Cuentos-policiales-2020

6tos A y C Cuentos policiales Anthony Berkeley (1893-1970) fue un escritor inglés de relatos policiales. Al principio

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Cuentos policiales

Anthony Berkeley (1893-1970) fue un escritor inglés de relatos policiales. Al principio se dedicó a las novelas de enigma del estilo de las de Agatha Christie o John Dickson Can, que fueron sus coetáneos. Más tarde, en sus narraciones comenzaron a tener más importancia las características psicológicas de los personajes. Entre sus obras es posible mencionar Trial Error (Error de juicio), The Second Shot (El segundo disparo) y Before the Fact (Antes del hecho).

El envenenador de sir William Roger Sheringham escuchaba atentamente al inspector Moresby. El 15 de noviembre, a las diez y media de la mañana, como siempre, sir William Anstruther entró en su muy exclusivo Club Arco Iris. El portero le entregó tres cartas y un paquete chico. Pocos minutos después, llegó al club otro miembro, el señor Graham Beresford, quien, saludando con la cabeza a sir William, se acercó a la chimenea. Después de ojear sus cartas, sir William abrió el paquete y lanzó un fuerte gruñido de disgusto. Luego, le acercó a Beresford una carta que había sido incluida en el paquete. Provenía de una gran firma de fabricantes de chocolate, Mason e Hijos, y explicaba que querían lanzar al mercado una nueva marca de bombones de licor. ¿Querría sir William comunicar a la firma su sincera opinión sobre esos bombones? -¡Esto es intolerable! —exclamó, enojado, sir William. -Tampoco me parece bien, pero me recuerda algo —dijo Beresford-. Mi mujer y yo vimos anoche La calavera crujiente, en el Imperial. Hacia el final del segundo acto le aposté una caja de bombones a que no acertaría con el culpable. Y ganó. Tengo que acordarme de comprarlos. -¿Necesita una caja de bombones? —le preguntó sir William-. Bueno, tome ésta. Yo no la quiero. Beresford vaciló por un momento; luego, desgraciadamente

para él, aceptó. Por una verdadera casualidad, la carta, arrojada al fuego por el mismo Beresford, no llegó a quemarse; el portero la tiró al cesto de papeles y ahí la encontró la policía. De los tres inconscientes protagonistas de la tragedia, sir William era el más notable: un típico señor rural y tradicional. En contraposición, Beresford era un hombre de negocios, común y reservado. Su padre lo había dejado en una buena posición. Pero además, el dinero atrae al dinero: Beresford se casó enamorado (según decían sus amigos) con la hija de un difunto armador de Liverpool. Ella era seria y cultivada, aunque un poco puritana. En pocas palabras: eran un matrimonio feliz. Y entonces cayó, con inexorable tragedia, la caja de los bombones. Beresford se los dio a su esposa después del almuerzo, durante el café. Ella abrió la caja enseguida. La camada superior parecía contener sólo bombones de kirsch y marrasquino. La mujer de Beresford comió sola el primer bombón y exclamó, sorprendida, que el licor del relleno parecía muy fuerte y que le quemaba la boca. Beresford explicó que eran muestras de una nueva marca y también tomó uno. -Son fuertes —dijo. -Son muy fuertes —exclamó su mujer-. Sin embargo, creo que me gustan. Me dejan la lengua dormida. Si fuera tú, no comería más —dijo Beresford con decisión. Pocos minutos después salió para una cita de negocios y dejó a su mujer investigando si le gustaban o no los bombones. Beresford recordaba vívidamente esa conversación porque fue la última vez que vio viva a su mujer. A las cuatro menos cuarto Beresford llegó al club, en un taxi, casi desmayado. El portero quiso pedir un médico pero Beresford lo rehusó. Cuando el portero se fue, le confió a sir William: -Ahora que pienso, creo que son esos bombones que usted me dio. Cuando los probé me pareció que tenían algo raro. Es mejor que vaya a casa y vea si mi mujer... Se detuvo bruscamente, sacudido por una convulsión. Sir William llamó a gritos al portero y a un médico. Antes que el médico llegara, se recibió un mensaje telefónico: 1

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a señora Beresford estaba gravemente enferma. En realidad, ya había muerto. Beresford no murió. Había ingerido menos veneno que su mujer. Se interrogó a sir William; la carta fue recuperada del cesto de papeles y un inspector de investigaciones pidió rápidamente una entrevista con el gerente de Mason e Hijos. La teoría policial era que, por un acto de negligencia criminal, un obrero de la firma Mason había incluido una cantidad excesiva de aceite de almendras amargas en el relleno de los bombones. Sin embargo, el gerente afirmó que el aceite de almendras amargas no era usado jamás por la casa Mason. Además, habiendo leído la carta incluida en el paquete, declaró inmediatamente que era una falsificación. Ni tal carta, ni tales muestras habían sido enviadas por la casa. Era evidente que alguien había tratado de asesinar a sir William Astruther. Scotland Yard redobló sus actividades. Se analizaron los bombones, sir William fue interrogado de nuevo y lo fue también el ya consciente Beresford. Sir William no pudo indicar una sola persona que pudiera tener alguna razón para asesinarlo. El análisis evidenció uno o dos hechos interesantes. No fue aceite de almendras amargas, sino nitrobencina, sustancia afín, lo que se empleó como veneno. Cada bombón de la carnada superior tenía exactamente seis gotas del tóxico, en una mezcla de kirsch y marrasquino. Los bombones de la otra carnada eran inofensivos. La hoja de papel provenía de la impresora Werton pero se ignoraba cómo había llegado a manos del criminal. Sólo se podía deducir que el paquete había sido entregado en la oficina de Southapton Street, entre las ocho y media y las nueve y media, la noche anterior. -Y ahora usted sabe tanto como nosotros, detective Sheringham —concluyó el inspector jefe Moresby-. Si algo es evidente, es que éste es un crimen de mujer. Sólo una mujer enviaría bombones envenenados a un hombre. Otro hombre pensaría en whisky, o cigarros, o algo así. -Hum... -Roger Sheringham no pareció muy seguro-. ¿No es éste un caso de reminiscencia imitativa? Un

