombardeo diversivo sobre las posiciones de Sidi Dris, p erdidas en el desastre de Annual y Abd el Krim, alarmado, ordena concentrar trop as en Axdir, pero sin abandonar la defensa de la bahía y las playas de Alhucemas, donde esperaba casi con seguridad el desembarco. En la noche del 6 al 7 de septi embre, ahora con toda las luces apagadas, los dos convoyes españoles se aproximan lentamente al gran objetivo, iluminado por las hogueras enemigas sobre las costa s de Bocoya y de Beni Urnaguel. Así llega la noche decisiva, la del 7 de septiembr e, cuando los mandos de las dos columnas abrieron los pliegos que contenían una mi nuciosa descripción de objetivos para cada unidad. La bahía de Alhucemas está cerrada a poniente por una península escarpada con dos entrantes, a poniente la Punta de l os Frailes y a levante el Morro Nuevo. Al sur de éste se alza el Morro Viejo (ver figura) y a un tercio del perímetro de la costa, que se tiende en semicírculo, está, m uy cerca de la playa, el Peñón español de Alhucemas que ha resistido los bombardeos te rribles de la artillería rifeña. Frente al Peñón se alza el poblado de Axdir, junto al q ue tiene su casa el jefe rebelde Abd el Krim. La bahía queda cerrada a levante por el promontorio de Cabo Quilates, ya en la cabila de Tensaman. El plan primitivo consistía en desembarcar sobre las dos playas separadas por l e península del Morro Nuevo, la columna de Ceuta en las playas de Poniente y la de Melilla en Cala Bonita y Cala Quemado, ya dentro de la bahía. Pero a primera hora de la mañana del 7 la falúa rápida de la Arrendataria, que actuaba de aviso, comunica el aplazamiento de la operación; las dos escuadras se habían entremezclado y no se había conseguido la posición coordinada que exigía el plan. Lo que sucedió desde entonce s está perfectamente explicado por el propio Franco en su Diario de Alhucemas, que no fue publicado hasta mucho después en los años setenta una vez corregido por el p ropio Franco. Ante el aplazamiento decidido por el mando en la mañana del 7 de septiembre las gabarras de desembarco quedan amarradas a sus respectivos remolcadores con la t ropa dentro de ellas. El mando dispone un ataque de diversión contra las posicione s enemigas de Cabo Quilates pero Abd el Krim, que tiene frente al Morro Nuevo al conjunto de los transportes y las barcazas, no se deja engañar. Los aviadores esp añoles, concentrados en las inmediaciones de Melilla, efectúan algunos vuelos de rec onocimiento pero su empeño principal es prepararse para la gran operación del día sigu iente. A las órdenes del general Soriano, jefe de los servicios de Aeronáutica del E

jército, figuran dos escuadras aéreas (tenientes coroneles Bayo y Kindelán) que integr aban a cinco grupos (comandantes Joaquín González Gallarza, Molero, Sandino e infant e don Alfonso de Orleáns) A bordo de un grupo de hidros participarán en el combate l os capitanes Ramón Franco y Ortiz, entre otros. La fuerza de desembarco había recibido la orden de reembarcar en sus transporte s para evitar el forzado encierro en las gabarras. Desde el anochecer del día 7 un a brisa de Levante anuncia dificultades si aumenta al día siguiente. No es un temp oral, pero se levanta una marejadilla molesta. A las once de la noche del 7 la v anguardia del coronel Franco embarca en las lanchas tipo K para lanzarse a la co sta con la madrugada. La columna del general Fernández Pérez recibe una nueva orden de aplazamiento ante las graves noticias que recibe la Flota sobre la ofensiva r ifeña contra la línea exterior de Tetuán. Por tanto será la columna Saro la única que empr en-da el desembarco a la mañana siguiente, con el agravante de que la marejada par ece aumentar durante toda la noche. Alguna de las lanchas tipo K, rotos los cabo s de amarre, se han alejado, dispersas, hasta varias millas de la costa. Alguien sugiere un nuevo aplazamiento pero el general en jefe, Primo de Rivera, se nieg a enérgicamente. He prometido al mariscal Pétain que desembarcaría hoy y voy a hacerlo . Desciende entonces por una escala al torpedero número 22, donde el general Sanjurj o trata aún de hacerse cargo de la dispersión provocada por la marejada. Entonces ap arece en primer plano una figura importante que muchos olvidan: el capitán de frag ata Carlos Boado, jefe de estado mayor y simultáneamente de la vanguardia naval co njunta, que conoce como la palma de la mano aquel litoral y aquellos fondos no s uficientemente reflejados entonces (ni del todo ahora, como pude comprobar en mi recorrido por aquella costa en 1971, cuando el sonar nos indicó una aguja muy pel igrosa a media milla de la costa de Alhucemas y sin marcar en las cartas), va re ctificando uno a uno la posición de los mercantes y las barcazas. La escuadra fran cesa se sitúa junto al límite de alcance de los cañones rifeños e incluso llegan a atrav esarlo a la bahía, con el acorazado Paris cubierto por sus dos cruceros se acerca valerosamente al litoral y enfila al peñón español con el Yebel Seddun mientras prepar a sus demoledoras piezas pesadas contra las baterías de Abd el Krim. La flota de g uerra española se sitúa a barlovento de la francesa a unas tres millas de distancia entre extremos y alineada sobre las tres playas occidentales al suroeste de la P unta de los Frailes, que se denominan de los Frailes, la Cebadilla e Ixdain. Rem olcadores, guardacostas y algún mercante se colocan a popa de los navíos de guerra, con una o dos gabarras tipo K cargadas ya de tropa y amarradas de proa. A las se is y media de la mañana, a punto ya de aparecer el sol tras los crestones de Cabo Quilates, la radio del Alfonso XIII conecta con la del acorazado francés y desde l os dos puentes se da la orden de iniciar inmediatamente la preparación artillera. Nunca se había visto en el norte de África nada semejante. Todo da sensación de catacli smo telegrafta el corresponsal de ABC Gregorio Corrochano. Mientras, Primo de Riv era, Sanjurjo y dos docenas de agregados militares y navales ven saltar por los aires toneladas de i~oca y a veces cañones enemigos acallados. El objetivo de la f lota combinada es acallar las veinte baterías que el instructor alemán Joseph Klemms ha emplazado para evitar el desembarco. El acorazado francés bombardeó Axdir y Ame ran; los cruceros operaron sobre Cabo Quilates y Sidi Dris. La artillería naval es pañola hizo fuego sobre Morro Nuevo y las playas de la Cebadilla hasta quince minu tos antes del desembarco. A las ocho y media de la mañana el general Soriano, a bordo de su globo de la A erostación de Guadalajara prendido del Alfonso XIII ordenó a sus setenta y seis avio nes (entre ellos una escuadrilla francesa) que cooperen con el bombardeo de la E scuadra combinada. En pocos minutos cumplen la orden y atacan en oleadas sucesiv as durante la jornada, con serios efectos materiales y morales en el enemigo, qu e sin embargo consigue contra ellos algunos impactos que obligan a amarar al cap itán Franco y al teniente Rubio. La aviación toma también unas fotografías aéreas realment e impresionantes sobre el desembarco. A bordo de su K-1 el coronel Francisco Franco siente una viva impaciencia has ta que al fin logran reunirse los mercantes y barcazas dispersos, a eso de las o

nce de la mañana. Primo de Rivera ha resultado al fin profeta; ha cesado la brisa y el mar está en completa calma que facilitará la operación. Los treinta y dos barcos de guerra españoles, los dieciocho franceses, las treinta y dos piezas del Peñón compl etan la tremenda preparación artillera mientras las escuadrillas aéreas ametrallan l as posiciones enemigas y dejan caer sus bombas que en algunos casos llegan a una magnitud desusada para la época, cien ilos. A las once y media en punto los remo lcadores y guardacostas arrastran a la primera línea de barcazas cuyos patrones po nen en marcha los viejos motores de Gallípoli que arrancan con un ruido espantoso. Pero cumplen ahora la misión que no lograron frente a las playas turcas en la gue rra mundial. Los barcos de guerra españoles ponen avante lenta y centran sus fuego s sobre la línea de costa de la que expulsan a todo enemigo visible. Al conocer la s noticias de Alhucemas el mariscal Pétain ha desencadenado una dura ofensiva cont ra las fuerzas rifeñas en el sector del Uarga. Las once gabarras tipo K que forman la primera línea de desembarco avanzan autóno mas bien pilotadas por los alféreces de navío que las mandan. El capitán de fragata Bo ado señala ahora con banderas los lugares más indicados para el desembarco. Y comuni ca al coronel Franco que la abrupta pendiente de las playas no va a permitir de momento el desembarco de los carros blindados que Franco traía; se logrará algo más ta rde. Pero Franco ordena el toque de asalto y de las tres primeras barcazas salta n al mar con las armas en alto la 24 compañía de la segunda bandera de la Legión, los rifeños amigos de la harca Solimán-Muñoz Grandes. Los soldados indígenas de la mehal-la de Larache, los zapadores de la agrupación mandada por el teniente coronel García de la Herrán. Avanzan sobre el extremo oriental de la playa de Ixdain buscando la pr otección de los riscos que la separan de la Cebadilla. El primer soldado español sal ta a la arena a las doce en punto de la mañana del 8 de septiembre de 1925. Minuto s después llegan, a bordo de la segunda oleada de lanchones, el jefe de la harca M uñoz Grandes y el jefe de la vanguardia coronel Franco. En su Diario de Alhucemas Franco registra que la suelta de las barcazas negra s tipo K se realizó a unos mil metros de la playa. Cuando las lanchas tocan fondo dejan caer las rampas de bajada pero la fuerza debe recorrer aún cincuenta metros hasta la arena. Los legionarios avanzan por la izquierda y acometen las estribac iones de la Punta de los Frailes. La vanguardia, en la que combaten juntos legio narios y harqueños, se apodera de una casamata que alberga un cañón y dos ametrallador as. Los zapadores detectan los campos de minas enterradas por el enemigo y las d esactivan. La fuerza corona los acantilados. A la llegada de la segunda línea de d esembarco la mehal-la y la séptima bandera el Tercio trepan por el sector izquierd o y se apoderan de las fortificaciones y la batería enemiga en la Punta de los Fra iles y el Morro Nuevo. A las tres de la tarde queda ocupado este primer objetivo . Por el ala derecha trepan los Regulares acompañados por los zapadores que cavan trincheras escalonadas para jalonar el avance. Al anochecer la cabeza de puente está firmemente establecida, con las ametralladoras y morteros emplazados para evi tar cualquier sorpresa nocturna. Mientras tanto la línea Primo de Rivera que defiende Tetuán resiste los continuos ataques rifeños, que se concentran sobre la posición de Cudia Tahar. Sólo quedan vivo s 34 hombres de la defensa, de ellos 22 heridos; la guarnición solo constaba de do scientos soldados y oficiales. Ante la gravedad de la situación en Tetuán Primo de R ivera ordena que el teniente coronel Amado Balmes que aguardaba en Alhucemas la orden de desembarco con la Legión de Melilla, navegue rumbo a Ceuta para incorpora rse a la defensa de Tetuán. El propio Primo de Rivera se dirige a la capital del P rotectorado ante lo insistente de la amenaza. La columna Sousa, con su vanguardi a al mando del coronel de Intervenciones de la comandancia, Luis Orgaz Yoldi, se encarga de socorrer a la posición asediada. El mensaje del general en jefe es car acterístico: Vuestros mandos son excelentes pero yo voy a llevaros la suerte . La lle va. En 13 de septiembre en la batalla de las Laureadas la columna Sousa consigue r eabrir el camino a Ben Karrich y liberar a la posición de Cudia Tahar, que casi en traba en agonía. La posición y por tanto las defensas exteriores de Tetuán han resisti do; la pérdida de la capital del protectorado hubiera anulado la victoria inicial en Alhucemas.

Cuando el general en jefe regresa a su puesto de mando ante la cabeza de puen te, toda la columna Saro y buena parte de la de Melilla a las órdenes del general Fernández Pérez han ensanchado el abrupto terreno ganado al enemigo y han construido fortificaciones suficientes para emprender el nuevo avance. Por fin aparece el temido temporal de Levante, que hubiera imposibilitado el desembarco, y algunos barcos sufren serias averías al colisionar en medio de la fuerte marejada. Los man dos españoles de Larache, general Riquelme y de la línea exterior de Melilla, corone l Ángel Dolla, cooperan con las fuerzas francesas próximas según lo acordado en la con ferencia de Madrid. Casi todos los observadores de entonces y los historiadores de hoy coinciden en la valoración positiva, a veces entusiasta, sobre el éxito del d esembarco en el entrante que cierra por Poniente la bahía de Alhucemas. El especia lista en la guerra del Rif, Woolman, le llama desembarco épico y el escritor británico Coles informa que Alhucemas se ha convertido en un clásico de la historia militar. Fue estudiado muy de cerca por el general Eisenhower y sus expertos americanos y británicos ante los desembarcos de Normandía . El mismo Woolman, que no es un entusi asta de España en su importante monografía sobre la guerra del Rif, concluye que en Alhucemas Franco se superó a sí mismo y en la única concesión al triunfalismo que se le escapa en su libro, acumula sobre el joven coronel elogios y hasta exageraciones que lindan con la leyenda. El diagnóstico del propio Franco fue más breve y más objet ivo: Alhucemas había representado el principio del fin . En cambio el autor hipercríti co de Franco, coronel Blanco Escolá, no dedica una sola línea a analizar la actuación del jefe de la vanguardia de Alhucemas, omisión compensada por el 1 Para el desembarco de Alhucemas ver C. Martínez de Campos, op. cit. p. 299s. Woolman Rebels in the Rif p. 164s. R. Casas de la Vega, Franco militar, p. 252s. Y mi Franco de 1982, 1, p. 253s. excelente estudio del general Rafael Casas de la Vega sobre la génesis y desarr ollo del desembarco. Cuyo efecto internacional más importante es, sin duda, que an te la participación y el testimonio de los mandos militares franceses, el prestigi o del Ejército y la Marina de España creció ante toda Europa hasta una altura nunca al canzada desde mediados del siglo XIX. EL GENERAL FRANCO Al mediodía del 8 de septiembre, establecida ya la cabeza de puente por la vang uardia a las órdenes de Franco, se incorpora el grueso de la columna de Ceuta al m ando del coronel Martín y la reserva de la columna Saro con el teniente coronel Ca mpins. El coronel Manuel Goded, que muy pronto va a desembarcar al mando de la v anguardia de Melilla y cuyo estudio es admirable por su precisión y espfritu crfti co, elogia la línea lograda por Franco tras los combates de la primera jornada: Una línea admirablemente elegida que acredita la visión táctica del coronel Franco . La cab eza de puente puede defenderse bien por las posiciones instaladas en las alturas que corren paralelas a la línea de las playas. Desde las estribaciones del monte Malmusi a la punta de Morro Nuevo, donde los legionarios de la séptima bandera del Tercio disparan las dos piezas recién capturadas contra los regulares de Beni Urr iaguel. Durante los primeros quince días el terreno donde se agolpan los efectivos de la división Sanjurjo no pasaba de los seis ilómetros cuadrados, y todos los sum inistros dependían del apoyo naval, pues en el recinto no existía un solo manantial. Abd el Krim, herido en el corazón de su territorio, redobló los ataques para arroja r al mar a la división Sanjurjo, que se pegaba al terreno con eficacia absoluta. A primera hora de la mañana del día 11 desembarcaba la harca de José Enrique Varela, co mo punta de vanguardia de la columna de Melilla cuya primera oleada dirigía el cor onel Manuel Goded, La columna de Melilla se va situando a la izquierda del dispo sitivo español, con el proyecto de avanzar después por la línea de la costa, mientras la columna de Ceuta, tras la vanguardia del coronel Franco, trataría de forzar el camino hacia el interior. El Emir del Rif vestía hábito de duelo desde que se recono ció incapaz de impedir el desembarco y tanteó la resistencia de la columna de Melill a durante la misma noche de su llegada a la cabeza de puente pero fracasó una vez más, aunque el coronel Goded, rodeado de enemigos, tuyo que defenderse serenamente

pistola en mano. Desde aquella misma noche el mariscal Pétain rompía por fin las de fensas rifeñas en el valle del Uarga, obligaba al enemigo a repasar el río y le expu lsaba del territorio francés. El general Primo de Rivera desembarcaba el 21 de sep tiembre en la cabeza de puente y discutía con el general Sanjurjo y los demás jefes de brigada y agrupaciones el plan para ampliar la cabeza de puente y avanzar sob re el núcleo de la zona enemiga. De acuerdo con las órdenes de Primo de Rivera concretadas por Sanjurjo, y una v ez completados los suministros al cesar el temporal de levante el 22 de septiemb re, al día siguiente las harcas de Muñoz Grandes y Varela rompen el frente enemigo y abren camino a las vanguardias dirigidas por los coroneles Franco y Goded. La p reparación de la artillería naval y la cooperación de cincuenta aviones abruma a los r ifeños y hace saltar sus fortificaciones. Aun así la resistencia enemiga es tenacísima . En el sector de Franco, al interior de la línea, el Tercio toma por asalto las r ampas del monte Malmusi, cuyas cimas se conocen como los cuernos de Xauen . Las fue rzas del coronel Goded, por la costa, han avanzado diez ilómetros con lo que reba san al Morro Viejo e incluyen en la cabeza de puente dos excelentes fondeaderos, Cala Bonita y Cala Quemado. La brillante maniobra del coronel Goded ha tomado u na meseta arenosa que se extiende sobre la costa escarpada donde se alza un camp amento que al año siguiente se convertirá en una población de cal y canto, Villa Sanju rjo, hoy Al-Hoceima. La actuación de las dos vanguardias había ensanchado notablemen te la cabeza de puente que ya se convertía en base de partida. El general Primo de Rivera vuelve a desembarcar el día 28 y aprueba los planes de Sanjurjo para el te rcer asalto español en la cabeza de puente recién ampliada; sobre el objetivo marcad o por tres alturas, el monte de las Palomas al interior, el monte Cónico en el cen tro y el monte Buyibar hacia la costa. Al pie de estas alturas discurre el foso del río (seco) Isly, que marca el límite entre las cabilas de Beni Urriaguel y Bocoy a, con lo que prácticamente queda dominada la bahía de Alhucemas. La vanguardia de F ranco corona con serias dificultades, por lo abrupto del terreno, el monte de la s Palomas; la de Goded domina el Cónico y el Buyibar. El coronel Franco permanecerá en la nueva posición avanzada hasta noviembre y no puede sospechar que acaba de li brar su último combate en la guerra de África. El coronel Goded, en cambio, particip ará de forma extraordinariamente distinguida en las campañas finales. En las faldas del monte Buyibar las tropas españolas han encontrado por fin numerosos manantiale s que alejan el fantasma de la sed sobre la guarnición de la cabeza de puente. Ani mado por su éxito del día 30, el coronel Goded recaba la autorización de Sanjurjo para completarlo con una audaz incursión a vanguardia: el 1 de octubre desciende al va lle del Isly y toma por asalto el monte sagrado de la cabila, el Ame ran. Al día s iguiente se apodera de otra posición elevada, la Rocosa, desde donde ordena una ra zzia sobre Axdir, la capital de Abd el Krim, que con la noticia entrará en una pro funda depresión. La definitiva consolidación de la cabeza de puente de Alhucemas se interpreta p or el general Primo de Rivera como la victoria definitiva en la guerra de África y un sector optimista de la prensa, encabezado por ABC, abundó en la idea. El coron el Goded no estaba de acuerdo; se necesitarían duras campañas para la pacificación, au nque el plazo sería breve; el objetivo final se lograría en 1927. Franco pensaba alg o parecido: Alhucemas no había sido el fin pero sí el principio del fin. Lo mismo pe nsaba Sanjurjo a quien Primo de Rivera ascendió a teniente general, designó como com isario superior de España en África y general en jefe el 13 de octubre. La responsabilidad y el éxito de Alhucemas deben atribuirse a don Miguel Primo de Rivera sin la menor duda. Que al reintegrarse a su puesto como jefe el gobier no aceptase la concesión de su segunda Laureada de San Fernando, a propuesta del D irectorio y con la firma del Rey, refrendada por el presidente en funciones, alm irante Magaz, no se discutió entonces ni se le debe regatear hoy. La combinación de mandos que decidió Primo de Rivera de acuerdo con Sanjurjo era, sin duda, la más ade cuada: el general Castro Girona para la comandancia general de Melilla, el gener al Federico Berenguer para la de Ceuta y varios jefes experimentados para mandar las unidades que llevarían a cabo la pacificación. Desde el punto de vista político e

l dictador, a quien se conoció en aquella época como Generalísimo ganó un crédito interior y exterior prácticamente ilimitado, que aprovechó para continuar su proyecto de regene ración de España.

El 17 de noviembre el coronel Franco deja por diez días su puesto de mando en e l frente de Axdir para disfrutar de un breve permiso en Ceuta junto a su esposa. Regresa para ponerse al frente de toda la columna de la derecha pero de momento el alto mando español no ha decidido emprender aún las campañas de pacificación y el día 5 de diciembre Franco se despide de su mando y de la guerra de África en una mañana excepcionalmente tranquila. Se dirige a Ceuta en espera de destino. El 3 de febr ero, ya del año 1926, se le concede el ascenso a general de brigada por méritos de g uerra, contraídos en la campaña entre el 1 de agosto de 1924 y el 1 de octubre de 19 25; es decir por su actuación al frente de la retaguardia en la retirada de Xauen y al frente de la vanguardia en el desembarco de Alhucemas. La noticia recoge nu merosas adhesiones y ni una sola discrepancia; era toda la carrera de Franco en Áf rica la que se premiaba al convertirle en el general más joven de Europa, una circ unstancia que algún comentarista cicatero trata de desdibujar con extraños ejemplos más o menos bananeros, no sé en qué país perdido. Algún antibiógrafo pretende sugerir extraña conclusiones de que el general Franco no participase en las campañas finales de Áfr ica, pero ya era hora de que le llegase la segunda etapa que él había pronosticado; Pr imo de Rivera le reservaba, además, para importantes proyectos militares. Por supuesto que la fama de Francisco Franco había subido muy alto cuando fue a scendido a general pero en 1926 el Franco más famoso no era él sino su hermano Ramón, que después de su valeroso comportamiento en el desembarco de Alhucemas llegaba un día después del ascenso de su hermano, el 4 de febrero de 1926, a Río de Janeiro tras saltar el Atlántico a bordo de su hidroavión Plus Ultra con sus compañeros Julio Ruiz de Alda y el mecánico Rada. La resonancia del vuelo fue enorme, comparable a las actuales hazañas de los astronautas. Desde entonces la trayectoria de los dos herm anos siguió rumbos bien diferentes; Francisco Franco colaboró lealmente con la Dicta dura y la Monarquía, Ramón se despeñó en una sucesión de excentricidades y rebeldías, manife stó un comportamiento anárquico y si bien no intervino en las conspiraciones miltare s contra el dictador sí que se unió a partir de 1929 a otros jóvenes militares rebelde s de signo anarquista Alejandro Sancho, Fermín Galán que habían creado un movimiento sub versivo, la Acción Militar Republicana. Según testimonio de su hermana Pilar ingresó e n la Masonería, una institución que Franco aborrecía cordialmete desde la infancia. 1925 fue el gran año de Alhucemas pero la tendencia a la arbitrariedad que tant o perjudicaba a las excelentes iniciativas de Primo de Rivera suscitó los primeros brotes de disconformidad política en el seno del Ejército. El día de Reyes, fiesta de la Pascua militar, se reunieron en el Café Nacional de la Puerta del Sol, todo me nos un lugar discreto, unos trescientos jefes y oficiales para aplaudir las crític as abiertamente subversivas del general Eduardo López Ochoa y el coronel Segundo G arcía. El 4 de abril Primo de Rivera firma el manifiesto que da estado oficial a s u movimiento político, la Unión Patriótica, que nunca cuajó como proyecto político serio a unque trataba de reunir a los miembros de lo que Maura había llamado ciudadanía . El at eneísta y jurista Manuel Azaña, decidido ya a oponerse a la dictadura, creó en ese año s u grupo Acción Política, que luego se llamaría Acción Republicana y se integraría al año sig uiente en la Alianza Republicana junto a los dos partidos republicanos clásicos, e l federal, residuo de la Primera Republica y el radical, dirigido por Alejandro Lerroux. El 15 de mayo un grupo de estudiantes disconformes se enfrenta violenta mente con el dictador en la escalera de la Escuela de Ingenieros Agrónomos; su por tavoz es un joven mallorquín llamado Antonio María Sbert y mantendrá con energía redobla da su oposición al régimen. Pero todos estos signos de protesta quedan aventados con el éxito de Alhucemas; tras él Primo de Rivera decide que puede hacerlo todo y por el momento parece tener razón. La primera medida importante que toma tiene fecha d el 2 de diciembre de ese año 1925, la constitución de su anunciado gobierno de hombre s civiles . El dictador advierte que su gobierno

no será de derechas ni de izquierdas, sino

de procedimiento y que pretende sustituir la dictadura militar por otra civil y ec onómica . Será un gobierno de la Unión Patriótica Los ministros militares serán tres; el vi residente y titular de Gobernación, general Martínez Anido; el de la Guerra, duque d e Tetuán; el de Marina, almirante Honorio Cornejo. El nuevo equipo civil, formado por técnicos de prestigio, estaba constituido por don José de Yanguas Messía, catedrátic o de Derecho Intenacional, en Estado; el fiscal del Supremo Galo Ponte en Justic ia; el catedrático de Valladolid Eduardo Callejo en Instrucción Pública; el antiguo co laborador de Cambó y experto en corporativismo Eduardo Aunós en Trabajo; el ingenier o Rafael de Benjumea, conde de Guadalhorce en Obras Públicas; y el exmaurista José C alvo Sotelo, abogado del Estado y brillante director general de Administración Loc al en Hacienda. El nuevo Gobierno dice proponerse el mantenimiento de la Constit ución intangible aunque suspendida; considerará esenciales la disciplina y el orden ; fom entará la legislación favorable a los obreros, pero también su rendimiento; cree conta r con el apoyo del país, salvo media docena de miles de pescadores en río revuelto y f ija su propósito de proceder a una reforma de las Fuerzas Armadas. Por el momento Primo de Rivera no habla de promover reformas institucionales e incluso constitu cionales que den estabilidad a su régimen; ni manifiesta el menor propósito de legal izar a los partidos políticos y convocar elecciones. El régimen liberal había sido, pa ra él y para numerosos españoles, la causa que motivó necesariamente la dictadura; aho ra intentaría remediar directamente los problemas de España de los que dos ya estaba n virtualmente resueltos; el orden público completamente recuperado y la guerra de Áfr ica, definitivamente encauzada tras la victoria de Alhucemas. FRANCO OBSERVA EL FINAL DE AFRICA DESDE SU MANDO EN MADRID El análisis de la Dictadura resulta esencial en una biografía de Franco, porque F ranco la vivió muy de cerca, la analizó a fondo y extrajo de ella lecciones históricas positivas y negativas que aplicó conscientemente a su propio régimen Destinado a un importante mando militar en la guarnición de Madrid, alquiló con s u esposa un piso en el paseo de la Castellana número 28 a partir de los primeros m eses de 1926. Franco ha sido nombrado general jefe de la Primera Brigada, que co nsta de dos regimientos cargados de historia: el Inmemorial del Rey y el de León. Nombra ayudante a su amigo del Regimiento del Príncipe, comandante Sueiro y cuando ascendió le sustituyó con su pariente Francisco Franco Salgado-Araujo. Su dedicación principal consistía en la puesta a punto y la coordinación de sus dos regimientos. S in embargo el destino es tranquilo en comparación con los mandos que acaba de dese mpeñar en África y le deja mucho tiempo para el estudio la que él mismo había llamado segu nda etapa de toda carrera militar y para la vida de relación social. Se inscribe com o socio en la Gran Peña, frecuentada por numerosos militares, aristócratas, profesio nales, políticos y miembros de las clases dirigentes. Entre sus contertulios en la Peña recuerda Franco Salgado a Saro, Millán Astray, Varela, Federico Berenguer, Org az y Mola, Valcázar, Yagüe, Monasterio, Fernández Martos, Sáenz de Aranaz y Vicente Rojo . Adquirió con su esposa una seria aficion por el cine, que conservó toda su vida. E ntre sus amigos civiles destacaba el político y hombre de letras Natalio Rivas, un a de las personas mejor informadas y relacionadas de Madrid, por sugerencia del cual Franco y su esposa participaron nada menos que como actores en una película p rivada. El papel atribuido a Franco no le resultó muy difícil: un militar que regres aba a Madrid después de una larga estancia en la guerra de África. Contra lo que se ha repetido sin prueba alguna el general Franco, muy adicto a don Alfonso XIII, nunca fue un militar palatino. Como gentilhombre de cámara no estaba obligado a pr estar servicio permanente en Palacio, aunque alguna vez visitaba al Rey. Estaba en las mejores relaciones con Primo de Rivera pero tomaba buena nota de los avat ares, buenos y malos, de su régimen. Desde su observatorio de Madrid se interesaba por los progresos de la Internacional Comunista, sobre la que procuraba recabar información fidedigna y por supuesto prestaba atención continua al desarrollo de la s últimas campañas africanas. Durante el invierno de 1925-1926 los ejércitos francés y español consolidaban sus p osiciones para la campaña de la primavera siguiente; la cabeza de puente de Alhuce mas, la línea del Uarga y la región del alto Kert. La columna del coronel Dolla enla za en este tercer sector con la agrupación francesa de divisiones de Taza en el Se

bt de Am Amar, donde el general Sanjurjo se entrevista con el mariscal Pétain el 1 6 de octubre de 1925. Abd el Krim, expulsado de Axdir, instala su cuartel genera l en Targuist y se lanza a descabelladas aventuras políticas por medio de sus emis arios en Europa. Uno de ellos, el aventurero británico Gordon Canning, lleva a Fra ncia una propuesta de pacificación que Francia y España rechazan. Para las campañas españolas es fundamental el ascenso del coronel Goded simultaneo al de Franco y su nombramiento como jefe del Estado Mayor general del ejército de operaciones. Castro Girona, jefe del Cuerpo de Ejército de Axdir y comandante gene ral de Melilla está de acuerdo con Godad y Sanjurjo en imponer una estrategia comp letamente nueva; nada de líneas de blocaos, nada de operaciones diurnas con retira da nocturna sino utilización preferente de las fuerzas de choque Legión y Regulares , e stablecimiento de líneas y frentes continuos y permanentes, avances de grandes uni dades con propósito de maniobra envolvente, utilización de masas artilleras desde un a reserva general para el sector y exigencia implacable de la entrega de un fusi l por cada hombre que se rindiera. ¿Es posible que alguien pueda imaginar que Fran co, en permanente contacto con sus amigos de África cuando venían de permiso a Madri d no tomase nota de todas estas innovaciones, que de hecho aplicaría él muchas veces en la guerra de España? El 6 de febrero de 1926 el mariscal Pétain y el general Primo de Rivera vuelven a conferenciar en Madrid y establecen un nuevo convenio de cooperación militar y política. Poco después los generales Sanjurjo y Boichut concretan en Uazan, en prese ncia del propio mariscal, los detalles para la ruptura del frente que tiene luga r a partir del 4 de marzo desde la triple base que se ha apuntado. El 4 de marzo una agrupación de columnas al mando del general Federico Berenguer (columnas de l os coroneles Millán Astray y Orgaz, y de los tenientes coroneles Alvarez Coque y Sáe nz de Buruaga, con once baterías) rodean desde la cabeza de puente de Axdir el Yeb el.bu-Zeitung para silenciar la artillería enemiga que desde allí les hostigaba. Abd el Krim provoca la conferencia de Uxda para desunir a los aliados francoespañoles ; asisten el 27 de abril tres ministros rifeños con el general Simón y el diplomático Lópe z Oliván. Pero Abd el Krim hace fracasar el encuentro con sus numerosas exigencias y entonces se le intima un plazo de siete días el 1 de mayo, para deponer las arm as. El 8 de mayo el ejército español inicia su campaña más brillante de Marruecos. Sanjur jo dirige la ofensiva en convergencia desde Axdir y desde el alto Kert sobre el valle del Ne or para ocupar el territorio de Beni Urriaguel y aislarle de las ca bilas próximas. Las columnas de la cabeza de puente rompen el campo atrincherado d ispuesto por el rebelde en la gran batalla de la Loma de los Morabos mientras lo s carros de combate y la caballería del comandante José Monasterio dejan atrás, a la i zquierda del frente, a todo el conjunto de las playas de Alhucemas. Fuerzas indíge nas forman la vanguardia principal. Una feroz batalla que dura cuatro días termina para siempre con el poder militar de Beni Urriaguel y la columna del coronel Em ilio Mola Vidal llega al río Ne or el 11 de mayo. Las sombras del Desastre de 1921 se alejan cuando el 17 de mayo el cuerpo de ejército de Axdir remonta el curso de l Ne or y establece enlace óptico con la columna González Carrasco que ha roto el fr ente exterior de la comandancia de Melilla en el alto Kert en combinación con la t ercera división francesa. A su vez el coronel Pozas avanza desde Afrau, extremo ma rítimo de la línea de Melilla y ocupa el fatídico cerro de Annual el 18 de mayo. El día siguiente el mariscal Pétain ordena una ofensiva general para la ruptura completa de los frentes del sur y sus dos agrupaciones divisionarias avanzan desde sus ba ses en Fez y Taza como un rodillo sobre el límite de las dos zonas, donde enlazan con las fuerzas españolas. Al apoderarse del territorio que Abd el Krim había procla mado como enclave de riquísimas minas las tropas de Francia y España pueden comproba r que sólo se trata de pedregales estériles. El 20 de mayo la columna de Caballeria Ponte enlaza en el Ne or medio con la de González Carrasco con lo que las tropas f rancoespañolas establecen ya una línea única del frente. La resistencia enemiga ha ces ado por completo en toda la zona que fue escenario del desastre de 1921 y el gen eral Sanjurjo rubrica la gran victoria el 22 de mayo con un viaje en automóvil des

de Axdir a Melilla por territorio sometido. Si en 1921 todo el mundo se preguntaba por el paradero del jefe militar español , tras este desastre rifeño de 1926 todo el mundo preguntaba por el paradero de Ab d el Krim, vencido en su terreno más favorable. El 18 de junio uno de sus secretar ios se entregó a los españoles para revelarles que el Emir del Rif se había confiado a l Xerif Sido Hamid el Uazan en la alcazaba de Snada. Los aviadores españoles compr ueban que el gran vencido del Rif se encuentra allí y mantiene conversaciones para su entrega con dos oficiales franceses enviados por el general Corap. Las tropas francesas habían conquistado Targuist, el cuartel general de Abd el Krim, que devolvía a los franceses catorce oficiales y unos ciento cinc uenta soldados y civiles prisioneros; junto a ciento cinco soldados españoles, dos mujeres y cuatro niños después de asesinar salvajemente a los oficiales. El 27 de m ayo de 1926 una larga caravana de doscientos setenta mulos entra en Targuist. Ab d el Krim, su familia y sus tesoros se entregan a la clemencia de Francia. El co ronel español Patxot protesta indignado cuando el general francés Corap propone reci bir al rebelde con honores militares. Abd el Krim acepta su derrota con fatalism o y elegancia. Los franceses le conducen a Taza, luego a Fez y a Rabat, para emb arcarle en Casablanca hacia Marsella. España reclama su extradición sin conseguirla, pero Francia decide confinar al rebelde en la isla de la Reunión, donde permanece rá con su familia hasta 1947. El 31 de mayo de ese año, cuando había conseguido que Fr ancia le asignase una nueva residencia en la Costa Azul, se escabulló durante la e scala en Port Said y consiguió refugio político en Egipto, donde se alojaría en la Cas a de Marruecos recién fundada por Franco para albergar a estudiantes oriundos del protectorado español. Abd el Krim no regresó a su patria. Murió en El Cairo, el 5 de f ebrero de 1963, después de haber conseguido la protección del rey Faru y del presid ente Gamal Abdel Nasser. En 1971 vi que la calle principal de la antigua Villa S anjurjo lleva su nombre. Con la entrega de Abd el Krim desaparecía en 1926 el caudillo de la rebelión rifeña contra España y Francia. La paz se había instaurado en el antiguo y atormentado ter ritorio de la comandancia de Melilla, prolongado ahora hacia Poniente. Quedaban aún focos de rebelión en la región central, los montes de Yebala, alentados por el ant iguo lugarteniente del Emir vencido, Ahmed el Jeriro, que fra-casó por completo en una intentona contra Río Martín para tomar de revés a Tetuán. Entre los días 16 y 19 de m ayo de 1926 las columnas de Sanz de Larín y de Prats desbarataron el golpe de mano con el apoyo de la Escuadra y se desvaneció toda amenaza sobre la capital del Pro tectorado. El 29 de ese mes, con autorización de Primo de Rivera, Sanjurjo y Goded deciden continuar la progresión española en el Rif central. Las columnas de Ponte, Balmes, Castillo y Mola arrollan toda resistencia y los últimos guerreros de Beni Urriague l se estrellan contra la columna González Carrasco. Jefes rifeños y moros notables s e van entregando a las columnas y a las autoridades españolas, que despliegan una eficacísima labor de captación sobre todo a través del Cuerpo de Intervenciones. Las c olumnas de Mola, Carrasco y Dolla relevan a las fuerzas francesas que han cooper ado tan eficazmente con las de Sanjurjo. Ante el gran visir del protectorado esp añol las nuevas autoridades marroquíes de Beni Urnaguel se someten al Jalifa y a Esp aña en un sacrificio solemne que se celebra el 10 de junio. En el nuevo clima de c ompenetración el teniente general Sanjurjo encuadra a una harca de Beni Urriaguel en el cuerpo de ejército de Axdir, al mando del teniente coronel López Bravo pero co n sólo dos oficiales y suboficial españoles; nunca se registró en la nueva unidad una defección. Así terminaba la campaña del Rif central, con sólo 126 muertos y 752 heridos españoles. Sanjurjo fue ennoblecido por el Rey con el marquesado del Rif y el gene ral Saro con el condado de la Playa de Ixdain. Se rumoreaba que el general en je fe Primo de Rivera iba a convertirse en Príncipe de Alhucemas o duque de Axdir per o rechazó cualquier distinción nobiliaria. La campaña de 1926 resultó, por tanto, decisiva pero para la pacificación completa de la zona española quedaban dos focos rebeldes; uno en el corazón montañoso de Yebala

y otro en las montañas del Rif que lindaban con la zona francesa, en las regiones de Serhaya y Ketama. Su reducción comenzó en el mismo verano de 1926 y se remató con la campaña final de 1927. Sanjurjo y Goded encomendaron a un comandante de alto se ntido militar y político, Oswaldo Fernando de la Caridad Capaz, el famoso recorrid o de Gomara, una de las operaciones más arriesgadas de la guerra de África. Capaz de ja la línea avanzada de Axdir-Melilla el 14 de junio de 1926 y se dirige por la co sta aún insumisa en dirección a la desembocadura del Lau. Le acompaña una harca exclus ivamente indígena y le flaquea desde la mar el cañonero Dato. Consigue, prácticamente sin disparar un tiro, la sumisión de las cabilas del Lau y recupera la ciudad de X auen el 10 de agosto. Allí le encuentra, al día siguiente, la columna Asensio Torrad o, que operaba desde el camino de Larache a las órdenes del coronel Castelló y entra en la antigua ciudad misteriosa poco antes del general Sanjurjo, que ha recorri do a la inversa el camino de la retirada de 1924 al frente de una división que no necesita combatir. El general Castro Girona ordenó en septiembre de 1926 la convergencia en el Lla no Amarillo de Ketama, de las columnas Pozas (desde Targuist) Orgaz (de Interven ciones) y Capaz, que avanza desde Xauen asesorado por uno de los generales de Ab d el Krim. El 23 de septiembre Sanjurjo y Goded, sin más escolta que un destacamen to del Tercio, recorren en automóvil y en zigzag 452 ilómetros con etapas en Tetuán, Uad Lau, Tiguisas, Ketama y Targuist y llegan el 1 de octubre a Melilla después de haber conferenciado amistosamente con los jefes de las cabilas del trayecto. En noviembre las tropas de Tetuán, apoyadas por la harca de Beni Urriaguel, atacaban a la cabila de Beni Ider, donde el día 3 perecen sus mejores guerreros en torno a Ahmed Jeriro, el antiguo lugarteniente del Raisuni que se pasó al Emir del Rif. E l viaje de Sanjurjo impresionó vivamente al general Franco que envió un artículo a la Revista de Tropas coloniales en que elogia sinceramente los resultados de las últi mas campañas en Marruecos que le confirman en su antigua convicción de que una acción militar decidida abriría paso a la pacificación completa. Insiste en la necesidad de l desarme total de la población y en la urgencia de acometer la colonización, basándol a en las aficiones de los habitantes a la agricultura y la ganadería; recomienda l a agricultura de riego y la ganadería de granja, para lo que ofrece la muy positiv a experiencia de la Legión en sus acuartelamientos de Riffien, Lau y Xauen. El artíc ulo demuestra la atención con que Franco sigue desde Madrid el desarrollo de las c ampañas africanas y que se preocupa de que España inicie cuanto antes la labor colon izadora que se esperaba de ella cuando se le confió la actuación protectora. Al comenzar el año 1927 sólo quedaba un foco rebelde de importancia: el de Beni A rós en el corazón de las montañas de Yebala. Pero antes tuvo Sanjurjo que sofocar un r ebrote violento en las regiones fronterizas de Ketama y Senhaya, al sur del Rif central, donde un destacamento español había sido aniquilado en una emboscada de rif eños insumisos. Para evitar cualquier propagación de la rebeldía local Sanjurjo dispus o que convergieran en el Llano Amarillo de Ketama varias columnas desde la zona oriental y la central del Protectorado, que cumplieron su misión con rapidez y efi cacia. Sanjurjo quería extirpar definitivamente el origen de esta revuelta; acumuló nada menos que catorce mil hombres para conseguirlo. Entonces concentró su esfuerz o principal sobre el foco de Beni Arós. El 3 de junio de 1927 se inicia la última campaña de la guerra de África. Al primer empuje los españoles y la harca amiga de Beni Urriaguel entran a la vez en el ant iguo reducto del Raisuni, Tazarut. El 17 la harca corona las alturas de Yebel Al am. Durante la noche, muy clara, del 9 aliO de julio de 1927 siete columnas españo las las de Mola, Souza, Capaz, Martínez Monje, Asensio Torrado, Canís y la harca de Lóp ez Bravo- convergen cautelosamente sobre las hogueras que marcan los límites del últ imo campamento rebelde en Yebel Tana. A la madrugada siguiente, cuando se ven ro deados, los últimos rebeldes del Marruecos español se entregan a los jefes de las co lumnas. Dos generales y seis coroneles españoles saludan emocionadamente cuando se iza la bandera de España en el mástil del último campamento enemigo. Al día siguiente e l general Sanjurjo dicta su última orden general: Ha terminado la guerra de África.

Durante su destino en Madrid Franco hizo con su esposa dos viajes a Oviedo en el año 1926. Recibe allí el homenaje de sus numerosos amigos, concede algunas entre vistas a la prensa, que le llama insistentemente caudillo y sobre todo acompaña a su esposa cuando el 14 de septiembre de ese año nace en la casa de los Polo, calle Uría 44, su única hija, María del Carmen Ramona Felipa María de la Cruz Franco Polo, qu e fue bautizada en San Juan el Real cuatro días después; actuaron como padrinos los hermanos de Carmen Polo, Felipe y Ramona. El diario Región daba la noticia en su núm ero del 16 de septiembre. La recién nacida se identificaría con la vida y la obra de su padre, con tanta lealtad como discreción. Cuando se escriben estas líneas es duq uesa de Franco, título concedido por el rey don Juan Carlos 1. Además de los homenajes de Asturias Franco recibe otros a su regreso de África. S us compañeros de la XIV promoción de Infantería le ofrecen uno en el Alcázar de Toledo d onde le entregan un sable y un pergamino en que también se le llama caudillo, diez años antes de 1936. Los gallegos residentes en La Habana le habían regalado el fajín de general y en El Ferrol recibió también el homenaje de sus paisanos junto a su abu elo el general intendente don Ladislao Bahamonde. El 5 de octubre de 1927 los reyes don Alfonso XIII y doña Victoria Eugenia con los generales Primo de Rivera, Sanjurjo, Castro Girona, Jordana, Berenguer (Dámaso y Federico) y Saro presidieron en el campamento legionario de Dar Rif-fien, en las inmediaciones de Ceuta, una solemnísíma ceremonia militar en que les acompañaban l os generales Millán Astray y Franco en la tribuna. Cinco banderas de la Legión prese ntaban armas cuando el Rey impuso la Laureada al general Sanjurjo, marqués del Rif , cuando se leía el decreto por el que se nombraba a Millán Astray coronel honorario y perpetuo del Tercio y cuando la Reina Victoria Eugenia entregaba una bandera bordada por ella misma y sus damas al sucesor de Millán y de Franco al mando del T ercio, coronel Eugenio Sanz de Larín. Al día siguiente se celebra un nuevo acto en T etuán y el 7, aniversario de la victoria de Lepanto, los Reyes y los generales con templan la bahía de Alhucemas desde el altiplano costero donde ya se alzan las pri meras casas de Villa Sanjurjo. Al día siguiente don Alfonso XIII recuerda y formul a una oración por el general Fernández Silvestre en el camino que cruza junto al cer ro de Annual. El 9 de octubre culmina en Melilla el viaje de los Reyes que marca el término oficial de la guerra de África, el logro de la empresa española de ocupación y pacificación . Sobre la valoración del comportamiento de Franco durante la guerra de África creo que no caben dudas racionales desde el punto de vista histórico. Más que acumular d isquisiciones generales sobre esa valoración he preferido relatar los hechos, aduc ir los principales testimonios y centrar bien la trayectoria de Franco en sus co ntextos reales. Entre los generales, jefes y oficiales de África pueden contarse m uchos con méritos sobresalientes. Pero me parece muy claro que la de Franco fue la primera carrera militar que había tenido lugar en el territorio de nuestro protec torado. Había combatido allí desde 1912 hasta 1926, con una interrupción después de su g rave herida de 1916 hasta 1920, cuando fue destinado al Tercio de Extranjeros y con unos meses de ausencia para celebrar su boda. Había contribuido de forma decis iva a la creación de una fuerza de choque de primera clase, la Legión, puesta a punt o en un período increíblemente breve. Participó de forma destacadísima en la campaña para la reconquista del territorio de Melilla en 1921 y asumió el mando del Tercio entr e 1923 y 1926. En ese período se había distinguido en las operaciones para la defens a de la línea exterior de Melilla en 1923, en el mando de la retaguardia durante l a durísima retirada de Xauen y en el mando de la vanguardia que desembarcó en Alhuce mas y aseguró la primera defensa de la cabeza de puente y su ensanchamiento. En to das estas campañas había participado como oficial y jefe, por lo que cabía exigirle un sentido táctico que demostró de forma relevante incluso en la dirección de pequeñas man iobras como la del sur del Gurugú y la del socorro a Tifaruin, además de su acertadísi ma dirección a retaguardia de la columna encargada de efectuar el repliegue desde Xauen. No parece justo exigir a un simple jefe capacidad estratégica, propia del a lto mando, pero la demostró también por su oposición frontal al abandono de la línea ext erior de Melilla (que era perfectamente defendible, como demostró por sí mismo en la

campaña de 1923) y en su convicción sobre la necesidad del desembarco en Alhucemas (comunicada fehacientemente desde 1924 al propio general en jefe) . Su capacidad de organización la demostró sin posible duda en la creación del Tercio de Extranjeros a partir de una masa de reclutas indisciplinados y 1 El diario de Franco sobre Alhucemas se reproduce en la Revista de Historia militar 40 (1976) 231s. Para Alhucemas y las etapas finales de la guerra de África son esenciales el libro ya citado de Carlos Martínez Campos, el del general Casas de la Vega el del general Goded, Marruecos, las etapas de la pacificación, Madrid , 1929 y la también citada obra del general Jordana. En mi libro Franco de 1982 (P laneta, vol.1) puede ampliar el lector datos y fuentes. Es importante también la c itada obra de Woolman Rebels in the Rif. anárquicos. Su sentido de la logística brilló igualmente en la Legión y en su concept o, explicado en varios de sus escritos que hemos citado, sobre el aseguramiento de los suministros a las posiciones para evitar catástrofes como la de Abarrán. Clar o que no mandó unidades tipo división porque sólo ejerció en África mando de coronel pero la Legión en la etapa final de ese mando operó a sus órdenes en momentos importantes c omo una pequeña brigada selectísima. Negar a Franco preparación militar moderna porque estuvo ausente de las campañas finales de 1926/1927, como hace el coronel Blanco Escolá, es simple arbitrariedad; varios de los jefes de columna en África que sí inter vinieron en esas campañas aceptaron sin la menor vacilación el mando supremo militar de Franco en la guerra civil precisamente porque reconocían una superioridad mili ar que para prácticamente todo el Ejército de entonces era evidente y que, como vere mos, se revalidó en la guerra civil con el argumento supremo que puede exhibir un general en jefe, la victoria contra un enemigo nada despreciable. Por supuesto q ue además, desde el punto de vista personal, me molesta especialmente que varias c onsideraciones que incluí en mis anteriores biografías de Franco, y que en ésta confir mo, sean utilizadas para demostrar las tesis exactamente contrarias a las que yo entonces defendía y ahora defiendo. En la historia de la dialéctica a ese procedimi ento se le denomina simplemente sofisma. Quedan otras dos cualidades militares que son emanación de la personalidad. El valor de Franco, que para su máximo enemigo posterior llegaba a la fórmula suprema u suerte, que nunca ha sido atributo despreciable en un gran soldado.

y s

Franco en el desembarco de Alhucemas; el hecho de armas que le valió su ascenso a general. Capítulo 7: Franco y la Academia General Militar: desde la Dictadura a la agonía monárquica 1927-1931 LOS PROBLEMAS MILITARES DE LA DICTADURA La Dictadura de Primo de Rivera era, teóricamente, un régimen militar. El Directo rio estaba formado por militares representantes de cada región más uno de la Marina. Primo de Rivera buscaba así integrar a las Fuerzas Armadas en su régimen pero paradój icamente la principal oposición a su régimen vino de las Fuerzas Armadas cuya presión terminó con él. Porque el carácter del dictador se impuso al carácter militar de la dict adura a la que la opinión pública veía cada vez más como régimen personal mientras las fue rzas armadas trataban de despegarse y al final de inhibirse de cualquier respons abilidad con el régimen. Algo semejante sucedió con el Rey, al que Primo de Rivera p retendía implicar en la Dictadura; pero don Alfonso se rodeó expresamente de militar es poco afectos a Primo de Rivera, que conspiraban contra él en colaboración con nob les y personajes palatinos contrarios a las reformas del dictador. Por otra part e la oposición más o menos organizada contra Primo de Rivera en el seno del Ejército n o se debía a un acendrado sentido democrático por parte de los conspiradores (aunque ya entonces se buscó esta explicación que hoy se repite sin prueba alguna) sino al descontento que bastantes militares sentían por las medidas y las reformas de Prim o de Rivera.

Ya vimos que en 1925, antes del desembarco en Alhucemas, se había producido una especie de mitin militar en el Café Nacional de Madrid, es decir de forma bien po co discreta, donde llevaron la voz cantante el general Eduardo López Ochoa y el co ronel laureado Segundo García. Pero el triunfo y la gloria de Alhucemas acalló toda protesta militar o política y la oposición militar contra el régimen aplazó sus conspira ciones hasta el año siguiente, 1926. Entonces rebrotó con fuerza y ya no cesó hasta qu e logró terminar con la dictadura.

Primo de Rivera había justificado la sustitución de la dictadura puramente milita r por el que llamó gobierno de hombres civiles precisamente porque con éste sería más fact ible la reforma militar que deseaba. La reforma, necesaria a la virtual terminac ión de la guerra de África, debía consistir en la reducción y amortización de plantillas; en el Anuario Militar de 1927 figuran 219 generales y 19900 jefes y oficiales en activo, además de 5000 de la reserva. Junto a esta reducción de personal, cuyos exc edentes podrían, en la idea de Primo de Rivera, integrarse en empleos civiles y en los cuerpos de funcionarios (con el fin adicional de disciplinar a éstos) la refo rma consistía en suprimir el dualismo que existía entre los llamados cuerpos patentad os Artillería, Ingenieros y los de Infantería y Caballería. Los primeros no admitían el as enso por méritos de guerra y se estructuraban en escalas cerradas; los segundos pr eferían el sistema de ascensos por elección y méritos y sus escalas eran abiertas. La equiparación de Armas y Cuerpos se había intentado ya en las reformas militares del siglo XIX pero sin demasiado éxito. Primo de Rivera empezó por suprimir el acreditad o Cuerpo de Estado Mayor al que sustituyó por un conjunto de diplomados de Estado M ayor procedentes de las diversas Armas y Cuerpos pero su medida más polémica consistió en el decreto de 9 de junio de 1926 por el que los Cuerpos patentados quedaban l ibres de su juramento a favor de la escala cerrada y se equiparaban a la Infante ría y la Caballería en el sistema de ascensos. El malestar que ya se notaba en el Ejér cito desde el año anterior aumentaba a ojos vistas y el 24 de junio tiene lugar el primero de los pronunciamientos que registra la Dictadura, que ha pasado a la H istoria como la sanjuanada por la festividad del día. Como en los pronunciamientos c lásicos se contaba con el concurso de políticos civiles y con la acción subversiva de varias unidades militares. El grito también clásico de los pronunciamientos tomó la form a de un manifiesto leído en el Casino Militar en la Gran Vía de Madrid que firmaban do s generales prestigiosos, el capitán general Weyler y el general Francisco Aguiler a. Los regimientos que constituían la Primera Brigada a las órdenes de Franco no par ticiparon para nada en el proyectado golpe, pero tampoco lo hicieron otras unida des comprometidas. Los conspiradores habían tratado en vano sublevar a la guarnición de Valencia. Primo de Rivera reacciona con energía, arresta simbólicamente a los ge nerales que encabezaban el movimiento y lleva a Consejo de Guerra a otros cons piradores más decididos, como el coronel Segundo García y el antiguo teniente de la Legión Fermín Galán, luego trasladado a la prisión militar de Montjuich. A las person alidades civiles y militares más notorias el dictador aplicó un fuerte castigo en fo rma de onerosas multas, entre ellos al conde de Romanones. Poco después el dictado r confirmó por decreto el fin de la escala cerrada y luego fijó el porcentaje de asc ensos por elección, sin distinciones entre Armas y Cuerpos. El ex ministro de la Monarquía don Niceto Alcalá Zamora refiere objetivamente en sus memorias las diversas fases conspiratorias contra Primo de Rivera, ante quie n tramaban venganza algunos políticos liberales y conservadores a los que el régimen militar había arrojado de la vida pública. Desde 1926 el resentimiento que ellos co nvertían en actividad conspiratoria no atentaba sólo contra el dictador sino contra el propio Rey que le había entregado el poder. La práctica unanimidad o al menos el silencio con que había sido recibida la Dictadura en 1923 se cuarteaba cuando se i ban extinguiendo los ecos del triunfo de Alhucemas aunque la campañas finales de l a guerra de África no podían marchar mejor. Precisamente Franco cree que la peor ing ratitud que sufrió Primo de Rivera fue que no se le reconociese el indudable mérito de haber acabado con la pesadilla africana, pero es que en España la pasión política e nmascara casi siempre los grandes méritos de quienes la sirven, como había sucedido con don Antonio Maura que había fallecido en 1925 a pocos días de distancia del fund ador del socialismo español Pablo Iglesias.

La segunda fase de la conspiración adopta también el formato de pronunciamiento c lásico, con una cabeza política y un general al frente. El político es el ex ministro don Miguel Villanueva, que lanza el movimiento constitucionalista, es decir que por la implicación de la Corona en la Dictadura es necesaria la convocatoria de un as Cortes Constituyentes en las que se decida, ante todo, la forma de gobierno e ntre Monarquía y República. Es importante señalar fue otra idea básica de Franco desde en tonces que la República no advino por el empuje de los republicanos, que era mínimo, sino por la deserción de un importante grupo de monárquicos liberales que implicaban al Rey en el régimen dictatorial. Para este segundo pronunciamiento sus promotore s constitucionalistas pensaron en una figura militar de gran prestigio, el gener al Castro Girona, que desempeñaba la capitanía general de Valencia y nunca definió de manera clara su participación. El joven general Goded, tan distinguido en el Estad o Mayor de las últimas campañas de África, era la segunda figura militar en que pensab an los conspiradores. Independientemente de este proyecto un teniente coronel de Ingenieros, don Francisco Maciá, intentaba desde el sur de Francia una marcha subversiva sobre Cataluña que fue desbaratad a por las autoridades francesas. Este quijotesco militar convertido en político se transformó desde entonces en un ídolo para el republicanismo catalán. A primeros de septiembre de 1926, cuando se iban a cumplir los tres años de la Dictadura, el propio Rey intentó despegarse de ella mediante un nombramiento inequív oco; el teniente general Dámaso Berenguer, conde de Xauen, que tampoco sentía gratit ud alguna hacia el dictador que le había propuesto para ese título, era designado je fe del Cuarto Militar del Rey. Acrisolado liberal, Berenguer se convirtió inmediat amente en el centro del descontento de bastantes militares y de bastantes person alidades palatinas de la política y las finanzas contra el dictador y sus reformas . Pronto se pudo advertir que el Rey le reservaba como posible salida para la Di ctadura, como en efecto sucedió. Franco criticó acerbamente desde entonces este nomb ramiento y la actitud opositora de Berenguer, que era un secreto a voces. Pero d e momento parecía más grave el resentimiento del Cuerpo de Artillería contra la reform a militar que le afectaba. Alguien recordó que fue un conflicto artillero el que t erminó con el reinado de don Amadeo de Saboya en 1873. El problema se agravó cuando por decreto del 5 de septiembre de ese año 1926 el Cuerpo de Artillería queda suspenso y privado del uso del uniforme. Ant e la reacción silenciosa pero hostil de los artilleros Primo de Rivera declara el estado de guerra y hace venir al rey a Madrid desde San Sebastián. Ordena entonces que fuerzas de Infantería y Caballería ocupen los acuartelamientos de la Artillería. Luego se decretó una amnistía general para cerrar el problema pero muchas heridas no se cerraron. La conspiración constitucionalista de Villanueva consigue en 1928 la incorporac ión de un político liberal-conservador de gran prestigio: don José Sánchez Guerra, que e ra nada menos que jefe del antiguo partido de Cánovas y Antonio Maura y ahora se c onvierte en principal cabeza visible de la oposición a la Dictadura, con expreso r econocimiento de la responsabilidad del Rey por haberla aceptado. Esta conspirac ión, pese a su aparente fracaso, será la decisiva para terminar con el régimen militar . A ella se incorporan políticos liberales importantes como don Niceto Alcalá Zamora , y militares de prestigio como el general Francisco Aguilera aunque el núcleo mil itar del pronunciamiento será el del general Castro Girona y el joven general Manu el Goded. Otros conspiradores militares eran el general Queipo de Llano, destina do a sublevar la guarnición de Murcia, el general López Ochoa, que debía desempeñar ese mismo papel en Barcelona y el general Miguel Cabanellas, en Madrid. El pronunciamiento, nuev amente concebido según el esquema clásico, se fijo para el 29 de enero de 1929. El j efe político de la conspiración, don José Sánchez Guerra, desembarcaría en Valencia el 28 por la noche para dar el grito en colaboración con el general Castro Girona, que s ería la señal para la sublevación de las unidades comprometidas. Participaban en el in tento elementos anarcosindicalistas de Barcelona, en estrecho contacto con algun os jóvenes militares como Alejandro Sancho, Fermín Galán y el héroe del Plus Ultra, coma

ndante Ramón Franco Bahamonde.

Pero falló por completo la prevista coordinación. Sánchez Guerra desembarcó en el pue rto de Valencia con todo un día de retraso, en la noche del 29 de enero. El comité d e Madrid había aplazado las órdenes pero olvidó comunicarlo a la guarnición de Ciudad Re al, donde se pronunció el regimiento de artillería ligera pronto reducido por la pre sencia de la aviación y la marcha de una columna de Madrid dirigida por los genera les Sanjurjo y Orgaz. Sánchez Guerra fracasa por completo en Valencia; Castro Giro na no le secunda y el político se niega a huir y se constituye preso voluntariamen te. El gobierno destituye y arresta a Castro Gírona. Ramón Franco no coopera con la sublevación sino con el gobierno y se encarga de transportar a Sanjurjo hasta Vale ncia por vía aérea. El resto de las unidades comprometidas no se mueven. Cuando Prim o de Rivera comprueba que el pronunciamiento está sofocado disuelve el 19 de febre ro el Cuerpo de Artillería. Desde el día 6 de ese mes, por el fallecimiento de la re ina madre doña María Cristina, Alfonso XIII, abrumado ya por el azote de la hemofili a en sus hijos y el fracaso de su matrimonio, se sume en una depresión irresistibl e que le acompañara hasta el abrupto final de su reinado. El diagnóstico del general Emilio Mola es, como casi siempre, muy certero: En Valencia la calidad de las pe rsonas comprometidas y los demás indicios que el suceso patentizó, cualquiera que fu ese el juicio que políticamente mereciera la aventura, revelaban a las claras una descomposición interna del Ejército que, no atajada a tiempo, habría de adquirir temer osas proporciones de incurable gangrena nacional . Diagnóstico y además profecía. La div isión interna, la descomposición del Ejército demostrada ya en 1929 acarrearía a España nad menos que la República y la guerra civil no como causa única pero sí principal y dete rminante. FRANCO EN ZARAGOZA: LA ACADEMIA GENERAL MILITAR La Sección de Instrucción en el Ministerio de la Guerra había estudiado ya desde años antes un proyecto para el restablecimiento de la Academia General Militar que h abía funcionado en Toledo a fines del siglo XIX. Primo de Rivera consideró que la Ac ademia General podría ser una pieza clave dentro de su reforma militar porque el c entro reuniría en los primeros años de su formación castrense a los aspirantes y cadet es que luego se dirigirían a las academias especiales de las Armas y Cuerpos de su preferencia, con lo cual se establecerían entre todos ellos lazos de amistad, com pañerismo y formación básica común que contribuirían sin duda a cimentar esa unidad milita r tan comprometida a finales de la Dictadura. El 19 de febrero de 1927 Primo de Rivera hizo públicar en su periódico adicto, La Nación, la primicia que anunciaba la c reación de la Academia General Militar en Zaragoza. La noticia tuvo una acogida en tusiasta en la noble ciudad aragonesa, donde fue celebrada con satisfacción genera l. El 23 de ese mes el decreto de creación aparece en la Gaceta. Inmediatamente Pr imo de Rivera ofreció a Franco el diftcil puesto de director de la nueva institución , que había de crearse de la nada. Franco trató de recomendar para ese destino a su amigo el general José Millán Astray pero Primo de Rivera le respondió que, con todo re speto para el fundador del Tercio, su candidato y el de Alfonso XIII para dirigir la Academia era él. Franco aceptó, fue designado miembro de la comisión preparatoria e l 14 de marzo sin perjuicio de su destino al frente de la Primera Brigada y desde el 17 de agosto dedicó prácticamente todo su tiempo a la preparación de la Academia. D espués de una visita a los campamentos de la Legión en África, el 1 de diciembre de 19 27, realizó su primer viaje de trabajo a Zaragoza donde trató con el alcalde, don Mi guel Allué Salvador, sobre los terrenos destinados al proyecto un ancho terreno con más de quinientas hectáreas en el campo de San Gregorio, a la salida de la carreter a de Huesca y otras formas de cooperación. El Diario Oficial del 18 de diciembre pu blica las primeras plantillas orgánicas y el plan de estudios. Se exigen para el i ngreso los cuatro primeros cursos del bachillerato y un duro examen de aptitud fís ica, más dos grupos de Ciencias y Letras. Casi un millar de jóvenes de toda España ini ciaron inmediatamente su preparación para las pruebas que se fijaban para el sigui ente mes de julio. A la vista de su experiencia militar, sus conocimientos profesionales y su cu ltura más que notable, pese a algunos detractores obstinados, los mismos resultado

s demostraron que Franco estaba perfectamente preparado para el puesto de direct or de la Academia General Militar. Se encargó personalmente de la selección del prof esorado, setenta y nueve militares en total, primeros y segundos profesores, en los que valoraba sobre todo su experiencia en campaña y en el mando de fuerzas. Tr einta y cuatro procedían de Infantería, de ellos once de la Legión. Subdirector y jefe de estudios sería el coronel Campins, que había participado en Alhucemas y estaba m uy acreditado por su cultura militar y su capacidad de organización. Figuraban en la plantilla los tenientes coroneles Sueiro, Monasterio y Esteban Infantes, los comandantes Franco Salgado y Alonso Vega, los capitanes Ángel Losada, Bartolomé Barb a, Ramón Gotarredona y Manuel Vicario. La dedicación exigida por Franco a su cuadro de profesores era absoluta, si bien consiguió para ellos una digna gratificación con lo que los emolumentos del profesorado variaban entre unas seiscientas y unas m il quinientas pesetas mensuales, cantidad muy aceptable para la época. Un real dec reto del 4 de enero de 1928 nombró al general Franco director de la Academia Gener al Militar; se establecería en Zaragoza a comienzos del mes siguiente. Las obras d e la Academia se realizaron según los planos de dos ingenieros militares, supervis ados con sumo interés por Franco, lo mismo que la construcción del edificio y sus de pendencias. Franco volvió a Zaragoza el 4 de febrero de 1928 y recibió del mando de la plaza, como sede provisional, el cuartel del Carmen, hasta entonces atribuido al noveno regimiento de Artillería. Para su residencia ocupa, con su esposa y su hija, un piso en el nuevo barrio que rodea al templo de Santa Engracia. Allí les a compañarán los hermanos de Carmen, Zita y Felipe Polo. Desde allí viaja el director de la Academia a dos centros extranjeros de enseñanza militar famosos en todo el mun do: la Escuela Militar de Saint-Cyr, a la salida de Versalles y la escuela alema na de Infantería en Dresde. Según su biógrafo militar británico George Hills Franco qued a muy impresionado por la doctrina francesa sobre cooperación de armas y concentra ción de fuegos y por la disciplina férrea y el culto a la tradición militar de los ale manes. Salirse a estas alturas con que Franco infundió a la enseñanza militar de la Academia General el espíritu y los métodos del Ejército español en el siglo XVIII es un disparate anacrónico que además olvida el aborrecimiento-injusto, por lo demás que Fran co experimentaba por el siglo XVIII en España. Tenía el concepto sobre la guerra mod erna que cabía exigir en un militar de su tiempo; había participado en la campaña de A lhucemas que se desarrolló en cooperación con el Ejército y la Marina francesa y el te stimonio unánime de sus compañeros y subordinados militares, con muchos de los cuale s he podido hablar a fondo sobre el caso, confirma que Franco estaba perfectamen te al día sobre los conocimientos militares de la época, como demostró en la dirección m ilitar de la guerra civil española, pese a la obstinación de algún antibiógrafo que se empeña en una falsa y obsesiva reiteración de su incompetencia, ochenta años después de los hechos y sin el menor fundamento histórico ni militar sal vo un odio despectivo e inexplicable. En julio de 1928 se realizan los exámenes de ingreso en la Academia de Zaragoza . De 715 candidatos presentados logran aprobar 215. Franco cierra el paso a todo favoritismo aunque concede, como era tradición militar, algunas plazas de gracia en favor de hijos de militares muertos en combate. Los edificios de San Gregorio han sufrido algún retraso pero el 3 de octubre se incorporan a la Academia los al umnos de la primera promoción, que empieza inmediatamente sus duras jornadas de es tudio, instrucción y prácticas. Todos reciben un Decálogo del cadete firmado por el ge neral director que refleja exactamente el espíritu militar del propio Franco y en parte se inspira en el credo legionario. La inauguración oficial de la Academia tu vo lugar el 5 de octubre, en presencia del general Primo de Rivera acompañado por los ministros de la Gobernación y el encargado de Guerra. Pasan revista a los cade tes formados en la avenida que da al Ebro tras el templo del Pilar y luego entra n todos los alumnos en el templo, donde son presentados individualmente a la Vir gen. Las enseñanzas de la Academia General Militar se impartían a lo largo de dos curs os comunes para todas las Armas y Cuerpos del Ejercito. Se relegan los libros de texto y se sustituyen por una cuidada documentación basada en los reglamentos y o

rientada por un sistema de guiones revisados por la junta de profesores y que ex igían una dedicación personal y activa a cada profesor. Se trataba de exponer el con tenido de las asignaturas en forma de textos vivos que no siempre imperaban en la rutina de la enseñanza universitaria española de aquella época, demasiado teórica en muc hos casos. Los estudios teóricos así revitalizados se completaban con una intensa ed ucación física y una continua dedicación preferente a las prácticas de la vida militar e n instrucción y en campaña, todo ello en medio de un ambiente de disciplina férrea muy exigente y en una dedicación permanente del director y sus profesores a infundir en los alumnos un espíritu militar profundo, basado en el patriotismo y la tradición militar española. Los antibiógrafos ignoran una prueba suprema de la eficacia logra da por Franco en la formación militar de sus alumnos de la Academia General Milita r en los tres cursos en que la dirigió. Se trata del comportamiento comparado de l a actitud de esos alumnos durante la guerra civil de 1936 a 1939. Los estudios d el general Ramón Salas Larrazábal han demostrado que la proporción de los generales, j efes y oficiales que se mantuvieron a favor del Frente Popular en la guerra civi l no baja del treinta por ciento y en el caso de los generales supera con mucho el cincuenta por ciento; de los 24 generales con mando de división o asimilados que había en servicio activo antes del 18 de julio sólo se sublevaron cuatro contra el F rente Popular y la proporción no se invierte hasta que llegamos a los oficiales y suboficiales. Pero la excepción ofrecida por los alumnos de Franco en Zaragoza es notabilísima. De los 728 cadetes ingresados en las tres promociones de la Academia General en la etapa de Franco sobrevivían 700 el 18 de julio. Al terminar la guer ra civil fueron depurados, con pérdida de carrera, 34, de los que cuatro habían sido fusilados en zona nacional. En zona republicana fueron fusilados 84 y murieron en combate a las órdenes de su antiguo director 134. Es decir que el porcentaje de los alumnos de Franco en Zaragoza que se alinearon en vida y muerte con su anti guo director es del 95 por ciento. De ellos hubo cuatro laureados y diez ascendi dos por méritos de guerra. Este ejemplo comprobado vale más que un capítulo entero de disquisiciones sobre el asunto. La muerte de la Reina madre doña María Cristina el 6 de febrero de 1929 mspiró a Fr anco una orden general muy emotiva; la Reina había bordado la bandera de la Academ ia General en su primera etapa, como se conmemora en el pedestal que Franco mandó alzar en la de Zaragoza con un busto de doña María Cristina. En su alocución inaugural para el segundo curso Franco se felicitaba porque la Academia había sido el prime r centro militar de todo el mundo en eliminar las estúpidas y peligrosas novatadas que tanto le habían afectado durante sus años en la Academia de Toledo. Durante est e segundo curso Franco perfeccionó el sistema de tutorías e insistió en la que sería car acterística esencial de la Academia, en torno a la teoría y la práctica de la maniobra realizada en cooperación de Armas y Cuerpos con utilización de tácticas tradicionales y modernas. Las enfermedades venéreas, según informaba Franco a Primo de Rivera, se guían ausentes de los cuadros habituales en la Academia. Este segundo curso se pud o desarrollar en las instalaciones de la Academia General completamente ultimada s. Franco ha conseguido el tendido de una línea de tranvías a Zaragoza y presta con frecuencia el magnífico campo de deportes a entidades civiles; no quería que los cad etes vivieran aislados de la ciudad ni de la Universidad y lo consiguió plenamente . Durante la estancia de Franco en Zaragoza el general Primo de Rivera le había r egalado una suscripción a una interesante publicación informativa dirigida por un fu turo consejero federal suizo, el Bulletin de l Entente Internationale contre la II I Internationale, publicación anticomunista documentada sobre el expansionismo sov iético de ámbito mundial. Otro de los destinatarios de la suscripción, el general Emilio Mola, criticó algunas exageraciones que veía en ella y se procuró una inform ación muy precisa sobre la situación de los movimientos comunista y socialista en Es paña y en el mundo. Franco siguió colaborando desde Zaragoza en la Revista de Tropas Coloniales y por necesidad evidente de su puesto como director de la Academia G eneral Militar completó su formación general, cultural y militar como me comunicó pers onalmente y se demuestra en la interesante entrevista que el matrimonio Franco c

oncedió en Zaragoza al barón de Mora, publicada en la revista Estampa y que no merec e el ignorante desprecio de algunos comentaristas. El matrimonio Franco vivió en Zaragoza tres años felices, los últimos años tranquilos de su vida, que después de aquella etapa se vería colmada de preocupaciones y sobre saltos crecientes. Por eso guardaron siempre un recuerdo muy positivo y amable s obre aquel período. El general Franco era una figura militar muy respetada y queri da en la ciudad, que le prodigaba sus atenciones. La estricta y noble alta socie dad de Zaragoza recibió encantada a Franco y su esposa, que gozaron de la amistad de las primeras familias, como los Guillén y los Urzáiz. La bella Zita Polo, hermana de Carmen, conoció allí a un joven abogado del Estado, Ramón Serrano Suñer, excepcional mente brillante, que sería su esposo e influiría de forma decisiva en la orientación p olítica de Franco durante la guerra civil, aunque con el tiempo, tras su abrupto c ese en 1942, se fue convirtiendo en uno de los principales y más apasionados testi gos contra Franco. Doña Leonor Sala de Urzaiz, donante de las torres del Pilar, re cibía habitualmente en su casa al matrimonio Franco. Otro amigo íntimo era el interv entor de Hacienda don Leopoldo Ondé. Franco participaba varios domingos en cacerías con galgos organizadas por sus amigos. Por entonces conoció Franco a José Antonio Pr imo de Rivera, hijo del dictador, con quien fue testigo de la boda de Ramón Serran o Suñer y Zita Polo. Franco Salgado, que almorzaba con Serrano Suñer casi a diario, recuerda que el joven abogado del Estado era muy poco partidario de la Monarquía e incluso se jactaba de ser descendiente de uno de los presidentes de la Primera República, don Estanislao Figueras, casado con una hermana mayor de su abuela. El 8 de mayo de 1929 la barriada popular del Arrabal dedica al general Franco la primera calle que llevó su nombre en toda España; la placa correspondiente se de scubrió en presencia de todo el vecindario y a los acordes de la Marcha Real. Dura nte sus cacerías en los Monegros Franco comentaba varias veces la desolación de aque l páramo que con los regadíos adecuados y factibles podría convertirse en un vergel; u na vez más demostraba su reflejo regeneracionista. Paseaba con su mujer al anochecer por los alrededores de su casa y cenaba muchas noch es en La Maravilla. Asistía frecuentemente con doña Carmen y con su ayudante Franco Salgado a la fila tercera del teatro Principal durante las temporadas de abono, y siguió cultivando su afición por el cine. Fuera de la Academia y de los actos ofic iales solía vestir de paisano. No faltaba casi ningún sábado a la Salve del Pilar y al frente de sus alumnos ingresó en la recién establecida Congregación de Caballeros. Du rante el segundo curso de la Academia General el matrimonio y su hija se traslad aron al espléndido pabellón del director, completado después del magnifico despacho of icial del primer piso. Muchos años después Franco seguía encargando sus fotografías ofic iales a Jalón Ángel en la calle Alfonso y su calzado en la calle de San Gil. En abri l de 1928 expresaba así sus prioridades en una entrevista que leyó todo Zaragoza: Me he dedicado a él (mi cargo como director de la Academia General Militar) con toda el alma. Los futuros oficiales recibirán primeramente una intensa educación de virtudes ciudadanas y un fuerte entrenamiento deportivo que les robustecerá moral y físicamente; luego les inculcaremos profesionalmente un alto sentimiento militar . En el patio central de la Academia quiero colocar un altar de la Virgen del Pi lar para que desde su primera juventud aprendan a amarla y a forjar en ella la f e que habrá de conducirles constantemente a la victoria . FRANCO VALORA LA DICTADURA DESDE ZARAGOZA Los generales Franco y Mola eran amigos desde los tiempos de África, mantuviero n esa amistad cuando en 1930, caída la Dictadura, el general Berenguer designó a Mol a como director general de Seguridad, puesto en el que continuó hasta la caída de la Monarquía, colaboraron después con el ministro de la Guerra en el gobierno de centr o-derecha durante el año 1935, participaron al año siguiente en la conspiración y el a lzamiento militar contra la Republica y estuvieron compenetrados durante el prim er año de la guerra civil hasta la muerte de Mola en junio de 1937. Mola era menos afecto al régimen de Primo de Rivera y más próximo a Berenguer que Franco. Pero cuand

o en 1936 ya implicados en la sublevación militar los dos pensaron de forma indepe ndiente en el régimen que debería instaurarse con el Alzamiento coincidieron plename nte. He demostrado en varios libros, publicados entre 1969 y 2000, que Mola esta blecía en sus instrucciones de la época conspiratoria la creación de un directorio mil itar, es decir el retorno a una dictadu ra inspirada en la de Primo de Rivera. Por su parte Franco, en una de sus pri meras entrevistas de la guerra civil, concedida al director del diario lisboeta O Seculo habló de la constitución de un nuevo régimen como dictadura, regida por un Dir ectorio auxiliado por elementos técnicos y no políticos en la administración . Cuando Fr anco trató de organizar el llamado Nuevo Estado no hizo exactamente eso, pero la i dea inicial de Franco y de Mola era idéntica; restablecer la dictadura según el mode lo de Primo de Rivera. No hay que echar las campanas al vuelo; creo haber demost rado también que las mentes políticas más sensatas de la República, ante el desgobierno del Frente Popular en 1936, proponían una dictadura republicana y el propio Mola s e hizo eco de esta idea en sus instrucciones. Luego Franco consideró a la dictadur a de Primo de Rivera como una primera etapa del proyecto que él pretendía desarrolla r políticamente en 1937. Y cuando designó a principios de 1938 a su primer gobierno formal en Burgos escogió como ministros a algunos colaboradores directos de Primo de Rivera, como veremos. Sin embargo, como fruto de sus reflexiones sobre el terreno durante la dictad ura, Franco no pretendió nunca una valoración sólo positiva, una imitación del régimen del marqués de Estella. Su valoración definitiva sobre la dictadura la primera dictadura , dijo Madariaga después era mixta entre factores positivos y negativos. Pedro Sain z Rodríguez nos ofrece un claro testimonio de ello. Nos dice que muchas veces Fran co le dijo que en España no ha habido más que seis años de buen gobierno , los años de Prim o de Rivera. Pero don Miguel continuaba cometió el error de decir, cuando subió al pode r, que sólo iba a estar una temporada hasta arreglar las cosas. Esto es una equivo cación. Si se toma el mando no decía nunca el poder hay que recibirlo como si fuese pa ra toda la vida . Otro de los defectos graves que Franco señalaba en su antecesor er a que cuando reaccionaba ante quienes se le enfrentaban publicaba notas en la pre nsa en las que se ofendía a colectivos dignísimos y que tatos enemigos le creaban . Franco tenía razón en subrayar los logros y aspectos positivos de Primo de Rivera y su régimen. El más importante fue, sin duda, la definitiva resolución del problema de Marruecos, que había gravitado sobre España desde la última década de siglo XIX y había costado ríos de dinero y sobre todo de sangre. En segundo lugar arrancó de cuajo, a las primeras de cambio, otro problema crónico, el desorden público que causaba tamb ién pérdida de vidas y quebranto a la convivencia social y económica. En tercer lugar durante los años de la dictadura existió por primera vez en España una auténtica política económica; de signo claramente regeneracionista, que ha sido magistralmente estudiada y expuesta por el profesor Velarde y se conc retó en grandes realizaciones que convencieron a todo el mundo, como la red de car reteras nacionales, que permitieron el desarrollo del turismo moderno en España; l a creación de las Confederaciones Hidrográficas, para la extensión sustancial de los r egadíos y el incremento de la producción de energía; el fomento de la producción industr ial, que alcanzó resultados desconocidos, debidos en parte a la acertada política de fomento y la mejora de las infraestructuras. Primo de Rivera colaboró con el sind icalismo socialista y se preocupo por la mejora de la política social, mientras ce rraba el paso a la anarquía sindical de la CNT, que al verse fuera de la ley se re organizó peligrosamente en 1927 cayendo en manos de los grupos anarquistas concent rados en la Federación Anarquista Ibérica FM. Las reformas económicas que proyectó Primo de Rivera alarmaron injustificadamente a la aristocracia terrateniente y financ iera que por algunos de sus elementos más cualificados trató de indisponerle con la Corona y lo consiguió, un fenómeno importante que Franco advirtió perfectamente. Fomen tó la dictadura todos los niveles de la enseñanza pública; trató de ampliar la libertad de enseñanza mediante el reconocimiento de los centros universitarios de la Iglesi a, lo que le valió en el estamento intelectual y las agrupaciones estudiantiles de izquierdas una hostilidad tan implacable como injusta. Trató seriamente de instit ucionalizar su régimen pero de forma muy indecisa e insuficiente; su creación de la

