Descubriendo a Shane - Mariela Villegas R

“DescubrienDo a shane” Mariela Villegas R. This is a work of fiction. Similarities to real people, places, or events are

Views 1 Downloads 0 File size 657KB

Report DMCA / Copyright

DOWNLOAD FILE

Recommend stories

Citation preview

“DescubrienDo a shane” Mariela Villegas R. This is a work of fiction. Similarities to real people, places, or events are entirely coincidental. "DESCUBRIENDO A SHANE" First edition. February 12, 2016. Copyright © 2016 Mariela Villegas R.. ISBN: 978-1523721474 Written by Mariela Villegas R.

Tabla de Contenidos Página de Titulo

Copyright Page

Agradecimientos Índice:

Prefacio “Silvana” “Leda” “Inconforme” “Fiesta” “El Hogar de Shane” “Un Día Después” “Descubriendo a Shane” Sign up for Mariela Villegas R.'s Mailing List

About the Author Agradecimientos Esta obra nunca hubiera sido posible sin la lucha incansable de las personas de la comunidad Lésbica, Gay, Bisexual y Transexual (LGBT) alrededor del mundo. Ustedes son, en sí, una grandiosa inspiración y admiro el respeto y el amor con que se dan a conocer, la valentía con que muestran sus sentimientos y sus maravillosas personas al mundo, y la ardentía con que surgen de las dolorosas adversidades para ser lo que somos, juntos, seres HUMANOS, sin importar la raza, las preferencias sexuales o el género. Esta va para ustedes.

Con mucho cariño y en especial para mis valientes mujeres de la comunidad lésbica. Las amo, chicas. Dios las bendiga siempre con amor, abundancia, luz y vida.

Dedicada

mi

valiente

amiga Estefanía, mi Stefi. Muñeca linda, no importa lo que digas, para mí siempre serás una tremenda guerrera, porque se requiere un profundo valor para reconocernos a nosotros mismos como somos y amarnos como tales. Te admiro y te adoro, mi preciosa.

Mariela Villegas R Índice: Capítulo 1. “Silvana” Capítulo 2: “Leda” Capítulo 3: “Inconforme” Capítulo 4: “Fiesta” Capítulo 5: “El Hogar de Shane” Capítulo 6: “Un Día Después” Capítulo 7: “Descubriendo a Shane” Prefacio Algunas historias de amor vienen pintadas de colores pastel. Muchas otras, de verde vida o azul tormenta. Otras más, se tiñen de rojo pasión. Esta es la historia de dos mujeres que se unieron para experimentar el multicolor. Dos jovencitas que aprendieron a cuestionar las reglas de la sociedad que las tachaba de “erróneas”. Dos amigas, dos amantes, dos corazones que fueron hechos para latir al unísono. “Silvana” Silvana estaba sentada en la cafetería de la universidad.

Tenía la cabeza metida en uno de los dos libros que debía leer para su siguiente examen de literatura. Lamentablemente, ninguno de ellos le gustaba: “El Periquillo Sarniento” de José J. Fernández de Lizardi y “El Llano en Llamas” de Juan Rulfo. Los estudiantes pasaban junto a ella y la miraban como si fuera bicho raro. “¿Qué tiene de malo estudiar en la cafetería?” Se preguntó. Todos lo hacían, pero ella sabía muy en el fondo que no la observaban por eso, sino por la situación embarazosa en la que fue descubierta en la última fiesta del campus. Era el nuevo secreto a voces de la universidad y los estudiantes traían un chip de periodistas integrado al cerebro que daba rienda suelta a sus impulsivas ganas de llegar a la verdad, o sea que, como nadie tenía vida, no buscaban más que joder la vida de otros. “Silvana se estaba besando con Andrea en uno de los baños de la discoteca”, susurraban. Ella no comprendía por qué tanto alboroto. No mentían. En realidad se había besado con Andrea y le había gustado. Sin embargo, todo era parte de un experimento. No soy lesbiana —se repetía una y otra vez hasta que le dolía la cabeza—. ¡Tengo novio, por todos los cielos! Y él está feliz con la situación. Por supuesto que estaba feliz. Él había estado de acuerdo. Aquella noche, Andrea se había acercado a la chica más de lo necesario mientras bailaban. Sin vacilar mucho, le había pedido el beso y Silvana, al no saber qué hacer, lo consultó con Federico, su pareja. Él respondió que sería una experiencia interesante si es que la deseaba llevar a cabo. “No tengo problema alguno con verlas dándose cariño por un rato” —bromeó—. Silvana estaba un tanto fuera de sus cabales. Había bebido demasiado tequila y luego de mucha o poca meditación, como desee verse, accedió y la bomba estalló. Silvana siempre se sintió algo extraña en su propia piel. Nada parecía funcionar como debía en su vida monótona. Desde muy pequeña amó los deportes rudos. Jugaba futbol americano en la liga femenil de la universidad y era la mejor quarterback gracias a su agilidad y fuerza bien contenidas en un cuerpo relativamente menudo. Era muy femenina en sus gestos y en su tono de voz, pero cuando estaba en el campo, se

transformaba en una leona. Ahí se sentía liberada de la esclavitud que suponía tener que aparentar ser una “niña buena” para su madre, quien era su único y más grande soporte. Su padre había muerto cuando Silvana tenía tres años, así que apenas le conoció, pero nunca pareció hacerle falta. Se veía acosada por las etiquetas, aunque no existía persona, se atrevía a asegurar, que no estuviera en la misma situación. Los seres humanos precisaban un nombre para todo. Siendo parte del equipo del juego más enérgico del campus, la cuestión de su sexualidad siempre le revoloteaba por la cabeza, pese a que se las arreglaba para darle vuelta al asunto. La mayoría de sus compañeras de equipo eran lesbianas o bisexuales. A ella le importaba un carajo si se acostaban con monos voladores, vampiros o elfos. Las quería y cuidaba como buena amiga que era, pero sobre todo, respetaba sus vidas y ellas le correspondían. Cierto que algunas veces los jugueteos en los vestidores se podían poner un tanto resbaladizos. Había tocado el cuerpo de una que otra compañera, con el debido consentimiento. La anatomía de la mujer le parecía muy suave al contacto, tan tersa como un pañuelo de seda que cruza por las yemas de los dedos, acariciándolas. No era como la anatomía de un hombre, áspera y más musculosa. Una mujer representaba, según su criterio, lo más perfecto de la creación: la capacidad de dar vida con su vida, la representación del amor franco y real, el más real. Simbolizaba la fidelidad y la sinceridad. También la caridad y la pureza. Simplemente amaba a la mujer en todas sus facetas. ¿Qué tenía eso de malo? Nada en absoluto. No significaba que su orientación sexual se encontrara en el rumbo equivocado. La noche en que besó a Andrea había comprobado que efectivamente no se sentía atraída de “esa forma” hacia las chicas. Le agradó mucho el sabor a vainilla de sus labios, lo caliente de su húmeda y fina lengua entrelazada con la suya, pero no le produjo sentimiento alguno de placer certero. Ella conocía lo que era el placer porque lo había experimentado con Federico cuando recién empezaban su relación. Con él había perdido la virginidad y le amaba a su manera. ¿Por qué a su manera? Porque, según la mentalidad de Silvana, cada cabeza representaba a un mundo, por lo que cada uno de esos mundos debía tener una forma distinta de amar. Tal vez ella no explotaba en ternura y muestras de afecto al estar con él, pero estaba claro que le adoraba y que su anatomía le fascinaba. No obstante, ¿qué tanto debía

amarle después de todo? Si los dos eran felices viviendo esa existencia, los demás podían irse al diablo. Continuaría su camino junto a él por tanto tiempo como ambos quisieran. Negó con la cabeza cuando dos chicas pasaron junto a ella y comenzaron a mofarse de manera sonora de su affaire interdit (su amorío prohibido). —¡Púdranse, putas! —chilló. Había tenido suficiente. Se puso de pie juntando todo lo que traía, y se dirigió a la biblioteca. Entró y se topó de frente con Andrea, tirándole todos los libros que venía cargando. El corazón se le aceleró y no supo qué hacer por el momento. Ya habían transcurrido dos semanas desde el incidente y no se dirigían la palabra. Silvana se sentía muy mal por ello. Andrea solía ser una de sus mejores amigas. —¿Estás bien? —indagó levantando uno de sus libros y entregándoselo. Andrea se lo arrebató de las manos y frunció el ceño. No respondió. Pasó a su lado, empujándola. Silvana se enfureció y la detuvo del brazo—. ¡Hey! —exclamó—. No he hecho algo para que me trates de forma tan ruda. Tú fuiste la que me pidió el beso en primera instancia —reclamó. Estaba harta de parecer ella la causante de todo. —Tienes razón. Yo provoqué esto. —Le echó una mirada de muerte y se alejó, dejando a Silvana con más preguntas que respuestas. Comprendía que debía molestarle mucho el chismerío que se desataba en el campus, pero no había necesidad de tanto dramatismo. ¡Mujeres!, se dijo. De ser lesbiana, probablemente terminaría por morir muy joven. Si la mayoría de las veces no puedo tratar con Federico y los demás chicos, estar con una pareja del mismo sexo, con las mismas complicaciones que yo, debe ser cien mil veces peor. No estoy para culebrones. Mientras más le prestara atención a las estupideces de los demás, más les daría la razón y el poder de amedrentarla. Respiró profundo y decidió jamás volver a dirigirle la palabra a su antigua amiga. Alguien que te trata como basura no merece la pena.

Un poco más tarde se encontró con Federico en el aula. Le abrazó y suspiró aliviada. —Hola, hermosa —saludó Fede con ternura. La trataba como una muñeca de porcelana. A Silvana no le era particularmente agradable que la sobreprotegiera. Deseaba sentirse libre, pero con Federico resultaba imposible. Era el típico macho cuidador y proveedor. Muy caballeroso, aunque manipulador. Y sin embargo, su forma de manipular era tan encantadora que Silvana caía en sus redes como pluma entre las manos de un ángel. —Hola —respondió escondiendo la cabeza entre su amplio tórax. Federico era alto, de cabello castaño claro y bien parecido. Las personas decían que eran la pareja perfecta, puesto que Silvana era delgada y de estatura mediana. Los chicos la apodaban “la pequeña modelo”. Su talle era largo y tenía las caderas afiladas. Sus piernas estaban en perfecta proporción al resto de su anatomía, largas, con unas pantorrillas bien definidas. No tenía mucho busto, aunque el poco que tenía, resaltaba por debajo de su cuello frondoso. Cabello castaño muy claro, largo hasta debajo de los hombros y ondulado; ojos grandes en tonos meliáceos y pestañas abundantes. No le gustaba maquillarse porque lo consideraba una pérdida de tiempo. Solo lo hacía en ocasiones especiales. Siempre vestía como una pequeña princesa: vestidos entallados, jeans aún más entallados, blusas provocativas y a la moda y faldas cortas. Cuando usaba vaqueros, estos le caían por las compactas caderas y dejaban al descubierto el nacimiento de su vientre blanco y plano. Traía babeando a muchos y muchas. Por supuesto que había recibido varias ofertas de acostones furtivos con personas de ambos bandos, pero las rechazaba tan gentil como un artillero de guerra rechazaba a una bala. La fidelidad era un tema de suma importancia para ella. Nunca traicionaría a Federico de semejante forma. —Por lo visto, continúa todo el desastre, ¿no? — interpeló Federico, pasándole el brazo por la espalda, jalando la silla para que se sentara. —Todos son unos idiotas —musitó enfurecida—. Patéticas caricaturas de seres humanos.

—Siento mucho haberte ocasionado un problema como este, amor. —Se disculpó el chico. —Querías probar un punto y lo hiciste. —Silvana se encogió de hombros, restándole importancia al asunto, a pesar de que en realidad le turbaba. —No es que creyera que fueras gay. Pensé que te gustaría conocer la experiencia. —Fede frunció los labios en son de arrepentimiento. Sus ojos brillaron como los de un borrego a medio morir. Silvana se carcajeó y le dio un manotazo en la cabeza para que dejara de actuar como tonto. —A veces logras exasperarme hasta un punto extremo. Sin duda alguna disfrutaste del show. —Le sacó la lengua y se preparó para tomar la clase. Escritura Creativa, su materia predilecta. —Pronto se les olvidará, ya verás, y aunque no se les olvide, siempre estaré a tu lado para recordarles a quién le pertenecen estos deliciosos labios rosados y carnosos. — Fede la besó con suavidad, atrapando su labio inferior entre los dientes. Silvana soltó un suspiro en la boca de su novio, jadeando con suavidad—. Además, nadie se atreverá a retar al nuevo capitán del equipo estatal de la liga. —Levantó una ceja, pícaro. —¡Dios! ¿Por qué no me lo habías dicho, niño bobo? — Silvana le pegó con el puño en el hombro. —¡Auch! —Se quejó el chico, sonriendo—. Eres flaquita pero muy potente. Silvana le guiñó el ojo. —Has experimentado mi potencia por bastante tiempo. —Le regaló un beso rápido. —Entonces, hay dos cosas que celebrar esta noche: nuestro segundo aniversario y mi nombramiento como capitán. Quisiera llevarte a cenar — requirió. Ella había olvidado por completo su aniversario. ¿Qué clase de novia era? ¡Cielos! ¿Qué le regalaría? Tal vez una camisa sería suficiente. ¡Vamos, tienes que pensar en algo mejor que eso!, se regañó a sí misma. ¡Un

reloj! ¡Eso es! El reloj Armani que le gustó en aquella tienda departamental, sonrió y se dio una palmadita imaginaria en la espalda por pensar tan rápido y de forma tan conveniente. Se había salvado de una velada de reproches. Muy por dentro, festejaba más el hecho de que Federico se convirtiera en capitán de la liga que su aniversario. Adoraba verle con el jersey de número 53 puesto, las hombreras grandes y pesadas, y los pantalones ajustados al trasero. Compartían la misma pasión por el futbol americano y esa era una de las razones más poderosas que los unían. —Claro, no hay problema. Llamaré a Bertha para avisarle que faltaré al entrenamiento. —Un pensamiento le llegó a la mente de repente—. ¡Mierda! —Escupió para luego morderse el labio. —¿Qué pasa? —Esta noche es el primer juego de la temporada de los Raiders de Oakland. No quería perdérmelo —hizo un mohín. —¿Prefieres un partido que a tu novio en nuestro aniversario? —En realidad sí lo prefería, pero se aguantaría las ganas. Cuando llegara a casa vería la repetición. La cena no podía llevarles mucho tiempo. —No, amor. Claro que no. Iremos a donde gustes. —Le acarició la mejilla y le dio un beso casto en la frente. La maestra entró y todos guardaron silencio. El mejor amigo de Silvana, Johnny —que en realidad era Juan, pero quien le llamara por su nombre real sufriría de toda la fuerza de su enojo, que era brutal—, entró rápido al aula y corrió hasta su asiento junto a la pareja, estrellando la silla de metal contra la pared. —¡Upsi! —susurró. La maestra, nada complacida, le echó una mirada de pocos amigos. —Señor Pietro, le ruego que intente asistir puntualmente a mis clases. De otro modo, me veré forzada a sacarle con todo y silla —gruñó la mujer. La profesora Dione Master era sumamente estricta y se decía que tenía una ética incorruptible. No era demasiado mayor de edad. Tendría unos cuarenta y tantos años —que no aparentaba—, y era muy hermosa, aunque todo el tiempo

estaba seria. Una sonrisa de vez en cuando haría la diferencia entre el odio que todos sus estudiantes sentían por ella y el verdadero aprecio por sus lecciones, que eran de lo mejor. Silvana obviaba la conducta prepotente de la profesora Master y se limitaba a hacer sus deberes con suma dedicación. A mitad de la lección, apareciendo de la nada como un rayo que desciende del cielo antes de una gran tormenta, una chica desconocida entró por la puerta y se dirigió hacia el escritorio de la profesora. El estruendoso ruido de su colérica irrupción provocó que todos levantaran los ojos para mirarla. Llevaba varias hojas mecanografiadas en la mano y las asentó —o mejor dicho, las estrelló— con grosería en el escritorio de Master, dejándonos perplejos. —¿44 puntos por tres semanas de trabajo en mi antología de relatos? ¡No es viable, licenciada Master! — bramó la divina chica que lucía como una moderna y sublime versión de Joan Jett; toda una estrella centelleante de rock —ni tan gótica ni tan extravagante: una perfecta y balanceada mitad de cada una—. Silvana tenía la boca abierta. La profesora haría pedazos a esta jovencita en un dos por tres... y se vio deseando que no ocurriera. Una sensación de nudo se ató justo a la mitad de su garganta. Sus pupilas se dilataron y sintió calor. Un calor sofocante que no podía describirse. Pareciera que observaba a la misma diosa venus en medio de aguas turbulentas. Las palmas comenzaron a sudarle y se asustó. Jamás le había ocurrido algo así al mirar a otro ser humano. Ni siquiera a los modelos de revistas o actores de películas afamadas. Esta “cosa” era distinta y no podría evitar dejarse arrastrar por ella. ♡ “Leda” —Señorita Franco, hablaremos de esto hoy por la tarde, dentro de su horario de clase. La profesora Master tomó las hojas y se las devolvió, pero la chica las volvió a estampar en el escritorio sin pena alguna de estar siendo devorada por sus azorados espectadores.