crimen se imita, como usted sabe. Moresby se iluminó. -Es la misma conclusión a la que yo llegué. Probé toda otra teoría posible y, hasta donde sé, no hay un alma que pueda tener interés en la vida de sir William. Es obra de algún loco que probablemente nunca vio a sir William. Si fuera así —Moresby suspiró-, tengo pocas esperanzas de atraparlo. -Si no interviene el azar, como a menudo sucede —dijo Roger-. Muchos casos se resuelven por un golpe de suerte. "El azar vengador" sería un excelente título para un film. Una semana después, en un encuentro ocasional, el azar determinó que su interés en este asunto pasar de lo académico a lo personal. Roger estaba en Bond Street a punto de comprarse un sombrero nuevo. De repente, vio que la señora Verreker-le-Flemming se le venía encima. Se trataba de una dama pequeñita, rica y viuda. Habló y habló. - ¡Oh, señor Sheringham! ¿Usted se encargará de este horrible asunto de la muerte de Juana Beresford? Quedé horrorizada cuando lo supe. Usted sabe, Juana y yo éramos íntimas amigas. Y lo más tremendo es que la pobre Juana fue la propia causante de su desgracia. Usted sabe la apuesta que hizo con su marido. Bueno, señor Sheringham, nunca le dije esto a nadie, pero se lo digo a usted porque sé que lo apreciará: Juana no hacía juego leal. Había visto la obra de teatro antes. Fuimos juntas. Ella sabía quién era el culpable. - ¡ Santo cielo! —Roger demostró impresionarse-. ¡El azar vengador! ¡Ninguno de nosotros queda inmune a él! -Continuamente decía que tal cosa no era honesta o no era leal —prosiguió ella-. Bueno, ella mismo pagó por no jugar lealmente. Juana era como dice el viejo dicho: el agua quieta corre en lo hondo. -Usted mencionó a sir William Anstruther hace un momento. ¿Lo conoce también a él? —preguntó Roger. -Solía tratarlo. Roger continuó luego hablando del teatro y, antes de dejar a su amiga, le preguntó si tenía fotografías de Juana Beresford y de sir William. La señora le dijo que fuera a su casa, que le prestaría algunas. Así, Roger 2

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obtuvo seis fotos: de sir William, de la señora Beresford, de dos hombres desconocidos que parecían de la edad de sir William y una de la propia dueña de casa. A Roger le gustaba embrollar las pistas. Luego fue al Club Arco Iris. Se presentó al portero como agente de Scotland Yard y le hizo preguntas relacionadas con la tragedia. Allí corroboró que la noche previa al crimen, sir William había cenado tarde en el club y no había dejado el comedor hasta ls nueve, más o menos. Roger se dirigió a la papelería Werton. Mientras ojeaba los muestrarios, le comentó a una empleada, al mismo tiempo que le mostraba una foto, que unos quince días atrás un amigo había ido a comprar papel de carta. A la mañana siguiente, Roger visitó a Moresby en Scotland Yard. Le pidió si podía localizar a un chofer de taxi que hubiera hecho el recorrido la noche antes del asesinato, a las nueve y diez, más o menos, entre la zona del teatro Imperial y Southampton Street, y a otro chofer que hubiera hecho el recorrido de vuelta. A la tarde, Roger volvió a Scotland Yard. Moresby había encontrado catorce choferes de taxi. A cada uno de ellos, por turno, Roger le mostró una foto y le preguntó si reconocía al pasajero. Sin vacilar, el noveno afirmó que sí. A una seña de Roger, Moresby los despidió a todos. Luego de un silencio, Roger Sheringham dijo: -Por cierto, Moresby, realmente resolví el caso. Aquí está la prueba —le tendió un papel de carta de la papelería Werton. Moresby lo comparó con el de la carta falsificada y resultaron ser idénticos. -Muy bien —dijo Moresby-. Y preguntó: -¿Y el asesino, señor Sheringham? -La persona cuya fotografía está en mi bolsillo — dijo Roger. -¿Quién fue el asesino, pues, señor Sheingham? —repitió Moresby. -Estaba tan bien planeado... -siguió Roger-. Nunca se nos ocurrió que cometíamos el error fundamental que el criminal quería que cometiéramos. El error era que una persona imprevista había sido muerta. Esto era la belleza del plan. El plan no fracasó. Tuvo un éxito brillante. No fue una persona imprevista la que murió; fue la señalada.