Unión Patriótica resultó un completo fracaso y su Asamblea Consultiva carecía de la más el emental libertad de actuación y debate. Como ya hemos visto su fracaso más insólito fu e la división que, muy a su pesar, sembró entre las Fuerzas Armadas como director de un régimen que se decía militar. Contó con colaboradores de primera magnitud para su política regeneracionista; co mo el conde de Guadalhorce en el ministerio de Obras Públicas y José Calvo Sotelo en el de Hacienda. Al crear éste la Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos (CAMP SA) para romper la dependencia absoluta en que se hallaba la distribución petrolífer a respecto de las grandes multinacionales del sector éstas reaccionaron contra la Dictadura y contra la Monarquía, de lo que era muy consciente el propio Rey don Al fonso XIII. El final de la Dictadura se vio muy desfavorablemente condicionado p or la gran crisis económica mundial de 1929, que si bien no afectó a España, por el re lativo atraso de su economía, como a otras naciones desarrolladas, sí repercutió muy n egativamente en la retirada de capitales extranjeros y baja de la cotización de la peseta, que alarmó obsesivamente a los hacendistas de la Dictadura y fue causa de terminante de su caída, aunque no tan decisiva como la conspiración militar que se e staba fraguando ya ace leradamente cuando el Rey se adelantó a fines de enero de 1930 a exigir su dimi sión a Primo de Rivera. Sin embargo no conviene desdeñar el factor humano que en la vida política española siempre ha sido esencial. Alfonso XIII había jugado la carta de la dictadura militar en 1923 porque estaba casi absolutamente harto de la inefi cacia de los políticos. Al principio le fue bien pero los fallos políticos de la dic tadura fueron minado el terreno del régimen y el ánimo del dictador, acosado por una grave diabetes crónica que tuvo mucho que ver con la depresión final en que estaba sumido. Por otra parte ya hemos indicado que desde la muerte de su madre en 1929 y como efecto de su desventurada vida familiar don Alfonso XIII era víctima de un a depresión diferente pero no menos abrumadora. Cada vez veo más claro que esta dobl e depresión acabó con la Dictadura primero y con la Monarquía después. En los libros, que estimo de la mayor importancia histórica, del general Franco Salgado existen numerosos testimonios del propio Franco con diagnósticos sobre la dictadura de Primo de Rivera que creo generalmente muy acertados, desde sus obs ervaciones en Zaragoza y en sus viajes a Madrid y coinciden aproximadamente con el resumen histórico que acabo de proponer. Por supuesto que Franco, durante su mando de la Primera Brigada en Madrid y d urante su trienio a cargo de la Academia General Militar se abstuvo de toda part icipación política directa. Fue leal en todo momento al Rey, a Primo de Rivera y en 1930 al general Berenguer. Hay, sin embargo, un vital testimonio del propio Fran co sobre su actividad de estudio en aquellos años, que figura en el archivo de Fra nco y que él pergeñó dentro de una serie de apuntes para unas Memorias que no llegó a es cribir nunca, pero que dejó entrever parcialmente en sus conversaciones con su sec retario militar Franco Salgado y durante el período de rehabilitación a que le somet ió durante su enfermedad final el doctor Pozuelo. Reproduciré aquí los principales fra gmentos de esos apuntes, cada uno en su momento. El que se refiere al período 1926 -1930 tiene muchísimo interés y dice así: Desde que se me hizo general a los treinta y tres años se me colocó en vías de grave s responsabilidades para el futuro. Papel de los capitanes generales en la vida política española, pese a un deseo muy extendido de permanecer apartados de banderías. El fracaso del sistema político arrastraba a situaciones constantes de crisis de autoridad que exigían la intervención del Ejército; lo que los polftícos intentaban evit ar atrayendo a su partido a los espadones, trayectoria del siglo XIX. Pese a la repulsa que en lo político se presentaba por la degeneración del sistema de partidos, estaba por mi edad y prestigio llamado a trascendentales servicios a l a nación por lo que procuré prepararme analizando la Historia política contemporánea, es tudiando la evolución de los intereses políticos, el Derecho y la Economía política y di scurriendo sobre los problemas nacionales. Este estudio me llevaba a rebelarme a nte los mitos políticos que no resistían un profundo análisis, pero que en pereza ment

al eran aceptados por los más. Ante el fenómeno de la crisis de nuestra moneda en ti empos de Calvo Sotelo y las tonterías que las declaraciones gubernamentales y los comentarios de prensa registraban, se alzaban en mí argumentos evidentemente claro s, contrarios a aquellas explicaciones; la curiosidad me llevó a asesorarme de ter ceros amigos a los que presenté mis discrepancias de fondo. Y mi sorpresa fue gran de cuando reforzaron mis argumentos: en España carecíamos de conocimientos y los que había estaban alejados de la política y sojuzgados por los conceptos estrechos con miras recaudatorias del Ministerio de Hacienda 1. Esta revelación de Franco es tan sincera como probatoria. ¿Creerá alguien de verdad que miente cuando redacta unos apuntes para sus memorias, sin pensar en la publ icación futura de estas notas? El testimonio escrito de Franco coincide con otros y con los testimonios orales de quienes le conocieron. Se sabía llamado a altos de stinos y procuraba prepararse para ellos, aunque de momento no podía concretarlos. FRANCO ANTE EL FINAL DE LA DICTADURA A fines de 1929 muchos presentían el próximo final de la Dictadura; tanto el Rey como Primo de Rivera y sus propios ministros habían perdido la fe en el sistema, p or los motivos que se han indicado; la baja en la cotización de la peseta, el acos o a que sometían al Rey los políticos liberales palatinos y varios aristócratas relaci onados con los medios bancarios, la presión de las multinacionales y la protesta d e los intelectuales y de los estudiantes. El 5 de diciembre el dictador había ofre cido a sus ministros una cena en Lhardy en la que les anunció en un rapto de humor negro: Tenemos que prepararnos a bien morir . En enero de 1930 ante una nueva baja de la peseta el ministro de hacienda Calvo Sotelo dimite con grave descrédito del gobierno. Sin embargo el mayor peligro inmediato para el régimen era Archivo de la Fundación Francisco Franco (AFF) leg. 30, fol. 49. la conspiración político militar como recuerda en sus memorias don Niceto Alcalá Za mora; los constitucionalistas de Villanueva coordinaban sus esfuerzos con la con jura militar dirigida por el general Goded, de la que tuvo noticia puntual el Re y por medio del infante don Carlos, capitán general de Sevilla (Goded era entonces gobernador militar de Cádiz). El general Mola describe el proyecto como un pronun ciamiento clásico que ya había entrado en fase irreversible. Como Primo de Rivera tuvo noticia aproximada de lo que se le venía encima reacc ionó con pérdida de nervios mediante una consulta a los capitanes generales preguntánd oles que como habían respaldado la instauración de la dictadura la seguían ahora respa ldando. Primo de Rivera, sin advertir la gravedad de este paso, lo empeoró todavía más comunicando a la prensa esta consulta. Casi todo el mundo pensó que esto era el f inal. El joven abogado del Estado destinado en la Presidencia del gobierno, don José Larraz, futuro ministro de Franco, me contó que él se encagó en la Presidencia del Gobierno, sita entonces en el palacete de Castellana 3, de recibir las respuesta s de los capitanes generales a la consulta, que llegaron el 26 de enero de 1930. Casi todas eran frías y virtualmente negativas, excepto dos, las de los generales Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, y Marzo. El 28 de enero despach aba el Rey con el ministro conde de los Andes cuando entró Primo de Rivera con el vicepresidente del gobierno, general Martínez Anido, y presentó su dimisión que fue ac eptada inmediatamente. Inmediatamente don Alfonso encargó formar gobierno al gener al Dámaso Berenguer, conde de Xauen y jefe de su Casa militar. Primo de Rivera tan teó la posibilidad de retomar el poder y al comprobar que semejante propósito era de todo punto imposible salió el 12 de febrero voluntariamente con destino a París. El sentimiento de su fracaso político y los progresos de su enfermedad diabética le tr ajeron pronto la muerte el 17 de marzo, en absoluta soledad. Sus restos regresar on a España donde fueron oficial y solemnemente despedidos. Pero ante su desaparic ión la marea negra que ya se abatía sobre él se desvió con enorme fuerza contra el Rey, a quien se acusaba públicamente como cómplice de la dictadura, sin que nadie acertar a a defenderle de forma adecuada.

En Zaragoza Franco aceptó con toda normalidad el cambio de situación. El nuevo je fe del gobierno conocía bien a Franco, que había servido en África a sus órdenes y estab a muy de acuerdo con la Academia General Militar y con el acierto de su director al crearla y dirigirla. Franco sintió vivamente la caída de la dictadura y sobre to do la ingratitud con que muchos intentaban hacer leña del árbo caído. El 28 de enero d e 1943 en el isabelino Castillo de la Mota, ante Pilar Primo de Rivera, hija de don Miguel, Franco le dedicó un breve epitafio en que resumía su pensamiento sobre el régimen de 1923: Es necesario que todos se convenzan de que los pueblos no pueden vivir sin política. Nosotros tenemos un doloroso ejemlo de que sin ella un estado no puede sostenerse: los años venturosos del glorioso general Primo de Rivera, de buena administración, seis años ejemplares de victorias marroquíes, de paz y progreso y al final vino el castillo demolido y otra vez el abismo de donde se había salido . LA DESERCION DE LOS MONARQUICOS LIBERALES. La designación del general Dámaso Berenguer para desempeñar la jefatura del gobiern o al terminar la Dictadura de Primo de Rivera no gustó mucho a Franco quien sin em bargo acató la decisión regia y prosiguió sus actividades en la dirección de la Academia General Militar, sin sospechar que el siguiente curso, 1930-1931, sería el último d el centro en la segunda etapa que él dirigió. El general Berenguer era un militar in teligente y liberal, muy grato a don Alfonso XIII, que, de acuerdo con el Rey, o rientó su gobierno con un error fundamental resumido brillantemente por el profeso r Pabón: para corregir el efecto de la Dictadura, es decir la suspensión del régimen c onstitucional de partidos, mediante una política de soluciones ante todos los prob lemas de España, se empeñó en volver a la causa de la Dictadura, que había consistido en el fracaso absoluto de tal sistema. Berenguer pretendió la vuelta a la normalidad s in recordar hasta dónde se había despeñado esa normalidad cuando el Rey quiso aplicarl e los métodos de un cirujano de hierro, que había predicho Joaquín Costa muchos años ant es. Sin embargo no restableció más que teóricamente la vigencia de la Constitución; gobe rnó por decreto, sin reabrir las Cortes ni convocar elecciones hasta que pretendió h acerlo 1 El testimonio de Sainz Rodríguez en su libro Testimonio y recuerdos, Bacelona , Planeta, 1978, p. 14. Fundamental el testimonio del general Mola en el capítulo Las instituciones militares bajo la Dictadura de su citado libro El pasado, Azaña y el porvenir, p. 1024ss. El testimonio de Alcalá Zamora en sus Memorias, Barcelon a, Planeta, 1977. El Bosquejo histórico de la Dictadura de Gabriel Maura, publicad o en 1930, es la fotografía en negativo de aquel período. Mayor interés tienen los dos libros tan ciados de Franco Salgado, Mi vida junto a Franco y Mis conversacione s privadas con Franco. Sobre la Academia General Militar la obra de referencia s e debe al coronel Julio Ferrer Sequeira, La Academia General Militar, apuntes pa ra su historia, Barcelona, Plaza y Janés, 1985. El coronel Blanco Escolá, en su cita da biografía militar de Franco y en su libro La Academia General Militar de Zarago za Barcelona, Labor, 1989, es parcial y tendencioso. Muy interesante, en cambio, el análisis sobre el comportamiento posterior de los alumnos de Franco, debido a J. Busquets, El militar de carrera en España, Barcelona, Ariel, 1971. Ampliación de datos y fuentes en mi Franco de Planeta en 1982, vol II, p. lss. un año después, cuando evidentemente era demasiado tarde tal vez porque presentía, con razón, que una convocatoria inmediata de elecciones podría echarlo todo a rodar. Por otra parte su línea política consistió en dos puntos; primero, apaciguar el encre spamiento que había provocado el régimen militar y personal sin enconar sus problema s; segundo, aplicar una política de signo liberal, evitando en lo posible la inter vención del Estado en la economía y la sociedad, abandonando la política al libre jueg o de los partidos. Fracasó por completo en uno y otro propósito. No pacificó al país, po rque la repulsa de la dictadura se convirtió casi inmediatamente en repulsa contra la Monarquía por parte de un sector decisivo de los monárquicos liberales enemigos de la dictadura; y su política de gobierno se desenvolvió en realidad como una falta de política. Como además no restableció la famosa normalidad su régimen por decreto rec ibió de la opinión pública un nombre certero, la Dictablanda.

El 4 de abril de 1963 Franco expresó reservadamente una opinión muy clara sobre e l cambio de Primo de Rivera a Berenguer: Don Miguel fue agotándose poco a poco y no tuvo decisión para organizar la continuación del régimen con objetivos firmes y decid idos, sin pensar jamás en volver al punto de partida; nunca me pareció bien que el d ictador fuera combatido por un general que era íntimo del Rey. Esta opinión política n o se hubiera debido olvidar en momentos tan diftciles para la Corona como eran l os finales del gobierno de Primo de Rivera. Esto sirvió de propaganda para los ene migos de la Monarquía achacando al Rey el desastre de Annual y la protección de Bere nguer quien, repito, no tenía prestigio político como para que se le concediera el p oder y liquidara la gran obra que realizó Primo de Rivera, en la que destaca la te rminación de la guerra en Marruecos . Franco confiesa también un motivo de resentimien to personal contra Berenguer, que resulta discutible pero no menos interesante e n la práctica. Berenguer le había prometido el ascenso a general de división, con lo q ue tal vez le hubiera nombrado subsecretario de Guerra, En ese destino decía Franco t al vez los acontecimientos políticos hubieran tomado otro rumbo y hubiese variado la suerte de la Monarquía. De subsecretario de Guerra se puede intervenir muy efic azmente en apoyo de la legalidad monárquica verificada por el pueblo español en las elecciones de abril con arreglo a la teoría democrática un hombre, un voto . Berenguer designó a un gobierno compuesto por monárquicos liberales, algunos afec tos al partido liberal, otros al conservador; pero la característica principal de ese gobierno es que podía definirse esencialmente como palatino y bancario, es decir como seleccionado entre los críticos de la aristocracia y las finanzas co ntra la Dictadura que todavía no se habían atrevido a dar el paso hacia la República. Mi abuelo Juan de la Cierva, que conocía de forma muy directa el ambiente político d el momento, y lo vivía con enorme intensidad, lo describe así: Se propuso para la car tera de Hacienda al señor Garnica, liberal (del Banco Español de Crédito) y se debe su poner que tal iniciativa partió de Cambó y Maura (éste último del mismo Banco) tal vez p or haberse negado antes el marqués de Cortina (también de ese Banco) muy considerado , como Garnica, por el Rey. No aceptó Garnica y entonces propusieron al señor Argüelle s, también amigo del Rey (y consejero del repetido Banco) amigo político de Bugallal y lograron que aceptara; pero ya entonces hubo que contar con Wais para Economía (ligado con el afortunado Banco) . El general Berenguer trató por todos los medios de romper la identificación de la Dictadura con las Fuerzas Armadas. Difícil tarea, porque el régimen abandonado había sido, sin duda, personal, pero también militar. La reacción de las Fuerzas Armadas a nte la huella de esa identificación consistió en un sentimiento muy profundo de abst encionismo político; el sector militar que había conspirado contra la Dictadura se d edicó ahora a hacerlo contra la Monarquía mientras la gran mayoría del Ejército y la Mar ina decidió, sin proclamarlo, abstenerse ante cualquier acontecimiento político de l a importancia que fuese. Esto explica el hecho de que las Fuerzas Armadas no mov iesen un dedo a favor del Rey cuando don Alfonso decidió abandonar el trono. Beren guer nombró al coordinador de la conspiración militar contra la Dictadura, general G oded, como subsecretario del Ejército, cartera que se atribuyó el propio jefe del go bierno. Franco se sintió dolido, porque era rival de Goded y porque, como acabamos de ver, ambicionaba ese puesto que creía vital en los momentos críticos que sin dud a se avecinaban. Es muy importante señalar que ésta fue la primera tentación de Franco para intervenir en la alta política gubernamental, aunque fracasó y se limitó a segui r la línea estrictamente profesional. Para la dirección general de Seguridad el gene ral Berenguer nombró a un veterano de África, el general Emilio Mola, que se acredit aría durante la República como intelectual destacado con la publicación de libros test imóniales del más alto interés, en los que además demuestra su capacidad para conseguir información sobre movimientos políticos subversivos en las fuerzas armadas, en el ca mpo republicano y entre las organizaciones obreras. La conspiración republicana pr incipal, que se concretó después de la sucesión de deserciones que protagonizaron los monárquicos liberales en el primer semestre de 1930, acabaría cuajando en el pacto d e San Sebastián, durante el mes de agosto de 1930. A este pacto político y civil se

sumaron las dos alas de la conspiración militar; la Agrupación Republicana Militar AMR formada por oficiales jóvenes entre los que destacaban el comandante Ramón Franco , el capitán Alejandro Sancho y el capitán Fermín Galán y la que llama Alcalá Zamora Acción iudadana Militar, formada por generales adversarios de la Dictadura como Queipo de Llano, Lopez Ochoa, Miguel Cabanellas, Lasheras, Fernández Villabrille, Riquelm e y Núñez de Prado. El general Mola tenía completamente bajo observación a la agrupación d e jóvenes oficiales sobre todo a Ramón Franco, a quien hizo seguir paso a paso. Otro frente que había actuado contra Primo de Rivera, el de los estudiantes, profesore s universitarios e intelectuales, fue tratado por el gobierno Berenguer con táctic as de concesiones y apaciguamiento, a través de los ministros de Instrucción Pública d uque de Alba y don Elías Tormo. Su terapéutica, muy bien intencionada, no resultó y es e complejo frente cultural se convirtió a no tardar mucho en tenaz foco de subvers ión contra la Monarquía, sobre todo después del verano de 1930. Sin embargo el mayor quebranto que sufrió la Monarquía y personalmente el Rey desde las primeras semanas del gobierno Berenguer no procedía de las conspiraciones y m ovimientos republicanos que eran minoritarios y poco influyentes en la opinión públic a y en el pueblo español sino del grupo de monárquicos liberales de los dos partidos clásicos de la Restauración que se habían sentido desahuciados por la Dictadura y ahor a pretendían tomarse cumplida venganza contra la Monarquía y contra el Rey, a quien identificaban absolutamente con Primo de Rivera y su régimen, lo cual era falso e injusto, pero actuó como un dogma político del momento. Esta deserción de los liberale s monárquicos fue la clave para la destrucción final de la Monarquía, que el Rey, some tido a un fuego graneado de injurias, calumnias y propaganda adversa, trató desesp eradamente de impedir mediante la reconstrucción de los partidos dinásticos de la Re stauración con líderes nuevos: Santiago Alba para el partido liberal y Francisco Cam bó para el conservador, que tomaría la forma de Centro Constitucional, al que se sumó el duque de Maura. La idea era excelente y los líderes muy capaces. Pero Santiago Alba desistió por resentimiento, al no perdonar al Rey que hubiera dado paso a la Dictadura que persiguió injustamente al político; y Cambó sufrió un gravísimo peligro de cán cer que luego no se confirmó pero le apartó de la lucha política en los meses decisivo s. Los viejos partidos, divididos y vaciados de contenido, no podían sostener a la institución monárquica, que se desfondó ante el empuje disidente de los propios monár quicos liberales. Las deserciones monárquicas se sucedieron a partir del mes de febrero de 1930. Se declararon contra el Rey, y en casi todos los casos a favor de la República: don Miguel Maura Gamazo, hijo de don Antonio Maura; el jefe del partido conservador don José Sánchez Guerra; el dos veces exministro de la Corona do n Niceto Alcalá Zamora, promotor de una Republica de talante conservador; don Melq uíades Alvarez, creador del Partido Reformista; y el también ex ministro de la Coron a don Ángel Ossorio y Gallardo, que se definió como monárquico sin rey. Naturalmente q ue si los monárquicos abrían tan descaradamente el paso a la República, los republican os y los socialistas se les unieron en la misma tarea destructora, como hicieron Marcelino Domingo e Indalecio Prieto. FRANCO DESPLIEGA A LA ACADEMIA CONTRA LOS REBELDES DE JACA Berenguer, por convicción propia y a sabiendas de que el Rey miraba con sumo ap recio a Franco y a la Academia Militar de Zaragoza, se mostro muy conforme con e l general director mientras estuvo al frente del gobierno. El general Mola infor mó a Franco de las andanzas conspiratorias en que andaba metido su hermano Ramón y e l general escribió cartas afectuosas y enérgicas a su hemano díscolo para apartarle de l mal camino, a las que Ramón contestó con descaro y dogmatismo que aun a estas altu ras dejan perplejo al lector. La Academia General Militar continuó su vida en 1930 y primeros meses de 1931 con plena normalidad y con diversos actos de confrater nización entre los alumnos y los universitarios de Zaragoza, por expreso designio de Franco. El 5 de junio de 1930 don Alfonso XIII, acompañado por el general Beren guer, acudió a Zaragoza para presidir la entrega de despachos a los alumnos que te rminaban sus estudios en la Academia, en compañía de los generales Navarro, nuevo je fe del Cuarto Militar del Rey y Millán Astray; con este motivo se dio el nombre de plaza del Rey a la plaza de Armas enmarcada por los edificios de la Academia, e

n la que se celebró el solemne acto. El Rey y el jefe del gobierno asisten a un ba nquete que les ofrece Franco, con aistecia de los alumnos y de representantes de la Universidad de Zaragoza. A la salida los alumnos tomaron en volandas el auto móvil del Rey y así le llevaron un buen trecho. Don Alfonso invitó a Franco y a toda l a Academia para almorzar en Madrid al domingo siguiente. Con este motivo impuso personalmente al general Franco la segunda medalla Militar que había ganado por su actuación en la retirada de Xauen y en el desembarco de Alhucemas, sus dos actuaciones más importantes durante sus años de África. Durante aquel verano, el 17 de agosto de 1930 se concierta entre los políticos conservadores republicanos el Pacto de San Sebastán, un compromiso para la República en que intervienen los monárquicos liberales don Niceto Alcalá Zamora y don Miguel Maura los republicanos de toda la vida (Alejandro Lerroux) los nuevos republicano s (Manuel Azaña) los catalanistas (Carrasco Formiguera) y los socialistas, represe ntados por Indalecio Prieto, por el momento a título personal. El efecto principal del pacto, que se comprometió a tratar el asunto de la autonomia de Cataluña tras e l triunfo de la República, fue la creación, sobre la base de los asistentes, de un C omité Revolucionario que se convirtió, en la tarde del 14 de abril de 1931, nada men os que en Gobierno Provisional de la República. El Comité inició sus actuaciones en un marco de pronunciamiento clásico; divulgó un Manifiesto altisonante a los españoles c ompuesto por don Alejandro Lerroux y coordinó la actuación de dos conspiraciones mil itares preexistentes, una a cargo de los generales Queipo de Llano, López Ochoa y los antes citados, otra de los jóvenes oficiales anarquistas entre ellos Ramón Franc o, Alejandro Sancho y Fermín Galán. El 8 de octubre Franco recibió oficialmente en la Academia General Militar al P ríncipe de Asturias don Alfonso, que mostraba señales evidentes de la gravísima enferm edad hemofílica con la que se enfrentaba de forma muy valerosa y decidida. El 26 d e octubre saludó en la Academia al ministro francés de la Guerra André Maginot, que co mo los militares que le acompañaban pródigó sus elogios a la institución dirigida por Fr anco, cicateramente rebajados por algún antibiografo recalcitrante. El ministro fr ancés invitó al general Franco a un curso para altos mandos que se organizó en la Acad emia de Saint-Cyr, al que Franco asistió desde principios de noviembre. A mediados de ese mes se producen disturbios en Madrid por el hundimiento de un edficio en construcción en la calle de Alonso Cano y en plena agitación don José Ortega y Gasset , que había derramado sus elogios iniciales a la Dictadura y a la Dictablanda ahor a asesta un golpe mortal al gobierno Berenguer y a la Monarquía con su celebérrimo a rtículo-bomba El error Berenguer, que termina con la famosa invocación: Españoles, el E stado no existe. Reconstruidlo. Delenda est Monarchia~ . La catoniana recomendación final se repite en otros artículos del filósofo, cuya obra de análisis político posee cu alidades destructivas mucho más que constructivas, aunque sus idólatras le sigan con siderando en conjunto, falsamente, como espejo de liberales. Durante la invecti va orteguiana Franco está en la Academia militar francesa de la que regresa el 4 de diciembre, fecha en la que cumple treinta y ocho años. Unos días antes Ramón Fran co escribe una salvaje carta al general Berenguer y se fuga de Prisiones Militar es. La carta es tan detonante que muchos años después Franco la creía apócrifa pero pude convencerle sobre su autenticidad. Por su parte el compañero de conspiración de Ramón , capitán Fermín Galán, publicaba a fines de 1930 un libro de teoría anarquista desafora da, Nueva creación, que será base de su propaganda revolucionaria en la guarnición de Jaca, donde está destinado desde que salió de la prisión militar. A partir del 15 de mayo de 1930 el capitán Fermín Galán se incorpora a su destino e n la guarnición de Jaca, el regimiento de Galicia en el cuartel de la Victoria. La ciudad episcopal del Prinneo oscense era monárquica, católica y conservadora con un a exigua minoría de izquierdas entre la población. Galán era un joven oficial de extra ordinario magnetismo revolucionario y despliega una ardorosa propaganda entre la oficialidad joven de la guarnición e incluso entre las clases de tropa. El Comité R evolucionario de Madrid fija la fecha para el pronunciamiento militar de los dos grupos afines los generales y los oficiales para el 15 de diciembre de 1930. Pero

le llegan noticias alarmantes de que el capitán Galán desea pronunciarse cuanto ant es y por eso le envía varios mensajeros para refrenarle. El último y más importane es el político gallego don Santiago Casares Quiroga, que se presenta en Jaca al anoch ecer del 11 de diciembre con la intención de hablar con el capitán al día siguiente. P ero a primera hora de esa mañana Casares se despierta con los primeros tiros de la revuelta que Galán ha adelantado. Con su tropa adicta proclama la República en Jaca , donde un republicano local añade una franja morada a la bandera de España y la iza en el balcón del Ayuntamiento. Galán fija un bando por el que se condena a muerte s in formación de causa a cuantos en toda España se opongan a su pronunciamiento. La n oticia se propaga como el rayo y causa el previsible estupor. Ninguna otra guarn ición secunda el gesto del oficial exlegionario y anarquista que encierra a los je fes de la guarnición de Jaca, se apodera de la ciudad no sin causar algunas víctimas mortales y embarca a su tropa de quinientos soldados, con varios oficiales y su boficiales, en una caravana de camiones que se dirige, a marcha lentísima, hacia l a ciudad de Huesca donde piensan repetir la misma proclamación. La columna se encu entra en la carretera con el general gobernador militar de Huesca, Lasheras, a q uien hacen frente y causan una herida mortal. Toman por la tarde el pueblo de Ay erbe, desvalijan comercios para aprovisionarse y organizan en la plaza un festej o republicano pese al frío intensí simo que acaba con la fiesta. De madrugada Fermín Galán despierta a sus hombres p ara continuar hacia la conquista de Huesca. Aquella tarde del 12 de diciembre Franco sabe las confusas noticias de Jaca p or una llamada de Capitanía General. Sin dudarlo un momento decide oponerse con la s armas al intento de su antiguo oficial legionario, a quien conoce demasiado bi en. A las seis de la tarrde, cuando los alumnos de la Academia General regresaba n de prácticas en orden abierto, el general director ordena a los mandos que armen a todas las unidades con munición real y ordenó la salida de todos los alumnos, enc uadrados en dos compañías de fusiles, una de ametralladoras, una batería y los servici os. Tomaron posiciones sobre la carretera de Huesca y la cortaron, una vez que e l escuadrón de Caballería se adelantó al trote largo para ocupar, como vanguardia, pos iciones en el próximo pueblo de Zuera. Allí se le unió, tras llegar en camiones, la se gunda compañía. Los cadetes pasaron toda aquella noche a campo abierto hasta que rec ibieron, a la mañana siguiente, orden de volver a la Academia General. Y es que la marcha de Galan sobre Huesca había fracasado por completo. La colum na de Jaca, molida y aterida tras los sucesos del dia y la noche anterior, salió d e Ayerbe y de pronto encontró una infranqueable resistencia antes de llegar a la e rmita de la Virgen de Cillas, dos ilómetros antes de Huesca. Una columna de fuerz as leales a la Monarquía, al mando del general, muy distinguido en África, don Ángel D olla, había tomado posiciones en una loma que domina la carretera. Fermín Galán anunció a sus tropas que los soldados de Huesca no dispararían contra sus hermanos pero le desmintieron las granadas rompedoras que empezaron a caer sobre los invasores. La tropa de Jaca, falta de sueño y comida, se desbandó a las primeras de cambio y lo s oficiales, con Fermín Galán a la cabeza, fueron capturados poco después. El gobierno se decidió por el escarmiento inmediato. El 14 de diciembre por la mañana se reunió en Huesca un consejo de guerra -del que no formaba parte el general Franco, contra lo que repiten varios antibiógrafos desorientados que condenó a muert e a los responsables del pronunciamiento, capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández. El gobierno comunicó el enterado pero decidió no advertir al Rey sobre su decisión. La sentencia se cumplió a las tres de esa misma tarde en el campo viejo de Fornillos, junto a los Polvorines Nuevos. El capitán García Hernández, católico practicante, pidió y obtuvo los auxilios espirituales. Fermín Galán no. Los dos fueron enterrados en el cementerio de Huesca, luego destrozado y profanado por la guerra. Cuando muchos años después visité las tumbas había flores frescas sobre la de Fermín Galán, en el suelo. La causa republi cana tenía ya sus dos mártires, a los que una vez proclamada la República se les conce dió la Cruz Laureada de San Fernando. La viuda de García Hernández reclamó la pensión corr espondiente que alguna autoridad militar le había negado. Franco, ya jefe del Esta

do, criticó esa medida y ordenó que, una vez comprobada la legalidad de la concesión, se restableciese el pago de esa pensión. Por el momento el fracaso y el castigo de los rebeldes de Jaca desfondó a los p romotores de la conspiración militar republicana importante, que ni siquiera llegó a actuar el 15 de diciembre en las guarniciones y sólo produjo un chispazo en Madri d. El general Queipo de Llano, el comandante Ramón Franco y otros comprometidos se presentaron en el aeródromo militar de Cuatro Vientos y con enorme sorpresa de va rios jefes y oficiales anunciaron que se sublevaban. Ramón Franco salió en un avión pa ra bombaredear el Palacio Real de Madrid pero al ver la Plaza de Oriente llena d e niños que jugaban en ella desistió de su propósito, muy decepcionado, además, por no o bservar la menor huella de la huelga general revolucionaria que se habían comprome tido a desencadenar los socialistas. El héroe del Plus Ultra regresó al aeródromo y co n sus escasos compañeros de pronunciamiento subió a un avion con el que huyeron a Po rtugal. El gobierno se limitó a denunciarles por robo de ese avión. Luego se reunier on con otros exiliados en una pensión de París desde donde observaban los acontecimi entos de España. En Madrid el general Mola ordenó la detención de los miembros del Com ité Revolucionario que no lograron esconderse y fueron encerrados en la cárcel Model o. Manuel Azaña sí que se escondió, como Lerroux, Marceíno Domingo y Martínez Barrio, mien tras que Indalecio Prieto conseguía escapar a Francia La reacción general fue muy adversa al pronunciamiento de Jaca y Cuatro Vientos pero el gobierno no supo aprovecharla y con el nuevo año 1931 se reanudó el crecien te deterioro de la Monarquía. El general Mola, que poseía una excelente información so bre el estado de ánimo de los militares, visitó a Franco en la Academia General y no s dejó un testimonio significativo: El ambiente de la oficialidad era francamente h ostil al régimen. Unicamente la Academia General Militar permanecía al margen, compl etamente, del apasionamiento político . Por su parte el general Dámaso Berenguer, en t estimonio escrito en 1935, reconoce que entre la mayoría de las Fuerzas Armadas el ambiente era de apoliticismo y abstención. Era cierto; pero tampoco faltaba razón a Mola para detectar que la oficialidad era muchas veces favorable a la Republica , sin que por ello pensa ra sumarse a pronunciamiento alguno que provocara el cambio de régimen. Y es qu e nadie, ni en las Fuerzas Armadas ni fuera de ellas, pensaba seriamente en 1930 y en los primeros meses de 1931 en un cambio de régimen porque, como vamos a ver, tal cambio jamás se planteó en una consulta electoral. Los constitucionalistas post ulaban insistentemente ese planteamiento en unas elecciones generales, que nunca se convocaron antes del 12 de abril y menos en esa fecha. FRANCO ANTE LA PROCLAMACIÓN DE LA SEGUNDA REPUBLICA El 20 de enero de 1931 el general Berenguer, jefe del gobierno, declaraba ofi ciosamente que el republicanismo no era pecado. Pero al día siguiente, santo del R ey, Mayordomía tuvo que habilitar a las puertas de Palacio centenares de pliegos p ara que personas de toda condición pudieran estampar su firma de felicitación en muc ha mayor cantidad que en ocasiones anteriores. La sucesión de acontecimientos políti cos que hemos resumido no deben dar al lector la falsa impresión de que el pueblo español podría pensar que la Monarquía se hallaba en peligro; tal presentimiento no es tuvo nunca en el ambiente en ninguna región de España. Sí que impresionó vivamente a la opinión pública española que se interesaba por la política (y que no debe confundirse co n la opinión popular, en un país en el que sólo leía la prensa una escasa minoría) el mani fiesto publicado en El Sol por tres destacados intelectuales, el profesor José Ort ega y Gasset, el escritor Ramón Pérez de Ayala y el doctor Gregorio Marañón como lanzami ento de una Agrupación al Servicio de la República . El gran inspirador, Ortega, remata ba así su largo camino desde el elogio incondicional a Primo de Rivera en 1923, el elogio satisfecho a Berenguer cuando sucedió a Primo de Rivera, su invectiva cont ra Berenguer y contra la Monarquía que aún estaba caliente y el paso abierto que dab a ahora, con sus colegas, para proponer la República. En el manifiesto se convocab a a todos los españoles de oficio intelectual es decir escritores, profesionales y a

rtistas, en vista de que el Estado monárquico se desfonda por dentro y debe ser su stituido por una República como vía media entre el fascismo y el bolchevismo . No se tr ata por tanto de proponer formalmente una democracia profunda sino un talismán par a la reconstrucción del Estado, un proyecto mucho más negativo que positivo y concre to. Pero no cabe negar la influencia demoledora del Manifiesto entre esa opinión púb lica ilustrada, que era la única a la que atendían la Corona y la clase política. La o pinión popular no era atendida por nadie, por eso nadie convocó elecciones para que el pueblo decidiese un eventual cambio de régimen. El general Berenguer manifestó su propósito de celebrar un proceso electoral de f orma escalonada; primero elecciones municipales, luego provinciales y por fin ge nerales. Pensaba que las dos primeras tenían carácter administrativo; la elección de l os concejales en los Ayuntamientos y de los miembros de las Diputaciones provinc iales. Estaba seguro de que el resultado sería favorable a los concejales y diputa dos provinciales monárquicos y que entonces se abordarían las elecciones generales e n las que podría dirimirse con ventaja monárquica la opción entre Monarquía y República. P ero los partidos políticos van anunciando uno a uno su intención en no participar en ese proceso. El golpe de gracia le sobreviene a Berenguer cuando los dos líderes principales de su propio partido, el liberal, que era uno de los dos grandes par tidos dinásticos, el conde de Romanones y el marqués de Alhucemas, declaran el 13 de febrero de 1931 que tampoco van a participar en el proceso electoral propuesto por el jefe del gobierno. A Berenguer no le queda más remedio que dimitir. Los fir mantes de esa nota liberal no advirtieron que habían lanzado contra la Monarquía un torpedo de consecuencias definitivas. Con esa nota y la consiguiente dimisión de B erenguer la Monarquía quedaba a la deriva y en peligro inmediato de hundimiento. El Rey lo imaginaba pero se mantuvo abnegadamente en su puesto y llamó a consul ta a los principales jefes de partido con vistas a formar un nuevo gobierno. Com o es natural convocó a don José Sánchez Guerra, jefe de ese Partido Liberal Conservado r que a las órdenes de Cánovas había sido el artífice de la Restauración. Lo malo es que d on José había pronunciado en la primavera del año anterior aquel famoso discurso en qu e declaraba su propósito de no servir más a señores que en gusanos se convierten. Y pa ra cumplir con el encargo del Rey no tuvo más ocurrencia que acudir a la Cárcel Mode lo, donde estaban aún encerrados los miembros del Comité Revolucionario, es decir lo s líderes republicanos, para ofrecerles carteras ministeriales en su gabinete. Cua ndo se repusieron de su estupefacción comprendieron que la Monarquía estaba perdida y rechazaron airados el ofrecimiento. La Monarquía, con semejante propuesta, había p erdido lo que le quedaba de dignidad. Otras consultas, como la de don Melquíades A lvarez, se resolvieron con el consejo al Rey de que se marchara cuanto antes. En aquellos momentos de desconcierto casi absoluto mi abuelo Juan de la Cierv a y Peñafiel reunió en su casa a varios políticos leales al Rey, se puso en contacto c on Palacio y convenció a don Alfonso de que no estaba todo perdido. Consigue así que el Rey forme un gobierno de tinte espectral, bajo la presidencia del almirante don Juan Bautista Aznar, honrado marino sin experiencia política, que distribuye l as carteras entre varios ministros con escasa ilusión; mantiene al general Berengu er en Guerra, designa al conde de Romanones para Estado, a Juan de la Cierva en Fomento, y a otros grandes nombres como el hacendista Ventosa, el duque de Maura , el marqués de Alhucemas y el conde de Bugallal. Este gobierno agónico mantiene el propósito de elecciones escalonadas que había propuesto el general Berenguer y fija la fecha de las municipales para el 12 de abril de 1931, a las que deberían seguir las provinciales en mayo y las generales (anunciadas sin carácter constituyente, aunque todo el mundo imaginaba que lo serían) en junio. A nadie se le ocurrió imagin ar que las elecciones de abril tuviesen algo que ver con el cambio de régimen. Por que nada tenían que ver. Cuando en 1979 un gobierno de UCD convocó elecciones munici pales las izquierdas vencieron en la mayoría de las capitales de provincia y nadie imaginó que con ello la Monarquía quedase deslegitimada. En 1931 ni en la convocato ria de las elecciones de abril, ni en la propaganda electoral ni en las proclama s de los partidos se hizo la menor mención al cambio de régimen; sólo se trataba de de signar concejales para todos los ayuntamientos de España.

En este ambiente se celebró en Jaca el segundo consejo de guerra por el pronunc iamiento revolucionario del 12 de diciembre del año anterior, contra 63 encausados , capitanes, suboficiales y clases de tropa. El consejo de guerra se desarrolló en tre los días 13 y 16 de marzo de 1931 en la admirable fortaleza construida en lo a lto de la ciudad por Felipe II y en esta ocasión el general Franco, que poseía prest igio en el Ejército por su conocimiento de la legislación militar, actuó como vocal. La justicia militar afirmó Franco no ha sido nunca un fuero; ha sido una necesidad que los delitos militares, de esencia puramente militar y cometidos por militares, fuesen juzgados por personal preparado militarmente para esa misión. Por eso se le s exige una mínima categoría militar en los códigos, que representa un encanecimiento en el servicio de las armas y al mismo tiempo haber vivido e interpretado centen ares de veces la esencia de nuestros códigos y reglamentos . El auditor don José Casad o García, que actuó de ponente en los dos consejos de guerra, ha escrito sobre la in tervención de Franco en el segundo consejo: Cuando el general Franco, con quien no había cruzado la palabra hasta aquellos día s, expuso su opinión autorizadísima, que fue compartida por los demás miembros del tri bunal, de una manera verdaderamente magistral y tan maravillosa como sólo podía hace rlo hombre de su talento, de su cultura, de sus conocimientos militares. ¡Qué alegría la mía ir en tan buena compañía! El auditor Casado publicó el libro donde se incluyen est os testimonios durante la República, no en la época de Franco; y nos informa de que el segundo consejo condenó a muerte al capitán Sediles y pronunció cinco condenas a pr isión perpetua y varias menores, además de seis absoluciones. Antes de iniciarse est e segundo consejo el gobierno Aznar había anunciado el indulto en caso de necesida d. Así se hizo. Este consejo de guerra sirvió como pretexto para un recrudecimiento de los albo rotos universitarios contra la Monarquía, que se iniciaron el 18 de marzo de 1931 y desembocaron en el violento motín de la Facultad de Medicina de San Carlos, en M adrid, el día 26. El general Mola pudo demostrar la presencia de agitadores profes ionales entre los estudiantes y las algaradas sintonizaron con otro consejo de g uerra mucho más penoso, celebrado en las Salesas desde el 20 de marzo bajo la pres idencia del general Ricardo Burguete, contra los miembros del Comité Revolucionari o detenidos después del pronunciamiento del 15 de diciembre anterior. El general M ola acusó en sus posteriores escritos a este tribunal militar de cobardía y falta de decoro. Los miembros del comité revolucionario salen virtualmente absueltos, con enorme descrédito de la Monarquía incapaz de defenderse con la ley en la mano. El pr esidente del tribunal, general Burguete, se extralimita en sus funciones al conv ocar una rueda de prensa en la que exige Cortes verdaderas y manifiesta que el Ejérc ito está arrepentido de la Dictadura. Con esto se llega a las elecciones municipales. El 5 de abril se celebra el p rimer acto: la proclamación de candidaturas según el artículo 27 de la Ley Electoral, en los pueblos donde no se hubiera presentado más que una lista. El resultado es u n aplastante triunfo de las candidaturas monárquicas: 14.018 frente a 1.832 republ icanas. En esa misma fecha don Jorge Guillén Urzaiz y su esposa reúnen en Zaragoza a un grupo de amigos entre los que figura el matrimonio Franco y todos muestran s u creciente preocupación ante el deterioro de la situación política. La única esperanza cen a Franco es usted, mi general . Es la primera vez que un grupo respetable de es pañoles piden a Franco que salve a España. Franco me diría en 1972 que recibió muchas ve ces esta petición entre 1931 y 1936 pero éste es el primer testimonio comprobado de que dispongo sobre el caso. A partir de aquel momento el general Franco se mantiene alerta en Zaragoza e intensifica sus co ntactos con personas seguras de Madrid para mantenerse bien informado sobre la e volución de los acontecimientos. Me consta personalmente que Franco estaba convenc ido de dos cosas: que las elecciones municipales nada tenían que ver con el cambio de régimen y que los monárquicos podrían muy bien ganarlas y de hecho las ganaron. Un a y otra tesis figuran de forma expresa en sus testimonios posteriores. El segundo y decisivo acto de las elecciones municipales se desarrolló el domin

di

go 12 de abril de 1931. Consta que muchos monárquicos, por creer segura la victori a o por simple dejadez irresponsable, se abstuvieron de votar en Madrid y en otr as ciudades. En un libro reciente, El 18 de julio no fue un golpe militar fascis ta he analizado a fondo las elecciones del 12 de abril . Por lo pronto ni la Monar quía ni la República, que se instauró por sorpresa dos días después, publicaron jamás oficia lmente el resultado de las elecciones municipales. Los únicos datos de que se disp one son los muy incompletos que adelantó la prensa a raíz de los sucesos (sobre todo los días 13 y 14 de abril de 1931) y el dato oficioso, aparecido no en un boletín e lectoral del gobierno sino muchos meses después en el Anuario del Instituto nacion al de Estadística, sin publicidad especial y como sospecha el profesor Miguel Arto la, primero que yo sepa en citar esos resultados, con posible alteración por parte de las inspiraciones republicanas. Pues bien, aun con estas circunstancias extr añas el resultado de las elecciones resulta favorable a la Monarquía en cuanto al núme ro de concejales elegidos. ¿Por qué entonces todo el mundo, desde la misma noche del 12 de abril, pareció inte rpretar los resultados electorales como favorables a la República? Lo más curioso, e indignante, es que no fueron los republicanos, sino los propios monárquicos liber ales el duque de Maura, el conde de Romanones quienes facilitaron el gran argument o a los republicanos, convencidos de que habían perdido. Los monárquicos liberales a dvirtieron que, si bien los resultados (como los anticipados por la prensa los día s 13 y 14 de abril) eran, en cuanto a número de concejales, favorables a la Monarq uía, incluso muy favorables según el principio democrático un hombre un voto; es decir que los votantes monárquicos habían superado de forma absoluta a los republicanos e n el conjunto de España. Pero en cambio en las capitales de provincia habían vencido los republicanos excepto en doce de ellas; y entre 1 Madridejos, Fénix, 1999. las ciudades que tendrían ayuntamientos republicanos en virtud de las eleccione s figuraban las más importantes es decir Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y Bi lbao. Los monárquicos liberales creyeron que esto equivalía a una victoria de la Repúb lica y un rechazo al Rey, lo cual era absolutamente falso y antidemocrático; para ellos los votos de las poblaciones menores y los pueblos del campo carecían de val or porque estaban arrancados por el caciquismo monárquico, mientras que los pueblo s de las ciudades eran los únicos que poseían valor democrático y por tanto el Rey se tenía que marchar. El absurdo de esa interpretación es manifiesto por muchos motivos . Si los votos de las poblaciones menores y los del campo no valían, ¿por qué no se an uncio así antes de las elecciones?. ¿Por qué se les dejó votar? La única verdad es que los monárquicos liberales no creían en la Monarquía, se desfondaron y comunicaron su prof unda depresión al Rey y a los republicanos, que captaron al vuelo el desconcierto de sus enemigos e hicieron suyo el falaz argumento que convertía unas simples elec ciones municipales, ganadas además por los monárquicos, en un plebiscito formal sobr e el cambio de régimen. Sin embargo además de ese desánimo coincidió en el mismo sentido un tremendo argume nto personal. Tanto el general Dámaso Berenguer, ministro y jefe del Ejército, como el general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, interpretaron inmedia tamente el resultado electoral lo mismo que los monárquicos liberales. Y al día sigu iente, 13 de abril uno y otro comunicaron a las fuerzas a sus órdenes que era nece sario acatar la voluntad nacional. Con este termino de Rousseau declararon al Ejér cito y a la Guadia Civil que la República había vencido y era necesario acatarla com o el nuevo régimen de España. Franco, lo acabamos de ver, no pensaba de esta forma p ero se sintió arrastrado por esta decisión firme de Berenguer y de Sanjurjo, con los cuales se identificaba como militar. Sanjurjo llegó a presentarse el mismo 13 de abril ante los miembros del comité revolucionario y se puso a sus órdenes reconociéndo les como gobierno de la República. En la Academia General Militar Franco recibió al acabar la mañana del 13 de abril el telegrama que Berenguer había dirigido a los capitanes generales dándoles cuenta de su interpretación y su decisión. En esa misma mañana el jefe del gobierno, almiran

te Aznar, preguntó a los periodistas qué se podía pensar de un país que se había acostado monárq~uico y se levantaba republicano; la frasecita acabó de hundir a la Monarquía cu ando se propagó como la pólvora por toda España. Según el testimonio de Franco Salgado, la jornada del 13 y la del 14 de abril se vivieron en la Academia General Milita r con plena normalidad; sólo algu nos profesores y alumnos, una minoría exigua, manifestaron su satisfacción por el presunto triunfo de la Republica. Millán Astray había hablado con Sanjurjo y dijo a Franco por teléfono el día 14 que la opinión de Sanjurjo era tajante a favor de la in mediata marcha de don Alfonso XIII. El 15 de abril Franco dirigió a los cadetes un a orden del día en que se reconocía la proclamación de la República y se exigía a todos, s egún les comunicó también verbalmente a los alumnos formados, entera disciplina y acat amiento al poder constituido. Izó la nueva bandera tricolor cuando el nuevo capitán general, Gómez Morato, se lo ordenó por escrito. El 14 de abril de 1931 el rey don Alfonso XIII se entregó por completo al desánim o de sus consejeros y ministros liberales Romanones, el duque de Maura y a espalda s de los demás ministros autorizó a los liberales a que pactasen con los republicano s el abandono del poder, sin concertar siquiera con ellos la transmisión de podere s en una ceremonia simbólica. A las cinco de la tarde los miembros del Comité Revolu cionario, convertidos en gobierno provisional de la República, entraban en el Mini sterio de la Gobernación (hoy sede de la Comunidad de Madrid) en la Puerta del Sol aclamados por la muchedumbre que les respaldó hasta entrada la noche. Casi a la m isma hora se reunía en Palacio, ya fuera del tiempo, el último consejo de ministros de la Monarquía, donde el Rey reveló que la entrega estaba pactada. Sólo dos ministros , mi abuelo Juan de la Cierva y el conde de Bugallal, se mostraron disconformes y animaron a don Alfonso a que resistiera; él no tenía poderes para entregar la Coro na, que pertenecía a su dinastía y abandonarla en tales circunstancias equivalía a una renuncia por sí y para toda su estirpe. El Rey se mostró firme en su decisión y a eso de las nueve de la noche salió de Palacio por la puerta del Campo del Moro al vol ante de su automóvil y con otro de escolta condujo toda la noche hasta que a la maña na siguiente embarcó en el crucero Príncipe Alfonso que le condujo de Cartagena a Ma rsella, donde al desembarcar recibió la última bandera bicolor que había ondeado en Es paña y preguntó si ya le habían llamado desde Madrid. Durante el viaje envió un radiogra ma a las Fuerzas Armadas en el que les agradece su lealtad, quizás con una punta d e humor negro, porque como diría después José Antonio Primo de Rivera no se había levant ado para defenderle ni un piquete de alabarderos. Como ya hemos indicado, Franco habló bien durante toda su vida sobre don Alfons o XIII, al que consideraba un gran Rey, uno de los mejores que hemos tenido . Criti có sin embargo muchos aspectos políticos y económicos de la Monarquía. Justificó el abando no de Alfonso XIII el 14 de abril, cuando ya Berenguer y Sanjurjo habían negado toda posibilidad de intervención a favor del R ey al Ejército y a la Guardia Civil. Opinaba con claridad que las elecciones del 1 2 de abril de 1931 se habían interpretado de forma ilegal como un plebiscito que n adie convocó; y pensaba que si bien el 14 de abril era ya tarde para todo, en camb io el día 12, cuando se supo que los resultados electorales eran claramente favora bles a la Monarquía según el principio democrático, hubiera sido posible una intervenc ión enérgica para salvarla. Pero Franco siempre se consideró monárqico y si bien acató a l a República como prácticamente todo el Ejército y la Marina nunca desmintió su carácter mo nárquico y su lealtad a la Casa de Borbón, de la que escogió al príncipe a quien hizo Re y, como en su momento veremos. Franco, que admiraba al general Sanjurjo como militar, le critica muy severam ente por su actuación en la agonía monárquica. Afirma que Natalio Rivas, muy amigo suy o, sorprendió un día a Sanjurjo, antes de las elecciones de 1931, en tratos con Lerr oux, miembro del Comité Revolucionario. Creía Franco que Berenguer se alarmó en exceso durante la jornada del 12 de abril y le parecía absurdo, con todos los capitanes generales a su lado y leales al Rey. La mayoría de la oficialidad dice Franco- era l eal al Rey, salvo unos cuantos ambiciosos e inmorales. Los artilleros estaban ba stante resentidos con el monarca, pero no hubiera hecho nada para traer la Repúbli

ca . El resentimiento de Sanjurjo contra el Rey se debía, según Franco, a la forma con que despidió a Primo de Rivera. En otros momentos Franco piensa que el resentimie nto de Sanjurjo derivaba de que don Alfonso no le había otorgado la grandeza de Es paña al concederle el marquesado del Rif. Pero insiste en que el 12 de abril se ha bía demostrado que la mayoría del pueblo español no rechazaba a la Monarquía y basándose e n esa realidad cierta Berenguer y Sanjurjo hubieran podido declarar el estado de guerra y salvar así a la Corona . Ampliacón de fuentes en mi Franco de 1982, vol II p. 31 a 76. En el primer volum en de La Historia se confiesa (Barcelona, Planeta, 1976) reproduzco en texto y g ráficos numerosos ejemplos de los ataques contra Alfonso XIII en 1930/1931. Para e l final de la Dictadura y la Monarquía me parece esencial el testimonio de don Nic eto Alcalá Zamora en sus Memorias , Barcelona, Planeta, 1976, desde la p. 376 y de la citada obra de Mola El pasado, Azaña y el porvenir. Juan de la Cierva ofrece u n testimonio directo en Notas de mi vida, op. cit. El mejor dictamen histórico es el del prof. Jesús Pabón en su Cambó, op. cit. Imprescindibles las dos obras citdas de F. Franco Salgado para los juicios de Franco sobre Primo de Rivera, Berenguer, Alfonso XIII y Sanjurjo. El testimonio de D. Berenguer en su libro De la Dictadu ra a la Repüblica, Madrid, Plus Ultra, 1946. Creo que fui el primer historiador qu e investigó a fondo sobre el terreno la rebelión de Jaca en Historia y Vida 33(1970) lOss. Interesante el testimonio de Miguel Maura Así cayoó Alfonso XIII Barceloa, Ari el, 1976. El consejo de guerra de Jaca en J. Casado Por qué condené a los capitanes Galán y García Hernández, Madrid, V. Suárez, 1935. El gesto de Franco que le enfrentó con la República: su arenga de despedida a la Academia Militar en 1931. Capítulo 8: Franco y la República: choque, colaboración, choque 1931-1936 MANUEL AZAÑA SUPRIME LA ACADEMIA GENERAL MILITAR Las relaciones del general Franco con la República fueron complejas porque la R epública también lo fue. El período 1931-1936 tuvo tres fases muy bien diferenciadas. Primera, la fase provisional y constituyente hasta diciembre de 1931, seguida co n toda continuidad por el bienio Azaña hasta la caída del personaje en septiembre de 1933; en esta fase de izquierdas el general Franco chocó con la República, aunque l uego convivió con Azaña que trató de congraciarse con él. La segunda fase republicana fu e el bienio de centro-derecha entre septiembre de 1933 y diciembre de 1935; sus dos figuras importantes fueron don Alejandro Lerroux y don José María Gil Robles que valoraban muy positivamente a Franco y el general colaboró intensamente con los d os. La tercera fase republicana corre entre mediados de diciembre de 1935 hasta el 18 de julio de 1936; tras el breve desconcierto centrista se realizan las ele cciones de febrero de 1936 en las que triunfa el Frente Popular que destituye al general Franco como jefe del Estado Mayor Central y trata de relegarle en la Co mandancia General de Canarias, desde la que Franco, opuesto al Frente Popular de sde el primer momento, se incorpora a la conspiración militar contra el régimen degr adado y por lo tanto vuelve a chocar contra la República, ahora con carácter definit ivo, como se manifestó a partir de su sublevación en Las Palmas el 18 de julio de 19 36. Sin embargo, como ya hemos visto, la actitud inicial del general Franco ante la República fue de acatamiento, la misma que observó la inmensa mayoría de las Fuerza s Armadas. El choque inicial de Franco con la República tuvo, además, un carácter pers onal; fue un choque contra Manuel Azaña, ministro de la Guerra y pronto consagrado como la primera figura política de la República. Como revelación y luego encarnación de la República. He estudiado este choque personal con toda la docum entación disponible en un libro muy reciente . No fue un choque violento por parte d e ninguno de los dos. Azaña suele ser implacable, insultante y grosero con muchos personajes que asoman en sus memorias, tanto enemigos como aparentemente amigos.

A Franco le respeta siempre. Con discrepancia, pero con mucho miramiento. Franc o le correspondía con la misma moneda. En 1973 me dijo taxativamente: Azaña era el más inteligente de todos ellos . El profesor Luis Suárez ha reproducido del Archivo de Franco, dentro de los apu ntes que Franco redactó para unas memorias que no pudo escribir, un capítulo de sumo interés que resume lo que pensaba de la República:

La República (disolución de la Academia). Hay que reconocer la ilusión con que grand es sectores de la nación española recibieron a la República, que nadie esperaba y que fue consecuencia directa de los desaciertos políticos de los partidos políticos monárq uicos durante los últimos años. Luego explica el desarraigo de la institución monárquica y el descrédito en que cayó la República. El crédito de la República se desvaneció en muy po os días. La quema de iglesias y conventos, la persecución de las creencias religiosa s, la trituración del Ejército, la entrega a la Masonería, el desorden social, la anar quía en el campo, la persistencia de las leyes de excepción empujaron a la defensa a los distintos sectores de la sociedad 2. El conjunto de causas enumeradas por Franco para explicar el descrédito de la R epública corresponde a la realidad, como iremos viendo en este libro. Hay una de e llas que merece un comentano en este momento: la influencia de la Masonería. La acción masónica, visible en España desde el siglo XVIII, no fue una causa determ inante de la segunda Republica española, ni creo que nadie lo haya afirmado. Pero en cambio lo que dice Franco sobre la entrega de la República a las consignas masóni cas está hoy demostrado seria y documentalmente. Veamos ante todo cómo lo concreta F ranco en el mismo lugar que acabamos de citar: 1 El 18 de julio noftie un golpe militar fascista, Fénix, 1999 2 Archivo de Franco en L. Suárez, Franco, el general de la Monarquía, la República y la guerra civil, Madrid, Actas, 1999 p. 174. En el orden espiritual, la caída de la Monarquía iba a tener una trascendencia gra nde al caer el país en manos de una mayoría en que la gran mayoría de representantes p ertenecía a la Masonería que en España encarna al ateísmo y el espíritu anticatólico y perse guidor de las instituciones de la Iglesia. Pronto se vio la entrada de un Parlam ento de mayoría republicana en que bastante más de la mitad de los diputados pertene cían a las logias y obedecían sus consignas anticatólicas y perseguidoras de la fe. Es to estimuló las conciencias más católicas españolas una inclinación de los votos de muchos católicos hacia los separatistas con el fin de salvarse del cataclismo espiritual que amenazaba a la nación . Afortunadamente contamos hoy con el definitivo estudio de la profesora D. Gómez Molleda que confirma el poderío político de la Masonería durante la segunda República . E n este magnífico estudio se nos facilita la relación de 151 diputados masones en las Cortes Constituyentes, cifra que confirma lo apuntado por Franco, así como la uni dad con que siguieron las instrucciones anticlericales y anticatólicas de las logi as. La persecución religiosa fue una de las dos grandes agresiones institucionales de la República que causaron su ruina y provocaron la guerra civil2. La otra agre sión institucional se dirigió contra las Fuerzas Armadas. Azaña, ministro de la Guerra y árbitro constitucional de la persecución religiosa, fue el gran responsable de la s dos agresiones que resultaron mortales para la República. En la misma tarde y noche del 14 de abril don Niceto Alcalás Zamora, elegido po r sus compañeros de conspiración como presidente del gobierno provisional de la Repúbl ica, sincero católico e insigne jurista, dictó como si se lo supiera todo de memoria un Estatuto jurídico del nuevo régimen y una serie de decretos que le estructuraban para iniciar su camino. En estas primeras orientaciones se incluía ya, con poco d

isimulo, una grave amenaza para las instituciones en que se había apoyado la nefan da Monarquía, que eran precisamente la Iglesia y el Ejército, pese a que las dos aca taban ya al nuevo régimen sin la menor actitud contraria a la República. El gran testigo sobre la agresión de Azaña a las Fuerzas Arruadas fue el general Emilio Mola cuyos análisis, meditados y publicados durante la República, no encontra ron entonces oposición importante (hecho que suele omitirse y conservan 1 La Masonería en la crsis española del siglo XX. Madrid, Taurus, 1986. 2 Ver la obra magistral de Antonio Montero: La persecución religiosa en España. M adrid, BAC, 1961, que por fortuna acaba de reeditarse. hoy prácticamente toda su validez. Para asumir el Ministerio de la Guerra en el gobierno provisional de la República Manuel Azaña sólo podía aducir un libro que escrib ió en 1918 y apenas se vendió, titulado Estudios sobre política militar francesa en qu e podía leerse una propuesta clara: la inevitable supresión del ejército permanente es una ganancia absoluta, un bien puro, sin mezcla de mal alguno. En España es todavía más: abolir el sistema militar vigente es una cuestión de vida o muerte... Realiza a demás el Ejército, por la misión que se le ha dado en España, una obra de corrupción polític a . Como Azaña identificaba la corrupción política con la tendencia del Ejército a interve nir en política mediante el pronunciamiento, debería recordar que el último ejemplo de esa lamentable costumbre (debida generalmente a los políticos más que a los militar es) lo dieron él y los demás miembros del Comité Revolucionario al organizar los pronu nciamientos de 1930 que tan gravemente perjudicaron a la Monarquía; y que la propi a República había llegado por el pronunciamiento de los generales Berenguer y Sanjur jo en sus instrucciones del 13 de abril de 1931. Azaña, fuera de estas reflexiones lejanas en torno a la política miliar francesa, carecía de toda formación teórica y práctica sobre la realidad de las fuerzas arruadas españolas. Difícilmente puede reformarse lo que se desconoce por entero. Esta falta de conocimientos militares ha sido criticada, con toda razón, no sólo por el general Mola sino también por el profesor Payne . Para colmo Azaña, a lo largo de su diario p olítico, acumula tal cantidad de insultos y menosprecios sobre los militares que s u cita resultaría aquí desbordante2. Manuel Azaña, por impulso de los nostálgicos de la República, los enemigos de Franc o y la inspiración masónica (se inició en la Masonería, según reconoce en sus diarios, en 1932) ha sido ensalzado desde la muerte de Franco por una tenaz campaña hagiográfica que tiene pocos parangones en la Historia. Es la reacción contra las exageracione s contrarias que se prodigaron en su contra desde la época republicana y la guerra civil, donde el calificativo habitual era el de monstruo. Bien, pues ni monstru o ni excelso demócrata sin mancha. Azaña era sin duda muy inteligente, como reconocía Franco; pertenecía a uno de los cuerpos jurídicos más prestigiosos del Estado, era hom bre de extensa cultura, aunque incom1 E. Mola en sus citadas Obras completas, p. 1069s; S.G. Payne en: Ejército y sociedad en la España liberal, Madrid, A al, 1977, p. 379s. 2 M. Azaña: Memorias políticas y de guerra, México, Oasis, vol. IV de sus Obras com pletas. pleta (no sabía una palabra de ciencias) orador incisivo y convincente, escrito r eximio con estilo que aún sigue vigente y se ha mostrado capaz de seducir a don José María Aznar y otros jóvenes políticos del Partido Popular que no tienen la menor id ea de quién era y qué hizo realmente don Manuel Azaña, cosa que el abuelo del señor Azna r conocía perfectamente. Estaba sin embargo afectado por dos defectos gravísimos: un a soberbia infinita, que le llevaba a despreciar a cuantos le rodeaban (sus memo rias son una antología del desprecio) y una incomunicación casi absoluta, que se ens imismaba cada noche ante sus diarios pero que raras veces conectaba con la reali dad. Era de origen liberal, conservador y católico; nunca renegó de su fe, a la que volvió sinceramente durante su destierro en Francia, de lo que existen pruebas feh

acientes burdamente ignoradas pr sus idólatras masones . Por su influencia decisiva en la persecución contra la Iglesia y la agresión institucional al Ejército durante la República fue, seguramente, uno de los grandes responsables de la guerra civil. Tanto Franco como Mola como la mayoría de los militares españoles de la República e staban completamente convencidos de que Azaña se había comprometido públicamente a la trituración del Ejército. El texto de Azaña en 1918 que acabo de transcribir no utiliz a ese término pero expresa lo mismo. Y en un discurso pronunciado en Valencia a raíz del 14 de abril utilizó, según él mismo reconoce, el término trituración, en sentido equívo co, que luego interpretó él mismo fuera de la aplicación militar, refiriéndole a los obs táculos de la administración caciquil2. Y en otro discurso pronunciado en las Cortes habla de destrozar los presupuestos militares3. Azaña no se limitó a explicar sus reformas militares. Se jactó de ellas con suma im prudencia. Buscando esta eficacia, señores diputados, ha sido necesario reducir las unidades del Ejército español de una manera cruel, radical, a menos de la mitad. Ha bía veintiún mil oficiales en las plantillas; han quedado ocho mil, en números redondo s. Había dieciséis divisiones; han quedado ocho. Había ocho o diez capitanías generales; no ha quedado ninguna. Había dieciséis tenientes generales; no ha quedado ninguno, es decir han quedado cuatro o cinco que permanecen en la carrera hasta que la ca tegoría se extinga. Había cincuenta y tantos gene1 Ver las pruebas en mi ensayo La c onversión de Manuel Azaña en Misterios de la Historia II, Barcelona, Planeta, 1992, p. 3llss. 2Azaña Obras completas cit., II, p. 38. Ibid. II p. 91. rales de división; han quedado veintiuno. Había ciento y pico generales de brigad a; han quedado cuarenta y tantos . Pero este triunfalismo parlamentario se vuelve mucho más agresivo cuando Azaña ex pone su éxito contra el Ejército en un banquete de su partido. Acción Republicana, el 17 de julio de 1931: ¡ Qué obra, amigos y correligionarios! Parece que hemos desafiad o y vencido la tentación satánica, que hemos destruido el templo y lo hemos reedific ado en tres días 2. Destrozar, destruir, con referencia inequívoca a las Fuerzas Armad as, que eran el objeto de su reforma y de su competencia al pronunciarse estos d iscursos. ¿Hay alguna diferencia con triturar , palabra que Azaña había utilizado por ent onces, y que todo el Ejército interpretó como referida a él, sin que nadie lo desminti ese entonces, cuando las críticas y protestas militares se publicaron durante la R epública? Tanto Franco, como Mola, como una gran parte del Ejército, afirmaron entonces y después que la reforma militar era necesaria. El general Ramón Salas, en el mejor a nálisis publicado hasta hoy sobre las reformas militares de Azaña, expresa la misma opinión3. Las reformas eran necesarias: el encono y la agresividad contra una inst itución del Estado como era el Ejército eran reprobables. Por motivos que entonces no se conocieron (al publicar don Miguel Maura sus m emorias se supo que había sido por inspiración suya) el gobierno de la República pensó i nmediatamente en nombrar al general Franco para la Alta Comisaría de España en Marru ecos. Nadie se lo comunicó a Franco, que vio con enorme sorpresa la noticia, con s u foto, en el ABC del 18 de abril. Con esa misma fecha envió al director del periódi co, marqués de Luca de Tena, un desmentido en los siguientes términos: Mi distinguido amigo: Habiendo aparecido en el periódico de su digna dirección un retrato mío con la expresión de haber sido designado para ocupar la Alta Comisaría de España en Marrueco s, mucho le agradecería rectifique tan errónea noticia, porque ni el Gobierno provis ional ha podido pensar en ello ni yo había de aceptar ningún puesto renunciable que pudiera por alguien interpretarse como complacencia mía anterior con el régimen inst aurado o como consecuencia de haber podido tener la menor tibieza y reserva en e l cumplimiento de