—¡No es viable, licenciada Master! —repitió. ¡Oh, no! Silvana echó un vistazo al derredor y vio que sus compañeros tenían la boca abierta, con excepción de Johnny, quien disfrutaba con demasiado regocijo del espectáculo, carcajeándose en silencio. —He dicho que lo discutiré con usted esta tarde — reafirmó la profesora con un gesto inescrutable, ignorando el exabrupto de la jovencita. —¡Eres una hija de puta! —masculló tomando sus papeles y arrojándolos a la basura. Justo antes de dejar el salón de los corazones acelerados, la joven dirigió una mirada glacial a la profesora—. Ahora te cuesta trabajo tutearme, ¿no? Cuando apenas hace dos días me llamabas tu Leda... —esbozó una sonrisa macabra y haló la puerta hacia su persona, convirtiéndola en una con el marco que la sostenía. Nadie supo qué hacer después. Silvana se preguntó, ¿qué demonios había sido todo eso? Los estudiantes esperaban que la maestra se pusiera de pie y corriera detrás de la joven para lanzarle dos o tres bofetadas por su tremenda insolencia, pero no hizo absolutamente nada. Su rostro continuaba inamovible, aunque sus ojos se tiñeron de furia reprimida. Silvana respiró profundo y esperó. ¿Quién era esa chica cuya mera presencia la había atraído de semejante forma? El corazón se le desbocó e intentó mantenerlo en su pecho posando una palma sobre él. En primera, su nombre era Leda. “Precioso”, pensó Silvana como si aquel mote fuera un susurro venido directo del cielo. “Leda, Leda, Leda”. —Lo repitió en su mente una y otra vez, dándole vueltas, recorriéndolo como el agua recorría sus senos blancos y firmes al bañarla—. Leda era la representación de todo lo bello y sensual. Sí, sensual era la palabra correcta para describirla. Solo la admiró por unos segundos y su rostro alargado ya se había grabado en su memoria como los diez mandamientos en la piedra. Debo conocerla, se dijo sin poder frenar el pensamiento. Es preciso que la conozca, o no volveré a estar en paz. Leda estaba que echaba humo por la boca cual dragón enardecido. Pasó junto a varios estudiantes, golpeándoles en el camino o empujándoles. Para ella eran estorbos que chocaban contra su ira desenfrenada, nada más.

Cualquiera que se le atravesara, sufriría las consecuencias. —¡Muévanse, idiotas! —gritó. No había dormido nada bien la noche anterior debido a los berridos de sus amigos que se la pasaron cantando en karaoke a deshoras, en la que consideraba ahora su casa, y enfrentarse a la fiera de fieras en su propio territorio no era nada agradable. No lo creía. —Debí haberle dicho hasta de qué se moriría. ¡Debí haberla hecho correr! Maldita zorra. Mira que cogerme cinco días seguidos y luego botarme vilmente para darme 44 mierdas puntos de calificación. ¡Craso error! —mascullaba con amargura para sí misma. Deseaba haberle contado al director todo lo que sucedió entre ellas. Le hubiese encantado que la echaran a la calle por ser tan puta y maliciosa. Si tan solo la conocieran. Si supieran acerca de sus jueguitos salvajes en cama y en lugares públicos, no la tratarían como una eminencia. Sádica, eso es lo que era. Una manipuladora y una arpía. La detestaba con fervor, pero no destruiría sus ganas de ser escritora profesional. Para eso había entrado a esta universidad y una vez que algo se le metía a la cabeza, era inútil sacárselo. Leda era testaruda, fuerte y aferrada. No dejaba ir las pequeñas o grandes cosas. Siempre fue de mente abierta y no temía experimentar, esa era la razón por la cual la propuesta de Dione Master no la tomó por sorpresa. Más bien se la esperaba, como también siempre esperaba que cualquier persona que conociera le propusiera ir a la cama. Las excepciones eran demasiado contadas. Ella tenía un efecto en la gente que le parecía incomprensible. Las atraía sin remedio, como una droga. Creían que su vivacidad y espontaneidad les salvaría del eterno aburrimiento en el que estaban sumergidos, aunque ella solo era una chica como cualquier otra, buscando un poco de paz y estabilidad mental y emocional. Su mundo se había descompuesto a corta edad. Su padre era alcohólico y su madre la golpeaba, por lo que decidió salirse de casa a los catorce años y ofrecer favores sexuales a cambio de un poco de dinero. No era una prostituta, porque no se vendía. Jamás podría venderse. Lo que tocaban aquellas personas era su cuerpo, nunca su alma o su mente, que

estaban intactas, según ella. Había tenido varios novios a lo largo de su vida y todos la trataron como basura. Tampoco le importaba. Era fuerte como para soportar cualquier embate y, además, ninguno de ellos significó algo en realidad. Ella no trataba lo serio como tal. El compromiso era un grillete que no estaba dispuesta a ponerse. Ahora vivía en casa de uno de sus mejores amigos —el único hombre que jamás le pidió algo a cambio de estar con él— Louis Dante. El problema era que casi todas las noches había fiestas alocadas con sustancias ilegales y muchísimo alcohol, a pesar de que Louis rara vez se intoxicara. Le era difícil descansar, estudiar o pensar ahí, pero podría ser peor, por lo que aguantaba estoicamente los aullidos de los chicos y chicas, insulsos e insulsas, que parrandeaban hasta perderse. Si no puedes con el enemigo, únete a él, así que terminaba por unirse, sobre todo cuando deseaba fumar un buen porro de “ganja” para escribir con más efectividad e imaginación. No obstante, muy en lo personal, lo suyo era el confort de las cuatro paredes de su diminuta habitación decorada con pinturas que ella misma hacía, discos de vinil y posters de bandas que adoraba. En la pared que daba al frente de su catre, había escrito con pintura negra y letras cursivas uno de sus poemas: “Si de amor se trata, amar al ser no es capturar. Por amor se piensa, se vive y se siente sin pretender atrapar. Cuando de amor se trata, nadie se debería enamorar, porque la pena se cierne sobre aquél cuya alma se toma, si el que ama desea con su naturaleza terminar”. Todo aquello denotaba una sola cosa: ella no sería prisionera de nadie, y aquél o aquella que intentara capturar su alma, seguro terminaría perdiendo la suya. No podía evitarlo. Estar encerrada en una relación no era su meta. Escapaba irremediablemente, aunque sintiera algún tipo de afecto por quien abandonaba. Llegó hasta la casa y llamó a Louis. Nadie respondió. De seguro estaba dormido todavía después de la noche anterior. En cierta forma, sintió alivio. Se encerró en su cuarto y encendió la grabadora con reproductor de CD’s que era su única fuente de entretenimiento además de la computadora portátil, colocando un sencillo de Nikki Reed llamado “Fly With You”. Comenzó a elevarse en el aire tan sensualmente que todo lo demás desapareció. No

contaba con ningún lujo y era feliz así, porque nada la ataba, ni siquiera la tecnología. No más yugos impuestos, no más idioteces que soportar, pensaba. Era solo ella, la del rostro desdibujado en insensibilidad, pero que sentía todo como cientos de estocadas afiladas y punzantes agitadas en sus arterias. Una lágrima quiso escaparse de sus pupilas y se reprendió, secándosela antes de que pudiera abandonarle. —Nada de llantos estúpidos, Leda —dijo—. No fue para tanto y eres más fuerte que eso. Ante los demás, siempre se ponía una máscara de rebeldía y energía desbordada. Era impredecible. Se podía esperar todo de ella menos lo que se consideraba “normal”. Jugaba a ganar cuando sabía que estaba perdiendo. Se lanzaba a aventuras con extraños y acababa en sitios de lo más insólitos. Jamás confió en alguien más que no fuera ella misma o Louis. Para ganar su corazón, se requería una mente sagaz o demasiado inocente. Detestaba la tibieza y la cobardía, aunque se consideraba cobarde. Nunca amó a nadie... no sabía cómo amar. Era la más inalcanzable y brillante estrella del oscuro firmamento, y la tentación más tremenda del pecado en la tierra porque incitaba a él con una mirada. Si existía un deseo incumplido en el alma de alguien, ella tenía la habilidad de descubrirlo y tomarlo como suyo para cumplirlo, pero una vez hecho esto, ella misma robaba la magia para destrozar a quien fuera que lo hubiese pedido. Era parte de sus maneras. Era lo que era. La puerta sonó y la voz de Louis se dejó escuchar: —Shane, ¿estás aquí? — preguntó. —Entra, amor. —Louis ingresó y se percató de que la chica se incorporaba para dirigirse al clóset y cambiarse la ropa que llevaba. Sin más ni más, se levantó la blusa frente a su nervioso amigo. No usaba sostén. Luis estaba acostumbrado a ver los senos de Leda, pero debía admitir que cada vez que tenía la posibilidad de vislumbrarlos, le venía a la mente la imagen de la primera vez que había tenido sexo: la inocencia del momento, el temblor, los suspiros, el deseo arrebatador, porque en definitiva, la había deseado en más de una ocasión, aunque jamás actuaría al respecto. Ella merecía su respeto y la

amaba por ello. Leda le dio la cara y levantó una ceja. —Deja de hacer eso —regañó. —¿Hacer qué? —interpeló despreocupado, desviando la vista. —Lo sabes muy bien. Mirarme como imbécil cada que me quito la blusa delante de ti —sonrió y le lanzó la prenda. Louis la sintió todavía caliente entre sus palmas y contuvo un suspiro que le causó gracia. —¿Las pones en mi cara y quieres que las desprecie? No. Esa sería una auténtica grosería. —Ambos rieron y Leda terminó de vestirse. Se ciñó unos jeans bastante desgastados por encima de las braguitas de encaje morado, y una blusa blanca —que era en realidad una camiseta de hombre recortada y estilizada con alfileres—, dejando al descubierto sus hombros. Ahí donde se transparentaban sus pezones rosáceos, había una figura de unos labios rojos, unas letras negras que decían Bite Me (muérdeme), y una mano mostrando una seña no grata. —¿A dónde me llevarás tan temprano? —cuestionó Louis—. Porque imagino que querrás salir a alguna parte. —Chúpate el dedo, levántalo al aire y siente hacia dónde vuela el viento. Ahí es donde iremos. —Tomó su bolsa tejida con los colores de la bandera africana y guardó su humilde monedero que contenía lo suficiente para divertirse. Pasó junto a su amigo, regalándole un beso en los labios—. Pero primero debes ponerte algo distinto. — Le miró de arriba abajo, deteniendo las pupilas en sus calzoncillos multicolores—. No entiendo cómo puedes lograr que una chica se acueste contigo después de ver “esos”. —Se olvidan de ellos cuando les muestro lo que hay guardado debajo. — Guiñó un ojo. —Algunas veces logras causarme arcadas, lo juro. — Leda hizo gestos exagerados y Louis la besó en la frente. Se apresuró a su habitación para encaramarse en unos vaqueros, colocarse una

camiseta negra y unos zapatos flexi decolorados que adoraba, y salió para encontrarse con Leda sentada en el mueble, jugando con el cachorro que se había encontrado en la calle y adoptado como suyo, a pesar de que jamás le hacía caso, más que cuando se sentía aburrida o muy contrariada, como en aquellos instantes. —¿Lista para una nueva conquista, Shane? —Preguntó juguetón su amigo. La había bautizado como Shane — “Shein”, pronunciado en inglés— gracias a su increíble parecido con la actriz Katherine Moening que interpretaba el rol de Shane McCutcheon en la serie “The L Word”, La Palabra L, y debido a otros detalles en los que no profundizaba a menudo porque le resultaban poco considerados. Sin embargo, Leda era más voluminosa y sexi que aquella actriz, y tal vez, incluso más hermosa con esos ojos transparentes que hipnotizaban. —Siempre —respondió la joven, parándose con descuido y tirando a Anarchy al piso, quien emitió unos cuantos ladridos, muy ofendido ante el gesto torpe de su ama que cruzó el umbral sin preocuparse demás, en búsqueda de cualquier cosa que pudiera llenar el vacío que sentía en el estómago y el alma en esos instantes. “Inconforme” Silvana estaba lista para su cena romántica con Federico. Quiso verse como la mujer ideal para su hombre, por lo que se colocó un vestido negro ajustado que él le había regalado. Le quedaba por encima de las rodillas y estaba descubierto de la espalda hasta antes de rozar la línea de sus glúteos, algo tan sexy como solo ella sabía portar. Por un momento se sintió demasiado desnuda. Para cubrir un poco sus piernas, se calzó unas botas negras de tacón de aguja que envolvían sus torneadas pantorrillas, y se enrolló una bufanda roja con toques grises, azules y negros. Se soltó la brillante melena, recién alaciada para la ocasión, se puso un poco de mascara en las pestañas y un labial rosa tenue. Se echó un vistazo en el espejo y meneó la cabeza en son de aprobación, sabiendo que Fede moriría en cuanto la viera. Y así fue. Cuando bajó las escaleras de su hogar, mamá la esperaba con la

cámara lista. —¡Oh, Jesús! Mi niña —sollozó—. Jamás te había visto tan hermosa como esta noche. —Su madre se llevó la mano a la boca y contuvo las lágrimas, por su propio bien. Sabía que su hija detestaba verla llorar bajo cualquier circunstancia. Silvana quería salir de ahí antes de que su madre le dijera lo mucho que la amaba y todas las expectativas que tenía para ella en un futuro. Solía ser una experiencia algo abrumadora. Por supuesto, cargar el mundo en tus hombros siempre lo es. —Sabes que eres mi vida entera, mi preciosa Silvanita . —Su madre tomó del brazo a Fede y se colgó de él como un náufrago se aferra a un bote salvavidas. A veces parecía más su novio que el de su hija—. Yo sé que has encontrado el amor verdadero en este jovencito hermoso y que tu vida será todo lo que la mía no fue, porque eres mucho más lista que yo. Demasiado tarde, pensó Silvana. Ya has armado hasta mi funeral por mí. —Créeme que lo sé, mamá. —Le arrebató a Fede con un gesto sardónico. Diana únicamente deseaba su felicidad, pero aborrecía la forma tan condescendiente que tenía de expresarlo, como si pudiera enmendar cualquier error cometido en su vida a través de ella. Eso no sería posible, puesto que Silvana era testaruda y nunca se entregaría totalmente a algo que no quisiera. Por el momento no tenía idea de qué era lo que deseaba y le bastaba. Soy muy joven para saber qué quiero, se dijo. Tengo derecho a ignorarlo todavía. Encaminó a Federico hasta la puerta sin despedirse y salió. Una vez que estuvo afuera y pudo respirar el aire húmedo, sintió que se había liberado de un grandísimo peso. Miró hacia el cielo y recitó. “De la luna me robaré el aliento, y del viento llenaré mi ser hasta perder la consciencia de esta respiración que me ha debilitado en vez de avivarme”. —No deberías ser tan cruel con Diana —ordenó Federico.

