Anne Carson

Poesía 5 poemas de Anne Carson LAURA DI VERSO Esta poeta canadiense fue seducida desde muy joven por la cultura clásica

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Poesía 5 poemas de Anne Carson LAURA DI VERSO

Esta poeta canadiense fue seducida desde muy joven por la cultura clásica. Su sólida formación del mundo griego y romano la ha combinado con otras materias más actuales, como la publicidad. Es ensayista, traductora y profesora de literatura clásica y comparada. Ha recibido numerosos premios y galardones por su obra. A continuación reproduzco 5 poemas de Anne Carson. 5 poemas de Anne Carson Tres Tres mujeres silenciosas en la mesa de la cocina. La cocina de mi madre es oscura y pequeña pero del otro lado de la ventana está el páramo, paralizado con hielo. Se extiende hasta donde alcanza la vista a lo largo de kilómetros planos hasta un cielo blanco sólido no iluminado. Mamá y yo estamos masticando lechuga cuidadosamente. El reloj de la pared de la cocina emite un bajo zumbido irregular que salta una vez en el minuto justo de las doce. Tengo a Emily pág. 216 abierta y apoyada sobre la azucarera pero furtivamente estoy observando a mi madre.

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Miles de preguntas chocan contra mis ojos desde adentro. Mi madre está estudiando su lechuga. Paso a la pág. 217. “En mi fuga a través de la cocina tropecé con Hareton quien ahorcaba una camada de cachorros desde el respaldo de una silla en la puerta. . .” Es como si a todas nos hubieran bajado dentro de una atmósfera de vidrio. De tanto en tanto un comentario atraviesa el vidrio. Impuestos en el lote de atrás. No es un buen melón, falta para los melones. La peluquera del pueblo encontró a Dios, cierra la tienda cada martes. De nuevo hay ratones en el cajón de los repasadores. Pequeñas bolitas. Mordieron los bordes de las servilletas, si supieran lo que cuestan las servilletas de papel hoy en día. Esta noche llueve. Mañana llueve. Ese volcán en las Filipinas otra vez activo. Esa que no me acuerdo el nombre Anderson se murió no Shirley no la cantante de ópera. Negra. Cáncer. No estás comiendo tu guarnición, ¿no te gustan los pimientos? Por la ventana puedo ver hojas muertas que atraviesan las tierras planas y residuos de nieve herida por la mugre de los pinos. En el centro del páramo donde la tierra desciende hacia una depresión, el hielo ha comenzado a abrirse. Llegan aguas abiertas y negras cuajadas como la ira. Mi madre habla repentinamente. Esa psicoterapia no te está ayudando tanto, me parece. No lo estás superando. Mi madre tiene esa manera de resumir las cosas. A ella nunca le había gustado Law pero le gustaba la idea de que yo tuviera un hombre y que continuara con mi vida. 2

Pues él es de los que toman y tú de las que dan espero que funcione, era todo lo que dijo después de haberlo conocido. Dar y tomar eran sólo palabras para mí en ese momento. Nunca antes había estado enamorada. Era como una rueda que bajaba rodando una colina. Pero temprano esta mañana mientras mamá dormía y yo estaba abajo leyendo la parte de Cumbres Borrascosas donde Heathcliff se aferra a la celosía durante la tormenta sollozando ¡Entra! ¡Entra! al fantasma del tesoro de su corazón, caí de rodillas sobre la alfombra y también sollocé. Ella sabe cómo ahorcar cachorros, esa Emily. No es como tomarse una aspirina, sabes, le respondo débilmente. La Dra. Haw dice que el duelo es un proceso prolongado. Ella frunce el ceño. ¿Y qué se logra con todo ese remover el pasado? Oh —extiendo las manos— ¡Yo me impongo! La miro directamente a los ojos. Ella sonríe. Sí lo haces. Su Con el propósito de comparar, pongo aquí el texto de una maldición hallada en un listón de plomo que mide 8 x 3 cm y está escrito de uno y otro lado y/enrollado y perforado por un clavo/y/ que fue desenterrado en Boecia; no tiene fecha conocida, quizá sea del siglo cuarto A. C.: [lado A] Me uno a Zois de Eretria esposa de Kabeiras ante la Tierra y Hermes a/su forma de comer su forma de beber su forma de dormir su risa su sexo su forma de tocar la lira su forma de entrar en una habitación su placer sus nalguitas sus ojos perspicaces 3

