Araucanos

La resistencia de los pueblos originarios frente al surgimiento de los Estados Nacionales. Hacia mediados del siglo XIX,

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La resistencia de los pueblos originarios frente al surgimiento de los Estados Nacionales. Hacia mediados del siglo XIX, el mundo rioplatense había sufrido profundos cambios. Con el quiebre del orden colonial, las elites criollas iniciaron la construcción de un nuevo orden social, político y económico que culminó en la construcción del Estado nacional y la imposición de políticas económicas liberales acordes a sus intereses. Esto afectó las relaciones con los pueblos indígenas, y en las fronteras del Chaco, la Araucanía y las pampas reapareció la violencia. Los pueblos originarios encararon políticas orientadas a defender su autonomía y asegurar su subsistencia: pactaron y buscaron alianzas con grupos criollos y guerrearon. Los cambios iniciados antes se aceleraron, principalmente en la llanura pampeana, donde se consolidaron grandes jefaturas que durante años resistieron los intentos criollos de conquista. Las fronteras chaqueñas Hacia mediados del siglo XIX, la frontera andina del Chaco presentaba una superioridad militar por parte de los grupos indígenas que, en algunos casos y ante la debilidad de los gobiernos republicanos, recuperaron tierras pérdidas durante la última etapa del periodo colonial y derivaron hacia el interior del Chaco recursos de la sociedad criolla, como ganado. Sin embargo, la desaparición del peligro hispano-criollo en las fronteras debe haber debilitado las alianzas entre grupos y jefes indígenas, haciendo resurgir viejas rivalidades y competencias. La interrupción de los circuitos de comercio y del flujo de bienes europeos actuó en el mismo sentido, al impulsar la competencia por tales bienes, ahora escasos. Hacia mediados del siglo, la expansión de los ingenios azucareros en la región oriental de Salta y Jujuy fomentó una creciente demanda de mano obra barata que solo las comunidades indígenas podían brindar. Hasta entonces, los wichí o matacos habían sido los principales proveedores de trabajadores a esos ingenios, aunque con el tiempo, el reclutamiento se había extendido a otros grupos. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo, con el fortalecimiento del Estado Nacional y la introducción de nuevas actividades económicas actividad forestal, cultivo del algodón, expansión de la caña de azúcar, la situación cambió. Como podemos apreciar, el fin de la guerra del Paraguay, abrió camino a una serie de disputas diplomáticas en torno a la soberanía sobre el territorio que fueron fijando las partes correspondientes a cada Estado, Argentina,

Paraguay y Brasil. Paralelamente, se comenzó la exploración y ocupación militar: en 1870, el coronel Napoleón Uriburu dirigió una expedición que, desde Salta, atravesó el Chaco hasta llegar a las costas del Paraná; en 1872 se creó el Territorio del Chaco; luego, algunas campañas militares emprendidas desde Santa Fe bajo el mando del coronel Manuel Obligado iniciaron la ocupación de territorios en el norte de esta provincia; finalmente, a partir de asentamientos militares anteriores, se fundaron los primeros poblados, Resistencia y Formosa. Tiempo después se llevaron a cabo otras exploraciones, como las de Luis Jorge Fontana (1879), Rudecindo Ibazeta (1881) y Juan Solá (1882), que aportaron nuevos conocimientos sobre la región, aunque su ocupación parecía lejana. Aunque los pueblos indígenas no cedían en sus ataques a fortines y estancias. Recién a partir de 1884, cuando terminaron las operaciones militares en el sur, el Estado Nacional pudo contar con los hombres y recursos necesarios para llevar adelante su conquista. La campaña planeada y comandada en 1884 por Benjamín Victorica, ministro de Guerra, marcó el comienzo de la ocupación del territorio chaqueño, aunque no pudo terminar con las resistencias de los distintos pueblos indígenas. La expedición de Victorica posibilitó, la radicación en la zona de población criolla, la fundación de algunos poblados y un aumento de la actividad agrícola y ganadera. En ese mismo año, el Territorio del Chaco quedó dividido en dos gobernaciones, la del Chaco, al sur del río Bermejo, y la de Formosa, entre este último y el Pilcomayo. La ocupación del territorio y el control de sus pobladores originarios fueron muy lentos, y nuevas expediciones militares penetraron en el territorio entre 1885 y 1910. Frontera pampeana. Hacia mediados de la década de 1870 estaban dadas las condiciones para encarar el problema de los límites definitivos del nuevo Estado, cuestión que era geopolítica (definir el área de soberanía) y económica (desarrollar condiciones básicas para la expansión del modelo agroexportador, de acuerdo con el proyecto liberal). En este último aspecto, la incorporación de nuevas tierras y su control efectivo resultaban de gran importancia. Con la llegada de Nicolás Avellaneda, esta cuestión pasó a ocupar un lugar central en los debates políticos, abarcando tanto las cuestiones vinculadas a los conflictos limítrofes con las naciones vecinas como aquellas derivadas de la supervivencia de las “fronteras interiores”, es decir, las fronteras con territorios indios a los cuales las nuevas