Desde el principio la señora Beresford fue la presa. Todo fue previsto. Pero, ¿quién es el asesino? —imploró una vez más Moresby. ¡Beresford! ¡Beresford es el asesino de su propia esposa! —exclamó Roger-. ¡Beresford que no quería a su esposa, sino el dinero! Concibió el plan previendo toda posible contingencia. Llevando a su mujer al Imperial estableció una coartada fácil. En el primer intervalo se deslizó fuera del teatro. Luego fue al correo, dejó el paquete y volvió en taxi. El resto es simple. Sabía que sir William iba al club todas las mañanas. Sabía también que le cedería los bombones, si él se lo sugería. -Es usted muy ingenios, señor Sheringham —dijo Moresby-. Pero, ¿qué le dijo esa amiga suya que le reveló todo en un relámpago? -No fue tanto lo que me dijo, como lo que oí entre sus palabras. Lo que me contó es que la señora Beresford sabía la solución a esa apuesta. Y siendo la clase de persona que era, es increíble que hubiera hecho esa apuesta. Ergo, no apostó. Ergo, Beresford mintió. -Bueno, señor Sherngham. El azar vengador, ¿eh? Suponga que sir William no le hubiera cedido los bombones a Beresford —replicó Moresby. -No hubiera habido ninguna consecuencia. Dele crédito a mi hombre —dijo Roger, quien ya sentía una especie de orgullo personal por el ingenio de Beresford-. ¿Usted cree que mandó los bombones envenenados a sir William? Le mandó los bombones inofensivos y, yendo a su casa, los cambió por los otros. ¡Qué diablos! No iba a desviarse de su propósito para dar ocasiones al azar. Y añadió: -Si "azar" es, realmente la palabra.

Anthony Berkeley. En Los mejores cuentos policiales 1, selección y traducción de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, Buenos Aires, Emecé Editores, 2007 (adaptación).

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Muerte en el Riachuelo, de Manuel Peyrou. El cantor —pegado al micrófono— reiteraba un lloroso capítulo de la vida privada del suburbio. Alrededor de cien hombres —de los que se reconocen y confiesan en el tango— se agrupaban frente a las mesas, pendientes de ese melódico resumen de amarguras. Sólo de tanto en tanto, de algún Porteñito, Independencia o Muela cariada, en ejecución moderna, saltaba una chispa de la vieja narrativa del coraje, la jactancia y la zafaduría. Luego volvían la realidad y los temas cotidianos. Eran las dos de la mañana y el humo y el tango se dividían el espacio y el tiempo; desparramados, florecían algunos diálogos. En una mesa, cuatro hombres ahorraban palabras. Después de un largo intervalo, uno de ellos rompió el silencio: —¿Tenés un negro? La llama ardió un instante en sus dedos y luego se achicó, absorbida por la punta del cigarrillo; era el cuarto que encendía en veinte minutos. Echó el cuerpo hacia atrás, levantó con el pulgar el chambergo hacia la nuca, y lanzó con aplomo una espesa bocanada, que subió perezosa, cada vez menos densa, pasando del gris azulado y compacto al más pálido tono de gris, ya disuelto, borroso: era su viril aporte al enrarecimiento del aire. Alto, moreno, con una palidez enfermiza en el rostro, vestía de oscuro y sus manos eran largas y blancas; ostentaba en la derecha un anillo grande, con una piedra oscura. —¡Qué calor...! —exclamó, por decir algo. —No es el calor... es la humedad —le rectificaron, con positiva lógica popular. Tres hombres rodeaban al Chueco Manfredi. De los tres, uno guardaba silencio; había faltado a una cita y no encontraba palabras para justificarse. Era una cita en la que hubieran dado fin a un antiguo plan, surgido en largas noches de discusiones y de cálculos. —Vos me dijiste a las ocho y yo pensé que era a las ocho de la mañana—arriesgó por fin.