1 Ibid. II,p. 90. 2Azaña, Obras completas, II, p. 20. Salas, R. Historia del Ejército Popular de la República, Madrid, Editora Nacional , 1975. mis deberes o en la lealtad que debía y guardé a quienes hasta ayer encarnaron la representación de la nación en el régimen monárquico. Por otra parte es mi firme propósit o respetar y acatar, como hasta hoy, la soberanía nacional y es mi anhelo que ésta s e exprese por sus adecuados cauces jurídicos. . Que yo sepa Franco expresa con esta carta y este desmentido el único acto público de lealtad que se dirigió a don Alfonso XIII cuando todo el mundo le había abandonado. Azaña nombró alto comisario al general Sanjurjo, sin que por ello dejase su cargo como director general de la Guardia C ivil en que fue confirmado por la República. Poco después el gobierno designó a un alt o comisario civil como habían hecho los gobiernos liberales de la Monarquía antes de l desembarco en Alhucemas. Lo que indignaba a Franco, a Mola y a numerosos militares no eran las reforma s de Azaña sino, como hemos dicho, la actitud agresiva y despectiva del ministro a l pro-ponerlas y sobre todo la arbitrariedad y partidismo a que fueron sometidos los asuntos militares, en especial destinos y ascensos, por la actuación del que Azaña denominaba Gabinete militar y Mola, lo mismo que los enemigos de Azaña, Gabine te negro. Seleccionó para él a varios militares que se consideraban seguros para la República, más o menos afines a las antiguas Juntas de Defensa, cuya influencia cole aba todavía, y enemigos natos de los militares de África. Los generales que habían ser vido a las dos dictaduras como calificó la República a los gobiernos de Primo de River a y Berenguer por ejemplo el propio Berenguer y el exdirector general de Segurida d Emilio Mola fueron detenidos y represaliados; Mola, por ejemplo, perdió su carrer a (hasta la amnistía de 1934) y tuvo que sobrevivir con sus libros, que alcanzaron cierta difusión, e incluso fabricando maquetas de barcos, era excelente escritor y muy habilidoso. Mientras tanto Azaña, entre una enorme expectación, dictaba sus de cretos de reforma militar, la primera que acometió la República dentro del mismo mes de abril. Luego, cuando funcionaron las Cortes, estos decretos fueron convalida dos como leyes y se conocen todavía entre los militares veteranos como las leyes de Azaña . El resultado de estas grandes reformas, completadas después con numerosas dis posiciones, fue la supresión de las capitanías generales y la reducción del cuerpo de oficiales a menos de la mitad, como hemos oído resumir al propio Azaña. El primero d e los decretos de abril, publicado el día 23, exigía, lo cual parecía natural una promes a individual firmada y luego ratificada en público por la que los militares de car rera, para seguir en el Ejército o la Marina, debían sustituir su antiguo juramento de fidelidad al Rey por el compromiso de lealtad a la República. Se negaron a ello solamente algo menos de treinta militares, entre ellos el infante don Alfonso d e Orleáns y otros pero la inmensa mayoría de los generales,jefes y oficiales, acepta ron for mular la promesa de lealtad a la República, entre ellos el propio Franco, que a consejó a muchos de sus compañeros y a sus alumnos de Zaragoza que hicieran lo mismo , porque el Ejército les necesitaba y el servicio se hacía a España, no a un determina do régimen. El segundo decreto, publicado el 25, resultó mucho más traumático en el seno de la gran familia militar. El gobierno concedía el plazo de un mes para que los militares que lo deseasen pasaran a la situación de supernumerarios, con derecho a l uso del uniforme, disfrute del sueldo íntegro y posibilidad de seguir ascendiend o por antigüedad, pero quedándose fuera de las escalas activas del Ejército y con plen a compatibilidad para desempeñar otros trabajos remunerados mientras conservaban s u retribución como militares. Quienes no solicitaran esta situación y prefirieran qu edarse se veían expuestos a perderlo todo si el número de solicitudes no resultaba s uficiente a juicio del gobierno. Más de la mitad de los militares solicitaron la b aja en la actividad pero no precisamente los desafectos a la Republíca sino también muchos afectos; de forma parecida se dividieron los que prefirieron quedarse. El resultado fue engañoso; porque si bien el presupuesto militar se redujo más o menos a la mitad en el capítulo de personal, se incrementó en la misma proporción el de cla

ses pasivas. Claro que el bajar de categoría las capitanías generales, reducidas al rango de divisiones orgánicas, y suprimirse la mitad de las divisiones tácticas la r educción del presupuesto del Ejército fue muy considerable. Estos cortes traumáticos n o afectaron prácticamente a la Marina; la República continuó y amplió el plan de constru cciones navales de forma que en 1936 la Escuadra española había logrado una clara im portancia defensiva para la época, en vista de la complicada situación internacional . Otras dos reformas de Azaña afectaron personal y directamente a Franco y provoca ron un auténtico choque con la República recién instaurada. El 18 de mayo un decreto anula los ascensos por elección concedidos antes del 1 4 de abril de 1931; se exceptúan de momento los generales, que conservaban su grad o pero bajaban los puestos correspondientes en el escalafón. La República sabía que la s fricciones de la Dictadura con algunos generales habían nutrido las conspiracion es contra aquel régimen y no quería indisponerse con algunos generales afectos, como el propio Goded, que había ascendido por elección. Franco repetía que esta disposición de la República, aun preservando su graduación, le había hecho descender del primero a l último en la escalilla de generales de brigada, lo que sin duda dificultaría que p udiese culminar su carrera mediante el ascenso a general de división, máximo que que daría después de las reformas. El coronel Blanco Escolá asegura, en esta ocasión con arg umentos fiables, que Franco no descendió al último puesto sino al 15, lo cual, por s upuesto, supuso para él un atentado a su carrera por parte de Azaña; como para Franco el supremo objetivo hasta el momento había sido esa carrera no es difícil comprender su resentimiento co ntra el ministro y contra la República. Pero mucho más grave y decisivo fue el sigui ente golpe de Azaña, aconsejado por su gabinete negro: la supresión de la Academia G eneral Militar. Azaña, en su citado libro de 1918, había descalificado a las Academias militares españolas en términos muy duros. No era difícil pronosticar que uno de sus primeros ob jetivos iba a ser la Academia General Militar, que en la actual etapa era, además, una creación de la Dictadura, y caía dentro de la política general de la República sobr e destrucción de cualquier huella de la Dictadura. Así sucedió. El 26 de junio se anul aba la convocatoria para el próximo ingreso en la Academia General Militar, con lo que se infería un grave perjuicio al millar de alumnos que se habían preparado para ese ingreso. Esta disposición presagiaba ya la supresión de la Academia general, qu e se publicó en la prensa del 1 de julio, como Franco pudo comprobar en la prensa de Zaragoza que le llegó al campamento base de Canfranc, donde dirigía los ejercicio s de los alumnos. Un decreto del día anterior disolvía el Centro, por dos motivos fúti les: la nulidad del decreto dictatorial y lo desproporcionado de la Academia Genera l . La prensa de Zaragoza, incluido el diario liberal Heraldo de Aragón criticaba co n dureza la disposición de Azaña. En virtud del decreto el general director y los pr ofesores pasarían a fines de julio a la situación de disponibles forzosos, lo que si gnificaba en la práctica ver reducidos a la mitad sus emolumentos. La supresión de l a Academia General se interpretó como una venganza de Azaña contra la Dictadura y co ntra Franco, que se había atrevido a recordar su lealtad monárquica al desmentir la noticia de su nombramiento como alto comisario pero, sin descartar el factor per sonal creo que esa supresión respondía más a una cuestión de principio, el antimilitaris mo congénito del ministro de la Guerra. Franco devoró silenciosamente su frustración, decidió terminar normalmente las maniobras pirenaicas de la Academia y fijó la fecha del 14 de julio para la última entrega de despachos y su despedida a los alumnos. En ese día sucedieron además otras cosas. Se publicaba el nuevo decreto de Azaña en q ue se equiparaban las escalas de oficiales procedentes de las Academias con los que habían ascendido desde clases de tropa. En la jornada que se dedica en Francia a conmemorar la toma de la Bastilla, inicio teórico de la Revolución francesa de 17 89, escogida por el gobierno republicano deliberadamente, se inauguraban las pri meras Cortes de la República, nacidas de las elecciones generales celebradas en ju nio anterior. El hundimiento de la Monarquía había provocado el retraimiento general de los monárquicos; sólo figuraba en las nuevas Cortes un di putado declaradamente monárquico, que fue el conde de Romanones, más una cincuentena de diputados católicos de diversas tendencias, entre las que destacaba la minoría v

asco-navarra formada por la alianza de tradicionalistas y nacionalistas vascos. La mayoría absoluta estaba integrada por la coalición republicano-socialista, con 16 0 republicanos y 120 socialistas. Como reconoció en su momento el entonces jefe de l gobierno provisional de la República aquellas Cortes no representaban ni de lejo s a la realidad política española y habían surgido del vacío monárquico mucho más que de la realidad republicana. Con estas cifras, si recordamos que de esos diputados repu blicanos y socialistas 151 pertenecían a la Masonería se comprueba la veracidad de l o que Franco afirmaría sobre la mayoría masónica dentro del bloque dominante en las Co rtes Constituyentes de la República. Pero para Franco, los profesores y los alumnos de Zaragoza, la fecha del 14 d e julio se marcaría en sus vidas como el acto final de la Academia General Militar . Franco meditó a fondo sus palabras de clausura, que merecen la reproducción: Caballeros cadetes: Quisiera celebrar este acto de despedida con la solemnidad de años anteriores, en que a los acordes del himno nacional sacásemos por última vez nuestra bandera y, como ayer, besárais sus ricos tafetanes, recorriendo vuestros c uerpos el escalofrío de la emoción, turbándose vuestros ojos al conjuro de las glorias por ella encarnadas, pero la falta de bandera oficial limita nuestra fiesta en estos sentidos momentos en que, al hacerse eco de nuestra despedida, recibáis en l ección de moral militar mis últimos consejos. Apunta luego una de sus típicas imágenes barrocas para disimular su nostalgia el es plendoroso sol (de la Academia) se acerca ya al ocaso ofrece a España la satisfacción por los éxitos conseguidos, pasa revista a los métodos innovados y a los vicios dest errados y proclama, ante la amargura de la ocasión, la necesidad de la disciplina: ~Disciplina! Nunca bien definida y comprendida. ¡Disciplina! Que no encierra mérit o cuando la condición del mando nos es grata y llevadera. ¡Disciplina! Que reviste s u verdadero valor cuando el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos m anda, cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía o cuando la arbitrarie dad o el error van unidos a la acción del mando. Esta es la dis ciplina que os inculcamos. Esta es la disciplina que practicamos. Este es el ejemplo que os ofrecemos . Invoca después el servicio a la patria como suprema norma de conducta militar y exhorta a los cadetes al cuto del compañerismo, sólo subordinado al concepto del ho nor que no es exclusivo de un regimiento, arma o cuerpo, que es patrimonio del Ejérc ito para concluir No puedo deciros, como antes, que aquí dejáis vuestro solar, pues hoy desaparece, pero sí puedo aseguraros que, repartidos por España, lo lleváis en vuestros corazones y que en vuestra acción futura ponemos nuestras esperanzas e ilusiones que, cuando al correr de los años blanqueen vuestras sienes y vuestra competencia profesional os haga maestros, habréis de apreciar lo grande y elevado de nuestra actuación, ent onces vuestro recuerdo y sereno juicio ha de ser nuestra más preciada recompensa. Sintamos hoy, al despedirnos, la satisfacción del deber cumplido y unamos nuestros sentimientos y anhelos por la grandeza de la patria, gritando juntos: ¡ Viva España ! . Termina el acto, Franco ofrece un vino de honor y un almuerzo final a profeso res y alumnos tras el que todos le acompañan a su pabellón. Al día siguiente el Noticiero, diario católico de Zaragoza, comenta el discurso d e Franco con admiración pero el diario republicano Heraldo de Madrid critica acerb amente al general y a su discurso. Manuel Azaña no quiere comentarlo ante los peri odistas pero en la noche del 16 de julio anota en su diario: Alocución del general Franco a los cadetes de la Academia General con motivo de la conclusión del curso. Completamente desafecto al gobierno, reticentes ataques al mando, caso de desti tución inmediata si no cesara hoy en el mando. Le paso la alocución al asesor para q

ue vea si hay materia punible. Me entrega un informe escrito diciendo que (no) s e puede proceder en forma judicial, que cabe gubernativamente corregirlo 2. En la edición citada, seguramente por errata, se omite el no que he añadido entre paréntesis. El propio Franco me dijo en 1971 que faltaba ese no~~. De hecho el discurso no su scitó acción judicial alguna sino una simple reprensión privada que se incluyó en la hoj a de servicios de Franco. Sin embargo Azaña vuelve varias veces en sus memorias 1 Revista de Historia militar, 40(1976)335s. 2Azaña, Obras, IV, p. 33. sobre Franco. La figura del genera le obsesionaba. El 20 de julio Azaña recibe a Sanjurjo y hablan de Franco, a quien Sanjurjo defiende; además de la alocución sobr e la que Sanjurjo dice haberle escrito Azaña reconoce que Franco está molesto por los ascensos (es decir por su descenso en el escalafón). El 22 de julio Azaña anota que ha firmado la reprensión para el general Franco: Por orden manuscrita del 22 de julio de 1931, dirigida al general jefe de la ~ a división orgánica, se le manifiesta, para conocimiento del general a que se contra e esta hoja de servicios, el desagrado producido por la alocución pronunciada el día 14 del mismo mes con motivo de la despedida de los cadetes, en cuya alocución se formaron juicios y consideraciones que, aunque de forma encubierta y al amparo d e motivos sentimentales, envuelven una censura para determinadas medidas del gob ierno y revelan poco respeto a la disciplina, y que en lo sucesivo se abstenga d e manifestaciones semejantes y atempere su conducta a las elementales exigencias de la disciplina, de que se ha hecho caso omiso en la repetida alocución, debiend o hacerse constar esta orden ministerial en la documentación personal del interesa do para que surta los debidos y oportunos efectos . Azaña se equivocaba al calificar de indisciplina un discurso pronunciado en exaltación, precisamente, de la discip lina. Era verdad que Franco manifestaba sus sentimientos íntimos, pero también los r efrenaba por su sentido de la disciplina. En todo caso era la primera notación neg ativa en su larga hoja de servicios personales a la Patria y Franco, cuando tuvo poder para ello, no ordenó suprimirla en esa hoja de servicios; consideró su alocuc ión y la reprensión gubernamental de Azaña como algo muy positivo para él. Azaña, desde entonces, sospechaba de Franco a la menor ocasión. Ante rumores sobr e movimientos militares comenta para sí mismo: Franco es el más temible . Franco es el úni co temible . El exdirector de la Academia General, una vez que se ha quedado solo en ella, supervisa las obras ya contratadas de un frontón para los cadetes, y a fi n de julio hace entrega del centro y se dirige a Oviedo en calidad de disponible forzoso. Está completamente seguro de que se ha cometido contra él una terrible inj usticia, por su rebaja en el escalafón, el recorte grave de sus haberes y la supre sión de la Academia General. El disgusto es tan vivo que, como ya hemos indicado, cambia su propio carácter, que deja de ser expansivo y se vuelve reservado y retraíd o. El 14 de agosto viaja a Madrid y acude a consultar con el subsecretario del M inisterio sobre su destino. El subsecretario le aconseja que pida audiencia al m inistro para presentarse, como era reglamentario. Así es como el 21 de agosto de 1 931 Franco y Azaña se encuentran cara a cara, por segunda vez; Azaña recuerda que Franco se había presentado brevemente ante él a poc o de proclamarse la República. FRANCO NO INTERVIENE EN EL PRONUNCIAMIENTO DE SANJURJO Azaña registra con sumo interés la entrevista. Dice que recibió muy bien a Franco c on evidentes deseos de congraciarse con él. Repite, sin acritud, su disconformidad con la alocución de la Academia, que Franco intenta explicarle. Le aconsejo que no se deje traer y llevar por sus amigos y admiradores , lo que supone por parte de Azaña un reconocimiento de las amplias relaciones de Franco en el Ejército y en la s ociedad. Defiende a la Academia General. Azaña le deja entender que podría contar en el futuro con sus servicios y Franco le reprocha que el gobierno le ha puesto v igilancia de vista; Azaña ordenará que se la quiten. Azaña recordó a Franco el mal ejemp lo de su hermano y la entrevista terminó cordialmente. Cuando Franco estaba en el

Ministerio de la Guerra para esta presentación, vio allí al general Goded y al coron el Varela, que estaban con Sanjurjo. Habló brevemente con los tres (a quienes se a grega Millán Astray) y al despedirse se quedó un rato a solas con Sanjurjo, que le i nvita a un almuerzo con Varela. Franco atribuye a los dos generales Sanjurjo y Go ded una conspiración contra la República en fecha tan temprana; con toda probabilidad ese almuerzo se celebró el 21 de agosto (o en fecha inmediata). Los generales est aban disconformes con la política que seguía el gobierno contra el Ejército y contra l a Iglesia. Le contesté reveló mucho después Franco- que no se contara conmigo para ningu na clase de sublevación militar porque la República se había implantado por la renunci a y la marcha del Rey al verse éste falto del apoyo de la Guardia Civil y del Ejérci to, además de la defección de las fuerzas políticas monárquicas . Sanjurjo respetaba la po sición de Franco pero señalaba el grave peligro que representaba la actuación del gobi erno y en especial la de Azaña. Y recuerda Franco que siempre que venía a Madrid en aquella época corrían rumores sobre su participación en algún complot contra la República, pero jamás estuvo en su ánimo sublevarse hasta que la República cayó en peligro real de entregarse al comunismo en julio de 1936 . Estas importantes revelaciones de Franco corresponden a su conversación con Fra nco Salgado el 27 de marzo de 1967; Franco Salgado señala una fecha de 1 Ver M.Azaña, Obras IV, p. 35, 39,46,83. F. Franco Salgado, Mis conversaciones ..., op. cit., p. 451,499. diciembre de 1931 que creo errónea, porque no consta visita alguna de Franco en Madrid en torno a esa fecha. Por las circunstancias del testimonio, éste se refie re sin duda a la fecha de la presentación de Franco al ministro de la Guerra, el c ontacto con Sanjurjo es, por tanto, de agosto de 1931 y sorprende que los genera les citados ya estuvieran tramando contactos conspiratorios en fecha tan tempran a pero es que la indignación general por la actitud de la República y especialmente de Azaña ante el Ejército y la Iglesia provocaba ya graves repulsas fuera del campo republicano. Ya hemos señalado los aspectos agresivos de la reforma militar. No me nos clara era la actuación de la República contra la Iglesia católica, que había acatado expresamente al nuevo régimen, hasta el punto que el propio Nuncio, monseñor Federi co Tedeschini, conservó su puesto en Madrid porque había mantenido conversaciones mu y satisfactorias con los miembros católicos del comité revolucionario, hecho sabido por el que algunos políticos monárquicos le acusaron después de haber conspirado contr a la Monarquía. Pese a todo ello la República asumió desde los primero momentos una ac titud hostil contra la Iglesia católica. Las diversas medidas en este sentido se c oncretaron en dos hechos patentes. Primero la política sectaria emprendida por la dirección general de enseñanza primaria a cargo del socialista y masón Rodolfo Llopis, que expresó una consigna clara, inspirada expresamente en los métodos de la Unión Sov iética: Hay que apoderarse del alma de los niños . Y segundo la célebre quema de convento s en Madrid, que estalló con pretextos absurdos el 11 de mayo, antes de un mes de República, cuando grupos radicales prendieron fuego a una docena de iglesias, cole gios y conventos en Madrid, que se reprodujeron inmediatamente en otros puntos d e España, con pérdida de edificios y valiosas obras de arte y cultura. Reunido el go bierno provisional se abstuvo de intervenir con eficacia, responsabilidad que un o de sus miembros, Miguel Maura, atribuye personalmente a Manuel Azaña y su famosa frase: Todos los conventos de España no valen la uña de un republicano . Los incendios de mayo marcaron ya la implacable hostilidad de la República contra la Iglesia; l a persecución religiosa a que la Iglesia respondería inmediatamente con el espíritu de cruzada. A lo largo del verano y el otoño de 1931 las Cortes Constituyentes debatieron e l proyecto de Constitución, que sería aprobado en diciembre de ese mismo año. Durante la discusión Manuel Azaña se reveló como el político fundamental del nuevo régimen, sobre todo por imponer su arbitraje en dos asuntos primordiales: el artículo sobre la libertad de cultos y el que admitía la creación de regiones au tónomas, entre las que Cataluña sería la primera en obtener su Estatuto. El artículo con tra la Iglesia católica porque eso fue se concibió de forma agresiva. La República incluía en el texto constitucional la prohibición de una orden religiosa,

la Compañía de Jesús, por el absurdo pretexto de que sus miembros están sometidos por v oto especial a una autoridad extranjera, es decir la Santa Sede. La disposición co nstitucional sobre la Iglesia respondía al espfritu secularizador de la Masonería y provocó la dimisión del presidente del gobierno Alcalá Zamora y el ministro Miguel Mau ra, pero don Niceto no tuvo empacho alguno en aceptar en diciembre, con esa Cons titución, la presidencia de la República. Pocos años después publicaría el más duro alegato contra esa misma Constitución, a la que acusaba, sobre todo, de no ser representat iva. Tenía toda la razón. No se había pensado para todos los españoles sino expresamente contra una gran masa de españoles, por lo menos la mitad de la nación. Era una Cons titución para los republicanos, no para los ciudadanos. Estaba condenada a muerte y se convirtió en una auténtica llamada a la guerra civil. En julio de 1931, casi sin publicidad, los grupos anarquistas de la FAI tomar on el control del más numeroso sindicato español, la CNT y se consideraron enteramen te ajenos a la República, contra la que desencadenaron inmediatamente una oleada d e huelgas y disturbios que se convirtió entre 1931 y 1936 en el cáncer de la República . Al asumir la presidencia don Niceto Alcalá Zamora el 10 de diciembre de 1931 enc argó la formación del primer gobierno constitucional a don Manuel Azaña, quien excluyó d e él al partido más numeroso entre los republicanos, el partido radical de don Aleja ndro Lerroux, que asumía comportamientos de centro-derecha en lo económico y social y contaba con muchos partidarios entre las Fuerzas Armadas. A fines de 1931 la g uerra del anarquismo contra la Republica provocó graves disturbios en la localidad extremeña de Castilblanco, en el que grupos de campesinos anárquicos, aunque de mil itancia socialista, asesinaron y mutilaron a los guardias civiles que intentaban reprimir un motín. Pocos días después los guardias civiles de Arnedo, una industriosa villa de la Rioja, mataban en una represión semejante a algunos revoltosos amotin ados. El general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, se había permitid o expresar unas sinceras manifestaciones contra el salvajismo de los amotinados por lo que Azaña le destituyó y le trasladó a la dirección general de Carabineros. Así se hizo necesaria una combinación de mandos militares en la que Azaña designó a Franco pa ra un destino que le era especialmente grato; el gobierno militar de La Coruña, qu e llevaba anejo el mando de la 15 brigada de Infantería. Con ello Azaña evitó, además, q ue por la prolongación de su situación de disponible Franco pasara definitivamente a la reserva. Estaba clara con este destino la voluntad de Azaña de congraciarse co n Franco, ya manifestada en la entrevista que los dos mantuvieron el pasado mes de agosto. El 21 de febrero el diario La Voz de Galicia saludaba así al nuevo destino de Franco: Un caudillo d el Tercio. Como era su costumbre Franco se dedica inmediatamente a poner a punto los dos regimientos que formaban su brigada, el número 8 de guarnición en La Coruña y el número 12, con un batallón en Lugo y otro en Orense. El 5 de marzo de 1932, en el mayor de los secretos que sólo ha sido desvelado p or su propia confesión, el presidente del gobierno don Manuel Azaña ingresa en la Ma sonería dentro de la logia sita en la calle de Príncipe 12, de Madrid, perteneciente al Gran Oriente de España. La referencia facilitada por el propio Azaña consta en e l tomo IV de sus obras, bajo la fecha indicada. Azaña muestra su disgusto por los ridículos rituales de su iniciación y dice que sintió tentaciones de irse. Pero no se fue. Quería contrarrestar el influjo político de su rival, el masón Lerroux, pero lo i mportante es que desde aquel momento se identificaba expresamente con el permane nte ideal secularizador de la Masonería, que es la principal característica de la se cta desde el siglo XVIII al XXI. Sin embargo en el momento y el período de su inic iación nadie, fuera de los estrictos cfrculos masónicos, supo la noticia. Si el general Sanjurjo ya había iniciado su conspiración contra la República y especialmente contra Azaña en agosto de 1931, nada tiene de extraño que, tras su fulminante destitución por Azaña por los sucesos de Castilblanco y Ame-do tratase de concretar y articular más ese proyecto. Y eso que Azaña no trataba con mucha compre nsión las insurrecciones anarquistas: cuando en enero de 1932 conoció la rebelión de l a FAI en el valle del Llobregat ordenó al jefe de la división orgánica de Cataluña, gene ral Batet, que entre la llegada de las fuerzas y el fin de la revuelta no transc

urriesen más de quince minutos. Ahora sabemos que para su pronunciamiento el gener al Sanjurjo quería contar con Franco; se entrevistó con él dos veces en 1932, antes de dar el grito en Sevilla. El primer encuentro, rigurosamente secreto, tuvo lugar en marzo de 1932 con m otivo de una visita de Franco a Madrid para elegir caballo según le permitían los regl amentos. El testimonio proviene de don Pedro Sainz Rodríguez, que fue precisamente quien urdió el encuentro. El general, acompañado por su pariente Franco Salgado, qu e había vuelto a ser su ayudante para el destino en La Coruña, se alojaba en el hote l Alfonso XIII de la Gran Vía. Desde que Azaña, además de ministro de la Guerra, era j efe del gobierno, los mandos militares que venían a Madrid no se tenían que presenta r personalmente, les bastaba con firmar en el ministerio. El original despacho que utilizaba Sanjurjo para su conspiración er a un antepalco en el teatro de la Comedia, cuyas cortinas se cerraban para evita r miradas indiscretas. No disponemos aún de un estudio completo sobre el pronuncia miento de Sanjurjo pero conocemos con bastante aproximación los motivos. Sanjurjo recibía numerosas presiones militares para que se pronunciase contra Azaña, por la p olítica antimílitar y anticatólica del presidente del gobierno. En la primavera de 193 2 el Congreso estaba preparando dos leyes que sembraban la alarma entre los elem entos militares y conservadores: la reforma agraria y el Estatuto de Cataluña, som etidas a una intensa campaña de propaganda adversa dentro y fuera del Parlamento. Por otra parte las derechas, pese a su escasa entidad parlamentaria de entonces, se estaban reorganizando activamente en dos agrupaciones: la de los católicos, qu e desembocaría en la Confederación Española de Derechas Autónomas, la CEDA; y la de los monárquicos, menos numerosa pero muy influyente por la calidad de sus miembros, qu e se unirían en el partido llamado de Renovación Española. Algunos jefes y oficiales t rataban ya de suscitar adhesiones para un movimiento subversivo en el Ejército, qu e se concretaría pronto en la Unión Militar Española o UME. La conspiración de Sanjurjo incluía expresamente al Partido Radical de don Alejandro Lerroux, excluido arbitra riamente por Azaña pese a que poseía el máximo número de diputados entre los grupos repu blicanos; y a una incipiente coordinación en varias guarniciones, encomendada al t eniente coronel Valentín Galarza, destinado en el ministerio de la Guerra y muy co nocedor del personal militar. Sanjurjo concitaba numerosas adhesiones personales en el Ejército y en la Guardia Civil, a la que había defendido con motivo de las re cientes agresiones sufridas por el Cuerpo. Sanjurjo pidió al profesor Sainz Rodríguez en el antepalco de la Comedia que le g estionase una entrevista con Franco. El profesor citó al general en el café Baviera de la calle de Acalá, cruzaron al Círculo de Bellas Artes y a través del edificio sali eron a una calle particular donde el marqués de Seijas esperaba al volante de un a utomóvil. Llevaron a Franco al restaurante Camorra en la Cuesta de las Perdices, d onde tuvo lugar la entrevista con Sanjurjo en un reservado, y en presencia del p rofesor. Sanjurjo dijo a Franco que era necesario cambiar la dirección de la Repúbli ca como se cambia la gerencia de una sociedad que no funciona . Franco no prometió na da: No le prometo a usted sumarme a ese movimiento, veré lo que puedo hacer según las circunstancias. Lo que sí le prometo desde hoy y le doy mi palabra de honor es qu e si el gobierno organiza una expedición represiva yo no colaboraré y haré lo posible para que no vaya nadie . Sainz Rodríguez añade que luego tuvo que defender muchas veces a Franco ante las críticas de quie nes le acusaban de no haber colaborado en el golpe de Sanjurjo; porque no le había prometido tal colaboración . Lo que tampoco hizo Franco fue denunciar al gobierno el proyecto de Sanjurjo; ello era impensable dada la compenetración entre los dos desde los tiempos de Áfric a. Franco continuó su tranquila vida de guarnición en La Coruña y se indignó, como casi todo el Ejército, por las imprudentes declaraciones del ministro radical-socialist a Alvaro de Albornoz en sentido abiertamente antimilitarista. Poco después, el 27 de junio, se produce un grave incidente militar en el campamento de Carabanchel. Tropas de la guarnición de Madrid habían marchado esa mañana hacia los acuartelamient os de Carabanchel para celebrar con los cadetes de las diversas Academias milita

res el final de unos ejercicios. Al término del banquete de clausura el jefe del E stado Mayor Central, general Goded, dio un Viva España y nada más que equivalía a omitir un viva a la Republica. Con ese pretexto el teniente coronel Mangada, ferviente republicano, se quitó la guerrera y la pisoteó. Azaña, presionado por sus correligion arios, destituyó a los tres generales implicados, Caballero, el jefe de la División, Villegas, y Goded. Esto da alientos a la conspiración de Sanjurjo, a quien se apr oximan republicanos moderados como Lerroux y Melquiades Alvarez. En circunstanci as tan críticas Lerroux tiene la ocurrencia de pronunciar en Zaragoza un discurso muy beligerante en el que asegura que, cuando llegue al gobierno, restauraría la A cademia General Militar con el general Franco a la cabeza. Azaña registra el suces o con indignación, estupor y temor. Llega a confesar en su diario haber sufrido un a pesadilla que le dejó varias horas sin dormir, en la que creía tener delante a Fra nco y la Academia General Militar2. El 13 de julio de 1932 la prensa gallega informa sobre la llegada del general Sanjurjo, a quien su cargo de director general de Carabineros permitía completa m ovilidad, a La Coruña. Almuerza con Franco, que esa misma noche interviene en una concurrido tertulia organizada por Sanjurjo en un café de la ciudad. No tenemos la menor referencia sobre una posible conversación reservada de Sanjurjo con Franco, que resultaría inevitable pero en todo caso Franco siguió sin comprometerse. El mar qués del Rif mantenía muchas adhesiones en el Ejérciyo y en la Guardia Civil pero su c onspiración 1 P. Sainz Rodríguez, Testimonio... op. cit. p. 376ss. 2 M. Azaña, Memorias, en O bras IV, entrada del 12 de julio de 1932 p. 434.Cons piración de Sanjurjo en N. Alcalá Zamora, Memorias, p. 228s. no estaba organizada, ni bien ni mal. Algunos militares Franco no le habían prome tido su concurso, y pensaba que los políticos republicanos moderados se sumarían a s u intentona en caso de triunfo; contaba también con la adhesión de elementos monárquic os que conspiraban desordenadamente. Sin embargo se lanzó a la aventura el 10 de a gosto de 1932 con preparación insuficiente y conexiones mal aseguradas. Sanjurjo confiaba en su éxito en Sevilla y en Madrid. Quiso confirmarlo persona lmente en Sevilla, donde se pronunció a las cuatro de la madrugada de ese día. La ad hesión de la Guardia Civil de Sevilla fue unánime y decisiva; se le sumaron, tras ci ertas vacilaciones, las fuerzas militares de la guarnición y numerosos elementos c iviles. Manuel Azaña, en el Ministerio de la Guerra junto a la Cibeles, poseía buena información revelada por la amante de uno de los capitanes comprometidos y había en cargado al director general de Seguridad, Arturo Menéndez, que concentrase efectiv os de la Guardia Civil y la Guardia de Asalto policía armada de ámbito urbano creada por la República en la plaza de la Cibeles, después de ordenár el refuerzo de la guardi a en el ministerio de la Guerra. Algunas unidades comprometidas el cuartel de la Remonta en Madrid y algunas fuerzas en Alcalá de Henares no salieron o retrocediero n a poco de salir. La fuerza subversiva principal que actuó en Madrid estaba forma da casi exclusivamente por militares retirados y contrarios a las leyes de Azaña q ue, en su mayoría de paisano, confluyeron sobre el paseo de Recoletos desde alguna s calles adyacentes, intentaron tomar el edificio de Correos y se entregaron cua ndo la Guardia Civil se lo intimó. El pronunciamiento podía darse por fracasado en M adrid a las nueve de la mañana. Sanjurjo era dueño de Sevilla pero al comprobar que su intentona fracasaba en el resto de España trató de refugiarse en Portugal y acabó p or ser detenido en Huelva. Siempre se ha dicho que se entregó a la Guardia Civil p ero el testimonio fehaciente de don Francisco Alcalde Gómez, que ha investigado en los archivos de la Policía en Huelva demuestra que Sanjurjo fue detenido en un co ntrol de carretera montado frente a la venta La Horida a las cinco y media de la madrugada siguiente al pronunciamiento. Al entrar y salir, detenido, del gobier no civil, sufrió dos violenta agresiones por parte de elementos extremistas (Carta al autor, 18 de junio 1997).

Manuel Azaña, que relata los hechos del diez de agosto con tono triunfalista, e staba sumamente preocupado por la posible actitud de Franco a favor de Sanjurjo. Llamó al jefe de la división orgánica de Galicia para comprobarlo y se llevó una grata sorpresa cuando le contestó personalmente Franco, que se encargaba del mando en au sencia del jefe de la división y manifestó a Azaña que no había novedad alguna en Galicia. La prensa de izquierdas de Madrid acusó al día siguiente a Franco de hab er participado en el pronunciamiento pero el rumor fue desmentido inmediatamente como falso. Azaña pensó que había vencido definitivamente en su confrontación con el Ejér cito y por eso durante la primavera de 1936 su actitud y la de los gobiernos que le obedecían fue enteramente pasiva. El general Sanjurjo compareció ante un consejo de guerra que le condenó a muerte pero el presidente de la Republica le concedió el indulto a propuesta del propio Azaña, que lo explicó con unas nobles palabras: Algui en tiene que empezar en este país a no fusilar. Empezaré yo . Por información directa de Franco pude saber que cuando Franco visitó a Sanjurjo antes del consejo de guerra el marqués del Rif le pidió que le defendiese. No puedo hacerlo fue la dura respuesta de Franco. Usted, al haber fracasado, se ha ganado el de recho a morir . Para Franco un militar que se subleva no tiene más camino que la vic toria para evitar la muerte. Aplicaría conscientemente esa doctrina al sublevarse en Canarias el 18 de julio de 1936; y al negarse con fuerza a hacerlo antes, en 193 1/1932, en 1934 y en 1935, como en su momento veremos. Las consecuencias del pronunciamiento del 10 de agosto de 1932 fueron fulmina ntes, pero la República y Azaña aplicaron su victoria a dar, en buena parte, palos d e ciego. Sanjurjo, indultado, fue enviado como preso común al penal del Dueso, en Santoña, donde por su campechanía se ganó a los demás reclusos mientras que los enemigos de Azaña y de la Republica aprovecharon esa reclusión para presentar al marqués del R if, artífice principal de la victoria de España en África, como un perseguido por la R epública y poco a poco se decidieron a que, en una futura conspiración mejor organiz ada, el general Sanjurjo sería jefe indiscutible, como en efecto sucedió. La venganz a política de la República fue acelerar las hasta entonces atascadas deliberaciones sobre las dos leyes tan controvertidas, la de Reforma Agraria y la del Estatuto de Cataluña, que resultaron aprobadas sin obstáculos el 9 de septiembre de 1932. Muc has personas, sobre todo de la derecha monárquica, sufrieron injusta prisión por hab er participado en la revuelta, aunque no lo habían hecho, como sucedió al padre del autor de este libro. El castigo principal recayó sobre la alta nobleza terratenien te, que perdió sus latifundios por confiscación sin que tampoco se demostrase su int ervención en la sanjurjada . Fue disuelto el Tercio de la Guardia Civil de 1 Testimonios de Azaña sobre el 10 de agosto en las Memorias íntimas de Azaña edita das por J. Arrarás en 1939 y confirmadas al editarse completas en 1998, una vez devuelto al Estado por la duquesa de Franco el cuademo original sustraído a Cipriano Rivas Cherif durante la guerra cuvul. Los datos sobre la conspiración militar monárquica en JA. Ansaldo, ¿Para qué?. Buenos Ai res, ed, vasca E ín, 1951. Sevilla. Quedaron degradadas las direcciones generales de la Guardia Civil y Carabineros, rebajadas a Inspecciones generales. Azaña giró una visita presidencial a Galicia el 17 de septiembre y como es natural el general Franco formó parte del conjunto de autoridades que le recibieron y acompañaron en los actos oficiales, si bien, con su esposa, excusó su asistencia a los actos sociales. En un discurso pr onunciado intencionadamente en presencia de Franco, Manuel Azaña recordó la firmeza absoluta de la Republica y la insensatez de quienes tratasen de alzarse contra e lla. El Estatuto de Cataluña satisfizo a los catalanistas de la época, pero su grado d e autonomía era muy inferior al que actualmente rige en Cataluña. La Ley para la Ref orma Agraria resultó un fracaso palmario; la superficie reformada apenas rebasó las ci en mil hectáreas y los asentamientos del primer bienio republicano apenas afectaro n a cuatro mil familias. Ni don Niceto Alcalá Zamora ni don Manuel Azaña tenían un ápice

de revolucionarios. FRANCO EN MALLORCA EL AÑO DE HITLER El fracaso del pronunciamiento del diez de agosto de 1932 consolidó aparentemen te a la República y especialmente a Manuel Azaña, que se consideraba el gran vencedo r. Pero también sirvió de acicate para la reorganización del centro-derecha en España, c arente de una representación parlamentaria correspondiente a su entidad política rea l. Excluido torpemente por Azaña del poder, el Partido Radical de Alejandro Lerrou x, que era el más importante entre los republicanos, se constituyó como fuerza de ce ntro, dispuesta a una alianza con el nuevo partido de la derecha católica, fomenta do discretamente por la Iglesia y dirigido por el joven catedrático y diputado por Salamanca, don José María Gil Ribles, que se reveló muy pronto como un gran parlament ario y un organizador de eficacia sobresaliente. A fines de 1932 surgió con vigor el movimiento de la nueva derecha monárquica, en torno a la revista política Acción Es pañola cuya figura principal era Ramiro de Maeztu, un escritor cultísimo de la gener ación del 98, que se había relacionado profundamente en Londres con la Sociedad Fabi ana pero después evolucionó a las ideas conservadoras y había colaborado con la que ll amaba Monarquía militar de Primo de Rivera. Acción Española era el frente cultural de la nueva derecha monárquica, que se agrupó al comenzar el año 1933 en un frente político, el partido Renovación Española e inspiraba a un frente militar, la Unión Militar Española (UME) a la que se adhirió un cierto número de jefes y oficiale s monárquicos de todas las guarniciones . Los tres frentes coincidían en su carácter de conspiratorios contra la República. Su influencia fue muy superior al número de sus componentes. El teniente coronel Valentín Galarza pertenecía a la UME y efectuaba el enlace entre los jefes y oficiales adscritos a ella con los generales adversos a la República. La aparición formal de Renovación Española se retrasó hasta principios del año 1933, casi a la vez que la CEDA, el gran partido de la derecha católica integra do por la alianza de Acción Popular (el partido de Gil Robles desde 1931) y la Der echa regional Valenciana, cuyo dirigente era Luis Lucia. La CEDA acataba a la Re pública pero Gil Robles y casi todos sus miembros eran monárquicos. Nada tenían que ve r con los partidos de la antigua Monarquía, sepultados entre las ruinas del régimen fenecido. Contaban con el primer periódico de España, El Debate. Su inspirador era e l presidente de la Asociación de Propagandistas don Ángel Herrera Oria, hombre del V aticano en España que se movía en estrecho contacto con la Nunciatura. En realidad l a CEDA era el gran partido católico, vertebrado por la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, que mostraba un carácter más posibilista que la intransigente Renov ación Española cuyo diario insignia era el ABC de los Luca de Tena. Manuel Azaña, que se creía asentado en el Olimpo de la política desde el 10 de agos to de 1932, sufrió una gradual y estrepitosa caída a lo largo de 1933. No se olvide que a fines de enero de ese año subía al poder como canciller de Alemania Adolfo Hit ler, con el apoyo del partido católico Zentrum dirigido por Franz von Papen y la d evoción incondicional de su propio partido nacional-socialista, que arrastraba a u na buena parte de la juventud alemana y de numerosos alemanes afectos al naciona lismo germánico tradicional. Hitler se declaraba discípulo de Benito Mussolini por l o que debe considerarse abiertamente como fascista; era un idólatra del Estado en la línea de la derecha hegeliana (aunque Mussolini conocía mejor a Hegel) y estaba p oseído por una convicción mesiánica y totalitaria que había expresado en su libro de la década anterior Mein Kampf cuyas tres ideas-fuerza, como se decía entonces son, prim ero la supremacía absoluta del pueblo alemán como supremo exponente de la raza aria, es decir el racismo absoluto; segunda, el espacio vital de la Gran Alemania, qu e debería unificar a todos los territorios de Europa habitados por germanos, 1 Esta vinculación de los tres movimientos monárquicos se prueba por el testimoni o directo de un miembro de Acción Española, José Gutiérrez Rayé, en su librito Antonio Goi coechea, Madrid,s.d.(1962) Gráficas Yagüe. empezando por la Marca Oriental (Austria), luego los Sudetes de Checoslovaqui a y las demás minofias germánicas de la Europa oriental; y tercero la extinción de los judíos, pueblo maldito que con su monopolio de las finanzas y de las profesiones

liberales ahogaba le evolución imparable del gran pueblo alemán. El nacionalismo exa cerbado, el expansionismo territorial y el antisemitismo, claves del credo de Hi tler, era sin embargo compartidos por grandes sectores de la sociedad alemana de sde principios del siglo XIX, con raíces en épocas anteriores. Precisamente en 1933 Mi lucha de Hitler apareció en cuidada traducción y edición española y fue lectura oblig ada entre todos cuantos se interesaban por la política europea. Me consta de dos d e esos lectores: mi abuelo Juan de la Cierva y el general Franco cuando estaba e n Mallorca. Atribuir a cualquiera de los dos inclinaciones hitlerianas es un abs urdo sarcasmo. De mi abuelo no lo ha dicho nadie; de Franco se ha repetido mucho pero quien más ha insistido ha sido mi amigo Luis María Anson, fascinado por Paul P reston y absolutamente equivocado como él. Ni una sola característica de Hitler comp ete a Franco, no caben dos personalidades políticas más dispares. El año de Hitler empezó muy mal para Manuel Azaña, cuyo reformismo político fue devor ado en ese año (como en el siguiente y en el de 1936) por el terrorismo revolucion ario convertido ya, según hemos adelantado, en cáncer de la República. El 8 de enero d e 1933 explotó el cinturón industrial de Barcelona y los días 16 y 17 del mismo mes un clan anarquista campesino inició la tragedia de Casas Viejas, un pueblo gaditano donde los amotinados intentaron acabar con la casa cuartel de la Guardia Civil y ante las terminantes órdenes del gobierno los guardias civiles y una sección de la Guardia de Asalto reprimieron con extrema dureza la intentona pero no fue sufici ente. Los rebeldes se habían refugiado en la choza de su líder, apodado el Seisdedos y habían capturado a un guardia de Asalto que se había ofrecido como mediador. Llegó un contingente mayor de fuerzas del orden armadas con ametralladoras y bombas de m ano y al ver que los anarquistas no se rendían acabaron con ellos en dos fases; in cendiando la choza y fusilando a los doce que salieron de ella. Toda España se conmovió por la represión y la tragedia. El jefe de la fuerza confir mó, en declaraciones públicas, que la orden de tiros a la barriga había venido del propi o Azaña. El hecho inspiró un libro terrible al gran escritor republicano Ramón J. Send er Viaje a la aldea del crimen. El dirigente del Partido Radical y gran maestre del Gran Oriente de España, don Diego Martínez Barrio, denunció en las Cortes al gobie rno Azaña como el del fango, la sangre y las lágri mas. Azaña, políticamente responsable aunque no bien informado por sus propias fu erzas del orden, cometió el 2 de febrero uno de sus peores errores parlamentarios al afirmar taxativamente. En Casas Viejas sucedió lo que tenía que suceder . Desde aque l momento estaba políticamente condenado y las derechas habían encontrado por fin un filón para destruirle. Lo hicieron a conciencia.

El 28 de enero de 1933, en medio del tole tole sobre Casas Viajas, Azaña prosig ue su reforma militar con su decreto sobre congelados . Esta disposición concreta y c onsuma la que ya hemos citado entre las primeras medidas de 1931; ahora es cuand o se produce la fatídica corrida de escalas que lleva a Franco del puesto 1 en la escalilla de los generales de brigada al puesto 15 lo cual significaba que, de c ontinuar la política militar de la República en el mismo sentido, la carrera militar de Franco había terminado. Esa política varió de sentido; pero en enero de 1933, pese a Casas Viejas, nadie podía preverlo. El efecto de esa disposición fue tan demoledo r en la mente de Franco que confesó años después a su biógrafo Joaquín Arrarás: Expone a sus timos sus inquietudes y les dice su propósito de retirarse del Ejército para hacerse político . Cuando Franco leyó esto en mis apuntes de 1972 hizo un gesto incrédulo pero cuando le mostré la fuente aceptó esa versión; había experimentado su primera tentación po lítica. Por otra parte y utilizando los entresijos de sus propias disposiciones el ministro de la Guerra distribuyó casi todos los ascensos importantes de la época en tre jefes y generales que le eran afectos, con lo que sembró nuevas y peligrosas d ivisiones en la cumbre del Ejército; casi todos los ascendidos combatieron en 1936 contra Franco en el Ejército del Frente Popular. Manuel Azaña, sin embargo, no sola mente no trata de vejar a Franco sino que a mediados de febrero de 1933 le trasl ada a un puesto mucho más importante y en plaza de superior categoría: la comandanci a general de Baleares, que habitualmente debía desempeñarse por un general de división . Hasta ese momento se encargaba de ella un general de división absolutamente fiel

a la República, Núñez de Prado. Cuando termina su destino en la Coruña Franco envía a la revista militar África, la única de ese género que sobrevive a las reformas de Azaña, el último de sus artículos firmados, con el título Ruud bale , en el que demuestra palpa blemente que mantiene una excelente información sobre los asuntos internos del pro tectorado español y advierte el peligro de insurrecciones indígenas alentadas por re cientes brotes de nacionalismo e islamismo exacerbado, que pueden resultar pelig rosos ante el insuficiente encuadramiento y armamento de las unidades militares españolas en la zona, que expone con todo detalle. El 18 de febrero el periódico de Palma de Mallor ca La Almudaina anuncia el nombramiento de Franco para la Comandancia General de Baleares, junto a una biografía en la que destaca su temprano amor al estudio Fr anco hace su presentación ante el presidente del gobierno obligada ante la categoría del puesto que va a desempeñar y esa noche Azaña anota que el general está muy molesto por la corrida de escalas, aunque no han hablado de ello. Manuel Azaña y el presidente de la República Niceto Alcalá Zamora estaban entonces muy preocupados por la defensa de las Baleares frente a posibles proyectos expan sionistas de la Italia fascista en el Mediterráneo occidental. Las islas, de una i mportancia estratégica evidente, estaban mal fortificadas y artilladas. El nombram iento de Franco se debe a que Azaña tiene suma confianza en la competencia del nue vo comandante general para esa misión. Muy pronto dará muestras precisas de ella. Ha sta su antibiógrafo Luis Ramírez reconoce que Franco se consagra plenamente a su traba jo en las islas, las recorre infatigablemente, traza constantemente esquemas y p lanos de defensa. Le queda tiempo para la lectura de trabajos y libros sobre act ualidad política; entre los más famosos de 1932 y 1933 figuran dos libros de Ernesto Giménez Caballero, un escritor especializado en las vanguardias desde mediados de los años veinte y fascinado después por la experiencia fascista de Mussolini en Ita lia, sobre la que disertó en Genio de España y en La nueva catolicidad, donde se pro pone a Franco como futuro conductor . Este singular personaje, soñador y comprensivo , se había entusiasmado también con Manuel Azaña que no le hizo el menor caso; Franco le apreciaba y no se olvidó de él. Precisamente en sus afanes por procurarse documen tación de primera mano sobre defensa de costas Franco pidió al agregado militar en P arís, teniente coronel Ungría, que le enviase documentación y bibliografía reciente sobr e el problema. Ungría consultó con dos de sus amigos entonces residentes en París, el teniente coronel Antonio Barroso (que ampliaba estudios en la Ecole de Guerre) y el joven teniente de navío Luis Carrero Blanco, que estaba en comisión de servicio en el mismo centro. Barroso y Carrero investigan en el prestigioso centro superi or de las fuerzas armadas francesas y el teniente de navío, al comprobar que sólo ex isten fuentes dispersas, se dedica a estudiar a fondo el problema y envía a Franco , a través del agregado militar, un estudio sumamente completo y documentado cuya copia me enseñó el ya almirante Carrero junto con una carta de Franco encabezada así: M i querido amigo y compañero . 1 E. Giménez Caballero Memorias de un dictador Barcelona, Planeta, 1979 p. 89. Franco, como sabemos, había conocido a Carrero Blanco en 1925 pero no se acorda ba. En cambio con motivo de este contacto de 1933 no olvidaría nunca a sus tres co laboradores de París, con quienes volvería a entrar en contacto, para altos destinos , durante la guerra civil . Franco recordaba mucho después que Azaña le había impuesto en Mallorca sucesivament e a dos jefes de Estado Mayor pertenecientes a la Masonería; los tenientes coronel es Redondo y Garrido de Oro. El primero era teósofo, pese a lo cual acompañaba a Fra nco todos los domingos a misa2. Franco Salgado acompañaba también a Franco como ayud ante en Mallorca y recuerda la profunda impresión que produjo al general el discur so pronunciado por José Antonio Primo de Rivera en el teatro de la Comedia de Madr id el 29 de octubre de 1933. El hijo de don Miguel Primo de Rivera habló ese día den tro de la campaña para las elecciones de noviembre en la que figuraba dentro de un a candidatura de las derechas en Cádiz. El declive de Azaña se acentuaba después de la tragedia de Casas Viejas pero el j

efe del gobierno se aferraba a su mayoría parlamentaria y se negaba a escuchar el clamor creciente de la opinión pública pese a lo cual sigue manteniendo entre sus ad oradores la fama de demócrata que se obstinan en reconocerle. Para anular el prime r acto de las elecciones de abril de 1931, en los pueblos donde sólo se había presen tado una candidatura en virtud de la ley electoral (con aplastante mayoría monárquic a, como recuerda el lector) Azaña dispuso la repetición de esas elecciones el 22 de abril de 1933, ahora con listas enfrentadas. Fue un nuevo desastre para la Repúbli ca; el gobierno obtuvo cinco mil concejales y la oposición de centro-derecha le do bló con diez mil. En un nuevo gesto antidemócrata, Azaña interpretó esa derrota insultan do a los pueblos donde había perdido como burgos podridos , aplicando muy mal, por ci erto, el término electoral británico de los roten boroughs que se refería a los distri tos que, despoblados, seguían enviando candidatos ficticios al Parlamento. Azaña, po r tanto demostraba en este triste episodio que era un antidemócrata, además de una d e dos cosas; o su incultura política o su mendacidad. Cada vez más fuera de sí Azaña sig ue viendo conspiraciones por todas partes y destituye de sus puestos a los gener ales, Queipo de Llano y Miguel Cabanellas mientras residencia en Canarias al gen eral Goded. Está cimentando, sin saberlo, la gran conspiración de los generales repu blicanos y monárquicos en 1936. Testimonio del almirante Carrero al autor el 8 de octubre de 1971. 2 Franco Salgado, Mis conversaciones...op. cit. p. 152. El 19 de mayo de 1933 lleva a consejo de ministros, con su informe favorable, las primeras recomendaciones de Franco sobre defensa de las Baleares. En junio sufre el primer contraataque importante de la Iglesia que condena sus medidas se cularizadoras y su ley persecutoria de Confesiones y Congregaciones religiosas, de cuño masónico puro, que arranca a la Iglesia de la enseñanza, contra los derechos f undamentales de asociación y libertad de enseñanza, un nuevo desprecio a la democrac ia. El 2 de junio la declaración colectiva de los obispos españoles denuncia el laici smo agresivo del régimen y al día siguiente, confirmándoles, el Papa Pío XI en su encíclica Dilectissima nobis condena las leyes nefastas de la República contra la Iglesia. Nad ie conoce entonces las dos entrevistas absolutamente secretas que el jefe de la CEDA José María Gil Robes mantiene en París con el Rey exiliado don Alfonso XIII, a qu ien pide amparo contra los ataques de los monárquicos a la derecha católica. En vista de la agonía política de Manuel Azaña, visible para todo el mundo menos pa ra él en la primavera y verano de 1933, los socialistas, socios de los republicano s en la conjunción gobernante, piensan sobre el mejor sistema para salirse de ella y evitar que Azaña les arrastre en su caída. Para ello el Partido Socialista experi menta una crisis que le lleva inexorablemente hacia la extrema izquierda, alenta do por sus propias Juventudes que durante unas intensas reuniones en la Escuela de Verano que han establecido en Torrelodones descalifican a su líder moderado Jul ián Besteiro y exaltan a la figura demagógica de Francisco Largo Caballero, ministro de Trabajo en el gobierno Azaña y cada vez más inclinado a un bandazo revolucionari o al que le empujaban sus propias Juventudes Socialistas y el insignificante par tido comunista, impulsado férreamente desde Moscú. Largo Caballero es aclamado en es a Escuela de Verano como el Lenin español y lo peor es que se lo cree. Los sociali stas tratarían de escapar a la conjunción con los republicanos entregándose frenéticamen te a una revolución extremista contra la República de la que saldrá muy fortalecido el partido comunista. El 3 de septiembre Manuel Azaña había sufrido otra tremenda derrota política. En la s elecciones para vocalías en el Tribunal de Garantías Constitucionales los candidat os del centro-derecha vencen estrepitosamente a los gubernamentales. Esta vez el presidente de la República no tiene más remedio que intervenir y el 8 de septiembre fuerza la dimisión de Manuel Azaña que termina así su bienio. Le sustituye don Alejan dro Lerroux, su máximo enemigo dentro de la República. Este gobierno solamente dura un mes por la división de los republicanos en el Congreso y debe ceder su puesto a su correligionario Diego Martínez Barrio, encargado por Alcalá Zamora de formar un gobierno cuya única misión ha de ser la convocatoria de elecciones genera les, que habrían de celebrarse en doble vuelta, el 19 de noviembre y el 3 de dicie

mbre de 1933. La República de Azaña había promulgado una nueva ley electoral que por v ez primera concedía en España el voto a las mujeres y para evitar la fragmentación de grupos parlamentarios otorgaba una amplia prima a las mayorías de votos en cada ci rcunscripción. Los anarquistas de la CNT, que numéricamente constituían la mayor fuerz a de las izquierdas, se consideraban enemigos de la República y decidieron abstene rse. La Conjunción republicano-socialista se había deshecho y las izquierdas acudier on desunidas a las urnas. El resultado fue una victoria aplastante de las derech as. La CEDA católica, muy favorecida por el voto femenino se convirtió en el primer partido de las Cortes con 115 diputados. Los radicales de Lerroux obtienen 79 y los agrarios monárquicos 29. La hecatombe de la izquierda se cifra en los 56 diput ados socialistas, la escasez de los escaños republicanos (el partido de Azaña sólo con sigue 5) y los excelentes resultados obtenidos por la derecha catalanista (la Ll iga) y la derecha monárquica, Renovación Española, con 15 diputados. Sin embargo todas las derechas unidas (CEDA, agrarios, Lliga, Renovación, PNV) no alcanzan la mayoría absoluta. Para conseguirla José María Gil Robles, a quien Orteg a llama justamente joven atleta victorioso se ve obligado a concertar un pacto de legislatura con los radicales de Alejandro Lerroux, lo que suscita una indignación desmesurada de la derecha monárquica que llama a esa coalición moderada contubernio de católicos y masones . Eso era una gran injusticia. Muchos diputados radicales era n, en efecto, masones, pero políticamente estaban dispuestos a comportarse de form a moderada y no sectaria, incluso cuando Gil Robles decidió desactivar la legislac ión de Azaña contra la Iglesia. La derecha monárquica no quiso ver que la coalición de G il Robles con los agrarios y Lerroux ofrecía la posibilidad de un bloque de centro -derecha capaz de estabilizar a la República, curar las heridas del bienio anterio r y gobernar con paz y eficacia. Fue menos explicable que Gil Robles, pese a con tar con el partido más numeroso de la Cámara, no quiso ni asumir la presidencia del gobierno ni siquiera participar, de momento, en el gobierno con algunos ministro s. Lo explica claramente en sus memorias, que son un testimonio fundamental: No m e atreví . Había acatado a la República pero los republicanos no se lo creían; y ni siquie ra él mismo se atrevió a hacer uso de su derecho constitucional a gobernar, para no irritar a sus enemigos. La derecha española suele actuar así muchas veces, acompleja da ante sus adversarios. Aun así Gil Robles fue el árbitro del nuevo gobierno presid ido por Alejendro Lerroux, con ministros radicales y de la derecha agraria. Empezaba el bienio de centro-der echa . FRANCO ANTE LA NUEVA SITUACIÓN DE CENTRO-DERECHA Franco se identificó, sin militancia política, con la nueva situación de centro-der echa. Conocía perfectamente la adscripción masónica de Lerroux, Martínez Barrio y el par tido radical casi en bloque pero le constaba la evolución que los lerrouxistas y s u jefe habían experimentado desde su época de jóvenes bárbaros a principios de siglo has ta su posición moderada, centrista y tolerante de los años treinta. Como católico sinc ero se identificaba todavía más con la nueva derecha católica, en la que militaban ami gos suyos como el profesor Jesús Pabón. Conocía a Lerroux desde los tiempos de África y a Gil Robles desde que se lo presentaron sus amigos asturianos, los marqueses de la Vega de Anzo, durante un almuerzo en la casa que poseían en Madrid al final de la calle de Serrano, en la primavera de 1932 con motivo de una visita de Franco a Madrid. En aquel encuentro, recuerda Gil Robles, Franco descalificó al proyecto de Sanjurjo porque carecía de toda posibilidad de éxito. El 12 de septiembre de 193 3 ABC de Madrid publicaba que Franco acababa de llegar de Mallorca para visitar a Lerroux, ya jefe del gobierno tras la caída de Azaña, que le ofrecía nada menos que la cartera de Guerra, aunque Franco la rechazó; la noticia era veraz y por eso Fra nco no la desmintió como hizo con su falso nombramiento de 1931. Lo que entonces e speraba Franco de la nueva situación política era la reanudación de su carrera militar y lo consiguió cumplidamente. Franco quedó muy impresionado por el discurso de José Antonio Primo de Rivera el 29 de octubre de 1933; o bien lo escuchó por la cadena de Unión Radio o bien, con más

seguridad, lo leyó cuando fue publicado en la revista Acción Española, a la que estaba suscrito. No fue exactamente el acto fundacional de Falange Española, -algo poste rior pero sí la clave de toda la doctrina falangista, Para la caída de Azaña y el bienio 1933-1935 es fundamental el documentado testimo nio de Gil Robles No fue posible la paz , Barcelona, Ariel, 1969, leído y anotado cuidadosamente por Franco; la Historia de la segunda República española de J. Arrarás ; Madrid, Editora Nacional, 1956 vol 1; las citadas Obras completas de M. Azaña y las Memorias de N. Alcalá Zamora, los dos libros de Franco Salgado y mi libro de 1 969 Historia de la guerra civil española, antecedentes (Madrid, ed. San Martín). En mi Franco de 1982 vol. II puede el lector ampliar fuentes. que no era una mímesis hitleriana ni siquiera mussoliniana sino una forma de fa scismo esto no lo dudaba entonces nadie atemperada por la sincera convicción católica de José Antonio. Lo más importante del discurso era el lanzamiento de un gran antipar tido un movimiento seguramente inspirado en la Unión Patriótica de la Dictadura, con el que España pudiera superar su triple y gravísima crisis: la de los partidos políticos , la de los separatismos centrífugos y la lucha de clases que proponían los partidos marxistas de inspiración internacional, es decir socialistas y comunistas, todo e llo expresado en un estilo nuevo, vibrante y de alta calidad literaria. Luego ev olucionó José Antonio Primo de Rivera hacia la gran idea de una izquierda nacional, no sometida a inspiración de las internacionales revolucionarias pero sí dedicada a conseguir una auténtica revolución interna en España. Esa síntesis triple de los grandes males de la patria fue la que impresionó tanto a Franco que desde entonces se inc orporó a sus convicciones políticas personales, aunque no comulgaría con la idea de iz quierda nacional porque era un hombre de centro-derecha sin rechazar las convicc iones liberales tan extendidas en el Ejército. En 1934 el general Franco seguía al frente de la comandancia general de Baleare s, pero muy atento a la evolución de la política española y la europea. La consolidación y los éxitos evidentes de Hitler en Alemania y de Mussolini en Italia se consider aban como un grave peligro para la Unión Soviética, que procuraba un acercamiento de fensivo a las democracias occidentales de Europa y simultáneamente, por medio de l a Internacional Comunista, fomentaba la política de Frente Uníco como alianza de tod as las fuerzas del proletariado bajo la dirección de los partidos comunistas nacio nales. El 16 de mayo de 1934, según facsímil que reproduzco en mi Franco de 1982 . Fra nco solicitó, en carta escrita en francés con membrete de su cargo militar en Balear es, una suscripción al boletín de la Entente Internationale contre la III Internatio nale, que ya había conocido cuando el general Primo de Rivera le suscribió lo mismo que a otros militares de prestigio. El 23 de enero de 1934 el jefe del gobierno, Lerroux, nombra ministro de la G uerra al notario extremeño don Diego Hidalgo, que sustituía en ese puesto a don Dieg o Martínez Barrio, que dimitió por descontento con la alianza de centro-derecha para fundar pronto un nuevo partido abiertamente de izquierdas, aliado con el radica lsocialista, denominado Unión Republicana. Diego Hidalgo, formado por los jesuitas Barcelona, Planeta, tomo 2, p. 131. pero republicano y masón, era un político sincero, honorable y moderado, que se p ropuso ante todo curar las heridas sufridas por el Ejército con las reformas y las agresiones de Azaña. El nuevo ministro no conocía personalmente al general Franco y a principios de febrero de 1934 le concede permiso para revisar en Madrid su vi eja herida de 1916, que se le había resentido. Franco y su esposa coinciden en Mad rid con doña Pilar Bahamonde de Franco, que se disponía a emprender un viaje de pere grinación a Roma. El general se presenta al ministro de la Guerra, que queda visib lemente impresionado por la conversación en la que además de los asuntos militares d el archipiélago salen a relucir las nuevas andanzas del comandante Ramón Franco, que se había atribuido el cargo de agregado aéreo en Washington cuando solamente se hal laba en América en comisión de servicio para estudiar las innovaciones en la aviación militar. Pero desgraciadamente la madre de Franco no puede viajar a Roma porque después de una afección menor fallece inesperadamente en Madrid el 28 de febrero de

1934. En una esquela publicada con motivo del primer aniversario no figura el no mbre de su esposo don Nicolás, pero sí el de sus cuatro hijos. Para Francisco Franco la desaparición de su madre constituyó un golpe durísimo; toda su vida se había sentido íntimamente vinculado a ella. Al mes siguiente, marzo, el ministro Diego Hidalgo, al producirse una vacante en la escalilla de los generales de división, asciende sin la menor duda a ese em pleo al comandante general de Baleares. Como tras las reformas de Azaña habían queda do abolidos los grados de teniente y capitán general, el de general de división equi valía a la cumbre de la carrera de las armas y Franco quedó agradecido para siempre al ministro que le había ascendido, hasta el punto que, después de la guerra civil, atendió las peticiones de indulto que le formuló don Diego. El cual llevó a las Cortes otro de sus grandes proyectos, una ley de amnistía general que se aplicaba a todo s los militares represaliados por Manuel Azaña. Al salir el general Sanjurjo del c astillo de Santa Catalina en Cádiz, a donde había sido trasladado desde Santoña, la gu ardia le presentó armas. Emprendió entonces viaje a Estoril, donde viviría retirado ha sta que tres años después aceptó la designación como jefe supremo del alzamiento que pre paraban los militares comprometidos contra el Frente Popular. La ley fue aprobad a gracias a la mayoría de centro-derecha el 20 de abril de 1934 en las Cortes. El general Mola, que había obtenido poco antes un éxito notable con su durísimo libro El pasado, Azaña y el porvenir, recuperó su carrera militar. Como represalia por habers e visto obligado a sancionar la ley de amnistía el presidente Alcalá Zamora exigió la dimisión de don Alejandro Lerroux al que sustituyó al frente del gobierno un político radical valenciano, don Ricardo Samper, a todas luces inadecuado para resistir a la tormenta que ya se planteaba por do s frentes, los socialistas lanzados a su proyecto revolucionario y los catalanis tas de izquierda instalados en la Generalidad que se enfrentaban al gobierno centr al por cuestiones de competencias legislativas y se disponían también a radicalizar su autonomía. Beneficiado por la ley de amnistía el ex ministro de la Dictadura don José Calvo Sotelo regresó de su exilio de París, donde se había relacionado con medios franceses de extrema derecha que el 6 de febrero anterior habían chocado violentamente con l os comunistas en pleno centro de París. Algo semejante y simultáneo había ocurrido en Viena y el eco de estos combates, agravado por la persecución implacable de Hitler contra socialistas y comunistas, repercutió en las filas socialitas y comunistas de España en forma de miedo irreprimible a sufrir una persecución semejante por part e de la derecha católica, a la que consideraban falsamente como fascista. No puede negarse que en aquella primavera de 1934 la derecha católica sentía fuertes tirones totalitarios en sus filas, sobre todo en sus sectores juveniles, pero José María Gi l Robles se empeñaba abierta y sinceramente en mantener a la CEDA dentro de las pa utas democráticas sin atentar ni conspirar contra la República. El general Franco se guía con creciente preocupación las noticias políticas de España y de Europa y había capta do perfectamente el peligro de expansión comunista que impulsaba la política exterio r de la Unión Soviética y de su agencia subversiva mundial que era la Internacional Comunista. Sin embargo en aquella primavera la preocupación principal de Franco er a de carácter profesional. Había intervenido muy activamente en la preparación de unas maniobras navales entre la costa mediterránea de España y las Baleares, que se cele braron a partir de la madrugada del 9 de junio entre las escuadra roja y la azul . Fr anco asistió a los simulacros en el puente de mando del acorazado Jaime 1 junto al presidente de la República don Niceto Alcalá Zamora y el ministro de la Guerra don Diego Hidalgo. Las maniobras pusieron de manifiesto la potencia de la Escuadra e spañola, dotada de cruceros y destructores modernísimos, y la mejora sustancial en l as fortificaciones y artillado de costas que Franco había logrado en su demarcación insular. El 11 terminaron las maniobras en una gran revista naval celebrada en a guas de Cabo Blanco pero el ministro desembarcó en Palma y visitó detenidamente algu nas partes de la isla acompañado por Franco. En sus Memorias, don Niceto reconoce la excelente información que le había remitido Franco sobre proyectos ofensivos ital ianos; uno contra las Baleares y otro para apoderarse de Ceuta y dominar así el Es trecho.