—Si quieres pasar una buena velada, por favor, no hables de ella y vamos a disfrutar. No deseo pensar en otra cosa que no seamos nosotros —masculló mientras el rostro de la chica de la escuela pasó como astro fugaz tras de sus ojos: Leda. Era ella en quien en verdad no podía dejar de pensar. No pudo sacársela de la mente. Se estaba convirtiendo en una obsesión, clavándose en lo más profundo de su espina dorsal, impidiéndole caminar, ver, oír con claridad. “Leda”, decía su nombre como si fuese un conjuro para poder encontrarla de nuevo. “Leda” la llamaba su corazón en cada latido. Y por todos los diablos, ¡ni siquiera la conocía! Por su actitud hacia la profesora Master, podía deducir que, o era una psicópata con delirios de persecución, o se trataba de una especie de leona en brama con una personalidad bastante difícil de aguantar. Nada le interesaba en esos momentos más que el fulgor de sus ojos profundos y tan verdes como el aguamar, aunque llenos de furia y ardor. Federico y ella llegaron al restaurante italiano iluminado con luces tenues como las estrellas en una noche nublada. Era un sitio fabuloso, no lo podía negar. Se sentía atraída a un ensueño. Todavía quería ver el partido de los Raiders, pero francamente había dejado de interesarle tanto luego de absorber el derredor. Necesitaba esa noche de escape. Quería volver a la vida a lado de Fede y sus tiernas caricias. Le había regalado una rosa que colocó cuidadosamente encima de su oreja para adornar los dulces mechones que caían a los costados de su rostro. Él estaba emocionado. Esta era una noche de lo más especial, porque planeaba pedirle algo que había querido desde que la conoció. Para Fede, Silvana era su vida hecha, su certeza más grande y su única sensación de bienestar fuera del juego de seducciones al que daba pie muy seguido. No podía culparse a sí mismo por atraer a las chicas. Pero eso poco o nada tenía que ver con su relación y con su hermoso diamante en bruto, su mujer, su Silvy, como le decía cariñosamente. Cuando la vio por primera vez en el campus, dos años atrás, supo que sería la chica de su existencia. Llevaba una blusa de los Raiders muy pegada a su preciosa figura, dejando ver a penas un centímetro de piel entre la pretina de sus jeans y su ombligo, una boina negra que le caía grácilmente de lado, alargando más su blanco y delicado rostro, y

unos tenis Converse que decían al mundo: “Me importa un carajo lo que opines de mi combinación”. Su cabello semi dorado le acariciaba las mejillas sonrosadas, escondiendo una timidez que nadie más que él notaba. Se vio a sí mismo haciéndole el amor, entremetiéndose en esas compactas caderas, provocándole gemidos que solo él podría robar. Era suya, según le dictaba la mente, siempre sería suya. Encantado por su magnetismo, se acercó a ella y le tapó el paso con su fornida corpulencia, robándole un beso en la mejilla, arriesgándose a recibir una sonora bofetada que nunca llegaría, puesto que Silvana quedó aturdida con su osadía. Johnny dejó salir un aullido tremendo, llamando la atención de todos alrededor, y Silvana, queriendo ser más aventurera y atrevida, frunció el ceño, enfurecida, y tomó a Federico por las solapas de la camisa polo que llevaba, clavando los labios en los suyos que le apetecieron dulces, sensuales y húmedos. A partir de ese instante, rara vez se apartaron. Ahora, el hombre tenía planes más grandes para ambos, más definitivos, porque creía que Silvana jugaría bien el papel de esposa. No era muy molesta y le daba bastante libertad y toda su lealtad, así que era el mejor camino a seguir, el único. Se sentaron a la mesa, iluminada por una vela envuelta en un candelabro rojizo de vidrio. El mesero se aproximó a tomar su orden con un afán demasiado cortés, pero era ese tipo de cortesías tan mal actuadas que Silvana se sintió como una verdadera reina en una cena de palacio, rodeada de falaces sirvientes que estarían dispuestos a besarle los pies con tal de que les remuneraran de forma sustancial. Federico ordenó por los dos, enviando al mesero por una botella de vino que lucía bastante costoso. —¿No queríamos esto, o sí? —indagó Silvana en tono pícaro. —Oh, lo queremos. Ya verás —respondió su novio con una sonrisa tierna. Se la pasaron charlando de la ascensión de Fede como capitán del equipo estatal, de la cual ella no dejaba de sentirse orgullosa, y de la situación que se dio en la mañana en la universidad. Cuando Federico mencionó a Leda, Silvana dio un respingo, reacomodándose en su asiento. —Creo que esa mujer es una zorra lunática —desdeñó engullendo un bocado

de lo que parecían unos mejillones al gratín. Poco faltó para que Silvana le enterrara el tenedor en la frente. —¿Qué? —sondeó—. ¿Hablas en serio? —Por supuesto que sí —siguió Fede bebiendo un sorbo de su copa de vino. —Jamás había sido testigo de un acto tan valeroso como el que hizo esa chica, mucho más tratándose de Master. Nadie se mete con ella. Era hora de que alguien la bajara de su nicho y le colocara los pies en la tierra. ¡Solo Dios sabe lo que le habrá hecho a esa joven! —¿No hablas en serio, verdad? —musitó divertido su novio, negando con la cabeza. —Claro que hablo en serio. —Silvana soltó sus cubiertos y tomó una bocanada de aire impregnado de la rosa que llevaba en la oreja. —No tienes por qué enojarte. No estoy atacando a nadie. La mujer me pareció una demente. —¡Federico! —regañó

Silvana

muy ofendida, percibiendo la sangre subir desde sus pies hasta su cráneo. Sentía como si estuvieran hablando de ella misma. Lo que Leda había hecho era lo que ella siempre había deseado hacer, aunque jamás había tenido las agallas para llevarlo a cabo. Se identificaba con la situación, y ni qué decir con la chica—. Actuar con tal valía es digno de aplaudirse, no de reprimirse. Dejó en evidencia a esa fascista. —¿Me estás diciendo que te parece correcto que alguien insulte así a su profesora y que, además, debemos alabarlo? ¡Já! —mofó—. Creo que el vino ya se te subió a la cabeza. Silvana tomó su servilleta con brusquedad y se limpió la boca con cuidado, tratando de calmarse, cosa que no logró. —¿No piensas ni por un segundo que la profesora Master merecía cierto castigo por sus intransigencias? No cree que alguno de sus estudiantes sea tan bueno como para llegar al grado de un Benedetti, un García Marqués, una Isabel Allende o un Ruiz Zafón. ¡Simplemente no cree en lo que enseña! Eso la convierte en una hipócrita. ¿Cómo se atreve a juzgar nuestros trabajos cuando ella misma ha publicado solo dos libros sin importancia alguna para la literatura de mundial? ¡¿Cuál es su autoridad moral para hacer observaciones sobre nuestros escritos si su narrativa es mediocre?! —Silvana elevó la voz más de lo normal. Los comensales la miraron incómodos. Federico le colocó una palma en el dorso de la mano, presionando con suficiente fuerza para hacerla callar, dejando marcados sus dedos en ella. —Estamos en un sitio elegante. Compórtate como la dama que eres, no como una chiquilla tonta —murmuró. —¡Me importa un carajo dónde nos encontremos! — clamó la chica,

exasperada ante la falta de criterio de su novio. Para ella era más que lógica la reacción de Leda. Cierto que la clase de Master era su favorita, pero no por quien la impartía, sino por lo que hacía en ella. De ser por la maestra, ya hubiera abandonado los estudios desde hacía mucho tiempo. —Calla, que me avergüenzas. —Federico miró hacia un lado y hacia el otro, intentando disculparse con los ojos de todos los que les veían con agudeza. —¿Te, qué? ¿Te avergüenzo? —Silvana se sintió insultada hasta el punto de lo absurdo. ¡¿Quién mierda se creía él para decirle qué hacer o qué decir?! Si le permitía esto, las cosas serían peores después. Se sirvió una copa de vino y se la tomó de golpe. Ante la mirada atónita de Fede, rellenó la copa y repitió el procedimiento. —¡Silvy! ¿Cuál es tu problema? Parece que te preocupas por esa estúpida, mala combinación entre Bob Marley y Alice Cooper. —Acercó la mano a su mentón para acariciarla y ella se la quitó de encima con un golpe, tirando un tenedor al piso. El mesero se apresuró a tomarlo y reemplazarlo. —¡No me llames Silvy! Lo detesto. —Ya calla, Sil-va-na. Basta. El platillo principal llegó y ninguno de los dos se atrevió a romper el silencio. Silvana se hallaba en un estado sulfúrico. Cualquier cosa que pudiera decir, empeoraría la situación. Según ella y en el corazón, Federico la había degradado a una muñequita sin derecho a tener opiniones distintas a la suya, actuando como un macho estúpido. No obstante, muy dentro reconocía que la mención de Leda y zorra en el mismo enunciado, producía un efecto volcánico en su ser, por raro que sonara. ¿Por qué la defendía con tal pasión? ¿Porque en realidad le importaba el propósito de lo hecho, o por simpatía y gusto? ¿Quería llevarle la contraria a su pareja en la fecha en su aniversario? Sí —se respondió sin titubeos—. La valentía de Leda era más importante porque peleaba por algo justo. Aunque, ¿cómo reconocer lo que era justo si nunca había leído algo de lo que ella había escrito ni nada por el estilo? Se propuso, de manera radical, tener en las manos algo redactado por la chica muy pronto,

fuera como fuese. Una vez acabada la cena y a punto de “disfrutar” — porque ninguno de los dos disfrutaba de algo en esos momentos— el postre, Federico estaba tan molesto que se negó a llevar a cabo la petición de matrimonio a la chica. Todo el encanto de Silvana se esfumó con esa conversación turbia. Consideraba absurda e incongruente la manera en que defendió a alguien que osaba enfrentarse a una autoridad tan importante como Master. Por primera vez, le guardó resentimiento. Silvana era una chica muy reservada y coherente. Ahora la desconocía. Algo no andaba bien. Tal vez, pensó, está celosa de mi éxito, porque ella es una jugadora amateur y yo puedo llegar a ser profesional. El camino de regreso a casa de Silvana fue tan silencioso que solo lo llenaba el ruido de las llantas del Mazda plateado del chico y la respiración agitada de la chica. Ella no se explicaba el motivo por el cual su irritación no dimitía. A lo mejor había tomado muy a pecho una situación ajena al sentirse identificada. No sabía, pero comprendía que en esos momentos no quería estar cerca de Federico. Esa debió ser una velada romántica y se había convertido en una pesadilla gracias al fantasma de una desconocida. Por un instante, Silvana entró en sus cabales y se propuso componer la situación. Cuando el auto se detuvo, inhaló aire y se lanzó sobre Fede para besarle. Él respondió alejándose de ella, lo que alimentó su fuego de ira. El corazón de Silvana se quebró en pequeñas piezas enardecidas. Percibió en su persona un sentimiento muy similar al odio. Sus ojos se endurecieron al mirar a su pareja y su mano voló automáticamente hacia la manija de la portezuela para abrirla de golpe y salir. —¡Me ofrezco a ti y me sales con esta mierda! — reclamó. Fede volteó hacia la casa con los ojos bien abiertos, buscando alguna señal de Diana. Si ella se enteraba que su hija estaba peleando con él, se enojaría mucho, y no quería perder la gracia de su suegra. Siempre fue su consentido y no pretendía que esa mala, muy mala noche, lo transformara todo en un caos. Su vida era y

debía seguir siendo perfecta. —¡Guarda silencio! —comandó—. Estás siendo de lo más enervante. ¿Estás menstruando? Porque es la única explicación que encuentro para justificar tu maldito carácter de los mil diablos. —¡¿Qué?! —¡Adiós, SILVY! Silvana no pudo más y azotó la puerta para darse la vuelta y retirarse, no sin antes agradecer a su novio la “tan hermosa velada”. Federico, frustrado, pisó hasta el fondo el acelerador y desapareció entre la nube de humo que dejó el derrapar de sus llantas. —Esto no se quedará así —se dijo Silvana entornando los ojos—. Mi noche no terminará así. Con él o sin él, celebraré mi aniversario. Sacó de su bolsa dorada el móvil y discó el número de Johnny. La voz se escuchaba a duras penas entre todo el escándalo. Su amigo se encontraba en algún antro de mala muerte como siempre. No le interesaba. Quería diversión y la obtendría a cualquier costo, fuese por ella misma, o por venganza contra la noche más horrorosa de su vida. —Johnny, bebé —dijo tapándose un oído para intentar escucharle entre la muchedumbre. —¡Hey, amor! —gritó el chico—. No puedo oír una puta palabra que dices. —¿Dónde estás? ¡Me urge verte! —señaló en imperativo. —Casi no te oigo. ¡Mierda! —aulló su amigo, que era tan gay como el día duraba, cuando alguien le topó hasta casi botarlo—. Si quieres verme estoy en el club “Whorese’s” — ¡Vaya nombre! , apuntó mentalmente Silvana. —Estoy yendo para allá. Te hablo cuando llegue. —Iba a colgar pero los aullidos de su amigo evitaron que cortara la llamada.

—¡Amor! ¡Amor! —volvió a gritar Johnny—. Tal vez no escuche el teléfono porque estoy con un grupo de amigos y hay un latino maravilloso que me está provocando. Sabes que jamás huyo de las provocaciones. Búscame en la mesa que está debajo del DJ. Te espero, my love. Seguramente te peleaste con el mastodonte que tienes como novio, pero deberías reconsiderar. Tener un “miembro” así en tu club, es una prioridad —rio. —¡Que te la meta a ti si quiere! —exclamó la chica sin el menor pudor. Con Johnny tenía toda la confianza del mundo—. Te veo ahí en quince minutos. No será difícil conseguir como moverme. Estás cerca. Colgó el móvil y llamó a un taxi para que la recogiera. A pocos metros de la casa de Silvana, en Whorese’s, la música estallaba los tímpanos de quien la escuchaba. Un chico se acercaba hacia la mujer más hermosa del bar, y no era precisamente una de las que danzaban en los tubos de acero clavados en las pistas de un metro de alto. Era una mujer que bebía una cerveza de la botella y danzaba al son de la música electrónica, contoneando las caderas de forma muy excitante, tan excitante, que no pudo resistirlo y colocó sus manos en sus nalgas frondosas. La mujer, al percatarse de su gesto, se volteó, primero sorprendida y luego complacida. Se movió junto con él, instándole a percibir el contorno de sus caderas. Su estructura se meneó con suma gracilidad y sus brazos recorrieron el cuello del hombre, tan feo como una resaca moral e igual de insoportable. Una vez que la canción terminó, la joven le sonrió y sus pupilas se cruzaron. A la luz de las miles de luces multicolores, ella le tomó de los cojones con brusquedad salvaje y se los apretujó hasta que el tipo rogó que le soltara. La chica carcajeó y dijo, susurrándole al oído. —Jamás le toques el trasero a alguien que no te lo ha pedido, hijo de puta. — Clavó sus uñas sin piedad en los genitales del pobre bastardo y, una vez que lo vio vencido, regresó a su mesa, limpiándose la mano en la camisa de su amigo Louis. —¿Ocurre algo, Shane? —preguntó el chico. —Nada que no esperaba que pasara —sonrió Leda y bebió de un sorbo toda la cerveza que le quedaba.

“Fiesta” Silvana pagó el cover y, cuestionándose si era buena idea, entró al sitio. Se había prometido nunca pisar un lugar como ese, donde las sexualidades se mezclaban de forma tan estúpida como un experimento químico llevado a cabo por un adolescente de secundaria. Sin embargo, esa noche tenía ganas de perderse de esa misma estúpida manera. ¿Qué daño haría? Estaba con Johnny y “sus amigos”. Todos gays, metrosexuales u otra rara combinación poco atractiva para ella. Estaría a salvo. En caso de encontrarse con alguna de sus compañeras del americano, sonreiría e iría con la corriente. Johnny era un homosexual consumado, declarado y muy poco especial a la hora de escoger con quién irse a la cama, pero su lealtad hacia Silva superaba todo eso. La defendería de cualquier cosa que pudiera ocurrir y ella lo agradecía con total igualdad. Fue caminando entre el montón de gente, intentando llegar hasta donde se encontraba su amigo. Se topó con dos o tres mujeres que quisieron bailarle, pero buscó la forma de escurrirse y escapar. En los tubos plateados que llegaban hasta el techo, se contoneaban hombres y mujeres por igual, llevando únicamente ropa interior muy provocativa. Las personas que les veían, colocaban billetes en las orillas de sus tangas o boxers de licra, mientras se deleitaban con sus muestras de sensualidad. A ella no le interesaba nada de eso. Lo veía como un acto poco halagador. Sin embargo, la música le contagiaba y, estando un tanto ebria por las copas de vino que se bebió, incluso aquello le parecía llamativo. Las luces le herían un tanto las retinas, desconcertándola. Como imaginó, una chica de su equipo se encontraba ahí con unas amigas y la jaló para saludarla. Silvana se asustó al inicio, aunque cuando se percató de quién se trataba, se alegró. Adriana no era una arpía como algunas otras. Era una joven rubia muy guapa y de buen carácter. —¿Silvana? ¿Qué haces aquí? —preguntó sin dar crédito a sus ojos—. No fuiste al entrenamiento y Bertha estaba furiosa. —No más que yo esta noche, créeme —replicó la chica.