—¡Las ocho, las ocho! ¿Qué vamos hacer a las ocho de la mañana? Yo te dije a las ocho de la noche... —replicó Manfredi, con leve irritación, mientras encendía un nuevo cigarrillo; su palidez, apenas alterada por la contrariedad que le producían las postergaciones del negocio, hallaba su contraste en el brillo afiebrado de las pupilas y en el fino dibujo de las cejas. La voz del cantor cortó los diálogos, y los amigos enmudecieron, siguiendo el hilo invisible de la melodía. Rodeaban al Chueco un tal Andrés, Enrique (a) El Pibe de Wilde y Luis Ramírez. De todos, el único hombre de acción, animoso y sustantivo, era el Chueco. Conocido en Devoto, en Las Heras y hasta en el Sur, acometía cualquier aventura con inalterable y fría resolución. Era bajo, delgado, con un rostro duro, gris y sombrío, que matizaban las huellas borrosas de la viruela. El Pibe de Wilde, en cambio, gozaba íntimamente con la idea de vivir al margen del delito, aunque apenas vivía al margen de las buenas costumbres. Delgado, bajo, supersticioso, vestía un corto saco color ladrillo. Andrés era alto, de ojos claros y pelo rojo: le llamaban el Ruso. Luis Ramírez tenía el físico y la vestimenta de un empleado modesto y había llegado a la encrucijada de su vida. Y la encrucijada ofrecía, de un lado, la permanencia en ese empleo modesto y, del otro, la aventura y el riesgo. —El asunto tenemos que decidirlo mañana —afirmó el Chueco Manfredi, cuando terminó el canto. —Mañana podemos hablar —contestó Andrés—; yo no sé si podré estos días; mi hermana consiguió otro conchabo y la tengo que acompañar a la salida, porque es muy lejos. —Y vos, ¿no podés mañana? —interrogó el Chueco a Luis. —Y, no sé... los domingos voy a lo de mi cuñado. Van también el gordo Gariboto y los muchachos. Me parece que lo mejor es que hablemos el lunes. El chico del almacén quedó en avisarme la hora en que el viejo cruza el puente. — ¡Pero eso ya lo sabemos hace meses! —replicó el Chueco, ya molesto. —Sí... claro... pero ahora, con el horario de verano.

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—¡Phs...! ¡No hablés más aquí! —cortó el Chueco, receloso, después de lanzar una mirada circular. Acodado a una mesa próxima, un hombre, sobre las ruinas de un café negro, ocupaba sus fascinados minutos en contemplar a los músicos. Pagaron y salieron. Luis Ramírez comprendió, caminando por la calle Corrientes, que la farsa había llegado a su punto final. Tres meses antes, después de un diálogo deshilvanado en el café, el Chueco Manfredi había lanzado una pregunta candente: "Si a tu tío, el de la barraca, le pasa algo, vos sos el único heredero, ¿no?" Ramírez pescó la sugestión al vuelo y decidió aprovechar un creciente prestigio que lo señalaba como hombre audaz y decidido. "Mientras no haga testamento, sí... yo soy el heredero; hace tiempo que estoy masticando eso —había contestado—; pero siempre es mejor hacerlo teniendo compa-ñeros decididos." Después, en apasionadas noches, fueron planeando el hecho. El tío de Luis, don José, poseía una barraca en Avellaneda, y su fortuna, según ellos la veían desde el fondo de sus estrecheces cotidianas, era considerable. Por lo menos doscientos mil pesos, de los cuales la mitad para Luis y la otra a dividirse entre los cómplices. Manfredi, en un principio, pretendió más, pero aceptó después un arreglo. Don José era un ebrio consuetudinario. Dejaba la barraca a las siete de la tarde, cruzaba el puente del Riachuelo, y luego visitaba cuatro o cinco almacenes. El asunto era fácil. Una noche de niebla lo seguían; esperaban a que en una de sus infinitas evoluciones estuviera cerca del agua; un distraído empujón, y Luis y sus cómplices quedaban dueños de una fortuna. Luis había tomado el asunto como una de las tantas jactancias de café; las postergaciones, la falta de asistencia a tal o cual cita, le habían hecho sospechar que Andrés y el Pibe trataban, como él, de ganar tiempo, con la esperanza de que el proyecto quedara en nada. Pero el Chueco Manfredi no era hombre de perder un negocio y ahora lo veía sobre él, amenazador, listo a exigir el cumplimiento del convenio. La confusión dominaba su espíritu. Cruzó la calle, agitado, y se acercó a un mostrador: "¡Café y una caña grande!" En una semana, era el tercer día que no iba a trabajar; imaginaba el sermonear de su tío al día siguiente. "También, viejo roñoso —pensaba—,

pagar trescientos pesos a un hombre de treinta años." Instintivamente se miró en el espejo y se arregló la corbata. Se sentía un poco en poder de Manfredi. El sombrío ex presidiario nunca mostraba vacilaciones y segura-mente guardaba sus cartas para más adelante. Era muy posible que aumentara sus exigencias una vez cometido el hecho, amenazando con la delación. Y es que, en realidad, era el único de todos ellos que había tomado el asunto en serio. "Es un canalla", pensó Ramírez, con íntima sorpresa. Era cerca de medianoche. Pegada a los muros, bajo el verde, el azul y el rojo exasperado de los letreros, temblaba una leve llovizna, como una telaraña de agua. Compró un diario y entró en un café. Media hora después, nervioso, salió a la vereda. Una niebla fina, que llegaba del Este, había reemplazado a la lluvia. En el intermedio indeciso del otoño al invierno, la humedad, que brillaba en el asfalto, parecía regir los impulsos y los deseos. Era una de esas noches enervantes de Buenos Aires en que todo puede ocurrir, por desesperación o por agotamiento. La niebla se desgarraba en partes y en lo alto se perdía en el cielo. Ramírez caminó unas cuadras y se detuvo. Vio su rostro, duplicado en una vidriera, inverosímil y ceniciento bajo un reflejo de neón. Por primera vez en mucho tiempo le pareció que la oscuridad y la noche eran conmovedo-ras. La resolución se concretó: esa misma noche hablaría a sus amigos del abandono del plan. No sabía qué decir, pero algo iba a inventar. Y experimentó un profundo alivio al notar que desde tiempo atrás ese viraje estaba resuelto en su espíritu. Caminó por Corrientes hacia el Este. Los avisos eléctricos chorreaban una luz humedecida y desfalleciente. Otra vez la llovizna flotaba en el aire pesado. Cuando llegó al café, los canillitas voceaban los primeros diarios de la mañana. Hendió los grupos compactos y silenciosos y se acercó a la mesa. Desde lejos vio que los tres amigos lo esperaban con inusitada expresión de gravedad. —Estuvo bien... —dijo Manfredi, con una aprobación condescendiente, que resultaba casi un insulto. —¿Qué es lo que estuvo bien? —interrogó Luis, con sorpresa. Los amigos se miraron entre sí y le tendieron un diario. Con asombrados ojos, 5