El ministro Diego Hidalgo publicó dentro del mismo año 1934 un interesante libro, en el que incluye un testimonio del más alto valor sobre la competencia militar d e Franco, negada ahora arbitraria y burdamente por su antibiógafo militar, que nat uralmente, aunque lo cita, no analiza ese testimonio : Conocí a este general en Madrid en el mes de febrero. Le traté por vez primera en mi viaje a Baleares y en aquellos cuatro días pude convencerme de que su fama era justa. Entregado totalmente a su carrera, posee en alto grado todas las virtudes militares y sus actividades y capacidad de trabajo, su clara inteligencia, su c omprensión y su cultura, están puestas siempre al servicio de las armas. De sus virtudes, la más alta es la ponderación al examinar, analizar, inquirir y d esarrollar los problemas, pero ponderación que no le impide ser minucioso en el de talle exacto en el servicio, concreto en la observación, duro en la Ordenanza, exi gente a la vez que comprensivo, tranquilo y decidido. Es uno de los pocos hombres de cuantos conozco que no divaga jamás. Las conversaciones sostenidas con él sobre temas militares, durante mi estancia en aquellas islas, me revelaron, además, sus extraordinarios conocimientos. Franco, en el silencio de su despacho, lleva muchos años, los años de paz, consagr ado a documentarse. El estudio ha dado sus frutos y hoy bien puede afirmarse que no hay secretos para este militar en el arte de la guerra, elevado a ciencia po r el ingenio de los hombres. No es el narrador más o menos elocuente, sino el expo sitor de problemas que hace pasar de la teoría y de la tesis genérica a la práctica y el caso concreto, analizando con frialdad los postulados de la ciencia guerrera desde el punto de vista del armamento y estudiando con calor cuanto afecta al so ldado, a su moral y a su espíritu. Con este juicio se explica fácilmente que, a la v ista de unas maniobras militares, quise yo tener cerca de mí a un comentarista tan singularmente capacitado para el asesoramiento. Y no sé, ni me importa, si faltan do al protocolo invité a Franco a que me acompañase a las maniobras militares en los montes de León . No es el testimonio de un hagiógrafo ni de un desconocedor de los problemas mil itares. Es el reconocimiento del propio ministro de la Guerra, que acababa de co nocer a Franco, que pertenecía a la Masonería, que comprobó personalmente los conocimi entos y la maestría militar de Franco en un año tan conflictivo como el de 1 Diego Hidalgo Por qué fui lanzado del Ministerio de la Guerra Madrid, EspasaCalpe, 1934. 1934. El 11 de septiembre la Guardia Civil descubre en San Esteban de Pravia a un barco contrabandista, el Turquesa, cuando trata de desembarcar un enorme al ijo de armas con destino a la revolución que habían proyectado los socialistas. El p ropio exministro Indalecio Prieto, coordinador de la intentona, consigue escapar pero la noticia causa una honda impresión en toda España. Durante la última decena de l mes de septiembre el presidente de la Republica y el ministro de la Guerra pre siden unas importantes maniobras militares en los montes de León inmediatos a Astu rias, con una fuerza de 23.000 hombres. El general Franco está presente como aseso r del ministro de la Guerra y cuando regresan a Madrid Franco le pide permiso pa ra viajar a Asturias por asuntos particulares. No realiza el viaje, por el agrav amiento de la situación política; pero a requerimiento del ministro permanece unos día s en Madrid donde le sorprenden los gravísimos sucesos revolucionarios de Octubre. FRANCO CONTRA LA REVOLUCION DE OCTUBRE El antibiógrafo militar de Franco al que me acabo de referir, coronel Blanco Es colá, se atreve, a estas alturas, amparándose en la autoridad de presuntos historiad ores como Colodny y Preston, a considerar como verificada en gran medida una de la s mayores enormidades que se han escrito sobre la historia de España en el siglo X

X; que en la Revolución de Octubre de 1934, de la cual es responsable principal el Partido Socialista, con la cooperación de comunistas, anarcosindicalistas, comuni stas disidentes y catalanistas de izquierda, las fuerzas reaccionarias hispanas, con Gil Robles a la cabeza, provocaron, o permitieron que estallase, la revolución asturiana para proceder, en un momento especialmente favorable, al aplastamient o del movimiento obrero . Y esto después de los numerosos y fundados estudios que se han publicado sobre el problema de Octubre, desde los del derechista Arrarás y el socialista Ramos Oliveira, el magistral de Madariaga... hasta los muy recientes como el de Ángel Palomino, el ateneísta Pío Moa y mi propio análisis sobre el 18 de juli o. Este disparate basta para descalificar en bloque el libro del coronel Blanco Escolá, que por supuesto ni intenta probar tan absurda y peregrina tesis. El conju nto de fuentes que acabo de citar proceden de 1 C. Blanco Escolá, La incompetencia..., op. cit., p. 182. J. Arrarás, Historia d e la segunda República, op. cit., vol. 2. A. Ramos Oliveira, Historia de España, Méxic o, s.d. vol III. 5. de Madariaga, España, Buenos Aires, Sudamericana, 1962. Ángel Pa lomino, 1934, la guerra civil empezó en Asturias, Barcelona, Planeta, 1998. Pío Moa, Los orígenes de la guerra civil española, Madrid, Encuentro, 1999. R. de la Cierva, El 18 de julio no fue un golpe militar fascista, Madridejos, Fénix, 1999. todos los sectores del pensamiento histórico y me parecen irrefutables. En el c itado libro de Pío Mola y el mío sobre el 18 de julio se aporta un conjunto document al sobre la evidente responsabilidad de los socialistas en la preparación de la re volución general y asturiana y por mi parte creo haber publicado un elenco de docu mentos que implican definitivamente ante la Historia a socialistas y comunistas en la gestación de ese pronunciamiento. Cabría añadir más fuentes, como la esencial de J . Simeón Vidarte (entonces secretario general del PSOE en funciones El bienio negr o y la insurrección de Asturias, también definitiva . El 24 de septiembre de 1934 José Antonio Primo de Rivera escribe una carta al g eneral Franco con desbordamiento de clarividencia y certera profecía sobre la Revo lución inminente. Se trata de una de las predicciones más atinadas y asombrosas de l a España contemporánea; con expresa mención del alzamiento socialista y la intentona s eparatista en Cataluña. El hecho de que José Antonio acudiese exclusivamente a Franc o después de tropezar en la indiferencia de un ministro del gobierno al que quiso c omunicar sus previsiones es suficientemente expresivo para demostrar la estatura que había adquirido ya Franco en el campo anti-revolucionario2. Al comenzar el mes de octubre de 1934 José María Gil Robles, de pleno acuerdo con el derecho a interve nir en el gobierno que le concede la Constitución, como líder del partido más votado y del grupo parlamentario más numeroso, niega la confianza al débil gobierno Samper q ue, naturalmente tiene que dimitir. Le sustituye, de acuerdo con Gil Robles y co n la mayoría absoluta que mantiene su coalición con los radicales, el jefe de este p artido republicano don Alejandro Lerroux. Gil Robles pudo haber reclamado la jef atura de ese gobierno y el presidente de la República hubiera tenido la obligación d e designarle pero no quiso ni siquiera ser ministro, rango que reservó a tres miem bros de la CEDA con impecables credenciales republicanas y democráticas. Esta deci sión se conoció el día 4 de octubre. A la mañana siguiente todos los partidos republican os (menos el radical) interpretaron la decisión presidencial, correcta y democrática , como una declaración de guerra y en notas casi idénticas publicadas en toda la pre nsa se salieron abiertamente del marco constitucional, es decir cometieron un de lito de lesa democracia. Gil Robles había ganado casi un año antes las elecciones de noviembre de 1933 y mostraba continuamente acatamiento al régimen. Negar a su par tido la posibilidad de participar en el gobierno era un acto 1 Barcelona, Grijalbo, 1978. 2 José Antonio Primo de Rivera, Obras, Madrid, 1974, p. 297s. anticonstitucional y antidemocrático, es decir, revolucionario. A las cero hora s de ese día 5 de octubre una enorme traca revolucionaria marcaba el comienzo de l a rebelión minera de los socialistas y sus aliados revolucionarios en Asturias. En esa misma jornada del 5 estalla la huelga general en Barcelona, se producen los primeros disturbios graves en Asturias y se advierten preparativos revolucionar

ios en toda España. El ministro de la Guerra llama al general Franco, al que confi rma como asesor y le sitúa en un despacho del Estado Mayor Central en el ministeri o de la Guerra con plenos poderes para dictar medidas contra la rebelión. Parece m uy probable que Franco se instalara en ese despacho desde la tarde del 5 de octu bre, cuando los revolucionarios asturianos han tomado ya varios cuarteles de la Guardia Civil en las cuencas mineras y han perpetrado sus primeros crímenes. El 6 de octubre, bajo la dirección del diputado socialista asturiano Ramón González Peña, el ejército minero de Asturias, con unos treinta mil hombres en buena parte ya bien armados, se apodera de la fábrica de armas de Trubia con veintinueve piezas d e artillería y munición abundante. El que también se llamó a sí mismo en aquellas jornadas ejército rojo fracasa en su intento de tomar Oviedo donde la escasa guarnición de un millar de hombres decide resistir hasta el fin. El ministro Hidalgo envía al gener al republicano y masón Eduardo López Ochoa a León para hacerse cargo de una columna co ntra los mineros. La situación se vuelve aún más crítica en Barcelona, donde Manuel Azaña, que ha llegado unos días antes para asistir al entierro de su ministro Josep Carn er, intenta inútilmente disuadir a Luis Companys de su proyecto revolucionario sep aratista. A las ocho de la tarde desde el balcón de la Generalidad en la plaza de San Jaime el presidente Luis Companys califica la formación, perfectamente democráti ca, del nuevo gobierno como un acto de las fuerzas monarquizantes y fascistas , rom pe toda relación con las instituciones falseadas y proclama el Estado catalán de la Repúb lica federal española ~ con manifiesta violación de la Constitución vigente. Envía además un requerimiento al general de Cataluña don Domingo Batet para que se ponga a sus órdene s con el fin de servir a la República Federal que acabo de proclamar . El general res ponde con la inmediata declaración del estado de guerra, de acuerdo con el gobiern o de Madrid, y con el envío de una pequeña columna a la que ordena reprimir a los re beldes. Rodeado de un corto equipo de colaboradores fieles, el general Franco, posesio nado del mando efectivo en frase del ministro Hidalgo, va actuando desde la noche del 5 y la mañana del 6 según la información que recibe. Suspende a los mandos sospechosos, como el comandante Pastor, jefe de Aeronáutica, a quien sus tituye por el general Goded que se ha presentado en el ministerio; y destituye a su primo hermano izquierdista, comandante Ricardo dela Puente Bahamonde, como j efe de la base aérea de León. Ordena al jefe superior de las fuerzas militares de Ma rruecos el envío urgente de una bandera de la Legión a Barcelona, otra a Valencia, d os más con un tábor de Regulares de Ceuta a Asturias. Ante Franco y Goded el ministr o Hidalgo encarga al general Eduardo López Ochoa el mando de una pequeña fuerza expe dicionaria a Asturias; el general se pone en camino a la una de la tarde del día 6 y a la mañana siguiente alcanza a su pequeña columna un batallón incompleto de Lugo el que realizará la hazaña de penetrar, contra fuerzas enemigas mucho mayores, en O viedo sitiada por el ejército rojo. Aquella noche del 6 de octubre mientras los po rtavoces de la Generalidad sitiada por el Ejército enloquecen a la ciudad con toda suerte de proclamas delirantes, la columna enviada por Batet consigue a cañonazos la rendición del gobierno rebelde de Cataluña, cuyos miembros pasan inmediatamente a la cárcel menos uno que huye por las alcantarillas. Se dicta en Barcelona orden de busca y captura contra Manuel Azaña, que sigue escondido. La huelga general rev olucionaria fracasa en casi toda España incluso en Madrid, donde Franco encarga el mantenimiento del orden público a patrullas militares al mando de oficiales de co mplemento, que las transportan en sus coches particulares. El crucero Libertad a rriba al puerto del Musel con un batallón del Ferrol enviado por Franco El 8 de octubre el general López Ochoa finge una penetración hacia Oviedo pero ma niobra con habilidad hasta Avilés, donde pernocta con su reducida tropa. En Ceuta han embarcado las tropas de África al mando del teniente coronel López Bravo, que se permite unos comentarios pacifistas castigados por Franco que ordena al comanda nte del crucero que le desembarque cuando lleguen a Galicia. El día 9 el líder socia lista Ramón González Peña se enfanga en una escena lamentable; por orden suya los mine ros dinamitan y desvalijan las arcas del Banco de España en Oviedo. Manuel Azaña es, por fin capturado en Barcelona; nadie duda de su complicidad en la rebelión catal

con

ana. Desde Avilés el general López Ochoa emprende su marcha sobre Oviedo, mientras e l coronel Domingo Moriones asegura el dominio de Gijón para la República. El 10 de o ctubre la rebelión asturiana, una vez sofocados los demás intentos eftmeros en vario s puntos de España, se queda completamente aislada. Para el mando directo de las f uerzas de África enviadas a Asturias Franco saca de su retiro en San Leonardo a su compañero de promoción teniente coronel Juan Yagüe a quien transporta un autogiro de los construidos por Juan de la Cierva Codorníu hasta la playa de Gijón. El general López Ochua penetra en los arrabales de Ovied o mientras González Peña lanza un ataque desesperado contra la ciudad y, al atardece r, dos banderas del Tercio y un tábor de Regulares desembarcan en el Musel y se po nen a las órdenes del teniente coronel Yagüe. Franco se preocupa muy especialmente d e preparar socorros de víveres para la ciudad sitiada y envía ganado de carne y lech e desde Galicia a Gijón. El general López Ochoa libera Oviedo con su pequeña columna e l 11 de octubre cuando las tropas de África se aproximan. Al día siguiente el llamad o por sí mismo ejército rojo inicia la retirada, o mejor la desbandada en todos los frentes. El coronel Antonio Aranda, que ya había ensayado esa maniobra en el recie nte simulacro de operaciones sobre Asturias cierra todos los accesos al Principa do desde las montañas de León y se prepara para descender desde los puertos. El 13 d e octubre la columna Solchaga, procedente de Santander, penetra profundamente en territorio asturiano Un grupo de conjurados monárquicos espera en casa de Sainz R odríguez la señal para trasladar al general Sanjurjo hasta Oviedo por avión y emprende r desde allí un nuevo pronunciamiento pero Franco se encarga de disuadirles. El 18 de octubre el general López Ochoa pacta con el líder minero socialista Belarmino To más las condiciones de la pacificación y con ello termina la revolución asturiana. En esa misma jornada los generales Fanjul y Goded sondean a Gil Robles por medio de l notario y político Cándido Casanueva sobre la posibilidad de un golpe de estado de la derecha con el apoyo del Ejército. Ese mismo día vuelven a llamar al intermediar io para comunicarle que el proyecto se cancela, por orden de Franco. Es la segun da conspiración político-militar que se propone a Franco desde el 14 de abril, y su segundo rechazo. Por orden del ministro de la Guerra Diego Hidalgo el general Franco continúa en Madrid hasta el mes de febrero para dirigir las operaciones de apaciguamiento y represión de la intentona revolucionaria. Durante ese trágico mes de octubre funcio nó en el hotel Formentor de Mallorca una ruleta científica , es decir tramposa, inventa da por dos judíos austriacos, Srauss y Peri; el artefacto ha pasado al lenguaje de la nueva picaresca española con el nombre de estraperlo que combina los apellidos d e los dos estafadores. Para defenderse cuando estalló el escándalo al año siguiente al egaron que el general Franco había dado su autorización, lo que fue desmentido por F ranco en carta del 28 de octubre al diario La Nación; y muy fácilmente porque como s abemos desde el mes de septiembre de 1934 Franco estaba en Madrid ocupado por as untos de mucha mayor importancia. El 24 de octubre Franco acompañó al ministro de la Guerra y a otros dos miembros del gobierno a una visita a Oviedo, donde departe cordialmente con el general López Ochoa. Yo no tengo aquí papel -declaró Franco a la prensa lo contrario sería malo para esto, para la nación y para mí, he v enido acompañando al ministro y con él me marcharé . En Madrid se había creado el Bloque N acional para ofrecer un puesto de dirección política a José Calvo Sotelo, en vista de que el partido monárquico Renovación Española estaba ya a cargo de otro exministro de la Monarquía, Antonio Goicoechea. Con Renovación y el grupo de enlace TYRE (Tradicio nalistas y Renovación Española) Sainz Rodríguez creó el Bloque Nacional, desde cuya jefa tura Calvo Sotelo lanzó un ataque inconsiderado contra el ministro de la Guerra Di ego Hidalgo, que se vio obligado a dimitir; en su citado libro se queja de que s us enemigos de la derecha monárquica exaltaban al general Franco mientras rechazab an al ministro que le nombró. En este ataque Calvo Sotelo formuló por vez primera su concepción del Ejército no sólo como brazo armado de la patria, que era idea de Gil Rob les, sino como columna vertebral que se convirtió en clave doctrinal para el alzamie nto del 18 de julio de 1936. El jefe del gobierno, Lerroux, se hace cargo de la cartera de Guerra y mantiene en Madrid a Franco. Después de la Revolución de Octubre el panorama político español ha cambiado dramáticam

ente. Manuel Azaña está preso en Barcelona mientras las derechas en bloque le acusan de complicidad de la rebelión de la Generalidad. Lo creían firmemente pero se equiv ocaban y su persistencia en la acusación contribuyó a la rehabilitación política de Azaña e incluso a la reunión de las izquierdas dispersas en lo que pronto seria proyecto de Frente Popular. Los auténticos iniciadores de ese proyecto no fueron los comun istas, como ellos mismos alardearon, sino Prieto, exiliado en París y Azaña, en la c orrespondencia reservada que empezaron a cruzarse desde las semanas finales de 1 934; esta fue la siembra de la nueva Conjunción republicano-socialista que desembo caría en el Frente Popular a lo largo de 1935. El líder socialista Francisco Largo C aballero y el de las Juventudes Socialistas Santiago Carrillo fueron a parar a l a cárcel por su evidente culpabilidad en la revolución de Octubre y allí experimentaro n una intensa atracción por parte de los comunistas, que les captaron, al primero para la táctica del Frente Unico del proletariado, al segundo para que abandonase al PSOE y entregase las Juventudes al comunismo. Avergonzados los socialistas po rque en el Octubre asturiano habían actuado como rebeldes contra la República y como ladrones de bancos e incendiarios de monumentos venerables, entregaron la dudos a gloria de la Revolución a los propagandistas del comunismo, entre los que pronto destacó una enérgica mujer de Bilbao con enorme capacidad para la demagogia revoluc ionaria y atractivo para las masas, Dolores Ibárruiri, la Pasionaria; los comunistas empe zaron a despegar con fuerza en el campo político español y se atribuyeron toda la gl oria revolucionaria de Octubre que avergonzaba a los socialistas. El gobierno de la Generalidad de izquierdas estaba también en la cárcel pero el gobierno de centro -derecha no abolió las instituciones catalanas, simplemente las intervino mediante delegación gubernativa. Franco había situado al frente de la represión gubernamental en Asturias a un compañero suyo de promoción, el comandante de la Guardia Civil Lisa rdo Doval, que utilizó con habilidad y dureza métodos policíacos para depurar responsa bilidades y descubrir depósitos de armas. Como había manejado todos los resortes del Estado para dominar al brote revolucionario, Franco sacó algunas lecciones muy cl aras de la experiencia. Primera, que los revolucionarios habían perdido porque tod as las Fuerzas Armadas Ejército, Marina, Guardia Civil, Asalto, Aviación habían actuado unidas, con algunas excepciones aisladas alarmantes pero no decisivas. Segunda, que un pronunciamiento político-militar como el propuesto a Gil Robles por los gen erales Fanjul y Goded seguía pareciendo inviable. Tercero que el impulso principal para la movilización revolucionaría del proletariado español estaba pasando del socia lismo mayoritario al comunismo minoritario y esta tendencia iba claramente en au mento. De hecho, entre los militares que actuaron en los sucesos revolucionarios de octubre 1934 figuraron unidos en favor del Gobierno de la República Franco y G oded, pero también Moríones en Gijón y Batet en Barcelona; los dos primeros se enfrent aron con los dos segundos en la guerra civil. Por esta práctica unanimidad militar fracasó la revolución de Octubre, como había fracasado el pronunciamiento de Sanjurjo en 1932; por quebrarse esa unanimidad fue posible la guerra civil. Un factor qu e no existía en 1932, el auge imparable del comunismo en España, sería en último término l o que determinó que Franco se sumara a la conspiración militar de 1936, aun cuando l e constaba que la división de las Fuerzas Armadas ante tal proyecto sería necesariam ente profunda . 1 Además de las obras ya citadas son importantes para la Revolución de Octubre el libro de Stanley G. Payne La revolucion española, Barcelona, Ariel, 1972; el amplio capítulo sobre Oc tubre en mi libro de 1969 Historia de la guerra civil española, antecedentres; las conversaciones de los generales con la CEDA en Gil Robles, op. cit., p. 147. JEFE DE ESTADO MAYOR CENTRAL DE LA REPUBLICA En los apuntes que Franco fue tomando como trama de una futura autobiografía, y que han sido transmitidos por el profesor Luis Suárez, existen unas interesantes reflexiones suyas sobre la Revolución de Octubre. Franco estaba encima de los hech os pero evidentemente carecía de perspectiva y por eso cometió algunas equivocacione

s graves en su evaluación. Da por hecho que Manuel Azaña actuó en combinación con la Gen eralidad rebelde; regatea todo mérito al general Batet, y atribuye a jefes decidid os la causa de la derrota de la Generalidad, que se debe realmente a la actitud y las órdenes de Batet; crítica como lenta la heroica y habilísima penetración de López Oc hoa en Asturias y la achaca a vacilaciones masónicas. Nada de eso parece verdadero desde nuestra perspectiva, claro que ahora contamos con testimonios que Franco no podía conocer entonces . En cambio me parecen llenas de interés y ajustadas a la ve rdad las notas de Franco sobre su compenetración con el Ministro de la Guerra y su propia energía en asumir el mando superior de las operaciones contra la Revolución. En el ambiente político y social español se notaba más cada semana, una vez repuest a la nación del trauma revolucionario, el problema de la liquidación de Octubre. Ade lantemos que tal problema nunca tuvo solución: la República no fue capaz de acometer ni menos conseguir la liquidación de Octubre. No hubo liquidación represiva porque los condenados a muerte y ejecutados por el gravísimo delito de rebelión sólo fueron u nos cuantos culpables de tercera fila en Asturias y ninguno en Cataluña; los respo nsables principales escaparon o se libraron del máximo castigo, de forma que al pr imer cambio político obtuvieron la libertad con gloria. Tampoco hubo liquidación par lamentaria; no se celebró en el Congreso debate alguno sobre la Revolución. Mientras tanto quince mil detenidos por los sucesos abarrotaban al principio las cárceles y sólo una parte mínima fueron llevados a juicio. Por supuesto Manuel Azaña fue absuel to por falta de pruebas con razón, había sido imprudente pero no cómplice y se ganó un eno rme éxito editonal y político con su acerado libro que se publicó en la primavera de 1 935, Mi rebelión en Barcelona. Pero esos quince mil presos por los hechos revoluci onanos eran, casi en todos los casos, simples proletarios sin importancia política , pertenecientes a todos los movimientos obreros, que suscitaron en el conjunto de las 1 Cfr. Luis Suárez Franco, el general de la Monarquía.... vol 1 p. 233s. izquierdas un clamor a favor a la amnistía que se convirtió en un arrollador torr ente de propaganda a favor del Frente Popular. La Revolución de Octubre no se liqu idó, por tanto, durante lo que restaba de República; su liquidación fue la guerra civi l, porque hoy la vemos claramente como el antecedente inmediato e irreversible d e la guerra civil de 1936. Alejandro Lerroux se mantuvo al frente del gobierno que había vencido a la Revo lución e incrementó su aproximación a las fuerzas armadas que le habían respaldado en Oc tubre. Franco no regresó a las Baleares de forma continuada; permaneció en Madrid co mo asesor del ministro y cuando éste cesó en noviembre por la arremetida de Calvo So telo, Lerroux pidió a Franco que le asesorase a él hasta que el 15 de febrero se pub licó el decreto de Guerra por el que se nombraba al general de división Francisco Fr anco jefe superior de las Fuerzas Militares de Marruecos. Con esa misma fecha un valeroso diputado de la CEDA, el señor Cano López, acusó en plenas Cortes a la Masone ría de haberse infiltrado en el Ejército y facilitó una verídica lista de generales maso nes, entre ellos Cabanehas, Gómez Morato, Molero, López Ochoa, Riquelme, Villa Abnih le, Castehló, Llano Encomienda, Martínez Cabrera, Martínez Monje y Romerales; todos el los menos Cabanehlas y López Ochoa permanecieron fieles al Frente Popular desde el primer momento de la guerra civil. Franco salió para su nuevo e importante destin o el 5 de marzo, saludado por ABC de Madrid como joven caudillo . El termino, luego famoso, no fue, desde luego, invención de Franco. Cuando tomó el tren en la estación de Atocha fue despedido por numerosos militares y civiles, entre ellos varios ge nerales importantes. Franco pensaba que la jefatura de las fuerzas españolas en África, a las que como recuerda el lector había dedicado poco antes un intencionado artículo de revista, c onstituía el destino militar más importante en aquellos momentos. Fue recibido por e llas con entusiasmo, se aplicó inmediatamente a su adiestramiento y puesta a punto , porque las encontró bastante descuidadas y muchos años más tarde, en 1964, recordaba : Yo jamás di un viva a la República, ni aun en los tiempos en que fui jefe del ejércit o de España en África nombrado por el gobierno republicano de Lerroux, siempre me ne

gué a dar ese viva que no sentía . Y algún tiempo después añadió otro significativo recuerdo ersonal: Tú recordarás que cuando fui destinado a las fuerzas militares de Marruecos como jefe en la época republicana, la iglesia a que iba a misa los domingos y fest ivos se llenaba de jefes y oficiales del Ejército, lo que no ocurría en la época de mi antecesor Gómez Morato. Son debilidades que tienen los que se arrastran ante quien tiene el mando . Franco trabajó con el Ejército de África durante un tiempo que le pareció demasiado b reve, no llegó a tres meses; porque a principios de mayo de 1935 José María Gil Robles , con fácil acuerdo de Lerroux e indignación anticonstitucional del presidente de la República forzó la entrada de cinco ministros de la CEDA en el gobierno Lerroux, si tuándose a sí mismo en el puesto que consideraba clave, el ministerio de la Guerra. Y como pensaba aplicar toda su capacidad política y de trabajo que eran muy altas a la reorganización a fondo del Ejército, llamó al general Franco para nombrarle jefe de l organismo clave para la coordinación militar, el Estado Mayor Central. El decret o se publicó el 17 de mayo de ese mismo año 1935. Con ello el general Franco coronab a su carrera y llegaba al puesto más importante de toda su vida militar antes de l a guerra civil. El comentario que incluye Franco en sus Apuntes editados por Lui s Suárez me parece, en sus dos partes, de extraordinaria importancia: Cuando me encontraba más entusiasmado, visitando el territorio y organizando las fuerzas del territorio, un cambio en la política llevó al Ministerio del Ejército al señor Gil Robles, que me requirió para desempeñar la jefatura del Estado Mayor Central . Constituía el ejército de Marruecos el mando militar más importante del territorio ( español) por el número de sus fuerzas y la responsabilidad del extenso territorio (d e Marruecos) aunque la responsabilidad de su situación política correspondía al Alto C omisario, señor Rico Avello, un perfecto caballero, desconocedor de sus problemas pero con un buen deseo de acierto que no era poco entre aquellos primates republ icanos. Era una buena persona, hombre oscuro hasta entonces, que por esos mister ios que engendra la revolución se vio encumbrado, sin responsabilidades anteriores , a los primeros puestos de la nación; fue ministro de Gobernación y alto comisario. En mi breve estancia me entendí con él perfectamente, era educado y considerado y a tendía las observaciones que se le hacían. General jefe de Estado Mayor, preparación de los mandos y de los depósitos en parq ues. Mola general de las tropas de Marruecos. Yo entendía que el cargo de jefe de Estado Mayor de un Ejército encierra tal importancia y responsabilidad que creía deb er desempeñarlo con un carácter más estable que el que ofrecía la 1 Franco Salgado, Mis conversaciones..., op. cit., p. 425 y 474. día habrían de ser los peones de la cruzada de liberación y se redistribuyeron las armas en forma que pudiesen responder a una emergencia . La combinación de este importante texto de Franco con el correspondiente capítulo de Gil Robles en sus memorias nos permiten asegurar hoy que Franco fue, por sus conocimientos técnicos de primer orden, el impulsor de la política militar del mini stro, con quien trabajó en identidad de miras y perfecta coordinación. Gil Robles sa bía escuchar y también sabía dónde buscar su mejor asesoramiento. Apenas nombrado minist ro convocó un amplio consejo de guerra en el Ministerio que se celebró el 11 de mayo al que asistieron, sin acepción de matices políticos, todos los jefes de división orgán ica, coordinados por el recién nombrado subsecretario, general Fanjul y el general Goded, designado jefe de una de las tres inspecciones generales y director gene ral de Aeronáutica. Franco intervino ampliamente en esa reunión y Gil Robles se deci dió a nombrarle jefe del Estado Mayor Central. El mismo ministro concreta el motiv o: Si me decidí a nombrarle jefe del Estado Mayor Central fue porque la voz casi unán ime del Ejército le designaba como jefe indiscutible . Tomó posesión el 20 de mayo y pus o inmediatamente manos a la obra. Los elogios que dedica Gil Robles a Franco equ ivalen al reconocimiento, por Franco, de la gran labor del ministro2.

Las separaciones de mandos y pases a disponibilidad que decidieron el ministr o y Franco se realizaron a ha mayor conveniencia del Ejército y con estricto senti do de justicia pero inevitablemente ahondaron las diferencias entre los altos je fes militares que había sembrado ya Azaña con su política discriminatoria. El general Mola fue designado jefe superior de las Fuerzas Militares de Marruecos, el coron el Varela ascendido a general. Franco, por su parte, trató de marginar a quienes c onsideraba como herederos o rescoldos de las Juntas de Defensa. Trató de atraerse, sin demasiado éxito, a los militares más favorables a la República, como José Asensio T orrado. Creó un Consejo Superior de Guerra y trató inútilmente de restablecer su proye cto favorito, la Academia General Militar pero el encrespamiento político no lo pe rmitió. En el consejo de guerra imcialmente convocado por Gil Robles quedó de manifi esto que las reformas de Azaña habían quebrantado moralmente a las Fuerzas Armadas p ero no habían mejorado en absoluto su equipamiento, hasta el punto que en caso de conflicto el Ejército español sólo hubiera tenido municiones para dos días 1 L. Suárez, Franco, el general..., op. cit., p. 255s. 2J~ M. Gil Robles No fue posible..., op. cit., p. 235n. de combates. Franco presentó a Gil Robes un proyecto de rearme ante el agravami ento de la situacón internacional en el Mediterréneo, a través de un plan de varias an ualidades muy ambicioso. A propuesta de Goded, Franco entregó al ministro un plan para la construcción de cuatrocientos aviones modernos que España necesitaba ante lo s progresos de las aviaciones militares en Francia, Italia y Alemania. Pero la terrible resaca de Octubre lo envenenaba todo. Por primera vez en la historia de España las masas salían a la calle y, como había profetizado José Ortega y G asset, se convertían en protagonistas de la política. Gil Robles y Azaña reunían muchedu mbres nunca vistas, a veces próximas al medio millón de personas, en mítines políticos q ue ya presagiaban la guerra civil. En esos famosos Discursos en campo abierto Ma nuel Azaña postulaba lo que llamaba la recuperación de la República y ante sus fieles enloquecidos proponía el gran programa para la reunificación de la izquierda, que a mediados del año 1935 se resumía en dos palabras ominosas: el Frente Popular, diseñado por la conjunción de los diversos partidos republicanos y los diversos partidos o breros, con la evocación de Octubre como telón de fondo y la amnistía para los presos de Octubre como grito de guerra. Era inútil que el gobierno de centro-derecha inte ntase y muchas veces consiguiese realizaciones de una excelente administración; Es paña, que ya eran las dos Españas, sólo vivía para la política de enfrentamiento cada vez más total. El 21 de julio Franco, junto a Gil Robles, dirigió unas amplias maniobras en el concejo de Riosa con el objetivo, nada disimulado, de recuperar Asturias si se perdía el dominio del puerto de Pajares. Casi nadie supo entonces que unos día s más tarde, el 25 de julio, se reunía en Moscú el importantísimo VII Congreso de la Int ernacional Comunista, donde los soviéticos exigieron a sus partidos comunistas satél ites el establecimiento del frente proletario unido bajo la dirección de los comun istas y la infiltración del movimiento obrero unificado en la trama política de los partidos burgueses, el llamado Bloque Popular . En España ya estaba inventado el F rente Popular completamente al margen de los comunistas pero desde el Congreso d e Moscú al que Franco presta intensa atención en sus Apuntes , los comunistas españoles t rataron desesperadamente de cumplir la consigna del búlgaro Dimitrov, que consider aba al frente proletario bajo dirección comunista como caballo de Troya para dominar desde dentro a las nuevas coaliciones de partidos proletarios y partidos de la pequeña burguesía. Pese a la resistencia de los miembros más clarividentes del Frente Republicano y el Frente Popular español, cuando Largo Caballero salió de la cárcel a f ines de 1935 favoreció el ingreso de los comunistas en el gran proyecto de la unid ad izquierdista, que los comunistas trataron de controlar a través del control del partido socialista que ejercían po r medio de Francisco Largo Caballero, el Lenín español. Esto ocurriría a principios de 1936, el año fatídico de las elecciones finales y la guerra civil. No se pudo lograr, aunque se intentó clarividentemente, la creación de un frente unido del centro-derecha que pudiera oponerse con garantías a la marea roja y voci ferante del Frente Popular. Esto sucedió por dos motivos principales. Primero, el

Partido Radical, unido a la CEDA en coalición de gobierno, se vio implicado durant e el segundo semestre de 1935 en varios escándalos de corrupción, casi ridículos ante los ejemplos que hemos conocido en España desde 1982 a 1996, pero que entonces con movieron a la estructura de partidos e hicieron saltar por los aires a la mayoría del centro-derecha: el straperlo, denunciado por sus propios promotores y enviad o al Parlamento en un gesto irresponsable por el Presidente de la República; y la denuncia Nombela, por la que este funcionario de Colonias, militar laureado, rev elaba corrupciones graves en torno a una línea de transportes con Guinea. El Parti do Radical se hundió y segunda causa del desastre político el presidente de la República trató de llenar su vacío con un artilugio centrista, encomendado al ex ministro masón de la Monarquía don Manuel Por-tela Valladares, que trató de dirigir las elecciones de febrero de 1936 con métodos de viejo pucherazo y favoreció con ello la victoria del Frente Popular. La tormenta de los escándalos apartó a don Alejandro Lerroux de la jefatura del g obierno (su hijo adoptivo estaba acusado de recibir un reloj que valía unas cinco mil pesetas, inocente Repubhica) por lo que asumió su puesto el eminente hacendist a don Joaquín Chapaprieta, que trató de sacar a España de su grave crisis económicas med iante una dura política de restricciones que colocó frente a su gobierno a una buena parte de los funcionarios con lo que el Presidente de la República decidió poner en práctica su ensoñación centrista. El 11 de diciembre José María Gil Robles, jefe del prin cipal partido de la Cámara y del grupo parlamentario más numeroso, exigió por fin al p residente de la República que le diese el poder pero don Niceto se negó. Franco atri buye esta negativa al compromiso del Presidente con las izquierdas. No lo creo. Gil Robles demuestra cumplidamente que el Presidente de la Repubhica, que había ac ariciado el proyecto de aglutinar a los católicos españoles dentro de la Repubhica, se vio desplazado por el joven jefe de la CEDA que era el jefe político indiscutib le de los católicos españoles. Por lo tanto se moría de frustración y de celos políticos a nte él, por lo que decidió, una vez más, cerrarle el camino. Cuando Gil Robles volvió al ministerio de la Guerra para recoger sus papeles, e l subsecretario, general Fanjul, le propone abiertamente que encabezase políticame nte un golpe de Estado contra la arbitraria negativa del Presidente. Gil Robles, antes de tomar una decisión, pide a Fanjul que consulte con Franco y que al día sig uiente le lleve la respuesta de Franco. Los generales Goded y Varela habían estado presentes en la propuesta de Fanjul a Gil Robles, a la que se sumo José Calvo Sot elo en nombre del Bloque Nacional. Con ansiedad enorme recuerda Gil Robles aguardé el resultado de las conversaciones mantenidas aquella noche por los generales Franco, Fanjul, Varela y Goded. En u n principio no hubo entre ellos absoluta unanimidad de criterio. Al fin, la reso lución fue unánime. El general Franco les convenció de que no podía ni debía contarse con el Ejercito en aquellos momentos para dar un golpe de Estado. Así me lo comunicaro n a primera hora de la mañana siguiente los generales Fanjul y Varela . Por tercera v ez Sanjurjo en 1932, la crisis de los indultos en 1934, ahora Fanjul y Gil Robles Franco tiene que decidir negativamente ante un proyecto de golpe de Estado milit ar. El final del bienio de centro-derecha estaba consumado. Quedaba la confusa épo ca centrista, prólogo del Frente Popular. Franco seguía, por el momento, en la jefat ura del Estado mayor Central. Ante este desarrollo de los hechos en 1935 cobra un inmenso valor el testimon io de Franco, hasta hace muy poco desconocido, sobre la creación de una segunda se cción el Deuxiéme Bureau, los servicios secretos dentro de la habitual sección de inform ación durante su mando en el Estado Mayor Central. He aquí el testimonio: La Repubhica, que había llegado sin la menor resistencia de las Fuerzas Armadas, que acataron y reconocieron al nuevo régimen, fue enseguida el blanco del sectari smo de sus hombres políticos estimulados por las pasiones y recuerdos de una docen a de militares apartados del Ejército por su incapacidad o sus vicios. Los fracaso s que los intentos revolucionarios habían cosechado en los últimos años crearon sin du da un complejo de odio y de rencor contra los organismos que guardaban y defendían

al Estado. Su expresión más elocuente la tuvo en aquella frase de haber triturado al Ejército de que se jactaba en su vesania el Sr. Azaña. ¡Desdichado! ¡Como si pudiese exi stir un Estado sin Ejércitos que lo guarden! 1 Gil Robles, No fue posible..., op.cit.p. 364s. Las instituciones armadas, poniendo a contribución su disciplina, sufrieron en silencio en las guarniciones, segura de que había de imponerse la razón y el orden y que la incapacidad y crisis de los compañeros militares republicanos habían de labr ar su propia ruina. Como pronto ocurrio... La indisciphina del Ejército, la Legión, Justino Mateo, la anarquía... . No se nos ocultaba a los que habíamos llorado sobre la Historia las desgracias p atrias a lo que iba a conducirnos una República que llegaba a hombros de los resen tidos, de los que habían buscado en las logias la acogida para sus rencores. La pr imera República en España fue la de la anarquía de los cantonales, de la insubordinación en los cuarteles, la del ~que baile! . El pueblo ansiaba una revolución que le redim iese, e iba a encontrase con una farsa. La calidad de los Ejércitos la reflejan su s cuerpos de oficiales, su patriotismo, su caballerosidad y su espíritu de servici o, (que) rechazan las intrigas y las ambiciones bastardas. Existían aún una unidad y comprensión en el Ejército sin necesidad de concertarse. Los superiores en condicio nes normales centran esta unidad y confianza, pero en momentos como los de la Re pública en que los mandos elegidos por la República polarizaban el descontento y la desconfianza, la oficialidad de los Ejércitos se sentía descabezada ante la pendient e por la que la nación se despeñaba y buscaba en la unión la prevención ante lo que pudi era ser irreparable. Así surgió la Unión Militar Española formada por núcleos sanos de todas las guarniciones que bajo la dirección natural de los Jefes más prestigiosos mantenían su contacto ent re las guarniciones, manteniendo el buen espíritu de la oficialidad y formando un núcleo que cohibía el desenfreno de los tarados. Cuando fui designado para el Estado Mayor Central recibí de las principales guarniciones testimonios de fe y de confi anza. El coronel Galarza en Madrid mantenía el enlace con todas las regiones y me tenía al tanto de un estado de alerta. Esto me permitió mirar con alguna confianza e l porvenir y saber que si algún día la vida de la nación peligraba, habría quienes sabrían defenderla. La liME, movimiento espontáneo de unión del Ejército. Su alma y enlace central, el c oronel Galarza. Necesidad de dar unidad y cabeza al cuerpo de oficiales ante el peligro de la patria. Marchaba al compás de la desesperación de España, como reflejo d e la sociedad. Se nutría de jefes y oficiales más competentes. La revolución de Asturi as y Cataluña y lo que pudo pasar abrió los ojos a la oficialidad de los peligros qu e amenazaban. Necesidad de tomar contacto con el movimiento y evitar su desnaturalización y que cayese en malas manos y se desorientase. La consigna qu e di a ese movimiento era solamente patriótica, mantener la unidad de fe y el patr iotismo del Ejército seguro que si llegaba la hora de peligro para la patria no le s faltaría el Jefe pero lo que no se podía era inutilizar al Ejército y sus posibilida des futuras con conspiraciones de vía estrecha ni pronunciamientos militares tipo siglo pasado, que una revolución necesita estar justificada y ser respaldada por e l pueblo. Que debíamos desear que la República superase sus dificultades... Salvemos a la nación y con ella a la República, pero ésta desconfiaba de nosotros. En ella no cabían las personas dignas. . Mi intervención desde el Ministerio de la Guerra en sofocar la insurrección de oct ubre de 1934 había trascendido a la opinión pública española y con más razón entre los eleme ntos revolucionarios comunistas, considerándome como obstáculo para sus proyectos. L a consecuencia natural eran sus proyectos para eliminarme. No había transcurrido m ucho tiempo cuando un viejo compañero que desempeñaba funciones en la Dirección Genera l de Seguridad me visitó para prevenirme que según informes que obraban en la Direcc ión General de Seguridad se había recibido una consigna comunista para eliminarme y que mi nombre figuraba entre otros varios en que figuraban Calvo Sotelo y otros

jefes políticos de la derecha española. Se extrañó de que no se me hubiese prevenido ofi cialmente. La noticia no me sorprendió pues desde la pendiente en que se deslizaba la Repubhica constituía parte del proceso revolucionario y ya vivía en lo posible p revenido. Al tomar posesión del Estado Mayor creamos en la segunda sección de los Es tados Mayores la segunda sección de información anticomunista y contraespionaje. Los paisanos echaban cables al Ejército pretendiendo tomar contacto con los jefe s y oficiales más distinguidos. Durante esos años de República fueron varias las veces que compañeros simplistas se acercaron a mí con ánimo de estimularme a poner coto a l a marcha que la nación llevaba. Mi respuesta fue siempre la misma: el papel del Ejér cito es guardar su unidad y su disciplina sirviendo lealmente y sin reservas al Estado, que si el Ejército sabe mantenerse así no ocurrirá nada irreparable... Si la R epública no es realizable ella misma demostrará que es ínviable, si alguien precipita antes de tiempo su caída culpará a quienes lo hagan de su fracaso. El pueblo español e s el que ha de convencerse. Nuestro deseo debe ser que la Repubhica triunfe y ll egue a hacer la felicidad del pueblo, sirviéndola sin reservas y si desgraciadamen te no puede ser, que no sea por nosotros. Acuerdo en la Dirección General de Seguridad de tener a nuestro servicio una doc ena de agentes complementarios, tenerles al tanto de lo que pudiera interesarles y si descubrían algo, ponerse a trabajar en contacto con la Dirección de Seguridad. Por ellos tuve conocimiento de determinada comida en que se trataba de comprome ter a un distinguido jefe militar. Había sido espiado por un camarero al servicio de la policía que brindó a nuestro servicio, del que era doble agente, callarlo si c onvenía al bien de España. Una llamada discreta de atención a aquel jefe para que no s e dejase envolver bastó para que fuera prudente. En otra ocasión por boca del ministro de la Gobernación se supo que un abogado, P. R., también de la unión de oficiales, era confidente del señor ministro de la Gobernac ión, Portela Valladares, al que vendía por dinero sus confidencias, parte verdades p ero la mayor parte inventada. Triunfante el Movimiento pretendía especular con sus movimientos conspiratorios . Estos apuntes de Franco con destino autobiográfico son del máximo interés para este período. Son notas escritas a vuelapluma, para que sirvan de trama y pro-memoria, no destinadas a la publicación cuidada. Pero revelan algunas cosas importantísimas, por ejemplo la conexión de Franco con la UME, el movimiento de coordinación y resis tencia militar que había nacido en la estela del Diez de Agosto de 1932, con fuert e influjo monárquico y bajo la coordinación del teniente coronel Valentín Galarza Mora nte (a quien Franco llama coronel antes de tiempo) que ya actuó para el pronunciam iento de Sanjurjo con su sobrenombre de El técnico . Las redes de la UME, vitales par a el alzamiento de julio de 1936, se habían puesto a disposición de Franco en 1935 y el jefe del Estado Mayor Central se sentía capacitado para darles consignas, aunq ue por el momento fueran genéricas. Ante estos textos no cabe duda de que Franco u tilizaba la red de la UME para esa segunda sección especial que creó dentro del Esta do Mayor Central. Sin embargo no cabe deducir de estos apuntes que Franco conspi rara contra la Repubhica en 1935. Todo lo contrario, hacía todo lo posible para qu e la Repubhica no se hundiera en los movimientos de la izquierda que ya configur aba al Frente Popular. Y como acabamos de ver se negó expresamente al golpe de Est ado que proponían otros generales ante las desesperadas protestas de Gil Robles cu ando se vio excluido del poder por el presidente de la República. 1 Apuntes de Franco en L. Suárez, Franco, general de la Monarquía..., op. cit. 1, p. 255-260. FRANCO ANTE LAS ELECCIONES DEL FRENTE POPULAR En octubre de invitación de un e Madariaga, que o en Instrucción rieto Bances, un

1935 el jefe del Estado Mayor Central, general Franco, aceptó la famoso embajador y ex ministro del centro-derecha, don Salvador d deseaba conocerle a instancias del que había sido su subsecretari Pública durante su breve paso por ese ministerio en 1933, don Ramón P asturiano ilustrado y muy amigo de Franco. Madariaga cuenta con

su habitual intención y gracejo este encuentro de tres hora que tuvo lugar durant e un almuerzo en el Hotel Nacional de Madrid. Madariaga, uno de los grandes inte lectuales y escritores del siglo XX en España, ha pasado a la Historia como una es pecie de oráculo de la democracia liberal. Poco antes había publicado en la Editoria l Aguilar de Madrid (que reeditó el libro en los años setenta) una reflexión sobre la democracia con el título Anarquía o jerarquía del que tras el almuerzo envió un ejemplar al general Franco. Don Salvador, que ha sido siempre uno de mis autores predile ctos y a quien hice lo imposible por traer definitivamente del exilio en 1974, m aquihla con su arte incomparable la esencia de ese libro, en que se descahifica prácticamente del todo a la democracia liberal y se la sustituye por una propuesta de democracia orgánica, donde la representación de un hombre, un voto, se sustituía p or la correspondiente a las instituciones naturales de la sociedad, como el muni cipio. El sufragio universal directo es peligroso sobre todo para los países de raíz l atina, tesis que encontró el pleno acuerdo de Franco. Introduzco aquí ese interesant e encuentro antes de relatar la intervención de Franco en las elecciones de febrer o de 1936, que nos incitarán a una reflexión sobre la democracia falseada, tema cent ral del libro de Madariaga . Quien reflejó así su impresión de Franco: Me llamó la atención por su inteligencia concr eta y exacta, más que original y deslumbrante, así como por su tendencia natural a p ensar en términos de espíritu público, sin ostentación alguna de hacerlo . De hecho el lib ro de Madariaga, leído y anotado intensamente por Franco, contribuyó a que fraguara la ideología política del general durante el año más importante de su vida, que empezaría pocas semanas después de este encuentro, el año 1936. Hundida a mediados de diciembre de 1935 la coalición del centro-derecha, el pre sidente de la República designó jefe del gobierno a un político débil que care1 5. de Ma dariaga, Memorias, Madrid, Espasa Calpe 1974 p. 531s. cía de fuerza parlamentaria; don Manuel Portela Valladares, ex ministro liberal de la Monarquía y acreditado masón, con el encargo de crear desde el Poder un nuevo partido de centro con pretensiones mayoritarias o por lo menos decisivas. Para ello el señor Portela designó gobernadores civiles a quienes ordenó convertirse en muñid ores electorales, como en los buenos tiempos del caciquismo de épocas anteriores. Este gobierno se desintegraba por sus incoherencias internas y su evidente falta de representatividad por lo que el Presidente ratificó de nuevo el encargo a don Manuel Portela pero ahora le entregó, con fecha 7 de enero de 1936, el decreto de disolución de Cortes. Las elecciones deberían celebrarse el 16 de febrero en primera vuelta y el domingo siguiente, 23, en segunda. El mismo gobierno debería presidir las dos vueltas antes de entregar el poder al partido o coalición que resultara v encedor. En mi libro de 1999 El 18 de julio no fue un golpe militar fascista he analiz ado con perspectiva histórica, no con pasión política, la campaña, el proceso y las cons ecuencias de estas elecciones vitales. La más encrespada campaña electoral hasta ent onces conocida en España se desató ante la convocatoria. El partido radical, que con stituía una auténtica fuerza de centro, se desintegraba a ojos vistas por las acusac iones de escándalo que le afectaban; y el centro ficticio que el señor Portela trata ba de improvisar había nacido muerto, como todo el mundo veía menos él. España se config uraba en dos grandes bloques de opinión, las dos Españas, las derechas frente a las izquierdas. Unos y otros gastaron sumas ingentes en propaganda electoral, que pa ra las izquierdas se centró en la amnistía y para las derechas en dos puntos: el lem a A por los trescientos (diputados) de la CEDA y la finalidad política negativa: Cont ra la Revolución y sus cómplices . Es decir que la Revolución de Octubre de 1934, sin li quidar, iba a ser el eje de las elecciones de febrero. La clave de las elecciones sería también doble. Primero, los anarcosindicalistas, primera fuerza laboral de España, que con su abstención masiva en noviembre de 1933 habían decidido la victoria exagerada de las derechas, ahora estaban decididos a votar al Frente Popular aunque sus organizaciones no se habían integrado oficialme nte en él, como harían ya dentro de la guerra civil, en noviembre de 1936; en segund

o lugar, las izquierdas consiguieron acudir unidas a las elecciones, las derecha s no lo lograron con carácter general aunque sí concertaron algunos acuerdos locales . El pacto para el Frente Popular se firmó por fin el 15 de enero de 1936 y Gil Ro bles tiene toda la razón cuando le califica de acta de desacuerdos ; el propio pacto expresaba las notorias divergencias ente los partidos republicanos , más mod erados y los partidos obreros abiertamente revolucionarios. Entre los partidos obr eros figuraba expresamente el partido comunista, contra la opinión de muchos repub licanos, alguno de los cuales se negó a firmar el pacto. La campaña electoral resultó de una virulencia extrema y líderes destacados de uno y otro bando afirmaron pública mente que sólo acatarían el resultado electoral en caso de victoria. Así lo expresaron de forma tajante, por la derecha, el líder del Bloque Nacional José Calvo Sotelo y el jefe de Falange Española José Amtonio Primo de Rivera. Así se hartaron de repetir, por el Frente Popular, el líder indiscutible de los socialistas, Francisco Largo C aballero, y los comunistas en bloque. No así José María Gil Robles, cuya prudencia con trastó con la imprudencia prepotente de Manuel Azaña que era el político más importante del Frente Popular. El pacto de las izquierdas no se concertaba solamente para l as elecciones sino también para la formación de un gobierno que lo desarrohlara. Ese gobierno estaría formado exclusivamente por republicanos, con los partidos obrero s como impulsores de la transformación revolucionaria. Para los españoles que tuvier an una idea sobre las revoluciones soviéticas de 1917 que los comunistas tenían expre samente como ejemplo- las elecciones españolas de febrero de 1936 eran el equivale nte de la Revolución de Febrero en Rusia; el Octubre soviético de 1917, ya prefigura do en el Octubre español de 1934, seria consecuencia natural de la victoria presen tida. Como demuestra el profesor L. Suárez, Franco confiaba en que no se produjera la victoria del Frente Popular, pero interpretaba también que una victoria así sería una victoria comunista; había recibido las conclusiones principales del VII Congreso de la Internacional Comunista y manifestó por entonces esa interpretación, que era c orrecta . Las elecciones -escribió después Franco- iban a ser un nuevo salto en el vacío. El ambiente de pasiones en que iban a efectuarse, y los compromisos, contuberni os y venta de la Patria para lograr el poder que contraían los hombres de partido con separatistas, anarquistas y revolucionarios no presagiaban nada bueno. Cada elección constituía el conato de una nueva revolución. Las elecciones iban a tener lug ar en el ambiente más torpe y desagradable; las fuerzas de derechas levantaban la bandera conservadora y antirrevolucionaria, las izquierdas organizaban en el Fre nte Popular la revolución. Por mucho que fuera el optimismo de de las derechas la situación no podía ser más grave. Un triunfo siempre posible del Frente Popular consti tuiría la iniciación de un proceso revolucionario. Ojo, lo del comunismo . En cam1 L. Suárez, Franco, general de la Moinarquía... op. cit. p. 268s. bio no estoy de acuerdo con la afirmación de Franco sobre la financiación de las elecciones; la derecha católica dispuso de más dinero que el Frente Popular para inu ndar a España con una propaganda que, tal vez por sus excesos, resulto contraprodu cente, como creyó José Antonio Primo de Rivera, cuyos análisis políticos sobre esta época suelen ser sumamente certeros. Las elecciones de febrero de 1936 fueron la guerra civil misma sentencia, ahora con plena razón, el historiador socialista Antonio Ramos Oliveira . En este clima s e celebró, por mediación de Serrano Suñer, una entrevista de José Antonio Primo de River a con Franco. El jefe de la Falange, que poco antes había decidido en una reunión de su Junta Política celebrada en el parador de Gredos que la paz resultaba imposibl e y era necesario adelantarse a la revolución con la insurrección, propuso a Franco un golpe de Estado del que surgiera un Gobierno nacional con el propio Franco en Defensa, Mola en Gobernación ,Serrano Súñer en Justicia y otros técnicos prestigiosos d e la derecha. La comunicación entre los dos interlocutores no se estableció, Franco se negó a ese proyecto y José Antonio quedó muy decepcionado2. La Falange tuvo que con currir aislada a las elecciones de febrero porque la derecha se negó a concederle el alto número de escaños que su jefe solicitaba, presionado por sus compañeros. José An tonio hubiera logrado fácilmente uno o dos.

Creo que la intervención de Franco en los acontecimientos a partir del domingo 16 de febrero está descrita por él mismo con precisión y objetividad. El coronel Blanc o Escolá, tan obstinado como casi siempre, dice que los Apuntes de Franco estaban destinados para uso de hagiógrafos lo cual no es sino una maldad infundada; no los entregó a nadie que yo sepa y tal vez por eso olvida analizarlos, aunque son esenci ales incluso cuando se equivocan. Ahora no sucede eso. Por testimonio de Franco Salgado sabemos que Franco activó sus contactos con la UME vía Gahlarza por si neces itara utilizar la amplia red conspiratoria. Y escribe lo siguiente sobre los suc esos del domingo 16: La primera medida que consideraba necesaria era la del mantenimiento del orden y del poder público que cortase que los elementos revolucionarios se aprovechasen de la depresión y vacilaciones de las autoridades gubernativas en evidente crisis y dar tiempo a que verificados los escrutinios se formase un gobierno responsa1 A. Ramos Oliveira, Historia..., op. cit., II, p. 241. 2 R. Serrano Suñer, Memorias, Barcelona, Planeta, 1977 p. 56. ble con autoridad. Para ello consideraba que lo más conveniente era la declarac ión del estado de guerra en las principales capitales y que en esta crisis de las autoridades civiles fuese la militar la que garantizase el orden. Me trasladé a mi despacho donde empezaban a llegar las primeras noticias de los conatos y de alg aradas y manifestaciones de los barrios. La guardia de un cuartel acusaba tirote os en las proximidades. En la casa de socorro de su distrito habían curado varios heridos. Una manifestación que llevaba a hombros a un guardia civil con el puño cerr ado caminaba hacia el ministerio de la Guerra gritando: ¡A Gobernación, a Gobernación! Desde primeras horas de la madrugada venía tomando mis precauciones. Era esencia l que las fuerzas de orden público bajo mando de jefes militares estuviesen preven idas para lo peor. ¿Lo estarían? Tenía motivos para dudarlo. La elección que la Republic a hacía no podía ser más desdichada; hombres serviles sin escrúpulos, de escasa o nula p ersonalidad, fáciles para sus intrigas y violencias. De aquellos jefes apenas trat aba al teniente coronel que mandaba los Guardias de Asalto a la sazón, pero tenía so bre él gran influencia un acreditado abogado perteneciente al Cuerpo Jurídico Milita r que había sido cónsul en Tetuán en mi juventud, con ambición política, que era tío de un e xcelente compañero con el que me unía estrecha amistad. A este último comisioné que llev ase al ánimo de su tío la necesidad de que aconsejase al jefe de los guardias, dado lo grave a que podía llegarse, que se pusiese en contacto con el jefe del Estado M ayor del Ejército. Con el Director de la Guardia Civil (general Sebastián Pozas, n. del A.) tenía una vieja relación a través de mi carrera y aunque su conducta acomodada y servil me ofrecía reservas, le otorgaba pese a ello un espíritu militar de soldad o consciente de sus deberes. El mando que ejercía sobre todas las fuerzas de la Gu ardia Civil, la más numerosa en calidad y de legendario buen espíritu la hacían más tras cendental en aquellos momentos. Fue por tanto al primero que me dirigí. Le llamé al teléfono y le transmití mi inquietud por lo que pudiese ocurrir, la urgencia de que tuviese tomadas previsiones ante cualquier golpe de sorpresa y la conveniencia d e que mantuviese un intenso enlace en los momentos críticos que esperaba, en evita ción de que pudiesen ser rebasados por los acontecimientos. Le pregunté si había tomad o medidas de prevención escuchándole con asombro que no las creía necesarias. Y al not ificarle las algaradas y manifestaciones que marchaban hacia Gobernación, me respo ndió con inconsciencia que no creo: ¡ alegría republicana!. Hice (como) que no me apercibía de su inconsciencia y le re iteré la necesidad, pese a su optimismo, de que él, como director de la Guardia Civi l y yo, como jefe de E.M. del Ejército, estuviésemos en contacto. Había fallado el hom bre que yo buscaba, había que buscar más arriba quien le mandase e influyese . Visité al ministro (general Molero) en sus habitaciones particulares, que se enc ontraba completamente ajeno a la inquietud y responsabilidad de los momentos que vivíamos. Le transmití mis inquietudes y su responsabilidad como miembro del gobier no y ministro del Ejército si no se tomaban las previsiones obligadas en estos cas os, que lo mismo que la Monarquía fue rebasada podía serlo la República por el comunis mo. Se defendía de mis apremios con la responsabilidad del jefe del gobierno del q ue él era un subordinado. Yo le repliqué que como ministro de la Guerra y Jefe del E

jército en aquellos momentos, le correspondía tomar las medidas preventivas en evita ción de una catástrofe. Le recordé el optimismo de Kerens i y su gobierno y cómo la falt a de previsión trajo el comunismo ruso; encarecí su responsabilidad ante los compañero s en calidad de militar y ante su resistencia, le recordé sus años avanzados y la su erte que podían correr los suyos, su esposa y su pequeña hija, que yo era joven y lu charía contra el comunismo hasta morir, pero cuál sería la suerte de los débiles. Esto p areció conmoverle y me preguntó que era lo que yo creía que tenía que hacer. Provocar un a reunión urgentísima del consejo de ministros o de él con el presidente del gobierno y en ella tomar la decisión de declarar el estado de guerra para asegurar el trasp aso pacífico de poderes y garantizar el orden; le redacté un guión para su conversación telefónica con el presidente y ante mí tuvo lugar esa conversación y se decidió la reunión del consejo para las diez de la mañana . La combinación de los Apuntes de Franco y las memorias de Gil Robles nos permit e fijar con mucha aproximación los sucesos de aquellas jornadas electorales. A las tres y cuarto de la madrugada, ya del 17 de febrero, el jefe de la CEDA, que ha recibido noticias directas y alarmantes sobre los desmanes del Frente Popular e n numerosas provincias, solicita por teléfono audiencia al jefe del gobierno, Port ela Valladares, que desempeñaba también la cartera de Gobernación y ya estaba acostado . Sin embargo le recibe media hora después y le exige que se enfrente enérgicamente con su responsabilidad. Portela sabe ya que su proyecto de centro artificial se ha venido abajo y no reacciona. Así Franco, que se ha retirado a su domicilio tras sus gestiones con los generales Pozas y Molero, recibe un aviso a las siete de la mañana de parte de Gil Robles, que le comunica su fracasada gestión con Portela. Franco evoca, en sus recuerdos de aquella noche, la semejanza con la del 12 de a bril de 1931; ahora, en 1936 el jefe de la Guardia Civil, Pozas, se inhibía, como en 1931 hizo Sanjurjo en el mismo cargo. Al conocer por el recado de Gil Robles la depresión del jefe del gobier L. Suárez, Franco, el general..., op. cit., p. 277s. no, Franco decide intensificar sus actuaciones. Busca un contacto seguro con Portela, que es un amigo común, don Natalio Rivas, íntimo del matrimonio Franco y mi embro del proyecto centrista que Portela patrocinaba. Franco llegó a su despacho d el Ministerio a primerísima hora de la mañana del 17. Poco después se presentó, a la lla mada de Franco, don Natalio Rivas que salió inmediatamente para gestionar la visit a de Franco a Portela. Pero Franco, seguro de que podría convencerle, llamó a sus am igos, los generales Goded y Rodríguez del Barrio; Goded había asegurado a Franco que contaba con varias unidades militares de la región y del Barrio era inspector gen eral con jurisdicción en ella. Franco se encargó personalmente de establecer contact o con varios mandos en provincias que creía seguros. Los dos generales volvieron, recuerda Franco, con la cabeza baja . Sus contactos fallaban; todos ellos exigían que les viniese la orden de arriba, y que se declarase por el gobierno el estado de guerra. Franco intentó convencer de nuevo al general Pozas por medio del yerno de l director de la Guardia Civil con quien mantenía estrecha amistad y le prometió int entarlo. En esto, sobre las once de la mañana, llegó al Estado Mayor Central don Natalio R ivas con una cita de Portela para que Franco le visitase a las doce. En la reunión del consejo de ministros recuerda Franco el informe de Rivas que había provocado el ministro de la Guerra por consejo mío, éste leyó una nota clara que yo le había preparad o sobre la situación y la necesidad urgente de obrar. La cuestión era tan clara que el Consejo decidió la declaración inmediata del estado de guerra como a mí me lo confi rmó el propio ministro por teléfono. No habían pasado cinco minutos cuando la orden qu e en previsión tenía preparada fue transmitida a las distintas regiones, adelantándose lo yo por teléfono directamente a Asturias y Barcelona como regiones más delicadas. Pero no había transcurrido una hora cuando, enterado el Presidente de la República a l pasarle a la firma el decreto, se negó a firmarlo y ordenaron desde la Subsecret aría quedase sin efecto la orden y se diese un bando rectificándolo donde se hubiese declarado . Este texto de Franco es esencial, porque aclara definitivamente lo sucedido c on el estado de guerra. Sigue entonces contando su entrevista con Portela:

Cuando a las doce llegué al despacho del presidente del gobierno (que estaba a c inco minutos en coche del de Franco, n. del A.) me recibió amablemente agradeciéndom e que hubiese acudido a su llamada. Pretendió justificarse por su fracaso en las e lecciones, quería prestar un servicio a la nación y se encontró con este resultado. Qu e comprendía que la situación era gravísima, que él era republicano, había servido lealmente a la Monarquía y que si él hubiese estado en el gobierno de la Mon arquía el año 1931 no hubiera dejado pasar la República como hombre responsable y de g obierno, pues una España monárquica o republicana era una España, pero que una España co munista no era una España sino su destrucción. En este momento yo le interrumpí para decirle: Así es, efectivamente, y por ello Vd . no puede dejar paso al comunismo. De otra manera contraería Vd. la más grave respo nsabilidad ante la Historia, sería Vd. maldecido por las generaciones si consiente que el comunismo se apodere del poder. El Frente Popular es obra comunista para desencadenar la revolución desde el poder, a él serán arrastrados todos. . Lo sé, lo sé, po r eso vacilo. No. Vd no puede vacilar. Es necesario decidirse. Pues yo vacilo porque estoy viejo. Cuando el Sr. Presidente me empujaba no vac ilaba aunque él lo creyese, pero era antes. Vacilo, ¿qué puedo hacer yo a los setenta años? Si solo tuviese cincuenta y seis... Yo tengo cuarenta y tres para ayudarle . Aquí se interrumpen las notas autobiográficas de Franco, que no consiguió convencer al jefe del gobierno . Cuando Gil Robles había salido esa misma madrugada de Gobernación se encontró con e l diputado de Izquierda Republicana Enrique Ramos que probablemente venia de par te de Azaña para negociar la entrega del poder. Por la misma fuente sabemos que Po rtela, el 18 de febrero, llamó a Martínez Barrio para notificarle su decisión irrevoca ble de dimitir. Ante los datos combinados de Gil Robles y Franco no puedo evitar el subrayado de estos nombres decisivos Por-tela, Pozas, Martínez Barrio, Azaña que f orman una apenas disimulada trama masónica para la entrega del poder al Frente Pop ular. Como en la Rusia de febrero de 1917, otros nombres, un proceso semejante. El miércoles 19 de febrero don Manuel Portela Valladares presenta formalmente s u dimisión al Presidente de la República que se la acepta y encarga a don Manuel Azaña , como gran vencedor de las elecciones y jefe del Frente Popuar, la formación del nuevo gobierno. Este es un primer argumento para declarar, ante la Historia, no válidas aque1 L. Suárez, Franco, el general..., 1, 279s. llas elecciones. Azaña recibe el poder cuando ya se han consumado innumerables desmanes en la primera vuelta; Gil Robles los cataloga puntualmente. Y cuando el proceso electoral está sin terminar; falta la segunda vuelta, que tendría que celeb rarse al domingo siguiente. Con el Frente Popular en el poder los desmanes y los atentados electorales se multiplicaron. Gil Robes, cuya exposición es muy moderad a y objetiva, estima que sumando todos los pucherazos cometidos por las turbas, y agravados después por la Comisión de Actas, el Frente Popular no hubiera alcanzado la mayoría absoluta. Una seria comisión de juristas y políticos demostró la misma concl usión en 1939 con pruebas palpables, como detallo en mi libro citado sobre el 18 d e julio. La elección de 1931 por la que se proclamó la República y la de febrero de 19 36 que entregó el poder al Frente Popular son igualmente ilegales, ilegítimas, falsa s e inválidas. FRANCO EN LA GRAN CONSPIRACION DE 1936 Pese a la amplitud y la intensidad de sus gestiones en torno a la jornada ele ctoral de febrero Franco no consiguió sus propósitos y el Frente Popular, desde el g

obierno que había ocupado ilegalmente, convirtió la mayoría relativa que había obtenido en la primera vuelta en mayoría absoluta y aplastante. Es importante notar que par a la manipulación de los resultados en la Comisión de Actas del Congreso, el Frente Popular contó con un aliado que no pertenecía a la coalición de izquierdas; el Partido Nacionalista Vasco, que sí había participado en la coalición de las derechas durante las anteriores Cortes Constituyentes y que ahora se sintió inexorablemente atraído a la colaboración con el Frente Popular porque con éste veía más factible la realización de sus proyectos autonómicos. Esta colaboración, iniciada a raíz de las elecciones de fe brero de 1936, se prolongó después, de forma antinatural, durante la guerra civil. E l distanciamiento del PNV respecto de las derechas nacionales era un hecho que s e agudizó a fines de 1935 con motivo de los duros ataques de Calvo Sotelo, jefe de l Bloque Nacional, al separatismo vasco. Con Manuel Azaña en la jefatura del gobierno y el general Masquelet, fiel azañist a, en el ministerio de la Guerra, el cese de Franco como jefe del Estado Mayor C entral y el de Mola como jefe de las Fuerzas Militares de Marruecos, así como el d e los demás generales hostiles al jefe del Frente Popular se produjo inmediatament e. El 21 de febrero Franco asistió a la toma de posesión del general Masquelet como ministro de la Guerra y al día siguiente cesó en el Estado Mayor Central y fue desti nado es decir alejado a la Comandancia general de Canarias. El general Goded recibió idéntico puesto en Baleares. El general Mola pasaba a Pamplona como comandante militar. Manuel Azaña estaba abrumado por las preocupaciones que l e proporcionaba el mismo Frente Popular cuya jefatura ostentaba sólo nominalmente y no demostró frente a las Fuerzas Armadas la agresividad del primer bienio. Franc o se despidió protocolariamente del Presidente de la República y del jefe del gobier no. Don Niceto Alcalá Zamora, que no podía ver a Franco, le aseguró que en España no ven dría el comunismo a lo que Franco contestó con naturalidad que donde estuviera él no h abría comunismo. Con Manuel Azaña la entrevista fue muy breve y ninguno de los inter locutores ha dejado constancia de su contenido. Por el ayudante y luego secretar io militar de Franco sabemos que Azaña aludió significativamente al fracaso del Diez de Agosto, cuyos errores, por supuesto, Franco, si llegaba el momento, estaba d ispuesto a no cometer. Además de las visitas protocolarias Franco mantuvo en Madrid varias conversacio nes exploratorias y preparatorias sobre la posibilidad de un movimiento militar en el caso, previsible, de que el Frente Popular, bajo inspiración comunista, asum iese una actitud revolucionaria. ¿Podría preverse racionalmente este peligro en marz o de 1936?. ¿Se preparó realmente una revolución de signo marxista en la España del Fren te Popular?. Franco y los generales y militares que se comprometieron en el Alza miento de julio estaban completamente convencidos de ello. Por el contrario una fuerte y nutrida corriente histórica identificada con la República y con el Frente P opular en paz y en guerra cree que no; y los ecos de esa corriente histórica han l legado hasta la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso democrático de 1999 que se atrevió a dictaminar, con el voto en contra del Partido Popular, el 14 de septi embre de 1999 que El 18 de julio fue un golpe militar fascista contra la legalid ad republicana. Estas palabras subrayadas se convirtieron antes de dos meses en el título de mi libro dedicado a analizar una tesis histórica que estimo falsa por l os cuatro costados, en la que además niego el supuesto; esa legalidad republicana no existía el 18 de julio de 1936. No existía ni por asomo . 1 Las fuentes para seguir la trayectoria de Franco entre febrero y julio de 1 936 son las siguientes: los libros ya citados de Franco Salgado Mi vida.., y Mis conversaciones... Mi estudio sobre la gran conspiración en Historia de la guerra civil española, antecedentes, Madrid, San Martín, 1969, con documentación esencial con servada en el Servicio Histórico Militar. Mi biografía de Franco (1982) vol. II p. 1 86s. Luis Suárez, Franco, el general..., op. cit., p. 285s. Y la bibliografía conten ida en estas fuentes, a las que cabe añadir las importantes memorias de Gil Robles . El abanderado del antifranquismo militante, un curioso bibliotecario american o llamado Herbert Rutledge Southworth, recientemente desaparecido, se ha pasado

la vida proclamando la luminosa tesis de que la cruz de la cruzada de Franco era la cruz gamada, uno de los más atroces disparates jamás escritos sobre la guerra ci vil española. Achaca habitualmente Southworth a los promotores del Alzamiento de 1 936 que se sublevaron contra un proyecto inexistente de revolución por parte del F rente Popular, basándose en que unos documentos secretos muy difundidos en la prim avera de 1936 con planes para esa revolución fueron publicados íntegramente y con ello desautorizados por el diario caballerista Claridad. Esta publicación e s cierta y en ninguno de mis libros he considerado auténticos esos documentos, cer teramente desactivados ante la Historia por el diario socialista antes del 18 de julio. Pero Southworth se encerró en su propia argumentación y se hartó de dar palos al maniqueo sin advertir dos hechos fundamentales; primero, que no sólo existía en 1 936 un proyecto, sino una realidad revolucionaria; segundo, que de ese proyecto y esa realidad revolucionaria existen, entre 1934 y 1936 ambos inclusive, numero sísimas pruebas auténticas fuera de esos documentos falsificados y trucados. En mi l ibro de 1999 que acabo de citar enumero los más importantes de esos documentos, qu e anulan toda posibilidad de legalidad republicana el 18 de julio de 1936 y just ifican históricamente al 18 de julio como movimiento cívico-militar (así le calificaro n los obispos en su Carta Colectiva el 1 de julio de 1937) por parte no sólo de un sector de las Fuerzas Armadas que nada tenía de fascista sino también de lo que den ominó José María Gil Robles en pleno Parlamento en abril de 1936 Media España (que) no s e resigna a morir. Si el pobre Soutthworth se resignaba a ignorar y a mentir eso fue asunto suyo. La Historia va por otra parte. En resolución, que la marcha desb ocada del Frente Popualr no sólo respondía a un clarísimo proyecto revolucionario formu lado ya antes de Octubre de 1934 y reiterado en el propio Pacto del Frente Popul ar firmado el 15 de enero de 1936 y difundido por toda España sino que además era rea lmente una revolución en marcha, que no necesitaba de nuevos proyectos para tomar el poder porque había tomado el poder, y encima fraudulentamente, en las ilegales elecciones del 16 de febrero de 1936 y sucesos consiguientes. Si algún lector nece sita compulsar una por una las pruebas le ruego que acuda a mi citado libro cuya s conclusiones, por cierto, nadie, que yo sepa, se ha atrevido a discutir desde la actual izquierda española ni europea. El testimonio del entonces ayudante de Franco, luego secretario militar, Fran co Salgado, me parece de suma importancia para este período. Todavía en Madrid después de su cese en el Estado Mayor Central, Franco ordenó a su pariente la preparación de las claves para la comunicación secreta desde Canarias con dos enl aces principales: el teniente coronel Juan Yagüe, próximo a la Falange y jefe de la Legión en Ceuta, incondicional de Franco; y el teniente coronel Valentín Galarza, el Técnico destinado en el ministerio de la Guerra, coordinador principal de la Unión Mi litar Española y que inmediatamente empezó a ejercer la misma función entre las dos pr incipales organizaciones conspiratorias; la Junta Nacional de la UME y la Junta de Generales que había empezado a funcionar en el mes de enero de 1936. La documen tación del Servicio Histórico Militar apunta al general Goded como principal animado r e impulsor de la conspiración hasta su marcha a la comandancia general de Balear es, en combinación con el general Rodríguez del Barrio, jefe de la primera Inspección General del Ejército con sede en Madrid. Sin descartar la actividad de Goded, que creo probada, conviene recordar ahora la vinculación de Franco con la UME y con el coordinador de la UME Valentín Galarza, que ya conocemos por testimonio del propi o Franco referido al año 1935. La Junta de Generales ya se había reunido alguna vez con anterioridad pero su r eunión fundamental tuvo lugar el 8 de marzo de 1936, víspera de la salida de Franco para Canarias, en casa del miembro de la CEDA y agente de Bolsa don José Delgado y Hernández de Tejada, sita en la calle del general Arrando 19, un barrio aristocráti co de Madrid; la calle se llamó luego General Goded y ahora ha recuperado su nombr e de entonces. Asistieron a la reunión los generales Franco, Mola (en tránsito desde África a Pamplona) Orgaz, Villegas, Fanjul, Varela, Saliquet, Rodríguez del Barrio, Kindelán y González Carrasco, que nos ha facilitado la minuta. Asistió también en funci ones de secretario el teniente coronel Galarza, según testimonio del propio Franco . La minuta redactada por González Carrasco y publicada por vez primera en mi cita

do libro de 1969 (que el profesor Suárez no parece haber consultado, cosa rara en historiador tan minucioso) es la siguiente: 1. - Organización y preparación de un movimiento militar que evite la ruina y la d esmembración de la patria 2. - El movimiento sólo se desencadenará en el caso de que las circunstancias lo hiciesen absolutamente necesario (tesis de Franco, varias veces repetida desde 1 932 a 1936, n. del A.) 3. -. Por iniciativa de Mola y decisión de Franco se decide que el movimiento f uese exclusivamente por España, sin ninguna etiqueta determinada. Después del triunfo se trataría de problemas como el de la estructura del régimen, símbolos etcét era. 4. - En la reunión se decide la formación de una Junta (en realidad se decidió la c onsolidación, n. del A.) constituida en principio por los generales comprometidos residentes en Madrid, Orgaz, Fanjul, Rodríguez del Barrio, Saliquet, García de la He rán, Kindelán, González Carrasco y Varela. Se admite la jefatura ya implícita de Sanjurjo, lo que supondría un nuevo lazo de unión con la UME. La representación de Sanjurjo no recae sobre Varela (como indica Gil Robles, n.del A.) sino sobre el inspector de la primera región, Rodríguez del Barrio, suplente de Goded (que ya estaba en Mallor ca) para la preparación del alzamiento. En los testimonios posteriores de Franco se citan, además, tres temas important es: el motivo de la sublevación sería la disolución, total o parcial, de la Guardia Ci vil o de las Fuerzas Armadas; y la imposición de Mola de mantener el régimen republi cano y la bandera, que se advierte en las reticencias de la minuta proporcionada por González Carrasco. Mola preparaba ya el enlace con generales republicanos, co mo Cabanellas y Queipo y conocía que muchos oficiales jóvenes preferían mantener la Re pública. Se asignaron, además, los territorios de cada general para el alzamiento: M ola la Sexta región (Burgos) ; Saliquel para Cataluña y Goded para Valencia. Gil Rob les da testimonio de la síntesis ofrecida finalmente por Franco en la reunión: Que ca da cual declare el estado de guerra en su jurisdicción y se apodere del mando. Des pués ya veremos cómo nos ponemos en relación . El compromiso de Franco queda bien claro; si bien no creía aún llegado el momento, hasta que el Frente Popular revelase en la práctica su previsible comportamiento. Aunque en la reunión se habló sobre la estrate gia del Alzamiento, no se decidió con carácter firme si la operación sería centrípeta (sub levación periférica, convergencia de columnas sobre Madrid) o centrífuga; pronunciamie nto y toma del poder en Madrid, extensión a toda España. El propósito estaba claro y la coordinación, esbozada. Pero la táctica concreta no se decidió, ni mucho menos. La Junta de Generales preparó al menos dos proyectos con cretos que fueron abortados. El teniente coronel Galarza sí mantuvo una constante actividad de enlace, que no excluía a algunos líderes políticos, como José Calvo Sotelo y José María Gil Robles. Pero Galarza, excelente coordinador, era sólo un teniente cor onel; el Alzamiento necesitaba tener al frente, como jefe ejecutivo, a un genera l y una vez fracasada la Junta de Generales de Madrid, vigilada muy de cerca por el gobierno del Frente Popular, la propia Junta pidió al general Mola que asumiese, en nombre de Sanjurjo, la dirección ejecutiva del movimiento. Esto sucedía a fines de abril de 1936 y desde algo después Mola act uó con el nombre clave de El Director. Sobre la participación personal del general Franco en los preparativos del Alza miento se han acumulado todo género de leyendas, generalmente inspiradas por la ig norancia. A nuestro propósito conviene superponer tres líneas de hechos; primera, la actuación del propio Franco en Canarias; segunda, el despeñamiento del Frente Popul ar en el caos revolucionario; tercera, la relación específica de Franco con los núcleo s de la conspiración que eran Madrid (Galarza) Pamplona (Mola) y las fuerzas milit ares de África (Yagüe). De esta forma creo que todo puede quedar muy claro.

Franco sale de Madrid hacia Cádiz el lunes 9 de marzo de 1936, con su esposa y su hija. Por la tarde embarca con su familia y su ayudante en el vapor Dómine que le conduce a Las Palmas, donde arriba, tras una travesía agitada por el mal tiempo , a las siete y media de la tarde del miércoles 11. Antes de desembarcar Franco co ncede una entrevista al diario Hoy en la que sólo comunica generalidades sin compr ometerse más que a su trabajo como militar. Pasó dos noches y un día en Las Palmas, do nde recibió a los jefes y oficiales de la guarnición y a la mañana del día 13 volvió a emb arcarse con destino a Santa Cruz de Tenerife. Allí encontró signos hostiles en la re cepción, tras una campaña de la prensa de izquierdas contra él. Al día siguiente, 14 de marzo, Franco empieza a organizar su trabajo en la Comandancia General, mientras su amigo Emilio Mola llega a Pamplona y confía a su ayudante, Emiliano Fernández Co rdón, que muchos años después me confió su interesantísimo y escueto diario: No le faltaba a Navarra más que mí destino aquí . Y en Madrid, por fútiles pretextos, el gobierno ordena detener y meter en la cárcel al jefe de Falange, José Antonio Primo de Rivera, que y a no recuperaría la libertad más que con la muerte el 20 de noviembre del mismo año. C on el jefe de Falange fueron detenidos otros dirigentes; el gobierno del Frente Popular creía que el peligro principal contra la República provenía de Falange, hasta entonces de escasos efectivos pero que después de las elecciones recibió numerosas a dhesiones entre la juventud política y militar española, especialmente dentro de la oficialidad del Ejército de África. Franco resume así su período de mando en Canarias: Pr isionero en Canarias. Proyectos para liberar1 Diario del teniente coronel E. Fer nández Cordón, archivo del autor. me . La sensación de prisionero debió de ser muy intensa porque Franco se la comunicó en esos mismos términos a su primer biógrafo Joaquín Arrarás. Durante mi detenido viaje de 1971 pude conseguir numerosos testimonios sobre la vida de Franco en las isla s. La alusión de Franco sobre su carácter de prisionero del Frente Popular se debía a la vigilancia continua a que le sometían las autoridades gubernativas y los grupos p olíticos adversos; los intentos de liberarle fueron, sin duda, los proyectos políticos de algunos amigos para presentarle como candidato a unas elecciones parciales c omplementarias, que debían celebrarse en Cuenca después de los pucherazos electorale s del Frente Popular. Para contrarrestar esa vigilancia enemiga los oficiales de la guarnición organizaron, sin decírselo a Franco, patrullas de protección y contravi gilancia que él llegó a advertir y que le acompañaban discretamente cuando acudía, con f recuencia, al campo de golf de Tacoronte y en todos sus desplazamientos por Tene rife y las demás islas. La guardia de la Comandancia general hubo de poner en fuga a unos extremistas que intentaron un asalto nocturno. Franco acudía a misa de onc e todos los domingos a la iglesia del Pilar con su esposa e hija y para ello tenía que pasar, a pie, delante de la logia masónica más importante de Santa Cruz; la Mas onería era muy fuerte en Canarias lo que constituía un factor añadido de inquietud. Fr anco paseaba algunas veces por el puerto y conversaba con los obreros sobre sus problemas. En el citado libro sobre el 18 de julio trato de pasar revista a los aconteci mientos de aquella primavera trágica, a los que Franco prestaba desde Canarias una atención cada vez más preocupada. El 5 de abril puede comprobar Largo Caballero cómo sus juventudes socialistas se han pasado virtualmente en bloque a la obediencia comunista por impulso de su joven líder Santiago Carrillo. Dos días después, el 7 de a bril, el Frente Popular aplica su peligroso método para ir eliminando a los modera dos de la República y su primera víctima fue precisamente el Presidente de la Repúblic a, don Niceto Alcalá Zamora, destituido arbitraria e ilegalmente por ese mismo Fre nte Popular que gracias a él había llegado al poder por la convocatoria anticipada d e las elecciones generales. El 15 de abril la guerra civil manifestada en las el ecciones, ya presente en la calle desde la campaña electoral, prende en el Congres o durante la sesión de ese día que Gil Robles deja marcado para la Historia en una i ntervención decisiva: Una masa considerable de opinión, que es por lo menos la mitad de la nación, no se resigna implacablemente a morir, os lo aseguro. Si no puede de fenderse por un camino se 1 L. Suárez Franco, general de la Monarquía..., p. 287.

defenderá por otro. Frente a la violencia que desde allí (el banco azul del gobie rno y los escaños comunistas) se propugna surgirá la violencia por otro lado y el po der público tendrá el triste papel de mero espectador en una contienda ciudadana en la que se va a arruinar material y espiritualmente la nación . Una contienda ciudadana. Es decir, la guerra civil anunciada como respuesta a la violencia revolucionaria del Frente Popular el 15 de abril, es decir tres me ses antes del 18 de julio. Los partidarios actuales de la República y el Frente Po pular se obstinan en proclamar que Gil Robles exageraba, cuando no atribuyen a l as derechas la provocación para la guerra civil. Les hemos presentado todas las pr uebas, todos los documentos. Se cierran en banda, viendo no ven y oyendo no oyen . El 20 de abril de 1936 fracasa en toda la línea el pronunciamiento organizado p ara esa fecha por la Junta de Generales que operaba en Madrid. No se movió una sol a unidad pero el gobierno se enteró lo suficiente como para encerrar al general Va rela en el castillo gaditano de Santa Catalina y confinar al general Orgaz en Ca narias, donde se puso inmediatamente en contacto con Franco. Ese mismo día 20, con toda probabilidad, Ramón Serrano Suñer se presentó ante Gil Robles (Serrano era miemb ro de la CEDA y vicepresidente de su minoría parlamentaria) con un mensaje de Fran co en que solícita su inclusión en la candidatura de la CEDA para las elecciones par ciales a celebrar en Cuenca. El 23 de abril el diario Ya de Madrid, vinculado a la CEDA, lo confirma. Pero Gil Robles y el miembro de Acción Española Eugenio Vegas nos informan de que José Antonio Primo de Rivera, desde la cárcel, se opone a este p royecto de Franco y por encargo de José Antonio, Serrano Suñer viaja a Tenerife para disuadir a Franco, que cancela su proyecto, al que se referirá el líder socialista Indalecio Prieto en su célebre discurso del 1 de mayo en Cuenca, entre elogios y a dvertencias al propio Franco2. El fracaso del pronunciamiento mal preparado para el 20 de abril por la Junta de Generales colapsa por el momento la marcha de la gran conspiración. Además de la s bajas ya citadas el gobierno fuerza la retirada del general Rodríguez del Barrio , que actuaba como jefe de la Junta, y poco después le cesa. En vista de ello los generales que permanecen en ella envían a Pamplona al general González Carrasco para encargar a Mola de la preparación del alzamiento. Mola pidió

.