[lado B] y ante Hermes me uno a su andar sus palabras sus manos sus pies su malévola charla su alma entera a todo eso me uno Podrías 1 Si no eres la persona libre que quieres ser, busca un lugar donde puedas contar la verdad sobre ello. Contar cómo te va con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre, tiene que desenrollarse en algún lado. Podrías susurrar de cara a un pozo. Podrías escribir una carta y mantenerla guardada en la gaveta. Podrías escribir una maldición en una cinta de plomo y enterrarla para que nadie la lea por mil años. No se trata de encontrar un lector, se trata de contar. Piensa en una persona de pie, sola en un cuarto. La casa está en silencio. La persona lee un pedazo de papel. No existe nada más. Todas sus venas se pasan al papel. Toma la pluma y escribe en él unos signos que nadie más va a ver, le confiere así como una plusvalía, y todo lo remata con un gesto tan privado y preciso como su propio nombre. Yo Oigo pequeños chasquidos dentro de mi sueño. La noche gotea su taconeo de plata espalda abajo. A las cuatro. Me despierto. Pensando en el hombre que se marchó en septiembre. Se llamaba Law. Mi rostro en el espejo del baño tiene manchas blancas en la parte baja. Me enjuago la cara y vuelvo a la cama. Mañana voy a ver a mi madre. Ella Vive sola en un brezal al norte. Ella vive sola. La primavera se abre como una cuchilla allí. Yo viajo en trenes todo el día y llevo muchos libros – unos para mi madre, algunos para mí que incluyen Las obras completas de Emily Brontë. Es mi autora favorita.

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También mi principal temor, al que trato de enfrentarme. Cada vez que visito a mi madre siento que me convierto en Emily Brontë, mi vida solitaria a mi alrededor como un páramo, mi torpe cuerpo recortándose sobre los barrizales con una apariencia de transformación que muere cuando atravieso la puerta de la cocina. ¿Qué cuerpo es ese, Emily, que nosotras necesitamos

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Ensayo sobre las cosas en las que más pienso En el error. Y en sus emociones. Estar a punto del error es una condición del miedo. Estar en medio del error es estar en un estado de locura y de derrota. Darte cuenta de que has cometido un error produce vergüenza y remordimiento. ¿O sí?

Veamos. Mucha gente, incluyendo a Aristóteles, opina que el error es un suceso mental interesante y valioso. Cuando habla de la metáfora en su Retórica, Aristóteles dice que hay tres tipos de palabras: las extrañas, las ordinarias y las metafóricas.

“Las palabras extrañas simplemente nos descolocan; las palabras ordinarias nos transmiten lo que ya sabíamos; usando metáforas es como nos topamos con lo nuevo y con lo fresco” (Retórica, 1410b10-15). ¿En qué consiste esa frescura de las metáforas? Aristóteles dice que la metáfora hace que la mente se experimente a sí misma

en el acto de cometer un error. Ve la mente como algo que se mueve a lo largo de una superficie plana hecha de lenguaje ordinario y luego de repente esa superficie se rompe o se complica. Emerge lo inesperado.

Al principio parece raro, contradictorio o incorrecto. Y después sí tiene sentido. 6

7 Y es en ese momento cuando, según Aristóteles, la mente se dirige a sí misma y se dice: “¡Qué verdad es! ¡Y aun así cómo lo había malinterpretado yo todo!” Es posible aprender una lección de los errores auténticos de las metáforas.

No es solo que las cosas no son lo que parecen, y de ahí que nos confundamos; además, dicha equivocación es en sí valiosa. Pero esperad un momento, dice Aristóteles, hay mucho que ver y sentir por ahí. Las metáforas le enseñan a la mente

a disfrutar del error y a aprender de la yuxtaposición entre lo que es y lo que no es. Hay un proverbio chino que dice: un pincel no puede escribir dos caracteres en la misma pincelada. Y aun así

eso es justamente lo que hace un buen error. Veamos un ejemplo. Es un fragmento de cierto poema griego antiguo que contiene un error de aritmética. Por lo visto el poeta no sabe que 2+2=4.