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Ramírez leyó: "Anoche a las nueve, en las proximidades del Puente Pueyrredón, un hombre como de sesenta años, que después resultó ser José Bongiomo, viudo, comerciante, cayó en las aguas del Riachuelo, resultan-do inútiles los esfuerzos realizados para salvarlo. Se efectúan averiguaciones para establecer las causas del suceso". En un silencio tirante Ramírez escuchó los latidos de su corazón. “A pedido, el bonito tango de Amaro Lenzi..." Pero no escuchaba la voz del cantor. Contuvo su perple-jidad un instante y después, escrutando las caras de los amigos, dijo: —No he sido yo; no lo veía desde anteayer. Pero esto es mejor. Ya estaba harto de postergaciones y si no pasa esto yo mismo lo hubiera liquidado mañana o pasado... Claro que ahora el asunto es diferente... Después, ya tranquilo, sacó un paquete y convidó cigarrillos. Pero no debió tranquilizarse, porque Manfredi era incapaz de creer en el arrepentimiento. Y tampoco creyó en esa débil metáfora de la impaciencia, inventada para cubrir un prestigio. Al día siguiente llovió. Cerca de las nueve de la noche, los parroquianos del almacén de Robino escucharon tres disparos, muy próximos. Corrieron y encontraron a Luis Ramírez, de espaldas bajo el cordón de la vereda, con un borbotón de sangre en la boca. Mientras lo examinaban, incrédulos, un brusco chaparrón sonó con fuerza sobre su traje azul marino y le lavó la cara.

EL CORAZÓN DELATOR Edgar Allan Poe

¡Es verdad! Soy muy nervioso, horrorosamente nervioso, siempre lo fui, pero, ¿por qué pretendéis que esté loco? La enfermedad ha aguzado mis sentidos, sin destruirlos ni embotarlos. Tenía el oído muy fino; ninguno le igualaba; he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra, y no pocas del infierno. ¿Cómo he de estar loco? ¡Atención! Ahora veréis con qué sano juicio y con qué calma puedo referirles toda la historia. Me es imposible decir cómo se me ocurrió primeramente la idea; pero una vez concebida, no pude desecharla ni de noche ni de día. No me proponía objeto alguno ni me dejaba llevar de una pasión. Amaba al buen anciano, pues jamás me había hecho daño alguno, ni menos insultado; no envidiaba su oro; pero tenía en sí algo desagradable. ¡Era uno de sus ojos, sí, esto es! Se asemejaba al de un buitre y tenía el color azul pálido. Cada vez que este ojo fijaba en mí su mirada, se me helaba la sangre en las venas; y lentamente, por grados, comenzó a germinar en mi cerebro la idea de arrancar la vida al viejo, a fin de librarme para siempre de aquel ojo que me molestaba. 6

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¡He aquí el quid! Me creéis loco; pero advertid que los locos no razonan. ¡Su hubierais visto con qué buen juicio procedí, con qué tacto y previsión y con qué disimulo puse manos a la obra! Nunca había sido tan amable con el viejo como durante la semana que precedió al asesinato. Todas las noches, a eso de las doce, levantaba el picaporte de la puerta y la abría; pero, ¡qué suavemente! Y cuando quedaba bastante espacio para pasar la cabeza, introducía una linterna sorda bien cerrada, para que no filtrase ninguna luz, y alargaba el cuello. ¡Oh! Os hubierais reído al ver con qué cuidado procedía. Movía lentamente la cabeza, muy poco a poco, para no perturbar el sueño del viejo, y necesitaba al menos una hora para adelantarla lo suficiente a fin de ver al hombre echado en su cama. ¡Ah! Un loco no habría sido tan prudente. Y cuando mi cabeza estaba dentro de la habitación, levantaba la linterna con sumo cuidado, ¡oh, con qué cuidado, con qué cuidado!, porque la charnela rechinaba. No la abría más de lo suficiente para que un imperceptible rayo de luz iluminase el ojo de buitre. Hice esto durante siete largas noches, hasta las doce; pero siempre encontré el ojo cerrado y, por consiguiente, me fue imposible consumar mi obra, porque no era el viejo lo que me incomodaba, sino su maldito ojo. Todos los días, al amanecer, entraba atrevidamente en su cuarto y le hablaba con la mayor serenidad, llamándole por su nombre con tono cariñoso y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya veis, por lo dicho, que debería ser un viejo muy perspicaz para sospechar que todas las noches hasta las doce le examinaba durante su sueño. Llegada la octava noche, procedí con más precaución aún para abrir la puerta; la aguja de un reloj se hubiera movido más rápidamente que mi mano. Mis facultades y mi sagacidad estaban más