—¿No te fue bien en la cena con Fede, eh? —Digamos que estuvo tan mal que estoy aquí, sola, buscando a Johnny. Dijo que estaría en una mesa debajo de donde se coloca el DJ, pero desde aquí no alcanzo a ver nada. —La voz de Silvana debía levantarse a varios decibeles para que Adriana pudiese escucharla bien. —¿El DJ? Néstor está ahí, a la izquierda. —Señaló con el brazo—. Pero antes de que te vayas, debes tomar una cerveza con nosotras. Es tu pago por dejarnos abandonadas en el entrenamiento y perder contra las idiotas rojas. — Era el mote de sus compañeras más temibles y cero amistosas. —De acuerdo —dijo Silvana. ¿Qué más daba ahora una o dos bebidas? O tal vez más. Lo que quería era perderse y olvidar el dolor que sentía en el pecho por haber herido a Federico, y porque él la lastimó a ella. Jamás se había portado tan grosero. Aunque ella no había sido mejor—. Pero solo una. Ya sabes que Johnny se pone muy loco cuando no me encuentra después de un rato. —No se pondrá loco si trae a un tipo agarrándole el trasero. Sube —Adriana la ayudó a montarse en la silla para ver al DJ. Justo como había dicho, Johnny andaba en la mesa de abajo. Y cierto, un tipo latino lo besaba como si no hubiese mañana, tocándole las nalgas y todo lo que podía. En ese instante, Silvana no se sintió demasiado apresurada por llegar hasta él. Se bajó con mucho cuidado, tropezando con el tacón de una de sus botas. Fuera del campo, parecía tan torpe como un cocodrilo en la tierra. —Dame la cerveza —pidió negando con la cabeza y bebiéndosela de un trago. Las amigas de Adriana comenzaron a vitorearle y a aplaudir al ver que se terminaba el contenido de la botella de un sorbo. Gritaron y aullaron, dándole otra cerveza para su regocijo. Aunque al principio se negó, no tardaron en convencerla. Bebió la otra con la misma familiaridad. Sentía la garganta ardiendo por la frialdad, pero sabía muy bien. Era importada. Revisó el contenido de alcohol y se dio cuenta de que eran cinco puntos. ¡Dios! Estaría bastante embriagada en unos minutos.

—Debo irme con Johnny —murmuró a Adriana y sus amigas hicieron un mohín. Todas comenzaron a pedir que no las dejara, rozándole los brazos, la cintura, pero si en verdad no deseaba ser vista como una mujer de mujeres — o que se acostaba con mujeres— tenía que continuar su recorrido con los hombres más femeninos que hubiera conocido en la vida. Los amigos de Johnny también eran sus amigos, aunque había muchos a quienes no conocía. Hizo un gesto con la mano, despidiéndose con un beso en la mejilla de Adriana. Cuando Johnny la vio, soltó al muchacho con el que se estaba besando, se limpió la boca con el dorso de la mano y salió disparado para recibir a su chica. Le gustaba llamarla su chica porque en realidad lo parecía. Antes de que abriera por completo el clóset y saliera con bombo y platillo, tenía una apariencia muy varonil. Nunca dejó de vestirse a la moda. Siempre traía camisas Valentino, Louis Vuitton, Prada, Versace, entre otras. Parecía un catálogo de ropa de pasarela. Sus pantalones, jeans o zapatos, no eran la excepción. Se distinguía por usar sombreros Fedora estilizados y muy hermosos, que él mismo creaba. Esa noche no llevaba ninguno, pero parecía arquetipo de Vogue, aunque tenía una cloaca en la boca. Al estar con Silvana, no reparaba en decir cuanta barbaridad le venía a la mente, pero era tan sagaz y divertido que conseguía contagiarla con sus ocurrencias. Ella lo amaba como a un hermano. En su familia, la de Johnny por supuesto, únicamente su madre sabía sobre sus preferencias —de nuevo, las etiquetas—. Ante su padre y su hermanito tenía que seguir fingiendo ser el macho perfecto. ¿Cómo lo conseguía con esas maneras? Nadie tenía la menor idea, pero se las había arreglado para engañarles. Era una situación que le entristecía más de lo que alguien pudiera imaginar. Solo había llorado por eso con Silva, y en una única ocasión. Jamás dejaría que los demás se percataran de su debilidad. —¡Bebé hermosa! —gritó abrazándola—. Pensé que al darte cuenta del lugar que pisabas, te irías corriendo en un dos por tres —sonrió. —Créeme, lo consideré —musitó Silvana con una mueca torcida en la boca. —¡Oh, por Dios! ¡Estás ebria! —chilló. Silvana hizo un gesto con el dedo para que se callara, aunque nadie podía escucharlos con esa música. Le regaló

un beso en la mejilla y dijo—: Amo a la Silvana ebria, ¡es tan divertida y poco retraída! La Silva sobria es un armatoste frígido — carcajeó. —¿Podrías ser más idiota? —rezongó la chica, dibujando una gran sonrisa en el rostro—. El lugar no está tan mal, viéndolo desde el punto de vista de catorce o más grados de alcohol. Johnny ordenó al mesero tres shots de tequila. —¿Quieres aprovecharte de mis virtudes? —indagó fingiendo contrariedad, esbozando una risilla traviesa, aquella que indicaba que terminaría muy mal esa noche. Federico va a matarme, se recriminó. No obstante, se sacudió el pensamiento de la cabeza cuando recordó la brusquedad con que la había tratado. —Eso jamás, linda, me ofendes. A diferencia de ti, yo no soy lesbiana —soltó su amigo pegando una carcajada por encima de las luces y el ruido feroz. —Idiota —contestó riendo fuerte. Le narró lo ocurrido durante la cena y, como siempre, el chico la comprendió e intentó aconsejarla. Al hacerle ver que había reaccionado de manera exagerada ante los comentarios de Federico, ella se acongojó, pero él de inmediato añadió. —Eso tampoco quita que sea un macho insufrible. Si te quiere tener bajo las pelotas todo el tiempo, será mejor que se busque una sirvienta y que le pague bien. Nadie debe hablarle así a una mujer, y menos a ti, mi amor. —La abrazó. Silva se sintió reconfortada por la actitud de su amigo. Minutos después, llegaron las bebidas. Todos tomaron un trago de tequila y comenzaron a bailar. Daniel, un joven igual de atractivo que Johnny, aunque igual de femenino que él, sacó a bailar a Silvana y le pasó las manos por la cintura. Mientras se movían en círculos, ella observaba —lo que su pobre vista alcanzaba a visualizar con claridad ahora—, a quienes estaban a su alrededor. En una de tantas vueltas, vislumbró a una mujer de cabello castaño y brillante hasta la cintura.

Llevaba una camiseta estilizada de hombre y unos jeans sumamente entallados. Era la visión de la perfección. Se detuvo unos minutos para observarla bien y para que sus pupilas no la engañaran. ¡Mierda! Era aquella chica del salón. Era Leda. Se detuvo por completo y se soltó de Daniel para ir hacia Johnny, quien bailaba con su pareja. Se lo arrebató de los brazos y le susurró al oído. —La he visto, es esa chica. —¿Qué chica? —¡La de la clase de Master! Leda, la que le gritó que la llamaba su Leda unas noches antes. —La voz de Silvana resonaba agitada en su pecho. El corazón volvió a retumbarle en el tórax y las manos le sudaban. Johnny la observó. Ella sabía que nunca la juzgaría. Sin embargo, intentaba desviarle la mirada a toda costa. Al caer en la cuenta de esto, su amigo la instó a presentársele. La sola idea hizo tropezar a Silvana, y Johnny supo que estaba en lo correcto. Debía hacer que se conocieran. —Silvana, mi amor, una mujer así no se encuentra todos los días. Aún como amiga, debes tenerla. ¡Vamos! —La arrastró entre el tumulto de gente, halándola hacia sí, para que no pudiera escaparse. Miles de sentimientos encontrados se atiborraron en el alma de Silvana. Miedo, ansiedad, nervios, y otras cosas que no podía nombrar, todo al mismo tiempo. —¡Johnny, no! Ella no nos conoce, e ir a presentarnos así será una insolencia —gritó intentando escapar. El chico la tomó nuevamente del brazo y la volvió a arrastrar. —Te aseguro que será un honor conocernos. Además, ¿ya viste al tipo que está con ella y sus otros amigos en la mesa? Es pre-cio-so —dijo puntualizando cada palabra—. Tengo que verlo de cerca. —¡John!

—protestó Silvana, deteniéndose completamente, pero ya era demasiado tarde. Estaban a tres pasos de ellos. —Hola, Johnny —saludó Leda con una sonrisa tremenda dibujada en el rostro al contemplar a Silvana. La bufanda se le había perdido en la nada y su vestido ceñido había dejado perpleja a Leda. ¡Mierda, esta mujer es hermosa! —susurró para sí. Normalmente no pensaría de esa manera. Normalmente, jamás se hubiera fijado en alguien en un lugar como ese, pero la mirada de Silvana la atrajo sin remedio. Sus ojos miel se clavaron en los suyos, aguamar. Por un segundo, Leda pudo notarse transparente en aquellas pupilas. Parecían un espejo que le brindaba un panorama de su alma, como si el demonio o Dios, cualquiera de los dos, le estuvieran jugando una mala pasada. Se acomodó el cabello largo para asentar sus ideas y extendió la mano para saludar al chico. —¡Hey, maniática! —Johnny se soltó de Silvana y abrazó a Leda con mucho entusiasmo. Louis, quien miraba de reojo la escena, se sobresaltó, pero al ver que conocía al chico de la escuela, no se angustió más. Sabía que nadie se resistía a los encantos de Shane, gay o no. —¡Vaya que tu amigo es entusiasta! —dijo directo a Silvana. Ella, con timidez y las mejillas coloreadas de rojo sangre, le dio la mano para saludarla. Intentó comportarse a la altura, pero un tipo la empujó para dejarla caer en los brazos de Louis. —¿Estás bien? —preguntó el chico, encantado con la mujer. Él sintió que la sangre en sus venas se congeló al tenerla tan cerca, o tal vez se derritió. No tenía idea, pero estaba completamente embelesado con ella. —Claro, estoy perfecta. ¡Estas tontas botas! —justificó Silvana sin despegar los ojos de Leda.

Louis percibió la delicadeza en la piel de la chica, aunque algo le decía que no era una chiquilla a la que había que tratar con pinzas. Leda se acercó y la saludó con un beso en la mejilla, aunque le atinó a la orilla de los labios. Respiró su aliento, sabor a tequila y frambuesa, combinado con el aroma a coco de su cabellera lacia y perfecta. Inhaló, sin que ella se percatara, y se separó. Silvana sintió que le habían robado una pieza de su alma. Una que nunca regresaría, a menos que Leda decidiera devolvérsela. No hubo rincón de su cuerpo que no se estremeciera al recibir el contacto con la chica. Incluso su vientre se sobresaltó en convulsiones que nunca antes había notado. Estaba excitada ante la sola presencia de la chica de melena caoba y con esencia a perfume de hombre. Olía a Aqua de Gio, combinada con un aroma que desconocía. Según le dijo el subconsciente, así debía oler hacer el amor con ella. —Debo felicitarte por lo que hiciste con la profesora “Master Bitch” — congratuló John. —Es muy amable de tu parte, corazón —respondió la chica, que claramente había estado bebiendo desde hacía muchas horas. —Mucho gusto —dijo Johnny extendiendo la palma hacia Louis, que accedió a tomarla con gusto. También estaba acostumbrado al flirteo de los hombres con él. Louis era delgado pero alto. Tenía una de esas figuras varoniles que llamaban la atención sin ser voluptuosas, no como la de Federico. Su cabello claro estaba despeinado de forma divina y su voz recordaba a aquella de los poetas que narraban historias en los audiolibros. Era acompasada, clara y elocuente. No obstante, Silvana no tenía ojos que no fueran para Leda. —Lamentamos interrumpirles así —murmuró Silvana, sintiendo de nuevo como la sangre le subía a las mejillas— . No queríamos “caer” en su fiesta. Realmente nos dejaste estupefactos con esa demostración de fortaleza ante Master —se atrevió a soltar.

—Gracias. No fue nada sencillo, pero no podría decirles que me siento infeliz con el resultado. —Es justo lo que celebramos hoy —dijo Louis con una sonrisa muy cálida hacia Silvana—. Pueden unirse a nosotros con gusto. Leda le miró de soslayo y asintió con vehemencia. —Todos los admiradores de Shane, son mis amigos — completó el joven, bebiendo una cerveza y regalándole una a Silvana y una a John. —Por las victorias contra las maestras malévolas —siseó Johnny y todos estrellaron sus botellas en son de “salud”. —¿Shane? —inquirió Silvana con reticencia—. Creí que tu nombre era Leda. Leda se acercó mucho a ella hasta poder percibir su aliento que la embriagaba más que el alcohol que bebía. —Es un apodo que Louis me ha puesto de cariño. ¿Alguna vez has visto “The L Word”? ¿La Palabra L? — preguntó—. Es una serie de TV. —No —contestó Silva con pena—. No veo mucho la televisión, aunque sería interesante saber por qué te llaman así. —Te aseguro que algún día lo sabrás bien, y es probable que no te guste el resultado. —Leda le guiñó un ojo y tomó un sorbo de tequila para darle el resto a Silvana. Ella todavía no se acababa la cerveza, pero pensó: ¡Qué demonios! Si Leda me lo da, lo beberé sin dudar. Lo tomó, y otros tres después de ese. Johnny estaba loco por Louis, aunque él no le prestaba atención alguna. El DJ anunció que la barra se cerraría en menos de quince minutos y todos en la mesa chillaron de infortunio. —Tenemos que seguir en tu casa, Lou —dijo un chico que estaba claramente

atraído a Johnny, aunque él, como cosa rara, no cedió tan rápido. —¡Por supuesto! —declaró Louis—. Pero solo si Silvana y Johnny acceden a ir con nosotros. Después de todo, estamos en la misma universidad —sonrió y se pasó la lengua por los labios sensualmente. A Silvana le dio un vuelco en el estómago. Leda no se separaba de ella. Por un minuto, dudó en asistir al after party. Algo le decía que si lo hacía, sería su perdición. Sin embargo, su euforia pudo más que cualquier otra cosa. Deseaba estar con ella en son más íntimo. Su sangre se lo pedía a gritos. Solo quería hablar... solo. —¡Claro que iremos! —gritó Johnny, entusiasmado—. ¿Verdad que sí? —Le pegó un codazo a su amiga. Eso la trajo a la realidad. —Ah... ah... yo creo que mejor me voy a casa — respondió Silvana contra los dictámenes de su corazón. —Nada de eso. —Leda le pasó el brazo por el cuello, rozando los vellos de su nuca, erizándolos. Silvana se estremeció al sentir el contacto de la chica, tan sutil y apremiante. ¡Al diablo con las reglas! Esta es mi noche. —De acuerdo, iremos. Johnny pegó de brincos. —De todos modos, mi pareja ya me había dejado. John miró hacia la mesa en la que se encontraban y se dio cuenta de que estaba vacía. —Pues ¿qué esperamos? —murmuró Louis sin quitarle la mirada a Silvana—. Es hora de que la verdadera fiesta comience. “El Hogar de Shane” Llegaron a la pequeña casa de Louis y Leda para seguir.