1 J, M. Gil Robles, No fue posible..., op. cit., p. 682. 2 El intento político de Franco está documentado en mi Franco de 1982, II, p. 194

garantías al emisario que a poco volvió a Pamplona con una carta de la Junta por la que se nombraba a Mola Jefe de Estado Mayor del general Sanjurjo, que se mant iene nominalmente como jefe de la conspiración. Ha quedado por el momento en Madri d como jefe de la Junta el general Villegas, que fracasa en un nuevo proyecto de pronunciamiento hacia mediados de mes, lo cual decide ya sin dilaciones a Mola a tomar el mando de la conspiración. Ante los documentos que se conservan en el Se rvicio Histórico Militar y que transcribí y publiqué por vez primera en 1969 creo que esta decisión de Mola se tomó precisamente a mediados de mayo. Más o menos en esa fech a empieza a difundirse por medio de la red establecida por Mola y Valentín Galarza la primera Instrucción para el movimiento, la Instrucción reservada número 1, sin fec ha ni firma. Se han publicado numerosas dudas sobre la decisión de Franco y sus dilaciones p ara sumarse a los proyectos de Mola. Me parece justo que ante todo oigamos la op inión del propio Franco, comunicada a Franco Salgado el 27 de abril de 1968: Yo siempre fui partidario del movimiento militar, pues comprendía que había llegad o la hora de salvar a España del caos en que se hallaba con los socialistas y toda s las fuerzas de izquierda, que unidos marchaban decididamente a proclamar una d ictadura del proletariado, como sin reserva alguna proclamaba Largo Caballero en

sus mítines y en la prensa, sobre todo en el Parlamento. Lo que yo siempre temí fue que, por falta de una acción conjunta de la mayoría del Ejercito, se repitiera lo d el 10 de agosto. Observaba que el ministro del Ejército, Casares Quiroga, iba desm antelando las fuerzas del Ejército que hacían frente a los elementos marxistas que l o provocaban con sus agresiones. Unas veces encarcelaba a jefes y oficiales, deján dolos además sin destino, otras cambiaba de guarnición a los regimientos, mandándolos a poblaciones alejadas de las grandes capitales, como sucedió con los de Caballería de Alcalá. Es decir que mi consigna fue el principio estratégico de acción conjunta y sorpresa; sin eso, como todos los militares sabíamos, era muy difícil vencer. Me dab a cuenta de que el movimiento militar iba a ser reprimido con la mayor energía y p or eso rechazaba la opinión, muy extendida, como afirmaba el general Orgaz, y que tú también oíste cuando 1 Transcribo los documentos de Mola del legajo Fernández Cordón conservado en el SHM. La designación de Mola por la Junta procede de González Carrasco, SHM, AGL, L. 273, C. 18 A.4. lo dijo en Tenerife: que iba a ser una perita en dulce y si yo no me decidía se la iba a comer otro. También procuré en aquella época preparatoria extender mi pensamiento de que el mili tar que se subleva contra un Gobierno constituido no tiene derecho al perdón o ind ulto y que por ello debe luchar hasta el último extremo. La rendición de Sanjurjo en Sevilla prueba todo esto pues si bien el gobierno de la República le indultó, tuvo que sufrir condena en el penal de Santoña y llevar el infamante uniforme de un vul gar presidiario, alternando con ellos . Este testimonio de Franco me parece fundamental y completamente verídico. Estab a comprometido con el Alzamiento; pero temía y retrasaba la decisión final porque co nocía perfectamente que el Ejército estaba dividido y que el proyecto Mola-Galarza o frecía numerosos huecos. Sin embargo, aunque no fijaba aún la fecha, el compromiso e ra firme y seguro. Eso sí, necesitaba una prueba suprema para entrar en acción y esa prueba fue el asesinato de Calvo Sotelo pero este magnicidio no se había producid o aún cuando Franco había accedido a que se le enviase a Las Palmas un potente avión d esde Londres con el que pudiera trasladarse a Tetuán para tomar el mando del Ejércit o de África. El compromiso de Franco, prudente y cauto, era firme desde la reunión del 8 de marzo en Madrid y se reafirmaba aún más por los diversos contactos que mantenía con lo s centros vitales de la conspiración. Por el testimonio del ayudante de Mola, Fernán dez Cordón, ya citado, sabemos que Franco mantenía contacto diario y cifrado con Mol a a través de Valentín Galarza. Participó en la elaboración y crítica de las instrucciones de Mola con tres cartas sólo en el mes de julio, como ya reveló Joaquín Arrarás. Recibió las visitas del comandante Bartolomé Barba, uno de los jefes de la UME (Franco Sal gado) en una de las cuales le transmitió la adhesión del general Goded que se ofrecía a intervenir a medio cuerpo de caballo de Franco, reconociendo así su jefatura. Gala rza recibió de Franco, según Gil Robles y el estudio inédito del Alzamiento que pude c onsultar en el Servicio Histórico Militar, no menos de treinta cartas. Los mensaje s cifrados de Franco se transmitían por medio del doctor Gabarda, director de la c línica Costa, próxima a la Comandancia General. El propio Galarza viajó a Tenerife par a establecer contacto personal con Franco, según informa Serrano Suñer. Franco Salga do, como ayudante de Franco en Canarias, participó intensamente en las comu1 F. Fr anco Salgado, Mis conversaciones..., op. cit., p. 526s. nicaciones de la conspiración; según su testimonio recibía y enviaba los mensajes p rocedentes o destinados a Galarza, Yagüe y Varela con frecuencia diaria . En el mes de junio de 1936 la trama de la gran conspiración se anudaba cada vez más firmemente en las expertas manos del general Mola, mientras la situación revolu cionaria del Frente Popular alcanzaba nuevos máximos. El 10 de mayo anterior el Fr ente Popular catapultó al jefe del gobierno, Manuel Azaña, a la Presidencia de la Re pública, quitándoselo de encima como jefe del gobierno, donde les resultaba más incómodo

; fue la segunda gran eliminación de un moderado. La elección se celebró en el Palacio de Cristal del Retiro, en Madrid, y durante un descanso se produjo un choque vi olento y simbólico en los jardines; el caballerista Luis Araquistain, entonces hom bre de Moscú y director del diario extremista Claridad se enfrentó con el director d el diario moderado El Socialista, como una muestra viva de la guerra civil que y a alentaba entre esas dos facciones del socialismo. Poco después vino una confirma ción de ese grave conflicto, que para un observador tan imparcial como Madariaga c onstituyó un nuevo presagio para la guerra civil general. Manuel Azaña, ya president e, quiso encargar la formación de un gobierno de Frente Popular al socialista mode rado Indalecio Prieto, arrepentido ya de su enorme equivocación al fomentar en 193 4 la Revolución de Octubre. Una situación Azaña-Prieto hubiera conjurado seguramente e l peligro cada vez más inminente de guerra civil. Pero la minoría parlamentaria del PSOE, controlada por Largo Caballero, que a su vez estaba condicionado por los c omunistas, bloqueó ese proyecto y Azaña nombró jefe del gobierno (y ministro de la Gue rra) a un político apasionado y débil, el gallego Santiago Casares Quiroga, completa mente inepto para manejar la gravísima situación que ya vivía España. El señor Casares, po r su intemperancia en las Cortes, no calmó el peligro de guerra civil sino que lo reavivó. Ya en el mes de junio el Frente Popular ordenó el traslado de José Antonio Primo de Rivera a la que seria su última morada, la cárcel de Alicante, desde la que trató d e poner en pie de guerra a una Falange cuyas filas crecían desmesuradamente en aqu ellos meses y cuyos activistas chocaban sangrientamente en la calle con las juve ntudes socialistas y comunistas. Al día siguiente de la elección de Manuel Azaña como Presidente de la República la es cuadra española, al mando del almirante Salas, arribaba a las Canarias 1 Franco Salgado, Mi vida..., p. l44s. para realizar unos ejercicios. Franco recibió en Tenerife a una de las dos divi siones que formaban la Escuadra y durante una recepción que ofreció al almirante jun to a sus jefes y oficiales se produjeron algunos incidentes cuando el gobernador civil trató de dar un viva a la República, apenas contestado por nadie. Por aquella época Franco pudo escribir el prólogo a la Geografía militar del comandante José Díaz de Villegas, en el que anuncia el riesgo de guerra revolucionaria, la más peligrosa d e todas. Y demuestra, frente a alguno de sus antibiógrafos, su propia preparación pe rsonal en víspera de momentos tan críticos. Todavía no se habían borrado en el mes de ju nio las numerosas pintadas contra Franco que el Frente Popular de Tenerife había p rodigado por las paredes de la ciudad de Santa Cruz. Algunas iban ilustradas en rojo con el emblema de la hoz y el martillo, que para Franco resultaría muy difícil olvidar. El 16 de junio se recrudece la guerra civil ya declarada en las Cortes con la sesión más ominosa que hasta el momento había presenciado el hemiciclo. Intervienen l os líderes de la derecha católica, José María Gil Robles, y de la derecha monárquica, José C alvo Sotelo. Como el Frente Popular vivía en permanente estado de alarma, que incl uía una férrea censura a la prensa de derechas, no podía llegar a los españoles otra not icia sobre los desmanes del Frente Popular que la formulada en las Cortes por es os líderes, porque las intervenciones parlamentarias no estaban sometidas a censur a alguna. De aquí que uno y otro demostraran con hechos comprobables y listas pavo rosas los asesinatos, rapiñas, asaltos e incendios de iglesias y otras gravísimas vi olaciones de la convivencia por culpa exclusiva del Frente Popular. José Calvo Sot elo, explicando muy bien lo que pretendía decir se declaró fascista en cuanto enemig o de la anarquía económica y política, no como adscrito a ese credo político. En vez de apaciguar los ánimos, el jefe del gobierno Casares Quiroga echó más leña al fuego declar ando a su gobierno beligerante contra media España. La estrella comunista Dolores Ibárruri arremetió con su habitual estilo amenazador contra Calvo Sotelo. Creo since ramente que en aquella sesión nació en las mentes de la izquierda española el signific ado torcido e insultante del término fascista aplicado a todos los españoles que no se confiesan de izquierdas. Todavía siguen así.

Toda España comentaba al día siguiente aquel episodio de la guerra civil en las C ortes y entre esa toda España estaba el general Francisco Franco a quien los mando s, oficiales y nótese bien suboficiales de la guarnición de Tenerife con representacion es militares de las demás islas ofrecían un banquete de adhesión en medio de los pinare s del monte de la Esperanza, desde los que se contempla la vista incom parable de La Laguna, Santa Cruz de Tenerife y el Atlántico al fondo. No hay br indis ni discursos; sólo una compenetración sin digresiones políticas, en torno a quie n todos veían como el jefe indiscutible para un porvenir inmediato e incierto. Al día siguiente don Miguel Maura inicia en El Sol una serie de artículos en que, para atajar y dominar la anarquía del Frente Popular, propone la instauración de una dict adura republicana, idea que el general Mola asume inmediatamente, junto con otro s muchos militares. El día 20 Mola amplía el esquema militar del Alzamiento a la int ervención de la Armada y el paso del Estrecho por las fuerzas de Marruecos, las más selectas y preparadas del Ejército. Los líderes de la derecha Goicoechea, Serrano Suñer envían mensajes a Franco urgiéndole a que se ponga al frente del movimiento que se p repara. Pero Franco decide intentar la última posibildad de paz, se recluye en su despacho el 23 de junio y escribe al jefe del gobierno y ministro de la Guerra u na carta en que trata de detener la catástrofe. Cuando yo preparaba la primera ver sión de esta biografía en 1972 Franco pidió que le leyeran despacio aquella carta suya ; acto seguido no hizo el menor comentario. Creo fundamental reproducir la carta , publicada por vez primera en 1937 y nunca contestada ni desmentida: Respetado ministro: Es tan grave el estado de inquietud que en el ánimo de la of icialidad parecen producir las últimas medidas militares, que contraería una grave r esponsabilidad y faltaría a la lealtad debida si no le hiciese presente mis impres iones sobre el momento castrense y los peligros que para la disciplina del Ejércit o tienen la falta de interior satisfacción y el estado de inquietud moral y materi al que se percibe, sin palmaria exteriorización, en los Cuerpos de oficiales y sub oficiales. Las recientes disposiciones que reintegran al Ejército a los jefes y of iciales sentenciados en Cataluña y la más moderna de destinos antes de antigüedad y ho y dejados al arbitrio ministerial, que desde el movimiento militar de junio del 17 no se habían alterado, así como los recientes relevos, han despertado la inquietu d de la gran mayoría del Ejército. Las noticias de los incidentes de Alcalá de Henares , con sus antecedentes de provocaciones y agresiones por parte de elementos extr emistas, concatenados con el cambio de guarniciones, que produce, sin duda, un s entimiento de disgusto, desgraciada y torpemente exteriorizado, en momentos de o fuscación que, interpretado en forma de delito colectivo tuvo gravísimas consecuenci as para los jefes y oficiales que en tales hechos participaron, ocasionando dolo r y sentimiento en la colectividad militar. Todo esto, excelentísimo señor, pone apa rentemente de manifiesto la información deficiente que acaso en este aspecto debe llegar a V.E. o el desconocimiento que los elementos colaboradores militares pue den tener de los problemas íntimos y morales de la colectividad militar. No desearía que esta carta pudiese menoscabar el buen nombre que poseen quienes en el orden militar le informen o aconsejen, q ue pueden pecar por ignorancia; pero sí me permito asegurar, con la responsabilida d de mi empleo y la seriedad de mi historia, que las disposiciones publicadas pe rmiten apreciar que los informes que las motivaron se apartan de la realidad y s on algunas veces contrarias a los intereses patrios, presentando a Ejercito bajo vuestra vista con unas características y vicios alejados de la realidad. Han sido realmente apartados de los mandos y destinos jefes en su mayoría de historia bril lante y de elevado concepto en el Ejército, otorgándose sus puestos, así como aquellos de más distinción y confianza, a quienes en general están calificados por el noventa por ciento de sus compañeros como más pobres en virtudes. No sienten ni son más leales a las instituciones quienes se acercan a adularles y a cobrar la cuenta de serv iles colaboraciones, pues los mismos se destacaron en los años pasados con Dictadu ra y Monarquía. Faltan a la verdad quienes os presentan al Ejército como desafecto a la República, le engañan quienes simulan complots a la medida de sus turbias pasion es; prestan un desdichado servicio a la Patria quienes disfrazan la inquietud, d ignidad y patriotismo de la oficialidad haciéndoles aparecer como símbolos de conspi

ración y desafecto. De la falta de ecuanimidad y justicia de los poderes públicos en la administración del Ejército en 1917 surgieron las Juntas Militares de Defensa. H oy puede decirse virtualmente en un plano anímico, que las Juntas Militares están he chas. Los escritos que clandestinamente aparecen con las iniciales UME y UMR son síntomas fehacientes de su existencia y heraldo de futuras luchas civiles si no s e atiende a evitarlo, cosa que considero fácil, con medidas de consideración, ecuani midad y justicia. Aquel movimiento de indisciplina colectivo de 1917 motivado en gran parte por el favoritismo y arbitrariedades en la cuestión de destinos, fue p roducido en condiciones semejantes, aunque en peor grado, que las que hoy se sie nten en los Cuerpos del Ejército. No le oculto a V.E. el peligro que encierra este estado de conciencia colectivo en los momentos presentes, en que se unen las in quietudes profesionales con aquellas otras de todo buen español ante los graves pr oblemas de la Patria. Apartados muchos militares de la Península, no dejan de llegar hasta aquí noticias , por distintos conductos, que acusan que este estado que aquí se aprecia existe i gualmente, tal vez en mayor grado, en las guarniciones peninsulares e incluso en tre todas las fuerzas militares (y) de orden publico. Conociendo la disciplina a cuyo estudio me he dedicado muchos años, puedo asegur arle que es tal el espíritu de justicia que impera en los cuadros militares, que c ualquier medida de violencia no justificada produce efectos contraprodu centes en la masa general de las colectividades, al sentirse a merced de actu aciones anónimas y de calumniosas delaciones. Considero un deber hacerle llegar a su conocimiento lo que creo una gravedad t an grande para la disciplina militar que V.E. puede fácilmente comprobar si person almente se informa de aquellos generales y jefes de Cuerpo que, exentos de pasio nes políticas, viven en contacto y se preocupan de los problemas mínimos y del senti r de sus subordinados. Muy afectuosamente le saluda su affmo. y subordinado Francisco Franco . Creo sinceramente que Franco no pretendía con esta carta desorientar al ministr o de la Guerra sino frenar in extremís su política partidista mediante un aviso tan serio. Es muy significativa la mención de las nuevas Juntas de Defensa, la UME y l a UMR. Pienso que es un intento desesperado de ofrecer a Casares Quiroga sus pos ibles servicios en el remedio de los males que inquietan al Ejército. Sin embargo no descarto la explicación que Franco, veladamente, ofreció a su primer biógrafo sobre los motivos de esta carta; por la que pretendía frenar la destrucción de la trama c onspiratoria que el ministro estaba consiguiendo con sus medidas. En todo caso F ranco no ha querido ofrecer más explicaciones después de leer en 1972 y por supuesto aceptar la paternidad de su carta. Al día siguiente, 24 de junio, el general Mola envía sus Directivas para Marruecos en que confirma, para su destinatario el tenie nte coronel Yagüe la incorporación de un prestigioso general , es decir Franco. Pese a q ue Mola en su plan de convergencia sobre Madrid fijaba el cumplimiento de los ob jetivos en setenta y dos horas, Franco, en Canarias, no lo veía tan claro. Más aún, in dicó a varios interlocutores que el alzamiento sería muy difícil, muy sangriento y de larga duración. Algunos insensatos atribuyen a Franco la prolongación voluntaria de la guerra civil. Ese no fue su propósito sino su predicción; los que convirtieron el pronunciamiento en guerra civil no fueron Franco y los suyos sino sus enemigos al decidir una resistencia a muerte. Parece mentira cómo pueden olvídarse algunos he chos tan elementales . 1 Franco Salgado, Mi vida... op. cit. p. 139. LA SEÑAL: EL ASESINATO DE JOSE CALVO SOTELO El ayudante Franco Salgado y el teniente coronel Peral, uno de los jefes comp

rometidos en Canarias con el alzamiento, refuerzan la guardia de la Comandancia al empezar el mes de julio, así como las patrullas militares de escolta a Franco, sobre el que se cierne una amenaza palpable. Ahora es cuando Franco revela a los jefes más seguros de Canarias los proyectos inminentes de alzamiento militar y la necesidad de que ellos lo ejecuten en las islas mientras él vuela a Tetuán para pon erse al frente del Ejército de África. Los jefes y oficiales que se comprometieron c on Franco en Canarias no le fallaron ni en un solo caso, incluso los dos a quien es el gobierno había encargado que vigilasen al general, uno de ellos masón. Un test igo Arrarás y un historiador eminente Payne coinciden en señalar los primeros días de jul o como fecha para el definitivo compromiso de Franco para intervenir en el alzam iento al frente del Ejército de África. Puede que convenga adelantar un par de seman as la fecha de ese compromiso; porque la directiva de Mola en la que anuncia la llegada de Franco a Marruecos lleva fecha del 24 de junio y el general de Pamplo na no lo hubiera asegurado sin previa certeza. El 5 de julio el director de ABC, marqués de Luca de Tena, llama a Luis Bolín, corresponsal del periódico en Londres, y le encarga que gestione la adquisición de un hidro con gran radio de acción. Bolín co nsulta el encargo con Juan de la Cierva Codorníu, el inventor del autogiro, reside nte en Londres y poseedor de muchos contactos con los medios aeronáuticos ingleses , que le muestra la imposibilidad de adquirir hidros así en Europa pero le aconsej a la compra o alquiler de un excelente avión De Havilland Dragon en la Olley Air S ervice, una empresa que él conoce; se trata de un avión biplano de siete plazas con dos motores Gipsy Wright. Para disimular el objetivo del viaje, que era transpor tar a Franco de Canarias a Tetuán, el escritor británico Douglas Jerrold, amigo de B olín y Cierva, propone fingir una excursión turística del mayor Hugo Pollard a quien a compañarían su hija Diana y una joven amiga, Dorothy Watson, que acompañarían a Pollard y Botín. José María Gil Robles y el multimillonario Juan March intervinieron en el fle tamiento del Dragon, que despegó el 11 de julio del aeródromo de Croydon con el expe rto capitán W.H. Bebb a los mandos. Es importante notar que Franco había dado su con formidad a este viaje y que el avión partió de Londres dos días antes del asesinato de José Calvo Sotelo. Franco, por tanto, estaba ya decidido antes de ese trágico hecho . El Dragon aterrizó en Burdeos donde el marqués de Luca de Tena concretó las instrucc iones del viaje. En Burdeos se agregó un nuevo pasajero, el marqués del Mérito, cosech ero de fama universal y enlace con el Ejército de África. El avión, tras un intento fallido, logró aterrizar en el aeródromo portugués de Espin ho y tomó de nuevo tierra en Casablanca el 12 de julio. Ese día los principales conspiradores del Alzamiento dentro del Ejército de África habían intercambiado consignas al final de unas maniobras celebradas en el Llano A marillo de Ketama, al sur del Rif y al borde de un hermoso bosque de pinos y ced ros enormes. A los postres muchos oficiales se obstinaron en pedir café una y otra vez pero los mandos republicanos no advirtieron que se trataba de una consigna: CAFE, Camaradas, Arriba Falange Española. Esa misma tarde las negociaciones del g eneral Mola con los representantes de carlismo en Navarra se estancaban; los car listas no admitían más lema que Dios, Patria Rey ni más bandera que la bicolor, que ha sta 1931 había sido la de España. A primera hora de aquella noche el teniente de Asa lto José Castillo, instructor militar de las Milicias Antifascistas Obreras y Camp esinas MAOC, de encuadramiento y obediencia comunista, salía con su joven esposa es taban recién casados de su casa en la cale madrileña de Augusto Figueroa, casi esquin a a la de Fuencarral, cuando como un eslabón más en la trágica cadena de atentados que desde meses antes ensangrentaba a España fue abatido por un grupo armado de Falan ge que nunca fue detenido. La capilla ardiente se mstaló en el cuartel de Pontejos , aledaño al ministerio de la Gobernación en la Puerta del Sol, donde los compañeros y jefes de Castillo en la Guardia de Asalto, entre los que destacaba por su indign ación el comandante Ricardo Burilo a los que se unen otros correligionarios como el capitán de la Guardia Civil Condes, el pistolero comunista Cuenca y varios miembr os de la escolta socialista de Indalecio Prieto, La Motorizada incendian la noche c on clamores de venganza contra los más destacados líderes de la derecha, entre los q ue señalan como principales objetivos a José María Gil Robles y José Calvo Sotelo. Iba a ser la noche de los cuchillos largos para el Frente Popular decidido a todo.

Lo sucedido aquella noche ha sido fijado ya para la Historia con testimonios, estudios e investigaciones definitivas, entre las que destacan la Causa General , el Dictamen de Burgos en 1939, los libros de Carlos Fernández y lan Gibson. No e s ésta la ocasión de detallar aquellos acontecimientos sino de recordar la reacción de Franco y de toda España ante la terrible noticia . Resumamos sencillamente que, dec idida en el cuartel de Pontejos la represalia, la fuerza pública atacante se divid ió en dos cuadri1 Ampliación de fuentes en mi Franco de 1982,11 p. 219. Lo esencial en mi libro El 18 de julio..., op. cit. p. 495s, con indicación de fuentes. llas; una se dirigió a casa de Gil Robles para asesinarle, y al no encontrarle le buscaron en su despacho de Acción Popular en que tampoco estaba; entonces se un ieron a la otra cuadrilla, que al mando del capitán Condes, que se identificó como t al, irrumpieron ilegalmente en casa del diputado y jefe del Bloque Nacional en l a calle de Velázquez, le arrancaron de su familia, le metieron a viva fuerza en la camioneta oficial de Asalto que les transportaba y a poca distancia le asesinar on con un tiro en la nuca, tras lo cual arrojaron su cadáver a la entrada del ceme nterio del Este. Los partidarios del Frente Popular, entre ellos el pobre Southw orth, se empeñan en que Calvo Sotelo fue merecidamente ejecutado porque ya era un re belde en potencia; y que su asesinato equivale al de Castillo por los falangista s. Con todo respeto por el teniente asesinado, la importancia humana de los dos atentados era la misma; pero la significación política muy diferente. Castillo era u n instructor de activistas, prácticamente desconocido en España; Calvo Sotelo era un exministro, hacendista eminente, diputado del que se violó la inmunidad por fuerz as uniformadas del orden público; que había sido varias veces amenazado de muerte po r el Frente Popular en plenas Cortes y que era jefe de la oposición monárquica en el Parlamento y, junto a Gil Robles, líder político de la derecha española. El asesinato de Castillo fue un odioso crimen político; el de Calvo Sotelo un espantoso crimen de Estado. El líder socialista Indalecio Prieto vio a Condés unas horas después en la sede del PSOE y le predijo que por ese atentado estallaría de forma inmediata la guerra ci vil. Todo el mundo lo vio del mismo modo. El Frente Popular había tocado fondo y n uevamente era un fondo de sangre, lágrimas y barro como el de Casas Viejas en 1934 . Mis informantes de Canarias durante mi larga estancia de 1971 me insistieron en que durante la noche del 12 o del 13 de juilio varios individuos trataron de escalar los muros de la Comandancia General para atentar contra la vida de Franc o pero fueron ahuyentados a tiro limpio por la guardia doblada. En todo caso Fra nco quedó verdaderamente conmocionado por la noticia, que conoció por la radio en la misma mañana del 13 de julio, como toda España. Algunos excolaboradores, a veces mu y altos e íntimos, de Franco, que luego se convirtieron en enemigos, han declarado que Franco no se decidió a sumarse al Alzamiento hasta conocer la noticia del mag nicidio. No es verdad; ya estaba completamente decidido desde mediados o fines d e junio anterior si bien la trágica noticia le lanzó ya con toda urgencia a la suble vación. El testimonio inmediato de Franco Salgado es para mí clarísimo y definitivo: Al mediodía del 13 de julio con gran indignación mi primo (sic) afirmó que ya no se podía esperar más y que perdía por completo la esp eranza de que el gobierno cambiase de conducta al realizar este crimen de Estado , asesinando alevosamente a un diputado de la nación valiéndose de la fuerza de orde n público a su servicio. La decisión de Franco era definitiva e irrenunciable. Yo no lo dudé un momento y puedo afirmar que sentí deseos de que cuanto antes se alzase c ontra el gobierno del Frente Popular mucho mejor, pues nos estábamos exponiendo a que los comunistas nos ganaran la mano y, con ello, se llevasen de ventaja la in iciativa. Este horrendo crimen había de unir a todos los elementos de orden y just ificaba por completo la iniciación del movimiento militar . Aquella misma tarde del 1 3 el ayudante compra los billetes para que Carmen Franco y Carmen Polo embarquen el 19 de julio en el vapor alemán Waldi que saldría del Puerto de la Luz, en Gran C anaria, rumbo a El Havre. La suerte está echada, dice Franco Salgado. No cabía espera r mas

El 14 de julio Franco se encierra muy temprano en su despacho de la Comandanc ia y escribe el borrador de un Manifiesto que desemboca en el bando para declara r el estado de guerra en Canarias. Entrega el texto esa misma mañana al teniente c oronel González Peral, que se encargó de imprimir los documentos y tenerlos preparad os hasta que el propio comandante general diese orden para su proclamación. Ese mi smo día, en Madrid, se produce un grave malentendido. Los conspiradores de Madrid no saben dónde está el avión enviado desde Londres a Franco (que seguía en Casablanca) y tampoco conocen nada sobre la fecha en que Franco va a volar a Tetuán para poners e al frente del ejército de Marruecos. Franco, en Santa Cruz, sabe que le van a en viar un avión pero no sabe dónde está el avión. El profesor Luis Suárez cita un testimonio muy interesante de la señorita Elena Medina, fiel enlace del general Mola y colab oradora, en El Debate de Francisco Herrera Oria, hermano del futuro cardenal, y que actuaba como una especie de adelantado de la CEDA para la cooperación con los conspiradores militares e incluso en calidad de tal había intervenido en el envío de l Dragon. He discrepado del profesor Suárez en algún problema de método para la utiliz ación de archivos pero siempre he admirado todos sus libros y muy especialmente el más reciente sobre la vida de Franco en su época. Ahora debo expresar una seria dis crepancia de fechas en relación con ese testimonio. Suárez dice que el avión de Londre s llegaba a Gando el mismo día 14 a las 2,40 de la tarde (op. cit., p. 315). Pero Lu is Bolín, pasajero del avión e intermediario en su flete, llevaba un detallado diari o del viaje que reprodujo en su libro Spain, the vital 1 Franco Salgado, Mi vida..., op. cit., p. 150. years . Pues bien, en ese detallado diario de vuelo nos informa de que el avión, llegado a Casablanca el 12 de julio de 1936 a las 19,45, se quedó allí hasta el día 15 a las 07,55, momento en que despegó para el aeródromo español de Cabo Juby en la cost a africana, donde aterrizó a las 11,50; y volvió a despegar desde Cabo Juby ese mism o día (que no es el 14 sino el 15) para llegar a las Palmas a las 14,40; insisto q ue fue el día 15 y no el 14. Por otra parte el mensaje que Elena Medina recibió en M adrid el 14 de julio no pudo ser escrito por Sangróniz, que llegó a Santa Cruz de Te nerife el 16 de julio a la vez que el mayor Pollard; y casi con toda seguridad h izo el viaje a Canarias en barco, por lo que no podía estar en Madrid el 14 de jul io. Estoy seguro de que Elena Medina recibió el mensaje para Mola el 14, pero no d e mano de Sangróniz. El caso es, como dice con exactitud Luis Suárez, que Elena Medi na salió para Pamplona con un mensaje de Madrid en que se le informaba que no cons taba información alguna sobre Franco ni su avión. Mola pidió a la gentil mensajera que se dirigiera a Ceuta para comunicar al teniente coronel Yagüe el inicio de la sub levación en las plazas de soberanía y en el protectorado, aun sin saber nada de Fran co; a no ser que, al llegar a Madrid, Elena tuviera noticia de que Franco había en viado por fin el mensaje que esperaba el general Kindelán. El 15 de julio Indalecio Prieto, con su característica intuición, publicaba en su periódico, El Liberal de Bilbao, un ominoso artículo sobre La guerra civil que vive España . Esa misma mañana volvió a vivirla en la última sesión de las Cortes, celebrada por la Diputación Permanente sobre el magnicidio de Calvo Sotelo. Aun hoy resulta emoc ionante repasar aquellos discursos de Gil Robles y el líder del Bloque Nacional co nde de Vallellano, que virtualmente declaraban ya la guerra al Frente Popular, a quellas torpes réplicas de la izquierda cerril, aquellos intentos agónicos para evit ar la catástrofe inevitable. Ese día Franco tampoco pudo comunicar nada sobre su avión porque nada sabía de él, au nque ya había llegado al aeródrmo de Gando en Las Palmas, donde las autoridades lo d etuvieron hasta aclarar su origen y destino. Todo se iba a aclarar al día siguient e, 16 de julio, día del Carmen, santo de la esposa y la hija de Franco. Por fin, a las siete y media de la mañana, el buen mayor Pollard se presenta ante el doctor Gabarda y le comunica la consigna de que el avión de Franco está en Gando: Galicia sa luda a Francia . Gabarda hace como que no comprende pero avisa a Franco, que a pri mera hora de la mañana ha recibido al diplomático José Antonio de San1 London, Cassell , 1967, p. 50.

gróniz, marqués de Desio y enviado de los monárquicos de la Península y del general O rgaz; Sangróniz había llegado a Santa Cruz en el mismo correfllo que Pollard desde L as Palmas. Franco discute con Sangróniz el mejor método de llegar cuanto antes a Gra n Canaria para tomar el avión, ya que entonces Tenerife no disponía de un aeródromo ad ecuado. La solución, si bien trágica, se conoció a primera hora de la tarde. El comand ante militar de Las Palmas, general Amado Balmes, que por cierto estaba comprome tido para el Alzamiento, había sufrido un accidente mortal de tiro Se han difundid o versiones simplemente ignorantes sobre la muerte de Balmes. Un expediente cons ervado en el Servicio Histórico Militar lo aclara todo . Balmes era un notable tirad or, que sin embargo tenía la peligrosa costumbre de cargar su arma con el cañón apoyad o en el estómago. Sus últimas palabras fueron: Esta maldita costumbre mía... Ay, mi hij a! Al conocer la triste noticia, Franco llama por teléfono al subsecretario de Gue rra, general Cruz Boullosa, para comentársela y pedirle permiso verbal para viajar a Las Palmas con el fin de presidir el entierro. El subsecretario se lo concede inmediatamente y a las diez menos cuarto de la noche Franco embarca en el vapor Viera y Clavijo con su esposa e hija, su ayudante y su amigo el comandante jurídi co Lorenzo Martínez Fuset. Le acompañan además cuatro oficiales de su escolta militar. Durante su viaje nocturno Franco no puede saber que en aquellos momentos el ter cer tábor del Grupo de Regulares Indígenas numero 5, (comandante Joaquín Ríos Capapé) aler tado por el jefe designado para el alzamiento en el sector (coronel Juan Bautist a Sánchez González) salía en silencio para pernoctar en la alcazaba de Snada y caer al día siguiente sobre Villa Sanjurjo. Era la primera unidad sublevada, aunque secre tamente, del Ejército español. Cuando supo este hecho, apoyado en documentación del Se rvicio Histórico Militar, Franco mostró en 1972 su extrañeza pero no puso objeción algun a a su publicación cuando le mostré los documentos. Ese día 16 de julio Elena Medina, en Madrid, conoce la llegada del mensaje de Franco, que hace llegar a Mola y a Y agüe. Franco desembarcó en el Puerto de la Luz con el alba del 17 de julio de 1936. E n ese día la guarnición de Melilla se iba a sublevar en nombre suyo. Empezaba la gue rra civil española, el capítulo más dramático en la vida de Francisco Franco. 1 Cfr. mi Franco de 1982,11, p. 216 Los datos sobre la muerte de Balmes coinc iden con los publicados en el diario Hoy de Las Palmas 17 de julio de 1936, p. 1 y 8. EL ESPERPENTO POSTUMO DEL PROPAGANDISTA FEROZ No comentaré las conclusiones del coronel Blanco Escolá sobre la intervención de Fr anco en la gran conspiración de 1936 porque no he advertido en ellas nada nuevo e interesante. En cambio, cuando ya cerraba este capítulo, me llega el libro póstumo d e Herbert Rutledge Southwort, El lavado de cerebro de Francisco Franco que, tras muchos años de silencio impotente, escribió, por lo visto, este lobo feroz de la pro paganda antifranquista a instancias del profesor Paul Preston, que le prologa y nos informa de que el autor entregó el original pocos días antes de su muerte en 199 9. El libro aparece entre algunos anuncios previos que habían sembrado la expectac ión en los círculos especializados. El libro es un bodrio pseudohistórico, un amasijo de fichas bibliográficas y prejuicios marxistas-leninistas, como todos los del aut or; pero es además un parto de los montes, como dijo el clásico antiguo, del que nac ió ridiculus mus o un esperpento, como diría el clásico moderno. Un producto, en fin, que no pertenece a la literatura sino a la cerámica, por su habitual y evidente co ndición de ladrillo. Por su asombrado prologuista sabemos que Southworth fue minero, bibliotecario del Congreso, propagandista furibundo y, pese a su condición política de proletario , aficionado a la buena vida y habitante de caserones ajados y decadentes en Fra ncia. Sabemos que fracasó en un gran negocio, la introducción de patatas fritas ondu ladas en el país de las frites sencillas y que cuando salió heroicamente a la calle para apoyar a los estudiantes revolucionarios en 1968 Qo sería en 1868?) la policía

le baldó de una soberana paliza, que le produjo la natural depresión. Hace tiempo qu e albergo el propósito de sepultarle en sus propias inepcias pero esperaba que est e libro tan anunciado mereciera la pena. Después de subrayarlo no sé. Resulta que me convierte en una especie de héroe del anticomunismo, lo cual supone para mí un alto honor que merece agradecimiento. Me nombra patrón de la derecha española en el camp o de la Historia, ojalá fuera verdad. Dice que la modesta sección de estudios sobre la guerra de España que creé en el Ministerio de Información en 1963 (con su habitual precisión él le llama Ministerio de Cultura) poseía medios fabulosos, pero ignora que todos mis libros, excepto los dos primeros por los que no cobré un duro, salieron al público a través de editoriales privadas, sin un céntimo de subvención y financiados exclusivamente por su éxito editorial. 1 Barcelona, Crítica, 2000. Pero vamos al libro. Yo esperaba que incluyese una retractación de los disparat es que escribió su autor sobre el bombardeo de Guernica, del que se ha muerto sin enterarse y sin encontrar el documento que ha estado buscando toda su vida, la o rden de destruir la ciudad vasca y sus símbolos firmada por Franco, lo cual era hi stóricamente imposible porque los símbolos quedaron intactos tras el bombardeo y Fra nco jamás firmó tal orden a la Legión Cóndor ni a la aviación italiana. También esperaba que pidiese perdón por las enormidades que dejó escritas contra la defensa del Alcázar de Toledo, ahora que se han descubierto y publicado las cartas del coronel Moscardó a su esposa durante el asedio, pero a Southworth se le paró el reloj en 1963, no t iene ni idea de esas cartas y cuando critica (o incluso elogia) algunos se mis l ibros no pasa de los publicados hasta 1970, con leves excepciones, y desde enton ces ya ha llovido sobre mis imprentas. Yo esperaba que nos aclarase por fin cómo e n Anti~falan ge, un libro de turbia historia, confunde al ilustre colaborador de la Institución Libre de Enseñanza, don Manuel B. Cossío, con el ilustre pintor falang ista Pancho Cossío. Yo esperaba que pidiera perdón por haber dicho que la cruz de la Cruzada de Franco era la cruz gamada pero lo vuelve a repetir en este bodrio fi nal. El libro tiene dos partes. La primera es un absurdo centón sobre los documentos secretos de la primavera de 1936, que demostraban la existencia de un complot com unista contra el Gobierno. Pero en mi primer libro de Historia, en 1968, y él lo s abía, yo había negado validez alguna a esos documentos y además facilité el nombre del e scritor que hizo la eficaz falsificación, el insigne novelista y madrileñista Tomás Bo rrás, que me lo reveló personalmente. Muy a su pesar Southworth tiene que confesar q ue probablemente yo tengo razón, pero pasa por alto mi tesis, expresada en 1968 y ratificada en mi libro de 1999 El 18 de julio no fue un golpe militar fascista s obre los documentos auténticos del golpe marxista.leninista contra la República; el doble golpe, el de 1934 que ha documentado insuperablemente Pío Moa y el de 1936, qu e no necesitaba proyecto alguno porque era una realidad en marcha; pero que además tuvo varios proyectos documentados, como el propio Pacto del Frente Popular fir mado el 15 de enero de 1936. Este sofista nacido, por lo visto, en O lahoma y cr iado en Arizona se obstina en zurrar al maniqueo (aunque no sabe qué es eso del ma niqueo) al negar la existencia de un proyecto comunista contra el Gobierno del F rente Popular; jamás se me ha ocurrido afirmar la existencia de tal proyecto, porq ue el Frente Popular no iba a atentar contra el Frente Popular sino contra todo lo que no era Frente Popular, es decir, lo mismo sólo que completamente al revés. En mis libros citados he aducido documentos irrefutables y nada secretos, por que muchos de ellos se publicaron, como gravísimas amenazas, en la prensa de la époc a o se profirieron en las Cortes de 1936, como ha demostrado Gil Robles sin duda posible. Mientras incurre en estos flagrantes desenfoques, Southworth acumula los disp arates comprobables en la primera parte de su libro póstumo. Dice en la p. 33 que la conspiración de 1936 fue la primera que montó la derecha para derribar un gobierno elegido democráticamente . Pues no, la primera fue en 193 1/1932; y esos gobiernos e l de 1931 y el de 1936 no fueron elegidos democráticamente sino en virtud de dos el ecciones falseadas, las de abril de 1931 y las de febrero de 1936, como he demos

trado en mi citado libro sobre el 18 de julio. Dice disparates sobre la Carta Co lectiva episcopal de 1937 (página 53) desconoce su origen y mientras reconoce que e n la Carta Colectiva no se habla de documento alguno cita contradictoriamente la inclusión en ella de los famosos documentos. Cree que Manuel Aznar había labrado su r eputación con sus artículos periodísticos durante la guerra civil (p. 73) pero resulta que el gran periodista se hizo famoso ya en 1917 cuando asumió la dirección del per iódico más influyente de la época, El Sol. Dice Southworth que el famoso libro de Boll oten es el único texto que refuta los documentos publicado en España en vida del Caud illo p. 100). Pero en mi libro de 1967 Los documentos de la primevera trágica yo ref uto esos documentos secretos como Southworth reconoce, y el libro fue publicado en España ocho años antes de la muerte del Caudillo. Yo cito a Madariaga, casi siempre con admiración; Southworth insulta copiosamente a Madariaga y niega a ese grandísim o español hasta su carácter de español (p. 119). Descubre su verdadera filiación marxist a-leninista cuando define a la guerra civil española en la p. 184: La guerra civil española fue en esencia una guerra de clases . Pues no. En el bando de Franco combat ieron de corazón, no por coacción, los requetés de Navarra, los campesinos y pescadore s de Galicia, los pequeños agricultores de Castilla, los voluntarios de las bander as de Falange; muchos pertenecían a las clases menos favorecidas. Muchos combatier on simplemente por su condición de católicos, el pueblo del Movimiento como lo definió G il Robles. No he intentado más que un florilegio, más penoso que divertido, de esta primera parte, verdaderamente infausta, del libro de Southworth. Creo que ya va bien servido. La segunda parte, que asume el mismo título del libro El lavado de cerebro de Fr ancisco Franco es igualmente pésima, con el agravante de que resulta todavía más aburri da. El lavado de cerebro es el que experimenta Franco desde que en 1928 recibió de Primo de Rivera una suscripción al Boletín de la Entente Internacional c ontra la Tercera Internacional, que Franco renovó a su costa en 1934 y 1935. El la vado de cerebro se produjo porque Franco, según Southworth, aceptó sin crítica ni mati z alguna las informaciones anticomunistas de ese Boletím y las convirtió en ideología falsa porque para Southworth, que es marxista-leninista (siempre he sospechado q ue al menos de corazón fuera comunista, aunque nunca, que yo sepa, lo confesó) todo anticomunismo es falso. Yo sospecho que el silencio terrible de Sputhworth duran te la etapa final de su vida, hasta que Preston le sacó de él para animarle a escrib ir este bodrio, se debió sobre todo a la caída del Muro de Berlín, cuyos cascotes le c ayeron encima para sepultarle vivo, como sucedió con los comunistas de casi toda E uropa (que se cambiaron el traje y la etiqueta) menos los españoles; así fenecieron, aunque traten de colear, los arriscados teólogos de la liberación, bajo los mismos cascotes, aunque algunos de ellos traten de sobrevivir bajo las banderas, igualm ente rojas aunque más desvaídas, de la Internacional Socialista. La tesis de Southworth consiste en que Franco se tragaba los Boletines de la Entente Internacional Anticomunista (como se llamó hacia 1934) y de ahí obtenía toda s u información sobre la Internacional Comunista y sus satélites. Por lo visto Southwo rth pensaba que Franco no conocía el periódico comunista Mundo Obrero ni el diario s ocialista procomunista Claridad ni los innumerables libros y folletos revolucion arios y comunistas que inundaban a España durante la República; por lo visto ignoró si empre Southworth que una de las características de Franco fue siempre hacerse con una información directa y fehaciente del enemigo. En la primera parte de este libro casi no he podido extraer informaciones his tóricamente útiles. En esta segunda parte sí; porque me entero de que la Entente Inter nacional Anticomunista se fundó en Suiza hacia 1924, y Southworth indica dónde puede n encontrarse algunas colecciones, todas incompletas, de sus Boletines y documen tos, así como unas memorias manuscritas de uno de sus fundadores. Por supuesto que trata de desacreditar a la entidad, identificando su anticomunismo con su presu nta inclinación al fascismo; sin advertir que todos los fascistas eran anticomunis tas pero que no todos los anticomunistas eran fascistas. Me temo que Southworth no tuviera tiempo para leer el excelente estudio de Antonio Elorza y Marta Bizca rrondo Queridos camaradas pese a que se publicó varios meses antes de su muerte y q

ue según Preston había trabajado en su original hasta días antes de su fin. 1 Barcelona, Planeta, 1999. Porque allí hubiera podido comprobar, de fuente nada sospechosa, que la interve nción de la Internacional Comunista en España fue mucho más temprana, intensa y persis tente de lo que habíamos sospechado los que a mucha honra nos consideramos como an ticomunistas en España. El lema de la Entente, tal como lo transcribe Southworth, era patria, familia, religión y propiedad privada (p. 225) que curiosamente coincide con el lema de Acción Popular, el partido católico de Gil Robles. El punto que más in teresa a Southworth es la información que Franco recibió del VII Congreso de la Inte rnacional Comunista, celebrado en Moscú en el verano de 1935. (p. 241). Southworth no cita las que considero como las dos obras fundamentales sobre el VII Congres o y su aplicación en España: la colección documental de Jane Degras, que es de 1963 y el libro de Elorza-Bizcarrondo al que me acabo de referir . Con estos textos funda mentales delante, resulta que la información manifestada por Franco sobre el VII C ongreso es muy superior a la que le atribuye Southworth. Y el estudio Queridos c amaradas confirma, a mi modo de ver, la exposición de Burnett Bolloten sobre el VI I Congreso, la cual en su versión definitiva de 1989 Southworth cita pero no conoc e; estaba ese año demasiado ocupado en sacudirse los cascotes del Muro. Su misma sín tesis sobre el proyecto de Dimitrov en Moscú, que vincula a España a un Frente (Popul ar) Unido (p. 243) adolece de dos vicios gravísimos; la confusión de Bloque Popular c on Frente Popular; y la confusión de Frente Unido (que básicamente se centraba en el partido único del proletariado con predominio comunista) y Frente Popular que era u na alianza de los partidos comunistas y burgueses antifascistas. En definitiva, identificar el lavado de cerebro de Franco con las informaciones de la Entente Int ernacional Anticomunista es una reducción inadmisible, que ignora los mismos testi monios de Franco que hemos transcrito sobre la tensión revolucionaria del Frente P opular antes y después de las elecciones de febrero de 1936 (p. 257). Pero existe una prueba viva y comprobable de que en sus últimos años el pobre Sou thworth estaba gagá. La entrega de su manuscrito sobre el famoso lavado de cerebro se produjo, según Preston, muy poco antes de su muerte en 1999. Pues bien en ese manuscrito, y en el libro en que se ha convertido, no existe la menor huella de los documentos del archivo de Franco sobre el VII Congreso, que publicó el profeso r Luis Suárez en su importante serie documental Documentos inéditos para la historia del Generalísimo Franco, Madrid, Azor, 1992, p. lis. En 1992, es decir siete años a ntes de la muerte de Southworth, que no se enteró de

Degras, J. The Communist International Documents, Oxford Univ. Press, 1963. esa publicación, ni menciona una sola vez esa serie esencial. Pues bien, en la página citada y las siguientes tuvo Southworth a su disposición, durante siete años, l a correspondencia de Franco con la Entente suiza en 1934 y 1935 y además el que Suár ez publica como informe principal de la Entente sobre el VII Congreso, con infor mación muy amplia y fidedigna sobre asistentes y contenidos. La Entente los envió a Franco dentro de su serie Documentation y Suárez fecha el envío en enero-febrero de 193 6, con lo que las dudas de Southworth sobre la veracidad y cronología de la inform ación recibida por Franco carecen de sentido. En el documento, que es un resumen a uténtico, Dimitrov llama al Frente único ampliado Frente común antifascista que será el Bl que y el Frente Popular-pero resalta que el auténtico objetivo de los comunistas s erá siempre el gobierno de los soviets en la dictadura del proletariado . Este es el se ntido del Frente único del proletariado que es el objetivo fijado por el VII Congres o. La Entente afirma que los informes detallados del VII Congreso se han publica do y enviado por su sección Correspondance internationale pero Suárez no los publica, aunque evidentemente Franco los recibió. Pero incluso en este informe publicado ha y una mención expresa al frente popular en su sentido auténtico, es decir la alianza a ntifascista con los partidos de la burguesía. Creo que la publicación de este vital documento, que escapó a Southworth, demuestra que la información de Franco sobre el proyecto comunista internacional era perfectamente correcta y que esta publicación

invalida, sin más, el fementido libro del propagandista de O lahoma. En fin, acabaré la triste reseña de este doble ladrillo con un chiste malo que no se debe a mí. Southworth dice en la p. 260 que cuando Franco supo las primeras no ticias sobre las elecciones del 16 de febrero se puso a correr de un lado para ot ro como una gallina decapitada . No sé si será un modismo de O lahoma pero no me expli co cómo una gallina decapitada puede correr de un lado para otro. Como atribuye la leyenda a San Iñigo, por algo era Southworth un experto en hagiografía. He aquí una de las fotografías oficiales de Franco más difundidas durante la guerra . Fue tomada en Salamanca por Jalón Ángel en enero de 1937. precisamente cuando las divisiones de Franco trataban de envolver Madrid por los bosques del noroeste, e n medio de la batalla de la niebla. Jalón Ángel, su fotógrafo de Zaragoza, tomó a Franco esta fotografía en 1937 y en Salam anca, una de las fotos oficiales más difundidas durante la guerra civil. Capítulo 9: La Victoria de Franco en la guerra civil 1936-1939 LAS FUENTES PARA EL ESTUDIO DE LA GUERRA CIVIL El conflicto interior más grave de toda nuestra historia no comenzó abruptamente uno, o tres días de julio de 1936 sino que se venía gestando prácticamente, como hemos visto, desde los mismos comienzos de la Segunda República. No siempre se ha segui do este camino; es más, existe una cierta tendencia, incluso plasmada en actuacion es parlamentarias, a tratar la guerra civil como iniciada abruptamente, sin orig en ni causa previa, por una decisión exclusivamente militar, y encima ilegal y fas cista, manifestada entre los días 17 y 19 de julio de 1936. Tal planteamiento me p arece, sin más detalles, antihistórico, como creo haber demostrado en los anteriores capítulos. Podría abordar este capítulo exclusivamente mediante un frío despliegue temático. Pre fiero, por consideración a mis lectores, utilizar un método más sugestivo: presentar l a sucesión cronológica de los hechos y aprovechar los jalones ineludibles del relato para insertar en ellos los problemas principales del conjunto. No pretendo en e ste capítulo exponer una historia breve sobre la guerra civil de 1936 sino trazar en ese contexto un capítulo esencial en la vida de Franco. Antepongo sin embargo l a siguiente enumeración de fuentes que considero esenciales: 1. Sobre las concepciones de la época acerca del arte militar propongo, como más ilustrativas, las obras siguientes: la Historia del arte de la guerra del marisc al B. L. Montgomery que no trata más que indirectamente de la guerra civil española, áre a específica en que puede suplirse con otros trabajos británicos, 1 Madrid, Aguilar, 1969. como los del capitán Liddell Hart y la excelente biografia de Franco por el coro nel George Hills (Madrid, San Martín, 1968) o españoles, entre los que destaca Franc o militar del general R. Casas de la Vega (Madrid, Fénix, 1997) así como Ayer, del g eneral Carlos Martínez de Campos (Madrid, Instituto de Est. Políticos, 1970). Por el bando republicano destacan los trabajos del general Rojo, el general Cordón y los tenientes coroneles Líster y Tagüeña, además del capitán Escofet y el coronel Guamer; ent re sus adversarios selecciono a los generales Aranda y García Valiño. Datos bibliográf icos en mi Historia esencial de la guerra civil española, Madrid, Fénix, 1996, obra en que puede ampliar datos el lector. 2. Sobre la profunda división que se ahondó dentro de las fuerzas armadas y de or den público ampliando graves fisuras que se remontaban al reinado de Alfonso XIII e incluso al siglo XIX veo la obra fundamental de R. Salas Historia del Ejército P opular de la Repüblica (Madrid, Editora Nacional, 1973) y la ya citada de Carlos S

eco Serrano Militarismo y civilismo en la España Cóntemporánea.

3. Para el estudio histórico del Alzamiento Nacional, hasta ahora muy imperfect amente tratado, me consta la existencia de un estudio original, ya terminado, de l coronel José Manuel Martínez Bande, cuya publicación sería del más alto interés científico. La bibliografta sobre los antecedentes inmediatos de la guerra civil se ha enriq uecido recientemente con el primer tomo de Pío Moa Los orígenes de la guerra civil ( Eds. Encuentro, 1999) cuyo segundo volumen se espera con creciente interés. 4. Ya dentro del período estricto de la guerra civil seguiré en este capítulo la su cesión histórica que he propuesto en mi Historia esencial de la guerra civil española, Ya está completa, a falta del citado libro sobre el Alzamiento, la espléndida serie de monografías de historia militar debida al coronel José Manuel Martínez Bande y edi tadas por San Martín. Redoblo aquí la cita de la obra monumental de R. Salas Larrazába l Historia del Ejército Popular de la República en 4 vols. Del mismo autor son Los d atos exactos de la guerra civil (Madrid, Drácena, 1980) y Pérdidas de la Guerra (Bar celona, Planeta, 1977). Su hermano el general Jesús Salas, que compuso con él una ex celente Historia General de la guerra de España (Madrid, Rialp, 1996) y ahora subs ume y amplía sus impres1 Capt. Liddell Hafl Britain and Spain, London, Liberal Pub l. Dept., 1938; The other side of the hill, London, Cassell, 1948. cindibles investigaciones, iniciadas en obras anteriores y agotadas, en un tr abajo monumental, Guerra Aérea 1 936-1 939 (Madrid, Instituto de Historia y Cultur a Aeronáutica, dos vols a partir de 1998, obra todavía incompleta pero ya definitiva en lo publicado). Contábamos ya con un estudio de primer orden sobre la guerra ci vil en el mar, el de Ricardo Cerezo Armada Española siglo XX (4 vols., Madrid, Pon iente, desde 1983) cuando nos han abrumado los cinco magistrales tomos de los al mirantes Femando y Salvador Moreno de Alborán y de Reyne La guerra silenciosa y si lenciada (Madrid, Gráficas Lormo, 1998). Sigo teniendo delante para este capítulo el excelente volumen de la última biografía de Franco y su época escrita por el prof. Lu is Suárez y tantas veces citada. Acerca del período final del conflicto he publicado en 1999 el libro La Victori a y el caos, (ed. Fénix) refundición muy ampliada (a doble de texto y contenido) del libro de 1989 1939, Agonía y Victoria. 5. - La que antecede no es más que una mínima selección, aunque la creo esencial, d e los principales libros necesarios para el estudio de la guerra civil española en orden a una biografía de Franco. Naturalmente que la documentación de las dos fuerz as militares enfrentadas se conserva íntegra en los archivos del Servicio Histórico Militar. La documentación extranjera sobre los aspectos militares y político-militar es del conflicto está en gran parte publicada o al menos investigada con garantías g eneralmente, aunque no siempre aceptables. En el aspecto político el libro decisiv o para la zona republicana es el de Bunett Bolloten La guerra civil española, revo lución y contrarrevolución en su edición final de Alianza Ed., 1989. LAS FUERZAS EN PRESENCIA El durante tantos años denominado Alzamiento nacional de julio de 1936 (un nomb re que se tomaba de un fenómeno semejante al iniciarse la guerra de la Independenc ia en mayo de 1808, y fue consagrado luego por la historiografía española) no fue pr opiamente un pronunciamiento clásico (no posee las notas necesarias para ello) ni un movimiento exclusivamente militar sino un acto de iniciativa militar emprendi do por una parte de las Fuerzas Armadas, secundadas en muchas ocasiones por las de Orden Público y prácticamente en todos los casos apoyadas por la adhesión efectiva de elementos civiles que en algunos puntos como Navarra o Valladolid llegó a ser determinante. En su carta colectiva de 19 37 los obispos españoles denominaron a este hecho movimiento cívico-militar con precis o sentido de los hechos reales. El Alzamiento se verificó sobre las pautas de las Instrucciones enviadas por el general Mola a los principales nudos de la conspir ación y respondía a los siguientes caracteres:

a) No era un movimiento contra la República sino contra el que se consideraba ( y era) desgobiemo del Frente Popular. No era, desde luego, un movimiento monárquic o. b) Se trataba de una insurrección reclamada por amplísimos sectores de la Nación es pañola. Nadie engañaba a nadie. En plenas Cortes del Frente Popular, durante la sesión del 15 de abril de 1936, José María Gil Robles, como vimos, se arriesgó a una profecía trágica que resultó cierta. Una masa considerable de opinión dijo que es por lo menos la mitad de la nación, no se resigna implacablemente a morir, os lo aseguro. Si no pu ede defenderse por un camino, se defenderá por otro. Frente a la violencia que des de allí se propugne, (la izquierda y el banco azul, n. del A.) surgirá la violencia por otro lado y el poder público tendrá el triste papel de mero espectador de una co ntienda ciudadana en que se va a arruinar, moral y materialmente, la nación . c) La cooperación ciudadana a la insurrección militar se articulaba a veces bajo siglas políticas pero consistía fundamentalmente en una reacción cívica, la prevista por Gil Robles. No era en todo caso una reacción fascista. Suponiendo que F.E. de las JONS fuese un movimiento fascista, lo cual no es unívocamente cierto, sus efectiv os anteriores al Alzamiento no rebasaban las cinco mil personas susceptibles de organizarse en grupos de choque. Denominar fascista al conjunto de lo que pronto s ería el bando nacional equivale al error de denominar comunista al conjunto de lo qu e pronto sería el bando republicano. Uno y otro error persisten hasta hoy. d) El asesinato del líder de la oposición monárquica, don José Calvo Sotelo, en la ma drugada del 13 de julio por fuerzas uniformadas del Gobiemo en combinación con mie mbros de las milicias del Frente Popular fue el desencadenante del Movimiento cívi co-militar con carácter absolutamente irreversible. e) El esquema de gobierno propuesto por las Instrucciones del general Mola re spondía a dos inspiraciones: el Directorio Militar inicial de Primo de Rivera y la dictadura republicana planteada unas semanas antes en El Sol por Miguel Maura uti lizando la pluma de don Manuel Aznar. f) El acto inicial del Alzamiento consistía en que la autoridad militar de cada circunscripción, o en su defecto el mando que la suplantase, proclamara el estado de guerra en su jurisdicción. Cuando la autoridad militar máxima estaba comprometid a o quedaba neutralizada, el Alzamiento no suscitó problemas graves: caso de Melil la el 17 de julio por la tarde y demás plazas de soberanía o de protectorado esa mis ma noche; en el caso de Canarias (general Franco) Sevilla (general Queipo de Lla no) y Cádiz (general López Pinto) el día 18, seguidos esa noche por el mando y la guar nición de Burgos y por el general Saliquet en Valladolid. El tercer día decisivo es el 19 de julio, cuando los sublevados pierden sus posibilidades de dominar Madri d y Barcelona que caen en poder del Frente Popular al día siguiente, seguidas por Castilla la Nueva, Cataluña y tras pocos días, la región de Valencia. La carencia de j efatura militar clara y la división de las fuerzas militares y de Orden Público darán el triunfo al gobierno que cuenta desde los primeros momentos con el concurso de las fuerzas sindicales, muy motivadas y apresuradamente armadas. La única División Orgánica que se declara por los rebeldes con su jefe al frente es la Quinta, con c abecera en Zaragoza. Galicia y Oviedo declaran el estado de guerra; las ciudades andaluzas se dividen y toda la región se convierte en un mosaico que parece inext ricable; Murcia y Cartagena quedan con el Frente Popular, que se hace con la may or parte de la importante escuadra española de guerra; Extremadura se divide entre Cáceres por la sublevación y Badajoz por el Frente Popular. El éxito o fracaso de la sublevación, según los casos, dejó a España dividida en cuatro zonas, dos para cada bando; la zona centro-Este, con las ciudades más importantes , los recursos financieros y la mayor parte de la población más la agricultura inten siva y la zona cantábrica con su capacidad industrial, minera y ganadera. Las dos subzonas correspondientes al bando rebelde eran la del Norte, con Galicia, Casti lla y León, y la franja aragonesa al Oeste de la línea marcada por las tres capitale

s; más la provincia de Cáceres; y la del Sur, muy confusa y estratégicamente casi inde finible, con la cabeza de puente formada por la franja SevillaCádiz y las restante s plazas sublevadas en precaria condición. La zona nacional apenas comprendía un tercio de la población y de la riqueza nacional, estaba form ada por zonas agrícolas y carecía de recursos industriales y financieros. El archipiél ago canario fue dominado pronto por los rebeldes, como el balear, excepto la imp ortante isla de Menorca. La baza militar más importante de los sublevados era la z ona del Protectorado del Norte de África junto con las plazas de soberanía, donde ac ampaba el Ejército de África, equivalente a dos grandes unidades muy bien armadas y entrenadas. El gobierno del Frente Popular cometió desde los mismos comienzos de la guerra dos errores que sólo cabe calificar como mortales: el primero de orden orgánico mili tar y el segundo de orden moral. En efecto, considerando equivocadamente que tod as las fuerzas armadas se habían sublevado, cuando no eran realmente más que una min oría, licenció de facto a todos los soldados de reemplazo y puso bajo sospecha a tod o el estamento militar. Esto causó un daño irreparable a la moral de los militares q ue no habían pensado en sublevarse y que por ello se consideraron ajenos al esfuer zo de guerra de la República. Según las fuentes que resumo en mi citada Historia ese ncial de la guerra civil (básicamente R. Salas y R. Cerezo) la distribución final de efectivos de fuerzas armadas y de Orden Público al fijarse las dos zonas en guerr a a principios de agosto de 1936 es la siguiente: Ejército territorial 117.385 hombres, Fzas. Orden Público 67.300 55% del gobierno 45% rebeldes Ejército de África 47.127 100% rebeldes Total general 257.105 45,3% del gobierno 51,8% rebeldes La importante ventaja del Ejército de África a favor de los rebeldes se contrarre staba por la gravísima inferioridad del bando nacional en cuanto a unidades navale s. Gracias al motín organizado en las dotaciones desde la emisora central de la Ar mada en Chamartín el Frente Popular quedó dueño de 46 barcos de guerra frente a 19 de sus enemigos. La desproporción se hacía angustiosa para los rebeldes sobre todo en l as zonas donde la superioridad enemiga pudo y debió ejercerse de forma decisiva: l a zona del Estrecho en primer lugar. Cada zona contaba con un viejo acorazado, l a superioridad del Gobierno era aplastante en cruceros (tres contra prácticamente uno) y destructores muy modernos y eficaces (14 contra 1) además de submarinos (12 contra 0). Esta superioridad naval se acrecentaba con la superioridad aérea del g obierno: 425 aviones frente a 115 de los sublevados. He indicado que el segundo error decisivo del gobierno del Frente Popular al comenzar la guerra civil, concretamente el 11 de agosto de 1936, fue declarar a la Iglesia católica por decreto fuera de la ley, acusarla de colaboración con los en emigos de la República y de hecho desatar en toda la zona bajo su mando una persec ución contra la Iglesia Católica que desde el mismo 18 de julio ya estaba en pleno v igor y que supera en número de víctimas, crueldad y ensañamiento a cuantas se conocen en la Historia, sin excluir la Revolución soviética, la francesa y las persecuciones romanas. Perecen por odio a la fe trece obispos, ocho mil sacerdotes, religioso s y monjas, más decenas de miles de católicos por el hecho de serlo. Los dos centena res de mártires canonizados ya en diez casos y beatificados por el actual Papa Jua n Pablo II representan la prueba personal del hecho que consideramos como Cruzad a, pero que no surgió en modo alguno como una agresión por parte de la Iglesia sino como una respuesta de supervivencia ante la persecución de lo que habían llamado el Episcopado español el laicismo agresivo de la segunda República . Nada supone contra el perdón y la reconciliación que muchas familias españolas deseamos desde el mismo cont exto de los años treinta el hecho de que nos consideremos hijos de esos mártires que en innumerables casos murieron con el perdón en los labios y el recuerdo de sus f amilias en el corazón . Pero la torpe e implacable hostilidad declarada oficialmente por el gobierno de la segunda República contra la Iglesia católica alcanzó inmediatamente un efecto mo ral decisivo para el contexto de la guerra: entregó a los rebeldes la superioridad

moral, imprescindible para la victoria. En su importantísimo discurso a toda la n ación, emitido por la cadena de Unión Radio el 8 de agosto de 1936 y publicado en El Socialista del día 9 el líder socialista Indalecio Prieto, que sin cargo expreso ej ercía entonces con suma eficacia la coordinación general para el esfuerzo de resiste ncia de la República, afirmaba que una guerra sólo se gana con superioridad de medio s y que esa superioridad estaba volcada absolutamente a favor de la República en d os planos esenciales; los recursos industriales y las disponibilidades financier as. Podía haber añadido otros elementos de superioridad militar: los contingentes de la Aviación y la Marina, el mucho mayor número de generales y jefes superiores que permanecían fieles al gobierno; de los 24 generales con mando de división o asimilad os, sólo cuatro se sublevaron, como estableció, primero con sor1 Las obras capitales para la persecución religiosa son Antonio Montero, Historia de la persecución relig iosa en España (Madrid, BAC, 1961, reeditrada en 1999) Ángel David Martín Rubio Paz, p iedad, perdón... y verdad (Madridejos, Fénix, 1997 y R. Cácel Ortí La gran persecución, Ba rcelona, Planeta, 2000. presa y luego con aceptación general, Ramón Salas Larrazábal. Pero le faltaban a Pr ieto dos consideraciones decisivas que él conocía, pero se negó a revelar en aquellos momentos críticos. El Gobierno podía situar a generales al frente de sus columnas mi entras las columnas rebeldes avanzaban al mando de tenientes coroneles; pero se sublevaron contra el Frente Popular el ochenta por ciento de los capitanes y ten ientes, es decir casi toda la juventud militar, seguidos por un porcentaje semej ante de suboficiales, tan próximos al pueblo, lo que justificaba una vez más la expr esión de Gil Robles el pueblo del Movimiento y desmentía el ajado mito de la sublevación del Ejército contra el pueblo que ni siquiera utilizan hoy los historiadores afecto s al Frente Popular pero ví reflejada con enorme sorpresa en una información de una cadena de TV afecta al actual Gobierno. Por otra parte el indudable entusiasmo d e los milicianos del Frente Popular carecía de impulsos unitarios y de consignas a jenas a las falsedades de la propaganda como aquella famosa Madrid será la tumba de l fascismo cuando apenas había fascistas entre sus atacantes en noviembre de 1936. En cambio la identificación de la causa rebelde con la expresa bendición de la Igles ia católica dotaba a esa causa de una fuerza moral inmensa, preternatural, frente a la que el enemigo no era capaz de enfrentar nada remotamente semejante. La fue rza más inspirada y motivada de cuantas componían el Alzamiento, los voluntarios car listas, alumbraron la más bella de todas las consignas de guerra: Ante Dios nunca s erás un héroe anónimo . Hay que haber vivido, aunque sea en la infancia, aquel ambiente para comprenderlo; cualquier intento de expresarlo se motejará absurdamente como l irismo de propaganda. En la zona republicana no existía un factor moral semejante. Las consignas exhalaban un claro tufo soviético: Contra el fascismo y la guerra , al go aplicable entonces a Centroeuropa pero escasamente a España donde el fascismo a penas movía a nadie y la guerra no se aborrecía, se vivía. Las consignas rojas eran pr eferentemente negativas: No pasarán , Resistir es vencer . En la zona nacional se quería l legar cuanto antes a Madrid y a Valencia; en la republicana nadie soñaba jamás con a lcanzar León o Galicia. El Alcázar de Toledo no fue liberado principalmente por moti vos estratégicos sino porque era la acumulación de fuerza moral más importante de España ante el mundo. El factor moral primó durante toda la guerra en zona nacional fren te a las consideraciones tácticas, ésta es una realidad demasiado olvidada en muchas historias. En el mismo sentido la institución de los capellanes militares, vigent e en el Ejército español desde hacía cinco siglos y restaurada espontáneamente desde las primeras marchas de la zona nacional, prolongaba incluso sacramentalmente el es píritu de Cruzada. La institución, de apariencia paralela en el Ejército popular, los comisarios de unidad y de gran unidad, era de inspiración comunista y resultó mucho menos eficaz por el carácter partidista y proselitista de esos oficiales. Para completar el balance inicial de fuerzas y recursos disponibles en cada b ando al principio de la guerra civil debemos añadir una consideración sobre las mili cias voluntarias y el armamento a favor de cada uno. El estudio más completo sobre las milicias nacionales se debe al general Rafael Casas de la Vega . Por su parte el general Salas en Los datos exactos de la gue

rra civil ofrece datos coincidentes. Para el estudio de la movilización carlista e n la guerra civil contamos hoy con el estudio de Juan Carlos Peñas El carlismo, la República y la guerra civil (Madrid, Actas, 1996) que ha nacido como imprescindib le. De un documento del mando de Milicias correspondiente a febrero de 1939 R. C asas ha tomado los datos finales definitivos. La fuerza total de la Milicia Naci onal asciende a 99.243 hombres. 98 banderas (unidades tipo batallón) de Falange en cuadraban a 77.608 hombres; 31 Tercios a 23.768. Contando a las unidades de mili cias de segunda línea la cifra total de voluntarios rebasa, según Casas, los ciento cincuenta mil. Entre las milicias de combate el número de muertos se aproximó al 20% , el de heridos al 85%, que son porcentajes altísimos Sin embargo las estadísticas de encuadramiento pueden resultar muy engañosas. Según la mejor tradición del Ejército español tanto las unidades tipo Regimiento como las g randes Unidades tipo Cuerpo de Ejercito actuaban simultáneamente en campaña y en act ividades de reclutamiento. Así hubo regimiento del frente nacional que desde su ce ntro de recluta en Sevilla envió al frente a seis unidades del mismo tipo que su m atriz es decir seis regimientos. La comparación con los datos de movilización en la zona republicana son esclarecedores. Según datos del propio R. Salas la movilización forzosa en zona republicana superó con mucho a la de la zona nacional; 1.750.000 hombres en el primer caso, 1.200.000 en el segundo. Pero muchos de los voluntari os de la zona nacional que trataban de encuadrarse en unidades de milicias de he cho se incorporaban directamente al Ejército. Al final de la guerra, según datos del Servicio Histórico militar, los efectivos totales del Ejército nacional rebasaban l os 1.200.000 hombres mientras que los republicanos que se rindieron en la zona c entro-sur 1 R. Casas de la Vega Las milicias nacionales Madrid, Editora Nacional, 1977 p. 189s. llegaban a unos 800.000; todo el Grupo de Ejércitos de la Región Oriental había cru zado la frontera francesa. Por tanto el voluntariado efectivo de la zona naciona l superó sin duda el medio millón de hombres, unas cuatro veces más que el voluntariad o del Frente Popular, para el que suele ofrecerse la cifra de 150.000 milicianos . ¿Cuál de los dos ejércitos merecía realmente el calificativo de Ejército popular? Seguiré atribuyéndoselo sin embargo al nuevo Ejército del Frente Popular, articulad o efectiva y brillantemente desde principios de septiembre de 1936 por el Estado Mayor de Francisco Largo Caballero, con Diego Martínez Barrio y el general Fernan do Martínez Monje como jefes político y militar. En el equipo creador y realizador f ormaron parte el general Asensio Torrado, el teniente coronel Vicente Rojo, el c omandante Segismundo Casado y el capitán Martín Blázquez. No regatearé méritos a este supr emo esfuerzo de organización que convirtió poco a poco las inútiles bandas de milician os en un Ejército bien mandado y bien encuadrado en las más de doscientas Brigadas M ixtas, de las que cinco totalmente y dos tardía y parcialmente fueron brigadas Int ernacionales. El Ejército Popular se reunió y adiestró en la base de Albacete y su constelación de dependencias; en parte hubo de constituirse en el propio frente de Madrid, en el del Norte y en la retaguardia levantina y catalana. La idea, de inspiración en la tradición militar española, no en la soviética como se repitió, consistía en la creación de unidades autónomas semejantes a una brigada o pequeña división, con cuatro batallones de fusiles, uno de ametralladoras, un grupo artillero, y todos los servicios in cluidos los automóviles. Algunos grupos políticos como los anarcosindicalistas retra saron su transformación en brigadas mixtas; otros como los contingentes del Norte no recibieron instrucción suficiente. Pero cuando el Ejército Popular inició sus grand es maniobras con la batalla de la Granja a fines de mayo de 1937 un nuevo ejército surgía ante las divisiones del general Franco con posibilidades serias de desbord arlas. Sin embargo el victorioso estreno del nuevo esquema se inauguró en la batal la defensiva de Madrid donde once nuevas brigadas mixtas, entre ellas dos Intern acionales (una eficaz, la XI, otra desastrosa, la XII) consiguieron lo que parec ió un milagro: impedir que el hasta entonces victorioso Ejército de África se apoderas

e de la simbólica capital de España, Madrid. LA SUBLEVACIÓN DE FRANCO EN CANARIAS Esta panorámica sobre el Alzamiento y las fuerzas en presencia era absolutament e necesaria para fijar el contexto de nuestra biografía pero me temo que entre tan ta polvareda perdimos a don Francisco. Vamos a ver por tanto, lo que hizo Franco durante el Alzamiento y por tanto cómo se sublevó en Canarias. Habíamos dejado a Franco en Las Palmas donde se alojó en el hotel Madrid, cuyos pr opietarios me enseñaron durante mi visita en 1971 recuerdos suyos junto con su espo sa y su hija. Al amanecer del 17 de julio el importante colaborador de Mola Félix B. Maíz, que además es un excelente cronista, dejaba en la PTT de Bayona tres mensaj es en clave del Director para el general Sanjurjo en Estoril, el general Franco en Santa Cruz de Tenerife (no sabía que ya estaba en Las Palmas) y el coronel Seguí, que de acuerdo con el teniente coronel Yagüe se había encargado de coordinar el Alz amiento en Melilla. Franco se dirigió ante todo a la Comandancia militar donde est aba instalada la capilla ardiente del general Balmes, preside luego a las once e l entierro junto con el gobernador civil del Frente Popular señor Boix y Roig y el confinado general Orgaz que va también de uniforme. Asistieron al entierro veinte mil personas. Rezado un responso en la vecina iglesia de San Telmo muchos asist entes desfilaron ante Franco que saludaba militarmente. Entonces se instaló en la Comandancia donde recibió por la tarde la visita del cónsul británico muy indignado po r la retención del Dragon en el aeródromo de Gando. Franco le prometió arreglar el asu nto cuando recibiera el informe jurídico pertinente y para desorientar a la vigila ncia hostil dio tranquilamente con su esposa un paseo en coche por la ciudad y s us alrededores. A la misma hora -sin que Franco tuviera la menor idea se adelanta ba el comienzo de la guerra civil española en el edificio de la Comisión de Límites de África, junto a la alcazaba de Melilla la Vieja. Eran las cuatro y veinte minutos de la tarde del 17 de julio de 1936 cuando una patrulla de Asalto enviada por l as autoridades que algo sospechan se presenta en el pequeño edificio melillense do nde estaban reunidos los principales conspiradores militares del alzamiento. El teniente de la Legión Julio de la Torre salta por la ventana baja a la habitación in terior donde a su impulso los reunidos pronto reforzados por una patrulla del Ter cio que acude a la carrera se enfrentan a los guardias, que con su jefe se suman a los ya declarados rebeldes, quienes se apoderan en breve tiempo de la delegación del Gobierno y la Comandancia general. Sin embargo al recluir al delegado del g obierno, señor Fernández y Gil de Terradillos, en su despacho, los sublevados se olvidaron de desconectar el telégrafo Hughes desde el cual el delegado informó directamente al gobierno de la s ituación en la plaza, con lo que se redujo mucho el efecto sorpresa. Ya anochecido el coronel Solans, que ha tomado el mando en Melilla, se lo comunica al general Franco a quien cree en Tenerife mientras el teniente coronel Yagüe, jefe del alza miento en Ceuta, se apodera de esta ciudad sin seria resistencia. La noche del 1 7 al 18 de julio era la señalada por el general Mola para el alzamiento en Marruec os y así se efectúa también en Tetuán donde los tenientes coroneles Asensio Cabanillas, Beigbeder y Eduardo Sáenz de Buruaga se apoderan del mando. Todas las autoridades superiores del Protectorado están detenidas. En Santa Cruz de Tenerife el general Franco, que aún no sabe nada, se retira a dormir en su hotel sobre las diez de la noche. En sus primeras jornadas la guerra civil española es, ante todo, una guerra de información. Por el momento la gana el gobierno que, gracias a las comunicaciones del delegado en Melilla comprende que el Ejército de África se ha sublevado y a eso de las doce de la noche el subsecretario de Comunicaciones informa telefónicamente al gobernador civil de Las Palmas sobre el movimiento monárquico que acababa de est allar. Una o dos horas después el coronel González Peral, que ha recibido en Santa C ruz de Tenerife el comunicado del coronel Solans a Franco, se lo transmite, segu ramente por telégrafo, al comandante general en las Palmas, donde los funcionarios de comunicaciones lo denuncian al gobernador civil. El mensaje de Peral llega a Franco por el director de Radio Tenerife que era también director de la Telefónica

en la isla. El caso es que antes de las cuatro de la madrugada Martínez Fuset y Fr anco Salgado despiertan a Franco con la noticia de Melilla. Franco sale inmediat amente para la Comandancia con sus colaboradores y el general Orgaz. Un grupo de l Frente Popular preparaba para esa noche un atentado contra Franco, según me refi rió en 1971 uno de sus miembros, aún superviviente. Valiéndose de su información el gobierno transmite señales de alerta desde la misma tarde del 17 de julio a todos los puntos de España donde sospecha peligro de subl evación. El general Pozas, inspector general de la Guardia Civil, advirtió de la sit uación a las fuerzas de orden público de Las Palmas que se inhibieron porque no se a trevieron a enfrentarse al Ejército. La información más importante se emitió esa noche d el 17 al 18 desde el centro de comunicaciones de la Marina en el pinar de Chamar tín, que disponía de una potente emisora de la que se hizo cargo un suboficial de co municaciones de la Armada, el masón Benjamín Balboa, que dio la señal de peligro a todos los radiotelegrafistas de los barcos, por l o general adictos al Frente Popular. Suele decirse que Balboa había captado el rad io de Franco del que ahora hablaremos pero no hacía falta; insisto en que el gobie rno conocía la sublevación desde media tarde del 17 de julio y con toda probabilidad comunicó la noticia a un hombre tan seguro como Balboa. Hacia las cuatro y cuarto de la madrugada Franco se instalaba en el despacho de la Comandancia con sus colaboradores. Se pone en contacto con los enlaces del Alzamiento en la guarnición de Las Palmas y el general Orgaz se encarga de que la s fuerzas ocupen los edificios y objetivos previstos. Los militares retirados se presentaron, recibieron armamento y se incorporaron a la operación. Antes de las seis de la mañana piquetes de soldados al mando de un oficial procedían a la declara ción del bando del estado de guerra, junto con el llamado Manifiesto de Las Palmas; en Tenerife se encargó de la misma tarea el coronel González Peral gracias al texto que Franco le había confiado. A las seis y diez Franco envió, vía Tenerife, la respue sta al comunicado del coronel Solans: Comandante general Canarias a general jefe circunscripción oriental (Melilla). Gloria al heroico Ejército de África, España sobre t odo. Recibid el saludo entusiasta de estas guarniciones que se unen a vosotros y demás compañeros Península en estos momentos históricos. Fe ciega en el triunfo. Viva E spaña con honor. General Franco .Viva España con honor: las mismas palabras del gener al Prim desde Cádiz en 1868: Viva España con honra . A las siete y diez Franco, actuando como auténtico jefe del Alzamiento para tod a España, envía el radiograma siguiente a todos los mandos superiores de las Fuerzas Armadas: El general comandante militar de las islas Canarias al General jefe de la primera, segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta, séptima y octava división orgánic a en Madrid, Sevilla, Valencia, Barcelona, Zaragoza, Burgos, Valladolid, La Coruña , al comandante militar de Baleares, al general jefe División Caballería en Madrid, al jefe de la circunscripción de Ceuta y Larache, al jefe de las Fuerzas Militares de Marruecos, a los almirantes jefes de las Bases navales de Ferrol, Cádiz y Cart agena: En radiograma de esta fecha digo al general jefe circunscripción oriental de África lo siguiente (copia del mensaje ya transcrito) para conocimiento de V.E. . Inmediatamente después Franco se ocupa de la difusión inmediata del llamado Manif iesto de Las Palmas, el mismo redactado por él en Tenerife, y firmado a las cinco de la mañana del 18 de julio, por medio de la imprenta y la comunicación a los diarios y emisoras de Las Palmas y Santa Cruz. Es un texto fundament al para explicar los motivos de Franco para sublevarse y su pensamiento en aquel los momentos. Luego se corrigieron algunas expresiones. Transcribo ahora la vers ión publicada en el diario Hoy sin corrección ni modificación alguna salvo erratas cla ras. Españoles: a cuantos sentís el santo amor a España, a los que en las filas del Ejércit o y la Armada habéis hecho profesión de fe en el servicio de la Patria, a los que ju rasteis defenderla de sus enemigos hasta perder la vida, la nación os llama a su d efensa.