naciones comenzaban a considerar también esferas de su soberanía. Como bien sabemos, el problema de las fronteras indias se remontaba al inicio del período colonial y, hacia mediados del siglo XIX, seguía siendo una cuestión pendiente. La situación más grave era la de la frontera del sur, especialmente en el espacio rioplatense, donde el conflicto entre ambas sociedades se había acentuado tras la caída de Rosas, en 1852. Los años finales de esta década marcaron el punto más alto en la actividad ofensiva de los indígenas. Separada Buenos Aires de la Confederación presidida por Urquiza, la provincia vio sus fronteras devastadas por esa actividad. Aliado a Urquiza, Callfucura había organizado una poderosa confederación y los malones alcanzaron una envergadura desconocida, arrasando las ricas tierras bonaerenses. La frontera retrocedió, y el ganado fue arreado a tierras indias para emprender su viaje a Chile, muchos cautivos fueron llevados a las tolderías y el mismo ejército de Buenos Aires sufrió muchas pérdidas. El fin de los conflictos entre la Confederación Argentina y Buenos Aires no modificó demasiado la situación y los problemas continuaron. Cuando Nicolás Avellaneda llegó a la presidencia, la frontera sur formaba un amplio arco que atravesaba de norte a sur la provincia de Buenos Aires, torcía hacia el este antes de llegar al actual límite con la de Santa Fe, y se volcaba luego hacia el noreste; ya en Córdoba, seguía el curso del río Quinto hasta las cercanías de San Luis, para dirigirse luego hacia el sur hasta alcanzar, ya en Mendoza, el río Diamante; bordeaba su curso hasta San Rafael, se volcaba al sur hasta el Atuel y, siguiéndolo, se dirigía hacia la cordillera. Línea sensible y conflictiva, su sola presencia y el recuerdo de los violentos ataques de las décadas anteriores constituían un desafío al nuevo estado. Por un lado, limitaba la expansión del proyecto agroexportador triunfante que reclamaba más tierras; por otro, planteaba un serio problema para el futuro ante las aspiraciones del vecino estado chileno y las inevitables cuestiones limítrofes que se preveían; finalmente, las tierras fronterizas constituían un ámbito de perturbación social y política nunca bien controlado por los estados provinciales o el estado nacional. Poco después de asumir Avellaneda, la opinión publica de Buenos Aires se vio conmovida por el levantamiento de Juan José Catriel, un aliado firme del gobierno nacional. Presionado por la exigencias de las autoridades nacionales, Catriel abandonó sus tolderías en Tapalqué y se dirigió hada el interior de las pampas a unirse a Namuncura, que había sucedido a su padre, Callfucura, La alianza se extendió a otros caciques, como Pincén y Baigorrita, y durante casi tres meses los coligados asolaron la