Johnny siempre se había distinguido por ser el alma de cualquier lugar. Contaba chistes, anécdotas y su personalidad era tan contagiosa como la gripe, aunque muy agradable. Instaba a las masas a divertirse, a pesar de que no quisieran. De todos los que estaban en la discoteca, solo habían ido siete: Silvana, Johnny, Lizet —una conocida de Leda—, con su novio Arón, Klaus, una tal Erika y un tal Renato. Quien andaba tras los huesos de John, por supuesto, era Klaus. Leda acomodó a Silvana en el mueble en lo que iba a buscar unos CD’s para colocar en el estéreo. Louis insistía en continuar con la música electrónica, pero todos estaban hartos de ella. Querían escuchar algo que les permitiera degustar el momento sin perder detalle, y sobre todo, deseaban oír lo que decían. Todavía eran las tres y media de la madrugada. Silva se recordó que tenía clase y entrenamiento al día siguiente, pero evitó pensar en el tema por el resto de la velada. Se entretuvo con el pequeño tumulto de personas mientras la bella Leda regresaba a su lado. Tal vez era su idea o la borrachera que se cargaba, pero creía que a ella también le gustaba. De no ser así, se sentiría mal. Sin embargo, el simple hecho de tenerla cerca era lo que le importaba. Se olvidó de Federico y de su pleito. ¿Federico qué? Se olvidó de todo. Quería ser una universitaria normal. Era la primera vez en su vida que iba a casa de unos desconocidos y se embriagaba de tal forma. Se lo merecía. Leda bajó con un vestido de tirantes holgado y largo en tonos primarios. Sus hombros se notaban un poco bronceados. Se había quitado las botas que llevaba y colocado unas sandalias de cuero cafés en su lugar, bellísimas. El cabello le caía por la cara de una forma tan femenil y gloriosa que Silvana no pudo evitar incrustarle la mirada y salivar. Sentía el pulso alterado, como si estuviera dopada, llena de adrenalina. Se echó un vistazo y cayó en la cuenta de que su vestido súper entallado ya le estaba descubriendo los muslos y se excusó para ir al baño. Una vez dentro, se acomodó la melena bronce y decidió lavarse la cara porque el poco maquillaje ya se le había corrido. Escuchó que comenzaron a sonar las canciones de un grupo que le gustaba mucho llamado The Outfield. Eran famosos por dos canciones, más que nada: “Your Love” y “All The Love In The World”. Pero había muchas otras canciones que casi nadie conocía y que Leda había puesto, como “Say It Isn’t So”. Su madre solía escucharlas y a ella le traían recuerdos hermosos. Se sintió verdaderamente llevada por el ambiente, envuelta en una especie de

manto glorioso de pecaminosidad y aliento. Le encantó que a Leda le agradaran las mismas canciones que a ella. Por un instante, se miró al espejo y se tocó los labios, pensando si a ella le gustaría besarlos algún día. Acarició la orilla de su vestido que le cubría el busto y la sintió, tocándola, deslizando suave sus dedos largos y femeninos sobre sí. La emoción que la invadió le llegó hasta la entrepierna, haciendo flaquear sus rodillas. Tuvo que agarrarse de la orilla del lavamanos para no desfallecer. Había escuchado historias de sus amigas en las que narraban lo que era estar con una mujer. Por primera vez real en su historia, Silvana quiso experimentarlo. Fue entonces que el rostro de Federico se coló en su cerebro y se sintió avergonzada. Se limpió la cara y salió del sanitario. Debo comportarme a la altura. Tengo un novio al que respeto, se reprimió sin entusiasmo. Sus hormonas se descontrolaban y le dio total crédito al alcohol. Ella no era así, y seguro lo que sentía por Leda era una tremenda admiración. Nada más. Johnny estaba contando sus chistes y los demás se habían acomodado a su alrededor para prestarle la mayor atención posible. Había quedado desocupado un espacio entre Louis y Leda. Se sentó ahí y la chica acomodó la palma en su rodilla en tono juguetón. Intentó no tomarle importancia, aunque la electricidad que recorría sus poros, le hiciera ver que su toque le fascinaba. —¿Quieres un whisky? —preguntó Louis—. Tengo un buen Jack Daniels edición limitada. —Sí, estaría bien —replicó Silva en un hilo de voz. —¡Y otro para mí! —siguió Johnny. Él asintió gustoso y se fue a la cocina a preparar las bebidas. Los demás seguían bebiendo cerveza o tequila. Leda degustaba su Laguer y, entre risas, se aproximaba más a Silvana. —¿Qué te parece mi hogar? —interrogó con un dejo de inocencia. —Es maravilloso. Es lo que significa la libertad para mí —señaló Silvana respirando el ligero aire, sintiéndose más en confianza. Ella, con su sola voz, le hacía todo más sencillo. Pareciera que fuesen amigas de la infancia... si es

que podía sentir por una amiga esa clase de atracción extrema que sentía por Leda. ¡No! Ya basta, Silvana. Solo amigas. Las mejores, de hecho. Gánate su corazón para compartir cosas y no la pierdas por gustos que desconoces y que no sabes cómo tratar. —Es exacto lo que yo pienso. Esta casita es mi libertad... y deberías ver mi habitación. Hoy dormirás en ella. —Las palabras acariciaron su lengua como fresas batidas en crema, y Silvana sintió un leve mareo. Leda se percató de esto y prosiguió—. No creerás que te dejaré marchar así de ebria. Eso no se permite aquí. Ante todo, cuidamos de nuestras nuevas compañías —sonrió mojándose los labios. —Yo... eh... —Relájate ya, ¿quieres? —Leda le agarró la mano y se la acarició con cadencia—. Aquí no existen las poses. Sé tú. Por lo que noto, nunca has tenido la oportunidad de serlo en verdad. —Silvana abrió los ojos desmesuradamente como si Leda le hubiese leído el pensamiento y el alma. En serio sabía todo lo que sentía con mirarla. Lo apreció como nunca había apreciado nada más. El contacto de su mano la relajó y se dejó llevar. —Tienes razón —asintió lento—. A veces no sé quién soy. —¿Y me lo dices a mí? —Leda esbozó una sonrisa completa y le regaló un beso en la mejilla—. Puedes ser lo que desees conmigo, en lo que averiguas quién anhelas ser en realidad. Silvana advirtió una sensación devastadora de “no sabía qué”. El mundo se había abierto a sus pies en ese momento. Se dio cuenta de que tenía opciones. Opciones que jamás había creído tener. Una persona le estaba ofreciendo la independencia de elegir quién quería ser y cómo actuar, y al desconocer qué hacer con esa voluntad novedosa, se dio por vencida y se dejó arrastrar por lo que la mente le dictaba. No había bueno o malo ahí, solo había lo que ella

necesitara y se vería satisfecho. Su alma abrió las alas y, en ese segundo, supo lo que era amar a alguien. Y sin embargo, su cuerpo se llenó de un miedo tremendo. Su mirada la delató y la arrebató de los ojos de Leda, para entregársela a Louis que llegaba con sus bebidas. —Disculpa a Louis. Le encanta ser el “hombre” de la casa. —Leda se acercó a milímetros de su rostro. —Lo que no sabe es que aquí solo existe un agente con pantalones, y no es él, y eso que traigo vestido. —A Shane le encanta pretender que ella puede serlo — replicó Louis, riéndose. Silvana apreció mucho la forma en que se llevaban, cálida y familiar. Su relación se parecía mucho a la de ella y Johnny, con la única diferencia de que Louis era heterosexual. Se notaba en sus modos, en sus movimientos y en su manera de expresarse. Además, era evidente que a él le atraía mucho, puesto que le había coqueteado toda la noche. No sabía qué hacer con esa atracción. Cierto que su magnetismo era impresionante. Se asimilaba a un ángel castaño de proporciones bíblicas, algo así como Jace Wayland en las historias de la gran Cassandra Clare. Pero no la terminaba de convencer. Tal vez algo en ella no estaba bien codificado para adorar a la especie masculina tanto como adoraba a la femenina... o solo a Leda, específicamente hablando. —¿Por qué la llamas Shane? —investigó Silvana acercándose a él, provocativa, para que el secreto le fuera revelado. —Oh, ¿por qué le digo Shane? Algún día lo sabrás si sucumbes a sus temibles encantos. —Silvana sintió que el suelo tembló. Prácticamente era lo mismo que ella le había dicho. ¿Es que acaso todos los presentes podían notar que Leda le encantaba? Aparentemente sí. —Ok, prefiero no discutir eso por ahora. —Se volteó hacia Johnny que sonreía y enarcaba una ceja en son de complicidad. —Silvana los prefiere rubios y forzudos —burló su amigo. La joven le

atravesó con las pupilas y todos se quedaron callados. —Te confundes, amigo mío. Es a ti a quien le gustan así —replicó Silvana y los presentes estallaron en risotadas sonoras. Johnny le guiñó el ojo y añadió. —Cierto. Lo olvidaba. —Se cubrió la boca con falsa dignidad y Silvana rio. Continuaron bebiendo hasta que el sol les acechó con sus hilos de oro a través de la ventana. Leda se negaba a apartarse de Silvana, y ella se deleitaba con su compañía. Entre conversaciones, charlaron de lo que había ocurrido con la profesora Master. Leda le explicó que fue un arranque estúpido de energía imparable, algo así como un tren bala sin frenos. Sin embargo, cuando la chica le preguntó si era cierto que le llamaba su Leda antes — infiriendo el hecho de que ya habían tenido sexo—, la joven desvió la mirada, aunque al fin y al cabo, respondió que todo era verdad. Al principio, Silvana sucumbió al miedo y a la inevitable sensación de la celotipia. El pensar que alguien se atreviera a follar con Master —no porque fuera poco atractiva, que sin duda alguna lo era, sino por su carácter tan frío como un glaciar—, la aterraba. —¿Ella te ofreció ir a la cama? —le espetó Silvana con poca delicadeza. —¿Podrías culparla? —bromeó Leda, mordiéndose el labio, bebiendo un trago de su cerveza. El gesto provocó un tirón en el vientre de Silvana que sentía la humectación asomarse de a poco. —En realidad no. —La sangre se le subió a las mejillas, ruborizándola. Se arrepintió de haber pronunciado aquella verdad, pero era demasiado tarde para echarse atrás. —No te preocupes —susurró Leda, acariciándole la mejilla con el dedo pulgar. —Te preocupas demasiado, preciosa. Lo que es, es. —Silvana se separó tajante de ella porque creía que moriría si la volvía a tocar de esa manera. Johnny se percató de esto y sugirió que, para relajarse, jugaran “verdad o reto”. Los presentes vitorearon y accedieron de buena gana, a excepción de Klaus que desconocía el juego. Leda no quitó su palma de la rodilla de Silvana y dijo que era la mejor idea de la noche, checándola de

soslayo. —Las reglas son simples: alguien comienza y le pregunta a una persona, la que desee, si quiere una verdad o hacer un reto. Las verdades son preguntas, los retos, pues son retos —explicó Johnny a Klaus—. Pueden escoger hasta tres verdades seguidas y después les tocará reto, quieran o no. ¿Todos de acuerdo? —¡Sí! —El aullido se dejó oír. Comenzaron con preguntas incipientes: ¿A qué edad hiciste el amor por primera vez? ¿Cuántas veces has tenido sexo? ¿Cuál es tu posición favorita? Entre otras cuestiones sin relevancia. Los primeros retos fueron que Lizet y Arón actuaran sus cinco posiciones favoritas en la cama, que Renato le lamiera el cuello a Erika, que Louis besara a Leda por cinco minutos seguidos —cosa que incomodó mucho a Silvana por la pasión demostrada en aquél beso—, y que Johnny acariciara a Klaus por encima del pantalón hasta que tuviera una erección. Quien se negaba a cumplir con los retos, se bebía tres shots de tequila. Silvana había respondido tres preguntas y era su turno de un reto, por decreto de los demás. Sintiéndose bastante estimulada por el licor que recorría sus venas, estaba dispuesta a todo. A Louis le tocó ponerle el castigo y comandó. —Deberás besar con pasión a la persona de este lugar que más te atraiga. Silvana le echó un vistazo rápido a Johnny y él asintió con regocijo, animándola. Sabía bien a quién añoraba a besar. Como por arte del destino, comenzó a sonar una canción de Sade llamada “This Is No Ordinary Love”. Alguien había cambiado la tonada del CD. Para sorpresa de Silvana, había sido Louis. Ella se apenó de manera visible y su respiración se agitó. El rubor rosado le subió por las mejillas como una nube crepuscular. Por una parte, no quería hacer lo que estaba a punto de hacer. De alguna forma, cambiaría su vida para siempre. Al darse cuenta de que se había quedado petrificada, Johnny le hizo una señal a Shane con la mano para que se acercara y terminara con eso de una buena vez. Estaban todos sentados en el suelo, formando un círculo casi perfecto. Shane se aproximó sin miedo a Silvana, quien pareció haberse quedado

clavada al piso —a pesar de que ya volaba cual globo de helio al viento—, cerrando los ojos. Todos sus músculos se habían tensado. Cerró los puños cuando percibió el sensual y adorable beso de Shane, acomodándose perfectamente a sus labios carnosos, ávidos de su sabor. La chica no paró ahí, se entremetió en su boca, obligándola a abrirla y soltar su aliento en ella. Suspiró y advirtió que perdería la consciencia. Shane entrelazó su lengua húmeda con la de la joven y la provocó a entregarse a ese momento, mordiéndole el labio inferior. Silvana no aguantó más su embate abrasador y se acompasó con Leda en el más exquisito idilio. La saboreó, apreció, atesoró. El compás de la música iba bien con lo que experimentaba. Sus brazos, sin pedirle permiso, se enredaron en la larga cabellera de Leda y la apretaron contra ella, introduciéndose aún más en su boca. La presión en su entrepierna acrecentó cuando Leda la abrazó, rodeándole la delgada cintura con sus brazos firmes y femeninos. Las voces de los demás gritaban insolentes, corrompiendo su cielo, pero ninguna de aquellas voces parecieron importarles. Se clavaron la una en la otra con arrebato, experimentando la sensación de sus senos erguidos chocando, casi fundiéndose por encima de la ropa molesta, y sus palmas se volvieron un torbellino. No fue hasta que Louis carraspeó, que Leda se vio obligada a dejar ir a Silvana, no sin antes comprender que su mundo perfecto, lleno de imperfecciones, se vendría abajo con aquella mujer plena de pasión y arrobo. Silvana, por su parte, trató de acomodarse en su asiento de nuevo, pero ya estaba más embriagada del aliento de Leda que del mismo alcohol. La deseó. La deseó tanto que hubiera sido capaz de pedirle que abandonaran ese sitio para ir a una cama a entregarse. Pero su cobardía se lo impidió. El beso había sido como hacer el amor por primera vez. El delirio que explotaba en su corazón era irresistible —y ni hablar de su entrepierna que derrochaba un extático vaho—, y sin embargo, debía soportarlo como un martirio que únicamente ella podía sentir. Leda se alejó y su rostro regresó a ser una máscara inescrutable. Se limpió los labios y dijo. —He tenido mejores. —Dio otro sorbo a su bebida como si nada.