La situación que pasa es cada día más crftica. La anarquía reina en la mayoría de sus ca mpos y de sus pueblos; autoridades de nombramiento gubernativo presiden, cuando no fomentan, las revueltas A tiros de pistolas y ametralladoras se dirimen las d iferencias entre los bandos de ciudadanos que alevosa y traidoramente se asesina n sin que los poderes públicos impongan la paz y la justicia. Huelgas revolucionarias de todo tipo paralizan la vida de la nación arruinada y destruyendo sus fuentes naturales de riqueza y creando una situación de hambre que lanzará a la desesperación a los hombres trabajadores. Los monumentos y tesoros artísticos son objeto de los más enconados ataques de las hordas revolucionarias obedeciendo a las órdenes que reciben de las directivas ex tranjeras, que cuentan con la complicidad o negligencia de gobiernos monteriles. Los más graves delitos se cometen en las ciudades y en los campos, mientras las fuerzas de orden público permanecen acuarteladas, corroídas por la desesperación que p rovoca una obediencia ciega a gobiernos que intentan deshonrarlas. El Ejército, la Marina y los institutos armados son blanco de los soeces y calumniosos ataques precisamente por aquellos que deben velar por sus prestigios. Los estados de excepción y alarma sólo sirven para amordazar al pueblo para que Es paña ignore lo que sucede fuera de las puertas de sus villas y ciudades, así como pa ra encarcelar a los pretendidos adversarios políticos. La Constitución por todos suspendida y vulnerada sufre un eclipse total; ni igua ldad ante la ley, ni libertad aherrojada por la tiranía, ni fraternidad cuando el odio y el crimen han sustituido al mutuo respeto; ni unidad de la Patria, amenaz ada por el desgarramiento territorial más que por el regionalismo que los propios poderes fomentan; ni integridad y defensa de nuestras fronteras cuando en el cor azón de España se escuchaban las emisoras extranjeras que predican la destrucción y el reparto de nuestro suelo. La Magistratura española, que la Constitución garantiza, igualmente sufre persecuc iones que la enervan o mediatizan y recibe los más duros ataques a su independenci a. Pactos electorales, hechos a costa de la integridad de la propia Patria, unido s a los asaltos a los gobiernos civiles y cajas fuertes para falsear las actas, formaron la máscara de la legalidad que nos preside. Nada contuvo la apetencia de poder, destitución ilegal del moderador (el Preside nte de la República, n.del A.) glorificación de la revolución de Asturias y de la sepa ración catalana; una y otra que quebrantando la Constitución en nombre del pueblo, e ra el código fundamental de nuestras instituciones. Al espíritu revolucionario en co nciencia de las masas engañadas y explotadas por los agentes soviéticos que ocultan la sangrienta realidad de aquel régimen que sacrificó para su existencia 25 millones de personas, según en la malicia y negligencia de autoridades de todo signo que a mparadas en un poder claudicante carecen de autoridad y prestigio para imponer e l orden y el imperio de la libertad y de la justicia. ~,Es que se puede consentir un día más el espectáculo vergonzoso que damos al mundo? ¿Es que podemos abandonar a España a los enemigos de la Patria, con un proceder cob arde y traidor, entregando las industrias y la existencia? Eso no, que lo hagan los traidores pero no lo haremos quienes juramos defenderla. Justicia, igualdad ante la ley os ofrecemos. Paz y amor entre los españoles. Lib ertad y fraternidad exenta de libertinaje y tiranía. Trabajo para todos. Justicia social llevada a cabo sin antojos ni violencias. Y una equitativa y progresiva d istribución de la riqueza sin destruir ni poner en peligro la economía española. Pero frente a eso una guerra sin cuartel a los explotadores de la política, a lo s engañadores del obrero honrado, a los extranjeros y los extranjerizantes que dir ecta o solapadamente intentan destruir a España. En estos momentos es España entera la que se levanta pidiendo paz, fraternidad y justicia; en todas las regiones el Ejército y la Marina y fuerzas de orden público se lanzan a defender la Patria. La energía en el mantenimiento del orden estará en p roporción a la magnitud de las resistencias que se ofrezcan. Nuestro impulso no se termina por la defensa de los intereses bastardos ni por el deseo de retroceder en el camino de la historia, porque las instituciones, s ean cuales fueren, deben garantizar un mínimo de convivencia entre los ciudadanos que no obstante las ilusiones puestas por tantos españoles se han visto defraudada

s, pese a la transigencia y comprensión de todos los organismos nacionales, con un a respuesta anárquica y la realidad es imponderable. Como la pureza de nuestras instituciones nos impide el yugular aquellas conqui stas que representan una base en el mejoramiento político y social y el espíritu de odio y venganza no tiene albergue en nuestros pechos, del forzoso naufragio que sufran algunos ensayos legislativos sabremos salvar cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza, haciendo reales en nuestra Patria por primera vez y en este orden, la trilogía Fraternidad, Libertad e Igualdad. Españoles: ¡Viva España! ¡Viva el honrado pueblo español y malditos los que en lugar de cumplir sus deberes traicionen a España! El 18 de julio por la mañana se difundieron dos manifiestos de Franco. El de La s Palmas, que acabo de transcribir; y el de Melilla, que se publicó esa misma mañana en El Telegrama del R~f y fue comunicado por el teniente coronel Yagüe. Probablem ente se trata de un texto más breve y vibrante enviado por Franco previamente desde Canarias, porque estoy seguro de que Yagüe no se atrevería a atribuírselo a Franco, co n la firma del general, sin previo conocimiento de Franco. Las ideas son las mis mas, con predominio de los postulados sociales y de la exigencia de orden y auto ridad. En el manifiesto de las Palmas hay una velada alusión a no volver atrás en la historia es decir, que no se trata de un alzamiento monárquico. En el de Melilla se dice con más claridad: Se trata de restablecer el imperio del orden dentro de la R epública que era idea muy arraigada en Franco y en Mola. A primera hora de la mañana se proclamó, pues, en Las Palmas y en Santa Cruz de T enerife el estado de guerra, con banda de cornetas y tambores. En Las Palmas el Frente Popular se echó a la calle y sobre las ocho de la mañana formaba tres manifes taciones. Una, reducida, ante la Comandancia militar. Otra, de unas mil personas , aclamaba al gobernador civil en su sede. Una tercera, numerosa, venía del Puerto de la Luz para sumarse a las dos primeras. Pero la guardia de la Comandancia y los destacamentos del Ejército dispuestos por Orgaz repelen a los manifestantes y restablecen el orden. Franco ordena sacar de la cárcel a los falangistas que estab an encerrados y que se forme una milicia armada con ellos y voluntarios de derec has que se presentan. La afluencia era tan numerosa que Franco tuvo que salir al balcón para corresponder a sus vítores. A las diez y veinte se recibe en la Comandancia un radio alentador: Tetuán 18 a las diez. Urgentísimo. Coronel Sáenz de Buruaga, jefe del Ejército de África, a general Franco. Dueños absolutos de todas las plazas de Marruecos agradecemos de corazón el entusiasta saludo anhelando pronto llegada para ponernos sus órdenes. Puede tomar tierra en Tetuán o en Larache sin consecuencias. Convien e avise salida y esperamos noticias. ¡Viva España! Franco tiene el camino libre para tomar el mando del Ejército de África que se le asignaba en las instrucciones de Mola. La situación en Canarias parece suficiente mente asegurada y Franco la deja en manos del general Orgaz que consumará con efic acia el Alzamiento en todas las islas. No había pasado aun hora y media desde que recibió el telegrama de Tetuán cuando Franco, tras dar sus últimas órdenes, sube a un au tomóvil que, con escolta armada en los estribos, le conduce hasta el inmediato mue lle de Las Palmas. Allí embarcó en un bote de remos que le llevó a un remolcador civil mandado por un alférez de navío que le trasladó hasta cerca de Gando donde el capitán B ebb, que había estado a primera hora de la mañana en la Comandancia, tenía todo prepar ado. Franco desembarcó y tomó otro coche que le dejó junto al avión, custodiado por una patrulla del Ejército. Eran las dos de la tarde. Se despidió de Martínez Fuset, a quie n encomendó la custodia de su esposa e hija. Le acompañaba su ayudante Franco Salgad o y un aviador experto en vuelos sobre Marruecos, el teniente Villalobos. Franco viajaba de paisano, con el bigote afeitado y el pasaporte de Sangróniz con la fot o cambiada. El Dragon despegó de Gando a las dos y diez de la tarde del 18 de juli o rumbo a Agadir, en el Marruecos francés. Mientras Franco volaba el inspector gen eral de Carabineros, general Gonzalo Queipo de Llano, daba la gran sorpresa del Alzamiento apoderándose de Sevilla; sólo Sevilla y Cádiz son las ciudades de la Penínsul

a que se incorporan al Alzamiento el mismo 18 de julio. A las cinco de la tarde el Dragon toma tierra en Agadir, donde permanece dos horas, con tiempo para leer una noticia sorprendente en un diario francés de Marruecos; el general Franco vol aba a Marrucos para sofocar la rebelión del Ejército de África. Empezaba, en torno a l a naciente guerra civil española, la guerra paralela de las mentiras, que hoy perd ura con enorme fuerza. A las nueve y cuarto de la noche el corresponsal Luis Bolín observa la llegada del Dragon, del que desciende Franco. Todos cenan en el mismo aeródromo unos bocad illos con cerveza. Franco Salgado quiere seguir; Bolín y Bebb se oponen ante los r iesgos que entonces suponía un vuelo nocturno. Confirma la demora el marqués del Mérit o, que llama desde Tánger para comunicar que debe suprimirse la escala prevista en la ciudad internacional por riesgo de atentado y en cambio recomienda el vuelo directo a Sania Ramel, el aeródromo de Tetuán. Deciden entonces dormir unas horas en un hotel de las afueras de Casablanca donde Luis Bolín, acreditado periodista, ob tiene la exclusiva de su vida; pasar la noche del 18 de julio en la misma habitación que el general Franco. El general, poseído por la preocupación, tardó mucho en dormirse. Bolín le recuerda como poseído por el amor a España . Es muy i mportante que en esa noche del 18 de julio Franco nos ofrece una nueva prueba de su profundo sentido social: Quería mejorar la suerte del trabajador, la situación de las clases medias . La mejora, la redención y sobre todo la expansión decisiva de las clases medías serían, en la conciencia de Franco, como confesó muchos años después, la ci fra de su régimen. El general no abrigaba la ilusión de un posible triunfo rápido sobr e las huestes del Frente Popular. Los factores en contra eran muchos. Considerab a perdidas para nuestra causa todas las poblaciones importantes entre ellas Madri d, Barcelona, Valencia y Bilbao donde temía la acción de las masas armadas por el gob ierno y la actuación de jefes y oficiales hostiles; mientras que en la Marina la m arinería y clases podrían alzarse contra los jefes y oficiales. Pese a ello Franco e xpresó su seguridad absoluta en la victoria, tras una guerra larga y durísima. Así suc edió . Aquella noche la esposa y la hija de Franco, escoltadas por Fuset, habían dormi do en el guardacostas Arcila desde donde a la mañana siguiente se dirigieron al va por alemán Waldi rumbo a Francia. Don Juan de Borbón había llamado por teléfono desde Ca nnes al aviador Juan Antonio Ansaldo para preguntarle dónde tenía que presentarse pa ra apoyar el Alzamiento en España. Había caído irremisiblemente el inepto y provocador jefe del gobierno Casares Quiroga y le había sucedido don Diego Martínez Barrio, qu e fracasó en algunas llamadas de urgencia a varios generales entre ellos Mola para impedir que se extendiera la rebelión. Por el contrario Mol a preparó el Alzamiento en su región de Burgos, en todo el norte de España y sobre tod o en Navarra, donde el sacrificio de Calvo Sotelo había anulado todas las reticenc ias carlistas y miles de requetés se aprestaban a combatir en lo que para ellos er a una auténtica cruzada. En Pamplona, Valladolid, Burgos y Zaragoza el alzamiento parecía inminente y seguro; como en Palma de Mallorca; en las grandes ciudades que Franco predijo a Bolín sucedía lo contrario, es decir lo que predijo Franco. Cuando Luis Bolín apagó la luz Franco calló pero apenas pudo dormir un rato. Se lev antó con sus compañeros de vuelo a las cuatro de la mañana, ya era domingo 19 de julio , tomaron un breve desayuno y se dirigieron al aeródromo, donde el jefe, ganado po r Bolín, les aconseja la partida inmediata ante la actitud sospechosa de 1 Estimo fundamental el testimonio de Luis Bolín, a quien conocí muy bien. Lo exp resó en su citada obra Spain, the vital years, p. 62s. de la edición española. algunos aduaneros. Despegan y a las seis de la mañana el Dragon cruza la fronte ra de los protectorados francés y español. Franco se viste de uniforme. A esa hora M ola ha declarado el estado de guerra y observa cómo columnas nutridas de requetés co nfluyen en la Plaza del Castillo. La oficialidad joven de Zaragoza, Valladolid y Burgos asegura la victoria del Alzamiento en sus cabeceras de región. A las siete de la mañana el Dragon describe varios círculos sobre el aeródromo de Sania Ramel, ca da vez más bajos. Franco reconoce a Sáenz de Buruaga: Es el Rubito . Y aterrizan sin no

vedad. Franco se dirige al barracón del aeródromo y pide noticias y mapas. LA CONTRAFIGURA DE FRANCO EN EL ALZAMIENTO No quiero convertir esta nueva versión de mi biografía de Franco en una polémica co ntra los enemigos históricos de Franco. Ya me referí cumplidamente a esta polémica en mi libro de 1999 El 18 de julio no fue un golpe militar fascista donde, a juzgar por el interés de los lectores, que han agotado en pocos meses la primera edición, van bien servidos los señores Preston, Tusell y otros redomados antifranquistas. N o voy ahora a reiterar las argumentaciones que en ese libro esgrimí contra ellos p ero debo referirme ahora a los autores y obras publicadas desde mi libro anterio r a la aparición del actual. Estos libros son dos. Primero, El lavado de cerebro de Francisco Franco, al q ue me he referido en el capítulo anterior porque su decepcionante contenido se ati ene exclusivamente a la actuación de Franco antes de la guerra civil: El problema de Southworth es que dominó la técnica de vender libros (los libros de su propia bib lioteca, no los escritos por él, que apenas se han leído) pero nunca tuvo la menor i dea sobre la historia de España, porque cuando se aventuraba en ella se estrellaba sin excepciones contra una realidad que desconocía. Por eso ya no volveré sobre él ah ora. En cambio sí lo haré sobre el segundo libro y su autor, el coronel Blanco Escolá, que ha publicado después de mi libro anterior el suyo, La incompetencia militar d e Franco, a cuyos capítulos sobre la adolescencia de Franco, la guerra de África , l a Dictadura y la República ya me he referido copiosamente en las páginas anteriores. Sin embargo tengo la impresión de que el coronel Blanco Escolá tiene por principal objetivo de su libro la demolición histórica de Franco como caudillo militar en la g uerra civil. El libro a que me refiero ha recibido con extraña unanimidad tremendo s varapalos de todos los campos, desde la extrema derecha a la extrema izquierda . Por mi parte, aunque sostengo tesis radicalmente disconformes con las del coro nel, no incurriré en el desprecio que otros muestran por su carrera y su obra. Aunque n o sea más que para agradecer, con esta muestra elemental de respeto, las atencione s que personalmente me prodiga en su libro, a veces muy elogiosas. Es que además s e trata de un jefe del Ejército, perteneciente según creo a la promoción del Rey don J uan Carlos en la Academia General Militar y si bien gran parte de su carrera ha transcunido en establecimientos militares ajenos a la Historia se trata de un mi litar español, licenciado en Historia y profesor en centros y Academias militares. Adelanto lo que ya supone el lector después de los comentarios, duros y disconfor mes, que he acumulado sobre los capítulos de África en el libro del coronel Blanco E scolá; que la tesis fundamental de su libro, que coincide con su título, La incompet encia militar de Franco carece de base histórica y me parece radicalmente equivoca da. La simple exposición que acabo de hacer sobre el comportamiento de Franco duran te la conspiración militar entre las elecciones de febrero y el alzamiento de juli o de 1936 refuta por la misma fuerza de los hechos probados la línea agresiva y pa rcialísima del coronel Blanco Escolá. Veamos algunos detalles. La documentación del Se rvicio Histórico Militar demuestra que la reunión decisiva de la Junta de Generales fue el 8 de marzo, no el 10 o el 12, porque Franco se había ido de Madrid el día 9 ( p. 196 de La incompetencia). El suplente de Goded no fue Fanjul sino Rodríguez del Barrio (p. 197). Calificar al gobierno del Frente Popular como democracia plena ( p. 198) es sencillamente falso y atenta a la inteligencia de un lector informado ; aquello no era democracia sino caos, según estableció definitivamente don Manuel A zaña en La Velada en Benicarló, libro cuya atenta lectura recomiendo al coronel. Los terribles catálogos de desmanes que comunicaron Gil Robles y Calvo Sotelo a las C ortes del Frente Popular no son catastrofistas (p. 202) sino reflejos exactos de u na catástrofe. Sobra el de en el apellido del general López Ochoa (p.2O9). Blanco Es colá insiste en que Franco se retrasó por injustificable temor en su llegada a Tetuán el 19 de julio, y que esa llegada se produjo dos días después de la sublevación en Áfric a (p, 213s.). No es verdad. He dejado bien claro que Franco salió para tomar su av

ión en Gando a la media hora de recibir el telegrama de Tetuán; no hubo tal retraso sino una elemental prudencia para emprender un viaje por territorio extranjero ( y hostil, dado que en Francia gobernaba también el Frente Popular) y Franco tuvo s umo cuidado en evitar audacias como la del general Núñez de Prado o el general Gómez M orato, capturados por los rebeldes por volar sin precauciones en aquellas jornad as inciertas. Y la captura del aeródromo de Tetuán sucedió sólo veinticuatro horas antes de la llegada de Franco. Yerra el coronel Blanco cuando acepta la afir mación de Ansaldo: Franco no se sublevó al frente de las islas Canarias (p. 217) po rque cuando salió de Canarias tenía ya virtualmente dominadas las dos islas principa les, al frente de las cuales se sublevó de manera formal y expresa, comunicada ade más a toda España. Se arma el coronel Blanco un lío tremendo con el prestigio de Franc o en la p. 221. Le molesta el prestigio de Franco que en la misma página atribuye a la prensa de derechas (en ocasiones anteriores había atribuido el prestigio a la propaganda personal del propio Franco) y al gran discurso de Indalecio Prieto e l 1 de mayo de 1936 en Cuenca, pero no me suena que Prieto fuese un escritor en la prensa de derechas, como sucede con los socialistas de ahora. Compara con elo gio al general Queipo y su actuación en Sevilla con la de Franco en Canarias y Áfric a; (p. 221) son dos escenarios completamente diferentes, Queipo carecía de mando e n Sevilla (fuera de los carabineros) y Franco se sublevó al frente de su comandanc ia general, nada tiene que ver una situación con otra. Atribuye a imprudencia de F ranco la difusión de su radiograma a todos los mandos militares en la madrugada de l 18 de julio, pero el gobierno conocía la sublevación por las comunicaciones de Mel illa y las conversaciones de Martínez Barrio y como no se había proclamado aún un jefe supremo de la rebelión Franco se creyó obligado, con toda razón, a echar sobre la bal anza todo su prestigio (Gil Robles le había considerado en 1935, recuerde el lecto r, como jefe indiscutible según la opinión unánime del Ejercito para arrastrar, sin du da, a muchos indecisos). Ya después de aterrizar Franco en Tetuán su antibiógrafo militar se empeña, casi diría que se ensaña, en desacreditarle por sus primeras decisiones. Pero vamos a observa r primeramente lo que sucedió, con lo que será mucho más fácil descartar lo que no suced ió . LAS DECISIONES ESTRATEGICAS DE LAS PRIMERAS SEMANAS Preocupados por los variadísimos avatares del Alzamiento y la Revolución, los his toriadores han omitido demasiadas veces las decisiones de carácter estratégico que t uvieron lugar en las dos zonas al principio de la guerra civil. 1 Para las fuentes sobre la sublevación de Franco en Canarias, algunas tomadas directamente por mí en 1971, ver mi Franco de 1982, II, p. 218s. La primera emanó del general Franco, que aterrizó en el aeródromo de Tetuán a primera hora de la mañana de 19 de julio, despachó a su compañero de viaje Luis Bolín para esta blecer contacto con el general Sanjurjo en Portugal y, obtenida su aprobación, par tir después rumbo a Inglaterra, Alemania e Italia para conseguir la compra urgente de aviones y material . Franco evaluaba correctamente en Tetuán la situación general e stratégica: tenía a sus órdenes un cuerpo de ejército poderoso capaz de decidir cualquie r situación en la Península; tendría que cruzar con esas tropas selectas el Estrecho l o que no sería posible con la presencia de importantes unidades de la Escuadra del Frente Popular en Málaga y sobre todo en Tánger y Gibraltar que pretendían utilizar c omo bases, con éxito en el primer puerto aunque negativa del segundo. Franco no re nunció nunca al transporte naval, que se había iniciado con éxito gracias a un destruc tor adicto pero al perderlo concibió la idea de un puente aéreo que se puso en movim iento al día siguiente con aviones exclusivamente españoles. El paso del Ejército de Áfr ica a través del Estrecho ha sido estudiado por el entonces capitán de navío Cerezo en el aspecto naval y por el general Jesús Salas en el aéreo. El paso naval se inició el mismo 19 de julio y el aéreo el día 20. Salas nos dice que durante el mes de julio pasaron por mar mil hombres y por aire algo más de dos mil. Estas primeras aportac iones aeronavales consiguieron que Queipo mantuviese sus bases esenciales de Sev

illa y Cadiz. Del 29 de julio al 9 de agosto el puente es, en cuanto a aviones, hispanoalemán pero en este breve período la Marina, con apoyo aéreo hispano-italiano c onsigue pasar el 5 de agosto el justamente denominado Convoy de la Victoria, que rompió el maleficio del aislamiento africano de los nacionales y permitió que Franc o pudiera organizar simultáneamente, con Queipo, la rectificación de los frentes and aluces y el socorro a las capitales aisladas de Córdoba y Granada; el apoyo a los sectores más comprometidos de toda España; y la operación más famosa del Ejército de África, la Marcha sobre Madrid. La presencia de los cruceros nacionales del Ferrol en e l Estrecho una vez puestos a punto en septiembre de 1936 aseguró el dominio del Es trecho y el transporte por mar y aire a la Península de cerca de noventa mil hombr es no solo del Protectorado sino de otros territorios del Mahgreb, que constituy eron seguramente el contingente voluntario más importante recibido en el Ejército na cional desde fuera del territorio estrictamente español. Debe anotarse como segund a iniciativa estratégica de Franco en los primeros días ese envío de destacamentos del Ejército de África a sectores necesitados de tropas de choque: los frentes más compro metidos del general Mola, las operaciones de Queipo de Llano para crear un frent e continuo en Andalucía. La tercera iniciativa estratégica del primer verano es también importantísima y fue planeada por el gobierno del Frente Popular desde los primeros momentos de la g uerra civil: consistía en aprovechar la superioridad abrumadora de la Escuadra rep ublicana para dominar las islas de Mallorca, Ibiza y Formentera donde había triunf ado el Alzamiento. El general Franco, que no poseía aún mando directo sobre el archi piélago, advirtió inmediatamente el peligro, alertó desde Tetuán y desde Sevilla a las a utoridades militares, destituyó a algunas a distancia y reanimó la resistencia de la guarnición y la mayoría de la población de Mallorca ante la intentona enemiga, que lo gró establecer una cabeza de puente después de conquistar fácilmente las islas de Ibiz a y Formentera. La invasión republicana terminó de mala manera a principios de septi embre de 1936 y pronto se reconquistaron también las islas Pitiusas. Las consecuen cias de esta reconquista sobre el curso restante de la guerra civil, al converti rse Palma de Mallorca en base fundamental del bloqueo aeronaval sobre la costa e nemiga, resultaron incalculables. A continuación voy a puntualizar algunas de las más importantes actuaciones de Fr anco en el período inicial de la guerra que acabo de resumir. Y primeramente trans cribiré los propios Apuntes de Franco transmitidos por el profesor Suárez, y que no se escribieron, como repite obsesivamente el cornel Blanco Escolá, para uso y guía d e futuros hagiógrafos sino como guiones para que el propio Franco dictara algún día o escribiera sus memorias, lo que no haré me dijo en 1971 porque mucha gente quedaría mal . Toma de contacto con italianos y alemanes. Ofrecimiento del agente italiano y de la HISMA (el súbito). Cartas a Hitler y recado de Mussolini.dándome cuenta del ca mbio de situación. No ha habido el menor compromiso. (Tengo) necesidad de aclarar cuáles fueron nuestras relaciones con Alemania e Italia (y la) falsedad de que ant es del Movimiento y en su preparación hubiese habido ninguna clase de relaciones e ntre los directores del Movimiento Nacional y esas dos naciones. La única relación l a establecí yo desde Marruecos al dar noticia del cambio de situación ocurrido en Ma rruecos al Residente general francés y esperando establecer las buenas relaciones de vecindad al gobernador de Gibraltar con motivo de la presentación de los destru ctores rojos que habían asesinado a sus oficiales y que se refugiaban en sus aguas , y a Mussolini e Hitler dándoles cuanta del cambio operado, de nuestros propósitos anticomunistas y la petición de facilitarnos la venta de diecisiete aviones de com bate para evitar que cayese el Occidente en el comunismo. Hemos de recordar que el avión que me trajo de Canarias a Marrue cos fue un avión inglés alquilado (Dragon) en Inglaterra y los dos piloto y mecá 1 nico, ingleses. Ya entonces preveíamos lo que iba a pasar con el comunismo En este guión Franco deja bien claro que para adquirir el armamento preciso ant e la previsible duración de la guerra civil y ante todo, para organizar el transpo rte aéreo a través del Estrecho e impedir la actuación de los barcos enemigos, estaba

dispuesto a acudir a cualquier fuente de ayuda o suministros; por eso insiste en sus contactos con ingleses y franceses mientras expone sus necesidades a aleman es e italianos. Las gestiones con el representante italiano a que se refiere aquí Franco han sido documentadas hace poco por Paul Preston con quien por una vez es toy de acuerdo2. El propio Franco nos revela que desde los primeros momentos de la guerra civi l actuaba en él una ferviente convicción anticomunista. Esto ya lo sabíamos por el capít ulo anterior, pero debo subrayar ahora que en esa convicción Franco tenía toda la ra zón. Así se demuestra en un libro nada sospechoso, compuesto sobre los datos de los archivos soviéticos por A. Elorza y M. Bizcarrondo, al que ya me he referido antes . En ese libro los autores nos comunican numerosos datos sobre las consignas que la Internacional Comunista impartía a su satélite español el PCE sobre estrategia polít ica a partir del VII Congreso de la Comintern. Esta es la conclusión clave: Las dos caras de Jano del viraje formulado por Dimitrov tendrían plena aplicación al caso español. En la parte frontal del escenario, el Frente Popular, que hace de l PCE el paladín de la defensa de la democracia republicana. Pero esta actuación no se encuentra aislada, y no sólo porque el aparato del partido desarrolle su política de acuerdo con los hábitos previamente adquiridos en el período de clase contra clas e sino porque conlleva necesariamente la búsqueda del monopolio en la dirección de la política obrera, unificando en beneficio propio sus organizaciones. Era un doble juego que llevaba a maximizar las ganancias del PCE asociado a la democracia, al lado de otras fuerzas como el PSOE, pero que al mismo tiempo forzaba a estas últi mas a dar por bueno el proceso de su propia desaparición progresiva, siendo absorb idas por el partido-vanguardia. La generosidad del primer objetivo tenía como cont rapartida la voracidad del segundo . Es decir, que mientras el PCE, introducido L. Suárez, Franco, el general..., op. cit., p. 332s. 2 P. Preston en La Repüblica asediada, Peninsula, 1999, p. 49s. como caballo de Troya en el Frente Popular, colaboraba en él aparentemente con las fuerzas democráticas de la República, pretendía a la vez conseguir el Frente Unico del proletariado que se apoderase de todo el poder de la clase obrera y dominas e de esa forma el Frente Popular. Resulta muy reconfortante que el pensamiento d e Franco en 1936 coincidiera plenamente con lo que de verdad pretendían los comuni stas soviéticos y por lo tanto los españoles . El libro que acabo de citar, debido a d os autores serios, pero de izquierdas, coincide plenamente con las tesis de Burn ett Bolloten sobre la aplicación del VII Congreso de la Internacional Comunista a España. Y choca abiertamente con las tesis de Southworth acerca de la desinformación de Franco sobre el comunismo español y la Comintern. No es Franco quien tenía el ce rebro lavado sino su pertinaz adversario de Oldahoma. LA DESAPARICION DEL GENERAL SANJURJO El general don José Sanjurjo Sacanell, jefe supremo del Alzamiento por unanimid ad de los dos grandes círculos de la conspiración, la Junta de Generales y la UME, n o era discutido por ninguno de los generales que se alzaron. Mola había aceptado l a coordinación del alzamiento en calidad de Jefe de Estado Mayor del general Sanju rjo. Cuando Franco envió a Luis Bolín para gestionar en el extranjero la compra de a rmas que le había encargado le ordenó que primero recabase en Estoril la autorización de Sanjurjo, cosa que cumplió el emisario en la misma mañana del 19 de julio, como d emuestra el documento firmado por Franco y por Sanjurjo que Bolín nos ha transmiti do en su citado libro. Los carlistas aceptaban a Sanjurjo, que era de estirpe ca rlista. Para el resto de las derechas españolas, singularmente los dirigentes del Bloque Nacional que esperaban ansiosos su llegada el 20 de julio en el aeródromo b urgalés de Gamonal Sanjurjo no era solamente el jefe sino el ídolo. Sanjurjo se había comprometido a encabezar en España una restauración monárquica en la persona de don Al fonso XIII y con toda seguridad hubiera cumplido su compromiso pese a las retice ncias de Mola, Queipo y Cabanellas sobre una nueva Restauración, porque la autorid ad de Sanjurjo era indiscutible. Pero el marqués del Rif no llegó nunca a Burgos.

Ese día 20 de julio un aviador expertísimo, el teniente coronel Juan Antonio Ansa ldo, recogió a Sanjurjo en un aeródromo de fortuna de la Marinha, alineado 1 Queridos camaradas, op. cit.,m p. 250. con la Boca do Inferno junto a Cascais en Portugal, para trasladarse a Gamion al. La avioneta Puss Moth con la que el aviador monárquico había corrido innumerable s aventuras se vio forzada, dadas las lamentables condiciones de la pista, a sal tar en una salida de pera, según la expresión del aviador Vila San Juan, con tan mal a suerte que sin apurar el rodaje y comiéndose el campo la hélice de madera tropezó co n un canto por lo que la avioneta pegó el hachazo y se incendió. Ansaldo pudo salvar se a duras penas pero Sanjurjo pereció atado a su asiento. El marqués de Quintanar, miembro destacado de Acción Española, puso después la mano sobre el ataúd del marqués del Rif y no pudo reprimir una exclamación en la que muchos pensaban: El general Sanjur jo ha muerto. ¡Viva el general Franco! Aquel mismo día el general Franco inventó un eficacísimo método para el transporte de tropas, el puente aéreo desde el aeródromo de Tetuán en Sania Ramel al de Tablada en Sevilla, ya controlado por Queipo de Llano. La víspera, durante sus dos visitas de Tetuán a Ceuta, Franco había intentado organizar un convoy naval pero no fue posibl e porque frente a las poderosas unidades de la Flota republicana, fondeadas en Tán ger para patrullar por el Estrecho, los tres pequeños barcos rebeldes el cañonero Dato, el torpedero número 19 y el guardacostas Uad Kert nada tenían que hacer. El coronel Blanco Escolá se enfada muchísimo con Franco por haber inventado e l puente aéreo inmediatamente después de acusarle de falta de imaginación y otras lind ezas pero la Historia es así y que el invento fuera forzado por una necesidad acuc iante; es el origen común de muchos inventos en la Historia. Al coronel, que no ca rece de imaginación, se le ocurre comparar en plan burlesco a Franco con Epaminond as, pero que yo sepa el insigne general tebano nunca requirió los servicios de Ica ro para su logística. Durante los primeros nueve días el puente aéreo fue exclusivamen te español, iniciado el 20 de julio con seis estupendos aviones Fo er que hiciero n dos vuelos cada uno y permitieron a Queipo de Llano pasear a ochenta legionari os por Sevilla como si fueran un par de banderas, gracias a la radio. El Dornier del teniente de navío Ruiz de la Puente trasladó en ese mismo día en dos viajes a vei nticinco Regulares que sembraron el terror con su presencia entre los diez mil m ilicianos de Sevilla, parece broma. Al desaparecer el general Sanjurjo su jefe de Estado Mayor para el Alzamiento , general Mola, se presenta en Burgos al día siguiente y, a sugerencia del grupo m onárquico del Bloque Nacional que ve esfumarse el proyecto de Restauración, crea un organismo colegiado de gobierno, la Junta de Defensa Nacional, bajo la presidenc ia de un general republicano y masón, don Miguel Cabanellas Ferrer, y como míem bros un grupo de generales al que pronto se añadirán otros, entre ellos Franco, y dos coroneles prestigiosos. Mola es el alma de la Junta de Defensa, que por el momento llena el vacío de poder pero no puede suplir a un mando militar único cuya n ecesidad se hace sentir cada vez más. Por el momento el general Mola actúa como jefe en toda la zona Norte de los sublevados, es decir la dominada por las divisione s orgánicas de Burgos, Zaragoza y Valladolid, a la que pronto se incorporan Galici a y Oviedo, pero de la que queda fuera la franja cantábrica entre Asturias y Guipúzc oa. El general Queipo de Llano es jefe indiscutible de la region Sur, la parte s ublevada de Andalucía y el general Franco, además de Marruecos y Canarias, ostenta u n poder autónomo gracias a su indiscutida jefatura del Ejército de África, que poco a poco consigue trasladar a la Península por aire y por mar. Este es un triunvirato militar donde el coronel Blanco Escolá se obstina en encontrar roces y celos de po der entre sus tres vértices, con lo que demuestra su incapacidad de comprender el extraordinario fenómeno de la unidad moral que desde los primeros momentos aglutin a a la zona nacional naciente e inspira a esos tres jefes, sobre todo a Franco-M ola y a Franco-Queipo un profundo sentido de la cooperación y la coordinación, sin q ue por ello la Junta de Defensa, por simple sentido de la realidad y el propio M ola, que nunca ambicionó el poder personal, dejen de pensar, ya desde las primeras

semanas, en el mando militar único, cada vez más urgente. Sin tener en cuenta como factor clave ese profundo sentido moral la moral de victoria que muy pronto se com bina con el sentimiento religioso, incluso para muchos que hasta entonces no se habían visto poseídos por él no se puede comprender una palabra sobre la guerra civil e spañola, que a fin de cuentas se ganó y se perdió por la sobreabundancia o la carencia, respectivamente de ese sentido de moral patriótica y fervor religioso. Esa es la c lave principal y ninguna otra. Sobre el poder que controlaba a la Junta de Defensa recibí en 1973 un testimoni o esencial, firmado por don Valentín Dávila Jalón, marqués de Dávila e hijo del general, e n este sentido: Ya iniciado el Alzamiento y designada la Junta de Defensa Nacional todos sus v ocales integraron sus respectivos votos en la persona de Dávila, por lo que era el único vocal que en sí, en su persona, integraba la Junta, a cuyo efecto designó asesorías varias-con personas de relieve y cultas en las respectivas materias y gobernó la E spaña nacional, ya que el general Cabanellas, como presidente, se limitaba a recib ir a los visitantes y a firmar los decretos que Dávila sometía a su firma, actuando el coronel Montaner como secretario en mero trá mite de secretaría. Cuando en Burgos estaba el general Mola, Dávila cambiaba con él impresiones y los tres generales Cabanellas, Mola y Dávila decidían los asuntos conce rnientes a las operaciones. A mediados de agosto se incoporó a la Junta como vocal el general Gil Yuste, que supuso para Dávila una eficaz ayuda. Los demás generales v ocales no intervinieron en los asuntos de la Junta, por tener su cometido específic o en los frentes, solamente habrían de asistir a la reunión de Salamanca. Y cundo Fr anco fue a Burgos, las conversaciones que tuvieron fueron esencialmente sobre la s operaciones desarrolladas y a desarrollar, medios de acción, reemplazos, ayudas y posibles medios del exterior. Esto se lo podrá confirmar a usted el propio Gener alísimo y añadir lo que estime oportuno . Es importane señalar que los tres generales era n reconocidos africanistas y que tanto Dávila como Mola estaban personalmente muy vinculados a Franco y carecían de ambición personal. La Junta de Defensa Nacional, creada días antes, se constituye oficialmente por su propio decreto del 24 de julio. Su primer acto consiste en una declaración-pro grama en que define al Alzamiento como reacción ante la anarquía y el desgobierno a i mpulsos del marxismo disgregador. Basta: frente al marxismo, España . Promete el man tenimiento de la justicia social y proclama la identidad entre Ejercito y pueblo . La Junta de Defensa reconoce la existencia de dos ejércitos de operaciones; el d el Norte, bajo el mando del general Mola y el de África y sur de España al mando de Fr anco. Queipo actuaba ya como jefe del ejército en Andalucía pero la Junta no le reco noce esa función oficialmente hasta el 28 de agosto. Utilizando la emisora de la Guardia Civil en Tetuán Franco ofrece ya ante la op inión española los motivos fundamentales de su pensamiento en aquellos días decisivos. No se trata de un movimiento militar o de clase, se trata de la vida de España . El 23 de julio el ABC de Sevilla inserta la proclama anterior junto a otra en la qu e por primera vez Franco utiliza el término cruzada en sentido patriótico, aunque el motivo religioso aparece inmediatamente; si bien tampoco quiere enfrentarse Fra nco a la Republica al proclamar a su movimiento nacional, español y republicano . Fra nco alude expresamente a lo que es un eje de su pensamiento social: nuestra sufr ida clase media. En su alocución por la emisora de Tetuán el 24 de julio comunica su primera mención de carácter religioso: Con nosotros va el bienestar y la paz de España , la familia, la religión, la patria . La 1 Carta del marqués de Dávila al autor, 2 de junio de 1973. mención religiosa le salta ante las primeras noticias sobre el sacrificio de sa cerdotes y religiosos en la zona enemiga. Sin embargo Franco no asumirá el sentido religioso de su cruzada hasta que lo haga oficialmente la Iglesia española a part ir del mes de agosto de 1936. En la proclama radiada el 25 de julio identifica a l Movimiento como lucha a muerte contra el comunismo soviético contraponiéndolo a la

civilización cristiana . Pero mientras comunica por radio y prensa sus ideas acerca del Alzamiento y se consagra en cuerpo y alma, desde Tetuán, a acelerar el traslad o del Ejército de África a la Península, firma el 1 de agosto en la capital del Protec torado su primera orden como jefe del Ejército de África y Sur de España la iniciación al día siguiente, en Sevilla, de la marcha sobre Madrid con Zafra y Mérida como primero s objetivos, es decir el salto del valle del Guadalquivir al del Guadiana para l uego pasar al valle del Tajo. EL PROBLEMA DE LA INTERVENCION EXTRANJERA. Las dos Españas en guerra civil acudieron inmediatamente al extranjero para la adquisición de las armas y ayudas militares que precisaban urgentemente. La preten sión obsesiva de un prestigioso jefe y tratadista militar, el general Vicente Rojo , tan atinado en otros juicios importantes, fue que el general Franco ganó la guer ra civil por la abrumadora superioridad de los medios que le facilitaron sus ali ados del Eje, frente a una República que contó con ayudas muy inferiores. Ni que dec ir tiene que el coronel Blanco Escolá se suma a esta opinión, con tan escaso fundame nto como Rojo. El general Ramón Salas Larrazábal ha convencido de manera clara y suf iciente a la opinión internacional de que las cosas sucedieron exactamente al revés. Recientemente un especialista en armamento, Howson, ha tratado de volver enérgica mente a la tesis de Rojo en su libro de 1997 Arms for Spain resumido en el aún más r eciente libro colectivo dirigido por Paul Preston La República asediada (Barcelona , Península, 1999). La tesis de Howson resulta estimulante pero también sofística y ar tificiosa al lado de trabajos aún más recientes como la definitiva obra del general Jesús Salas sobre la guerra aérea, ya citada. Ya vimos que el balance inicial de fuerzas militares una vez finalizada la fa se de Alzamiento resultaba muy favorable al gobierno del Frente Popular, tanto e n armamento pesado y ligero, con sus municiones y fábricas, como en Marina y Aviac ión. El factor militar más importante que favorecía a los rebeldes, es decir el ejército de África, estaba aislado al otro lado del Estrecho y la pérdida de esa gr an ventaja fue mérito de los rebeldes y fracaso irresponsable de la República. Debo añadir ante todo que conseguir la superioridad militar en cualquier aspecto es un mérito de quien la logra, no una acusación; por tanto si la tesis de Rojo-Howson sob re la superioridad de los nacionales en suministros exteriores es cierta debe co nsiderarse como un gran mérito sobre todo teniendo en cuenta que los medios financ ieros estaban casi íntegramente en poder de sus enemigos. Pero es que además esa tes is no es cierta. Durante todo el año 1936, las aportaciones extranjeras fueron equ ivalentes en calidad de armamento ligero y pesado a favor de cada bando, y muy s uperiores en calidad a favor del Frente Popular. Las aportaciones en cuanto a vo luntarios experimentados en el mismo período deben considerarse enormemente superi ores a favor de la República. La cantidad de aportaciones puede comprobarse en el libro de R. Salas Los datos exactos de la guerra civil y la calidad se puede veri ficar en los catálogos documentados de los especialistas. Para los carros, por eje mplo, véase Fred Vos, Vehículos blindados (Madrid, San Martín, con valioso apéndice sobr e los carros en España) donde se comparan los carros ligeros alemanes Krupp-lA de 5 toneladas (negrillos) armados sólo con ametralladoras y las tanquetas Fiat L 3/3 5; de 3 toneladas unos y otros utilizados al final de la marcha sobre Madrid y q ue se borraban ante los carros semipesados soviéticos de infantería tipo T 26 B, de 10 toneladas armados de cañón. Las dotaciones soviéticas de los carros T 26 B nunca ll egaron a utilizarlos en buena conexión con la infantería. Los nacionales mejoraron m ucho su parque blindado sobre todo, como anota intencionadamente Usatorre en el libro de Vos, gracias a los carros soviéticos capturados y después reparados y mejor ados en las Maestranzas, que fueron utilizados luego en grandes maniobras como l as de Aragón en 1938 como punta de flecha para la apertura de grandes bolsas, segu idos por fuertes unidades de infantería motorizada. Esta fue una innovación táctica de l Cuartel General del Generalísimo que repercutió después en la segunda guerra mundial . Con los aviones sucedió algo parecido Howson se empeña en reducir el número de avio

nes soviéticos apoyándose en el dudoso testimonio del aviador republicano Lacalle pe ro no destruye las cifras de los hermanos Salas Larrazábal, confirmadas hoy en el úl timo libro de Jesús Salas. La aportación de cazas y bombarderos a favor de cada uno de los bandos hasta septiembre fue equivalente; en torno a la batalla de Madrid los envíos alemanes e italianos se vieron claramente superados por los 1 Madrid, Drácena, 1980. soviéticos en cantidad y calidad; el equilibrio se alteró ya a favor de los nacio nales en la primavera-verano de 1937 desde la batalla de la Granja, la de Brunet e y la desaparición de la aviación republicana en el Norte. Durante todo este período, sobre todo ya en 1937, intervino un factor que no se valora estadísticamente pero que se deduce de un atento estudio de los partes de operaciones; la calidad de los pilotos nacionales, sobre todo los españoles, remontó claramente la muy estimabl e de los pilotos soviéticos y esta diferencia continuaría hasta la intervención de la Escuadrilla Azul en la campaña de Rusia, un tema absurdamente tabú que se hace cada vez más necesario seguir estudiando con todo interés, al menos para quienes no ident ificamos a la URSS de Stalin con la gran democracia soviética de la propaganda roja en el Madrid de la guerra civil. Según el libro de referencia de R. Salas los avio nes de procedencia soviética que combatieron en la guerra civil española fueron 1117 , más 364 no soviéticos frente a 656 italianos y 593 alemanes. Es decir 1253 para la zona nacional y 1473 para la republicana. En cuanto a calidad, los aviones soviét icos de 1936 desbordaban por completo a los del enemigo. Nada podía resistir, por techo y velocidad, a un Mosca , el caza compacto que los nacionales llamaban Rata . Lu ego, desde principios de 1937, la aviación alemana de caza (Messerschidt Bf-109) y bombardeo (Hein el 111) superó en calidad a los homólogos enemigos, hasta el final de la guerra. La superioridad inicial del Frente Popular en cuanto a aportaciones extranjer as de infantería fue también abrumadora. El 15 de octubre de 1937 empezaban a formar se en Albacete las primeras unidades de las Brigadas Internacionales, que llegar on a disponer en línea, a partir de su entrada en fuego para la batalla de Madrid en noviembre, de unos 35.000 hombres en su momento de máxima presencia. Su rendimi ento fue alto, equivalente al de las primeras brigadas mixtas españolas como se ha dicho y sus fallos, a veces, muy notables, como en las batallas de La Granja y Brunete. Las primeras unidades italianas de infantería no llegaron a España hasta pa sados dos meses de la venida de los Internacionales y no entraron en fuego hasta la campaña de Málaga a fines de enero de 1937. Su número en línea y en rotación fue semej ante al de las legiones de la Internacional Comunista. Los efectivos alemanes y soviéticos fueron también equivalentes en número y misiones. Unos 7.000 hombres en cad a bando, dedicados a la instrucción militar, a las unidades de artillería moderna, a las dotaciones de carros y de aviones. El único desequilibrio palmario que se reg istró en la guerra de España fue a favor de Franco (insisto, personalmente de Franco ) procedía, paradójicamente, de los Estados Unidos y consistió en el aprovisionamiento de petróleo sin restricciones y además a crédito, método hasta entonces inédito. El sumi nistro de petróleo a la España nacional triplicó al de la España republicana, que venía del Mar Negro y se convirtió en factor decisivo para la victoria. La movilidad de la Escuadra nacional, decisivamente superior a la republicana, la actividad de la triple aviación de Franco (Legión Cóndor, Aviación legionaria y Brigada Aérea Hispana) y la mucho mayor actividad motorizada y de carros en la zona nacional se debe a esa generosa aportación de las multinacionales del petróleo con la complicidad del g obierno de Washington, lo que contiene no pocos misterios que he tratado de expl icar en un artículo para la revista Hacienda Pública española . FRANCO EN LA GUERRA DE COLUMNAS: LA COLUMNA MADRID Una vez fijadas de forma elemental las zonas de dominio según el resultado del Alzamiento, cada una de las capitales o regiones más claramente decididas a favor de cada bando se convirtió en centro emisor de columnas que en una y otra zona era n mixtas de fuerzas militares, orden público y voluntarios, que expandían el dominio de su cabecera hasta tropezar con la resistencia estable del enemigo y formar l

os que serían frentes de combate. La columna principal fue la formada por el conti ngente mayor de las fuerzas de África, que se denominó desde fecha tan temprana como el 2 de agosto columna Madrid a su salida de Sevilla, desde donde coadyuvó además, en su marcha sobre Mérida, a convertir el mosaico andaluz en zona cívico-militar estab le a las órdenes del general Queipo quien por su parte, apoyado con unidades afric anas, locales y voluntarias, aseguró el enlace permanente con las capitales aislad as de Córdoba y Granada, además de reducir, con gran esfuerzo, la gran bolsa enemiga de Huelva. La columna Madrid, dividida en tres líneas de avance, saltó del valle de l Guadalquivir al del Guadiana donde logró la vital conquista de Mérida el 11 de ago sto. El coronel Blanco Escolá discute la decisión de Franco de avanzar sobre Madrid vía Mérida y valle del Tajo, en vez de tomar la ruta directa por Despeñaperros para segu ir a través de la Mancha. Rebate a este propósito a los que llama hagiógrafos de Franc o, que son escritores civiles en todos los casos. Yo prefiero oponerle la opinión de ilustres escritores militares. El general Casas de la Vega no alberga la meno r duda sobre la conveniencia de la decisión de Franco para lo que le basta mirar a l mapa. En efecto, al coronel Blanco Escolá se le olvida algo que 1 46(1977)llSs. me parece elemental: desde Sevilla a Mérida hay doscientos ilómetros de terreno sin obstáculos, y sin más enemigo importante que la guarnición de Badajoz; desde Sevil la directamente a Madrid la distancia es tres veces superior, casi toda ella por territorio enemigo y bajo el radio de acción de las fuerzas enemigas de Madrid, c omo ya había demostrado el general Miaja con su operación contra los sublevados de A lbacete y lo demostraría nuevamente, aunque esta vez sin éxito, contra los sublevado s de Córdoba. En la orden de Franco a la columna Madrid se señalaba expresamente el enlace de la Andalucía ocupada con las avanzadas de la zona nacional al sur de Cácer es, una distancia mucho menor y menos expuesta. El enlace con la zona nacional d el norte era vital para Mola, necesitado de municiones angustiosamente. Este cami no resume el general Casas a través de Badajoz, Cáceres y Toledo, era el mejor itinera rio militar de avance desde Sevilla a Madrid . Mientras tanto Barcelona, donde el presidente de la Generalidad señor Companys intentaba inútilmente imponer su autoridad a los variopintos Comités del anarcosindi calismo, organizó varias columnas milicianas, siempre con participación y bajo mando militar, con el objetivo de apoderarse de las tres capitales aragonesas declara das por el Alzamiento: Huesca, Zaragoza y Teruel. La superioridad de los invasor es, que llegaron hasta muy escasa distancia de las tres, era absoluta. Pero la lín ea de las tres capitales no se quebró hasta que fue superada desde dentro en 1938. Franco cooperó con el envío de destacamentos africanos y Mola con los incomparables Tercios de requetés, que desde el primer momento se acreditaron como fuerzas de c hoque a nivel semejante al del Tercio; lo mismo demostraron varias banderas de F alange. La decisiva participación popular en la defensa de Huesca es un hecho de a rmas singular, comparable al de Oviedo, que no ha alcanzado la debida resonancia por oscuras razones que espero explicar alguna vez. Teruel fue defendida por un contingente de fuerzas de orden público y voluntamos civiles que se mantuvieron c ontra todo pronóstico. En Zaragoza el comandante Galera Paniagua formó una eficacísima reserva móvil que logró asegurar más de mil ilómetros de dificultoso frente. Valladolid fue un centro de columnas mixtas de militares, fuerzas de orden públ ico y falangistas que cerraron a las colmunas de Madrid el Alto del León, evitaron todo desbordamiento del ejército minero de Asturias hacia el sur y fijaron 1 R. Casas de la Vega, Franco militar op. cit. p. 345s. los frentes del Norte y el enlace con Galicia. En esta región la reducción de los centros enemigos de resistencia fue larga y penosa pero una vez dominada la sit uación Galicia se convirtió en uno de los principales centros de reclutamiento para el cuerpo de ejército que llevó su nombre. Aun así y como parece natural, el centro de columnas más importante de toda la zona nacional fue Navarra, donde se realizó con

increíble eficacia la conexión entre el comandante militar y jefe virtual del Alzami ento en todo el Norte, general Mola, de ejecutoria liberal, con los Tercios de r equetés que afluyeron a la plaza pamplonesa del Castillo desde la madrugada del 19 de julio. Mola formó en primer lugar columnas mixtas de fuerzas militares y volun tarios carlistas, las pronto famosas brigadas de Navarra, que avanzaron sobre Gu ipúzcoa y aislaron el 13 de septiembre, con la toma de San Sebastián y antes la de I rún, a la zona republicana del Norte respecto de Francia. Mola atendió además a la def ensa de la vasta línea aragonesa, estableció en Burgos, como sabemos, un organismo s upremo de mando y administración denominado Junta de Defensa Nacional, encomendó al general Franco la dirección de los contactos exteriores para la adquisición de armam ento y aisló a las provincias vascongadas de fachada marítima mientras se preparaba para conquistarlas. La franja republicana del Norte, de Guipúzcoa a Asturias, operó con criterio cant onal e incluso con pretensiones soberanas, no sólo en Euz adi, que trató de crear su propio ejército y su propia marina con el resultado que puede esperarse, sino tam bién en Asturias, donde se creó un Consejo Soberano con anexión de las porciones ocupa das al Norte de León. Pero en vista de la decisión resistente del coronel Antonio Ar anda en Oviedo, el llamado Ejército minero se concentró por tercera vez en el siglo XX en la conquista de la ciudad burguesa, con superioridad de medios más que absol uta, que se estrelló hasta que las columnas de Galicia forzaron un precario pasill o hasta la cumbre del Naranco y las calles de la ciudad. La República concentró sobr e Oviedo más efectivos que los dedicados a la defensa de Madrid y el general Franc o envió para la defensa contingentes considerables del Ejercito de África. El centro de columnas más importante de la zona republicana fue, naturalmente, Madrid, en la que sin embargo se escondían numerosos partidarios del enemigo que l uego, pese a los intentos de aplastamiento por el terror, generaron toda una red de la Quinta Columna. Al principio no fue así. Lo que salió de Madrid fue un abigar rado conjunto de columnas, con predominio de los milicianos de partido y sindica to sobre las fuerzas regulares, que consiguió asomarse a los puertos de la Sierra donde toparon con el enemigo, tomaron antes las ciuda des de Alcalá de Henares y Guadalajara y se resistieron indolentemente a la mil itarización hasta que el enemigo llegó en noviembre a las puertas de la capital. Ant es fuerzas de Madrid, junto con las de Murcia, habían reconquistado la ciudad de A lbacete, animada por el general Franco con entusiastas radiogramas de África; la a ctividad valenciana en la formación de columnas fue relativamente inoperante, una de ellas intervino en la toma de Ibiza y otras se estrellaron contra el Ejército d e África cerca de Guadalupe y contra los escasísimos defensores de Teruel, que recha zaron también a una columna catalana. Pero como ya hemos adelantado la columna más importante de aquel primer verano fue la columna Madrid, que a las órdenes del general Franco había tomado Mérida el 11 de agosto, conseguía con ello el importantísimo enlace con las fuerzas nacionales de Cáceres al norte y se revolvió rápidamente contra Badajoz para dejar cerrada al sur l a bolsa de Extremadura-Huelva que se reduciría inevitablemente mientras las bander as y tábores del Ejército de África, con su eficaz esquema de columnas pero con efecti vos de dos pequeñas divisiones, saltaba al valle del Tajo donde el 3 de septiembre , tras una meditada maniobra, tomaba la ciudad de Talavera de la Reina. El coronel Blanco Escolá reprocha a Franco, a quien cree dedicado a su propio p rovecho político para lo que retrasaba voluntariamente su avance, que se revolvier a contra Badajoz en vez de continuar de Mérida a Madrid. Quisiera decir de una vez por todas que esa acusación contra Franco, tan prodigada por sus antibiógrafos civi les, no debería ser repetida por su antibiógrafo militar. Sencillamente porque no ex iste prueba alguna de ella, como tampoco de tantas acusaciones gratuitas o legen darias contra Franco. Segundo, porque si bien el coronel Blanco Escolá menosprecia los efectivos militares del Frente Popular en Badajoz se equivoca una vez más. El coronel Blanco reconoce que no sabe qué fuerzas defendían Badajoz, al parecer dice de escasa entidad . No tan escasa. Los generales Ramón y Jesús Salas han demostrado que el

coronel Pugdendola, un jefe veterano y experto por lo demás, tenía a su mando ocho mil hombres, efectivos equivalentes en número a las columnas de África y que supiero n ofrecer en la muralla de la ciudad una tremenda resistencia2. Por supuesto que el antibiógrafo militar se traga entera la leyenda roja sobre la represión de Badaj oz, sobre la que hablaremos, por más que la considero, a estas alturas, com1 La in competencia..., op. cit., p. 247. 2 R. y J. Salas Historia general de la guerra de España, Madrid, Rialp, 1986, p . 88. pletamente destruida. En resumen, que la conquista de Badajoz era completamen te necesaria después del enlace con la zona Norte. No se podía dejar aquella fuerza enemiga intacta junto a la frontera de Portugal. La repercusión de la toma de Talavera fue enorme en todo el mundo: de Talavera a Madrid hay una distancia mucho menor que la ya recorrida desde Sevilla, y disc urría por una carretera llana y casi recta, sin obstáculos naturales. Según lo previst o las columnas africanas avanzaron rápidamente por ella hasta que, tras apoderarse de las fortificaciones de Maqueda, tuvieron que elegir entre dos caminos que na cen de allí en ángulo recto: Madrid y Toledo. Naturalmente que el antibiógrafo militar de Franco descalífica a Franco por haber tomado la decisión de Toledo. Este es el p unto capital en el libro del antibiógafo militar, que dedica al asunto varias página s con citas de Clausewitz y recomienda a Franco, en el reino de los futuribles, que en vez de virar a Toledo para liberar el Alcázar, lanzase al ejército de África po r la brecha que habían abierto las columnas de Mola hacia San Martín de Valdeiglesia s y envolviera con ello a Madrid por el oeste, tras provocar el derrumbamiento d el frente enemigo en la Sierra del Guadarrama. Válgame Dios, después de Epaminondas en el valle del Guadiana ahora nos pone por ejemplo la maniobra que sin duda hub iera ejecutado Alejandro Magno junto a los toros de Guisando. Comprendo que Blan co Escolá reproche a Franco falta de imaginación. La del antibiógrafo es desbordante. Y sus invectivas a los hagiógrafos parecen dictadas, para seguir con el precedente clásico, por Sófocles más que por los héroes de Homero. Creo que la arbitraria reconstrucción de futuribles que nos ofrece el coronel B lanco Escolá cae por su base ante una observación clave de la que él se ríe en los mismo s párrafos en que arremete contra un deletéreo dios que exigía el sacrificio, la sangre de miles de ciudadanos . Me divierte mucho más el antibiógrafo militar de Franco cuand o imagina a las falanges macedónicas atravesando el Alberche que cuando se permite , para descalificar la decisión de Franco, incurrir en algo semejante a la blasfem ia. Pero estoy seguro de que su principal error al oponerse a la decisión de Franc o es que nunca tiene en cuenta, al disertar sobre la guerra civil española, lo que antes hemos definido como factor moral. En la comunicación que Franco dirige a Mo la el 11 de agosto, cuando acaba de lograrse el enlace con la zona Norte tras la zona de Mérida, le revela que hasta ese momento ignoraba que se mantenía la resiste ncia del Alcázar. 1 La incompetencia.... op. cit. p. 260. Pero el 20 de agosto Mola pregunta a Franco cuál es su plan para el avance sobr e Madrid. La respuesta de Franco lleva fecha del día siguiente, 21 de agosto y señal a las fases de avance. La tercera es clarísima: Maqueda-Toledo . El coronel Blanco Es colá niega que el objetivo de Franco sea liberar el Alcázar. La autoridad estratégica que aduce el antibiógrafo militar es nada menos que Paul Preston, el supremo antib iógrafo civil. Pero en su incomparable estudio militar La marcha sobre Madrid el c oronel Martínez Bande confirma algo por lo demás obvio: Maqueda-Toledo significa ir de Maqueda a Toledo, liberar el Alcázar. El argumento capital de Blanco Escolá para negar la evidencia de un documento tan claro e importante es que Alejandro Magno hubiera tomado la dirección contraria desde Maqueda, es decir la San Martín de Vald eiglesias. Parecería cómico si no resultara tan lamentable . Franco había conocido la defensa del Alcázar de Toledo y su repercusión mundial el día en que sus tropas tomaron Mérida tras cortar con sumo riesgo del comandante Alar cón de la Lastra las cargas explosivas colocadas por el enemigo en el famoso puent

e romano. Franco realmente no sintió en Maqueda la menor duda: el factor moral sie mpre primó para él ante cualquier consideración material o puramente militar. Toledo e ra para todo el mundo el símbolo del espíritu que impulsaba a la España nacional y el genera Varela tomó el camino de Toledo. Cruzó rápidamente el vado del río Guadarrama y e l 27 de septiembre una vanguardia de los africanos liberó el Alcázar, que acababa de resistir el impacto de dos enormes minas. El desvío de Toledo no fue lo que impid ió la toma de Madrid, ya se encaminaban a la capital amenazada los carros y los av iones soviéticos y se aprestaban a defenderla las primeras Brigadas mixtas del Ejérc ito popular. El retraso no repercutió en el fracaso ante Madrid y en cambio plantó u no de los jalones, de orden moral, más importantes de la victoria. En efecto, aunque al coronel Blanco Escolá no le importe nada, la resistencia h eroica del Alcázar de Toledo contra fuerzas diez veces superiores se estaba convir tiendo, a lo largo del mes de agosto de 1936, en una noticia mundial continua y creciente. En mi proyectado libro sobre el Acázar, un proyecto que me debo a mí mism o por varios motivos, figurará un capítulo sobre esta oleada de interés mundial acerca de la fortaleza de Carlos V y su lucha desigual, sobre la que informaba ante to do la benemérita Radio Club Portuguesa. La defensa del Alcázar contribuyó a la posición unánime de los católicos norteamericanos ante el presidente M. Martínez Bande, La marcha sobre Madrid , San Martín, 1982 p. 152. Roosevelt, que cedió a sus exigencias de mantener el embargo de armas tan perju dicial para el Frente Popular y era noticia permanente en todos los grandes diar ios del mundo. A mis nueve años, encerrado en la Legación de Noruega de Madrid (hoy hotel NH en la calle Abascal) ví pasar por esa calle a tres o cuatro manifestacion es del Frente Popular para celebrar la toma del Alcázar, que aquella misma noche d esmentía el general Queipo de Llano en sus inimitables charlas. El Alcázar se convir tió en un altísimo símbolo de valor y de victoria para toda la zona nacional y el gene ral Franco, que no era sólo un político como cree su antibiógrafo militar (y político) p ero poseía un alto sentido político que pronto demostraría, no podía mostrarse insensibl e a ese hecho. Franco tenía muy presente su terrible frustración en África cuando no p udo saltar en socorro de Nador en la campaña de 1921, cuando liberó al puesto de Tif aruin en 1923, cuando consiguió a veces y otras no socorrer a las guarniciones esp añolas en la línea del Lau y la retirada de Xauen. El coronel Blanco Escolá cree que e l honor histórico del Ejército y la supuesta palabra empeñada por Franco a los defensores del Alcázar no son más que monsergas pero algunos seguimos valorando con calificación a ltísima ese honor histórico y esa palabra (que no es supuesta sino confirmada en el mismo diario del coronel Moscardó, que no parece haber leído el coronel Blanco) y pe nsamos que la decisión de Franco en socorro del Alcázar era obligada y fue un aciert o enorme, decisivo para la guerra civil. LA ELECCION DE FRANCO A LA JEFATURA SUPREMA Los meses siguientes, de octubre de 1936 a marzo de 1937, vienen marcados en la historia militar de la guerra civil por los terribles forcejeos en torno a Ma drid. Y ya desde septiembre se preparan con dos esenciales acontecimientos polític os provocados, como siempre sucedió en España, por los sucesos militares; el cambio de mando en una y otra zona. La peligrosa caída de Talavera el 3 de septiembre de 1936 derribó al ineficaz gobierno republicano del doctor Giral y le sustituyó por un equipo de Frente Popular dirigido enérgicamente por el líder indiscutible del secto r obrero del Frente Popular, don Francisco Largo Caballero, cuya primera preocup ación fue crear un eficiente Estado Mayor profesional para la gestación de un nuevo Ejército, el que se llamó Ejército Voluntario y luego Ejército Popular de la República, al que ya nos hemos referido. Por otra parte la prolongación de la guerra civil y la complejidad de las operaciones militares, la dirección de la guerra económica y de las relaciones internacionales aconsejaban designar un mando militar único para toda la zona nacional, sin que nadie pensa ra en otro que el joven general Franco, al que además otros generales de gran infl uencia, como Mola, Dávila y los monárquicos Kindelán y Orgaz pretendían designar para la jefatura total del pueblo y sus Ejércitos como Franco diría más tarde (Orgaz y Kindelán q

uerían una designación temporal restringida a lo que durase la guerra). He leído y esc uchado a Franco más de una vez y carezco de motivos para dudar de su palabra: que nunca pretendió el mando único total pero que si no se le ofrecía rechazaría el mando mi litar exclusivo. Esta fue, como su confesión católica de la que algunos dudan sin pr uebas, una de las convicciones más firmes de su vida. Creo haber fijado en 1972 las circunstancias seguras de la elección de Franco, sin haber obtenido siempre el reconocimiento elemental por ello . El problema se h abía planteado, de forma tentativa, en varias reuniones de la Junta de Defensa Nac ional pero se propuso perentoriamente en la celebrada en Salamanca el 21 de sept iembre. El mando militar estaba claro; para el total se notaban vacilaciones, qu e provenían sobre todo de Cabanellas. Una semana más tarde, en la reunión de la finca salmantina de San Fernando, se planteó la cuestión de manera primordial. Descartando la frondosa fantasmagoría sobre la fórmula de plenos poderes que finalmente se impu so hoy sabemos que durante los debates de la mañana se reprodujeron las dudas y te nsiones del día 21, y durante la pausa para el almuerzo los generales Mola y Dávila comunicaron fehacientemente a los demás la decisión inquebrantable de Franco; o todo s los poderes o ningún mando. Se impuso el oro más puro del patriotismo recuerda Kinde lán y se aceptó la condición de Franco, a quien todo el mundo atribuía la liberación del A lcázar de Toledo al atardecer del día anterior. El general Cabanellas cumplió su palab ra y al día siguiente, 29 de septiembre, firmó el decreto de plenos poderes en el qu e la expresión jefe del gobierno del Estado significaba simplemente jefe del Estado, y así se utilizó desde los días siguientes. Generalísimo de los Ejércitos, Franco sustituyó a la Junta de Defensa por una Junta Técnica del Estado para dirigir el conjunto de la Administración, encargó al general Mola el mando del Ejército del Norte, que formaba un amplio arco desde la Sierra d e Gredos al valle del Jarama y suprimida la peligrosa concentración enemiga en torn o al Alcázar ordenó la inmediata reanudación de la Marcha sobre 1 Para le elección de Franco en relación con el Alcázar ver mi Franco de1982, II, p . 284s. Madrid y el reforzamiento de la marcha sobre Oviedo como primeras medidas. El arco se fue reduciendo sobre Madrid y las fuerzas atacantes recibieron un fuert e impulso moral cuando el cerco de Oviedo fue levantado por las columnas de Gali cia el 17 de octubre. Once días más tarde el jefe del Gobierno, Largo Caballero en u n esfuerzo supremo para resucitar la alicaída moral de los defensores de Madrid, r evela audazmente que el Ejército de la República dispone ya de poderosos aviones y c arros soviéticos para aplastar al fascismo ; lo que nunca explicó es por que denominaba fascista a un Ejército de África donde casi nadie, si es que alguien, profesaba ese credo político que se aplicó desde entonces a toda la zona nacional desde la enemig a; que por el contrario denominaba ya universalmente a sus enemigos rojos lo que e llos aceptaron de forma expresa en sus órganos de prensa y radio, muchas veces. Ho y casi nadie llama ya rojos a los rojos, cuyos herederos mantienen el calificati vo absurdo de fascistas para sus enemigos sin discriminación. El 29 de octubre los carros soviéticos de la Agrupación Krivoshein, los modernos aviones de apoyo tipo Natacha y Rasante además de la artillería pesada de campaña a la s órdenes del coronel Vorónov, futuro mariscal de la Unión Soviética, cubren el animoso contraataque de la Primera Brigada Mixta del Ejército Popular que abre brecha en l as líneas africanas entre Seseña y Esquivias. El ataque fracasó por la desconexión entre la infantería del comandante de milicias Enrique Líster y los carros soviéticos, tres de los cuales quedaron inmovilizados por los jinetes de Monasterio mediante el sistema rudimentario de la botella de gasolina conectada a una bomba de mano, qu e después adquirió el injusto nombre de cóctel Molótov . Fallido el contraataque las fuerza s africanas recuperaron sus posiciones para seguir el avance por el flanco derec ho mientras llegaban al cuartel general de Varela jefe del sector, varios prisio neros soviéticos y un intérprete ruso que seguramente salió de las filas de la Legión. L os informes urgentísimos de esa noche sugirieron a Franco que Madrid estaba defend ida por un ejército soviético y trainta y cinco años más tarde, cuando pude hablar con él