desarrolladas que nunca, y apenas podía reprimir la emoción de mi triunfo. ¡Pensar que estaba allí, abriendo la puerta poco a poco, y que él no podía ni siquiera soñar en mis actos! Esta idea me hizo reír; y tal vez el durmiente escuchó mi ligera carcajada, pues se movió de pronto en su lecho como si se despertase. Tal vez creeréis que me retiré; nada de eso; su habitación estaba negra como un pez, tan espesas eran las tinieblas, pues mi hombre había cerrado herméticamente los postigos por temor a los ladrones; y sabiendo que no podía ver la puerta entornada, seguí empujándola más, siempre más. Había pasado ya la cabeza y estaba a punto de abrir la linterna, cuando mi pulgar se deslizó sobre el muelle con que se cerraba y el viejo se incorporó en su lecho exclamando: —¿Quién anda ahí? Permanecí inmóvil sin contestar; durante una hora me mantuve como petrificado, y en todo este tiempo no le vi echarse de nuevo; seguía sentado y escuchando, como yo lo había hecho noches enteras. Pero he aquí que de repente oigo una especie de queja débil, y reconozco que era debida a un terror mortal; no era de dolor ni de pena, ¡oh, no! Era el ruido sordo y ahogado que se eleva del fondo de un alma poseída por el espanto. Yo conocía bien este rumor, pues muchas noches, a las doce, cuando todos dormían, lo oí producirse en mi pecho, aumentando con su eco terrible el terror que me embargaba. Por eso comprendía bien lo que el viejo experimentaba, y le compadecía, aunque la risa entreabriese mis labios. No se me ocultaba que se había mantenido despierto desde el primer ruido, cuando se revolvió en el lecho; sus temores se acrecentaron, y sin duda quiso persuadirse que no había causa para ello; mas no pudo conseguirlo. Sin duda pensó: «Eso no será más que el viento de la chimenea, o de un ratón que corre, o algún 7

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grillo que canta». El hombre se esforzó para confirmarse en estas hipótesis, pero todo fue inútil; era inútil porque la Muerte, que se acercaba, había pasado delante de él con su negra sombra, envolviendo en ella a su víctima; y la influencia fúnebre de esa sombra invisible era la que le hacía sentir, aunque no distinguiera ni viera nada, la presencia de mi cabeza en el cuarto. Después de esperar largo tiempo con mucha paciencia sin oírle echarse de nuevo, resolví entreabrir un poco la linterna; pero tan poco, tan poco, que casi no era nada; la abrí tan cautelosamente, que más no podía ser, hasta que al fin un solo rayo pálido, como un hilo de araña, saliendo de la abertura, se proyectó en el ojo de buitre. Estaba abierto, muy abierto, y no me enfurecí apenas le miré; le vi con la mayor claridad, todo entero, con su color azul opaco, y cubierto con una especie de velo hediondo que heló mi sangre hasta la médula de los huesos; pero esto era lo único que veía de la cara o de la persona del anciano, pues había dirigido el rayo de luz, como por instinto, hacia el maldito ojo. ¿No os he dicho ya que lo que tomabais por locura no es sino un refinamiento de los sentidos? En aquel momento, un ruido sordo, ahogado y frecuente, semejante al que produce un reloj envuelto en algodón, hirió mis oídos; aquel rumor, lo reconocí al punto, era el latido del corazón del anciano, y aumentó mi cólera, así como el redoble del tambor sobreexcita el valor del soldado. Pero me contuve y permanecí inmóvil, sin respirar apenas, y esforzándome en iluminar el ojo con el rayo de luz. Al mismo tiempo, el corazón latía con mayor violencia, cada vez más precipitadamente y con más ruido. El terror del anciano debía ser indecible, pues aquel latido se producía con redoblada fuerza cada minuto. ¿Me escucháis atentos? Ya os he dicho que yo era nervioso, y lo soy en efecto. En medio del