El corazón de Silvana la urgió a demostrarle que no podía ser así, que ellas estaban destinadas a estar unidas por siempre, pero calló. Regresó a su sitio y se empinó la botella de whisky. —No estuvo mal —gruñó entre tragos. Los demás sisearon como serpientes y Louis tuvo que frenarla para que no se acabara la botella completa porque notó el daño que Shane le había causado, tan bella y frágil. —Mejor continuamos con el juego, ¿no? —dijo Johnny y todos le secundaron. Él consiguió lo que quería, que era besarse con Klaus —quien después de varias cervezas, se había transformado en su prototipo perfecto para él—, y Louis consiguió besar a Silvana. A ella le pareció que con eso podría encender los celos de Shane, aunque no pudo notarlo. Tan frágil, pensó el chico. Tan dulce. Es como un poema. Uno que se recita con el alma entera... uno que merece ser plasmado en un libro para nunca olvidarse. Silvana sintió un leve cosquilleo cuando respondió aquél beso, pero nada de lo que había experimentado con Leda. La voz de su subconsciente le habló, diciéndole: ¡Oh, sí, querida! ¡Estás en un lío! El pensamiento le causó tanto miedo, que arremetió en los labios de Louis sin pudor. Exploró los rincones de su boca, le recorrió, abrazándole. Lo percibió muy varonil y fuerte debajo de sus pequeñas manos. El chico comenzó a exaltarse tanto como para que se notara presionado en el vientre de Silvana. No le hubiera venido mal que estuvieran solos. No obstante, era bastante caballeroso y tal exhibición de potencias no le parecía bien, por lo que decidió apartarse poco a poco de Silvana y su arrolladora brasa. Echó un rápido vistazo a Leda que pareció no inmutarse, aunque la conocía y sabía que en sus ojos brillaba una llama de furia. Silvana continuó bebiendo hasta que ya no supo su nombre. Se tiró a los brazos de Johnny para que la protegiera de lo que estaba pasando. Johnny se quedó con ella hasta que se durmió en el sofá y la dejó un segundo, pero en ese segundo, Klaus lo atrajo y comenzaron a besarse. Pronto se olvidaría de que debía cuidar de su “novia de fiesta”. Estaría a salvo e iría a revisarla en cuanto terminara con Klaus. Louis, al verla ahí dormida como un ángel, percibió un calor muy distinto a la pasión anterior. Sintió profundo respeto,

profundo cariño. La cargó para llevarla hacia John y preguntarle si se irían para que les llamara a un taxi o se quedarían. Sin embargo, no lo encontró por ninguna parte. Shane no dudó en responder que Silvana dormiría con ella. Lo había dicho como una orden y Louis nunca despertaría su ira a propósito, así que accedió. Subieron las escaleras y, una vez que la acostó en la cama de su amiga, se preocupó. La observó tan virginal que no pudo evitar recordarle a Shane su posición en la casa y en la vida de la chica. —Sé que es tu nueva conquista —murmuró. —No es solo mi nueva conquista. En serio me gusta — soltó Shane sin mucha convicción. —Conozco a la perfección qué es lo que sucede cuando alguien te gusta “de verdad”. Le romperás el alma en dos. Ella no está para eso. Te suplico que no lo hagas. Arruinarás su vida. —No me retes. —Shane le miró amenazadora. —¿Es que nada en el puto mundo te importa, carajo? No le hagas a ella lo que le has hecho a las demás. Ella es diferente —suplicó. —¡No me digas lo que tengo o no que hacer! Porque lo único que conseguirás es que te lleve la contraria —replicó con altiveza. —Por favor, Shane... no con ella. —Estás enamorado, ¿verdad? Es lo malo de vivir con estúpidos hombres — lamentó. —Pierden la cabeza con la primera mujer hermosa que se les cruza en el camino y les regala una sonrisa sincera. —¡No se trata de eso! Te conozco. Ella merece algo más que lo que le puedes ofrecer. —Louis sonaba realmente consternado y alimentó la ira de Shane. —¡Es mía, mierda! Por si no te diste cuenta, a mí me besó con pasión y locura. La quiero para mí. Debo tenerla.

Lo demás es lo de menos. Yo la cuidaré, lo prometo. —No le pertenece a ninguno de los dos. Tiene novio y una existencia tranquila —rebatió. —He dicho que la cuidaré. Louis quiso arrancarle la cabeza a su amiga por su insolencia. Quiso entrometerse y robarse a Silvana de su cama, sabiendo que con él estaría a salvo. No obstante, no hizo nada. Se giró en redondo, no sin antes besar a Shane en son de despedida, y desapareció en su habitación. Lizet se había ido con su novio, Renato estaba en la cocina con Erika, y Johnny se había encerrado en el baño con Klaus. Era cierto. Louis estaba en graves problemas, porque se había enamorado de la chica. La chispa de vida que había visto en ella, Leda no la adoptaría como suya. Sin embargo, no le quedó de otra más que encerrarse en su cuarto e intentar conciliar el sueño, cosa que no consiguió. Leda le quitó dulce las botas a Silvana y admiró los mechones que le caían por el rostro. Era su visión de magnífica plenitud. Ella adormecida en su cama, tranquila. Le acarició la mejilla y olió su cabello. La abrazó. —Eres lo más divino que he contemplado en la vida — susurró a su oído antes de cubrirla con una sábana, darle un beso en la boca, y perderse en los brazos de Morfeo. Después de eso, nadie, ni siquiera ella, sabía lo que ocurriría. Silvana sería suya porque así lo quería y punto. No importaba si después se hartaba. Debía tenerla. El futuro era incierto y nunca le había gustado, era el presente lo que le interesaba, y en ese presente, las dos estaban juntas, muy juntas, piel con piel, alma con alma. “Un Día Después”

Silvana corría a sus clases matinales. Johnny se la topó en el pasillo. —¿A dónde crees que vas? —La tomó del brazo y la llevó a la cafetería a regañadientes—. Tienes que contarme todo lo que pasó cuando... —¿Cuándo me dejaste sola? —interrumpió la chica con severidad. —No te dejé sola. Nunca haría eso. Te dormiste y Klaus me interceptó. No pude zafarme —se excusó pobremente. Corrió una silla para que Silvana se sentara. —Tienes suerte de que te adore tanto como para no romperte el hocico —dijo entre dientes y se sentó de mala gana—. Faltaré de nuevo a clase de la profesora Caney. —Sabes todo lo que tienes que saber sobre gramática, tonta. ¿Qué no comprendes mi urgencia por sacarte la verdad? ¿Ya has salido del closet? — preguntó, tomándola de las manos. —¡Shhh! ¡Cállate! ¡Nos escucharán y ahí están los amigos de Federico! — Johnny se encogió de hombros con recato y se mordió los labios para guardar silencio—. No hay closet del que tenga que salir —contestó tajante Silvana, mirando hacia otro lado. —¡Por favor! No me vengas con eso. Soy yo, y ser yo es como ser tú misma. Vi lo mucho que te gustó Leda. ¡Diablos! Todos lo vieron. —¡¿Todos?! —¿No te parece obvia esta cara? —Hizo un gesto con la boca torcida a la derecha, la lengua afuera y los ojos mirándola fijo. —Es cierto que me gustó, pero nada ocurrió. —Sus pupilas denotaban una tristeza escondida que Johnny conocía muy bien. —Te creo. Aunque debes decirme qué pasó, ¡vamos!

—Nada. Absolutamente nada. —Silvana mordió la punta del lápiz que llevaba en una mano—. Leda ni siquiera estuvo ahí cuando desperté. —¡No puede ser! —aulló el chico y Silvana le dio un libretazo en el hombro. —Que bajes la voz, animal —refunfuñó. —Lo lamento. Es que... se notaba tan cariñosa contigo. —Negó con la cabeza como si no lo creyera. —Pues así es. Louis, en cambio, se comportó muy cortés y lindo conmigo. Cuando abrí los ojos, Leda ya se había marchado Dios sabe a dónde. Me dejó esta nota. —Sacó un papel arrugado de su bolsillo y se lo dio a John para leer: ¿Vas a creer que en realidad he tenido mejores besos que el nuestro? Si es así, no llames. Si no te queda duda alguna de mi sentir, toma el móvil y márcame. Estoy a tu disposición, preciosa. Un beso, como el de anoche. Shane. P.D. 555-929-01-83 Johnny leyó y releyó la nota. Luego observó a Silvana. —¿Qué significa eso? —indagó la chica. —¿Tú qué piensas que significa? —Responder a una pregunta con otra es grosero — reprendió. —Y responderla con una falacia como esa, es peor. ¿Por qué te engañas a ti misma de esa forma, Silvana, mi amor? Es obvio que muere por ti, pero debe temer tanto como tú. Quiere que des el primer paso. Sabe que tienes pareja. Silvana abrió los ojos como platos.

—¡¿Cómo demonios lo sabe?! —inquirió. —Louis nos conoce bien. Está en el equipo con Federico. —¡¿Qué?! No lo reconocí —Silvana sintió un vahído y se aferró a la silla—. Le dirá todo a Federico y... ¡mierda! No, no, no. Esto está mal. —Tranquila, reina del “Drama”. Se nota que jamás has posado la vista en la banca de refuerzos en los partidos. Louis es uno de ellos y solo está en el equipo por cuestión de calificaciones. —Para ser honesta, pensé que era un vago bueno para nada —dijo Silvana hablando para ella misma. —No se lleva con Federico y sus mastodontes, así que por esa parte no hay de qué preocuparse. Ya he charlado con él y, a mi parecer, está idiotizado contigo. Es un tipo rebelde que asiste poco a los entrenamientos y al que no le importan en lo más mínimo. Pero es tan “caliente” que me lo comería vivo. —¡Tus gustos culinarios no son el problema aquí! — chilló Silvana. Los que iban caminando por la cafetería se le quedaron viendo como a un bicho raro. —Contrólate, mujer. —La frenó de golpe—. Le di tu número telefónico para... —¿Qué hiciste qué, carajo? —masculló la chica elevándose del asiento instantáneamente. Johnny la agarró de la cintura y la aplastó en la silla. —Si no quieres que pierda los pocos cabales que me quedan, te sentarás y me escucharás. ¡Fuck! Es lo malo de llevarme con mujeres. Luego me preguntas por qué me gustan los hombres —ironizó Johnny volteando los ojos. Silvana tomó un respiro y le dejó continuar. —Louis me pidió tu número para marcarte porque deseaba saber cómo estabas después de lo de Leda. Él cree, como yo, que ustedes... ya sabes, follaron. Le dije que era poco probable porque te conocía bien, aunque tenía mis dudas porque vi lo mucho que esa mujer se te había clavado en la mente y en el corazón. Eso no se esfuma con una siesta y una resaca mayor. Odia a Federico.

Le considera engreído, ignorante, y supe, por su intensa mirada de ojos azules —Johnny comenzaba a divagar en sus propias quimeras, de nuevo—, que le gustabas más de lo que admitiría. Le pedí que guardara nuestro secreto y juró que no saldría de sus divinos, jugosos y rosados labios. —John. —Silvana le clavó las pupilas como navajas. —Lo siento, ¡es que es tan guapo...! —Entonces, ¿estoy a salvo? —Si quieres estarlo. —Sacó un cigarrillo y lo prendió. —¿Qué se supone que estás diciendo? —Silvana odiaba fumar, pero le arrebató el cigarro e inhaló el humo asesino con potencia. —Lo mismo que se supone que significa la nota de Shane. Que si deseas estar con ella, lo estarás sin más ni más. Sin importar la presencia de Federico y de Louis. Sin importar nada. Serán solo tú y ella. ¡Dame eso! —Tomó el cigarro y continuó—. Mira, a mí me tiene sin cuidado lo que pase con Shane si tú decides ignorarla. Lo único que quiero es tu felicidad. Me queda claro que no eres feliz con Fede. Sin embargo, lo que vi en ti en esa casa, jamás lo había visto con alguien más en la vida. Conócela mejor y llámala, no pierdes nada con ello. Pero ten cuidado. —Puedo perderlo todo, Johnny. Con Federico tengo cierta estabilidad. A Shane no le importa nada. Me dejó ahí sola como un perro en la mañana. De no haber estado Louis presente, me hubiese muerto de la pena y de la resaca. Él me cocinó unos huevos y platicamos un rato. Ahora comprendo por qué no quiso relatarme los detalles de su vida, aunque yo tampoco lo hice. Charlamos sobre escritores que nos apasionan y esas cosas superficiales. Tenía la esperanza de que Shane regresara, pero no lo hizo. No estoy dispuesta a perder el tiempo con alguien a quien no le atraigo en verdad —dijo intentando sonar definitiva.

—De nuevo, ¿a quién tratas de engañar? Silvana se desparramó en la silla y se cubrió la frente con ambas manos. Estaba en una encrucijada en la que jamás pensó caer. No quería serle infiel a su novio, pero pensar en perder lo que había hallado en Leda, le resultaba tormentoso. —Me niego a engañar a Fede. —No tendrías que engañarlo. Leda puede ser tu amiga hasta donde las dos lo deseen. Estás armando un tornado en un puto vaso con agua. —Es sencillo para ti decirlo. Tú ya eres libre de las ataduras. Eres la clase de hombre que quieres ser. —¿Te parece que lo soy, ocultándole todo a mi padre y a mi hermanito para que crean que soy el perfecto caballero? —preguntó con un dejo de tristeza—. No preciosa, no. Aunque tampoco me niego a vivir las experiencias que la vida me ofrece. Nadie me detiene más que yo, y así debería ser contigo. — Sacó el móvil de su pantalón y lo extendió hacia Silvana—. Llámala. —No. —Negó con la cabeza. —Si no lo haces tú, lo haré yo. Aprovecha que ahora Federico sigue furioso contigo por lo del otro día. Silva miró al cielo y se dijo, ¿por qué no? ¿Sería capaz de mantener lo suyo con Shane en una simple amistad? ¿Podría contener sus impulsos al mirarla, tenerla cerca, tocarla? ¡Que mierda, solo hazlo! Soltó una sonrisa de lado y se prendió del móvil para discar el número. La voz femenina y suave le respondió del otro lado. —Leda, soy yo, Silvana... Leda no esperaba la llamada. Consideró que después de su huida, Silvana no se dignaría a dirigirle la palabra, con toda razón. No obstante, el telefonazo le

indicaba que había hecho lo correcto. La noche que durmió con ella, había sido maravillosa. Sin embargo, al despertar, un pánico potente la invadió y decidió vestirse y dejarla ahí botada. No pudo mirar atrás por temor a acobardarse y no querer salir. Debía hacerlo, debía escapar. Sentía el alma expuesta ante los ojos de aquella chica y no deseaba sentir tal cosa. Ella sabía muy bien cómo terminarían si se entregaban a un amorío. Louis tenía razón. Leda era incapaz de amar a alguien que no fuese ella misma. Y sin embargo, un timbrazo cambió el transcurso de todo. Su nota fue clara: “Llámame y estarás dispuesta a tener algo conmigo bajo mis términos; no me llames y todo se acabó”. Mientras charlaba lo más tranquila posible con Silvana, el corazón le dio un vuelco. Tal vez, después de todo, sí podría adorar a alguien más. ¿Sería capaz de usar a Silvana como experimento, sabiendo las catastróficas consecuencias que eso conllevaría si fallaba? ¿Podría destruirla como había destruido a tantas? ¿Tenía el temple para soportar herirla? —¿Nos vemos esta tarde en el cine? —interrogó sensual sin poder evitarlo, dejándose llevar por su avidez. Su carácter sería, a su parecer, no modificable. Silvana le gustaba demasiado. Dejaría que ella se condenara o se salvara a sí misma. Como el mediocre Poncio Pilato, se lavó las manos y echó los dados al aire para que cayeran en las palmas de la chica, eligiendo su futuro. —De acuerdo. ¿A las cinco está bien? —Tendré que faltar a la clase de Master, que tanto me fascina, pero sí. A las cinco es perfecto. Leda esbozó una sonrisa completa y se dijo: Atada a mí estarás, entonces. Federico esperaba a Silvana después de clase para solucionar el altercado que habían tenido, pero todo volvió a estallar cuando ella le contó la verdad acerca de lo que ocurrió después de la velada desastrosa que tuvieron y, obrando como buen macho alfa, resolvió largarse, dejando a Silvana con la palabra en la boca. —Cuando estés dispuesto a discutir esto conmigo como gente civilizada,

hablaré. De otro modo, considéranos en esquinas neutrales. El coraje hablaba por ella, no el corazón. Pero la hora de ver a Leda se acercaba y ella no podía esperar. Intentaría llegar al fondo de su ser y ver si el amor que le tenía podía rendir frutos o solo era una ilusión creada por ella. Entre tanto, viviría al límite de sus emociones, intentando balancear las cosas lo mejor que pudiera. Se contempló a sí misma como una titiritera que movía los hilos a su antojo y la sensación la glorificó. Hora de la verdad. “Descubriendo a Shane” La ida al cinema había resultado todo un éxito. Entraron a ver una función del Tour de Cine Francés, lo que complació tremendamente a Silvana que amaba las películas de arte. Ambas coincidían en que de eso se trataba el verdadero cine, en darle vida al arte, y las dos eligieron el mismo filme de entre los que se exhibían: “La Vida de Adele”, una historia basada en la novela gráfica francesa “Le Bleu est une Colour Chaude” de Julie Maroh, ganadora de varios premios. Silvana ya había escuchado buenos comentarios de ella, y a pesar de que era algo controversial debido a sus largas escenas de sexo explícito entre las protagonistas —puesto que era un filme lésbico erótico—, la crítica la aclamaba. No le daría importancia a eso ahora. Disfrutaría mucho del momento. Leda se veía preciosa, pensaba. Llevaba puestas esas botas que tanto le habían gustado, un par de jeans ajustados al perfecto trasero y una blusa sin mangas color rojo que resaltaba sus senos de una forma escandalosa, pero vivificante. Su cabello estaba recogido en una coleta y parecía una estrella de Hollywood a la que cualquier fanático seguiría y copiaría. Ella vestía algo similar, aunque en vez de botas llevaba tacones altos y una blusa bastante recatada. Leda le pidió una disculpa por haberla dejado plantada en su casa cuando amaneció, a lo que Silvana respondió con un: —No tiene importancia alguna. —Sí la tenía en su corazón, pero decidió enterrar el incidente y disfrutar la presencia de la chica mientras podía. El resto de la tarde, pasearon por un parque que se encontraba frente al cinema. Tomaron un helado juntas, del mismo sabor —fresa—, y charlaron, disfrutando de la frescura de la brisa citadina. Era curioso como todas las miradas se dirigían a ellas. Cada hombre que pasaba era un par de ojos que las comía vivas, las llevaba a la cama y les hacía el amor con fervor