sobre el asunto, había corregido mucho esa creencia pero no la había abandonado del todo. Le impresión de aquella noche tuvo que ser tremenda. EL FRACASO FRONTAL Y LATERAL DE FRANCO SOBRE MADRID La huida en masa de las columnas milicianas que retrocedían frente al avance de l arco ofensivo impulsado por Mola sobre el Manzanares se compensaba con las pri meras brigadas mixtas que iban alineándose en las posiciones defensivas de Madr id. El 4 de noviembre, cuando los modernos cazas soviéticos van dominando cada vez con más firmeza el cielo de Madrid, las columnas de Varela toman posiciones para el asalto a la capital, sobre un sector con un radio de diez ilómetros desde el c entro de la ciudad. La situación de la defensa parece angustiosa cuando Largo Caba llero consigue ampliar el Frente Popular y da entrada en el gobierno a cuatro mi nistros anarcosindicalistas. El 6 de noviembre Varela, de acuerdo con Mola y Fra nco, da su orden de operaciones para efectuar el asalto frontal a la ciudad por el flanco izquierdo de los atacantes, la Casa de Campo, con el objetivo de penet rar el día 7 por la Ciudad Universitaria y el Parque del Oeste hasta la plaza de E spaña, tras rebasar el Manzanares. Los efectivos de Varela, evaluados por Martínez B ande, constan sólo de quince mil hombres sobre todo la Legión y Regulares, con otros tantos de apoyo en segunda línea. Frente a ellos iban formando apresuradamente fu erzas muy superiores: cuarenta mil hombres, entre los que destacaban los diez mi l de las primeras brigadas mixtas. El mismo día 6 el gobierno huye torpemente de M adrid entre escenas bochornosas durante la escapada, y deja la capital encomenda da a la autoridad delegada pero absoluta de una Junta de Defensa con representan tes de todo el Frente Popular y el mando militar supremo encomendado al general José Miaja Menant, de respetada experiencia en África, quien designa al comandante V icente Rojo como jefe de Estado Mayor de la Defensa. Las Brigadas Mixtas van inc rementando aceleradamente sus efectivos y las fuerzas de cobertura, al mando del general Pozas, duplican a las de primera línea. La Junta de Defensa inicia sus ac tividades en la noche del 6 al 7 de noviembre. He demostrado en mi libro Carrill o miente de 1995 (ed. Fénix) que este joven consejero de Orden Público es el respons able principal de las sacas de presos efectuadas desde esa misma mañana del 7, (au nque se habían iniciado dos días antes) cuyo objetivo claro, inspirado por los soviéti cos, era privar de cuadros militares y civiles al Ejército Nacional que parecía a pu nto de liberarles. Carrillo sólo ha podido contestar con falsos efugios a los docu mentos y testimonios que en ese libro creí necesario acumular contra él, sin mengua del perdón, al servicio de la Historia que él ha intentado desviar inútilmente. El asalto frontal se desencadena el 7 de noviembre. El comandante Rojo tiene la suerte de que la víspera le había llegado la orden enemiga de operaciones encontr ada sobre el cadáver de un oficial y pudo disponer adecuadamente los mejores efect ivos de la defensa de Madrid que frenaron el asalto enemigo en el Puente de los Franceses y en la Casa de Campo, con participación exclusiva de las primeras briga das mixtas españolas. La primera brigada Internacional, la XI, participó eficazmente en el sector derecho desde el anochecer del día siguiente y poco después la segunda, la XII, chaqueteó en un contraataque al Cerro de los Ángeles. La contención del enemi go en el frente de Madrid se debió exclusivamente, en sus momentos más peligrosos, a las brigadas mixtas españolas, como demuestra el ya general Rojo. Desde entonces los dos ejércitos rivalizaron en valor y los africanos consiguieron establecer una cuña casi suicida desde el Manzanares hasta el Hospital Clínico en los altos de la Ciudad Universitaria, pero no lograrían dar un solo paso más allí en toda la guerra. M adrid se había salvado (gracias a combatientes españoles que sólo eran de Madrid en míni mo porcentaje) y el general Franco detuvo el asalto el 15 de noviembre. Fue una indudable victoria defensiva del nuevo Ejército Popular. No podemos extendernos tanto en el resto de los combates en torno a Madrid. E l Ejército Nacional intentó primero el desbordamiento de las defensas exteriores de la ciudad por el sector de la carretera de la Coruña pero fue nuevamente frenado e n el mes de enero de 1937, pese a que las trágicas noticias sobre las purgas de St

alin en Rusia afectaron gravemente a la moral de los combatientes Internacionale s, que seguían en reducida minoría. En febrero de ese año la División Reforzada de Madri d desbordó en el flanco opuesto, el derecho, las defensas del Ejército Popular en el sector del Jarama y trató de llegar a Arganda y Alcalá de Henares para cortar la únic a vía de comunicación que unía a Madrid con su retaguardia en Valencia. Pero el genera l Miaja, que había ampliado su mando hasta ese sector, logró frenar nuevamente, ahor a a las tropas del general Orgaz, que fijaron allí el frente hasta el final de la guerra. Como entre fines de enero y la primera semana de febrero el general Quei po había conseguido una notable victoria al ensayar un gran contingente de tropas italianas, junto a dos fuertes agrupaciones españolas, en la conquista del salient e enemigo de Málaga, Franco encomendó a los italianos del CTV, con una división regula r del Regio Essercito y tres de voluntarios fascistas aquí si es apropiado el apela tivo, seis meses después del 18 de julio y aplicable sólo a un seis por ciento de lo s efectivos del Ejército Nacional la ruptura del frente de Madrid por la línea Torija -Guadalajara Alcalá, con el apoyo autónomo de un importante contingente aéreo italiano y una magnífica artillería de la misma procedencia. El 8 de marzo de 1937 las cuatro divisiones italianas, bajo su imponente cobe rtura artillera y aérea, lanzan su ofensiva a través de la meseta de la Alcarria, qu e se extiende entre los valles del Henares y el Tajuña con la carretera de Aragón co mo eje principal de marcha, hasta la línea marcada por las cuestas de Torija y el hondo de Brihuega. Se rompió el frente republicano, relativamente débil, y los italiano s avanzaron con efectividad espectacular hasta acercarse a Torija y apoderarse d e Brihuega. La acción fue brillante pero demasiado fácil. El mando del CTV no contab a ni con la implacable ventisca del Guadarrama, ni con los aguaceros que convertía n en lodazales todo el campo de batalla fuera de las carreteras ni sobre todo co n la reacción fulminante del Ejército Popular, que a las órdenes de Miaja trasladó sufic ientes Brigadas mixtas del Jarama y de Madrid, pudo operar desde aeródromos con bu enas pistas e incorporó a una potente agrupación artillera soviética y a la brigada de carros semipesados ahora al mando del general Pavlov. Los camisas negras italia nos quedaron atrapados en la hoya de Brihuega, como los ingleses de lord Stanhop e en la guerra de Sucesión a principios del siglo XVIII y se impuso la retirada ge neral que sólo efectuó con pleno orden la división regular italiana Littorio . Fue otra g ran victoria defensiva del Ejército Popular pero de ninguna manera el vergonzoso d esastre italiano que cantó para todo el mundo la propaganda enemiga. Las agencias de noticias vibraron con la presencia de divisiones italianas en la guerra de Es paña sin mencionar que desde cinco meses antes combatían, hasta esa misma batalla, c inco pequeñas divisiones de recluta y obediencia soviética denominadas Brigadas Inte rnacionales. El choque entre fascistas del CTV y antifascistas de la XII Brigada Internacional comunista fue muy aireado por la propaganda republicana, que no e xplicó las pérdidas italianas, mínimas en prisioneros y material ni menos que tenitori almente se registró una victoria del CTV, cuyas líneas finales quedaron bastantes i lómetros a vanguardia de las iniciales. Pero habían fracasado definitivamente las ma niobras en torno a Madrid y el general Franco decidió acertadamente seguir el cons ejo de sus dos principales estrategas, generales Kindelán y Juan Vigón, para traslad ar toda su fuerza de maniobra al frente Norte. El coronel Blanco Escolá considera a la campaña de Madrid (asalto frontal de novi embre de 1936, maniobras por la izquierda y luego por la derecha del frente cent ral desde diciembre de 1936 a marzo de 1937) como un fracaso militar de Franco y tiene razón; el Ejército nacional no fue vencido en esa campaña, ni menos destruido, pero tampoco consiguió su principal objetivo que era precisamente la caída de Madrid . Para explicar este fracaso (siempre lo he considerado así, incluso en mis libros publicados en vida de Franco) el coronel Blanco Escolá no analiza desde el punto de vista militar las operaciones, ni menciona el motivo principal de la indudabl e victoria defensiva del Ejército Popular, sino que su método principal consiste en descalificar e insultar a Franco con talante de propaganda mucho más que de tratad ista militar. Sobre las batallas de diciembre 1936 y enero 1937 en el ala izquie rda del fren

te (según la posición del atacante) y las batallas del Jarama y de Guadalajara en el ala derecha apenas escribe unos breves y cansinos párrafos, sin abordar seriam ente el problema. En conjunto su estudio sobre Madrid, campaña a la que considera como prueba suprema es realmente decepcionante, no he extraído de su desarrollo ni u na sola ficha, cosa que casi nunca me sucede con libro alguno por malo que sea. Conclusión: el libro del coronel Blanco Escolá no es un estudio militar sobre Fra nco, como parece pretender el autor, sino un arrebato de propaganda pseudohistóric a contra Franco. Creo que lo puedo dejar perfectamente en claro y voy a hacerlo brevemente no sin dedicarle para este capítulo un agradecido elogio; en este caso no menciona ni a Epaminondas ni a Alejandro aunque sí, en una comparación especialme nte absurda, a Napoleón y a Hitler. Propaganda pura y dura, de principio a fin. Blanco Escolá no menciona para nada al libro fundamental sobre este período y este episodio, la Historia del Ejército P opular de la República del general Ramón Salas Larrazábal, mi maestro y amigo, que tuv e el honor de editar cuando fui director de la Editora Nacional en 1973, para lo que hube de convencer razonadamente a Franco, que por informes cuya frente pref iero olvidar se oponía a esa edición; luego me la agradeció. Es verdad que el coronel Blanco cita a este libro en su bibliografía, pero ni una sola vez en el texto. El coronel Blanco Escolá escribe su capítulo sobre la campaña de Madrid como si no existi era el libro de Ramon Salas, con lo que su capítulo está edificado sobre la arena. C ita en cambio y dice seguir al historiador británico Michael Alert. ¿Quiere el coron el Blanco que yo le explique lo que hizo Alpert, a punto ya de publicar su libro , cuando llegaron a sus manos los cuatro tomos de Ramón Salas?. Eso sí que es, por p arte de Blanco Escolá, cerrarse en banda. Por cierto que el coronel antifranquista cita libros pero no archivos; es evidente que no ha trabajado, como los hermano s Salas y Martínez Bande (al que tampoco hace caso alguno) sobre los archivos de l a guerra civil. En cambio sí que cita a Javier Tusell, lo que no le ha servido de mucho porque Tusell le ha puesto verde, cuando se escriben estas líneas, en El País por lo que el agraviado coronel le reprocha haber consultado demasiados archivos y le llama, no sé por qué, archivero. Y lo peor es que la cita que hace de Tusell se basa en un grave error de Tusell; cundo dice que en la elección definitiva de Franco en Salam anca no estaba presente Mola, que fue el artífice principal de ella (Blanco E., p. 266). Dice, de acuerdo con Tusell, que al otorgar el poder a Franco, los militar es habían pensado en una magistratura temporal . Pero Franco no aceptaba en esas con diciones, como ya he dicho, y ellos se plegaron a la exigencia de Franco: No quiero el poder pero lo tendré todo, o nada. Las demás precisiones que hace Blanco Escolá sobre el significado de Jefe del gobierno del Estado son leyendas o monsergas, según los cas os. El propio Franco lo reconoció al tomar posesión el 1 de octubre: Me tengo que enc argar de todos los poderes . Y sobre la fundamental alocución de Franco ese mismo día por Radio Castilla Blanco Escolá ni mención. Luego diserta fuera de contexto sobre e l apoyo de la Iglesia española a Franco, que reconoce y critica; pero se olvida (p Z7O) de que el apoyo fue de la Iglesia universal y que la Carta Colectiva de 193 7, pese a algunos errores de perspectiva, respondía básicamente a una realidad históri ca incontrovertible, como creo haber probado varias veces en mis libros, pero el coronel Blanco Escolá, al elogiar mi biografía de Franco, lo que le agradezco, añade que prefiere no mencionar el resto de mis libros y así le va. Por cierto que la po r él llamada Primera Asamblea Conjunta de Obispos-sacerdotes (p. 277) no fue sólo la p rimera sino la única, en vista de su catastrófico y manipuladísimo resultado. Naturalm ente que acepta el falsísimo término nacional-catolicismo aunque no sabe que lo inventó un amigo mío, teólogo notable, que ya está de vuelta de todas esas monsergas, término qu e utiliza el coronel Blanco. Lo de fascismo frailuno es la primera vez que lo oigo en mi vida. El colmo del despropósito lo alcanza en coronel Blanco Escolá cuando se pone a es tablecer un paralelismo entre Hitler y Franco, nada menos (p.273s.) sin advertir

que no caben dos personalidades más dispares ni mas opuestas, pese a que mi amigo Luis María Anson piensa lo mismo que el coronel criticado. Es verdad que la presu nta costumbre de Franco cuando suspendía sus planes de operaciones ante una ofensi va enemiga por sorpresa (p. 275) puede ser contrario en teoría al arte de la guerr a. Pero Franco no lo hizo siempre. No lo hizo ante Santander por la ofensiva de Rojo en Aragón; no lo hizo en Cataluña por la sorpresa enemiga en Extremadura. Lo hi zo en Teruel porque perder una ciudad en una guerra civil no es como perderla en una guerra entre extranjeros. Lo hizo en Santander ante el intento de Rojo en B runete porque la maniobra de los Cuerpos del Ejército Popular amenazaba con envolv er desde que llegaran a Navalcarnero todo el frete avanzado de Franco sobre Madr id. O sea que a veces lo hizo y a veces no lo hizo, pero cuando lo hizo tuvo tod a la razón. El coronel Blanco Escolá no demuestra conocer ni la guerra civil española en el mar ni en el aire. Dice que los destructores rojos eliminados a fines de sep tiembre de 1937 por los cruceros del Ferrol eran los únicos barcos de la Armada que allí operaban (p. 276). Pues bien, fue eliminado el Ferrándiz pero no el Gravina; y sólo operaban ellos en aquel momento porque todos los demás estaban muertos de miedo y de incompetenci a, encerrados inútilmente en Cartagena. Impenitente, Blanco Escolá vuelve a echar la culpa del fracaso ante Madrid al d esvío de Franco a Toledo. (p. 276). Pero en la página siguiente dice que Mola empiez a su avance hacia Madrid a primeros de octubre ; como Toledo cayó a fines de septiemb re el retraso no fue tan decisivo. Blanco Escolá fecha hacia el 19 de octubre la d ecisión soviética de participar en la guerra civil española pero cuatro días antes ya es taban afluyendo los primeros voluntarios comunistas a la base de Albacete, lo qu e suponía por lo meno dos meses desde la decisión soviética. El análisis de las Brigadas internacionales, a las que he dedicado un libro de esos a los que el coronel Bl anco Escolá prefiere no mencionar, es lamentable; nunca nos dice que esas Brigadas se inscribían en el nuevo Ejército Voluntario o Popular formado por orden de Largo Caballero en la base de Albacete. Acepta el coronel sin dudarlo todas las critic as alemanas a Franco, que muchas veces resultaron infundadas, como cuando a fine s de 1938 los alemanes creían que la guerra civil duraría años, y estaba para terminar . (p. 286). Se arma un lío con los aviones alemanes, que no fueron 200 a la vez (p . 267) ya que el contrato de la Legión Cóndor estipulaba que se mantendrían cien avion es en vuelo, cosa que a veces, como en el verano de 1938, no se cumplió. El defecto más grave del que Blanco Escolá se hace responsable por no conocer el libro de Ramón Salas se produce en los extensos párrafos en que con sonido de trompe tas de propaganda presenta la defensa de Madrid como una gesta popular de reacción ciudadana. Debería saber que con todos los voluntarios de Madrid que se ofreciero n en Madrid apenas pudo Rojo organizar un batallón, pero Blanco Escolá está traspasado por la propaganda comunista de la época, que pervive en los epígonos comunistas de la Historia. El coronel dedica otro capítulo a la silenciada derrota del invicto . Yo nunca la he silenciado al comentar el evidente fracaso de Franco ante Madrid. En cambio e l coronel Blanco se atreve a parangonar la victoria republicana en Madrid con ot ras dos: la batalla de Bailén en 1808 y la de Valmy en 1792, que permitió la consoli dación revolucionaria en Francia. No hay un solo rasgo común ente las tres batallas; difícilmente se pueden encontrar tres más dispares. Los soldados mercenarios de Franc o no cobraban más de cuatro pesetas; los heroicos defensores populares de la Repúbli ca cobraban diez, pero el coronel Blanco Escolá no les llama mercenarios, naturalm ente. (p. 307). El coronel Blanco Escolá alterna las invectivas contra Fran co con los elogios incondicionales al entonces teniente coronel Rojo; pero no dice una palabra sobre lo que sucedió durante la visita de Rojo al Alcázar de Toled o, ni menos sobre los rendidos elogios que Rojo tributa a Franco sobre su conduc ción de la guerra civil al final de su importante libro Alerta los pueblos, escrit o poco después de terminar la guerra civil. Sobre Paracuellos del Jarama (p. 317) el coronel Blanco Escolá no sabe mucho; tampoco debe de haber leído mi libro Carrill o miente, seguramente porque es también uno de esos que prefiere no mencionar. Que

no lo mencione pero que lo lea, tal vez aprenda algo. El derroche de medios y la abrumadora superioridad con la que contaba (Franco) a primeros de noviembre (p, 327) son puro espejismo. Franco no derrochaba jamás me dios; es una de sus grandes características militares que su antibiógrafo militar nu nca le reconoce. Y para entonces ya había en Madrid, o camino de Madrid, algunas B rigadas Mixtas que serían capaces de terminar con esa superioridad anterior de Fra nco; ya estaban en Madrid los carros, aviones y artillería soviética que alcanzaron fulminantemente la superioridad sobre sus fuerzas homólogas del ataque. La cronolo gía rigurosa juega a veces malas pasadas a los historiadores con objetivo principa l en la propaganda. LA TRIPE CAMPAÑA Y LA VICTORIA ESTRATEGICA DE FRANCO EN EL NORTE Y EN SU PROPIA RETAGUARDIA Se olvida generalmente que durante los meses de febrero y marzo de 1937 el Ejér cito republicano del Norte, con abrumadora superioridad de efectivos terrestres, lanzó y mantuvo una ofensiva a vida y muerte para apoderarse por fin de la aún semi cercada plaza de Oviedo. Bajo la dirección del laureado general Aranda y el envío de potentes refuerzos por Franco-que así demostró una vez más su sentido estratégico la ciu dad y el pasillo que la unía con Galicia resistieron el nuevo asalto del Ejército mi nero en el siglo XX y las brigadas mixtas que lo flanqueaban, por lo que Franco pudo dedicarse a concentrar su masa de maniobra sobre Vizcaya, primera campaña par a reducir la franja cantábrica. El 31 de marzo de 1937 las cuatro primeras brigada s de Navarra, que ya operaban como pequeñas divisiones, flanqueadas en la costa po r la pequeña división hispanoitaliana del general Sandro Piazzoni, enfrentaban sus c asi 28.000 soldados contra los 36.000 del Cuerpo de Ejército Vasco, que combatiero n con semejante valor y eficacia y además fueron inmediatamente reforzados por las mejores unidades del Ejército republicano del Norte, que contaba fuera de Vizcaya con 150.000 hombre s perfectamente armados aunque menos motivados. La superioridad terrestre corres pondía, pues, al Frente Popular y las fuerzas del PNV, inferiores, sin embargo, en fuerza aérea y sobre todo en la combinación de una importantísima artillería con los av iones alemanes, italianos y españoles, que fue la clave de la victoria. Saltó el fre nte vizcaíno en pedazos y avanzaron las unidades navarras hasta tomar posiciones p ara el segundo impulso, que se dirigiría contra el Cinturón de Hierro de Bilbao. En tan críticas circunstancias militares se produjo el único disturbio político important e de toda la zona nacional durante la guerra, el escándalo de una parte de la jera rquía de Falange Española de las JONS en Salamanca. El movimiento de unificación política en la zona nacional estaba en el ambiente, se palpaba en los medios dirigentes de la pequeña política de partidos y fue hábilment e alentado entre bastidores desde el mismo Cuartel General del Generalísimo, al qu e había llegado en febrero de 1937, aterrado por la tragedia de su familia en Madr id, el cuñado de Franco, dirigente de la CEDA, abogado del Estado y político de suma habilidad Ramón Serrano Suñer. En conversaciones frecuentes con Franco se identificó muy pronto con el ideal político del Caudillo: acabar con la diversidad de partidos que creía estéril, crear una estructura simp lificada cuyo único fin consistiera en intensificar el esfuerzo de guerra mediante un sistema autoritario, al mando directo del propio Franco, que asumiese lo mej or de la dos fuerzas políticas dominantes en la España Nacional, la Falange del desa parecido José Antonio, que había crecido desmesuradamente y el Requeté de la Tradición c arlista, muy vigoroso en Navarra pero también en otros puntos como por ejemplo, au nque muchos lo ignoren aún, en el campo de Cataluña, en Sevilla, en varias regiones del Norte y en el movimiento articulado de resistencia dentro del Madrid enemigo , la Quinta Columna Las otras dos fuerzas políticas que cooperaban al Movimiento, es decir los monárq uicos de Renovación Española y la CEDA católica, cuyo jefe Gil Robles, vetado absurdam ente por Falange, la definiría ya en nuestro tiempo como el pueblo del Movimiento veía

n con buenos ojos la Unificación porque permitiría a sus dirigentes (no a Gil Robles ) una participación política que les cerraban requetés y falangistas. El pueblo de la zona nacional, volcado en el esfuerzo y la moral de guerra, favorecía al movimient o unificador. La presencia activa de carlistas, monárquicos alfonsinos y cedistas quitaría hier ro al minoritario sector fascista de Falange, al que Serrano Suñer pensaba imponer el sentido católico del Movimiento y el sentido jurídico de su propia convicción y fo rmación. Aquel Movimiento unificado no estaba destinado a convertirse, sin más, en u n sistema fascista. El motivo inmediato de la Unificación fue una reyerta personalista y callejera, con dos muertos, que reventó en la misma Salamanca, bajo la atenta vigilancia del Cuartel General, en abril de 1937, a propósito de la disputada elección de un honra do jefe falangista de Cantabria, Manuel Hedilla, como sucesor de José Antonio en c alidad de Jefe Nacional de Falange. Franco ordenó el inmediato descabezamiento de la algarada, encarceló a varios responsables, impuso el decreto de unificación el 19 de abril de 1937, formó varios consejos de guerra y poco a poco fue liberando a l os condenados por ellos. Y no hubo más. El efecto inmediato fue que el esfuerzo de guerra quedó libre de obstáculos interiores y pudo concentrarse en la victoria, com o reconoce el general Rojo entre las causas del triunfo de Franco. Entre los días 20 y 30 de abril de 1937 el general Mola ejecutó la segunda fase d e su ofensiva sobre Vizcaya. El objetivo eran las históricas ciudades de Durango y Guernica, dominadas una vez tomado el sistema defensivo exterior de Vizcaya. La siguiente fase de la ofensiva no se reanudaría hasta el 6 de mayo pero mientras t anto una gigantesca bomba de propaganda, cuyos efectos continúan todavía hoy, sigue enturbiando la realidad histórica: el bombardeo alemán de Guernica que tuvo lugar el 26 de abril de 1937. Este es un estudio biográfico sobre Franco y no un análisis sobre propaganda, por lo que me limitaré a recomendar a mis oyentes que repasen la última revisión del gene ral Jesús Salas Larrazábal en Guerra aérea (1999) sobre el caso Guernica. Fue, sin la menor duda, un bombardeo de la Legión Cóndor sin conocimiento específico del cuartel G eneral del Generalísimo, sin orden expresa de Franco y Mola. Aviones italianos coo peraron de forma secundaria en el suceso. No existió la menor intención simbólica cont ra las tradiciones vascas; la Casa de Juntas y el Arbol, bien patentes, quedaron intactos. Guernica era un evidente objetivo militar por sus acuartelamientos, s us fábricas de guerra y su puente necesario para la retirada de parte de las fuerz as enemigas. El número de muertos, en torno a un centenar, se decuplicó por la propa ganda que calla ante la comparación inevitable con Dresde y Hiroshima. Lo demás es s implemente mitología, urdida por un corresponsal británico, el despliegue de propaganda del gobierno de Euz adi y el mitólo go oficioso del antifranquismo, el ya fenecido Herbert R. Soutuhworth. Todo ello nada tiene que ver con la Historia. El 3 de mayo, a las dos semanas de que Franco resolviera de un plumazo su peq ueño problema político de Salamanca, sin que casi nadie se enterase ni en la zona na cional ni en los frentes, estallaba en Barcelona toda una pequeña guerra civil pro movida por los comunistas contra los anarcosindicalistas, contra las milicias de l POUM condenadas a la extinción personalmente por el odio de Stalin y en definiti va contra el jefe del gobierno Largo Caballero, a quien no podían dominar ni somet er y a quien deseaban sustituir por el prosoviético socialista doctor Juan Negrín, r esponsable directo como ministro de Hacienda de la enajenación a la URSS del oro d el Banco de España. Testimonios definitivos de la propia zona republicana aclaran el asunto, que terminó con la victoria de Stalin y los comunistas, la defenestración de Largo Caballero, la exaltación de Negrín a la jefatura del gobierno y la persecu ción implacable contra el POUM por la vesania de Stalin y sus esbirros españoles. Un testigo admirable es George Orwell, voluntario en el POUM que nos ha contado su s alucinantes recuerdos en Homenaje a Cataluña. Allí, bajo peligro de muerte inmedia ta, reconoció al Gran Hermano y se convirtió al más ferviente anticomunismo. El dictam

en definitivo es el de mi amigo y maestro Burnett Bolloten en La revolución española (Alianza ed. 1989) la obra más importante jamás escrita sobre la zona republicana, a la que los comunistas de hoy mordisquean inútilmente. Le pequeña guerra civil de B arcelona agonizaba el 6 de mayo, cuando el general Mola hacía saltar por los aires las defensas del Cinturón de Hierro de Bilbao mediante una conjunción de la artille ría navarra y la Legión Condor que superó en intensidad a cuanto se había visto hasta en tonces en la guerra civil. Los comunistas y Negrín premiaron al gran líder socialista Indalecio Prieto con e l Ministerio de Defensa Nacional en el gobierno que sustituyó al de Largo Caballer o. Prieto se había dejado querer porque despreciaba a su compañero Largo pero inmedi atamente trató de luchar sin el menor éxito contra el creciente predominio comunista en el Ejército Popular. Para justificar, sin embargo, su merecida fama de ejecuti vo eficaz, decidió, de acuerdo con el pronto general Vicente Rojo, a quien nombró je fe del Estado Mayor Central, emprender una serie de maniobras en los vastos fren tes de la zona Centro-Nordeste-Sur con el fin de impedir la sucesiva caída de las capitales del Norte, sobre todo Bilbao, por la que siempre había sido diputado y d onde sabía que se jugaba la suerte de la guerra civil. Para ello reforzó las Escuela s Populares de Guerra a imitación de las que en el bando enemigo alimentaban las promociones de oficiales provisionales, trató de limpiar de comunistas el Comisari ado (sin el menor éxito) remató la militarización de las milicias y endureció la justici a militar gracias a un implacable Servicio de Información Militar, el SIM. La primera de las grandes ofensivas desencadenadas por la nueva estrategia Pr ieto-Rojo para salvar al Norte fue la que estuvo a punto de abrir una brecha pel igrosísima en el débil dispositivo nacional de defensa en torno a La Granja y Segovi a a fines de mayo y primeros de julio de 1937. La batalla de La Granja puso de m anifiesto la superioridad orgánica del Ejército Popular, que ya contaba con division es e incluso Cuerpos de Ejército cuando el enemigo no había superado aún el escalón brig ada. Prieto y sus generales consiguieron, dicho sea como mérito, una superioridad aplastante en el sector de Navacerrada-Valsaín, donde acumularon los efectivos de dos divisiones, una de ellas Internacional, con artillería que triplicaba a la ene miga y una aviación de caza, con mando soviético, de 150 aviones contra los cuarenta que pudo reunir el enemigo. Increíblemente el general Varela, tomado completament e por sorpresa, pudo reforzar su desnutrida línea con unidades de reservistas, her idos, enfermos y escopeteros locales, que con las breves fuerzas del sector cont uvo al enemigo en Cabeza Grande, desde donde se dominaba Segovia, y en el bosque de Valsaín e incluso el Real Sitio de La Granja. Esta batalla fue la única importan te a la que no asistió Ernest Hemingway ; quizá por ello en su obra de pura ficción Po r quien doblan las campanas cualquier parecido con la realidad es simple coincid encia. Leo que se ha constituido en Segovia, a estas alturas, una comisión para es tudiar la batalla de Segovia según el texto de Hemingway; pueden ahorrarse el trab ajo, no encontrarán nada. Franco acudió a la brecha de Segovia el 1 de junio, donde mantuvo una agria dis cusión con Mola como jefe supremo del sector. Al día siguiente la presencia del grup o de caza a las órdenes de Joaquín García Morato impidió el cruce del Guadarrama por la aviación enemiga; los soviéticos quisieron luego explicar lo inexplicable con la exc usa de que por esos días esperaban el relevo y no deseaban arriesgarse. Al volver a Burgos tras su entrevista segoviana con Franco la avioneta de Mola capotó en La Brújula y el Director del Alzamiento desapareció. Franco le sustituyó en el Ejército del Norte por el general Dávila y no distrajo reservas importantes de Vizcaya. Los ba tallones del PNV impidieron cualquier destrucción en el complejo industrial de la ría y el 19 de junio las brigadas de Navarra entraban sin resistencia en Bilbao. D esde ese día Prieto y Azaña supieron que la guerra estaba perdida. El 1 de julio de 1937, a raíz de la trascendental victoria nacional en Vizcaya, el Episcopado español publicó su resonante Carta Colectiva a los obispos y católicos de todo el mundo, sobre el significado profundo de la guerra civil española. Dos e rrores gravísimos se deslizan inevitablemente en los comentarios habituales, espec

ialmente hoy; me opondré a ellos con la rotunda y fácilmente comprobable afirmación de que en la Carta Colectiva no se habla de Cruzada; y sí se habla expresamente de p erdonar al enemigo que había ejecutado contra la Iglesia la más sangrienta persecución de la Historia. Yo no tengo la culpa de que fervorosos ateos de hoy y una aberr ante Asamblea Conjunta mediatizada hayan perdido por completo, en años posteriores , el sentido de la Historia para sumirse en la ucronía. Creo que la Carta Colectiv a de 1937 mantiene hoy su vigencia, acierta en sus definiciones de «movimiento cívic o-militar y de combate universal contra el comunismo y no me avergonzaré jamás de senti rme en plena comunión con la Iglesia de los Mártires. Que el documento muestre algun os errores de perspectiva no invalida ni su verdad suprema ni su decisiva influe ncia. El 5 de julio de 1937 el Ejército del Norte iniciaba sus operaciones para la se gunda campaña de la zona cantábrica, ahora sobre la provincia de Santander. El panor ama político interior era completamente diferente. Los combatientes vascos habían se guido las directrices del PNV en Vizcaya y lucharon generalmente con denuedo y e ficacia. La provincia de Santander poseía una tradición de centro-derecha, se inclinó al Frente Popular por indecisión de los coordinadores del Alzamiento y tras la gra ve derrota en Vizcaya no daba señales del menor espíritu combativo. Sin embargo esta vez funcionó mucho mejor el dispositivo estratégico de Prieto-Rojo y cuando el enem igo se disponía a invadir la provincia cántabra hubo de frenar en seco para atender a un peligrosísimo ataque general al oeste de Madrid, a través de las vaguadas de Br unete en dos direcciones: una hacia Navalcarnero y otra hacia Boadilla del Monte . De triunfar este intento la denominada batalla de Brunete podría caer, como he an ticipado, todo el frente nacional en torno a Madrid con incalculables consecuenc ias para el futuro inmediato de la guerra civil. El Ejército Popular concentró contr a una línea casi desguarnecida y confiada a pequeñas posiciones intermitentes nada m enos que a tres Cuerpos de Ejército; el V, de mayoría y motivación comunista a las órden es del teniente coronel de milicias Juan Modesto, en dirección a Brunete y Navalca rnero como el Cuerpo XVIII (teniente coronel Jurado); mientras el Cuerpo de Ejérci to de Vallecas (teniente coronel Romero, el defensor del Puente de los Franceses ) rompería el frente nacional del Manzanares en dirección a los otros dos. Miaja y R ojo contaban con 125.000 honbres, en nueve divisiones, 100 carros, 30 blindados, más de 250 piezas y 300 aviones. Los efectivos del frente nacional apenas llegaban a siete mil hombres dispersos, con la 13 división del general Barrón como reserva general de l Cen1ro. La aviación y la artillería estaban concentradas para la ofensiva sobre Sa ntander, que fue inmediatamente aplazada por orden de Franco. Altos dignatarios de la República afluían al cuartel general de Miaja situado en la histórica finca del Canto del Pico, en Torrelodones, para presenciar, con los intelectuales del Cons ejo de la Cultura de organización soviética, la presentida victoria en Brunete. A primeras horas de la noche del 5 de julio las dos divisiones comunistas, la 11 de Líster y la 26 del Campesino inician con gran éxito su infiltración nocturna. Lís ter envuelve y toma el pueblo de Brunete pero cuando prosigue hacia Navalcamero las escasas reservas locales no le permiten pasar de Sevilla la Nueva, mientras el Campesino, que ha logrado llegar inadvertido ante Qujorna, no puede con la ex igua guarnición de un destacamento africano reforzado por voluntarios falangistas del pueblo y dos centurias de Castilla. Las resistencias decisivas, imprevistas e increíbles, serán la clave del fracaso de Miaja. Franco, desde el frente de Santan der, recibe informaciones precisas sobre el peligro de la ruptura en Brunete. En vía desde Extremadura a la 150 división que se une a la 13 del general Barrón. Traslad a con urgencia a un destacamento de la Legión Cóndor. Estas reservas urgentes consig uen congelar el avance enemigo en la jornada del 7 de julio. Pero Franco, no qui ere asumir riesgos y transporta al frente de Brunete a dos divisiones de Navarra , la cuarta y la quinta, en la mitad de tiempo que había calculado su rival el cor onel Rojo. La ofensiva enemiga está contenida pero Franco, una vez fijado el frent e y alejado el peligro, se empeña en romper las líneas enemigas para intentar un nue vo envolvimiento a Madrid por el Noroeste. El forcejeo bajo un calor y una sed i nsufribles es espantoso durante dos semanas, con un intolerable número de bajas en

el Ejército Popular, dentro del cual la XIII Brigada Internacional llega a la des erción y ha de ser diezmada. Pero las fuerzas de Miaja resisten al fin el empuje d e Varela. El 25 de julio termina la batalla de la sed, con treinta mil bajas en el Ejército Popular y veinte mil en el nacional. Las líneas ya no se moverán hasta el fin de la guerra. Solventado el peligrosísimo problema del Centro, el Ejército del Norte reinicia l a ofensiva sobre Cantabria el 14 de agosto. El equilibrio numérico en fuerzas de i nfantería se reduce al mínimo ante la falta de moral en la resistencia y por la supe rioridad atacante en artillería y aviación. Los batallones del PNV se niega a combat ir fuera de su tierra, de acuerdo con sus privilegios ancestrales, lo que facili ta la penetración de las tres agrupaciones nacionales que maniobran en coordi nación perfecta por valles y cordadas y se apoderan de la ciudad de Santander e l 26 de agosto. Dos días antes el coronel Rojo ha conseguido lanzar de nuevo a su Ejército de Maniobra contra las defensas exteriores del frente aragonés pero esta ve z Franco advierte al mando local que no distraerá una sola unidad del Norte para c ontener la ofensiva enemiga. Los comunistas se habían impuesto política y militarmen te gracias al apoyo que les prestaba el gobierno Negrín, que disolvió el variopinto Consejo anarquista de Aragón poco antes de la ofensiva y desmanteló a las divisiones del POUM que no habían logrado el envolvimiento de Huesca. El Ejército Popular volcó a trece divisiones en la ofensiva sobre Zaragoza, 150.000 hombres a las órdenes de l general Pozas, entre ellos los que integraban las cinco Brigadas internacional es que actuaban juntas en el mismo frente por primera vez. Los defensores de Zar agoza recibieron como refuerzo las divisiones 13 y 150 que habían resuelto la situ ación en Brunete y varios destacamentos aéreos. El avance del Ejército Popular parecía i rresistible pero nuevamente las resistencias decisivas entre las que destacaron la s de Quinto, Codo y sobre todo Belchite, pudieron frenarlo contra toda previsión. Acudieron las escasas, pero selectas reservas del Centro y la penetración enemiga, tras un sensible avance, fue detenida en tres jornadas. Los dos mil defensores de Belchite aguantaron hasta sucumbir el empuje de dos divisiones enemigas en pr oporción de uno contra diez y resultaron los vencedores morales de la batalla. Las resistencias decisivas constituyeron la encarnación de la superioridad moral de su bando para las batallas en campo abierto. En el Norte republicano sólo quedaba ya la reducción de Asturias, considerada sie mpre bastión del Frente Popular, donde había asumido no sólo el poder sino la soberanía el llamado Consejo Soberano de Asturias y León, que destituyó por sí y ante sí al mando supremo del Ejército del Norte, general Gámir, y le sustituyó por el coronel Prada de filiación comunista. El ejército Popular de Asturias contaba con tres cuerpos de ejérc ito, nueve divisiones con más de ochenta mil hombres muy motivados y aguerridos, a poyados por doscientas piezas. Esta considerable fuerza artillera nada podía hacer frente a la del Ejército nacional del Norte, que casi la triplicaba. La aviación as turiana resultaba insignificante frente a la enemiga y una masa de trescientos m il refugiados de las demás provincias ya perdidas dificultaba extraordinariamente suministros y movimientos. La ofensiva final se desencadenó a primeros de septiembre. Franco, que conocía pr ofundamente la región, combinó el avance del Sexto Cuerpo, a las órdenes del general Solchaga que mandaba seis brigadas de Navarra y dos de Castilla d esde la región oriental con el VIII Cuerpo, dirigido por el defensor de Oviedo, ge neral Aranda, que evolucionó por el enrevesado frente montañoso interior del Princip ado. El Ejército nacional del Norte, al mando del general Dávila, rebasaba los cient o diez mil hombres apoyados por una artillería y aviación irresistibles. El Cuerpo d e Solchaga avanzó por las tres carreteras casi paralelas del este al oeste y las f uerzas de Aranda descendieron de los puertos montañosos hasta el llano y la costa. La maniobra se realizó en tres fases sincronizadas frente a la esperada resistenc ia de una fuerza enemiga que se defendió como de ella se suponía. Poco pudieron hace r. El 21 de octubre las fuerzas ocultas de la Quinta Columna se apoderaron de Gi jón de donde sólo pudo huir una mínima parte de los refugiados. Los vencedores entraro n en la ciudad por la tarde. La guerra en el Norte había terminado.

La victoria sobre la franja cantábrica resultó trascendental desde el punto de vi sta estratégico. Los nacionales incorporaron un territorio valiosísimo por su poder industrial y minero, su ganadería y sus recursos humanos que pusieron a su disposi ción, tras el imprescindible reciclaje, doscientos mil combatientes para las próxima s operaciones. Los dirigentes de la Republica sabían que todo estaba ya perdido. Sól o resistía el jefe del gobierno, Juan Negrín, apoyado por los comunistas. Sin embarg o el coronel Rojo tenía preparadas todavía dos sorpresas importantes al enemigo. Cuando me dispongo a comentar las opiniones del coronel Blanco Escolá sobre la campaña del Norte el diario El País se hace eco de una divertida polémica entre el cor onel y don Javier Tusell, por la dura crítica que éste hace del libro tantas veces c itado sobre la incompetencia militar de Franco. Creo que ya he dicho que el coro nel llama a Tusell archivero y, con manifiesta desproporción, el historiador acusa a l señor Blanco de paranoia y a su libro de ni bueno ni malo sino intrascendente. Y o no creo que sea un libro intrascendente, sino profundamente equivocado; pero e l hecho de que por vez primera un militar español escriba en España un libro contra Franco merece la debida atención. Parece que el libro fue presentado a un cierto p remio que no consiguió y que el señor Tusell estaba en el jurado. En fin, son chisme s que alegran un poco la aridez de la crftica pero que no deben excluir la crítica . Las tediosas reflexiones del coronel Blanco Escolá sobre la campaña del Norte no merecen, por supuesto, premio de ninguna clase. Algunas de ellas, sin embargo, s on verdaderas; como el hecho de que trasladar el esfuerzo principal de guerra al Norte fue un gran acierto de Franco, aunque Blanco lo atribuye exclusivamente a los asesores de Franco; para eso están los asesores, que fueron Kindelán y Vigón, s in intervención de los extranjeros. El segundo acierto es que nos dice que en la c ampaña del Norte y sus correspondientes maniobras en el Centro aparecen por primer a vez en la guerra civil española los métodos de la guerra moderna, aunque Blanco Es colá sugiere que Franco no se enteraba; es muy curioso que ordenara detalladamente aquello de lo que no se enteraba. Y el hecho de que Franco decidiera operar sob re el Norte en vista de las dificultades que encontraba ante Madrid es un legítimo recurso estratégico, que se convirtió en un acierto decisivo; y no implica que Fran co saliera huyendo del frente de Madrid, donde mantuvo todas sus posiciones hasta que decidiera volver a reemprender allí sus operaciones. (p. 362). Blanco Escolá nos describe, para la campaña del Norte, a un Franco instalado en su corte de Salamanca, rodeado de familiares y de aduladores (p. 367). El Cuartel G eneral del Generlísimo en Salamanca no tuvo que ver con una corte ; no sé si el coronel Blanco conoce, como yo, el palacio episcopal junto a las catedrales de la ciuda d. Era a la vez la austera residencia de Franco y su familia, que no se entromet ió nunca en las operaciones militares. Es falso y ridículo que el Cuartel General no interviniera para nada en las operaciones del Norte; como el coronel Blanco Esc olá no es asiduo visitante de archivos no ha podido comprobar su error en los lega jos correspondientes del Servicio Histórico Militar, pero al menos podría haber cons ultado las estupendas monografías del coronel Martínez Bande, elaboradas junto a eso s documentos. Franco no se sentía dice demasiado atraído por las actividades militares ( p. 357) frase que, con esos legajos delante, me parece el colmo de la aberración. Es verdad que Franco se ocupó durante algunas jornadas del mes de abril en allanar los obstáculos políticos que aparecían en su retaguardia y podrían entorpecer su esfuer zo de guerra; pero eso favoreció sus actividades militares, no las anuló. A partir d e la p. 371 el coronel Blanco Escolá se hunde en la mitología de Guernica y en toda su desaforada propaganda, sin molestarse en leer las investigaciones definitivas del general Jesús Salas sobre el caso; Salas ha publicado la lista de los muertos de Guernica, diez veces menor en número a lo que se obstina en repetir sin prueba alguna Blanco Escolá. Nuestro no premiado coronel no se digna analizar la dirección de Franco en la c ontraofensiva de Brunete, que no presenció desde su corte de Salamanca sino desde

su cuartel general de primera línea en Villa del Prado; vea por favor la monografía de Martínez Bande. Y en una desafortunadísima comparación entre Franco y Rojo (p. 384) olvida el pequeño detalle de que su admirado general Roj o perdió la guerra y su denostado general Franco la ganó, por los motivos que explic a noblemente el general Rojo en su libro citado. Es sumamente divertido que Blan co Escolá nos sugiere que en la primavera de 1937 se habían producido en la zona rep ublicana importantes novedades (p. 378) pero se olvida de registrar, entre ellas, la victoria comunista en la pequeña guerra civil de Barcelona que acarreó la caída del jefe del gobierno, Largo Caballero y el advenimiento del Gobierno Negrín de tende ncia prosoviética declarada y comprobada. Por supuesto este vacío lamentable no le d eja tiempo para evaluar la campaña de Franco en Asturias ni la incalculable victor ia estratégica obtenida por Franco con su triunfo en el Norte, que le daba ya virt ualmente la victoria final. En cambio se pierde en unas consideraciones teóricas s obre estrategia en la antigua Grecia, válganos Dios, que nada tienen que ver con l a guerra civil española que en septiembre de 1937 Azaña y Prieto ya daban por perdid a. En su capítulo Se gana Teruel, se pierde Madrid el coronel Blanco Escolá podría hab er escrito con mucha mayor objetividad; Se gana Terual, se gana la guerra. Porqu e militarmente así sucedió. Resulta patético que nos recuerde que no parece que el Caud illo hubiera abandonado su lamentable tendencia a prescindir de los planes traza dos ante cualquier maniobra diversiva efectuada por el adversario (p. 399) precis amente al tratar del epidosio de Belchite y la ofensiva aragonesa de Rojo, que e s un caso patente de que Franco no cedió a la tentación enemiga y consumó, sin distrae r fuerzas apreciables, su maniobra dobre Cantabria, de verdad no entiendo este d esliz. TERUEL Y LAS GRANDES MANIOBRAS DE LEVANTE Liquidada la zona cantábrica del Frente Popular, cuya reorganización fue tan difíci l como rápida y eficaz, el Cuartel General del Genealísimo pensó inmediatamente en apl icar su nueva e indiscutible superioridad en todos los órdenes para repetir, ahora con mucho menores posibilidades enemigas, la batalla de Guadalajara y forzar la caída de Madrid para luego desbordarse desde la capital hacia Levante y acabar la guerra. Pero el coronel Rojo adivinó este proyecto y se adelantó a él a mediados de d iciembre de 1937, entre un tiempo infernal de nieve y frío, con una excelente mani obra sobre el saliente enemigo de Teruel, donde con setenta y siete mil hombres contra una débil defensa que apenas rebasaba los tres mil cercó a la ciudad que cayó en poder del Ejército Popular el 8 de enero de 1938. Tres días antes había nacido en Roma, sin que en ninguna de las dos Españas enzarzada s a muerte se conociera la noticia, el hijo de los infantes Juan y María cuyo nomb re fue Juan Carlos de Borbón y Borbón. Franco, que siempre daba primacía al factor moral, no podía consentir que por pri mera vez desde julio de 1936 la España nacional perdiera una capital de provincia, con una victoria que el enemigo jaleó a los cuatro vientos y causó por vez primera honda consternación en la retaguardia nacional. Le defensa de Teruel al mando del coronel Rey &Harcourt había ido más allá de lo heroico y mientras alentó la esperanza Fr anco se comprometió públicamente a liberar la ciudad cercada. Cuando la defensa fue anegada el Caudillo reaccionó con suma injusticia contra el jefe defensor, que fue fusilado por sus enemigos al final de la guerra junto al obispo de Teruel y su vicario general, hoy beatificados por el actual Papa. Pero a mediados de diciemb re, al conocer las graves noticias de Teruel, Franco renunció de nuevo a Madrid y cambió todo su dispositivo para socorrer a la ciudad helada y sitiada. Formó con uni dades tipo División los Cuerpos de Ejército de Castilla (general Varela) y Galicia ( general Aranda) y concentró para la contraofensiva a toda la aviación y artillería dis ponibles. Estuvo a punto de liberar a la guarnición en el fin de año pero el porcent aje de congelamientos entre sus tropas se lo impidió. Entonces, sin resignarse un momento a la perdida de Teruel, organizó fríamente una maniobra de altos vuelos para recuperarla.

Todo el Ejército del Norte participó en ella. Tras una ruptura artillera y aérea qu e superó con mucho los alardes frente al Cinturón de Hierro (quinientas piezas y tod a la Legión Cóndor) quiso y logró dar un golpe político de altura, para reanimar el ánimo de su decaída zona y formó en Burgos, el 30 de enero de 1938, su primer gobierno for mal, con inclusión de las Fuerzas Armadas y todas las fuerzas políticas que habían coa dyuvado al Movimiento. En el valle del Alfambra, que corre de sur a norte hasta Teruel, el enemigo completamente descuidado no podía imaginar lo que se le venía enc ima. El ya general Vicente Rojo y el ministro de Defensa Prieto seguían meciéndose e n su gran victoria, ajenos al verdadero curso de la guerra. Como siempre, Franco planeó personal y cuidadosamente los pasos de la contraofensiva, una vez lograda la ruptura total de las principales defensas del frente enemigo. El 5 de febrero , tras un bombardeo devastador con 145 baterías, la mayor masa artillera utilizada desde la batalla de Verdun, el Cuerpo de Ejército marroqui, a las órdenes del gener al Yagüe, con todos los banderines del antiguo Ejército de África, penetró en el valle del alto Alfambra mientras el Cuerp o de Galicia entraba en el valle bajo desde la base conquistada tras el anterior ataque artillero. A continuación la quinta división del Cuerpo de Navarra entra en fuego, precedida por los tres mil jinetes del general Monasterio, que arrollan a una desprevenida división anarquista en la primera y única carga montada importante que tuvo lugar en la guerra de España. Así cerraba la Caballería española su amplio cic lo histórico abierto en los albores de la Edad Media. El resultado no se hace espe rar. El 22 de febrero el general Aranda entra en la ciudad mártir de Teruel, donde sus tropas han aniquilado virtualmente a la 26 División del Campesino, que huye a duras penas por el cauce del Turia. El mando republicano, las cancillerías extranjeras y la prensa mundial imaginab an al Ejército del Norte agotado tras la compleja maniobra del Alfambra y se lleva ron la gran sorpresa cuando el Cuartel General del Generalísimo ordenó una nueva rup tura del frente, la mayor y más decisiva de toda la guerra. Por desgracia la breve dad de esta síntesis no nos permite largos capítulos sobre la guerra naval y la guer ra aérea, una carencia que pueden suplir nuestros oyentes con los excelentes traba jos especializados sobre una y otra que ya hemos citado. Pero sí hemos de indicar precisamente en este momento que las previsiones estratégicas de Franco en agosto de 1936 sobre la importancia vital de la isla de Mallorca para el conjunto de la s operaciones se verificaron cumplidamente cuando, a partir de septiembre de 193 6, los dos excelentes cruceros del Ferrol, Canarias y Almirante Cervera, con bas e principal en Mallorca, se hicieron virtualmente dueños del Mediterráneo litoral, e fecuaron bombardeos por sorpresa que minaron la moral del enemigo y redujeron de forma decisiva mediante la acción de bloqueo los suministros a los puertos del Fr ente Popular, con repercusiones traumáticas para el esfuerzo de guerra republicano . La capacidad militar de los cruceros ferrolanos se incrementó con la entrada en servicio del Baleares, gemelo del Canarias y de eficacia semejante. El almirante Francisco Moreno Fernández ejercía le jefatura del Bloqueo desde su cuartel general en Palma de Mallorca y a su esfuerzo y clarividencia, en combinación no siempre fác il con el jefe del Estado Mayor de la Armada, almirante Juan Cervera, se debe en buena parte el logro de la victoria final.

Que corresponde también por su parte al jefe del Aire , título oficial del general K indelán, acreditado por su visión estratégica y su capacidad de organización, el cual, a cabada la maniobra sobre el Alfambra, comunicó certeramente a Franco numerosas obs ervaciones aéreas sobre la desorganización en que había quedado, tras la ofensiva y la contraofensiva de Teruel, el Ejército Popular en Aragón. En aquella primavera de 1938 la situación internacional se agravaba por mom entos. En exacto cumplimiento de las previsiones de Mein Kampf y de acuerdo con el extendido sentimiento pangermánico de Austria, Adolfo Hitler ordenó la anexión de l a que llamaba Marca Oriental entre el 11 y el 12 de marzo de 1938. Vuelve entonc es al poder en Francia el socialista León Blum, que medita sobre una posible inter vención del Ejército francés en Cataluña a favor de la República española. El generalísimo Ga elin se pone a la cabeza de los intervencionistas franceses. Franco, dispuesto a

dar seguridades a británicos y franceses sobre la neutralidad española en caso de u na probable guerra europea (propósito que manifestó, en efecto, formalmente el 7 de abril) preparó en tiempo sorprendentemente breve, a los trescientos mil hombres de l Ejército del Norte para la definitiva ruptura del frente aragonés y no cedió al abat imiento cuando el 6 de marzo, en vísperas de su ofensiva, la poderosa escuadra ene miga a las órdenes del almirante Luis González Ubieta se decidió por fin a abandonar s u inexplicable encierro en Cartagena y se encontró a dos mil metros, a primera hor a de la madrugada, y a 75 millas de Cabo de Palos, con la línea de los cruceros na cionales que custodiaban un importante convoy desde Mallorca al norte de África. V arias salvas de torpedos y artillería consiguen el hundimiento del Baleares cuya c onstrucción y accesorios aún no estaban rematados. La pérdida es gravísima pero los cruc eros restantes consiguen llevar el convoy a buen puerto, la escuadra republicana volvió a recluirse en Cartagena y la nacional, tras las debidas reorganizaciones, recuperó el vital dominio de las costas enemigas. Tres días más tarde, el 9 de marzo, los siete cuerpos del Ejército del Norte, con 2 6 divisiones, 750 piezas y 500 aviones se lanzan sobre el anchísimo frente enemigo por oleadas graduales. Sobre el papel el general Vicente Rojo puede oponer efec tivos semejantes en tierra, aunque inferiores en artillería (600 piezas) y en avia ción, 350 unidades. Los nueve cuerpos del Ejército Popular se agrupan ya en la unida d superior, Ejército, con los del Este (Pozas) el de Maniobra (Modesto) y el de Le vante (Hernández Saravia). Ahora es cuando se advierte la superioridad del factor moral en el ejército atacante, el efecto desequilibrador provocado por la decisiva victoria en el Norte y la reciente maniobra de Teruel. El primer objetivo gener al del ataque consiste en lograr la ruptura al sur del Ebro, con los cuerpos de ejército Marroqui, la Agrupación Valiño el CTV y el Cuerpo de Galicia. Franco sitúa su c uartel general Terminus en el lugar quijotesco de Pedrola y Dávila en Daroca. El f rente enemigo salta por la preparación artillera y aérea, las unidades del Ejército Popular huyen en riada, dos agrupaciones de carros nacionales segu idas por infantería motorizada ensayan con éxito la táctica de las bolsas. Se reconqui sta la ruina admirable de Belchite, se dispersan sin rumbo las brigadas internac ionales. Los diálogos telegráficos entre el general Rojo, que asume el mando en jefe , y el ministro de Defensa Prieto resultan aun hoy patéticos cuando se repasan en nuestros archivos. El ministro describe amargamente la demencia de nuestras tropa s . El 14 de marzo se alcanza la línea del río Guadalope. Caen las ciudades de Caspe y Alcañiz. No existe al sur del Ebro un ejército enemigo organizado. El transporte de prisioneros a los campos de retaguardia se convierte en la tarea más complicada. El 15 de marzo Terminus ordena a los cuerpos del Sur alcanzar el mar y desenc adena la ofensiva al norte del Ebro. Llegan al Cuartel General del Generalísimo no ticias sobre importantes brotes de resistencia pro-nacional en la retaguardia en emiga, tanto en el Maestrazgo, al sur del Ebro, como en el Solsonés y varias comar cas de Lérida. Las órdenes de Terminus se cumplen puntualmente. Entre los días 22 y 25 de marzo el cuerpo de Navarra destruye las fortificaciones enemigas en torno a Huesca y l a ciudad queda liberada definitivamente del agobiante asedio enemigo. A la vez, el cuerpo de ejército Marroquí cruza el Ebro sobre pontones y toma de revés al frente enemigo. Cae la ciudad de Fraga el 26 de marzo y al día siguiente Massalcorreig, e l primer pueblo de Cataluña. El 29 Rojo comunica la desaparición del frente al norte del Ebro, como había sucedido al sur. El 4 de abril el cuerpo Marroquí ocupa la ciu dad de Lérida, mientras el de Navarra se apodera de los valles pirenaicos hasta el de Arán. El Cuartel General del Generalísimo transmite una severa instrucción, hoy ol vidada por muchos, en la que se exige el respeto a la lengua y el modo de ser de los catalanes.

Dos días antes de la caída de Lérida los cuerpos de ejército al sur del río, que sólo habí n necesitado una semana para reagruparse después de su ofensiva de ruptura, empren den como se les había ordenado el camino al mar y el 2 de abril, tras destrozar a los restos de las brigadas internacionales, se apoderan de Gandesa, clave del gr

an recodo del Ebro. Se entabla, sin perder la coordinación, una auténtica carrera de cuerpos de ejército para llegar al Mediterráneo. Lo consigue el 15 de abril la cuar ta división de Navarra, que corta en dos la zona republicana en Vinaroz. Una seman a antes, como adelantábamos, Franco garantizaba a Ingla terra y Francia la neutralidad de la España nacional y por el momento frenaba a l cuerpo Marroquí que se empeñaba en avanzar sobre Cataluña. El título que el coronel Blanco Escolá antepone a la gran ofensiva de Franco desp ués de reconquistar Teruel me parece de historia-ficción: Una ofensiva inexplicable (p. 423). ¿Cómo es posible llamar inexplicable a la operación más brillante realizada po r Franco en toda la guerra civil, con la que partió en dos a la zona enemiga, aniq uiló a las brigadas internacionales y a buena parte del ejército enemigo? ¿Cómo puede mo strar el coronel Blanco tanta obstinación, al no darse cuenta de que la maniobra d el cuerpo Marroquí para cruzar el Ebro de sur a norte fue una maravilla, al no adv ertir que los avances de Franco en flecha con utilización de carros e infantería mot orizada para conseguir la creación de grandes bolsas son la demostración de unas con diciones tácticas admirables, que anticiparon las de Alemania en el frente ruso en 1941? ¿Cómo puede obstinbarse en que Franco no pensó detenidamente el plan de esta gr an campaña, sino que la improvisó a la africana, cuando tiene a su disposición la copi osísima documentación del Cuartel General del Generalísimo reflejada además en las defin itivas monografías de Martínez Bande y en el insuperable estudio de Ramón Salas, al qu e se refiere una sola vez con injusto menosprecio y absoluta ignorancia? Como es un portavoz de propaganda histórica mucho más que un serio historiador militar el c oronel Blanco Escolá no pude evitar caer en la tentación de reprochar a Franco que n o permitiese al cuerpo de ejército Marroquí lanzarse desde Lérida a la conquista de Ba rcelona, aunque exista documentación segura para explicar que ante la situación inte rnacional Franco prefirió en aquel momento no provocar a Francia y operar, por el momento, al sur del Ebro. Creo que este capítulo es el más inexplicable e inadmisibl e de todo el libro del coronel Blanco, qué le vamos a hacer. En cuanto a sus insuf icientísima exposición de la guerra civil en el campo económico ya la comentaré en su mo mento. Perdón pero no tiene ni idea. LA BATALLA DEL EBRO Y EL FINAL DE LA GUERRA CIVIL El desastre militar del Ejército Popular en la primavera de 1938 le parece inex plicable al coronel Blanco Escolá, pero en el mundo real agudizó el pesimismo congénit o del ministro de Defensa, Indalecio Prieto, defenestrado el 6 de abril por las presiones comunistas sobre el doctor Negrín. Prieto ha revelado la estrategia comu nista de poder total en la zona en un descarnado informe que presentó al PSOE ante s de terminar el año 1939 y constituye la más dura acta de acusación contra los soviéti cos y los comunistas españoles. El propio Negrín asume la cartera de Defensa pero no puede impedir una nueva ruptura del frente, ahora en dirección a Valencia. No quis e avanzar sobre Cataluña en abril de 1938 -dijo Franco al autor de este libro porqu e temía con fuertes motivos la intervención militar de Francia . (Los motivos están docu mentalmente comprobados). Por la costa, defendida por sierras perpendiculares al litoral y por el interior enrevesado y montañoso los cuerpos de Galicia, Castilla y el Maestrazgo avanzan lentamente, consiguen la conquista de Castellón pero qued an frenados en seco cuando el general Rojo desencadena su última ofensiva del Ejérci to Popular, el 25 de julio, sobre el recodo del Ebro y sus dos flancos. La sorpresa resultó completa, logró su objetivo estratégico al salvar, por el momen to, a Valencia y consiguió situar en fuertes posiciones a los dos cuerpos del Ejérci to del Ebro, que puede considerarse ya como un poderoso ejército comunista, en su mando superior (coronel Modesto) en sus mandos de cuerpo (tenientes coroneles Líst er y Tagüeña) en sus mandos de división, brigada, comisariado y oficialidad muy select a. Una victoria en el Ebro sería la apoteosis militar del comunismo en España, tesis que hoy los comunistas rechazan contra toda evidencia y que justifica la consta nte afirmación de Franco y de la Carta Colectiva del Episcopado en ese exacto sent ido. Al norte se alineaba el Ejército del Este, encargado de la defensa occidental

de Cataluña. El propio coronel Modesto ha explicado con precisión y brillantez su ofensiva d el Ebro. Omite, sin embargo, que tras el indudable éxito inicial el mando nacional consiguió fijar el avance con las reservas locales, por lo que todos los generale s de Franco le exigieron, en términos enérgicos, que maniobrase directamente sobre B arcelona desde Lérida y sus cabezas de puente contiguas. Franco se negó porque -decía tengo encerrado a lo mejor del ejército rojo y voy a aniquilarlo . Esto fue, e n efecto, lo que sucedió, pero a costa de un espantoso número de bajas propias. El p ropio Franco, en 1972, insistía ante el autor de este libro que el motivo de su de cisión era la situación internacional, poco antes de que a fines de septiembre se co nvocara la conferencia de Munich entre Hitler, Mussolini y las democracias occid entales, de la que la Unión Soviética y la España republicana esperaban el fin del apa ciguamiento y la guerra mundial. En resolución, al término de la batalla del Ebro qu edó prácticamente destruido lo mejor del ejército enemigo, como se comprobaría en la inm ediata campaña de Cataluña. La batalla del Ebro fue, para Franco, una costosísima vict oria táctica y una definitiva victoria estratégica. La previsión belicista de Stalin y del doctor Negrín no resultó al ceder Francia e Inglaterra a las exigencias de Italia y Alemania en Munich. Hoy sabemos que en a quel momento Stalin decidió la aproximación a Hitler y el abandono de la República esp añola, pero también sabemos, por la cuidada investigación de los profesores Elorza y B izcarrondo, que el dictador rojo jugaba a dos barajas con la República: porque a l a vez ordenó a su satélite comunista español el mantenimiento hasta el final de una lu cha numantina. La batalla del Ebro, un infierno de sangre y metralla, se prolongó hasta el 15 de noviembre, cuando el ejército comunista logró repasar a duras penas e l río junto al que habían luchado Julio César, los generales napoleónicos y los ejércitos carlistas. Franco había logrado su victoria de aniquilamiento con efectivos muy re ducidos de sus aliados alemanes, molestos cuando averiguaron su compromiso de ne utralidad. Ni en Alemania ni en Italia se creía ya en un inmediato final de la gue rra civil española. El período, complejísimo, que discurre entre el final de la batalla del Ebro y el final de la guerra civil estaba prácticamente sin estudiar cuando decidí dedicarle dos libros, Agonía y Victoria en 1989 y, con doble documentación y contenido, La Vic toria y el caos en 1999. Conseguí documentar los complicados episodios de la guerr a secreta, las negociaciones de la Quinta Columna en Madrid y Valencia con los m andos militares de la Republica y con políticos rebosantes de sentido común y altrui smo, como el profesor Besteiro, sucesor de Pablo Iglesias en el socialismo, y el coronel Casado, jefe del ejército del Centro. La obra es tan reciente que no inte ntaré aquí un resumen. Citaré en cambio el admirable y ejemplar libro del general Vice nte Rojo, Alerta los pueblos, su primera obra de posguerra, donde describe puntu almente la campaña de Cataluña, obra maestra de Franco, así como las causas militares, políticas y morales que debían explicar el triunfo final de su antiguo amigo y gran enemigo. No quiero ni considerar la absurda especie de que Franco pretendió durante toda la guerra retrasar sus progresos militares para concentrarse en la represión. Eso es algo peor que un error, una simple estupidez. Lo mismo que concederle a Fran co, como hace un historiador británico, capacidad para el mando de un batallón, cuan do creó sobre la marcha un sistema de divisiones en la campaña del Norte, mandó con no table dominio cuerpos de ejército desde el Alfambra a la campaña catalana, superó por completo al enemigo en capacidad logística, visión estratégica y maestría táctica pero sob re todo en aprovechamiento y comunicación del factor más decisivo de la guerra civil , la superioridad en moral de victoria, en voluntad de vencer. Creo que esta conclusión se deduce con toda clarida d de la concatenación de datos y hechos que acabo de exponer. Era de esperar que el final del libro del coronel Blanco Escolá fuese tan medio cre como el conjunto de sus capítulos anteriores. Pero ni siquiera ante esos capítul os me esperaba tan tremenda decepción en este final. Lo que intenta Blanco Escolá ha

sta el último momento es el insulto: La prosaica batalla de un mediocre . La batalla prosaica es la del Ebro, a la que se han dedicado muchos epftetos, pero no éste. A unque el capítulo se inicia con un acierto: el reconocimiento de que el ejército del Ebro era una gran fuerza comunista (pA.63) que de haber permanecido en la zona central hubiera sin duda cooperado al holocausto numantino que exigía Stalin a sus adictos españoles después de abandonarles a su suerte. A Blanco Escolá le fascina la propaganda; pero en su último arrebato contra la propaganda de Franco se olvida de l equipo principal e institucionalizado de esa propaganda, en el que desde enero de 1939 apenas figuraban los nombres que él aduce sino el Ministerio del Interior , Prensa y Propaganda, del que se encargaba Ramón Serrano Suñer con un conjunto de c olaboradores de primer orden, a quienes se debe la creación del mito del Caudillo. (p. 463). El antibiógrafo militar, en su reconstrucción de la batalla del Ebro, no aporta nada nuevo ni original después de los excelentes estudios del teniente coro nel Modesto, por parte roja y el coronel Martínez Bande, por parte nacional. Blanc o Escolá apenas ha citado a Ramón Salas durante todo su libro pero ahora lo hace con fruición cuando ve que Salas critica duramente a Franco por motivos militares y q uizá también por la amargura que le produjo la pérdida de uno de sus hermanos en la gr an batalla prosaica. Adicto al principio de autoridad se remonta hasta el famoso tratadista chino Sun Tzu para explicar su visión sobre la batalla del Ebro; es un a pena que no recuerde los comentarios de Julio César sobre los combates que mantu vo con los pompeyanos muy cerca. Y ahora viene la sorpresa: el libro termina en barrena, en un salto al vacío. Porque la batalla del Ebro terminó el 15 de noviembre de 1938. Y desde entonces al final de la guerra, el 1 de abril de 1939, transcurrieron cuatro meses y med io, en los que no ocurrió acontecimiento militar alguno que merezca la atención del coronel Blanco Escolá. Pues bien, ocurrieron primero, la campaña de Cataluña, durante la cual Franco manejó con soltura no simples patrullas o pequeñas columnas, sino cue rpos de ejército en complicadas maniobras de ruptura, envolvimiento, persecución y c ruce de direcciones, por lo que no pocos observadores creen que se trata de la obra maestra militar de Franco; pues bien, ni una palabra nos dice Blanco Escolá sobre ella. Segundo, el intento desesperado de la Republica para parar el avance nacional con la ofensiva final sobre Extremadu ra, ante la cual Franco apenas desvió fuerzas de su campaña catalana, que no fue int errumpida en ningún momento. Tercero, la preparación y desarrollo de lo que Franco d enominó Ofensiva General, que le llevó a la victoria. Cuarta, la atención y participac ión directísima de Franco en la guerra secreta que llevó a cabo la Quinta Columna desd e 1938 hasta el final del conflicto, con episodios de sumo interés y trascendebcia . Y quinto la actitud de Franco ante el pronunciamiento militar de Madrid y Cart agena los días 4 y 5 de marzo de 1939, con la consiguiente guerra civil en Madrid entre las unidades comunistas numantinas y el Consejo de Defensa. Todo este conj unto de sucesos, que puede ampliarse a muchos más, han sido objeto de mi libro La Victoria y el caos de 1999 que es uno de esos a quienes el coronel Blanco Escolá p refiere no mencionar, pues ya ve la cantidad de cosas interesantes que se ha per dido. Pero no lo hace. Pasa directamente desde los elogios rendidos al general Rojo , derrotado en la batalla del Ebro, a la concesión de la Laureada a Franco el 19 d e mayo de 1939, previo ofrecimiento del Rey don Alfonso XIII y por un procedimie nto semejante al que se arbitró para concedérsela al general Primo de Rivera por su gran victoria de Alhucemas. Como conclusión de estos comentarios sobre la guerra c ivil creo estar seguro de que Franco se mereció sobradamente esa Laureada. Aunque el coronel Blanco Escolá no se mereciera el premio que ansiaba para su curioso lib ro. Me han quedado por exponer dos graves asuntos, que dejo conscientemente para más adelante en esta biografta y que el coronel Blanco Escolá realmente no menciona. Primero, la represión en las dos zonas de la guerra civil, que trataré al hablar so bre la represión en la época de Franco, con carácter general. Segundo, la dirección por Franco de la guerra económica, que en mi opinión fue uno de sus méritos más relevantes y

en la que demostró una capacidad más que sobrada. Por si el lector en general y el coronel Blanco Escolá en particular muestran interés sobre este tema acudiré a una aut oridad actual y reconocida por todos los especialistas: el libro de un gran expe rto en finanzas, don José Ángel Sánchez Asiain, Economía yfinanzas en la guerra civil es pañola 1 936-1 939, editado en 1999 por la Real Academia de la Historia a la que p ertenece el ilustre autor. Las pruebas y conclusiones son tan favorables a Franc o como cabria esperar de la maestría y competencia del autor. También sería muy conveniente que el coronel Blanco Escolá repasara el magnífico libr o de su compañero y superior de Arma, el general de Caballería Rafael Casas de la Ve ga Franco militar para evaluar más correctamente la batalla del Ebro; así advertiría s u error al criticar a Franco por un retraso intolerable en su reacción, cuando esa reacción se produjo a las doce horas del ataque, con un telegrama al general Yagüe para que resistiera en la línea exacta en la que se contuvo al enemigo (R. Casas, op. cit., p. 450). Y por supuesto el general Casas de la Vega no se olvida de la campaña de Cataluña sino que la trata magistralmente, como todo el final de la guer ra civil que se le ha evaporado al coronel Blanco Escolá. LA GUERRA CIVIL EN LA MEMORIA Y EL ARCHIVO DE FRANCO El lector que desee ampliar la información sobre la trayectoria de Franco en la guerra civil española puede hacerlo en mi libro, citado en el epígrafe de fuentes a l comienzo de este capítulo, Historia esencial de la guerra civil española, Editoria l Fénix 1996, que me propongo reeditar en edición revisada en este mismo año 2000. Y p or supuesto en los tomos 2 y 3 de mi Franco de 1982. Pero además de esa información general y específica deseo hacerme eco de la información reservada en relación con el propio Franco que se encuentra en su Archivo, hoy por fortuna accesible a los in vestigadores, y que en su parte fundamental ha sido transcrita y publicada por e l profesor Luis Suárez en dos de sus obras que venimos citando. La mayor parte de la primera, Documentos inéditos para la historia del Generalísi mo Franco, vol. 1 (Madrid, Azor, 1992) que ya he citado con motivo del extemporáne o libro póstumo de Herbert R. Southworth, se refiere, entre sus páginas 71 a 376, a diversos asuntos durante la guerra civil. No los citaré de manera extensa, pero sí d ebo indicar los que me parecen más importantes. Con fecha 6 de agosto un documento fidedigno revela la lista de hermanos masones que luchan a favor del Frente Pop ular en Madrid, entre ellos el general Riquelme, el general por la voluntad popul ar Julio Mangada, el coronel de artillería Rodrigo Gil (responsable de la toma del cuartel de la Montaña) el teniente coronel Pedro Sánchez Plaza, inspector general de las fuerzas de Asalto, el comandante Ricardo Burillo, del cuartel de Pontejos, el capitán Urbano Orad de la Torre, y muchísimos otros. Es un documento interno de l a Masonería. En ese volumen se contienen documentos sobre el proceso de José Antonio Primo d e Rivera, documentos sobre el proceso de la lucha por el poder en Falange durant e el año 1937, notas manuscritas de Franco sobre la ofensiva en el frente de Canta bria (p. 104, que por cierto invalidan una de las acusaciones gratuitas del coro nel Blanco Escolá) . Se transcribe la carta de José María Gil Robles el 22 de enero de 1937 al director de The Universe en defensa de la total legitimidad del Alzamie nto, negando el carácter fascista de éste, declarando ilegales las elecciones del Fr ente Popular y enteramente legítima la insurrección militar y el movimiento de resis tencia contra ese gobierno ilegal. (p. 104s.) Son importantes las informaciones del almirante Magaz en Roma sobre conversaciones con el Vaticano sobre el proble ma vasco y el reconocimiento de la Santa Sede (p. 110) Hay cartas importantes del embajador Quiñónes de León, del duque de Alba, un estudi o interesantísimo sobre la represión en la zona norte que en su momento utilizaré, un informe del más alto interés enviado por Kindelán sobre la campaña de Teruel, otro del e x ministro Santiago Alba que el 12 de enero de 1938 informa al teniente coronel Ungría sobre sus actividades de contrapropaganda a favor de Franco en Francia, div ersas cartas del general Queipo de Llano escritas con gran afecto y espontaneida d, nuevos informes del general Kindelán sobre situación estratégica, el primer informe