silencio de la noche, un silencio tan imponente como el de aquella antigua casa, aquel ruido extraño me produjo un terror indecible. Por espacio de algunos minutos me contuve aún, permaneciendo tranquilo; pero el latido subía de punto a cada instante; hasta que creí que el corazón iba a estallar, y de pronto me sobrecogió una nueva angustia: ¡Algún vecino podría oír el rumor! Había llegado la última hora del viejo: profiriendo un alarido, abrí bruscamente la linterna y me introduje en la habitación. El buen hombre sólo dejó escapar un grito: sólo uno. En un instante le arrojé en el suelo, reí de contento al ver mi tarea tan adelantada, aunque esta vez ya no me atormentaba, pues no se podía oír a través de la pared. Al fin cesó la palpitación, porque el viejo había muerto, levanté las ropas y examiné el cadáver estaba rígido, completamente rígido; apoyé mi mano sobre el corazón, y la tuve aplicada algunos minutos; no se oía ningún latido; el hombre había dejado de existir, y su ojo desde entonces ya no me atormentaría más. Si persistís en tomarme por loco, esa creencia se desvanecerá cuando os diga qué precauciones adopté para ocultar el cadáver. La noche avanzaba, y comencé a trabajar activamente, aunque en silencio: corté la cabeza, después los brazos y por último las piernas. En seguida arranqué tres tablas del suelo de la habitación, deposité los restos mutilados en los espacios huecos, y volví a colocar las tablas con tanta habilidad y destreza que ningún ojo humano, ni aún el suyo, hubiera podido descubrir nada de particular. No era necesario lavar mancha alguna, gracias a la prudencia con que procedía. Un barreno la había absorbido toda. ¡Ja, ja! Terminada la operación, a eso de las cuatro de la madrugada, aún estaba tan oscuro como a medianoche. Cuando el reloj señaló la hora, llamaron a la puerta de calle, y yo bajé con la mayor calma para abrir, pues, ¿qué podía temer ya? Tres hombres entraron, 8

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anunciándose cortésmente como oficiales de policía; un vecino había escuchado un grito durante la noche; esto bastó para despertar sospechas, se envió un aviso a las oficinas de la policía, y los señores oficiales se presentaban para reconocer el local. Yo sonreí, porque nada debía temer, y recibiendo cortésmente a aquellos caballeros, les dije que era yo quien había gritado en medio de mi sueño; añadí que el viejo estaba de viaje, y conduje a los oficiales por toda la casa, invitándoles a buscar, a registrar perfectamente. Al fin entré en su habitación y mostré sus tesoros, completamente seguros y en el mejor orden. En el entusiasmo de mi confianza ofrecí sillas a los visitantes para que descansaran un poco; mientras que yo, con la loca audacia de un triunfo completo, coloqué la mía en el sitio mismo donde yacía el cadáver de la víctima. Los oficiales quedaron satisfechos y, convencidos por mis modales —yo estaba muy tranquilo—, se sentaron y hablaron de cosas familiares, a las que contesté alegremente; mas al poco tiempo sentí que palidecía y ansié la marcha de aquellos hombres. Me dolía la cabeza; me parecía que mis oídos zumbaban; pero los oficiales continuaban sentados, hablando sin cesar. El zumbido se pronunció más, persistiendo con mayor fuerza; me puse a charlar sin tregua para librarme de aquella sensación, pero todo fue inútil y al fin descubrí que el rumor no se producía en mis oídos. Sin duda palidecí entonces mucho, pero hablaba todavía con más viveza, alzando la voz, lo cual no impedía que el sonido fuera en aumento. ¿Qué podía hacer yo'? Era un rumor sordo, ahogado, frecuente, muy análogo al que produciría un reloj envuelto en algodón. Respiré fatigosamente; los oficiales no oían aún. Entonces hablé más aprisa, con mayor vehemencia; pero el ruido aumentaba sin cesar. Me levanté y comencé a discutir sobre varias nimiedades, en un diapasón muy alto y gesticulando vivamente; mas el ruido crecía. ¿Por

qué no querían irse aquellos hombres? Aparentando que me exasperaban sus observaciones, di varias vueltas de un lado a otro de la habitación; mas el rumor iba en aumento. ¡Dios mío! ¿Qué podía hacer? La cólera me cegaba, comencé a renegar; agité la silla donde me había sentado, haciéndola rechinar sobre el suelo; pero el ruido dominaba siempre de una manera muy marcada... Y los oficiales seguían hablando, bromeaban y sonreían. ¿Sería posible que no oyesen? ¡Dios todopoderoso! ¡No, no! ¡Oían! ¡Sospechaban; lo «sabían» todo; se divertían con mi espanto! Lo creí y lo creo aún. Cualquier cosa era preferible a semejante burla; no podía soportar más tiempo aquellas hipócritas sonrisas. ¡Comprendí que era preciso gritar o morir! Y cada vez más alto, ¿lo oís? ¡Cada vez más alto, siempre más alto! —¡Miserables! —exclamé--. No disimuléis más tiempo; confieso el crimen. ¡Arrancad esas tablas; ahí está, ahí está! ¡Es el latido de su espantoso corazón!

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El caso del Hotel Imperial, de Franco Vaccarini En la Terminal de Ómnibus de Rosario me tomé un taxi, directo al bar El Cairo. Allí, en una de las mesas más alejadas -el bar es grande como una cancha de fútbol- me esperaba el inspector de policía Augusto Corneta. Tenía la nariz chata, como deshuesada. Era ancho y de modales corteses: ese tipo de cortesía que puede tener un oso melero al que acaban, de picarlo quince abejas. Mi cliente, uno de los socios del Hotel Imperial, me había recomendado verlo ya que ambos estaríamos investigando el mismo caso: los robos de dinero en efectivo a los pasajeros del hotel, cuando se ausentaban de sus habitaciones. Salvo Corneta nadie más debería saber quién era yo. El cliente me había facilitado cinco mil pesos marcados para usar de carnada en cuanto tuviera un sospechoso firme. —¿Usted es Emilio Alterno, el querubín que viene de Buenos Aires a solucionar nuestros problemas? —me recibió Corneta, áspero. —El mismo, inspector. —La policía rosarina no lo necesita, sépalo. —Viviré con esa cruz, lo sé. Sabía que el inspector era un hincha fanático de un club rosarino al que los entendidos llaman La Lepra, así que saqué mi as de la manga. —¿Y cómo andan los leprosos? El hombre suspiró, elevó los ojos y dijo: —Estamos mal, como este muchacho, que tuvo tardes gloriosas en nuestro club, el Misil Masantonio, un delantero que tenía un