prohibido. Leda se mofó de todo eso, y ¿cómo lo hizo? Regalándoles un espectáculo que jamás olvidarían. Detuvo su andar y giró a Silvana para que le diera la cara. Pasó su lengua tersa por el helado y tomó a la chica del cabello. Se aproximó muy lento hacia ella, ante el asombro de Silvana, y le lamió suavemente los labios ensanchados hasta que una pequeña gota de dulce crema descendió por su barbilla. La resiguió y también acabó con ella, dejando un leve rastro de humectación en el camino. Silvana, en un impulso incontenible, plantó la boca en la suya y la besó profundo. Leda tiró el helado hacia un costado y la abrazó, enlazándose con su candor. Su mano bajó hasta la cintura de Silvana. ¡Dios!, pensó. Su anatomía es tan exquisita, delicada y sutil como la de un pétalo de orquídea blanca. Uno de sus dedos rozó la piel de su cadera y sintió un tirón en la entrepierna que le retumbó en el cerebro, como pequeñas partículas que explotan arrastrando todo a la perdición. Su cuerpo soltaba humedad y estaba segura que el de su mujer, también. Y nótese que la había llamado su mujer. Eso era lo que le dictaba el fuego en sus venas. Silvana le pertenecía de alguna forma u otra. Entre tanto, Silvana se derretía entre sus brazos. Al igual que su compañera, se había asido a su estructura y a su cabellera sedosa. La saturación de sabores que emanaban de su boca, eran adictivos. Como algo obvio, los hombres que las observaban soltaron varias exclamaciones y las apuntaron, cruzando con disimulo las piernas. Seguramente estaban tan plenos de excitación como ellas y trataban de ocultar su creciente “afán”. Silvana se presionó aún más contra Leda cuando unas señoras que se cruzaron con ellas, ofendiéndose de manera escandalosa, llamándolas fenómenos. Eso fue suficiente para provocar el desenlace del encanto de sus labios. Comenzaron a carcajearse al unísono. Ambas se limpiaron cuidadosamente las bocas, y continuaron con su plática como si nada, aunque el corazón de Silvana ahora le había llegado a los pies y no dejaría de latir acelerado hasta que se separara esa noche de Shane. —No se suponía que esto sería así. —Se disculpó Leda luego de un rato. A la

chica no le agradaba esa disculpa porque le sabía a error, y el que se hubieran besado de esa manera, era lo más tremendo que le había ocurrido, más que el primer beso, porque ahora estaba en sus cabales, si es que a lo que sentía se le podía llamar cordura. Deslizó su palma entre los dedos de Leda y negó con la cabeza. —¿Y entonces cómo debería haber sido? —cuestionó tímida Silvana. —Diferente... —Leda soltó un suspiro y desvió la mirada al cielo. Tanta intimidad y dulzura le incomodaban, pero deseaba seguir sintiéndose así. —No tienes que explicar más, por favor. Sé que estabas... jugando. —Silvana agachó el rostro y Shane se lo levantó para que la viera, tomándola de la barbilla. De nuevo, pudo verse transparente en sus pupilas de miel y el miedo tembló dentro de ella. ¿Por qué experimentaba esa mirada en toda su potencia? ¿Porque era un reflejo de sí misma y porque le gustaba con demasiada pasión? Quiso excusarse, diciéndose que se trataba de una atracción muy grande y que, una vez que la tuviese completa, todo pasaría. Quería forzarse a creer que esa sería una verdad ineludible. Que teniéndola, dejaría de interesarse. Podría ser, podría. —Sí estaba jugado, pero con ellos —susurró mordiéndose el labio inferior. Silvana esbozó una sonrisa que tranquilizó a Shane, devolviéndole los pies a la tierra y maniatando su ansiedad momentánea. —Gracias. —Silvana se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y ambas continuaron su andar. La charla se daba tan fácil entre ellas como la corriente de los arroyos entre las montañas. La espontaneidad de Shane hacía reír a Silvana como jamás en la vida lo había hecho, solo con Johnny. Sus gustos eran muy similares, y comenzaba a admirar más y más a la chica con cada sonido y cada palabra que emanaba de sus sensuales cuerdas vocales. Parecía que en sus enunciados se hallaban todas las verdades que alguna vez se negó a creer. Se observaba a sí misma muy afortunada porque alguien arriba, entre sus charadas, las había juntado. Le costaba mucho creer en el momento que vivía porque le parecía algo fantástico, digno de la mejor historia, de la más romántica novela. Shane la escuchaba atenta y le regalaba sus opiniones, que eran bastante acertadas.

Ese magnetismo que proyectaba la tenía atrapada en una prisión de dicha de la que no deseaba escapar. La chica le declaró abiertamente que era lesbiana, pero que entre sus fallos, probó a los hombres, a lo que Silvana respondió con una risilla traviesa. Cuando estaba con Shane, todo el planeta parecía fulgurar en colores vivos. Los sonidos se intensificaban, su alma vibraba con la vida misma, y era una con el universo. John, como siempre, había tenido razón. Jamás, en sus veintitantos años de vida, había sentido algo similar por nadie. Por nadie... Se le amarró la garganta cuando pensó en Federico y en sus dos años juntos. Se dio cuenta de que ese tiempo había sido un total engaño. Una farsa mal encaminada por ella misma. El dolor se concentró en su pecho y tragó saliva para no llorar. —¿Estás aquí? —preguntó Leda atrayéndola de regreso a su presente prohibido y maravilloso. Prohibido por sus inhibiciones y tabús respecto al sexo con su mismo sexo. Prohibido por una sociedad en la que las dos no tenían cabida. Prohibido por un Dios que condenaba a las personas que se atrevían a hacer lo que ellas hacían, y eso que no había ocurrido algo a ciencia cierta. Censurado. Un beso se podía perdonar, como Fede había disculpado —y hasta disfrutado— aquél beso con su amiga Andrea. No obstante, esto era algo tan distinto. Era profundo... demasiado profundo. Tal vez estaba avanzando a pasos agigantados hacia un precipicio del cual no saldría viva, pero a quién le podía importar cuando era así de feliz y plena. —¿Sabes que tengo novio, verdad? —indagó ella de la nada, sin querer detener sus palabras. Shane la miró incrédula y rio fuerte. —¿A qué viene todo esto? —enarcó una ceja. —No quiero que haya mentiras entre nosotras — contestó Silvana, sincerándose. —Sé todo lo que necesito saber de ti. Tienes novio, pero estás aquí, ¿no es así? Me llamaste. Iniciaste esto. Tienes el poder de terminarlo si gustas. No

me romperás el corazón —sonrió con desdén. Ese pequeño gesto lastimó a Silvana más de lo que podía imaginar. Sus músculos se tensaron y los ojos le vibraron, cubriéndose con una cortina de agua casi invisible. Shane se percató de lo que había dicho y le tomó la mano a Silva para tranquilizarla— . No quise decir... lo lamento, Silvana. —La estrechó entre sus brazos y absorbió el aroma de su pelo. Claro que le había querido decir lo que externó. Por supuesto que quiso demostrarle lo poco que le importaba que estuviera ahí, aunque no fuera así en realidad. —No te preocupes. Lo dijiste en serio y tienes razón. ¿Por qué debería importarte? —Silvana inhaló un poco de aire para recobrar la compostura. Leda pensaría que estaba loca o que era una melodramática. —Me importa porque estás aquí. Es mi deber cuidarte y lo haré. —Shane buscó su mirada y cuando la encontró, la besó de nuevo, aunque este fue un beso casto, hermoso y lleno de promesas que no sabría si podría cumplir—. ¿Por qué no nos largamos de aquí? Vamos a un sitio más adecuado para una chica linda como tú —pidió, o más bien, ordenó, porque Shane no solía requerir nada. Su voluntad se hacía porque parecía ser la voluntad de quien se encontrara a su lado. Así de fuerte era su personalidad, o así de débiles eran quienes la rodeaban. —¿A dónde quieres ir? —Te mostraré, aunque necesitaremos el auto de tu madre para transportarnos hasta ahí. —No importa dónde sea, ahí nos dirigiremos. No tengo horario de entrada — añadió Silva con voz llena de esperanza, pretendiendo quedarse con Shane por mucho más tiempo. Después de esa noche, quién sabía cuándo podrían verse de nuevo. —¡Perfecto! Porque nos tomará un par de horas llegar. Sujetó su mano y la condujo hasta el coche. Le abrió la puerta del conductor y luego se acomodó en el asiento del pasajero. Encendieron el estéreo a todo volumen con la música del iPod de Silvana. Más que nada, le gustaba el ska,

el rock alternativo, el heavy metal, la música gótica y por supuesto, la buena música popular de los noventas y actual. Leda se meneaba al compás de las notas de “Monkey Man” de Amy Winehouse, y cantaba o intentaba cantar. No le importaba que sus chillidos fueran más ruido que nada, ella estaba disfrutando del viaje. Silvana la acompañaba en sentimiento y gesto. Al ver que sus mejillas se ruborizaban cuando una nota alta se le escapaba de control, Leda la retó a gritar la sonata a todo pulmón. Al principio se negó, pero pronto se contagió de los ánimos de su amiga y se desató en alaridos que llegaban hasta los demás automovilistas, que las saludaban y sonreían. Arribaron a la playa y estacionaron el auto muy cerca del mar. Los ecos de las olas llenaban sus oídos, susurrándoles palabras de aliento y bienvenida. Se sentaron y observaron la luna en todo su esplendor. Las estrellas tintineaban en el firmamento, tan relajadas como ellas dos. Shane pasó el brazo por encima del hombro de Silvana y no la soltó por el tiempo que duró su estadía. Realmente estaba disfrutando del momento. Nunca hizo esto con alguien porque no había conocido a nadie que lo mereciera. —Aquí vengo cuando la vida se pone muy loca como para lidiar con ella — explicó Leda. Silvana posó su cabeza en el hombro de la joven y respondió. —Es el sitio perfecto. —Lo es, contigo aquí. De otra manera, estaría incompleto —afirmó Leda llevándose el pulgar a la boca para morderle la punta. El alma de Silvana la entendió y creyó en ella sin titubear. La chica era distinta a los ojos de Shane, y con esto se refería a comparación de todo cuanto había vivido. Podía apreciar su buen corazón y sus ganas de adorarla, y ese era el mejor afrodisiaco que podía pedir. Silvana comenzó a relatarle la historia de la constelación de la Osa Mayor, la constelación del amor, y Shane la acalló con otro beso. Sus labios se fundieron, humectándose con las lenguas entrelazadas. Besar a una mujer era muy diferente a besar a un chico —comparó Silvana sin intención—. Era más cadencioso, más potente, más entregado. Leda tenía un sabor exótico mezclado con algo dulce y perfume de orquídeas salvajes.

Ambas se dejaron arrastrar por su inevitable conexión y lascivia. Se intoxicaban en sus sapiencias, cerrando la mente a cualquier pensamiento que no fuera de la sensación, las caricias, la humedad. Leda posó a Silvana en la arena blanca y ambas se dieron la oportunidad de consumirse en las brasas de la otra. La mente de Silva difuminó las dudas con el enlace de la lengua de Shane. Lo que antes le parecía incorrecto, cobró un sentido distinto y más valioso. La amaba... ¡vaya que la amaba! ¿Por qué tendría algo de malo entregarse a ella si no había otra cosa que anhelara más en la vida? Siempre hizo lo que los demás quisieron. Siempre se comportó a la altura con su madre, sus amigos y con su “perfecto novio”. Esa noche era la mujer que quería ser, temblando en el abrazo de la mujer que la quería tener. La respuesta estaba en sus narices y no la dejaría escapar. Se aferró al cabello de Leda y haló la liga que le sujetaba para que cayera en su rostro. Era una mata distinguida de pelo color obsidiana que soltó un olor a chocolate irresistible. Ella le acarició la mejilla cubierta de una nube rosa, descendiendo hasta su cuello, pasando por la clavícula lentamente, llegando hasta su seno derecho. Lo que tocaba era sublime. Se montó a horcajadas sobre las caderas pequeñas de Silvana y las apretó entre sus frondosos muslos, yuxtaponiendo el placer de ambas. Su sexo mojado se concentró en la calidez de los jeans que se friccionaban contra el centro de Silva. Siguió besándola y, sin desatarse de aquella quimera, la levantó un poco para que la fricción fuera mayor. —¡Aghh! —aulló Silvana al percatarse de que aquél roce le provocaba demasiado placer. La mano de Shane en su seno se movía en círculos delicados, dibujando sus contornos, presionando sus pezones por encima de la blusa. Hacía todo con sutileza, como una leona silente en medio de la jungla, acechando a un cervatillo. Dejó los labios de Silvana por un momento y se dirigió al nacimiento de su pecho, mordiéndole con cadencia. Supuso que ella haría todo el trabajo porque Silvana era inexperta en el arte de amar a una chica, y su mano se coló hasta la entrepierna de la joven que soltaba un vaho ardiente debajo de sus vaqueros insípidos. Le agradaba mucho ser la primera en tocarla, porque lo era. Plasmaba su huella en el ser de una “virgen”. El temblor en sus movimientos la delataba. Ninguna otra fémina

había explorado ese terreno que marcaba con sus palmas. Sería lo más gentil que pudiera y le proporcionaría el mismo éxtasis que ella experimentaba. Los corazones de las dos se estrellaban estrepitosamente contra sus pechos, desarraigando la sangre en ellos para extenderla a lugares más preciados y preciosos. En verdad era un arte hacerle el amor a una mujer. No terminaba con solo penetrarla con los dedos. Había trabajo de por medio. Trabajo mental, emocional y físico, y Shane conseguiría empujar a Silvana hasta el último de sus placeres. Después de ella, no consideraría estar con alguien más. No quería que estuviera con alguien más. Lo impediría a toda costa. Su sentido de propiedad era extremo porque había tenido todo y nada a la vez. Se había acostado con una infinidad de chiquillas insulsas y solo con una mujer experimentada que la había vuelto loca: Master. Por eso se había puesto furiosa al darse cuenta de que, para la profesora, aquél o aquellos eventos, habían tenido importancia nula. Pero ahora su atención completa se centraba en Silvana y en tomar su pureza para ella. Se vio como la ladrona más afortunada, porque el cuerpo de la joven era el cielo y sus caricias dimitían su infierno. Entremetió la palma con suma destreza en los jeans de la chica y al percibir su exagerada humectación, soltó un jadeo. —Eso es, mi amor. Dame todo lo que tengas. Lo quiero en mis labios — susurró a su oído, lamiéndole el lóbulo. Movió la palma y los dedos de arriba abajo, tomándose su tiempo. Silvana se moría. Era una tortura. No podía dejar de temblar y jadear. Le disgustaba carecer de control en su persona. Quería estar con Shane, pero temía tanto decepcionarla que no supo qué más hacer. Con un hombre hubiese sido sencillo. Unos cuantos toques, unos cuantos besos en las partes correctas, unas cuantas arremetidas y todo estaría listo. Sin embargo, Shane la ponía en jaque. La besaba como si no hubiera mañana. La tocaba como si el mundo se estuviera cayendo a pedazos a su alrededor. Sus manos se deslizaban por su sexo con gracilidad sinigual, reconociendo los sitios que debía presionar para hacerla explotar. Era un éxtasis terrible y completo a la vez. Terrible porque no sabía cómo devolverle el favor, y completo porque Leda sí dominaba ese talento. —Por favor, detente —murmuró Silvana con un hilo de voz, agitada.