frontera, especialmente el sur bonaerense. El “malón grande” fue la última gran empresa guerrera encarada por los caciques pampeanos. Este suceso aceleró el proyecto de avance de la frontera. El plan de operaciones, elaborado por Adolfo Alsina, preveía una primera etapa de avance limitado, que se concretó en 1876, destinado, principalmente, a ocupar las tierras de pastoreo del oriente de la actual provincia de Buenos Aires, especialmente Carhué y la zona del sistema de lagunas conocidas como Encadenadas, donde alimentaban sus ganados los caciques de Salinas Grandes. Lograda la ocupación, debería construirse una extensa zanja y un sistema de fuertes y fortines a fin de asegurar los territorios conquistados, impedir nuevos ataques y servir de base para futuros avances. La muerte de Alsina en 1877 dejó trunca la realización del plan. Por ese motivo, Roca recibió de Avellaneda instrucciones para continuar el avance de la frontera interior y en 1878, elevó al Congreso Nacional su plan de acción solicitando los recursos necesarios. Desde el Ministerio, Roca preparó la campaña militar que, llevada a cabo entre los años 1878 y 1879, culminó en las orillas del río Negro frente a la isla de Choele-Choel (centro de comunicaciones y punto de encuentro de rutas comerciales, era uno de los lugares más apreciados por los indígenas). La llegada al río Negro (en el corazón de un territorio que la nación reclamaba y los caciques indios dominaban) constituía un objetivo extremadamente deseado, y su concreción parecía poner fin a tres siglos de conflicto con las poblaciones originarias de la región. La vida de los pueblos originarios de las llanuras meridionales. A fines de 1840, el panorama político del mundo indígena había cambiado debido al surgimiento de jefes y linajes cada vez más fuertes, con un control territorial más extenso. En ese proceso tomaron forma los grandes cacicatos pampeanos. El de Callfucura, controlaba las tierras de pastoreo del suroeste de la actual provincia de Buenos Aires -el Carhué- y la zona de médanos y valles del este de La Pampa, tierras por las que pasaba la llamada “rastrillada de los chilenos”, la vía más importante del tránsito ganadero. La toldería, en torno a la cual se organizaba gran parte de la vida económica, configuró también el ámbito nuclear de la vida social indígena. Sus ocupantes estaban unidos por lazos familiares. Cada toldo era ocupado por el padre, esposa o esposas, hijos e hijas solteros, hijos casados, y nietos. En conjunto, las distintas familias que convivían en la toldería tenían relaciones de parentesco más lejanas, conformando un linaje cuyos

miembros reconocían un antepasado común. Dentro del linaje, no todas las familias eran iguales; el jefe de una de ellas ejercía la jefatura de esa toldería. Junto a los miembros de los linajes, habitaban en la toldería otros dos grupos. Por un lado, cierta cantidad de cautivos (mujeres), a veces, apresados en los malones, que constituían una fuerza de trabajo importante sumada a la que proporcionaba el grupo familiar. Por otro lado, un grupo de “allegados”, indios y también blancos refugiados, que vivían a expensas del cacique y cumplían para éste ciertas tareas, conformando así una especie de clientela. La división del trabajo estaba basada en el sexo. A los hombres correspondía lo relacionado con la obtención y circulación de ganados, el recurso económico fundamental de la sociedad indígena. El malón constituía una actividad central y se organizaba como una empresa económica militarizada, en la cual guerra y ganados aparecían unidos. Mujeres y niños podían colaborar cuidando caballadas de reserva o ayudando en el arreo cuando los hombres debían enfrentar a las fuerzas militares de la frontera. Así, la primera división bien establecida en la sociedad indígena fue entre “lanzas” y “chusma”, es decir, entre quienes eran guerreros y quiénes no. Los primeros constituían el estrato dominante; a ellos estaban reservadas también otras actividades económicas: las grandes cacerías, el trabajo del cuero y, sobre todo, la platería, actividad de gran prestigio. Los abundantes objetos de plata eran el indicador de riqueza, prestigio y autoridad. Algunos caciques los acumularon en gran cantidad, y tanto ellos como sus mujeres y sus caballos los lucían en ceremonias, juntas y parlamentos. Los llamados allegados, que dependían de modo directo de caciques y jefes de familia, cumplían diferentes tareas y misiones: los acompañaban en los malones, participaban junto con ellos en juntas y parlamentos, actuaban como sus espías o informantes, e incluso heredaban sus deudas y obligaciones. A veces, si sabían escribir, se desempeñaban como secretarios o escribientes. La importancia de la información explica el lugar privilegiado de estos “secretarios” de los caciques, responsables de la correspondencia mantenida con otros jefes indios y con funcionarios y personajes importantes de las provincias argentinas y de Chile. La costumbre del padrinazgo y el compadrazgo derivado de ella reforzaban estas relaciones de carácter personal. Por debajo de los conas se encontraba la chusma, es decir, el resto de la población, mujeres (indias o cautivas), niños, ancianos y cautivos. Sobre las primeras, recaía el peso mayor del trabajo, porque además de las tareas domésticas (limpiar, cocinar, cuidar