potente disparo con la derecha. Hace tiempo que es noticia porque está en la lona, y ahora lo desalojan de su vivienda, no puede pagar ni el alquiler —dijo mostrándome un ejemplar del diario La Capital, con una gran foto de Masantonio. Simulé una pena honda y mentí: —Yo soy leproso desde la cuna, Cometa. El tipo se derritió. Hablamos media hora de fútbol y hasta me pagó el café. Nos despedirnos como hermanos, con un abrazo. Caminé hasta el hotel y pedí un cuarto. El conserje, un muchacho de ojos diminutos y orejas rosadas, me preguntó: —¿Paga con tarjeta o efectivo? En este momento, las tarjetas están suspendidas. —¿Entonces? —Puede pagar con efectivo. —Muchas gracias. Siempre es bueno poder elegir, para eso es la democracia. —Acá acostumbramos a cobrar el día por adelantado. —Más democracia, eso es bueno. Le pago una semana. Dejé el bolso en el cuarto y bajé a la confitería, en una mesa con vista a la conserjería. Durante los días siguientes esa mesa fue mi atalaya: miraba el movimiento de pasajeros que iban y venían. Noté que algunos pagaban con tarjeta de crédito, al irse. Y otros, como yo, en efectivo y adelantado. Patrullaba los pasillos con sigilo, iba al bar, al cuarto, a los pasillos, al bar, al cuarto. Conocí los turnos de los conserjes, los camareros, las empleadas de limpieza. Para ellos yo sería un tipo algo aburrido y un poco curioso. Tenía que simular alguna actividad que justificara mi estadía, así que me ausentaba algunas horas y me dedicaba a recorrer la peatonal, 10

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las librerías, la costanera; y la costanera, las librerías, la peatonal. Comí pacú en un restaurante de barrio. Lo llamé a Cometa para pedirle el horario de los diez robos. Me citó en El Cairo, habló una hora de fútbol y me dio la estadística. Comprobé que ocho robos fueron en horario nocturno y dos por la tarde. Hablé por teléfono con mi cliente y le pedí una lista de todos los empleados del hotel y los horarios en que habían trabajado desde el primer robo a la fecha. Me la mandó por correo electrónico. Un tal Freston había estado de turno cada una de las noches en que se robó; y había reemplazado a un compañero ausente las dos tardes. Un caso sencillo, hasta ahí. Solo un inspector como Cometa podría no haberlo resuelto antes. Freston era el conserje nocturno. Esa noche, simulé una conversación por el celular, cerca de sus orejas: "Sí, te espero en el bar del hotel, venite en una hora y ahí te doy los cinco mil pesos en efectivo que tengo en la valija". Freston desapareció. A través de los pasillos apenas iluminados me fue sencillo seguirlo: entró a mi habitación. No necesitaba ver más. Llamé a Corneta para que estuviera atento y cerca, le dije que ya tenía al pez en el anzuelo. Poco después, Freston volvió a su puesto, hizo una llamada, le pidió a un camarero que lo reemplazara y salió del hotel. Lo seguí. No fue un paseo largo: entró a un barcito sucio que se llamaba Mala Muerte. Se encontró con un sujeto que tenía un vago aire familiar. Le avisé al inspector, que llegó en cinco minutos. Freston ya le había dado el sobre con mis billetes marcados al desconocido. En cuanto Cometa los vio, se puso pálido. Los detuvo, pero con lágrimas en los ojos. No tardé en enterarme de que el hombre a quien Freston le dio el dinero era el Misil Masantonio. "Está en la miseria", me dijo Cometa. Freston, fanático leproso, sabía desde tiempo atrás que su ídolo estaba

fundido, así que robaba para ayudarlo y, de paso, ayudarse a sí mismo: tenía un frondoso prontuario, como se dice en la jerga policial. El Misil fue liberado de inmediato; no había cometido ningún delito. El inspector Cometa decidió organizar una colecta en su beneficio y comenzó conmigo: le dejé unos pesos. Pongo las manos en el fuego por él: Cometa será un mal inspector, pero jamás se quedaría con algo que no le pertenece. Todavía me quedaba un enigma. Le pregunté a mi agradecido cliente por qué a algunos pasajeros se les permitía el uso de la tarjeta de crédito, al irse, y a otros solo efectivo y por adelantado. —Por la cara, Emilio —me respondió. —Es una buena estrategia, pero algo desprolija —le dije. No me ofendí para nada. Nadie como yo para hacerse el tonto.

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