—No creo que quieras que me detenga en serio —jadeó Leda—. Sé que me deseas tanto como yo a ti. Sé lo que quieres porque yo lo anhelo de la misma forma. Dame tu alma y obraré maravillas con ella. Silvana gimió por lo bajo y le besó el hombro, la boca, el cuello. Shane le quitó la blusa, permitiéndole percibir la arena en su espalda. Los mechones de su cabello castaño resaltaban en las partículas blancas. Dejó escapar su aliento en el torso desnudo de la chica y ella vibró. La punta de su lengua hizo contacto con el ombligo de Silvana que se retorció. Su cuerpo era el mejor de los poemas. Subió en zigzag y luego lamió sus pezones. Así debía saber la gloria. La piel tersa de la mujer plañía y sudaba, adquiriendo vida propia. Leda colocó las manos de la chica en la orilla de su blusa y le hizo ver que deseaba que se la sacara. Ella reaccionó y siguió con exactitud lo que le fue sugerido. Al ver los pechos al descubierto de Shane, el cuerpo se le perdió entre un sueño y esos maravillosos dulces. Eran rosados, de proporciones perfectas, y se ajustaban muy bien a su estructura. Los tocó, tomándose su tiempo para percibir la sensación lisa, voluminosa y tersa. Fue precioso poder distinguir sus latidos descomedidos al afianzar su palma alrededor del seno izquierdo. Shane se acercó a ella para animarla a besarlos. ¡Oh, por todos los diablos! —gritó subconscientemente—. Su sabor era una mezcla de lo salado de la brisa marina con lo estrepitoso de la dicha. Solo lo podía comparar con lamer el helado del parque, si es que este ardiera al deslizarse por su lengua. El terciopelo de su textura la azoró. ¿Podría ser mejor que esto? Su memoria voló a una pieza del poema que alguna vez leyó del autor Pepe Arias: “Son tus senos manantial que siempre brota. Claros de luna posados en mi almohada con la tenue tersura de su piel suave en la tibieza de una noche que me embriaga”. Shane jadeó más fuerte ante la súbita succión acompasada de la chica que le apeteció muy certera. Meneó la mano que tenía en el sexo de Silva, presionando más contra su clítoris. Sin intención real, le produjo un espasmo explosivo en el vientre que peregrinó a lo largo de su anatomía, dejando a su paso réplicas que la deshicieron. Quiso quitarle el pantalón, pero era demasiado tarde. Silvana

había concluido su danza con un orgasmo divino. Escondió el rostro entre el cabello de su compañera, avergonzada. Temía haberla decepcionado y haber convertido aquella cita tan sublime en un completo desastre. Pero ese no era el caso. Leda estaba radiante de alegría. No había perdido el toque. Se felicitó mentalmente, chocando las palmas consigo misma, bailando un poco de rock interior. El brillo en los ojos de Silva y el poder que tenía sobre ella, eran más de lo que precisaba, al menos por el momento. La tenía en sus palmas, literal. La abrazó fuerte y la besó. —Lo siento mucho. —Se disculpó Silvana y Leda sonrió. —Créeme, no lo sientes más que yo, y me refiero a la parte buena. —Le guiñó el ojo. Ya la mañana asomaba sus destellos dorados entre las nubes y era hora de irse. —Prometo compensártelo después. —La besó con suma ternura, acariciando sus mejillas de pétalo. —Oh, claro que lo harás, pequeña... pero ahora. —Leda le mordió el cuello, sintiendo su clítoris palpitar, gozando hasta el último momento. Se desabrochó los jeans, tomando la mano de Silvana para dirigirla a su sexo. Desprendía un calor poco usual y despiadado. Las yemas de los dedos de Silvana percibieron el líquido que emanaba y se sorprendió. Leda, como buena profesora de la materia, le dio instrucciones a su compañera: “Coloca los dedos índice y medio en la entrada de mi vagina, y el dedo pulgar presionando en pequeños círculos mi clítoris. ¡Eso es, preciosa! Sí. Bésame el pezón derecho, lamiéndolo como si se tratara de un caramelo de miel. Saboréalo”. Silvana se preciaba de ser una excelente estudiante, por lo que siguió los pasos al pie de la letra. Shane se quejó, clavando las uñas en la espalda de su amante fervorosa.

“¡Aghh! Sigue. Sigue con ese ritmo. Introduce pausadamente tus dedos en mi centro, entrando y saliendo con recato. Oprime un poco más mi clítoris, provoca que suelte más líquido para ti”. Silvana lo hizo y la besó. Estaba disfrutando tanto como Leda. Observaba sus gestos arrobados y el sentía la presura con que deseaba arañarla, lamerla, sin ser capaz de dejar de mover las caderas hacia adelante y atrás. Se habían hincado en la arena y estaban de frente. La fría brisa se colaba entre ellas, así que se unieron todavía más, calentándose. Podrían jurar que sus cuerpos convertían la humedad en vapor. —¿Quieres más? —interpeló Silvana. No podía dar crédito a lo buena que estaba resultando en ese encuentro. —Sí, quiero. ¡Oh, preciosa! Hunde más tus dedos en mí. —Una vehemente fogosidad apresó a Silvana, causando que se clavara toda en Leda y la aferrara a sí con exquisito exabrupto. Gruñó, se despojó de toda timidez y continuó agradeciendo a la chica aquellas facciones de descarada excitación. Ya no fue necesario que le dijera nada. Había nacido para esto. Shane pronto se desató en un clímax que sacudió sus cimientos, gritando. Nadie podía molestarlas. Estaban solas, acompañadas por la presencia de la otra. Sintió que se desvanecía, pero Silvana la tomó entre sus brazos, besándola, poniendo fin a esa velada. Luego del corto viaje de regreso en el que Leda le contó a Silva de sus aventuras sin soltarle la mano mientras manejaba, arribaron a su casa. Era de día y llevaba sus anteojos de aviador que tanto le gustaban. —Este ha sido el más grandioso desvelo de todos, y eso que no hubo alcohol de por medio —bromeó Leda, acariciando el brazo de Silvana. —Debo decir que siento lo mismo. —Un brillo escarlata subió por las mejillas de Silvana. Shane se acercó y la besó en los labios para despedirse. ¿Cómo sería posible separarse de ella ahora? Pensó y el estómago le gruñó

con renuencia. —Buenos... días, preciosa. Me sorprendiste. —Me he asombrado a mí misma, créeme —rio Silvana. —Bien, me voy. —Le besó la punta de la nariz y salió del automóvil. Antes de entrar a su hogar, Leda volteó —a pesar de no querer hacerlo— y se preguntó ¿cómo demonios una chiquilla tímida como ella podía contener tanto fuego? Guiñó un ojo y desapareció tras el umbral de la puerta. Silvana se retiró entusiasmada y ansiosa, esperando el próximo encuentro que ella ya le había prometido. Pero Shane, en cambio, permaneció parada en medio de la sala de estar, con incertidumbre en el corazón y un terror que crecía mientras más cerca estaba su alma de la de Silvana... Temía lo peor y no por parte de la chica. Se estaba enamorando, y eso solo significaba una cosa: no podría volver a verla, jamás. Y así se le iría la vida en un eterno ir y venir de sentimientos sin pesares, porque pudo más su cobardía que cualquier amor verdadero. Master la buscó al día siguiente y ella prefirió el vacío de sus brazos que la verdad en su corazón. La gran mayoría de los seres humanos actúan de esa forma, mirando en el espejo una imagen irreconocible de una persona que no mira de vuelta; percibiendo un reflejo lleno de miedo, una sombra de lo que alguna vez fue un ser de luz. ¿Cuántas historias se han acabado de forma tan drástica porque alguien no se atrevió a darse a sí mismo por no reconocerse, por no validarse? Los corazones rotos se arreglan, recuperan su fuerza y brío, y de hecho, se vuelven más enérgicos con el paso del tiempo. Silvana lo supo. Ella tuvo la valía de revelar su verdad y defenderla ante todo aquél que se cruzaba en su camino. Después del dolor y el calvario, llegó la calma y luego, el verdadero amor: Stephany, una estudiante de intercambio canadiense que había arribado a la ciudad para cursar una maestría en Literatura. Las cosas no fueron sencillas para ellas, puesto que tenían mucho en contra. La terrible presión de la madre de Silvana para que recapacitara y regresara con Federico, al que, por cierto, nunca volvió a ver después de que abandonara la escuela por la “vergüenza” que le causaba el hecho de que su ex novia fuera una “come vaginas”, como decía a lo vulgar; el repudio de los que creía sus amigos y la incesante persecución de los simpatizantes de Federico que llegaron hasta a golpearlas. La poca aceptación de la sociedad también representó un

obstáculo, pero la ayuda, el cariño y la lealtad de Johnny, las levantaría en cada caída. Nadie se esperó jamás que algo así ocurriera en la existencia de una chica común y corriente como era Silvana. Nadie lo vio venir. Sin embargo, ella es muy feliz y está casada legalmente con Stephany. Viven en Canadá, —al lado de casa de Johnny y su esposo Klaus, oh sí, ¡ese Klaus!— y Silva es una reconocida escritora de novelas en defensa de los derechos de la Comunidad LGBT a nivel mundial. Una vez volvió a ver a Shane y salió con ella a tomar una copa de vino. Le confesó lo arrepentida que se sentía de haberla rechazado y preguntó si podía darle otra oportunidad, pero Silvana se negó, rotunda. Ya no había más que un buen recuerdo de la chica en su mente. Una memoria de la mujer que la desató y le enseñó el poder que escondía. La besó en los labios y se retiró en un para siempre que sería el cierre definitivo de un ciclo en donde la pasión, el dolor, la alegría y las posibilidades no tenían límite, y jamás volverían a tenerlo. Por fin había comprendido porqué la llamaban Shane; la había descubierto tras esa barrera que interponía entre ella y el mundo para que la congoja no la tocara. Así era el personaje en “The L Word”, y en lo personal, a Silvana nunca le terminó de gustar. Prefería a Bette y a Tina, un par hermoso y más realista. Siguió llevándose a distancia con Louis, quien se convirtió en su confidente y le amó a su honesta manera. ¿Qué cómo podría saberlo, yo, que narro esta historia con tanta vehemencia? Lo sé porque yo soy ella, y también lo eres tú. Porque somos seres humanos y merecemos vivir sin etiquetas. Porque los sueños se cumplen, aunque no siempre el inicio de algo encontrará el fin esperado. Para eso existen las historias, para ser contadas, y esa es la más hermosa, excitante y delirante realidad. Yo, Silvana, descubrí a Shane, a alguien que me abrió un camino, pero de mí depende el cierre. Este es mi final feliz. ¿Cuál es el tuyo?

Sobre la Autora Mi nombre es Mariela Villegas Rivero. Soy escritora mexicana. Nací el 29 de enero de 1983. Estudié Licenciatura en Lenguas Modernas y ahora trabajo como maestra de una escuela secundaria en mi ciudad natal, Mérida, Yucatán. A diferencia de muchas autoras que he conocido, yo no empecé el trayecto a la palabra escrita devorando libros. Buscaba un lugar en el mundo, un propósito, y este apareció de súbito a mis veintisiete años con mi primera historia, Luna Llena. En estos años, me he dado a conocer alrededor de mundo a través de las redes sociales y diversos medios de comunicación. Soy coeditora y cocreadora de la Revista Literaria "Luz de Dos Lunas", junto con Andrea V. Luna, escritora argentina. He sido entrevistada en los programas de radio por internet, Café entre Libros y Conociendo a Autores, de la Universal Radio, La Hora Romántica de Divinas Lectoras con Cecilia Pérez y Revista Radio de las Artes, de Diana Ríos. Mi obra de poemas Mujer de Fuego fue homenajeada por la radio argentina Alma en Radio en febrero de 2015. Llevo hasta ahora 27 libros en mi haber de distintos subgéneros románticos, publicados de forma independiente en Amazon y de manera editorial en Nueva Editora Digital en Argentina y en Ediciones Coral, Group Edition World, en España para el mundo, y un premio literario por mi novela Noche de Brujas (Premio III Plumas de Pasión por la Novela Romántica, Paranormal y Romance Juvenil 2014, España). Soy autodidacta y siempre he pensado que la inmortalidad se puede alcanzar mediante la trascendencia de nuestras ideas. BIBLIOGRAFÍA: *Las fechas exactas de publicación varían y oscilan entre

2010 y 2016. —Tetralogía Lunas Vampíricas (romance paranormal): 1) Luna Llena 2) Cuarto Creciente 3) Cuarto Menguante y 4) Luna Negra, Lunas Vampíricas más allá de los siglos (que se puede leer de forma independiente a las demás o en conjunto). —Saga Noche de Brujas (romance paranormal): 1) Noche de Brujas 2) Crónicas de Sombras 3) Crónicas de Sangre 4) Crónicas Inmortales. —Trilogía Espectral (romance paranormal): 1) El Ángel de las Sombras 2) El Ángel de Fuego 3) El Ángel de Hielo. —Leyendas Prohibidas (novela de romance paranormal que tiene como locación Mérida, España y Colombia, basada en la leyenda de la Xtabay y leyendas Catalanas, y trata un poco la historia de la conquista española a nuestro pueblo sin profundizar mucho en ello, aunque creando una consciencia colectiva de lo que fue para nuestros ancestros perder sus diversas deidades a manos de los españoles católicos que impusieron sus creencias. Sin embargo, su esencia es el romance entre tres seres. Tiene tintes eróticos, debo admitir, pero creo yo que no se centra en ello tanto como el en sentir de sus personajes hacia sus culturas y su amor. —Los Hombres de mi Vida. Romance contemporáneo. Una historia que relata la vida de una mujer a través de los hombres que han tocado su corazón, desde su padre, hasta aquél último amor. —Mujer de Fuego, poemas y pensamientos de todo tipo. Una recopilación de 40 poemas en verso y prosa, relativamente cortos. —Alma Inmortal (romance paranormal juvenil). Una novela corta cuya trama es una combinación de civilizaciones y creencias, la mayoría de origen extranjero, aunque se desarrolla en su totalidad en Mahahual, Quintana Roo. —Hoy el Aire Huele a Ti (novela de romance erótico).

—Pasiones Oscuras (novela de romance erótico) próxima a publicarse en Ediciones Coral de España en Junio de 2016 para librerías internacionales y nacionales. Eso es en cuanto a novelas. Ahora, en cuanto a series de microcuentos y relatos, tengo: —Serie Delirios y Amores (microcuentos y relatos, en su mayoría, eróticos, aunque hay de todo un poco, terror, comedia, romance, fantasía y suspenso). 1) 50 Suspiros y 3 Pasiones, 2) 50 Suspiros y Un Pecado, 3) Antología Mínima Erótica y 4) Deseos Indistintos, de la cual se desprende una mini serie de relatos independientes llamada Deseos Indistintos: 1) De Ella, 2) IkalChakte, Historia de un Inmortal y 3) Tú, mi Luna. Por último, el libro didáctico Realidades Fantásticas, diseñado para ayudar a los profesores a fomentar la lectura entre sus alumnos, especialmente de nivel secundaria. Y por supuesto “Descubriendo a Shane”, novela de romance lesboerótico estrenada en el mundo el 27 de Enero de 2016. Un gran abrazo y todo mi amor. Mariela Villegas R

Para contactar a la https://www.facebook.com/marielavillegasres critora Página de la autora en Facebook: https://www.facebook.com/MarielaVillegasR Página

autora:

Facebook:

de

la

Serie

Lunas Vampíricas

en Facebook: https://www.facebook.com/pages/LunasVamp%C3%ADricas/324638121014900?fref=ts Página de la Saga Noche de Brujas y Trilogía Espectral en Facebook: https://www.facebook.com/pages/SagaNoche-de-Brujas-Mariela-VillegasR/141524426016453 Página de la novela erótica Pasiones https://www.facebook.com/pages/Pasiones-

Oscuras

Oscuras-Mariela-VillegasR/338678926331801?ref=ts&fref=ts Goodreads: http://www.goodreads.com/author/show/5 235262.Mariela_Villegas_Rivero Blog: http://www.lunasvampiricasmariela.blogspot.mx / Mi canal

en

Facebook:

de YouTube: http://www.youtube.com/channel/UCyUlNri8j iETnppD2Ceafbg Twitter: @maryvilleri, Mariela VR Writer TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS ®

Document Outline Página de Titulo Copyright Page Agradecimientos Índice: Prefacio “Silvana” “Leda” “Inconforme” “Fiesta” “El Hogar de Shane” “Un Día Después” “Descubriendo a Shane” About the Author   Sign up for Mariela Villegas R.'s Mailing List

Table of Contents Página de Titulo Copyright Page Agradecimientos Índice: Prefacio “Silvana” “Leda” “Inconforme” “Fiesta” “El Hogar de Shane” “Un Día Después” “Descubriendo a Shane” About the Author Sign up for Mariela Villegas R.'s Mailing List