(6 de noviembre de 1938) sobre negociación posible con el coronel Casado para la rendición de la zona Centro (p. 206), informe de Kindelán sobre la campaña de Cataluña, informe (de altísimo interés) de la embajada de España en Berlín sobre la tremenda decep ción de Hitler ante la declaración de neutralidad formulada por Franco (noviembre de 1938), informe sobre creación y objetivos de la agencia EFE (p. 239), informacion es detalladas sobre la descomposición de la zona roja, informe (revelador) del Gra n Oriente Español a la Asociación Masónica Internacional sobre el final de la guerra e n España (20 de marzo de 1939). Se trata de un documento de suma importancia para comprender la acción secreta de la masonería dentro de la España nacional y contra el general Franco. Creo que este conjunto documental ayala la tesis que siempre hemos sustentado sobre la excelente capacidad de información que desde los tiempos de África al fina l de su vida demostró Francisco Franco. Sin embargo la segunda fuente de observaciones internas de Franco sobre la gu erra civil alcanza todavía mayor interés. Franco escribe para sí mismo, no con destino a sus hagiógrafos como aventura sin prueba alguna el coronel Blanco Escolá, sino como guión para unas venideras Memorias que por fin nunca redactó, si he de creer en las palabras que me dirigió personalmente al final de su vida. Pero en estos guiones, conservados en su archivo, aparecen matices de suma importanc ia de los que creo mi deber no privar al lector. El primer guión se refiere a los comienzos de la guerra y dice así: La Junta de Bu rgos con Cabanellas y Mola. Propuesta de Mola de retroceder al Duero, enérgica neg ativa. El problema político: lo pensado ante la realidad, la cruzada y las aportac iones políticas. Falange y requetés, el pueblo todo, republicanos, monárquicos e indif erentes, patriotas y católicos. No fue una clase social determinada, sino de todas clases, desde el aristócrata hasta el más humilde campesino u obrero. Había que comba tir y explicar al pueblo por qué se combatía. Desde el primer momento el concepto de que se combatía por Dios y por España se presentó tan claro, pero hacía falta más, el con cretar la orientación futura, el definir las características del Régimen futuro, recog er de los sectores que se incorporaban al Movimiento lo que era factor común y anh elo de los más, un hondo sentir católico y social y abolir para siempre las causas d e nuestra decadencia, partidos políticos en pugna, masonería y comunismo. Inferioridad de armamentos. A la adquisición de armamentos con cuentagotas. Alem ania. Escándalo del tetracrilato de plomo. Preocupación primordial fue la dotación y m unicionamiento de nuestro Ejército, objetivos y armas. Milagros en el armamento. C arecíamos de municiones. La guerra se hace larga, hay que poner el tiempo a nuestr o favor: la economía, la moneda, la industria, los efectivos, la retaguardia. Obje tivos militares, compaginarlos con los económicos. Caracterizar las operaciones. D eformación de las monedas, movilización de la industria, importaciones complementari as. Exigencias alemanas: 50% divisas, y 50% mercancías a pagar (poca capacidad de pago). Italia más generosa. El ángel de la guarda con nosotros. Ayuda escandalosa de Dios: el Silvia, el Mar Negro etc. Nuestro esfuerzo en la mar, armamento de buques, cruceros auxiliares , bous, utilización de la noche. Presas. Táctica de silencio. La empresa de Suiza exp edición canaria . La situación en España. Mi viaje a Burgos a la Junta. Relevo de Alvare z Arenas y Gil Yuste. Pérdida de Caspe. Paso de municiones y un tábor a Mola por tie rra Portugal y por mar a Vigo 1. L. Suárez, Franco, el general..., op. cit., p. 358. En este denso primer guión Franco subraya la clave moral del Alzamiento, la cla ve de su estrategia combinación de operaciones militares y dirección económica la captur a providencial de presas con la carga de municiones y pertrechos que precisament e hacían falta, el paso secreto de unidades africanas y suministros militares a tr avés de Portugal incluso antes del enlace del 11 de agosto en Mérida, la convicción de Franco sobre que la guerra civil no fue ni de lejos una guerra de clases, contr

a la obstinación de ajados intérpretes marxistas como Southworth y su escuela... cad a línea de este guión vale su peso en oro. Los demás apuntes de Franco sobre la guerra civil no carecen de interés pero no ofrecen rasgos tan significativos y tan desco nocidos como este primero. Hitler y Franco en Hendaya, octubre de 1940: El testimonio del barón de las Tor res, recientemente revelado, es el único totalmente fiable, el único testigo que est uvo en la conversación y dominaba los dos idiomas. Capítulo 10 Franco preserva a España de la Segunda Guerra Mundial 1939-1945 EL DESFILE DE LA VICTORIA El mismo 1 de abril de 1939 en que terminaba la guerra civil se iniciaba un p eríodo de paz, limitado, por desgracia a sólo cinco meses. Franco y su cuñado Serrano Suñer coincidían entonces en este postulado: más que nada, España necesitaba la paz. Una guerra en Europa podría refluir negativamente sobre España e incluso arrastrar a Es paña; pero lo que era seguro es que cortaría muchos caminos que España necesitaba dese speradamente para su reconstrucción. El doctor Juan Negrín, muy bien informado por s us amigos soviéticos, había querido resistir hasta el fin porque sólo necesitaba seis meses, en marzo de 1939, para que la guerra civil española conectase con la segund a guerra mundial. Sólo se equivocaba en un mes; entre una y otra guerra sólo mediaro n cinco. Esta paz precaria de cinco meses se inscribe, por tanto, como prólogo, en el es tudio de la segunda guerra mundial y su relación con España. Para este estudio dispo nemos hoy de tres libros de Historia, uno magnífico, documentado y convincente, ot ro pésimo y tendencioso, el tercero ni sí ni no sino todo lo contrario. Hay cientos de libros y cientos de miles de documentos más pero esos tres son en este momento, para un lector español, los más conocidos y sintomáticos. El primero se titula Franco : España, Franco y la segunda guerra mundial y se debe al profesor Luis Suárez como segundo volumen de su prevista hexalogía sobre Franco y su tiempo . El segundo, al q ue he llamado con suma benevolencia pésimo y tendencioso, se debe al profesor Paul Preston, se titula simplemente Franco en su versión inicial inglesa (la que cito en mis notas) y por desgracia ha ejercido, gra1 Madrid, Actas, 1999. cias al papanatismo e ignorancia de ciertos medios, incluso de derechas, un i nflujo pernicioso como muchos verán cuando se haga la luz . El tercero, aún más ambiguo e insuficiente que mi remoquete, se debe al profesor Javier Tusell y se titula F ranco, España y la segunda guerra mundial2. He criticado extensa y detalladamente los libros de Preston y Tusell en mi reciente libro El 18 de julio no fue un gol pe militar fascista3 .El de Luis Suárez me parece el mejor de cuantos ha publicado sobre la España del siglo XX y mentiría al lector si le ocultara mi convicción de que se trata de una maravilla. Por supuesto que en mi biografía de Franco editada por Planeta en 1982, tomos cuarto y quinto, me refiero a los problemas históricos de este capítulo; mantengo aquí muchas tesis, he ampliado y matizado otras a la luz de nuevas fuentes y nuevas reflexiones. Como ya he hecho en los capítulos anteriores sigo mostrando en éste mi admiración y sintonía con el libro del general Casas de la V ega Franco militar, tantas veces citado ya. Franco, cuya salud se mantuvo en excelente estado durante toda la guerra, no pudo resistir las tremendas tensiones de su fmal y se pasó en la cama, aquejado de una fuerte gripe, el día de la Victoria y los siguientes. Estaba en Burgos, en el palacio de la Isla que la Diputación y el Ayuntamiento compraron a su propietaria , la condesa de Muguiro; se resistió a entrar en Madrid durante varios meses, salv o el paréntesis del desfile de la Victoria. El mismo 1 de abril, por la tarde, rec ibió del Papa Pío XII, recientemente elegido, este telegrama: Levantamos nuestro cora zón al Señor, agradecemos sinceramente con Vuestra Excelencia deseada victoria católic a España, hacemos votos porque este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con n uevo vigor sus antiguas cristianas tradiciones que tan grande la hicieron. Con e stos sentimientos efusivamente enviamos a Vuestra Excelencia y a todo el noble p

ueblo español nuestra apostólica bendición. Pius PP. XII . Franco respondió a vuelta de co rreo: Inmensa emoción me ha producido paternal telegrama de Vuestra Santidad con mo tivo victoria total de nuestras armas, que en heroica Cruzada han luchado contra enemigos de la religión, la patria y la civilización cristiana. El pueblo español, qu e tanto ha sufrido, eleva también con Su Santidad su corazón al Señor que le dispensa su gracia y le pide protección para su gran obra del porvenir y conmigo expresa a Vuestra Santidad inmensa gratitud por sus amorosas frases y por su apostólica bend ición que ha recibido con religioso fervor y con la mayor devoción hacia Vuestra bea titud. Francisco Franco, Jefe del Estado español . 1 Londres, Harper y Collins, 1993. 2 Madrid, Temas de hoy, 1995. Madridejos, Fénix, 1999. Los telegramas del Rey don Alfonso XIII y su hijo don Juan de Borbón fueron tam bién muy expresivos, como sus respectivas contestaciones. El 2 de abril por iniciativa de Ramón Serrano Suñer el Tercer Año Triunfal se susti tuye por el Año de la Victoria. Por primera vez no se radia esa noche el parte ofi cial de guerra, sustituido por una advertencia dictada por Franco: Españoles, alert a. España sigue en pie de guerra contra todo enemigo del interior y del exterior, perpetuamente leal a sus caídos . Franco era perfectamente consciente de que los ene migos derrotados en la guerra de España, y ante todo el comunismo, seguían siendo de masiado poderosos como para despreciarles y tenía razón; estamos asistiendo en nuest ros días a la presión constante de esos enemigos para cambiar la Historia ya que no fueron capaces de cambiar el resultado de la guerra. Acaba de llegar a mi mesa d e trabajo, cuando escribo estas líneas en la primavera del año 2000, un nuevo libro de Paul Prestopn sobre la guerra civil española que es un entramado de las mismas obs esiones vengativas contra las que advertía Franco el 2 de abril de 1939; basta, pa ra desenmascarar a este libro, observar en su elenco bibliográfico las dos tendenc ias en que divide las fuentes, fascinantes cuando coinciden con sus prejuicios, apasionadas cuando tratan seriamente de aproximarse a la verdad. No es verdad qu e Franco tratara de perpetuar la guerra civil; lo que pretendía era señalar que los enemigos derrotados en España no se resignarían jamás a su derrota, como ha sucedido. El Jueves Santo, 6 de abril, se celebra en toda España, con singular fervor, la visita a los monumentos eucarísticos, prohibida en la que ya había dejado de ser zo na republicana. Al día siguiente una fuerza italiana de desembarco inicia la invas ión de Albania y en breve tiempo conquista el territorio, del que será proclamado re y Víctor Manuel III de Italia, emperador de Etiopía; pero el Reino Unido no reaccion a contra la nueva decisión expansiva de la Italia fascista. Sin embargo se adviert e un peligroso aumento de la tensión internacional en el Mediterráneo, por lo que re sulta especialmente conveniente para España que el 10 de abril, gracias a los acue rdos recientemente firmados con Francia, el almirante Salvador Moreno traiga de vuelta a Cartagena, desde su internamiento en la base tunecina de Bizerta, los b arcos de la Flota republicana refugiados allí tras abandonar la base naval de la R epública el pasado 5 de marzo. El 7 de abril, después de persistentes forcejeos de l a diplomacia alemana, España hace pública su adhesión al pacto anti omintern según la deno minación ofi1 Barcelona, Plaza y Janés, 2000. cial, que nada tenía que ver con una alianza anticomunista, ni una conjunción mil itar ni política con Alemania, Italia y Japón, sobre todo cuando desde nuestra actua l perspectiva sabemos que ya entonces se estaban dando los primeros pasos secretís imos para la antinatural aproximación de la Rusia soviética a la Alemania nazi. Franco retrasa su entrada en Madrid pero desde mediados de mes sale de Burgos para emprender una serie de intensos contactos personales con varias regiones e spañolas en todo o en parte liberadas recientemente del poder enemigo. Franco, que nunca fue un orador brillante, estaba convencido de que su presencia ante grand es auditorios hacía brotar una profunda comunicación y hasta el final de su vida se

mostró muy partidario de tales encuentros. Estaba el 16 de abril en Sevilla cuando tuvo noticia del mensaje del Papa Pío XII que ratificaba y ampliaba su telegrama de felicitación por la victoria. Con inmenso gozo decía el Papa nos dirigimos a vosotro s, hijos queridísimos de la católica España, para expresar nuestra paternal congratula ción por la paz y la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristia no de vuestra fe y vuestra caridad El Papa atribuye la victoria a la eficacia de la bendición de su predecesor Pío XI, que cuando advirtió-todavía en 1936- lo que realme nte se estaba jugando en España bendijo a los católicos españoles en su lucha abierta contra el Frente Popular. Algo después el primado de España, cardenal Gomá, comentaba en la prensa española: La alocución pontificia a los españoles es, ante todo, una rotun da afirmación de la solidaridad de la Santa Sede con la España nacional . Latían, bajo e stas fervorosas muestras de adhesión mutua, serios problemas políticos entre la España nacional y la Santa Sede, como veremos; pero la sinceridad de Roma era absoluta , porque la Iglesia era consciente de que el Alzamiento y la Victoria la habían sa lvado de la aniquilación que se perpetró contra ella en la España vencida. Desde Sevil la Franco prosigue su viaje de contacto popular a Cádiz, donde embarca en el Canar ias que le lleva a Málaga, luego a Córdoba tras detenerse en las ruinas del santuari o de la Virgen de la Cabeza, defendido heroicamente por la Guardia Civil de Jaén, al mando del capitán Cortés, desde el principio de la guerra hasta el 1 de mayo de 1 937 contra fuerzas enormemente superiores. Saluda a los ciento quince defensores que allí reposaban, con este comentario: Esto lo culmina todo . La visita surte efec tos de suma importancia. Franco estaba muy afectado desde que conoció los detalles de la actuación contra el Alzamiento de la Guardia Civil de Madrid y de Barcelona , con efectos decisivos; y había pensado seriamente en disolver al benemérito Cuerpo . Uno de los colaboradores íntimos de Franco, el almirante Fontán, me reveló que había v isto personalmente sobre la mesa del Caudillo el decreto de disolución. No lo firmó por las oportunas gestiones de su gran amigo el general Camilo Alonso Vega, por el recuerdo de la actuación heroica de la Guardia C ivil en el Alcázar de Toledo y en el cerco de Oviedo, entre otros puntos y sobre t odo por esta visita al Santuario de Sierra Morena, que terminó de decidirle a cons ervar un Instituto que había sobrevivido a todos los regímenes desde su creación a med iados del siglo XIX. El 1 de mayo de 1939, fiesta internacional del proletariado, la Comintern dif unde un comunicado que revela ya el extraño viraje de Stalin en su política exterior . El comité ejecutivo de la Internacional Comunista culpa a los socialistas y a la burguesía europea del desastre español, aunque pronostica la inminente caída de Franc o, una predicción que durante los treinta y seis años siguientes harían invariablement e los enemigos de Franco, al que los soviéticos llaman sátrapa italiano . El manifiesto cifra en un millón doscientas mil personas las fuerzas vivas de la Comintern fuer a de la URSS y reconoce que el mayor incremento de los partidos comunistas en lo s últimos diez años se ha registrado en China, Francia y España. El ataque soviético a l as democracias occidentales muestra que algo está cambiando profundamente en las d irectrices de la política exterior soviética . Franco emprende el 3 de mayo su segundo gran viaje de la paz, ahora a la antigua capital enemiga, Valencia, que le reci be con un entusiasmo desbordante cuando preside, en esa jornada el desfile del E jército de Levante. El exembajador de la Republica en Londres, don Ramón Pérez de Ayal a, tuvo ocasión de presenciar este desfile de Valencia en un noticiario internacio nal. Le causó una impresión enorme. En carta a su amigo Gregorio Marañón, dice que nuestr os soldaditos están a la altura de los mejores del mundo y añade: Franco gana mucho en el cine sobre las fotografías. Tiene una sonrisa módica que en la fotografía parece e stereotipada y en el cine es humana y propiciatoria. ¡Lástima que no se dé esa modicid ad en su abdomen y que se dé demasiadamente en su alzada! Verdad que Napoleón era así. Queipo, magnífico, saludando con majestuosa displicencia, como los emperadores ro manos, los califas y Lagartijo 2. Franco estaba ya en Valencia cuando la embajada alemana le comunica que el mariscal Goering, jefe de la Aviación alemana y segundo personaje del régimen nazi, que navega por el Mediterráneo, desea presenciar junto al Caudillo el desfile de la Victoria si Franco le invita. La invitación no se pro dujo. Franco debía mucho a Alemania pero no quería en aquellos momentos una vinculac ión tan manifiesta de cara al futuro

1 The Communist International Documents, ed.. Jane Degras, vol III, Oxford Un iv. Press, 1965, p. 434s. 2 Marino Gómez Santos, Vida de Marañón, p. 371. inmediato. Las gestiones alemanas son abrumadoras pero Franco sólo accede a una entrevista con el mariscal en el antiguo cuartel general de Pedrola, junto al E bro. El mariscal se niega indignado. La Internacional Comunista acababa de llamar a Franco sátrapa de Mussolini y la p ropaganda de la República desde que el doctor Negrín asumió el poder en 1937 se concen tró en la independencia de España mientras el régimen de Franco, según Negrín, estaba disp uesto a entregar pedazos de España a sus aliados del Eje. Este disparate ya no lo repite ahora la propaganda enemiga de Franco, pese a que es legítima heredera de l a difundida por el doctor Negrín, pero desde 1937 esos presuntos proyectos de Fran co se difundían con todo lujo de medios por todo el mundo, con el fin de convertir la causa de la República en una segunda Guerra de la Independencia, precisamente cuando la República estaba cada día más condicionada por su dependencia de la Unión Soviét ica. Pero muy pocas semanas después de terminar la guerra civil Franco se encargó de desmentir con hechos palpables esas exageraciones. El 12 de mayo la aviación naci onal privada recientemente de su héroe Joaquín García Morato en un trágico accidente la Le gión Cóndor y la Aviación legionaria italiana celebran en Barajas una revista aérea de d espedida antes que los aviadores aliados regresen a su patria, como el resto de las fuerzas extranjeras que habían participado en el esfuerzo nacional de guerra, en el plazo marcado por Franco, el mes de mayo, sin que pese a la grave situación internacional se produjese ante esta decisión reticencia ni incidente alguno. El desfile de la Victoria, después de sus ediciones previas en Barcelona, Sevil la y Valencia, como homenaje a los Ejércitos del Norte, del Sur y de Levante, se c elebra con carácter general en Madrid el 19 de mayo de 1939. Por orden de Ramón Serr ano Suñer el acontecimiento se presenta como la entrada oficial de Franco en Madrid aunque antes y después mantenía su residencia oficial en Burgos. El autor de este li bro, entonces de doce años, había vuelto a Madrid unos días antes desde San Sebastián y nunca olvidará el entusiasmo de aquel medio millón de madrileños ante al paso de las g randes unidades que habían ganado la guerra. Juan de Orduña compuso un vibrante docu mental cinematográfico sobre el fondo de la Marcha Triunfal de Rubén Darío que sigue s iendo el testimonio más importante sobre un desfile cuyo recuerdo histórico cobra ho y un valor terrible cuando acabamos de comprobar que el Ejército español del año 2000, sucesor sin solución de continuidad de aquel Ejército de la Victoria que después nunc a fue vencido, ha sufrido una doble humillación intolerable en Barcelona; el disgusto ag resivo del ultranacionalismo catalán por la celebración allí del Día de las Fuerzas Arma das y el escamoteo del desfile por el gobierno de don José María Aznar, que prohibió d arlo por televisión donde fue sustituido por la exhibición de un acreditado cantante de Puerto Rico. Pero una aberración semejante no pertenece a la biografía de Franco sino a la todavía mal contada historia de la transición no se sabe de qué a qué. Inmediatamente antes de que comenzara el desfile el bilaureado general Varela impuso a Franco la Gran Cruz Laureada de San Fernando, que le había concedido el gobierno, con la firma de su ministro de Defensa y su vicepresidente, al hacerse eco de tres iniciativas: la del rey don Alfoso XIII, en su condición de antiguo G ran Maestre de las Ordenes Militares, en carta que reproduce Franco Salgado; el Ayuntamiento de Madrid, en acuerdo que elevó al gobierno y el Capítulo de la Orden d e San Fernando, integrado por todos los caballeros laureados bajo la presidencia del propio Varela. Extraños adversarios como el coronel Blanco Escolá critican acer bamente esta concesión; pero ni uno solo de los ciento veinte mil hombres que desf ilaron en formación cerrada delante de Franco el 19 de mayo tenía la menor duda sobr e la justicia de la condecoración. Abría marcha el jefe del Ejército del Centro, general Saliquet, y el primer cuerp o que desfiló fue el CTV con el general Gámbara y cinco generales italianos al frent

e. Siguieron las unidades seleccionadas entre todos los cuerpos de ejército que ha bían intervenido en la guerra junto con representaciones de la Marina, las fuerzas de orden público, las milicias nacionales, la Legión Cóndor y quinientos aguerridos riatos , los voluntarios de Portugal. La Aviación dio varias pasadas.

vi

Al término del desfile el general Saliquet ofreció al Caudillo y los principales mandos un vino de honor en el palacio del Banco de España. Franco brindó así ante sus compañeros: Nosotros tenemos ahora que cerrar la frivolidad de un siglo. Que dester rar hasta los últimos vestigios del espíritu de la Enciclopedia. Hablo de revolución s in que me asuste la palabra . Tenía razón en su rechazo a la Enciclopedia pero no en i dentificarla, como siempre hizo, con el siglo XVIII de España al que consideraba e quivocadamente como una época de decadencia, cuando lo fue de plenitud. Al día sigui ente el cardenal Gomá rindió a Franco el homenaje de la Iglesia española, indiscutible mente salvada por él, al recibirle en la escalinata de la iglesia de Santa Bárbara. Era el gran día de los símbolos: ante los coros de Silos, el Cristo de Lepanto y el pendón de las Navas de Tolosa Franc o ofreció su espada de la Victoria al cardenal, que ordenó conservarla en el tesoro de la catedral toledana. Después de la celebración de la Victoria llegó la hora de las despedidas. El 22 de mayo Franco despidió en el aeródromo de León a los aliados alemanes de la Legión Cóndor, q ue embarcaron poco después en Vigo rumbo a su patria, acompañados por varios general es españoles El 31 de mayo se celebra en el puerto de Cádiz la despedida a los volun tarios italianos del CTV. Flanquearán su viaje Ramón Serrano Suñer, otro grupo de gene rales españoles y una nutrida representación de españoles que habían formado parte de la s unidades mixtas de Flechas. Los generales Dávila y Millán Astray despidieron el 5 de junio en Salamanca a los voluntarios portugueses. El principal motivo de la p ropaganda del doctor Negrín quedaba borrado por la realidad. La acogida a las dos misiones militares españolas que acompañaron a los voluntari os en su regreso a Alemania e Italia fue muy cordial, especialmente en Italia, d onde Ramón Serrano Suñer subraya, ante el conde Ciano y Benito Mussolini, que España d esea ante todo la paz pero que no se olvidaría de sus aliados en la guerra civil. Como al final de la guerra Franco había derogado las disposiciones de la República q ue declaró a don Alfonso XIII reo de alta traición y privado de la seguridad jurídica, se había difundido bastante la especie de que Franco pensaba proceder a una resta uración monárquica, en la que entonces sólo meditaba para un futuro lejano; en todo ca so Mussolini la desaconsejó a Serrano Suñer, por la experiencia de sus crecientes di ficultades con la Monarquía italiana. El 11 de junio el Papa Pío XII bendijo en el V aticano a los tres mil combatientes españoles del CTV que habían acompañado a los volu ntarios italianos. Recibió a Serrano Suñer quien le expuso el problema del Patronato para la designación de obispos, principal escollo para el restablecimiento del Co ncordato que deseaba Franco, como luego veremos con más detalle. Quiso visitar Ser rano Suñer al rey exiliado don Alfonso XIII que le dio audiencia en el Gran Hotel; el ministro español le saludó brazo en alto y la entrevista resultó protocolaria, fría y un tanto tensa. LA RECONSTRUCCION DE LA ESPAÑA DESTROZADA La España de la Victoria estaba destrozada por la guerra civil. Durante los años de guerra la acertadísima dirección de la economía, a la que se había consagrado Franco con tanto interés como a las operaciones, se tradujo en una evidente prosperidad p ara toda la zona nacional hasta la batalla del Ebro; pero ya desde la formación de su primer gobierno a fines de enero de 1938 Franco encargó a sus colaboradores un a atención muy especial a preparar la integración de la que aún era zona enemiga, que pese a su inicial superioridad abrumadora en recursos de agricultura intensiva, industria, ganadería y sobre todo reservas de oro para garantizar cualquier financ iación exterior había dilapidado esas reservas en la compra de armamentos, de la que fue víctima de una enorme esta-fa por parte de la Unión Soviética que exigió el previo depósito de la mayor parte de esas reservas de oro, un latrocinio abusivo que ha s ido enmascarado por interesados estudios muy poco fiables, si hemos de creer a a

lguien que vivió muy de cerca el episodio, Indalecio Prieto . La desastrosa administ ración de la zona republicana, consecuencia de su caos político, dejó a sus habitantes al borde de la inanición hasta el punto que en Madrid morían, al final de la guerra , muchas personas de hambre. La ocupación del Norte en 1937 no agregó nuevos problem as de subsistencia, porque se trataba de una región rica en todos los sectores de la producción, que se incorporó inmediatamente al esfuerzo nacional de guerra. La oc upación de Cataluña en 1939 acarreó graves problemas pero fue sobre todo la incorporac ión de la zona Centro-Sur exhausta la que obligó a la España nacional a acometer un es fuerzo dramático, impedido desde septiembre de 1939 por la guerra mundial y por la catastrófica sequía que afecto gravemente durante un largo ciclo de años a la producc ión agrícola española, desprovista además de los abonos necesarios durante una década. Las pérdidas materiales ocasionadas por la guerra habían sido enormes. Las redes de car reteras y ferrocarriles se encontraban en situación deplorable. La riqueza naciona l, que había llegado a su cifra máxima al final de la Dictadura en 1930, se había esta ncado en la República y se había hundido hasta la situación de 1914 a consecuencia de la guerra civil; tardaría doce años en recuperarse, aunque gracias al esfuerzo enorm e de la Administración, de los trabajadores y sobre todo, Los estudios a que me refiero se deben al profesor Ángel Viñas, que chocan con las justas acusaciones de Prieto en Convulsiones de España, México, Oasis, 1966. La pri ncipal objeción contra los trabajos de Viñas es que la URSS fijó arbitrariamente el pr ecio de sus suministros, sin discusión ni apelación posible. Las conclusiones de Viñas se han aceptado dogmáticamente. de la iniciativa de los pequeños y mayores empresarios (dato seguro que nunca s e reconoce) no tardó cincuenta años de trabajos forzados en restablecerse, como había previsto Manuel Azaña en su discurso de 1938, sino solamente algo más de una década, h asta 1950/1951. Franco creó, para enfrentarse a este problema, un organismo cuyo n ombre lo expresaba todo, la Dirección General de Regiones Devastadas, que se puso inmediatamente a la tarea con entusiasmo y eficacia muy superior a sus medios. S egún sus estadísticas era necesario reconstruir unos doscientos centros de población ( además de los destrozos en grandes ciudades, como Madrid y Barcelona) , un cuarto de millón de viviendas, doscientas cincuenta mil toneladas de flota mercante, alre dedor de la mitad del material móvil ferroviario y del parque automóvil y prácticament e toda la ganadería de la que dejaba de ser zona republicana, junto a gran parte d e los bosques talados para obtener madera como combustible. Innumerables instala ciones industriales y agrícolas estaban fuera de juego en 1939 para reintegrarse a una economía moderna. Además de la destrucción, el endeudamiento exterior provocado por la guerra gravi taba sobre el marasmo económico que acompañó a la Victoria. Naturalmente la España nacio nal no se hizo cargo de la deuda de guerra del Frente Popular, que en su mayor p arte y con creces se había cobrado por adelantado en la URSS. Es verdad que andand o el tiempo el doctor Juan Negrín, en un gesto patriótico innegable, ordenó que se dev olviese a Franco el recibo por la entrega del oro en 1936, que para mí, como no me puedo imaginar el gesto como sarcasmo, es una prueba clara de que España debería di sponer de una parte sustancial de esas reservas no gastadas. España pagó puntualment e su deuda de guerra con Alemania e Italia. Alemania presentó una factura de tresc ientos millones de reichsmar s de una aportación total equivalente a unos quinient os. El total de la deuda fue saldada con las exportaciones de minerales estratégic os a Alemania durante la segunda guerra mundial. La deuda con Italia ascendía a un os cinco mil millones de liras y su liquidación fue generosamente establecida por el gobierno italiano en veinticinco anualidades sin cláusula oro, con lo que los g obiernos beneficiarios fueron principalmente los democráticos de 1945 y posteriore s. El competentísimo ministro de Hacienda nombrado por Franco en 1939, don José Larr az, tras un forcejeo con Serrano Suñer, consiguió publicar un impecable informe sobr e los gastos de la guerra civil y la liquidación pendiente de la deuda exterior el 4 de agosto de 1940, aunque hubo de hacerlo en la sección de anuncios del Boletín O ficial del Estado; se trata del documento base para cualquier consideración sobre la econo mía de la guerra y la posguerra, aunque pocos historiadores lo han reconocido a

sí, seguramente por simple ignorancia. Si las pérdidas materiales y financieras eran gravísimas, lo más sensible, naturalm ente, eran las pérdidas humanas provocadas por la guerra. Hizo fortuna la cifra su puesta en 1937 por los obispos españoles, un millón de muertos, que luego sirvió de títu lo a la famosa y admirable novela de José Maria Gironella, pero por fortuna las in vestigaciones de Ramón Salas Larrazábal han reducido esa cifra trágica hasta la tercera parte aproximadamente, lo cual no borra la tragedia pero en cierto sentido miti ga su desmesura. Recientemente el sacerdote pacense don Ángel David Martín Rubio ha publicado varios estudios sobre los muertos de la guerra civil, en los que criti ca fundadamente las exageraciones partidistas de otros autores y confirma, con d eterminadas correcciones de método, las cifras ofrecidas en el estudio de Ramón Sala s. Entre los libros que han alcanzado, pese a sus gravísimos defectos, mayor reson ancia recientemente destaca el dirigido por el profesor Santos Juliá Víctimas de la guerra civil2 que en mi sincera opinión debe descartarse por su evidente partidism o cuando no abierto sectarismo en varios casos comprobables. Sin embargo lo más grrave del libro dirigido por Juliá no son sus errores y desen foques sino la tesis fundamental que subyace a su investigación y que consiste (p. 26) para decirlo sin rodeos, que las ejecuciones en zona nacional son injustifi cables y dictadas por un afán de exterminio; mientras que las producidas en zona r epublicana corresponden, en gran medida, a las provocadas por un vacío de poder, l a desaparición del Estado y los arrebatos populares que, aun reprobables, son en c ierto sentido justificables. Esta absurda y falsísima distinción llega, en algunos m omentos del libro, a situaciones sencillamente intolerables y por desgracia se h a extendido mucho entre los autores favorables al Frente Popular. El general Raf ael Casas de la Vega ha propuesto y realizado el método que me parece definitivo p ara evaluar el número de víctimas de nuestra guerra, que consiste en investigar y fa cilitar sus nombres. Lo ha conseguido en uno de los puntos más difíciles, la represión roja en Madrid, para la que asigna no sólo la cifra, sino la lista de unas 8.500 víctimas3. 1 Pérdidas de la guerra, Barcelona, Planeta, 1977. 2 Madrid, Temas de Hoy, 1999. Madridejos, Fénix, 1994. Para Ramón Salas Larrazábal los militares y combatientes muertos en campaña fueron 59.500 (pérdidas nacionales) y 60.500 las pérdidas gubernamentales. Los combatientes extranjeros muertos en campaña fueron 12.000 (pérdidas nacionales) y 11.500 (pérdidas gubernamentales, cuyo mayor contingente se dio en las Brigadas internacionales) . Los civiles muertos en acción de guerra no represiva (bombardeos aéreos y artiller os) fueron unos 4000 en zona nacional y unos 11.000 en zona republicana. Creo qu e ante la minuciosa investigación de R. Salas, las cifras por estos tres conceptos referentes a víctimas en campaña o por acción de guerra serán difíciles de modificar; y a lcanzan un total de 66.500 como pérdidas nacionales y 83.000 como pérdidas gubername ntales. Quedan como sujetas a mayor controversia posible las cifras debidas a la repr esión, sobre las que cabe avanzar todavía mucho más en el aspecto institucional, sobre el que se han publicado exageraciones y vacíos que no pocas veces rozan con el ab surdo y el partidismo. En la zona nacional no existió el mando único hasta el 1 de o ctubre de 1936, aunque la Junta de Defensa Nacional se creó el 24 de julio, pero s in efectividad general ante los mandos militares de cada región e incluso cada sec tor. Desde el 1 de octubre el general Franco asumió gradualmente todos los poderes y centralizó la aplicación de la justicia militar en los territorios que se ocupaba n gracias a la Auditoría de Guerra del Ejército de Ocupación. En zona republicana teóric amente no desapareció el Estado, representado por el gobierno de la República, en to

da la contienda; pero de hecho la autoridad de ese Estado fue cuestionada desde el mismo 18 de julio por las diversas autoridades autonómicas y mediante el poder de hecho que ejercían las organizaciones políticas y sindicales del Frente Popular, que durante un tiempo variable disponían de sus propios aparatos y sistemas repres ivos. La llegada al gobierno de Francisco Largo Caballero el 4 de septiembre de 1936, la creación de la Junta Delegada de Defensa de Madrid el 6 de noviembre de e se año y sobre todo la sustitución de Largo Caballero por el doctor Juan Negrín en may o de 1937 centralizaron el poder represivo y la administración de justicia en la a utoridad del gobierno como nunca se había logrado antes. En la zona nacional la re presión se encomendó desde el principio, por la declaración del estado de guerra, a la autoridad militar, aunque algunas unidades y mandos de milicias se tomaron en b astantes casos la justicia por su mano. En zona republicana el gobierno trató muy pronto de que el Frente Popular (no simplemente el pueblo) participase en la jus ticia y la represión mediante la creación de los llamados Tribunales Populares que e n muchos casos funcionaron con arbitrariedad casi absoluta. Estos enunciados, so bre los que se han realizado investigaciones todavía dispersas, muestran lo mucho que todavía resta por investigar en este campo. Esto supuesto, y sin atrevernos ni de lejos a fijar valoraciones diversas ant e el hecho trágico de las muertes por represión, las cifras que ofrece Ramón Salas par a el período estricto de la guerra civil son 72.500 como pérdidas nacionales en zona republicana y 35.500 como pérdidas republicanas en zona nacional. Hay que tener e n cuenta que la justicia y la represión de los nacionales actuaron, entre la guerr a y la posguerra, sobre las cincuenta provincias españolas mientras que el territo rio del Frente Popular, con excepciones poco significativas, se fue reduciendo p aulatinamente desde la fijación de los frentes y las zonas a primero de agosto de 1936. Por tanto hay que añadir un nuevo renglón de víctimas; las que se produjeron por la justicia militar desde el final de la guerra civil, que son evaluadas por Ra món Salas, por cierto con actitud muy crítica, en unas 23.000. En su ejemplar investigación el historiador especialista Ángel David Martín Rubio e leva un tanto, por consideraciones metodológicas, las cifras ofrecidas por Ramón Sal as tanto para la guerra civil estricta como para la posguerra. La represión nacion al, al ejercerse sobre todas las provincias de España y durante mucho más tiempo que la republicana, arroja cifras superiores a las de ésta. En mi citado libro El 18 de julio no fue un golpe militar fascista he publica do una amplia y detallada crítica sobre el libro dirigido por Santos Juliá, con obje ciones muy concretas que creo difícilmente rebatibles, en virtud de las cuales cre o que ese libro sólo puede convencer no a los que buscan sinceramente la verdad si no a los que pretenden hacerse con nueva munición para su partidismo y los que lo leen ya previamente convencidos de la bondad de sus más que discutibles tesis. Las exageraciones sobre los casos de Guernica y Badajoz las considero ya como defin itivamente desenmascaradas. Pero para cerrar provisionalmente este grave problem a, en el que creo que poseemos unas importantes e imprescindibles bases de parti da y perspectivas fiables en los citados libros de los generales Salas y Casas y en la investigación de don Ángel David Martm Rubio, quisiera apuntar los datos sigu ientes, que creo seguros e ilustrativos: 1. Si la cifra de Ramón Salas para las víctimas del terror rojo está próxima a la ver dad, como creo muy probable (72.500 víctimas), la cifra de eclesiásticos trece obispo s, 4.185 sacerdotes, 2.365 religiosos, 283 monjas obtenida en la ejemplar y rigur osa investigación de monseñor Antonio Montero en su citado libro La perse cución religiosa en España, con un total de casi siete mil víctimas-cifra que segur amente será ampliada en investigaciones futuras, y que con toda probabilidad habrá d e elevarse a veinte o treinta mil por lo menos si incluimos en el total a los ca tólicos que fueron asesinados por serlo nos haría ver que con la cifra de mínimos garan tizada por la investigación de monseñor Montero el número de mártires eclesiásticos equiva le al diez por ciento de todas las víctimas en zona roja, mientras que si aceptamo

s esa cifra probabilísima de al menos treinta mil católicos sacrificados por serlo, resultará que casi la mitad de las víctimas nacionales en zona roja sufrieron un autén tico martirio. Remito de nuevo al lector al libro magistral de don Vicente Cárcel Ortí, riguroso especialista en esta materia La gran persecución, España 1931-1939 para que pueda comprobar que la persecución española contra la Iglesia ha sido la más sangr ienta de toda la Historia universal desde los tiempos de Cristo hasta hoy, sin e xcluir las persecuciones de Roma, del Islam, de la Revolución francesa y la Revolu ción soviética. Pío XI y Pío XII creyeron que los mártires de la cruzada fueron verdaderos mártires. Luego Juan XXIII y Pablo VI, sin duda por motivos políticos o información i nsuficiente, congelaron los procesos de beatificación, que ha reabierto providenci almente Juan Pablo II quien hasta ahora ha canonizado ya a diez santos mártires de esa persecución y ha beatificado, cuando se escriben estas líneas, a 229 según cifras del doctor Cárcel. 2. El profesor Luis Suárez Fernández, en su magna obra ya citada España, Franco y l a segunda guerra mundial2 acepta como base de partida las investigaciones de Ramón Salas y propone una serie de consideraciones sobre las víctimas de la guerra civi l que son un modelo de ponderación, pocas veces, por desgracia, imitado sobre todo por los partidarios de la venganza y no de la reconciliación. Nos confirma que po r iniciativa personal de Franco se reunieron y depositaron unas listas de víctimas en zona roja que fueron conservadas en el Santuario Nacional de la Gran Promesa en Valladolid. Poseo una copia, que estimo como documento valiosísimo, de esa inm ensa relación nominal, cuyo total asciende a 119.960 nombres. He podido comprobar que entre esos nombres hay algunos que figuraron en listas de presos y aun de co ndenados a muerte por el Frente Popular, como mi amigo Cayetano Luca de Tena y a lguno de sus hermanos, que no perecieron sino que cuando iban a morir fueron mil agrosamente salvados. Pero creo también que estos casos, cuyo número desconozco, fue ron excepcionales y que 1 Barcelona, Planeta, 2000. 2 página 42s. por ello convendría efectuar una revisión profunda de ese conjunto . Sin embargo ha y en estas listas datos muy positivos que avalan la seriedad de su conjunto. La cifra para los caídos en Madrid es intermedia entre las que ofrecen los generales Casas de la Vega y Ramón Salas, una y otra muy fiables. La cifra para muertos ecle siásticos es de magnitud semejante a la que propuso don Antonio Montero. Mi impres ión personal es que una vez realizada esa revisión que creo precisa la cifra total d e víctimas de esa relación no bajará de los 110.000, lo que convierte las cifras de Ra món Salas sobre este punto en relación de mínimos. En las distribuciones que se han pu blicado en fuentes solventes sobre el origen de esas víctimas figuran 2.125 miembr os de la Adoración Nocturna, 283 de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, 319 funcionarios de Correos, 797 ferroviarios, 533 maestros nacionales, 180 per iodistas2. 3. Las exageraciones partidistas y en algunos casos injustas y reprobables qu e ofrece el libro dirigido por Santos Juliá, que más bien parece escrito para la ven ganza que para la reconciliación, se pone de manifiesto en algunos casos hirientes . En uno de los puntos más importantes, la provincia de Madrid, el libro dirigido por Juliá sólo se limita a reproducir la cifra dada por R. Casas para la represión rep ublicana (8815 muertos) mientras que para la represión ordenada por los nacionales en la posguerra sólo aducen 2.663 pese a que las exageraciones habituales multipl ican ese dato; y la cifra del general Casas tiene el mérito de que no procede de u na estimación sino de una lista con nombres y apellidos. 4. Las pérdidas humanas de España por el exilio (en gran parte en Cataluña y en la zona centro-sur de 1939) han sido fijadas con al por Jesús Rubio, una vez regresados a España la mayor parte de febrero de 1939 por la frontera catalana, en un total de 162.000 llos 100.000 antiguos combatientes y 40.000 civiles refugiados en en la URSS y 8.000 en México~.

tras las derrotas su maestría habitu quienes huyeron en personas, de e Francia, 6.000

5. No es procedente imputar a la responsabilidad de Franco las víctimas produci das por represión nacional hasta que tomó posesión como jefe del Estado el 1 de abril de 1936, salvo en los casos, tan exagerados como en el de Badajoz, que se regist raron durante el avance del Ejecito de África. Para los casos posteriores L. Suárez (ed.) Documentos inéditos..., op. cit., 1, p. 289. 2 Estos datos en L. Suárez, op. cit. p. 44, La emigración de la guerra civil, Madrid, San Martín, 1977, vol 1, p. 206. nos consta que Franco cortó, a instancias del cardenal Gomá, los fusilamientos de sacerdotes en el País Vasco, de los que se habían dado 16 casos; pero no debe olvid arse que se han publicado las listas de los sacerdotes y religiosos asesinados p or el Frente Popular en las Provincias Vascongadas mientras dominó en parte de ell as, y que esos datos triplican a la cifra que acabamos de ofrecer . 6. Luis Suárez apunta con exactitud que Franco no firmó una sola sentencia de mue rte; no era ése su cometido. Y cuando se le proponía la concesión del enterado para las sentencias de muerte decididas por los consejos de guerra, ejerció el derecho al in dulto por encima del cincuenta por ciento de las sentencias pronunciadas 2. 7. Se repiten hasta la saciedad infundios carentes de todo fundamento sobre c omentarios o actuaciones personales de Franco en relación con la justicia militar o las actividades represivas. No las refutaré porque esa falta de fundamento es su ficiente para rechazarlas. Por otra parte las cifras facilitadas por la Dirección General de Prisiones, que son fiables, desmontan por sí mismas numerosas exageraci ones muy persistentes. El 1 de enero de 1940 se alcanzó una especie de máximo entre el conjunto de los presos (por consecuencia de la guerra o comunes) que llegaba a 240.000; esto supone que la gran mayoría de quienes habían integrado el Ejército Pop ular en la zona centro-sur estaban ya en libertad e incluso, en muchos casos, no habían sido privados de ella. Para mitigar los efectos de la pena de prisión y rein sertar a los presos en la sociedad Franco ordenó establecer el plan para la Redenc ión de Penas por el Trabajo, basándose en los estudios de un eminente jesuita, el pa dre Julián Pereda, que había intervenido en las conversaciones con los dirigentes na cionalistas durante la guerra civil. Conocí al padre Pereda cuando era rector del colegio de San Ignacio en San Sebastián y nuca olvidaré su carácter firme y afable. El sistema de redención, que era voluntario y no un sustituto de trabajos forzados, respondía a principios católicos de equidad y humanitarismo y proporcionaba a los pe nados, además de un sensible acortamiento de su pena, una ayuda muy necesaria para sus familias. Pero además, como señala el profesor Suárez, el 24 de enero de 1940 se crearon comisiones especiales para la revisión de todos los procesos abiertos por los tribunales militares. El 4 de junio de 1940 se dio un decreto de indulto par a los condenados a penas de seis años o menores. El 1 He reproducido esa lista en mi libro Misterios de la Historia Barcelona, Pl aneta, 1990, p. 231s. 2 L. Suárez, op. cit. p. 45. 1 de abril de 1941 se amplió el indulto a las penas hasta de doce años, con los q ue obtuvieron la libertad cuarenta mil presos. Sucesivamente prosiguió la ampliación escalonada del indulto para penas superiores, hasta el 17 de diciembre de 1943 cuando el indulto se extendió a los condenados a 20 años y un día. Las comisiones espe ciales que hemos citado otorgaron la libertad a 48.705 presos. De esta forma a f ines de 1943 el conjunto de la población penal se había reducido a cifras menores qu e las existentes el 18 de julio de 1936. La información reunida por la Dirección Gen eral de Prisiones el 1 de enero de 1946 ofrecía la cifra de 32.380 presos, incluid os los que habían sido capturados en las actividades subversivas de las llamadas g uerrillas, que se incrementaron a partir de 1943 al calor de las perspectivas de victoria aliada y derrota del Eje. 8. Lo que sí es completamente cierto es que Franco, al terminar la guerra civil

, se negó rotundamente a conceder una amnistía general al modo de las dictadas en el siglo XIX cuando terminaban las luchas civiles de la época. (Todavía existe en Madr id, junto a la plaza de Isabel II, una pequeña calle de la amnistía ). Franco pensaba q ue la guerra civil española había sido un combate de dimensión universal y pretendió un severo escarmiento a los miembros de organizaciones que consideraba culpables. A esta postura de rigidez contribuyó sin duda el clamor de justicia, que no excluía l a venganza, de muchas familias que habían perdido a los suyos por la represión del F rente Popular. Ramón Serrano Suñer ha dado un testimonio sincero y esencial para com prender lo que sucedió al término de la guerra cuando se sus-citó ese clamor de justic ia. Sesenta años después se ven las cosas de otro modo, con los criterios del siglo XXI. Pero quienes vivimos aquella época sabemos que muchas personas, muchas famili as, volvíamos a la antigua zona roja con la esperanza de encontrar aún vivos a los n uestros, pese a tantas informaciones o suposiciones en contrario. Saber con cert eza que habían muerto fue como verles morir por segunda vez. Aun así conozco muchas familias, empezando por la mía, que rechazaron todo espíritu de venganza. Mi madre, en concreto, llegó a saber con seguridad quién había sido el delator de mi padre, que en virtud de esa denuncia había sido asesinado en Paracuellos el 7 de noviembre de 1936. Jamás dijo a nadie el nombre de esa persona, que vivió en España muchos años sin que nadie le molestase, y me consta que el nuestro no fue un caso único, ni mucho menos. (Yo ahora conozco ese nombre; el delator ha muerto hace años). Por eso me i mpresionó tan vivamente la revelación del gran escritor y amigo mío Ángel María de Lera, q ue luego ratificó en su libro Las ültimas banderas. Me decía que al terminar la guerra civil los miles de detenidos del Frente Popular encerrados en las cárceles, sobre todo en las de Madrid, llegaron a convencerse de un rumor según el cual Franco anunciaría, en la mañana del desfile de la Victoria, la amnistía general por todo lo sucedido durante el conflicto. Ignoro el origen del rumor pero es seguro que se difundió por todas partes. Cuando llegó la fecha del desfile y no ocurrió nada, muchos de aquellos pri sioneros se sumieron en la desesperación. Y creo que Lera acertaba al decirme: Si e n aquel momento Franco concede esa amnistía, nos hubiera ganado para siempre a tod os . Franco consideró seriamente el problema y tomó la decisión contraria, aunque atempe rada por los sucesivos indultos que hemos referido. Y que culminaron en el año 196 9, cuando se cumplían los treinta años del final de la guerra y Franco preparaba la sucesión del Príncipe don Juan Carlos; entonces fue cuando promulgó la absoluta amnistía por todos los delitos cometidos en toda España a consecuencia de la guerra civil. Este, como el escalonamiento de indultos, es un hecho que se suele desconocer e incluso negar. LOS CUATRO PILARES DEL REGIMEN La tenaz y casi siempre infundada propaganda antifranquista, mantenida por lo s trabajos monográficos debidos a historiadores de secta, de partido o de carril, ha n intentado presentarnos una falsísima imagen de la España que empezaba a levantarse desde el día siguiente a la Victoria. Ramón Serrano Suñer, que luego evolucionó a una a ctitud cada vez más crftica con Franco, daba en el primero y más importante de sus l ibros un testimonio que estimo muy fidedigno sobre la conversión de la moral de vi ctoria que ganó la guerra civil en moral de reconstrucción y de trabajo: Dos legados nos dejaba la política roja en la zona ocupada por sus ejércitos: uno, positivo, el entusiasmo, la confianza, el estado de incondicional adhesión del pu eblo liberado de su angustiosa pesadilla, propicio a cualquier operación de ingeni o político como jamás estuvo pueblo alguno. A quien haya contemplado la entrada de l as tropas nacionales en las grandes ciudades españolas no puede caber duda del autén tico significado que tenía para el pueblo la palabra liberación. Tres años de terror, de escasez, de desorden, proporcionaban a la empresa nacional el plebiscito de a dhesión más unánime e incondicional que jamás se haya conocido, y en las manifestaciones de entusiasmo se mezclaban hermanados los antiguos derechistas con los antiguos republicanos. Sólo la parte más organizada de las masas marxistas concretamente los comunistas podía presumirse que quedaban en aquella hora reservados y hosti les con la conciencia de la derrota. En cambio, lo que en aquella zona era pu

eblo español auténtico no se sentía derrotado, sino por el contrario rescatado, libera do de una opresión feroz e insoportable. Así fue ésta es la gran verdad en aquellas inol vidables horas colmadas de posibilidades y esperanzas. Repito, con la objetivida d con que escribo, que ello fue ante todo un legado que nos hiciera la política ro ja. Negativamente fue ella quien hizo esta inmensa obra de proselitismo que la E spaña nacional por sí sola no habría podido hacer jamas. Para articular a la Nueva España, como entonces se la llamaba, Franco contó, ante todo, con su inmenso prestigio de vencedor y con un régimen asentado sobre cuatro pilares: el Gobierno, el Movimiento, la Iglesia y las Fuerzas Armadas. Estos cu atro pilares,junto a esa adhesión universal del pueblo que acaba de explicar Serra no Suñer y confirmaría Ridruejo en su libro hostil Escrito en España en 1962, se mantu vieron desde entonces hasta la muerte de Franco; el primero y el cuarto de forma inconmovible, el segundo y el tercero el Movimiento y la Iglesia en situación cuart eada e incluso crítica, pero todavía en pie hasta que, en cuanto a virtualidad polític a del régimen, se desmoronaron a la muerte de Franco. Pero conviene examinarlos más de cerca. La clave que se cerraba sobre esos cuatro pilares era, naturalmente, el propi o Franco, la persona y la figura del Caudillo. El 1 de abril de 1939 había ganado una guerra civil que él concibió siempre como choque internacional entre lo que repr esentaban las dos Españas enfrentadas. Estaba convencido de su victoria en algo qu e, para resumirlo con dos palabras, había sido una Cruzada anticomunista. Estos do s términos de su convicción eran, sencillamente, verdaderos, aunque en el año 2000 no están de moda. La cruzada lucha para salvar la tradición y la esencia cristiana de Es paña era una realidad avalada por el testimonio de los miles de mártires y reconocida expresamente por la Iglesia de Pío XI y Pío XII, la Iglesia de la Carta Colectiva d e 1937 y de la proyección y respuesta universal a ese documento. El carácter anticom unista estaba igualmente claro; la Unión Soviética había sido el apoyo principal de la zona enemiga y había exigido, a cambio, el control comunista del Ejército popular y del propio gobierno, como reconocieron los propios militares republicanos suble vados contra ese hecho a principios de marzo de 1939 en Madrid y en Cartagena; c omo demuestra de forma inequívoca ese monumento de Historia auténtica que constituye el libro de Burnett Bolloten La guerra civil española, revolución 1 R. Serrano Suñer, Entre Hendaya y Gibraltar, Barcelona, Nauta, 1973, p. 151. y contrarrevolución , inútilmente mordisqueado por los historiadores procomunistas de hoy, como el señor Aróstegui y compañía. Junto con ese carácter fundamental, Franco pre tendía articular a su régimen lejos de la experiencia liberal-parlamentaria de la Re stauración y de la República, que había terminado por despeñarse en el caos del Frente P opular y en el predominio comunista que se había revelado en la actuación del gobier no Negrín, en la defenestración del gran socialista Indalecio Prieto, en la composic ión y estructura comunista del Ejército del Ebro y en la presencia, hasta el final, de un gran equipo de asesores soviéticos en España. Además, como hace notar acertadame nte el profesor Suárez, en el mundo de los años treinta había surgido cada vez con may or fuerza frente al totalitarismo comunista de la URSS y la evidente decadencia de las democracias occidentales, el nuevo totalitarismo anticomunista de Alemani a e Italia, que se extendía en fórmulas más o menos afines por otros países de Europa y de Iberoamérica. Este esquema resultaría vencido y arruinado en la segunda guerra mu ndial y se resquebrajaría desde 1943, pero en 1939 era inevitable que Franco, que jamás fue fascista, tuviese en cuenta a este totalitarismo anticomunista para orie ntarse ante las realidades mundiales, sobre todo cuando Alemania e Italia le había n ayudado de forma decisiva para ganar la guerra civil. Pero la orientación profunda de Franco en 1939 se comprenderá mejor si analizamos seriamente los pilares sobre los que Franco quiso construir su régimen, que ya er a único para toda España. En primer lugar, el Gobierno, representado en el Consejo de Ministros. El Gob ierno nacional se había creado en Burgos a fines de enero de 1938 y había sido utili

zado por Franco para dos fines principales: ganar la guerra y preparar la paz. H abía cumplido perfectamente con esos dos cometidos y ahora, en pleno mes de agosto de 1939 el día 10 Franco designa un Gobierno nuevo, que se distingue, según Serrano S uñer, por su tendencia a la unidad falangista . Creo que esta apreciación no es cierta. En todos sus gobiernos, desde el primero al último, Franco quiso reflejar al conj unto de las tendencias políticas que se habían integrado en su régimen desde el Alzami ento; todos los gobiernos mostraron ese pluralismo de lo que se llamó las familias del Régimen . Junto con estas tendencias políticas plurales figuró en todos los gobierno s de Franco una clara presencia militar. En el gobierno del 10 de agosto de 1939 se renuevan todos los ministros menos dos: Ramón Serrano Suñer, que continúa como min istro de la Gobernación, prensa y propaganda; y 1 Madrid, Alianza ed., 1989. Alfonso Peña Boeuf, ministro de Obras Públicas, competente técnico y reconocido monár quico. Ministro de Asuntos Exteriores fue el coronel Juan Beigbeder Atienza, afr icanista relevante que había desempeñado el Alto Comísariado en Tetuán , siempre muy res petado por la población marroquí; Cultísímo y conocedor de la situación internacional, afe cto solo superficialmente a Falange, atento sólo a los intereses de España, pasó de un a actitud inicial germanófila a la inclinación a favor de los aliados. Franco interp retó novelescamente este cambio, que atribuía a algunas bellas espías capaces de seduc irle por encargo de la embajada británica; pero en todo caso el propio Franco reco noce que la situación económica personal de Beigbeder fue siempre muy precaria . Como los demás ministros militares Beigbeder no era afecto a Serrano Suñer y actuó fielment e a las órdenes de Franco, que siempre quiso controlar las tendencias básicas de la política exterior española. Para este segundo gobierno Franco suprimió la Vicepresidencia, como subrayando que desempeñaría más intensa y directamente la presidencia (lo que sucedió hasta 1973) y desdobló en tres ministerios militares Ejército, Marina y Aire al anterior de Defensa . De Ejército se encargó el general José Enrique Varela, de convicciones monárquicas y t radicionalistas, reforzadas por su matrimonio con doña Casilda Ampuero, de noble f amilia; enemigo máximo de Serrano Suñer y ajeno a Falange, como el nuevo ministro de Marina, el laureado almirante Salvador Moreno, que había sido segundo del almiran te Juan Cervera en el Estado Mayor de la Armada, y que mostraba predilección por u n joven capitán de fragata, Luis Carrero Blanco, jefe de Estado Mayor en la división de cruceros y actualmente jefe de Operaciones en la Armada. Para sorpresa de Ca rrero, Franco le nombró consejero nacional del Movimiento en ese mismo año 1939, com o señalándole para un futuro más alto. El candidato natural para el primer ministerio del Aire parecía ser el general Alfredo Kindelán, jefe del Aire durante la guerra, fie l monárquico de don Alfonso XIII y uno de los grandes creadores de la Aviación español a. Pero Franco no le nombró para el gobierno sino que le destinó a la Capitanía genera l de Baleares, donde el notable estratega de la guerra civil se mostraría muy proc live al bando aliado y entraría en el estado mayor de la conspiración monárquica contr a Franco en años venideros. Ni que decir tiene que siempre fue opuesto a la Falang e y a Serrano Suñer. No así el ministro del Aire, general Yagüe, falangista de hondo s entido social. La tendencia a la unidad falangista de que nos habla Serrano tiene, pues, demasiadas excepciones. Tampoco pertenecía a ella el nuevo ministro de Just icia, Detalles sobre este gobierno de 1939 en mi Franco de 1982, tomo IV, p. 180s. don Esteban Bilbao Eguía, de raigambre carlista y tradicionalista, colaborador de Primo de Rivera y también de Franco en cuanto llegó a la España nacional en virtud de canje desde Bilbao. Como tampoco el ministro de Industria, Alarcón de Lastra, m onárquico que no tenía vinculaciones con Falange; fue jefe de Artillería en la guerra civil, a quien se debe la salvación del puente romano de Mérida por haber desactivad o a tiempo las minas dispuestas por el enemigo, había solucionado eficazmente como gobernador civil los problemas de alimentación del Madrid liberado y además, por su excelente formación técnica a nadie extrañó su nombramiento para Industria, un minister io clave en la tarea de reconstrucción. En el ministerio de Educación nacional cesó el 27 de abril (y no el día 9 como él cree recordar) por acuerdo con Franco dice él desde

el día de su nombramiento en 1938, don Pedro Sainz Rodríguez, personaje singular si los ha habido en la España del siglo XX, había sido un excelente ministro, creador d el estupendo plan 38 para el bachillerato de tendencia humanística y del Instituto de España que englobaba al conjunto de las Academias y fomentó la más alta labor cult ural durante el último año de la guerra. Yo hablé mucho con don Pedro al final de su v ida y nunca me convenció sobre los motivos de su cese, que en mi opinión fueron real mente dos. Primero y más grave, un cierto contacto conspiratorio en Sevilla del qu e Franco tuvo noticia entre el todavía ministro y el general Queipo de Llano; don Pedro era un conspirador congénito y un monárquico convencido como demostró al crear d urante la República el Bloque Nacional del que propuso a José Calvo Sotelo como jefe . Ahora sus conversaciones con Queipo trataban de atraer al general para la caus a de una nueva Restauración, que Franco haría pero con muchas menos prisas. Serrano Suñer, que había recomendado en 1938 el nombramiento de Sainz Rodríguez, ahora se había alejado de él por ese mismo motivo y además el ministro, que era solterón y notorio mu jeriego, fue sorprendido por doña Carmen Polo de Franco en persona cuando al pasar por cierta casa de mala nota vio frente a ella el coche del imprudente ministro de Educación, fácil de reconocer por la escasez de automóviles importantes en el Burg os de la época. Mi amigo el doctor José Artigas me ha transmitido un testimonio segu ro de Vicente Gállego sobre la enorme sorpresa que causó a don Pedro Sainz su destit ución; al principio pensó que era una broma. En fin que don Pedro, por esos dos moti vos más o menos trascendentales, tuvo que cesar antes que el resto del gobierno de 1938. Su sucesor, don José Ibáñez Martín, catedrático de Instituto y miembro de la Asocia ción Católica Nacional de Propagandistas, casado con la condesa de Marín, no era falan gista más que de fachada y demostró su eficacia con la creación del Consejo Superior d e Investigaciones Científicas, una obra de alta investigación y cultura universitari a en la que, como en la Universidad, el nuevo ministro facilitó el avance del Opus Dei, la nueva institución católica de la que pronto hablaremos. Si en la designación ministerial de Yagüe para el Aire (dond e poco pudo hacer por las dificultades económicas para poner al día la fuerza aérea de la guerra civil) el decepcionado fue Kindelán, en el nombramiento de don José Ibáñez Ma rtín para Educación el aspirante frustrado fue un historiador insigne, don Jesús Pabón, amigo de Franco desde los tiempos de la Academia General en Zaragoza y muy efica z jefe de Prensa Extranjera en Burgos durante la guerra, donde reunió una espléndida biblioteca que yo tuve la suerte de poder utilizar desde 1963. Franco apreciaba a Pabón pero no acabó de conectar con él y prefirió a Ibáñez Martín. El ministro de Hacienda José Larraz, era un brillantísimo abogado del Estado, miembro también de los Propagan distas, muy distinguido en la política forestal de la CEDA durante la República y en las actividades de economía y Hacienda dentro de la Junta Técnica del Estado en Bur gos. Nada tenía que ver con Falange ni con Serrano Suñer. Su labor al frente de una Hacienda que partía de bajo cero fue elogiada por todos los que conocen bien la époc a. Se preocupó por ofrecer a la nación las cuentas auténticas de la guerra civil, como hemos visto; organizó con maestría la unificación monetaria de las dos zonas y el des bloqueo de las cuentas secuestradas por el Frente Popular durante la guerra; y r econstruyó de las ruinas un nuevo sistema financiero y fiscal para el conjunto de España. Cuando trató de integrar y controlar el presupuesto de Falange se enfrentó cas i abiertamente con Serrano Suñer. El nuevo ministro de Agricultura y Trabajo, fue Joaquín Benjumea, monárquico sevillano, ingeniero que había demostrado su capacidad en la Dirección General de Regiones Devastadas. No se ve, por tanto, en parte alguna la unidad falangista de que nos habla Serr ano Suñer para este gobierno. Ni siquiera parece clara en los tres ministros sin c artera que ostentaban importantes cargos en el Movimiento. El ministro secretari o general, Agustín Muñoz Grandes, jefe de la harca que desembarcó formando parte de la vanguardia de Alhucemas y luego distinguido en la guerra civil donde llegó a mand ar un cuerpo de Ejército era ante todo un militar de origen modesto y heroica hoja de servicios que creó la Guardia de Asalto durante la República pero fue encarcelad o por el Frente Popular hasta que huyó y pudo pasarse. Su fuerte sentido social le hacía conectar con Falange pero nunca se mostró partidista. Rafael Sánchez Mazas era, por encima de todo, un gran periodista y un más que notable escritor, liberado ca si a punto de ejecución al final de la guerra de España y falangista convencido, por

motivos más estéticos que políticos. Pedro Gamero del Castillo, ministro sin haber cu mplido treinta años, era letrado del Consejo de Estado, miembro moderado de Falange que había intervenido en los intentos de liberar a José Antonio. Gobernad or civil de Sevilla chocó con Queipo y obtuvo una plaza de voluntario en la Marina , donde conocio al capitán de fragata Luis Carrero Blanco, sobre cuyas cualidades llamó la atención a Franco desde que fue nombrado ministro. La reestructuración general del Estado y el Movimiento que culminó el 10 de agost o de 1939 con el nombramiento de este gobierno se había iniciado una semana antes, el 4 de agosto, con la promulgación de los nuevos estatutos del Movimiento, nombr e que Franco iba ya prefiriendo claramente al de Falange, aunque al principio si gnificaban inevitablemente lo mismo. Ya desde los años sesenta Franco nunca decía Fal ange sino Movimiento hasta el final. Cuando en 1973 Pío Cabanillas Gallas, que signif icaba lo más opuesto a un falangista, acudió al palacio del Pardo para presentar a F ranco a su equipo de directores generales, del que yo formaba parte, Franco nos exhortó a trabajar intensamente por el Movimiento lo que provocó algunos cruces de mir adas de extrañeza. Esta lenta transición desde la Falange concreta al Movimiento abs tracto ha sido descrita desde dentro por un testigo fidedigno, don Manuel Valdés L arrañaga . Por esa nueva reglamentación se creaba la Presidencia de la Junta Política de FET y de las JONS, se describen como órganos fundamentales del Partido la Milicia Nac ional y el Consejo Nacional; se establece la delegación nacional de excombatientes y se confirma la posición preeminente del Caudillo como jefe nacional de FET y de las JONS responsable ante Dios y ante la Historia . La Junta Política se concebía como el máximo órgano del Partido y para su presidencia se nombró a Ramón Serrano Suñer, con R afael Sánchez Mazas como vicepresidente. Fue nombrado secretario general de FET el general Agustín Muñoz Grandes y vicesecretario general Pedro Gamero del Castillo; l os dos, junto con el presidente y vicepresidente de la Junta Política, tenían la con dición de ministros del gobierno. El nombramiento de Serrano Suñer para la presidencia de la Junta Política parecía a puntar al establecimiento de una nueva diarquía en el régimen; Franco y su cuñado. Per o nunca fue así. Franco podía delegar sectores de poder, pero no compartir el poder. La Junta Política nunca fue un órgano de poder ni siquiera en la FET. Apenas se reu nió y nunca tomó decisiones importantes. No se debe olvidar que Serrano Suñer, amigo d e José Antonio, era miembro de la CEDA, no de Falange; De la Falange al Movimiento, Madrid, Azor, 1994. no sentía el ideal falangista que José Antonio cifraba en una izquierda nacional. La Milicia nacional, que parecía concebirse como una organización paramilitar de la FET tampoco se organizó como tal. El Consejo nacional nuca fue una cámara con funci ones representativas ni menos legislativas, sino casi exclusivamente un vivero d e altos cargos que se reunía con gran solemnidad prácticamente vacía. El conjunto de l a FET actuó también como una preselección de cargos intermedios (gobernadores civiles, directores generales) pero nunca como un poder paralelo. Precisamente la aspira ción de quienes querían convertir a la FET en un partido fascista consistía en estruct urarla como un poder y una administración paralela a la del Estado; a este esquema correspondían las diversas delegaciones nacionales, casi todas ellas con el nombr e de un ministerio. De funcionar este esquema, la Falange hubiera sido un partid o fascista pleno y el régimen de Franco un régimen fascista. Pero la Falange no func ionó así nunca desde 1939. El poder político y administrativo radicaba en los Minister ios, nunca en las delegaciones nacionales, excepto en dos que carecían de contrapa rtida ministerial; la de Sindicatos, estructurados en sentido vertical (con plan os paralelos de patronos, técnicos y obreros) y la Sección Femenina, dirigida de pri ncipio a fin por Pilar Primo de Rivera. Los Sindicatos del régimen funcionaron al servicio de la producción y de las clases obreras y medias mucho mejor de lo que s uele creerse. La Sección Femenina ha obtenido, fuera de aproximaciones sectarias, un reconocimiento general por su labor asistencial, social, educativa y cultural , que en muchos aspectos puede considerarse de primera magnitud y muy favorable

y beneficiosa para las clases más humildes. En la reorganización de las administraciones central y militar, de fecha 8 de a gosto, se creaba en la Presidencia del Gobierno un organismo de coordinación, el A lto Estado Mayor, para evitar que cada uno de los ministerios militares marchase por su lado sin conexión con los demás. También se restablece la Junta de Defensa nac ional, vigente en la Monarquía y suprimida por la Republica, pero sin presencia de civiles en ella. Con esto hemos descrito ya someramente tres de los pilares del Régimen, es deci r el Gobierno, las Fuerzas Armadas y el Movimiento. Las Fuerzas Armadas estaban profundamente implicadas en el régimen, pero no gobernaban; constituían un pilar ese ncial del régimen pero no interferían en el ejercicio del poder, que competía exclusiv amente a Franco, quien lo ejercía generalmente a través de sus ministros. El régimen d e Franco nunca fue un Directorio militar al estilo de Primo de Rivera, que tampo co había compartido el poder con los generales de ese Directorio como demuestra su condición de ministro universal y único que despacha ba personalmente con el Rey. Dentro de cada Departamento cada ministro de Franco ejercía un poder enorme, sin que Franco se entrometiera generalmente en los detal les de su gestión. Eso sí, las disposiciones con rango de decreto se despachaban con el Caudillo por cada uno de sus ministros El general Casas de la Vega nos ha ofrecido un estudio de suma importancia ac erca de la organización y encuadramiento de las Fuerzas Armadas españolas en 1939, u na vez acabada la guerra civil . El Ejército de la Victoria, que había llegado a conta r, por todos conceptos, con efectivos de 1.200.000 hombres los más altos de toda nu estra Historia se había reducido hasta unos 450.000 a fines de 1939, pero con posib ilidad de aumento inmediato hasta 600.000 si las circunstancias internacionales lo reclamaban. La Marina, una vez reunificada la escuadra nacional y la flota re publicana, había sufrido graves pérdidas durante la guerra civil pero seguía mantenien do una fuerza muy considerable en cruceros y destructores todavía relativamente mo dernos. La Aviación contaba con los numerosos aviones supervivientes de los recibi dos por una y otra zona durante la guerra, entre los que podían utilizarse a pleno rendimiento más de 150 cazas y más de 100 bombarderos que en 1939 eran todavía de alt a calidad, y contaban con un plantel de pilotos realmente extraordinario, como s e demostraría en la actuación de la Escuadrilla Azul en el frente soviético a partir d e 1941. La masa artillera, el municionamiento y los servicios estaban perfectame nte a punto. Medio millón de hombres bajo las armas era fuerza suficiente para la defensa del territorio si durante la guerra mundial inminente España hubiera sido atacada por alguno de los beligerantes y éste sería un argumento disuasorio real que actuó con eficacia comprobada. Poco antes de la reorganización del Estado en agosto de 1939 se restablecieron las Regiones militares tradicionales, dotadas cada un a con un Cuerpo de Ejército a dos o tres divisiones, según los casos. Los regimiento s de Infantería eran 73, los de Caballería catorce más diez grupos, los de Artillería 48 , los de Ingenieros 18. El Ejército de la Victoria poseía una lealtad del Caudillo y una moral de combate sin fisuras, que ni siquiera se agrietó cuando a partir de 1943 surgieron importa ntes diferencias de orden político, ante la evolución de la guerra mundial, entre un sector que ni siquiera fue mayoritario de generales, sin que esas diferencias s e tradujesen en ningún tipo de pronunciamiento y sin que contaminasen al 1 Franco, militar op. cit. p. 526s. conjunto de las Fuerzas Armadas, que se mantuvieron unidas firmemente mientra s Franco vivió y durante los primeros años de la transición posteriores a 1975. El gen eral Casas de la Vega remata su estudio orgánico sobre las Fuerzas Arma-das de 193 9 mediante un esquema táctico de su despliegue con vistas a una defensa del territ orio ante ataques exteriores posibles durante la guerra mundial. LA GRAN SORPRESA. EL PACTO GERMANO-SO VIETICO

Seguramente el pacto entre la URSS de Stalin y la Alemania de Hitler en agost o de 1939 ha sido la gran sorpresa del siglo XX; hasta momentos antes no había, ap arentemente, posiciones más antagónicas que las del comunismo y el nazismo. Hoy sabe mos que a partir de la conferencia de Munich en el otoño de 1938 Stalin generó una i rreversible desconfianza en la capacidad de las democracias occidentales para fr enar a Hitler y a partir de entonces inició una cautelosa aproximación a Hitler con el supremo y maquiavélico fin de enfrentar unas con otras a las naciones de Occide nte, las totalitarias y las democráticas, a beneficio final del expansionismo revo lucionario de la URSS. El 19 de agosto de 1939 se firmó el acuerdo comercial de la URSS con Alemania y no con la nutrida delegación británica que lo estaba negociando . Pero solo es el prólogo. El ministro de Exteriores alemán von Ribbentrop sella en Moscú el 23 de agosto el pacto de no agresión entre el III Reich y la Unión Soviética, c on un protocolo secreto en que las dos potencias establecían sus zonas de influenc ia en el Báltico, Polonia y el centro-este de Europa. En ese momento Stalin brinda cínicamente por Hitler ante el ministro alemán. Al día siguiente el diario oficioso A rriba, al que he seguido día tras día entre 1939 y 1975, porque es una fuente impres cindible, titulaba, en nombre de Franco y de toda España: La sorpresa, la tremenda sorpresa . Sin embargo la primera reacción oficial española, que naturalmente revela u n fondo de absoluta disconformidad, se retrasa hasta el 29 de agosto; el nuevo c onvenio es meramente táctico y para nada se refiere a lo ideológico. Franco no se ha bía fiado nunca totalmente de Hitler pero a partir de este momento su desconfianza se hizo decisiva. El embajador Dossinague, en un libro admirable, sugiere que e l pacto fue el empujón que daba Stalin a Hitler para que se precipitara en el comba te del que Europa tendría que salir destruida . El almirante Carrero denominó en 1964 a l acuerdo Hitler-Stalin pacto con el diablo y Franco estaba convencido de que J.M. Doussinague, España tenía razón, Madrid, Espasa-Calpe, 1949 p. 22. se trataba de una trampa soviética. Serrano Suñer coincide en los símiles diabólicos y casi todas las mentes más lúcidas de España lo comprendieron así porque en España se sabía por dramática experiencia lo que era el comunismo soviético. La noticia cayó especial mente como una bomba entre los vencidos de la guerra española; en las cárceles, los presos comunistas fueron acorralados y hostigados por los que durante la guerra civil habían sido anticomunistas, como muchos socialistas, anarquistas y republica nos que recordaban el comportamiento de los comunistas en marzo de 1939 y en tod a la guerra. EL TERCER PILAR Por orden de enumeración la Iglesia católica fue el tercer pilar del régimen de Fra nco desde antes de la llegada de Franco a la jefatura del Estado el 1 de octubre de 1936 hasta la agonía política de Franco después de 1969, una agonía que precedió a su agonía física de 1974/1975. En efecto, más de una vez me he mostrado convencido de que fue la Iglesia postconciliar la que en sus diversos sectores regionales y Confer encia Episcopal planteó antes que nadie la auténtica transición desde el régimen de Franc o a la democracia, como en su momento comprobaremos. Pero en 1936 no sucedía así, ni muchísimo menos. La Iglesia, junto a las Fuerzas Ar madas era, por orden de importancia, el primer pilar del Régimen. No debe olvidars e que la CEDA, el partido católico de Gil Robles, había podido ser designada por el propio Gil Robles como el pueblo del Movimiento ; que prácticamente todas las víctimas de la represión enemiga eran católicos, la décima parte eclesiásticos y seguramente la mitad de todas esas víctimas merecen el calificativo de mártires (sin las alevosas e intolerables comillas con que suele enmarcarles el diario El País) porque muriero n precisamente por su condición de católicos. Cuando Franco entregaba al cardenal pr imado la espada de la Victoria tras el desfile de la Victoria en mayo de 1939 no hacía más que ratificar un pacto histórico sellado con sangre martirial a partir del mismo día 18 de julio de 1936. Debería ser de lectura obligatoria para todos los esp añoles deseosos de cultivar una memoria histórica auténtica la lectura del importantísim o trabajo que monseñor José Guerra Campos insertó en el Boletín Oficial de su diócesis de

Cuenca porque carecía de otro medio de expresión de mayor alcance titulado La Iglesia y Francisco Franco. Voy a intentar lo posible, ante esta evocación, para conseguir que ésta y otras obras históricas fundamentales del que fue desde el Concilio Vatic ano II el primer obispo-secretario de la Conferencia Episcopal española obtengan la difusión históri ca que merecen para el gran público y el servicio de la propia Historia. Ya hemos visto cómo las declaraciones y bendiciones pontificias (Pío XI y Pío XII) o episcopales, sobre todo la Carta Colectiva de 1 de julio de 1937, habían marcado con absoluta claridad la identificación de la Iglesia sometida en la zona roja a l a persecución más implacable desde los tiempos de Cristo al siglo XX con la causa nac ional. La razón fundamental es que el Alzamiento nacional y Franco, que lo encabezó desde el 1 de octubre de 1936, habían salvado a la Iglesia de España de la completa aniquilación a la que la había condenado la zona enemiga. Todavía Pablo VI un Papa que pasa, no sin razón, por antifranquista, aunque había organizado en abril de 1939 por orden de Pío XII el Tedeum de la Victoria reconocía en los años sesenta, al despedir a l embajador Antonio Garrigues, que Franco había salvado a la Iglesia con la Cruzada . Pero no debe creerse que las relaciones entre la España de Franco y la Iglesia de Roma, es decir la Santa Sede, discurrieron sólo por un camino de rosas desde el r econocimiento de la España nacional por el Vaticano en 1938. El profesor Luis Suárez ha estudiado con todo detenimiento esas relaciones, con utilización de los docume ntos del archivo de Franco y de las importantes, aunque algo sesgadas investigac iones del doctor Antonio Marquina Barrio. Voy a seguirle en los párrafos próximos.. Una de las razones fundamentales por las que el régimen de Franco no fue un régim en fascista, como sugirió una desorientada comisión de las Cortes democráticas españolas nada menos que ayer, en 1999, es que con motivo de la firme oposición de la Igles ia a ciertas sugerencias fascistas desde 1937 a 1939 F