a los niños, proveer al toldo de agua y leña), construían los toldos, cuidaban los rebaños y los cultivos, recolectaban y tejían. De este modo, liberaban al hombre de las actividades no vinculadas a la ganadería, permitiéndole volcar a éste todos sus esfuerzos. Las mujeres constituían una fuente importante de riqueza, por lo que se comprende el interés de los indios por poseerlas en el mayor número posible. Por una parte, debido al aporte de su trabajo, esencial para la supervivencia; por otra, debido a lo que se recibía en concepto de “precio de la novia” cuando eran entregadas en matrimonio: el precio de una esposa araucana era muy alto y consistía, principalmente, en animales, tejidos y prendas de plata. Esto se combinaba con la práctica aceptada de la poliginia, sólo posible en los hechos para quienes contaban con recursos suficientes para comprar más de una esposa, es decir, para los jefes. Estos factores explican mejor el interés de los indios por conseguir cautivas blancas durante los malones: además de constituir una fuente de riqueza, por su trabajo, o bien por el producto de su venta, se convertían en concubinas; para muchos guerreros que carecían de fortuna, éste era el único camino para obtener mujeres. El control que se ejercía sobre éstas y su situación de inferioridad y sometimiento eran los rasgos más marcados de la desigualdad dentro de la sociedad indígena. Los cautivos blancos constituían un núcleo importante en la población. En su mayoría eran mujeres jóvenes y niños, ya que durante los ataques los indígenas solían matar a los hombres adultos y a los viejos. Los niños eran integrados a la familia pero era distinto para los más grandes. Las cautivas cumplían las mismas tareas que las otras mujeres, especialmente las más pesadas, y además podían convertirse en concubinas del dueño del toldo. Los varones cautivos realizaban tareas vinculadas al cuidado de los rebaños. La situación de todos estos cautivos era muy precaria, y la menor sospecha de engaño o de fuga podía desatar las furias de su amo y llevar a castigos severos que podían terminar con la muerte. También solían ser vendidos a otros grupos o tribus, comercio que constituía un importante rubro económico. La vida política indígena estaba regida por una jerarquía de caciques y por asambleas, juntas o parlamentos en los que participaba el conjunto de los guerreros. En principio, estas asambleas tenían el poder supremo, y a ellas correspondía decidir sobre los aspectos de la vida indígena: consagrar a los grandes caciques y resolver los asuntos relacionados con la guerra o con la paz. Los caciques tuvieron funciones de carácter militar, dirigiendo a los guerreros en los malones y ataques contra los blancos u otros

grupos indígenas rivales. Con el tiempo, la autoridad y el poder de los caciques más importantes creció. Ese poder se sustentaba, ante todo, en el número de conos que podían movilizar. El cacicazgo era hereditario aunque las reglas de herencia no eran fijas, y el sucesor salía de la misma familia. Sin embargo, en los hechos pesaron otras condiciones, como la riqueza, que provenía, en primer lugar, de lo que podían obtener en los grandes malones. Otra fuente importante de recursos eran los regalos y raciones con que el gobierno nacional o los gobiernos provinciales trataban de ganar su amistad o neutralizar los ataques. Eran los caciques quienes disponían de esos regalos para repartirlos entre sus guerreros. De este modo, la riqueza concentrada por los caciques se redistribuía a través de la compra de esposas, los repartos de licor, los banquetes, la manutención de los allegados que solían vivir junto a él.. Cuanto mayor fuera la generosidad demostrada por un cacique, mayor era el prestigio y la autoridad sobre sus indios. Sin embargo, estas construcciones políticas tuvieron una corta vida. En la década de 1870, el Estado Nacional Argentino, resueltos los conflictos internos y terminada la guerra con el Paraguay, logró solucionar el problema de las fronteras interiores. En poco menos de una década, las tierras de las pampas y la Patagonia fueron incorporadas formalmente a la Nación, y sus ocupantes marginados y reducidos a la condición de minorías étnicas.