Fragmento Alkman 20: [?] lo cual hacen tres estaciones, verano e invierno y en tercer lugar otoño y en cuarto lugar primavera cuando hay florecimientos pero comer suficiente no lo es.

Alkman vivió en Esparta en el s. VII a.C. Entonces Esparta era un estado pobre 7

8 y es improbable que Alkman llevara una vida de rico bien alimentado. Este hecho es el contexto de sus observaciones que desembocan en el hambre.

Siempre tenemos la sensación de que el hambre es un error. Alkman hace que experimentemos este error con él mediante un uso efectivo del error computacional. Para un poeta espartano pobre sin nada

en sus bolsillos al final del invierno, ahí viene la primavera como una ocurrencia a deshora de la economía natural, la cuarta en una serie de tres, desequilibrada su aritmética y su verso yámbico.

El poema de Alkman se parte en dos a mitad camino con ese metro yámbico sin dar ninguna explicación sobre de dónde viene la primavera o sobre por qué los números no nos ayudan a controlar mejor la realidad.

Tres cosas me gustan del poema de Alkman. Primero, que es pequeño, ligero y económico de una manera más que perfecta. Segundo, que parece sugerir la presencia de ciertos colores como el verde pálido sin ni siquiera nombrarlos.

Tercero, que consigue sacar a relucir algunas preguntas metafísicas de primer orden 8

9 (como la de Quién hizo el mundo) sin un análisis excesivo. Fijémonos en que en el predicado verbal “lo cual hacen” en el primer verso no hay sujeto: [?]

Es muy poco habitual en griego que el predicado verbal no tenga sujeto; de hecho, es un error gramatical. Si les preguntáis, los filólogos estrictos os dirán que este error no es más que un accidente de transmisión, que el poema tal y como nos ha llegado con toda seguridad es un fragmento suelto de un texto más extenso y que es casi seguro que Alkman nombró al agente de la creación en los versos precedentes. Bueno, puede ser.

Pero, como sabéis, el principal objetivo de la filología es reducir todo placer textual a un mero accidente histórico. Y no me siento cómoda con la idea de que podemos saber exactamente qué es lo que quiere decir el poeta. Por lo tanto, dejemos el interrogante aquí

al comienzo del poema y admiremos la valentía de Alkman a la hora de confrontar aquello que queda entre paréntesis. La cuarta cosa que me gusta del poema de Alkman es la impresión que da

de hacer que se desembuche la verdad, en contra de sí misma. Muchos poetas aspiran a conseguir este tono de lucidez inadvertida 9

10 pero pocos se dan cuenta tan fácilmente como Alkman. Por supuesto, su simplicidad es un fake. Alkman no es para nada simple, es un maestro de la organización (o lo que Aristóteles llamaría un “imitador” de la realidad). La imitación (mímesis, en griego) es el término que utiliza Aristóteles para designar a los errores auténticos de la poesía. Lo que me gusta de este término

es la facilidad con la que admite que aquello con lo que nos las vemos cuando hacemos poesía es el error, la obstinada creación del error, el rompimiento deliberado y la complicación de los errores de los cuales puede emerger lo inesperado.

Así que un poeta como Alkman deja a un lado el miedo, la ansiedad, la vergüenza, el remordimiento y el resto de emociones tontas que asociamos con el hecho de cometer errores para aceptar la verdad verdadera. La verdad verdadera en el caso de los humanos es la imperfección.

Alkman rompe con las reglas de la aritmética y hace peligrar la gramática y no da pie con bola en cuanto a la forma métrica de sus versos para llevarnos a aceptar este hecho. Al final del poema el hecho sigue ahí y probablemente Alkman no tiene menos hambre.

Sin embargo, algo ha cambiado en el coeficiente de nuestras expectativas. Porque, haciendo que nos equivocáramos, Alkman ha perfeccionado algo. Sí, ha mejorado algo, ha mejorado algo de una manera 10

11 más que perfecta. Con un solo pincel.

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